Aplica la misma aclaración que en las ocasiones pasadas, el capítulo original es de diciembre de 2010.

Este capítulo y el siguiente no cuadran "perfectamente" en la cronología de Saint Seiya pero para fines de la historia, me resultó irresistible.


Lo voy a dejar

Aparentemente los días pacíficos habían terminado para el Santuario. Nadie imaginó que esa serie de desastrosos eventos ocurrirían y fue tan sorpresivo que, por momentos, Aldebarán aún deseaba creerlo como parte de un mal sueño; justo como aquellos en los que Mu no se daba cuenta de lo que ocurría en su relación con Aioria o, de lo que él sentía.

Por sorprendente que fuera, tanto lo del Santuario como lo de Mu, eran realidades que no se podían negar y con las que había que aprender a vivir.

Resultaba un tema árido, uno en el que no debían de encontrar algo bueno, pero a Aldebarán le alegraba tener un pretexto por el cual conversar con Mu; era curioso pero, aunque su templo era el único que colindaba con Aries, a veces sentía que Tauro era el primer signo del zodiaco.

Así que, Aldebarán, simplemente se recargó en el pilar...

Tras su último comentario, sentado en la escalinata de Aries, Mu se había enfrascado en un silencio denso mientras se ajustaba una venda al antebrazo. Cuando el dorado hacía eso, Aldebarán sentía deseos de sacudirlo, de preguntar por lo que sea que éste estuviera pensando y no compartiera.

A decir verdad, ser amigo de Mu, llegar a él, no era sencillo.

Y de pronto escuchó aquello:

–Lo voy a dejar.

Aldebarán dudó.

–¿Perdón?

–Lo voy a dejar –repitió Mu, con más convicción de la que Aldebarán le había escuchado en todo el tiempo que llevaba de conocerle.

De improvisto, ante la intensa pero pequeña esperanza de que el lemuriano finalmente se hubiera dado cuenta de lo que él sentía y de que estaba ahí, siempre para él, el corazón de Aldebarán dio un vuelco y se agitó.

Pero el amor, al igual que el mundo, no funcionaba a voluntad.

–Todo esto.

–Oh.

Aldebarán no pudo pronunciar más.

Por un instante, él había pensado que hablaban de cierto León y obviamente sintió decepción, tristeza, pero la ocultó con un ligero amago que simulaba una sonrisa siempre bien puesta y esa pausa silenciosa con la que le permitía al otro explicarse.

–Me iré un tiempo a Jamir –Mu añadió aquello, usando el mismo tono de voz–, ya... –quizás iba a decir "Patriarca" pero fue obvio que se arrepintió– ya se me ha permitido.

Como si aquello le sorprendiera, y en realidad lo hacía, Aldebarán elevó los hombros al dejar escapar un resoplido. No sentía alivio alguno, en realidad se le rompió el corazón; y fue como verlo quebrarse en mil pedazos que nadie barrería, levantaría o pegaría, pero que sí volarían lejos con el viento y no regresarían.

Mu seguía sentado en la escalinata trasera del templo de Aries y, aunque él estaba a pasos de distancia, Aldebarán se sintió más lejos que nunca.

–Con que, ¿ese es el plan?

Mirando templos arriba y frotándose el brazo vendado, Mu afirmó.

Y Aldebarán se preguntó, si acaso, Mu no estaba huyendo de lo que sentía por Aioria y de lo mal que le hacía el estar cerca de éste.

–¿De verdad piensas irte? –inquirió, sin querer sonar insistente.

–Sí.

–Pero, ¿justo ahora? Con lo sucedido con Aioros y...

Mu bajo la vista, eso detuvo la pregunta de Aldebarán.

–¿Crees que haría alguna diferencia? –la leve sonrisa denotaba dolor–. ¿Quedarme?

–Mu…

Aldebarán no fue capaz de pronunciar frase alguna que resultara un consuelo, así que prefirió no hablar; nunca había dicho algo malo del rubio, y no comenzaría ahora, pero tampoco se sentía capaz de interceder a favor de Aioria cuando era obvio que las cosas entre esos dos no funcionaban bien. A su vez, ya Mu debía de saber que era el peor momento para irse y que Aioria, Aioria iba a necesitar a alguien cerca.

Pero el que éstos siguieran sin llevarse bien, sin entenderse, eran problemas de índole personal que nada tenían que ver con todo lo ocurrido.

–El Santuario está cambiando –murmuró. Había una extraña sensación en el Santuario, con el nuevo Patriarca, que a Mu no le permitía sentir correcto el permanecer ahí; algo había sido alterado y éste tenía sospechas que, en ese momento, no era prudente revelar ni compartir con Aldebarán.

–¿Cambiando?

–Seguro que tú también puedes sentirlo…

Aldebarán siguió la mirada de Mu y no pronunció palabra, consciente de que presionar para obtener respuestas sería tan inútil como forzar una declaración que sólo resultaría un trago amargo para los dos.

Así que afirmó, imitando el gesto.

–No hablemos más de eso. Voy a regresar cuando sea oportuno pero, por ahora, no puedo quedarme aquí –devolvió la mirada hacia Aldebarán y se levantó, tratando de sacudirse la pesadez de lo hablado–. Amigo, cuento contigo para cuidar la entrada al Santuario. ¿Verdad?

–Por supuesto Mu.

–Bien.

Al pasar a su lado, con aquel gesto de complicidad, el pelilargo apretó el antebrazo de Aldebarán invitándole a entrar a su templo.

–Entonces cenemos juntos una vez más –añadió–. Partiré al amanecer.

La palabra amigo era una puñalada segura y Aldebarán prefirió no detenerse a pensar, si acaso Mu sabía la razón por la que aquello dolía y quería dejar en claro que entre ellos no habría más o, si acaso éste jamás se había percatado de sus sentimientos y, verdaderamente, sólo le consideraba un amigo.

Ambas opciones, no le favorecían.

Y a pesar de que Aldebarán se había dicho que no esperaba más, que podían ser sólo amigos, se había mentido y mientras le seguía, aceptó cándida esa verdad: Mu podía irse o no corresponderle pero él, siempre, le amaría.

Lo haría…

Aún si el mundo a su alrededor comenzaba a desmoronarse.

oOo