Adaptación de la novela de Lisa Kleypas: Sucedió en Otoño.

Capítulo 10

Por desgracia, las noticias del altercado entre Candy y lord Grandchester se extendieron con rapidez por toda la casa. Apenas entrada la tarde ya había llegado a oídos de Sara White, y el resultado no fue muy agradable. Con los ojos como platos y sin dejar de chillar, Sara se paseaba de un lado a otro por delante de su hija en el dormitorio.

– Tal vez las cosas no habrían llegado a ese extremo si te hubieras limitado a hacer un comentario inapropiado en presencia de lord Grandchester – gritó con furia Sara mientras sus delgaduchos brazos se batían en gestos desesperados .– Pero no tenías que discutir con el Duque y después desobedecerlo delante de todos... ¿Te das cuenta de cómo nos has hecho quedar? No sólo has arruinado tus posibilidades de matrimonio, ¡sino también las de tu hermana! ¿Quién querría emparentarse por matrimonio con una familia que se ve en la obligación de reconocer a una... a una palurda como uno de sus miembros?

Con un aguijonazo de vergüenza, Candy le dirigió una mirada de disculpa a Annie, que se encontraba sentada en el rincón. Su hermana sacudió la cabeza ligeramente para asegurarle que no pasaba nada.

– Si insistes en comportarte como una salvaje – continuó Sara – ¡me veré obligada a tomar medidas drásticas, Candy Alejandra!

Candy se hundió aún más en el canapé al escuchar su odiado segundo nombre, cuyo uso siempre era el heraldo que anunciaba algún castigo espantoso.

– Durante la próxima semana, no saldrás de esta habitación a menos que lo hagas en mi compañía – dijo Sara con voz severa .– Controlaré cada uno de los pasos que des, de los gestos que hagas y de las palabras que salgan de tu boca hasta asegurarme de que se puede confiar en que te comportarás como un ser humano razonable. Será un castigo compartido, porque te aseguro que tu compañía me resulta tan poco placentera como a ti la mía. Sin embargo, no queda otro remedio. Y si te oigo protestar lo más mínimo, doblaré el castigo y haré que sean quince días. Durante los momentos en los que no te encuentres bajo mi supervisión, permanecerás en este cuarto, ya sea leyendo o meditando acerca de tu desacertada conducta. ¿Me has comprendido, Candy?

– Sí, madre.

La perspectiva de ser controlada tan de cerca durante una semana hizo que Candy se sintiera como un animal enjaulado. Reprimió un aullido de protesta y se concentró con rebeldía en el estampado floreado de la alfombra.

– Lo primero que harás esta noche – prosiguió Sara con los ojos resplandecientes en su delgado y pálido rostro– será disculparte con lord Grandchester por los problemas que le has causado hoy. Y lo harás en mi presencia, de modo que yo pueda...

– De eso nada... – Candy se enderezó en su asiento y miró a su madre con manifiesta rebeldía .– No. No hay manera de que tú ni nadie pueda obligarme a pedirle disculpas. Antes prefiero morir.

– Harás lo que te digo. – La voz de Sara se convirtió en una especie de gruñido .– Te disculparás con el Duque con total humildad, ¡O no abandonarás esta habitación durante lo que nos queda de estancia!

Cuando Candy abrió la boca para hablar, Annie se apresuró a interrumpirla.

– Madre, ¿puedo hablar con Candy a solas, por favor? Sólo será un momento. Por favor...

Sara les dirigió una dura mirada a sus dos hijas, sacudió la cabeza como si se preguntara por qué había sido maldecida con muchachas tan insoportables y salió a grandes zancadas de la habitación

– Esta vez está enfadada de verdad – murmuró Annie para romper el peligroso silencio que había seguido a su intervención .– Jamás había visto a madre en semejante estado. Debes hacer lo que te pide.

Candy la miró con una sensación de furia e impotencia.

– ¡No me disculparé ante ese asno arrogante!

– Candy, no te costaría nada. Tan sólo pronuncia las palabras. No tienes por qué decirlas en serio. Limítate a decir: «Lord Grandchester, siento...»

– No lo haré – replicó Candy con terquedad .– Y sí que me costaría algo: mi orgullo.

– ¿Y merece la pena quedarse encerrada en esta habitación y perderse las cenas y veladas que disfrutarán todos los demás? ¡No seas testaruda, por favor! Candy, te prometo que te ayudaré a idear una horrible venganza contra lord Grandchester... algo realmente perverso; pero, de momento, tendrás que hacer lo que te pide madre. Puede, que pierdas una batalla, pero acabarás ganando la guerra. Además...– Annie buscó con desesperación algo más que decir .– Además, nada le gustaría más a lord Grandchester que el hecho de que permanezcas encerrada durante toda la visita. No podrías molestarlo ni atormentarlo. Ojos que no ven, corazón que no siente. ¡No le des esa satisfacción, Candy!

Tal vez aquél fuera el único argumento con el poder suficiente para convencerla. Candy frunció el ceño y contempló el pequeño rostro marfileño de su hermana, con esos inteligentes ojos tan azules. No por primera vez, se preguntó cómo era posible que la persona más dispuesta a unirse a sus correrías fuera también la única capaz de hacerle recuperar la cordura sin apenas esfuerzo. Mucha gente se dejaba engañar por los innumerables momentos en los que Annie desplegaba su actitud extravagante, sin llegar a sospechar jamás el implacable sentido común que yacía bajo su fachada élfica.

– Está bien – dijo con rigidez .– Aunque es muy probable que me atragante con las palabras.

Annie dejó escapar un suspiro de alivio.

– Yo actuaré como tu intermediaria. Le diré a madre que estás de acuerdo y que ya no debe reprenderte más porque de lo contrario es posible que cambies de opinión.

Candy se dejó caer en su asiento y trató de imaginarse la engreída satisfacción que manifestaría Grandchester cuando se viera obligada a pedirle disculpas. Maldición, iba a resultar insoportable. Hirviendo de furia, se entretuvo planeando una serie de complicadas venganzas contra el Duque que finalizaban con la imagen del hombre pidiendo clemencia.

Una hora más tarde, la familia White – con Thomas White al frente– salió del dormitorio en grupo. Su destino final era el comedor, donde iba a tener lugar otra grandilocuente cena de cuatro horas. Puesto que acababa de ser informado del comportamiento vergonzoso de su hija, Thomas se encontraba en un estado de furia apenas contenida y su bigote tenía un aspecto encrespado sobre el rictus decidido de los labios.

Ataviada con un vestido de seda de color lavanda ribeteado con chorreras de encaje blanco en el corpiño y mangas cortas abullonadas, Candy caminaba con resolución tras sus progenitores mientras las iracundas palabras de su padre llegaban flotando hasta ella.

– El momento en que te conviertas en un obstáculo para uno de mis posibles negocios será justamente el momento en que te enviaré de vuelta a Nueva York. Hasta ahora, toda esta caza de maridos en Inglaterra ha demostrado ser costosa e improductiva. Te lo advierto, hija, si tus acciones han arruinado mis negociaciones con el Duque...

– Estoy segura de que no ha sido así – interrumpió Sara con nerviosismo al ver que sus sueños de adquirir un yerno con título se tambaleaban como una taza de té al borde de la mesa .– Candy se disculpará con lord Grandchester, querido, y eso arreglará las cosas. Ya lo verás. – Se retrasó un paso para echarle una mirada amenazadora a su hija mayor por encima del hombro.

Una parte de Candy quería acurrucarse en algún rincón y dejar que los remordimientos la consumieran, pero otra parte estaba a punto de explotar de resentimiento. Como era natural, su padre se haría cargo de cualquier cosa o persona que interfiriera en sus negocios... de otro modo, le daría exactamente igual lo que hiciera. Lo único que había querido de sus hijas en toda su vida era que no lo molestaran. De no haber sido por sus tres hermanos, Candy jamás habría sabido lo que era recibir la más mínima atención masculina.

– Para asegurarnos de que tengas la oportunidad de pedirle disculpas con propiedad al Duque – dijo Thomas White, que hizo una pausa para clavar sus ojos grises en Candy con severidad –, le he pedido que se reúna con nosotros en la biblioteca antes de cenar. Te disculparás con él allí... de modo que tanto él como yo quedemos satisfechos.

Candy se detuvo en seco y lo miró con los ojos abiertos como platos. Su resentimiento se convirtió en un nudo ardiente que estuvo a punto de ahogarla mientras se preguntaba si habría sido Grandchester quien había elegido semejante escenario para una lección de humillación.

– ¿Sabe él por qué le has pedido que se reúna allí contigo? – consiguió preguntar.

– No; no creo que espere una disculpa de una de mis hijas, cuyos malos modales ya son de conocimiento general. De cualquier forma, si no te disculpas de manera satisfactoria, no tardarás en echarle un último vistazo a Inglaterra desde la cubierta de un buque de vapor con destino a Nueva York.

Candy no era tan estúpida como para tomar las palabras de su padre por una amenaza vacía. Había resultado del todo convincente gracias a la brusquedad de su tono autoritario. Y la mera idea de verse obligada a abandonar Inglaterra, y lo que era peor, de separarse de Annie...

– Sí, señor– dijo con la mandíbula apretada.

La familia continuó su camino a lo largo del pasillo en completo silencio.

Cuando Candy creyó que se desmayaría de los nervios, notó que su hermana le daba la mano.

– No tiene ninguna importancia – susurró Annie .– Limítate a decirlo a toda prisa y a acabar con...

– ¡Silencio! – gruñó su padre, y ellas separaron las manos.

Abatida y absorta con sus propios pensamientos, Candy apenas se dio cuenta de lo ocurría a su alrededor mientras acompañaba a su familia hasta la biblioteca. La puerta estaba entreabierta y su padre anunció su presencia con un golpecito decidido antes de instar a su mujer y a sus hijas a que entraran en la estancia. Era una hermosa biblioteca, con techos que se elevaban a seis metros de altura, escaleras que podían desplazarse y galerías superiores e inferiores que contenían millares de libros. La esencia del cuero, del pergamino y de la madera recién encerada le confería al ambiente un aroma rico y penetrante.

Lord Grandchester, que estaba inclinado sobre el escritorio con las manos apoyadas sobre la pulida superficie, levantó la vista de un pliego de papel. Se enderezó en el asiento y entrecerró los ojos al ver a Candy. Moreno, austero e impecablemente vestido, era la viva imagen del aristócrata inglés, con la corbata anudada a la perfección y el abundante cabello retirado de la frente de forma implacable. De pronto, a Candy le resultó imposible conciliar la imagen del hombre que tenía delante con la del bruto juguetón sin afeitar que le había permitido tirarlo al suelo sobre el campo de rounders que se encontraba detrás del establo.

Una vez que hubo guiado a su esposa y a sus hijas al interior de la habitación, Thomas White dijo sin más preliminares:

– Gracias por acceder a que nos reuniéramos aquí, milord. Le prometo que esto no nos llevará mucho tiempo.

– Señor White – lo saludó Grandchester en voz baja –, no imaginé que tendría el privilegio de encontrarme también con su familia

– Me temo que la palabra «privilegio» resulta una exageración en este caso – afirmó Thomas con tono brusco .– Al parecer, una de mis hijas se ha comportado de modo inaceptable en su presencia y desea expresarle su arrepentimiento. – Colocó los nudillos en la espalda de Candy y la empujó hacia el Duque .– Adelante.

Grandchester frunció el ceño.

– Señor White, esto no es necesario...

– Permita que mi hija diga lo que tiene que decir – replicó Thomas, apreElizando a Candy para que se adelantara.

El ambiente de la biblioteca era silencioso pero explosivo cuando Candy alzó la vista hacia Grandchester. Había fruncido el ceño aún más y, no sin cierta perspicacia, la joven advirtió que el Duque no deseaba una disculpa por su parte. No de esa forma, con su padre obligándola a hacerla de una forma tan humillante. De algún modo, eso hizo que le resultara mucho más fácil disculparse.

Tragó saliva con fuerza y clavó la mirada en aquellos insondables ojos, que emitían brillos de un azul intenso debido a la luz que entraba en la estancia.

– Siento lo que ocurrió, milord. Ha sido un anfitrión generoso y se merece mucho más respeto por mi parte del que le he mostrado esta mañana. No debería haber desafiado su decisión sobre la carrera de obstáculos, ni debería haberle hablado como lo hice. Espero que acepte mis disculpas y que sepa que son sinceras.

– No – dijo él con suavidad.

Candy parpadeó por la incredulidad, ya que en un principio pensó que había rechazado sus excusas,

– Soy yo quien debería disculparse, señorita White, y no usted, – continuó Grandchester .– Sus actos de rebeldía fueron provocados por mi despliegue de autoritarismo. No puedo culparla por responder de semejante modo a mi arrogancia.

Candy se esforzó por ocultar su perplejidad, aunque no le resultó fácil, ya que Grandchester estaba haciendo exactamente lo contrario de lo que había esperado. Le habían dado la oportunidad perfecta para que aplastara su orgullo... y él había elegido no hacerlo. Se escapaba a su comprensión. ¿A qué clase de juego estaba jugando?

El Duque paseó la mirada por sus desconcertadas facciones.

– Pese a lo mal que lo expresé esta mañana – murmuró –, mi preocupación por su seguridad era genuina. Y de ahí la razón de mi furia.

Sin dejar de observarlo con atención, Candy sintió que el nudo de resentimiento que se le había formado en el pecho comenzaba a disolverse. ¡Qué amable estaba siendo! Y no daba la sensación de que estuviera fingiendo. Parecía comprensivo y amable de verdad. La embargó una sensación de alivio y se vio con fuerzas para respirar por primera vez en todo el día.

– Ese no fue el único motivo de su furia – le dijo .– Tampoco le gusta que le desobedezcan.

Grandchester soltó una risa ronca.

– No – admitió con una lenta sonrisa –, no me gusta. – La sonrisa trasformó las severas facciones de su rostro, lo que hizo que se desvaneciera la reserva natural y quedara al descubierto un atractivo que resultaba mil veces más poderoso que la mera belleza.

Candy sintió un extraño aunque agradable escalofrío que le recorrió la piel.

– Entonces, ¿se me permitirá montar sus caballos de nuevo? – se atrevió a preguntar.

– ¡Candy! – oyó gritar a su madre.

Un brillo jovial iluminaba los ojos de Grandchester, como si se deleitara con la audacia de la joven.

– Yo no diría tanto.

Atrapada en la aterciopelada trampa de su mirada, Candy se dio cuenta de que su eterna discordia se había convertido en una especie de desafío amistoso... suavizado con algo que parecía casi... erótico. Santo Dios. Unas cuantas palabras agradables de Grandchester y estaba a punto de convertirse en una estúpida...

Al ver que habían hecho las paces, Sara comenzó a barbotear con entusiasmo:

– ¡Ay, querido lord Grandchester, qué caballero tan magnánimo es usted! Y debo decir que no es autoritario en absoluto... Es más que evidente que fue su preocupación por mi voluntarioso angelito lo que le llevó a actuar así, y eso es una prueba más que suficiente de su infinita benevolencia.

La sonrisa del Duque adquirió un matiz sarcástico y le dirigió a Candy una mirada especulativa, como si estuviera meditando si la expresión «voluntarioso angelito» era una descripción adecuada para ella. Le ofreció el brazo a Sara y preguntó con tono indiferente

– ¿Me permite que la acompañe hasta el comedor, señora White? .

Eufórica ante la idea de que todos la vieran entrar del brazo del propio lord Grandchester, Sara aceptó con un suspiro de placer. Cuando emprendieron el camino desde el estudio hacia el salón donde tendría lugar la procesión para la cena, Sara se embarcó en un discurso insoportablemente largo acerca de sus impresiones sobre Hampshire, dejando caer unas cuantas críticas insignificantes que pretendían resultar ingeniosas, pero que lograron que Candy y Annie se miraran la una a la otra con silenciosa desesperación. Lord Grandchester recibió las toscas observaciones con meticulosa cortesía y sus pulidos modales hicieron que los de su madre parecieran incluso peores en comparación. Y, por primera vez en toda su vida, Candy se le ocurrió que su desprecio deliberado por la etiqueta tal vez no fuera tan inteligente como pensara en un principio. Una cosa era segura: no quería acabar siendo tediosa y reservada... claro que, a su vez, tampoco sería algo tan malo comportarse con un poco más de dignidad.

Era evidente que lord Grandchester sintió un infinito alivio al apartarse de los White cuando llegaron al salón, por más que no lo manifestara ni de gesto ni de palabra. Les deseó cortésmente una noche agradable y se marchó tras hacer una ligera reverencia para unirse a un grupo entre el que se encontraban su hermana, lady Karen, y su cuñado, el señor Brown.

Annie se giró hacia Candy y la miró con los ojos abiertos como platos.

– ¿Por qué lord Grandchester se ha mostrado tan amable contigo? – susurró .– Y ¿por qué diantres le ha ofrecido a madre su brazo para escoltarnos hasta aquí y verse obligado con ello a escuchar su incesante cháchara?

– No tengo ni la más mínima idea – musitó Candy .– Pero está claro que posee una alta tolerancia al dolor.

Albert Ardley y Eliza se unieron al grupo que se encontraba al otro lado de la estancia. Alisándose de forma distraída la cinturilla de su vestido azul plata, Eliza echó un vistazo a la multitud, captó la mirada de Candy y compuso una mueca de aflicción. Era obvio que se había enterado de la confrontación que había tenido lugar durante la carrera de saltos. «Lo siento», esbozó con los labios. Pareció aliviada cuando Candy le hizo un gesto de asentimiento con la cabeza para asegurarle que todo estaba bien y le envió un mensaje silencioso que decía: «No pasa nada.»

Al final, todos entraron en procesión al comedor, con los White y los Ardley entre los últimos que cerraban la marcha, puesto que eran los de menor rango.

– El dinero siempre cubre la retaguardia – comentó el padre de Candy de forma críptica, y ella supuso que no tenía mucha paciencia con las reglas de precedencia que se observaban con tanta meticulosidad en semejantes circunstancias.

Candy se dio cuenta de pronto de que, en las ocasiones en las que la Duquesa estaba ausente, lord Grandchester y su hermana lady Karen tendían a arreglar las cosas de una manera mucho menos formal e instaban a los invitados a entrar en el comedor a su propio ritmo, en lugar de en procesión. Con la Duquesa presente, al parecer, debían adherirse de forma estricta a la tradición.

Daba la impresión de que había casi tantos sirvientes como invitados; todos ellos estaban vestidos con un uniforme que consistía en unos abultados calzones negros, un chaleco color mostaza y un chaqué azul. Sentaron a los invitados con premura y sirvieron el vino y el agua sin derramar una sola gota.

Para sorpresa de Candy, su sitio se encontraba cerca de la cabecera de la mesa de lord Grandchester, tan sólo a tres asientos a la derecha del Duque. Ocupar un lugar tan cercano al anfitrión era una señal de gran privilegio que en muy raras ocasiones se le otorgaba a una joven soltera sin título alguno. Preguntándose si el sirviente se había equivocado al sentarla allí, echó una mirada cautelosa a los rostros de los huéspedes que se encontraban a su lado y vio que también ellos estaban perplejos por su presencia. Incluso la Duquesa, que se sentaba al otro extremo de la mesa, la miraba ceñuda.

Candy le dirigió a lord Grandchester una mirada inquisitiva mientras él se acomodaba en su lugar a la cabecera de la mesa.

El hombre enarcó una de sus oscuras cejas.

– ¿Le ocurre algo? Parece un poco consternada, señorita White.

Sin lugar a dudas, la respuesta apropiada habría sido ruborizarse y agradecerle aquel inesperado honor. No obstante, cuando Candy observó el rostro del Duque, que parecía suavizado por la luz de las velas, se descubrió respondiendo con absoluta franqueza:

– Me preguntaba por qué estoy sentada tan cerca de la cabecera de la mesa. A la luz de los acontecimientos de esta mañana, había asumido que me colocaría fuera, en la terraza trasera.

Hubo un momento de silencio sepulcral mientras los invitados que se encontraban alrededor asimilaban con expresión atónita que Candy realizara tan abierta referencia al conflicto que había tenido lugar entre ellos. No obstante, Grandchester los dejó aún más perplejos al echarse a reír por lo bajo, sin apartar la mirada de ella. Después de un instante, los demás se unieron a él con carcajadas algo forzadas.

– Ya que conozco su tendencia a meterse en problemas, señorita White, he llegado a la conclusión de que es más seguro tenerla a la vista y al alcance de la mano, si es posible.

Ese comentario fue hecho casi con ligereza. Habría que ahondar mucho para descubrir alguna insinuación en su tono. Pese a todo, Candy sintió un cosquilleo líquido en su interior, una sensación que se trasladó de una terminación nerviosa a otra como un torrente de miel tibia.

La joven alzó una copa de champán hasta sus labios y paseó la mirada por el comedor. Annie estaba sentada cerca del otro extremo de la mesa; charlaba de forma animada y a punto estuvo de derramar una copa de vino, ya que no dejaba de gesticular para enfatizar sus palabras. Eliza se hallaba en la mesa de al lado, ajena, al parecer, a la multitud de miradas de admiración masculina que se posaban sobre ella. Los hombres que tenía a cada lado parecían entusiasmados por la suerte que habían tenido al ser colocados junto a una compañía tan arrebatadora, mientras que Albert Ardley, que se sentaba a unos cuantos asientos de distancia, los contemplaba con la venenosa mirada de un macho que protegiera su territorio.

Paty, su tía Elroy y los padres de Candy se hallaban situados junto a otros invitados en la mesa más alejada. Como de costumbre, Paty apenas decía nada a los hombres que se sentaban junto a ella y contemplaba en silencio y con nerviosismo su propio plato. «Pobre Paty – pensó Candy con compasión .– Tendremos que hacer algo con esa maldita timidez tuya.»

Al reflexionar sobre sus hermanos solteros, Candy se preguntó si habría alguna posibilidad de emparejar a alguno de ellos con Paty. Quizá pudiera encontrar una manera de convencer a alguno para que hiciera alguna visita a Inglaterra. Dios sabía que cualquiera de ellos sería un marido mejor para Paty que su primo Eustace. Estaba su hermano mayor, Tom, y los gemelos, Charlie y Mathus. No podría encontrarse un grupo de jóvenes más robustos. Sin embargo, Candy tenía la impresión de que cualquiera de los hermanos White aterrorizaría a Paty. Eran hombres de buen carácter, pero nadie le aplicaría el calificativo «refinado» a ninguno de ellos. Y tampoco de «civilizado».

Le llamó la atención la enorme fila de sirvientes que traían el primer plato: un desfile de fuentes llenas de sopa de tortuga y bandejas plateadas que contenían rodaballo bañado en salsa de langosta, pudín de cangrejo de río y trucha a las finas hierbas con lechuga estofada. Era el primero de una lista de ocho platos que vendrían seguidos por diferentes postres. Al encarar la perspectiva de otra cena prolongada, Candy reprimió un suspiro y levantó la vista para descubrir la sutil mirada escrutadora que Grandchester le dedicaba. No dijo nada, sin embargo, por lo que Candy no pudo evitar romper el silencio.

– Su caballo de caza, Brutus, parece un animal magnífico, milord. Me he fijado en que no usa fusta ni espuelas con él.

La conversación que había a su alrededor cesó y Candy se preguntó si habría metido la pata de nuevo. Tal vez se suponía que una joven soltera no podía hablar hasta que alguien se dirigiera a ella. De cualquier forma, Grandchester contestó al instante:

– En muy raras ocasiones utilizo la fusta o las espuelas con ninguna de mis posesiones, señorita White. Por lo general, soy capaz de obtener los resultados que deseo sin ellas.

Candy pensó de mala gana que, al igual que a todos los que se encontraban en la propiedad del Duque, al bayo ni se le pasaría por la cabeza desobedecer a su amo.

– Parece poseer un carácter mucho más dócil que otros purasangres – dijo ella.

Grandchester se reclinó en su silla cuando uno de los criados le si sirvió una porción de trucha sobre su plato. La luz parpadeante jugaba con los mechones de su cabello... y Candy no pudo evitar recordar la sensación de esos gruesos mechones entre sus dedos.

– Brutus es un cruce, a decir verdad. Una mezcla entre un purasangre y un caballo de tiro irlandés. .

– ¿En serio? – Candy no hizo esfuerzo alguno por ocultar sorpresa .– Jamás habría pensado que usted montaría otra cosa que no fuesen caballos del más alto pedigrí.

– Hay muchos que prefieren los purasangres – admitió el Duque .– Pero un caballo de caza precisa de una marcada habilidad para los saltos y de la fuerza necesaria para cambiar de dirección con rapidez. Un cruce como Brutus posee toda la velocidad y el estilo de un purasangre, además de la fuerza atlética de un caballo de tiro irlandés.

Los demás ocupantes de la mesa no se perdían palabra. Cuando Grandchester terminó, un caballero añadió con jovialidad:

– Un animal soberbio, ese Brutus. Descendiente de Eclipse, ¿no es cierto? Es imposible pasar por alto la influencia del árabe Darley...

– Montar un cruce demuestra su mentalidad abierta – murmuró Candy.

Grandchester esbozó una media sonrisa.

– Puedo ser abierto de mente, de vez en cuando.

– Eso he oído... pero jamás había tenido evidencia alguna hasta el momento.

De nuevo, se hizo el silencio cuando los invitados escucharon los comentarios provocativos de Candy. En lugar de enfadarse, Grandchester la miró sin ocultar su interés. Si dicho interés era el de un hombre que la encontraba atractiva o el de uno que simplemente la consideraba un bicho raro de la naturaleza, era difícil de decir. Pero sin duda el interés estaba allí.

– Siempre he tratado de hacer las cosas de manera lógica – dijo– lo que, en ocasiones, supone una ruptura con la tradición.

Candy le dedicó una sonrisa burlona.

– ¿Acaso encuentra que las ideas tradicionales no siempre son lógicas?

Grandchester negó ligeramente con la cabeza y el brillo de sus ojos se intensificó mientras daba un trago a su copa de vino y la miraba por encima del borde de cristal.

Otro caballero hizo un comentario gracioso acerca de curar a Grandchester de sus ideas liberales mientras traían el siguiente plato. La sucesión de curiosos objetos abultados sobre las bandejas plateadas fue recibida con satisfacción y grandes muestras de alborozo. Había cuatro por mesa, doce en total, colocadas a intervalos regulares sobre pequeñas mesitas plegables, donde los sirvientes y los criados de mayor rango procedieron a trinchar las viandas. El aroma especiado de la carne de ternera llenó el aire mientras los invitados observaban el contenido de las bandejas con murmullos de expectación. Candy se giró un poco en su asiento y echó un vistazo a la bandeja que tenía más cerca, situada sobre una mesita. A punto estuvo de dar un salto de terror al descubrir los achicharrados rasgos de una bestia irreconocible cuya cabeza recién horneada desprendía volutas de vapor.

La sorpresa le hizo dar un respingo y, al instante, escuchó el tintineo resultante de los cubiertos. Uno de los sirvientes se hizo cargo de inmediato de los resultados su torpeza: sacó tenedores y cucharas limpios y se agachó para recuperar los utensilios que habían caído.

– ¿Qué... qué es eso? – preguntó Candy sin dirigirse a nadie en particular, incapaz de apartar la mirada de aquella repugnante visión.

– Cabeza de ternera – respondió una de las damas en un tono de divertida condescendencia, como si aquello fuese un ejemplo más del poco refinamiento de los americanos .– Una de las exquisiteces inglesas. No me diga que nunca la ha probado...

Esforzándose por mantener una expresión indiferente, Candy meneó la cabeza sin decir palabra. Se encogió cuando el criado abrió las humeantes mandíbulas de la ternera y cortó la lengua...

– Algunos afirman que la lengua es la parte más deliciosa – continuó la dama –, mientras que otros juran que los sesos son, con diferencia, lo más sabroso. Yo, por mi parte, encuentro que, sin duda alguna, lo más exquisito son los ojos.

Los propios ojos de Candy se cerraron con repugnancia ante semejante revelación. Notó que el amargo sabor de la bilis ascendía por su garganta. Nunca había sido una entusiasta de la cocina inglesa, pero por objetable que encontrara algunos platos en pasado nada la había preparado para la repulsiva visión de la cabeza de ternera. Abrió un poco los ojos y miró a su alrededor. Al parecer, por todos lados se trinchaban, abrían y fileteaban las cabezas de ternera. Los cerebros se servían con cucharas sobre los platos; las mollejas se cortaban en rodajas...

Candy estaba a punto de vomitar.

Al sentir que la sangre se retiraba de su rostro, Candy dirigió la mirada hacia el otro extremo de la mesa, donde Annie contemplaba, con vacilación las porciones que estaban siendo depositadas ceremoniosamente sobre su plato. Muy despacio, Candy se llevo la esquina de su servilleta hasta la boca. No. No podía permitirse vomitar. Sin embargo, el fuerte y grasiento olor de la cabeza de ternera flotaba a su alrededor y, mientras escuchaba el laborioso tintineo de los cuchillos y tenedores que se estaban empleando, así como los murmullos de apreciación de los comensales, empezó a verse acosada por las náuseas. Colocaron delante de ella un platito que contenía unas cuantas rodajas de... algo... y un gelatinoso globo ocular con base cónica que rodó como al descuido hacia el borde.

– Dios bendito... – susurró Candy, cuya frente comenzó a llenarse de sudor.

Una voz fría y calmada pareció atravesar la nube de náuseas.

– Señorita White...

Candy siguió con desesperación el sonido de la voz y vio el rostro impasible de lord Grandchester.

– ¿Sí, milord? – preguntó con voz ronca.

El Duque pareció elegir sus palabras con inusual cuidado.

– Disculpe lo que sin duda le parecerá una petición algo excéntrica, pero da la casualidad de que este momento es el más apropiado para contemplar una rara especie de mariposas que habita en la propiedad. Aparece sólo a primera hora de la noche, cosa que, por supuesto, se sale de lo habitual. Es posible que recuerde que ya se lo mencioné en alguna conversación previa.

– ¿Mariposas? – repitió Candy, que tuvo que tragar repetidas veces para contener las náuseas.

– Tal vez me permita conducirlas a usted y a su hermana hasta el invernadero, donde se han visto nuevos capullos. Para mi desgracia, será necesario que nos ausentemos durante este plato, pero regresaremos a tiempo para que disfrute del resto de la cena.

Muchos de los invitados detuvieron sus tenedores a medio camino, con expresiones que reflejaban su perplejidad ante la peculiar petición de Grandchester.

Al darse cuenta de que le estaba proporcionando una excusa para salir del comedor, con su hermana como acompañante en aras del decoro, Candy asintió.

– Mariposas – repitió casi sin aliento .– Sí, me encantaría verlas.

– Y a mí también – dijo Annie desde el otro extremo de la mesa. Se puso en pie al instante, lo que obligó a los caballeros a levantarse cortésmente de sus sillas .– Qué considerado por su parte recordar nuestro interés en los insectos autóctonos de Hampshire, milord.

Grandchester fue a ayudar a Candy a levantarse de su asiento.

– Respire a través de la boca – susurró.

Pálida y sudorosa, ella obedeció.

Todas las miradas estaban posadas en ellos.

– Milord – dijo uno de los caballeros, lord Wymark – ¿podría preguntarle cuál es esa especie tan rara de mariposas a la que se refiere?

Se produjo un momento de incertidumbre y, acto seguido Grandchester respondió con seria determinación:

– La violeta moteada. – Hizo una pausa antes de terminar .– La Erynnis pages.

Wymark frunció el ceño.

– Me considero algo así como un aficionado a los lepidópteros, milord, y a pesar de que conozco una «Erynnis tages», que puede encontrarse tan sólo en Northumberland, jamás había oído hablar de esa tal Erynnis pages.

Hubo un breve instante de silencio.

– Es un híbrido – afirmó Grandchester .– Morpho purpureus fracticus. Por lo que sé, tan sólo ha podido observarse en los alrededores de Stony Cross.

– Me gustaría echar un vistazo a la colonia con usted, si es posible – comentó Wymark, que dejó la servilleta sobre la mesa y se dispuso a ponerse en pie .– El descubrimiento de un nuevo híbrido es siempre un extraordinario...

– Mañana al anochecer – le dijo Grandchester de forma autoritaria .– Las Erynnis pages son muy sensibles a la presencia humana. No desearía poner en peligro a una especie tan frágil. Creo que lo mejor es visitarlas en grupos pequeños, de dos o tres personas.

– Como quiera, milord – dijo Wymark, obviamente contrariado, al tiempo que volvía a tomar asiento .– Mañana al anochecer entonces.

Agradecida, Candy tomó el brazo de Grandchester mientras Annie se agarraba al otro, y salieron de la habitación con gran dignidad.

Continuara…