Había una vez un joven samurái llamado Inuyasha, quien era conocido por su gran valentía en el campo de batalla. No había guerrero más bravo, ágil y diestro en toda la región. Con la llegada ocasional de la paz, el soldado debía colgar sus armas y dedicarse al campo hasta la próxima rebelión. Sin embargo, cayó en desgracia tras la caída de su amo. Nadie quería aceptar a un rōnin en su clan, y por consiguiente, debía vagar errante como una hoja a merced del viento. Cansado de ser utilizado en trifulcas triviales sin recibir compensación alguna, se resignó a vivir como un mero campesino. No obstante, no tuvo oportunidad de disfrutar dicha tranquilidad, puesto que al poco tiempo su familia le dio la espalda tras considerarlo un bueno para nada.

Abandonado a su suerte, solo y sin dinero, Inuyasha no tardó mucho tiempo en caer en la desesperación. Luego de vagar sin rumbo por días enteros, se internó en un bosque que tenía fama de ser territorio de criaturas sobrenaturales. Allí encontró un lugar donde apoyar las espaldas adoloridas y un riachuelo donde calmar su sed. Una vez satisfecho, pensó con tristeza en su suerte.

-No sirvo para otra cosa que no sea la guerra. Como van las cosas, sin dinero ni oficio, estoy condenado a morir de hambre. ¡Maldita sea!

En ese momento sus oídos se hicieron sordos ante el estrépito del viento. Una súbita ventisca le alborotó los cabellos, cubriéndole la cara y la boca. Una vez recompuesto, distinguió delante de sí la imponente figura de un Inugami, que lo miraba con sumo interés.

La criatura lo olfateó descaradamente con ademanes caninos, por lo que recibió un puñetazo en el hocico. Si bien el Inugami chilló de dolor, no se mostró molesto por ello. Al contrario, parecía que las fauces se torcían en una mueca, al tiempo que la lengua le colgaba por un lado.

-¡Vaya que tienes problemas, humano! No tienes ni tan siquiera un grano de arroz para saciar tu hambre.

-No se vive sólo de arroz. – respondió señalando con un gesto vago el peral sobre su cabeza

-Tienes razón, pero no me vas a negar que necesitas dinero. Podrás tener tanto como quieras, pero…

-¿Pero?

-Verás, no acostumbro a proveer a los cobardes.

Inuyasha se irguió de un salto.

-¡Aquí donde me ves, soy un samurái! – replicó altanero – «Guerrero» y «cobardía» son dos palabras que no van juntas.

-¿Ah, sí? Si yo fuera tú, echaría un vistazo a mis espaldas.

Al voltearse, se topó con un enorme demonio perro que estaba a punto de caerle encima. Inuyasha no vaciló en hacerle frente con katana en mano, cortándole una de sus patas. El demonio cayó de bruces al suelo en un charco de sangre, profiriendo aullidos de dolor. Sin perder tiempo, el joven samurái saltó sobre él y le abrió la garganta de un solo tajo, matándolo en el acto. Luego se retiró para recobrar el aliento.

-Te sobra valor.- aplaudió el Inugami- Sin embargo, debes cumplir con otros requisitos.

-¿Qué clase de requisitos?

-Entonces, ¿estás interesado?

-Sólo habla.

El Inugami le ofreció otra sonrisa perruna.

-Como dije, podrás ser tan rico como quieras, incluso más que el emperador, si no te lavas ni peinas durante siete años.

-Eso es fácil. – bufó Inuyasha

-Tampoco podrás cortarte las uñas, la barba o el cabello.

-Entendido.

-Tampoco podrás rezar.- sentenció el Inugami, ocultando una sonrisa con las mangas de su vestido

-¿Qué ganas tú con todo esto?

-A eso voy. – respondió la criatura, con ojos ardientes como brasas- Si rompes mis condiciones o mueres en ese intervalo de tiempo, tomaré posesión de tu cuerpo. Por otro lado, si logras sobrevivir, serás libre y rico por el resto de tu vida.

Considerando su miseria y las miles de veces que arriesgó su vida en batalla, Inuyasha pensó que bien podría arriesgarse una vez más. Aceptó el trato del Inugami, quien, complacido, le ofreció su vestido al tiempo que decía:

-Mientras lo lleves puesto, siempre que metas la mano en el bolsillo sacarás un puñado de monedas de oro.

Mientras Inuyasha se cambiaba las vestiduras, el Inugami se encargó de quitarle la piel al demonio perro. Terminada su labor, se la dio al joven guerrero.

-Ésta será tu capa y también tu cama, ya que no deberás tener ninguna otra. – luego, con aire imperioso, añadió- A causa de tus vestidos te llamarán Piel de Perro.

Dicho esto, el Inugami desapareció tan misteriosamente como había llegado.

Una vez comprobado que la criatura no mentía tras sacar un puñado de monedas de oro del bolsillo y colocarse la piel de perro encima, Inuyasha se dedicó a la buena vida.