Hola a todas, espero les guste esta Adaptación de la novela de Lisa Kleypas: Sucedió en Otoño.
Una atrevida americana se cruza en el camino de un arrogante aristócrata inglés

Capítulo 1

Stony Cross Park, Hampshire

– Han llegado los White – anuncio Lady Karen Brown desde la entrada del estudio, donde su hermano mayor estaba sentado tras su escritorio en medio de un monto de libros de contabilidad.

El sol del atardecer se colaba a través de las enormes ventanas rectangulares de cristal tintado, que eran la única ornamentación de una estancia cuyas paredes estaban cubiertas con paneles de palisandro.

Terruce, Lord Grandchester, levantó la vista de su trabajo con un siniestro ceño fruncido que unió sus cejas por encima de los ojos color azul mar.

– Que empiece el caos...– musitó.

Karen se echó a reír.

– Supongo que te refieres a las hijas. En realidad no son tan malas, ¿verdad?

– Son peores – afirmo Terruce de forma sucinta; su ceño se acentuó todavía más cuando vio que la pluma que había olvidado entre sus dedos acababa de dejar una enorme mancha de tinta en la, hasta ese momento, inmaculada columna de números. – No he conocido dos jóvenes tan maleducadas en toda mi vida. Sobre todo, la mayor.

– Bueno, son americanas – señalo Karen. – Sería justo que gozaran de cierta flexibilidad, ¿no te parece? No se puede esperar que conozcan cada uno de los complejos detalles de nuestra interminable lista de reglas sociales...

– Puedo permitirles cierta flexibilidad con los detalles – interrumpió Terruce de forma cortante –. Como bien sabes, no soy el tipo de hombre que se quejaría por el ángulo impropio del dedo meñique de la señorita White al coger la taza de té. Lo que no puedo pasar por alto son ciertos comportamientos que se encontrarían inaceptables en cualquier rincón del mundo civilizado.

"¿Comportamientos?" Vaya, aquello se estaba poniendo interesante. Karen se adentró en el estudio, una habitación que solía resultarle de los más desagradable debido a lo mucho que le recordaba a su difunto padre.

Ningún recuerdo del octavo Duque de Grandchester era agradable. Su padre había sido un hombre frío y cruel que parecía absorber todo el oxígeno de una habitación cuando entraba. No había nada ni nadie que no hubiera decepcionado al duque en su vida. De sus vástagos, tan solo Terruce se había aproximado a sus elevadas expectativas, ya que, sin importar lo imposibles que fueran sus requerimientos o lo injustos que resultaran sus juicios, Terruce jamás se había quejado. Karen y Aline admiraban a su hermano mayor, cuyo esfuerzo constante por alcanzar la excelencia lo había conducido a obtener las más altas calificaciones en la escuela, a romper todas las marcas en sus deportes preferidos y a juzgarse con más dureza de lo que lo habría hecho nadie. Terruce era un hombre que sabía montar a caballo, bailar una contradanza, dar una conferencia sobre una teoría matemática, vendar una herida y reparar la rueda de un carruaje. No obstante, ninguna de su vasta colección de habilidades había merecido nunca una felicitación por parte de su padre.

Al volver la vista atrás, Karen se dio cuenta de que la intención del anterior Duque debía de haber sido eliminar cualquier vestigio de amabilidad o compasión que poseyera su hijo. Y, al parecer, durante una época lo había logrado. Sin embargo, tras la muerte de su padre, cinco años atrás, Terruce había demostrado ser un hombre muy diferente al que se suponía que debía ser. Karen y Aline habían descubierto que su hermano mayor nunca estaba demasiado ocupado para escucharlas; sin importar lo insignificantes que le parecieran sus problemas, siempre estaba dispuesto a ayudar. A decir verdad, era comprensivo, cariñoso e increíblemente atento; lo cual no dejaba de ser un milagro si tenía en cuenta que la mayor parte de su vida había transcurrido sin que nadie le demostrara esas cualidades.

Aparte de todo lo dicho, también había que admitir que Terruce era un poco dominante. Bueno ... muy dominante, cuando se trataba de aquellos a quienes amaba, el actual Duque de Grandchester no mostraba reparo alguno en manipularlos para que hicieran lo que él consideraba que era mejor. Ésa no era una de sus virtudes más encantadoras. Y si Karen se viera obligada a ahondar en sus defectos, también tendría que admitir que su hermano poseía un molesto convencimiento acerca de su propia infalibidad(1).

Con una sonrisa cariñosa dirigida a su carismático hermano, Karen se preguntó cómo podía adorarlo de esa manera cuando se parecía tanto a su padre en el aspecto físico. Poseía los mismos rasgos severos, la frente anchos y la boca de labio finos, tenía el mismo cabello abundante y castaño; la misma nariz amplia y prominente; y la misma barbilla, pronunciada y tenaz. La combinación resultaba más impactante que hermosa... pero era un rostro que atraía con facilidad las miradas femeninas. Al contrario que sucedía con los de su padre, en los atentos y azules ojos de Terry solía brillar una chispa de humor y poseía una particular sonrisa que permitía que sus blanquísimos dientes iluminaran su atezado rostro.

Al ver que Karen se acercaba, Terruce se reclino en el sillón y entrelazo los dedos de ambas manos sobre su vientre. En deferencia al calor tan poco usual para una tarde de principios de septiembre, el Duque se había quitado la chaqueta y se había alzado las mangas, dejando al descubierto sus morenos antebrazos, que estaban ligeramente salpicados de vello, era de altura media y se encontraba en un estado de forma extraordinario, con el poderoso físico de un ávido deportista.

Deseosa de escuchar más sobre el comportamiento de la maleducada señorita White, Karen se apoyó sobre el borde del escritorio, de cara a Terry.

– Me pregunto qué habrá hecho la señorita White para ofenderte tanto… – discurrió en voz alta–. Cuéntamelo, Terry, si no, mi imaginación conjurara de seguro algo mucho más escandaloso de lo que la pobre señorita White sería capaz de realizar nunca.

– ¿La pobre señorita White? – Resoplo Terry. – No preguntes Karen, no estoy en libertad de hablar sobre el tema.

Al igual que la mayoría de los hombres, Terry parecía no comprender que nada enardecía tanto las llamas de la curiosidad femenina como un tema acerca del cual uno no estaba en libertad de discutí

– Suéltalo ya, Terry – le ordenó –. O te haré padecer de formas indecibles.

Una de sus cejas se enmarco de forma irónica.

– Puesto que las White ya han llegado, esa amenaza resulta algo redundante.

– Trataré de adivinarlo, entonces. ¿Pillaste a la señorita White con alguien? ¿Acaso estaba permitiendo que la besara algún caballero… o algo peor?

Terry respondió con una sarcástica sonrisa de medio lado. – Más bien no. Basta echarle un vistazo para que cualquier hombre que este es sus cabales salga huyendo y sin dejar de gritar en dirección opuesta.

A Karen le dio la impresión de que su hermano siendo demasiado duro con Candice White y frunció el ceño.

– Es una chica muy guapa, Terry.

– Una fachada bonita no basta para esconder los defectos de su carácter.

– ¿Y cuáles son esos defectos?

Terry soltó un breve resoplido, como si los defectos de la señorita White fueran demasiados evidentes como para requerir que se los enumerara.

– Es dominante

– Como tú.

– Y arrogante.

– También como tú – dijo Karen con jovialidad.

Terry la miró echando chispas por los ojos.

– Creí que estábamos discutiendo los defectos de la señorita White, no los míos.

– Pero es que, al parecer, tenéis mucho en común – protestó Karen con fingida inocencia. Observó cómo él dejaba la pluma y la alineaba con el resto de artículos que había encima de su escritorio – rio –. Respecto a su comportamiento inapropiado… ¿Me estás diciendo que no la atrapaste en una situación comprometida?

– No, no he dicho eso. Lo único que he dicho es que no estaba con un caballero.

– Terry, no tengo tiempo para esto – dijo Karen con impaciencia. – Debo ir a darles la bienvenida a los White, y tú también tendrías que hacerlo, por cierto; sin embargo, antes de salir del estudio, exijo que me digas qué es esa cosa escandalosa que estaba haciendo Candice White.

– Resulta demasiado ridículo decirlo siquiera.

– ¿Cabalgaba a horcajadas? ¿Estaba fumando un puro? ¿Nadando desnuda en el estanque?

– Nada de eso. – A regañadientes, Terry cogió un estereoscopio que había sobre la esquina del escritorio, un regalo que le había enviado su hermana Aline, que ahora vivía con su marido en Nueva York.

El estereoscopio era un invento reciente, fabricado con madera de arce y cristal. Cuando una tarjeta estereoscópica – una fotografía doble – se introducía en la extensión que había tras la imagen aparecía en tres dimensiones. La profundidad y la calidad de las fotografías estereoscópicas resultaba sorprendente: las ramas de los árboles parecían a punto de arañar la nariz del espectador y la cima de una montaña parecía abrirse con tal realismo que a uno le daba la impresión de que podría caerse y morir en cualquier momento. Terry se llevó el aparato a los ojos y examinó la imagen del Coliseo de Roma con ardua concentración.

Justo cuando Karen estaba a punto de explotar de impaciencia, Terry musitó:

– Vi a la señorita White jugando al rounders en paños menores.

Karen lo miro con ojos como platos.

– ¿Al rounders? ¿Te refieres a ese juego en el que se utiliza una pelota de cuero y bate plano?

Terry frunció los labios con impaciencia. – Ocurrió durante su anterior visita. La señorita White y su hermana estaban haciendo cabriolas con sus amigas en un prado que se encuentra en el cuadrante noroeste de la propiedad cuando Albert Ardley y yo pasamos cabalgando por allí de casualidad. Las cuatro mujeres estaban en ropa interior… y todas alegaron que resultaba muy difícil jugar a ese deporte con esas pesadas faldas. Supongo que habrían aferrado a cualquier excusa para correr por ah medio desnudas. Las hermanas White son unas hedonistas.

Karen se había llevado una mano a la boca para reprimir, sin mucho éxito, un ataque de risa.

– ¡No puedo creer que lo hayas mencionado hasta ahora!

– Desearía haberlo olvidado – replicó Terry con una mueca al tiempo que apartaba el estereoscopio. – Sólo Dios sabe cómo voy a enfrentarme a Thomas White con el recuerdo de su hija desnuda aún fresco en mi mente.

La diversión de Karen se aplacó un tanto mientras contemplaba los fuertes rasgos del perfil de su hermano. No se le había pasado por alto que Terry había dicho "hija", lo que dejaba claro que apenas había prestado atención a la más joven. Había sido Candice la que acapara su atención.

Puesto que conocía muy bien a Terry, Karen habría esperado que su hermano se riera de aquel asunto. Pese a que poseía un estricto sentido de la moralidad, no era ningún mojigato y tenía un saludable sentido del humor. Si bien nunca había tenido una amante, Karen había oído rumores acerca de unas cuantas relaciones discretas… incluso un chisme o dos acerca de que el supuestamente estricto Duque se mostraba muy intrépido en el dormitorio. Sin embargo, por alguna razón, a su hermano le perturbaba esa audaz muchacha americana de carácter fuerte, modales atroces y que, por añadidura, era descendiente de nuevos ricos. No sin cierta perspicacia, Karen se preguntó si la atracción de la familia Grandchester por los americanos – después de todo, Aline se había casado con uno y ella misma acababa de contraer matrimonio con Anthony Brown, uno de los Brown de Nueva York – podría aplicarse también a Terry.

– ¿Tan arrebatadora estaba en ropa interior? – preguntó Karen con astucia.

–Sí – respondió Terry sin pensar y, acto seguido, frunció el ceño. – Quiero decir, no. Bueno, no la mire el tiempo suficiente para hacer una evaluación de sus encantos. Si es que tiene alguno.

Karen se mordió la parte interior del labio para reprimir una carcajada.

– Venga, Terry… Eres un hombre saludable de treinta y cinco años… ¿Ni siquiera le echaste una miradita a la señorita White en calzones?

– Yo no echo miraditas, Karen, o miro las cosas de arriba abajo o no las miro. Las miraditas son para los niños o para los pervertidos.

Ella le dedicó una mirada lastimera.

– Bien, siento muchísimo que hayas tenido que pasar por una experiencia tan espantosa. Sólo nos queda esperar que la señorita White permanezca completamente vestida en tu presencia durante esta visita con el fin de no escandalizar tú refinada sensibilidad una vez más.

Terry frunció el entrecejo en respuesta a sus burlas.

– Dudo que lo haga.

– ¿Quieres decir que dudas que permanezca vestida o que dudas que te escandalice?

– Ya es suficiente, Karen – gruño, y ella se echó a reír.

– Vamos, tenemos que saludar a los White.

– No tengo tiempo para eso – replico su hermano con brusquedad –. Encárgate de darles la bienvenida e inventa algo para excusar mi ausencia.

Karen lo miró con incredulidad.

– No iras a… ¡Por Dios, Terry, tienes que hacerlo! Jamás te había visto comportarte con tanta grosería.

– Me encargaré de saludarlos más tarde. Por los santos, ¡van a estar aquí casi un mes! Ya tendré tiempo de aplacarlos. Está claro que hablar de la señorita White me ha puesto de un humor de perros y, ahora la posibilidad de encontrarme en la misma habitación que ella me pone los pelos de punta.

Karen negó con la cabeza antes de mirarlo con una expresión especulativa que a él no le hizo ninguna gracia.

– Mmm… te he visto conversar con gente que no te gusta y siempre has conseguido comportarte de forma civilizada, especialmente cuando quieres conseguir algo. No obstante, por alguna razón, esta señorita White te irrita sobremanera. Y tengo una teoría acerca del porqué.

– ¿Si? – en sus ojos brillaban un sutil desafío.

– Todavía la estoy desarrollando, te haré saber cuándo llegue a una conclusión definitiva.

– Que Dios me ayude. Ahora vete, Karen y da la bienvenida a nuestros invitados.

– Mientras tú te encierras en este estudio como un zorro que corre a esconderse en su madriguera, ¿no?

Terry se puso de pie y le hizo un gesto para que lo precediera al atravesar la puerta.

– Voy a salir por la parte trasera de la casa y a dar una buena cabalgada.

– ¿Cuánto tiempo estarás fuera?

– Estaré de vuelta a tiempo de cambiarme para la cena.

Karen dejó escapar un suspiro de exasperación. La cena de esa noche sería un acontecimiento muy concurrido, el preludio del primer día de la fiesta campestre que comenzaría a la mañana siguiente. La mayoría de los invitados ya se había instalado, aunque aún quedaban unos cuantos rezagados cuya llegada se esperaba en breve.

– Será mejor que no llegues tarde – le advirtió –. No me dijiste que tendría que ocuparme de todos los detalles cuando accedí a ejercer como tu anfitriona.

– Nunca llego tarde – respondió Terry con voz tranquila antes de alejarse con el mismo entusiasmo de un hombre que acabara de librarse de la horca.

Continuara…