Disclaimer: Los Juegos del Hambre, personajes y contexto, pertenecen a la maldita y sensual Suzanne Collins; la adaptación, sí, es mía. Todo lo escrito aquí es sin fines de lucro, sólo complazco a mi mente.

Nota de autora: Hay algunos fragmentos que son, literalmente, tomados del libro; otros, sólo los modifiqué acorde a lo que, según yo, pudiesen pensar y/o hacer los protagonistas.


PRIMERA PARTE: LA COSECHA.

60 segundos. Se termina el tiempo y no sé qué hacer. Sólo tengo dos opciones: correr o pelear. Sé que si corro y me escondo, mis posibilidades de sobrevivir en la arena son muy pocas, por no decir nulas; y si peleo por conseguir provisiones y algún arma, tal vez tenga una posibilidad… mínima, pero posibilidad, al fin y al cabo.

Tendré que luchar.

Examino brevemente la Cornucopia para tratar de identificar las provisiones que estén a mi alcance y que no me hagan un blanco fácil para los demás tributos. Sé que moriré, pero no será aquí… no será hoy. Saldré de la plataforma, conseguiré provisiones, después correré lo más que pueda, resistiré y sobreviviré. No mataré a nadie; ellos no me van a cambiar. Moriré luchando por mi vida y siendo yo mismo.

¡Ahí está! Veo dos mochilas que están situadas a unos 5 metros de la Cornucopia, seguramente su contenido es escaso, pero es mejor que nada. Giro un poco mi cuerpo en dirección a ellas y me preparo para correr, el tiempo está por terminar.

¡Gong!

Nada.

¿Qué pasa? Mis piernas no responden y mi respiración se agita. Siento como me hace más y más falta el aire. No puedo respirar. ¡Maldita sea, no me puedo mover! Un frío me recorre el cuerpo y lo entiendo todo: miedo. Es ese miedo que siempre he sentido, que siempre me acompaña y el causante de que no pueda hacer nada por intentar salvarme. Puedo ver cómo esta teniendo lugar el baño de sangre alrededor de la Cornucopia, ¿4, 6, 10? No importa cuántos tributos hayan muerto ya, yo seré uno de ellos. Moriré hoy. Moriré aquí. Puedo ver cómo la muerte vuela hacia mí e, irremediablemente, sé cómo será: una lanza clavada en mi pecho desde la distancia por un Profesional.

Siento como se entierra en mi pecho. Se acabó.

Me despierto sobresaltado y me doy cuenta que sólo fue una pesadilla. A pesar de estar conciente de ello no puedo evitar examinar mi cuerpo, asustado de que este herido y pueda morir. No, no lo estoy.

Cada año es lo mismo, la misma pesadilla en la que muero sólo que de formas distintas, tan reales y siempre a manos de un Profesional: hoy fue a causa de una lanza en mi pecho, hace un año clavaron un hacha en mi cabeza; hace dos, me abrían el estómago con un cuchillo y sacaban mis entrañas mientras yo aún era conciente; hace tres, rebanaban mi garganta; hace cuatro, cortaban mi lengua después mis brazos, seguían con mis piernas y terminaban sacándome los ojos. Morí desangrado. Creo que fue la única vez que no soñé con que me mataban tan "directamente"… aunque, daba igual, sólo alargaron mi muerte.

Sacudo la cabeza para despejar esos sueños, aunque no sirva de nada. Hoy es día de Cosecha y no hay forma de olvidarlo cuando tu nombre está ahí y puedes ser elegido como Tributo.

Me incorporo un poco y puedo verlos. Matt, mi hermano mayor, durmiendo profunda y tranquilamente, claro, él a sus 21 años ya no corre el riesgo de salir elegido. Dichoso él. A un lado, está Bran, mi segundo hermano mayor. Puedo ver que se remueve un poco en sueños, tal vez tenga las mismas pesadillas que yo, aunque este es su último año, y si no sale elegido, el año que viene esos sueños ya no lo perseguirán. No puedo evitar envidiarlos un poco al pensar que a mí me faltan dos años más de pesadillas.

Miro la hora; son las once. Es demasiado tarde. Por lo regular nos despertamos a las 5 de la mañana para ayudar en las labores de la panadería: mientras mi papá y Matt preparan la masa y le dan forma, Bran y yo horneamos; bueno, en los días de escuela sólo me toca decorar los pasteles o galletas o estar encargado de la tienda ya que no regreso sino hasta las dos, que es la hora de salida. Pero los fines de semana es la excepción; a estás horas ya tendríamos que, prácticamente, haber terminado de hacer el pan y empezar con los pasteles. Pero este domingo es diferente. La Cosecha empieza hasta las dos; las calles de seguro se encontraran vacías y las ventanas y puertas cerradas. Las familias tratan de estar juntas y aferrarse a estos momentos de "descanso" y "tranquilidad" en el Distrito 12.

-El Distrito 12, donde puedes morir "tranquilamente" –murmuro. Aquí no tenemos que preocuparnos de que alguien nos mate o que los Agentes de la Paz lo hagan; no nos preocupa que puedan rebanarnos el cuello, desmembrarnos o cortarnos la cabeza: el hambre, silenciosa y tranquilamente, de adentro hacia afuera, sin grandes charcos de sangre, se encarga de eso.

-Buenos días, Panecito –me sorprende mi padre. Tan ensimismado estaba en mis pensamientos que no me di cuenta cuando abrió la puerta del cuarto.

Me llamo Peeta, como un pan salado que elabora mi padre (el cual sólo él sabe la receta y lo llamó así) para mí en mi cumpleaños. Hace muchos años, cuando le pregunté el porqué de mi nombre me contó que, cuando yo estaba a punto de nacer, se encontraba tratando de hacer una nueva variedad de pan y resultó en este extraño y delicioso pan exclusivo para mí: las piezas son chicas y, me contó él, tienen la particularidad de que se inflan al cocinarse. La primera vez que me vio y sostuvo en brazos, notó que yo era demasiado pequeño, regordete y rojo, tal cual como el pan Peeta.

-Buenos días, padre –le contesto, sonriendo. Él tiene ese efecto en mí.

-Despierta a tus hermanos y bajen a desayunar. Ya es tarde y tenemos que estar listos pronto. Hoy es día "festivo" –dice esto último arrastrando pesadamente las palabras.

-En un momento vamos –repito en el mismo tono. Sólo asiente y me regala una sonrisa; después se va. Me bajo de la cama y despierto a mis hermanos que muy perezosamente se levantan.

Al bajar observo que mis papás ya están en la mesa, esperándonos. Mi madre, con el ceño fruncido y de mirada enojada. Ni siquiera me sorprende. Está un poco amargada por la vida que lleva; ella sería feliz en el Capitolio. Mi padre, en cambio, siempre está de buen humor y difícilmente se enoja. Hoy es la excepción. Tiene esa mirada fúrica de todos los años; esa mirada que muestra odio hacia el Capitolio. Odio por la pobreza y la injusticia en que nos tiene hundidos; odio por obligarnos a ser participes en los terribles Juegos del Hambre y, además, verlo como una festividad. Pero no sólo hay odio; también tristeza. Tristeza porque ha tenido que sufrir durante dieciséis largos años la incertidumbre y el miedo de que alguno de sus hijos sea elegido en la Cosecha. Dieciséis años… Aún le faltan dos más.

El desayuno pasa de forma normal, en silencio, como siempre. Al terminar, ayudo a levantar la mesa y lavar los trastes. Después subo al cuarto a preparar mi ropa, tender las camas y esperar mi turno para meterme a bañar. Desventajas de ser el menor de la casa.

Me baño rápidamente; aún no me acostumbro al agua helada y son contadas las veces que podemos darnos el lujo de hacerlo con agua caliente. Ya está. Ahora sólo falta cambiarme y estaré listo para ir al matadero. Me visto en silencio y no puedo dejar de pensar en que la Cosecha y Los Juegos son injustos. Te conviertes en elegible cuando cumples los doce años; ese año, tu nombre entra una vez en el sorteo. A los trece, dos veces; y así hasta que llegas a los dieciocho, el último año de elegibilidad donde tu nombre entra en la urna siete veces. Pero hay la posibilidad de añadir tu nombre más veces a cambio de teselas; cada tesela vale por un escaso suministro anual de aceites y cereales para una persona. También puedes hacer ese intercambio por cada miembro de tu familia. De hecho, desde hace dos años yo he tenido que pedir teselas y las inscripciones son acumulativas. Ahora, a mis dieciséis años, mi nombre entrará treinta veces.

No cuesta entender por qué muero de miedo, no tanto por mí, sino por los chicos de la Veta, específicamente por las Everdeen, más concretamente por Katniss. Mi familia pertenece a la pequeña clase de comerciantes que sirve en el Distrito 12, esto puede resumirse a que somos la parte que vive un poco "mejor" en el Distrito. Por otro lado, está la Veta, la parte más pobre. La mayoría de los chicos que salen elegidos en la Cosecha, provienen de ahí, gracias a la miseria, el hambre y las teselas.

-Peeta, ¿estás listo? –pregunta mi padre al que, por segunda vez, no sentí llegar. No le contesto sólo lo miro fijamente tratando de decirle que no quiero, que no estoy listo a ir a tentar mi suerte y que ésta no me favorezca. Que tengo miedo de morir como en cada uno de mis sueños. Él parece adivinar mis pensamientos ya que se posa a un lado de mí.

-Panecito… -me sonríe. Él sólo me dice así cuando estamos a solas-. Nos espera un guiso de ardilla para la cena. Vamos. —es su forma de decirme que todo va a estar bien, que no tenga miedo porque este año también me salvaré. Sonrió y asiento pero no puedo dejar de pensar que al menos dos familias no disfrutaran de la cena, sino todo lo contrario. Que tendrán que prepararse para los dolorosos días que vienen.

Ya es la una y media y nos dirigimos a la plaza. La gente entra en silencio y se registra, cuando es mi turno volteo a ver a mis papás y a Matt: mi papá me sonríe; mi mamá sólo asiente sin dejar de fruncir el ceño; Matt no dice ni hace nada, se limita a mirarme fijamente. Voy directo a la parte derecha de la plaza, destinada a los hombres, donde el área se encuentra delimitada con cuerdas y divididas por edades con los mayores delante y los jóvenes detrás. Me toca en medio. Los familiares se ponen en fila alrededor del perímetro, todos tomados con fuerza de la mano; no logro ver a mis papás.

De repente, alguien toca mi hombro, es Bran. Intercambiamos un tenso saludo con la cabeza y centramos nuestra atención en el escenario que han construido delante del Edificio de Justicia. Allí hay tres sillas, un podio y dos grandes urnas de cristal, una para los chicos y otra para las chicas. Dos de las tres sillas están ocupadas por el alcalde Undersee y Effie Trinket, la capitolesca acompañante del Distrito 12, con su blanca sonrisa, el pelo rosa y un traje verde.

A las dos en punto, el alcalde sube al podio y empieza a leer la misma historia de todos los años en la que habla de la creación de Panem, nuestro país, y cómo se levanto de las cenizas después de desastres como sequías, tormentas, incendios y guerras. Habla de los Días Oscuros, la rebelión de los Distritos contra el Capitolio, y la victoria de éste último, trayendo consigo Los Juegos del Hambre como recordatorio de que los Días Oscuros no deben repetirse.

Después lee la lista de los ganadores que ha tenido el Distrito 12 en setenta y cuatro años, donde sólo ha habido dos: uno está muerto; el otro es un borracho de mediana edad que viene apareciendo en el escenario. Haymitch Abernathy. Está borracho, como siempre, y le aplaudimos como protocolo. El alcalde devuelve la atención a la Cosecha presentando a Effie Trinket.

La capitolesca y alegre mujer nos saluda con su habitual:

-¡Felices Juegos del Hambre! ¡Y que la suerte esté siempre, siempre de su parte!

Empieza a hablar sobre el honor que tenemos de participar en dicha celebración y demás parloteo sobre la generosidad del Capitolio. La verdad no escucho por dos razones: no me interesa la sarta de estupideces que dice, y por ella, por Katniss. La localizo a mi izquierda, en la parte reservada para las mujeres, pero ella también está distraída, está viendo a Gale, su compañero de caza. Aunque eso me decepciona no dejo de mirarla y pensar en cuántas veces estará su nombre en la urna de cristal.

De repente escucho a Effie Trinket decir ¡las damas primero!. Ha llegado el momento del sorteo. La extravagante mujer se acerca a la urna con el nombre de las chicas, mete la mano hasta el fondo y saca un trozo de papel. Todos contenemos el aliento, empiezo a sudar y a pedir desesperadamente que no sea ella. Ella no.

Effie Trinket alisa el trozo de papel y lee el nombre en voz alta y clara; no es Katniss. Por un momento suspiro de alivio hasta que la realidad me golpea fuertemente. Es aún peor.

Es Primrose Everdeen.