Fue en vano. Un grito le perforó los oídos, y necesitó de toda su fuerza para impedir que su mujer saliera. Temía que, de hacerlo, el Inugami también tomara posesión de ella. Por lo tanto, la persuadió para que permaneciera dentro del hogar y mandó que sacaran los cuerpos del patio. Sin embargo, no pudo evitar que Kagome sufriese un desmayo al ver cómo sacaban el cuerpo de su hermana del pozo. Tiempo después, tras reponerse, Inuyasha se vio obligado a contarle la verdad.

No pasó mucho tiempo para que el suegro llamase a su puerta, pidiendo compasión por el viejo enfermo y solitario en que se había convertido. Inuyasha aceptó acogerlo en su casa por Kagome, quien estaba deprimida desde la muerte de Kikyo. Creyó que la compañía de su padre le haría bien. ¡Cuán equivocado estaba!

Fue inevitable que se enterase de la verdad. Mientras que Kagome se mostró comprensiva, su suegro no sólo lo señaló como el responsable de la muerte de Kikyo, sino que además se atrevió a reprocharle el haber planeado todo para beneficio propio. Desde entonces, la convivencia en el hogar se volvió un infierno.

Kagome no tardó en quedar embarazada, para alegría de Inuyasha. No obstante, la noticia no pareció complacer a su suegro, quien se mostraba cada vez más pesado e irritante. Como si fuera poco, se empeñaba en que las cosas se hicieran a su manera, aprovechándose de su estatus de anciano, al tiempo que despreciaba los gestos de su yerno.

-Padre, -le dijo Kagome en una ocasión, sosteniendo su vientre abultado –tal parece que has olvidado que, de no ser por Inuyasha, habrías cometido seppuku cuatro años atrás, dejándonos a mí y a Kikyo en la miseria. Deberías ser más agradecido… sobre todo ahora que tendrás la oportunidad de ver nacer a tu nieto.

Sin embargo, su padre volvía a sacar el tema de la muerte de Kikyo, negándose a entrar en razones cuando su hija insistía que nada de aquello había sido culpa de Inuyasha… al menos, no directamente.

Inuyasha intentaba ser paciente, como todo buen yerno. No obstante, tuvo suficiente cuando, una noche en que admiraba el vientre de su mujer, se dio cuenta que lloraba en silencio.

-Dice que pariré un monstruo con cola de perro. –sollozó

No necesitó nada más para echar al malagradecido de su casa. Tiempo después, se enteró que había perecido tras invocar mal el espíritu de un Inugami, probablemente en búsqueda de represalia. No lo lamentó en lo absoluto.


Era una tarde muy apacible, contrario al humor de Inuyasha. Se movía de aquí para allá, gruñendo por lo bajo, y dirigiendo una mirada de preocupación al cuarto de la izquierda. Hacía unos minutos que Kagome había entrado en labor de parto, y sus gritos de dolor le partían el alma. Podía escuchar el ir y venir de las parteras: «trae toallas», «puje», «respire hondo», decían. Sin previo aviso, un grito desgarrador sacudió toda la casa, seguido por un llanto… el llanto de un bebé.

-¡Buen trabajo, señora Taisho!

Incapaz de contenerse, Inuyasha irrumpió en la habitación. En un principio se impresionó ante la cantidad de sangre desparramada por el suelo e impregnada en las ropas, pero se tranquilizó al ver el rostro de su mujer. Si bien su cansancio era notable, aquello no le impedía sonreír ante el bulto que cargaba en sus brazos.

-Inuyasha… ven a conocer a tu hijo.

Se acercó y contempló pasmado al pequeño que se acurrucaba en el pecho de Kagome. Por un momento se sintió en el limbo, incrédulo ante el hecho que aquella creatura fuera parte de él, suya y de Kagome. ¿Tendría sus ojos? ¿Y el cabello? ¿Heredaría su brío y energía, o desarrollaría el carácter de su madre?

-Anda, tócalo. No se va a romper.

Inuyasha le acarició la cabeza, no sin cierto miedo. El bebé bostezó y estiró los bracitos, capturando uno de los dedos de su padre en el proceso, y se lo metió a la boca. Una ola de amor y felicidad golpeó a Inuyasha. En ese momento supo que, de ahora en adelante, todo estaría bien.


A/N: Generalmente no escribo finales así, pero el cuento merecía algo de justicia.