Disclaimer: Sí, sí, sí, la idea original y todo lo que conlleva, pertenece a Suzanne Collins. Yo sólo soy una pobre aficionada que desvaría en este fic, que es de mi total autoria.

Nota: Si ven algún error, incoherencia, algo así, les ruego me lo comuniquen para arreglar mi metida de pata.

Nota #2: Comenzamos con POV de Katniss -POV de Peeta -POV de Katniss -POV de Peeta -POV de Katniss.

Nos leemos abajo.


— ¿Por qué lo hiciste? —pregunto, entrecerrando los ojos. Me prometí no preguntar nada pero mi curiosidad es mayor.

— ¿Hacer qué? —me mira confundido.

—La colecta —una pizca de sorpresa se instala en su mirada. Seguramente pensó que no me iba a enterar.

— ¿Quién te lo dijo? —su rostro se endurece.

—Nadie en particular. La gente cuchichea y alcancé a escuchar algo ayer, entre tanta gente en la Plaza no sabría decir quién fue —miento. Su relación con Madge no es la más cordial del mundo y no voy a provocar que Gale vaya a reclamarle.

—Ya veo —me mira, suspicaz. Sé que no me cree, que soy pésima mintiendo. Suspira, porque sabe que no le diré la verdad y cualquier intento será inútil—. Pensé que era lo correcto.

— ¿Por qué? —-sé que hay más detrás de su simple respuesta y lo voy a averiguar—. ¿Acaso es cierto que eran amigos? ¿Mantenían una relación de amistad secreta? ¿Cuándo pensabas decírmelo? —bromeo.

—Sí, claro —esboza una sonrisa—. Cuando no estaba contigo, nos juntábamos en el bosque a hablar de cosas de hombres, si no te lo dije fue porque no quería que se enamorara de ti y me lo quitaras… aunque creo que ya es tarde para eso, ¿no crees? —sigue sonriendo pero la amargura y tristeza lo hace parecer una extraña mueca.

Me tenso porque sé a lo que se refiere. No habla de Peeta, habla de mí. Cree que me enamoré de él. Quiero decirle que no es cierto, que no siento más allá de una profunda admiración y cariño por el Chico del Pan pero algo me detiene. Quizá si dejo que crea que lo estoy no vuelva a sacar el tema de "nosotros."

Desde aquel día, no había pensado en nuestro beso. Lo observo mirar lejanamente detrás de mí; podría ser mi hermano: pelo negro liso, piel aceitunada, nuestros mismos ojos grises. A diferencia de mí, él es bastante atractivo. De estatura alta, delgado, pero fuerte, con una personalidad avasalladora… sus labios. Me centro en ellos y recuerdo la calidez que me embriagó cuando los probé. Sé que nunca podré mirarlos de la misma manera pero también sé que no quiero repetirlo. Al imaginarlo, una sensación de extrañeza me envuelve. Es como si fuera antinatural; es como si besara a mi propio primo.

No siento que nos una lo mismo que a Peeta y Prim. Cuando ellos están juntos pareciera que están completos. Hechos el uno para el otro.

Necesito a Gale, él es parte de mí, una extensión; es mi otro par de ojos, piernas y manos, mi sexto sentido, mi sombra… en el bosque. Es mi amigo, mi compañero de caza. Pero esa necesidad desaparece cuando cruzamos la alambrada de regreso al Distrito…

—Si Peeta quiere morir, lo justo es que lo haga en condiciones —interrumpe mis pensamientos. Pero no entiendo a qué se refiere; parece notarlo y continúa: —No es un secreto que planea regresar a Prim con vida, y la mejor manera de hacerlo es que él siga vivo. Sólo traté de ayudar.

— ¿Ayudarlo? ¿Cómo? ¡Salvando su vida para que de todos modos muera! —estallo, indignada. No puedo creer lo que dice. No quiero creer lo fácil que le resulta—. ¡Qué gran ayuda! No sé cómo no se me ocurrió antes…

—Katniss, no empieces —me mira duramente—. Parece que aún no lo entiendes del todo: fue decisión suya morir por Prim, nadie lo obligó, ni se lo pidió, ni nada. Bien pudo ignorarla y no mover un dedo por ella. Pero no fue así.

— ¿Y por eso está bien desear su muerte? —espeto.

—Él es quien desea morir —enfatiza—. Y me pareció correcto darle la oportunidad de morir peleando… una muerte rápida es mil veces mejor que agonizar. Tú misma lo viste, tenía planeado enfrentarse a los demás en el Banquete, fue un estúpido, sí, porque no iba en las mejores condiciones, pero era mejor que dejarse morir por una infección y que Prim lo viera sin poder hacer nada. Eso es todo —concluye.

Me enfurezco porque tiene razón. Siempre tiene la maldita razón. Él y yo hemos hablado que estamos de acuerdo en que es mejor que nos metan una bala en la cabeza que una tortura por parte del Capitolio si llegan a descubrirnos en nuestra caza furtiva. Pero lo que más me molesta es lo fácil que lo acepta. Me gustaría ser un poco egoísta y decir que si Peeta decidió dar su vida por Prim es problema suyo, porque Gale tiene razón, nadie se lo pidió, pero en vez de sentirme aliviada, me siento triste. Nada más el pensar que puede morir, siento un hueco en el pecho. Frío. Vacío.

Mi madre se nos une. Nos acerca unos vasos y sirve un poco de leche que acaba de ordeñar. Mis pensamientos se desvían a la plática que tuvimos hace un par de días respecto al panadero. Saber que estuvo enamorado de otra mujer y que no fue correspondido me descoloca un poco. Yo no sé qué es estar enamorada, así que no puedo decir que lo entiendo, pero si lo compadezco. Me imagino a mi madre loca de amor por mi padre como para abandonar una vida de comodidad. Yo no sé si lo haría. Creo que el amor es más complicado de lo que parece y sólo trae problemas: unos no obtienen el deseado, otros lo pierden por circunstancias ajenas y otros…

Pienso en Peeta, en Prim.

Otros mueren por amor.

Recuerdo la repetición de ayer en la noche. Mostraron cada detalle, cada gesto, de lo acontecido desde las siete de la mañana hasta el término del Banquete.

Hasta el momento que inició el Banquete, habíamos visto lo mismo: los Profesionales haciendo el plan, imaginando muertes, practicando en árboles; Tresh acercándose a la Cornucopia, evaluando sus posibilidades y esconderse; Peeta y su plan de mentiras, Prim dispuesta a todo y el momento en que quedó inconsciente. Todo eso ya lo sabíamos, la sorpresa fue ver a Prim en acción.

Cuando Peeta se echó a correr rumbo a la Cornucopia, Prim comenzaba a recuperar la conciencia. Se despertó lentamente y un poco desorientada, incluso llamó a Peeta. Pasados unos minutos, su cara se desencajó en sorpresa, terror, incredulidad, dolor, miedo, todo ese tipo de emociones viajaron por su rostro y entendió lo que estaba pasando. Miró fijamente el pequeño cuchillo a su lado, y con una determinación que nunca había visto en ella, lo tomó y salió disparada. Corrió y corrió, sin descanso, no se permitió parar, ni llorar, ni un respiro. Iba con semblante tan serio que era imposible adivinar si estaba enojada, desilusionada o qué tramaba.

Metros antes de llegar a la Cornucopia, tomó un respiro de unos segundos y caminó con sigilo. Mientras se acercaba, Tresh corría a la mesa. Escuchó los gritos de Cato ordenándole a Glimmer darle alcance y se quedó parada, tensa. Reaccionó al escuchar los quejidos de Peeta. Se acercó lentamente, agachándose un poco, como toda una experta. Poco a poco, paso a paso el horror se presentó ante sus ojos: Cato encima de Peeta, hurgando en su herida.

A pesar de saber lo que pasaba, pensé que Prim se iba a poner a llorar y gritarle como loca a Cato para que lo dejara en paz. Pero como habíamos visto, pasó justo lo contrario: yo me puse a llorar, nuevamente, al ver la escena y mi Patito se comportó como todo un adulto. Su semblante fue nuevo para mí. Nunca había visto ese gesto en su hermoso rostro. Sus facciones se contrajeron, su pequeña quijada apretada y, lo más sorprendente, su mirada: esos ojos azules no mostraban calma y dulzura, mostraban furia. Apretó con fuerza el cuchillo y corrió. Estando a pocos metros de Cato fue que gritó "Mutos". No dudó, no lo pensó cuando enterró el cuchillo. Ni siquiera se le vio aturdida en ese momento ni más tarde. Lo único que le preocupaba era la seguridad de Peeta.

Con un Peeta inconsciente y una Prim velando por él, me di cuenta de lo tanto que ha cambiado. De lo difícil que tiene que ser estar ahí para que alguien como ella hiciera algo así. De lo rápido que tiene que madurar. De lo que uno puede hacer por amor.

Y Peeta también lo ha demostrado.

No era bueno que estuvieran en pleno bosque y sin un escondite, pero, afortunadamente, nadie se acercó –al menos hasta que sonó el himno y terminó la transmisión. No pasó nada más que eso.

Cuando Tresh salió huyendo con las mochilas, Glimmer trató de alcanzarlo pero no tuvo mucho éxito. Esa zona no había sido explorada por ellos y no tenía idea de por dónde moverse. Lo perdió de vista. Al escuchar los gritos de Cato regresó inmediatamente. No hace falta hacer inventario de cuál fue su final.

Tresh vació el contenido de la mochila de los Profesionales y se encontró con una buena cantidad de comida. Aprovechando esto, se dio tremendo banquete –tiras de carne, sopa, espagueti, queso y pan-, ni siquiera se molestó en guardar un poco. El resto de la tarde se la pasó comiendo. Al abrir la mochila que le pertenecía, tal cual como sospeché, le patrocinaron un arma, un tipo de maza con cadena: un mango de unos quince centímetros de largo y la cadena de unos veinte centímetros que finalizaba con una pequeña bola metálica con púas. Al verla, por primera vez, lo vi sonreír con felicidad pura. Es como si hubiera estado esperando por eso. Quién sabe. Aunque es mucho pedir y poco probable, espero que no use esa horrible arma contra Prim o Peeta. Ojalá se golpeara él mismo con ella en la cabeza, es demasiado fantasioso y cruel, pero no pierdo nada con desearlo con todas mis fuerzas.

Quien se comportó de una manera muy extraña, fue Cato. Después de asesinar a su compañera y terminar de quejarse, se quitó la playera y cortó un pedazo con su espada, haciendo una pequeña bola de tela, la puso sobre su ojo herido y el resto de su playera la utilizó para vendar la parte derecha de su cara. Todo lo hizo con movimientos mecánicos, derramando silenciosas lágrimas con su ojo bueno y con la mirada vacía. Esta vez no hubo rabietas, berrinches, gritos, maldiciones, nada. Se quedó sentado, perdido en sus pensamientos, en total y absoluto silencio hasta que terminó la transmisión.

Verlo así, sin su habitual alarde de superioridad, perdido en otro mundo, pensando no sé qué y llorando en silencio, con la derrota como única compañera, no pude evitar sentir pena. No parecía tan grande, tan peligroso. Se veía vulnerable, necesitado, pequeño e indefenso como cualquier otro Tributo. Por unos momentos no lo odie y sentí compasión, pero como me cuesta olvidar por largos periodos de tiempo, recordé lo que le hizo a mi hermanita el primer día y cuánto hizo sufrir a Peeta, que ignoré esos extraños sentimientos de empatía.

Los conductores llevaron a un par de doctores para dar su veredicto respecto a su herida. Después de tanta palabrería médica y que no era entendible –para nosotros ni para los conductores-, en conclusión y concretamente, dijeron que, probablemente y si no recibía atención médica urgente, perdería el ojo por un posible daño en el tejido cerebral y en los vasos cerebrales más importantes; además de que no sabían que tan profundo se encajó el cuchillo y si dañó el cráneo. De lo único que estaban seguros era de las secuelas: una fuerte y profunda infección, terribles dolores de cabeza y, por ende, la muerte.

Mi mamá nos ofrece un poco de pan, se sienta con nosotros y nos preparamos para ver la repetición.

Comienzan mostrándonos la tabla de favoritos: Prim se perfila como la gran favorita, dicen que el público está convencido que, ahora que Peeta tiene su medicina, podrá enfrentarse a los otros dos Tributos para que ella se proclame como ganadora; Peeta y Tresh se encuentran en segundo lugar; Cato cayó hasta el último lugar. Nadie tiene fe en él. Aun así, se dicen ansiosos por un enfrentamiento entre los tres chicos.

El clima en el estadio dio un giro drástico: frío y lluvioso. Pero no es una lluvia torrencial, es una leve llovizna.

Tresh se encuentra practicando con su arma. La manipula con una increíble facilidad. El mango se desliza con soltura entre su mano y la esfera metálica danza de un lado al otro con peligrosa gracia. Ahora que está armado, la lluvia parece ser el menor de sus problemas.

Cato se quedó toda la noche en la misma posición, sentado y con la mirada ausente. No refleja ningún tipo de emoción. Como no se ha movido ni un solo centímetro, el cuerpo frío de Glimmer es su única compañía. Es inútil tratar de adivinar qué piensa, pero por lo ocurrido, puedo casi jurar, que irá a cazar a Peeta y a Prim.

En otro punto del estadio, Prim se despierta sobresaltada. Mira rápidamente a su alrededor. Toca la frente de Peeta y revisa su herida, por la leve sonrisa que acompaña su rostro, creo que la medicina ha funcionado perfectamente, aun así, la limpia y trata de despertarlo.

—Peeta, Peeta —susurra—. Despierta, tenemos que movernos.

Lo agita varias veces pero no reacciona. Junta su oído a su pecho pero todo parece ir bien. Entonces, ¿por qué sigue ausente?

—Peeta, por favor, tienes que despertar —dice, con voz rota. Tiene miedo.

Y yo también. ¿Y si entró en estado de coma? Es lo más seguro después de todo el daño que sufrió. Tengo ganas de preguntarle a mi madre qué es lo que cree pero me muerdo la lengua. No quiero escuchar malas noticias tan temprano.

—Peeta, por favor, no me puedes dejar sola —sigue Prim, aguantando el llanto—. Te prometo que no estoy enojada y que no te voy a reclamar nada…

—Entonces, ¿no me vas a rematar, Nenita? —una sonrisa resplandeciente acompaña a esos ojos azules.

Siento mis mejillas doler por la enorme sonrisa. Funcionó. Vivo. Está vivo. La presión en mi pecho desaparece.

— ¡Peeta! —grita Prim y lo abraza. Él deja escapar un pequeño quejido pero no permite que mi hermana lo suelte. También la abraza fuertemente.

Mi hermana llora de pura felicidad y él acaricia su espalda tiernamente. No sé en qué momento pero Prim está acostada encima de él. A ninguno de los dos parece incomodarle y se quedan unos minutos así, abrazados y disfrutando del otro.

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Estoy muerto.

Siento frío, dolor y cansancio en todo mi cuerpo.

Estoy muerto.

Supongo, lo último que recuerdo es a Cato montado encima de mí dispuesto a terminar conmigo.

Estoy muerto.

Seguramente… pero, ¿cómo siento pequeñas gotas de lluvia caer en mi rostro?

¿Estoy muerto?

Respiro el aroma frío de la lluvia mezclado con tierra. Es un olor agradable.

¿Estaré muriendo?

Se supone que estoy en la Cornucopia, en pleno territorio de los Profesionales, es raro que solamente escuche la voz de Prim. ¡Prim! ¡Qué hace aquí! Ella tendría que estar inconsciente y lejos de aquí.

—Peeta, por favor, no me puedes dejar sola —siento sus delgadas manitas en mi cuerpo, moviéndome desesperadamente—. Te prometo que no estoy enojada y que no te voy a reclamar nada…

No sé qué pasó, ni por qué ella está aquí, pero sus palabras me hacen saber que no he muerto.

—Entonces, ¿no me vas a rematar, Nenita? —es lo único que consigo decir.

Recuerdo la manera en que la deje inconsciente y sé que no es algo que me hubiera perdonado con facilidad. La engañé y tenía bien merecido su desprecio.

— ¡Peeta! —grita, con evidente felicidad, y enrosca sus brazos en mi abdomen. Dejo escapar un ligero quejido, mi herida aún duele, pero la atraigo con fuerza hacia mí.

No quiero que se aleje, cualquier dolor pasa a segundo lugar con tal de sentirla cerca y asegurarme que sigo vivo. Es tanta mi necesidad de abrazarla que la atraigo más y más que, cuando me doy cuenta, ya está acostada encima de mí.

Trato de recordar qué es lo que pasó, por qué estamos aquí. Me doy cuenta que no es la Cornucopia. Estamos rodeados de árboles y tirados en el pasto. ¿Cómo llegamos aquí? ¿Qué pasó con Cato, con los otros? ¿Cómo me encontró Prim? ¿Por qué sigo vivo? Recuerdo que alguien gritó algo sobre unos mutos, pero no sé quién. ¿Los Vigilantes habrán enviado a una de esas horribles bestias para animar Los Juegos? De ser así, ¿qué pasó? ¿Habrán atacado a Cato? Seguramente. También recuerdo ver sangre y gritos de dolor. ¿Me atacaron a mí también? Imposible, esos animales atacan para darte muerte, no para nada más herirte.

Todo es demasiado confuso.

—Prim, ¿qué pasó? —pregunto, es la única forma de obtener respuestas y aclarar mi mente. Si ella está aquí, debe de saber, por lo menos, algo—. ¿Dónde está Cato? ¿Lo atacaron los mutos?

— ¿Cuáles mutos? —me mira confundida y se separa de mí.

—Alguien gritó sobre unos mutos… Cato estaba sobre de mí… después, vi sangre y más gritos. No sé, estoy confundido —Prim me ayuda a incorporarme un poco.

—No había ningún muto… yo… yo fui la que gritó.

— ¿Por qué? —frunzo el ceño y obligo a mi mente a recordar y darle sentido a lo que me dice Prim. ¿Por qué iba a gritar ella que había mutos cuando no era cierto? —. Prim, no entiendo nada.

—Cato te estaba atacando, yo lo vi, no sabía qué hacer y… y recordé el plan. Cuando me desperté, supe que habías ido por la medicina y corrí para tratar de alcanzarte, pero cuando llegué a la Cornucopia, Cato te tenía sometido y…

—Creaste una distracción —concluyo, ella asiente. Recuerdo el falso plan y el miedo se cierne sobre mí—. ¿Qué pasó después? ¿Cato te atacó? ¿Estás herida? ¿Déjame revisarte?

—No, estoy bien, no me hizo nada… —duda—, fui… fui yo quien lo atacó.

— ¿Qué? —mi mente está en blanco, no consigo digerir lo que dice. ¿Ella atacó al peligroso Cato? Debe ser una broma.

—Sí, yo… grité "mutos" y él alzó la vista, se distrajo… y le enterré un cuchillo en el ojo —su voz es tan inaudible que hasta creo que me imaginé lo que dijo.

Miro fijamente a Prim, tratando de recrear en mi mente lo que acaba de decir pero sigo en blanco. Estoy tan aturdido que me cuesta imaginar una cosa así, sin embargo, tiene que ser verdad. No creo que me esté mintiendo por muy imposible que parezca. Se me agita el pecho y una muy conocida emoción me llena todo el cuerpo: estoy furioso.

Paso mi mano por mi cabello repetidamente. Quisiera golpearme o golpear algo; quiero gritar. Soy un estúpido.

— ¿Peeta, qué te pasa?

—No lo vuelvas a hacer, Prim. No te arriesgues por mí —estoy sumamente enfadado y no hago nada porque mi voz no lo demuestre.

—Pero…

—No me interesan tus explicaciones —la interrumpo bruscamente—. No quiero escucharte. Estoy realmente molesto, Prim. ¿Te das cuenta del peligro al que te expusiste? —mi voz se quiebra. Mis emociones son un completo caos, ahora, el enojo dio paso al miedo e impotencia—. Ven acá —la atraigo hacía mí y la abrazo protectoramente—. Todo es mi culpa. Traté de alejarte del peligro pero resulta que te atraje más. No me hubiera perdonado nunca que algo malo te hubiera pasado… lo mismo me pasó con Rue y lo sabes, la perdí... no hubiera soportado perderte a ti también.

—Perdóname, Peeta, es que…

—Shhh. No tengo nada que perdonarte, la culpa es mía; además, ¿cómo podría enojarme contigo cuando yo te engañé? Te deje inconsciente y abandonada. Merezco que me golpees sin piedad, y créeme, si lo haces, no pondré algún tipo de resistencia. Me he comportado como un idiota contigo todo este tiempo que es lo menos que podrías hacer.

—Entonces tú también deberías golpearme: yo tenía pensado sedarte con unas plantas que se encuentran cerca del arroyo y así poder ir sola por tu medicina pero…

— ¿Pero? —la animo a seguir.

—Me quedé dormida.

Beso su coronilla y estallo en carcajadas. Es tan natural y sincera que no puedo enojarme con ella. Estoy furioso conmigo y mi incompetencia. Traté de salvarla y fue ella quien lo hizo. Pero me digo que no tengo que pensar en lo que fue o pudo haber sido, estamos juntos y eso es lo que cuenta.

—Prim, ¿qué sucedió con Cato, con Glimmer, Tresh?

—Con Cato y Tresh, no lo sé. La chica del 1, está muerta. Anoche, después del himno, apareció su imagen en el cielo.

Con Glimmer muerta solamente quedamos cuatro. Estamos a un paso de la gran final y el camino será más peligroso de lo que pensé con Cato y Tresh como últimos contrincantes. Ojalá se maten entre ellos para hacer más fácil el triunfo de Prim.

— ¿Cómo te sientes? ¿Crees poder caminar hasta el arroyo? —pregunta mi pequeña.

—Estoy hambriento, soy capaz de ir a dónde tú digas con tal de comer cualquier cosa. Siento que no he comido en días.

—Yo también. ¿Sabes? Tengo antojo de un pastel, pero no cualquiera, uno de esos que tú haces en casa, adornado con flores y todos esos bonitos colores.

—Y un poco de ese líquido marrón que probamos en el Capitolio.

—Chocolate caliente, así se llama.

—Bueno, pastel y una jarra llena de chocolate caliente —suspiro con frustración y un enorme hueco en el estómago, probablemente nunca vuelva a probarlo—. Pero habrá que conformarnos con lo que tenemos. Hay que darnos prisa, quizá la lluvia arrecie más tarde y no quiero que pesquemos un resfriado; al menos yo, que ya he estado lo suficiente enfermo.

Prim me ayuda a incorporarme. La herida ya no duele tanto pero me sigo sintiendo débil, lo más seguro es que nos tome más tiempo del necesario llegar a nuestro escondite. Es raro, pero me siento distinto, con unas inmensas ganas de vivir. Aunque estoy consciente que Los Juegos terminarán en cualquier momento, tres días a lo mucho, y que mi muerte es inminente, quiero disfrutar al máximo los días u horas que me quedan.

Estar a un paso de la muerte y tan cerca de casa, te cambia la perspectiva. La idea de morir ya no me atrae tanto, pensar que puedo ser yo quien regrese al Distrito 12, ver a mi familia y vivir como Vencedor suena mucho mejor…

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Mi madre y yo estamos en la Plaza, viendo la repetición. No ha pasado nada importante: Tresh sigue escondido donde siempre, Cato sigue en la Cornucopia y Peeta y Prim están dormidos en su especie de cueva, resguardándose de la lluvia que pasó a ser de unas cuantas gotas a una torrencial.

Nadie entiende el raro comportamiento del chico del 2. Sigue impávido, sin moverse más que para respirar. La gente del Capitolio cree que ha perdido la razón, mencionan a una tal Annie Cresta, Vencedora de hace unos años, y aseguran que la misma locura los afecta.

Hacen una breve entrevista a su mentor, Brutus, en la que él asegura que su Tributo, como buen chico del Distrito 2, está armando un ingenioso plan. Que ni siquiera una niñita tonta como Prim puede doblegar su espíritu, y que un chico moribundo como Peeta y lo fuerte que parezca Tresh, no son competencia para él. Asegura su victoria.

Chaff, mentor del 11, está completamente seguro de que Tresh será el Vencedor. Se dirige al público enumerando todas las cualidades que presenta y lo difícil que será vencerlo cuando él está armado y bien alimentado. Pero, brevemente, deja entrever que el único Tributo que le costará trabajo vencer, será a Peeta. Que por muy lastimado que éste esté, su determinación en cuidar de mi hermana puede ser más fuerte que otra cosa. No descarta la posibilidad.

Es increíble lo que acabo de escuchar. Nunca, desde que yo tengo razón, había oído a un mentor hablar bien de otros Tributos que no fueran los suyos.

Y aparece Haymitch. Los aplausos y gritos del público son ensordecedores. Ondean las imágenes de Peeta y Prim, las besan, les lloran, las abrazan, las arrugan, las extienden y lo repiten.

Haymitch se ve un poco aturdido entre tanta atención, pero logra mantener la compostura y contestar todas las preguntas que le lanzan. Asegura lo que todos sabemos: Peeta desea que la ganadora sea Prim y que no habrá poder en el mundo que lo convenza de lo contrario.

— ¿Fue una estrategia que ustedes formaron? ¿Todo fue planeado para asegurar patrocinadores? ¿La pequeña Primrose sabía de esto? ¿Ella también formó parte del plan? —pregunta el estrafalario reportero de piel verdosa.

—No —contesta hosco y con cara de pocos amigos—. Esos chicos son un total dolor de cabeza. Les dije que tenían que ver por sí mismos y pelear de todas las formas posibles para sobrevivir. Pero tercos, se aferraron a que querían trabajar en equipo y cuidar el uno del otro. Su desempeño en Los Juegos nunca fue parte de una estrategia que yo haya realizado.

—Entonces, ¿cómo es que la pequeña Primrose, en emisiones pasadas, aseguró que estaba enterada del plan de Peeta Mellark?

—Es obvio, ¿no? —Haymitch lo mira como si fuera retrasado—. En las entrevistas, el Chico le dijo a todo Panem que estaba enamorado de la hermana de la pequeña Primrose. Era mucho más fácil de adivinar lo que tenía pensado hacer que sumar dos más dos.

—Pero todos fuimos testigos cuando Primrose Everdeen mencionó que recordó el plan que tenían que seguir, en el que lo incluía a Usted.

—Como dije, esos chicos son tercos. Les repetí hasta el cansancio que algún tipo de alianza sólo sería momentánea. Se negaron a entrenar por separado y a seguir mis consejos, y mi trabajo como Mentor es entrenarlos, no me quedó de otra que hacerlo. ¿O tú que hubieras hecho, dejarlos a su suerte? —pregunta, mordaz.

—N… no, supongo que no —responde el reportero, nervioso—. ¿Cree que todo esto sólo sea un plan de Peeta Mellark para proclamarse Vencedor? —insiste el reportero, recompuesto.

—Puede ser —medita Haymitch—. No es difícil saber qué pasa por la cabeza de los competidores: sobrevivir a toda costa. Pero el Chico está tan tontamente enamorado que la mejor prueba de amor a su amada es cuidar de su hermana y regresarla con vida a casa.

—No le parece un poco extraña esta situación: uno de sus Tributos enamorado de la hermana de su otro Tributo. Perdone mi escepticismo pero es difícil de creer.

—Sí, me imagino. Hay algunas mentes que trabajan más lentas que otras —el reportero lo ve, como no entendiendo lo que dice. Haymitch rueda los ojos y prosigue: —Entiendo que sea una situación fuera de lo común pero nada es orquestado. Si no crees en mis Tributos, ahí tienes las entrevistas que realizaron en el 12. La familia y mejor amigo de Peeta, lo sostienen. La chica, Katniss, sabemos que no es indiferente. ¿O crees que los resultados de los expertos también son parte de una estrategia? Porque si es así, deberías denunciarlos —concluye Haymitch, con fingida preocupación.

—Por supuesto que no —a pesar de tener piel verdosa, el reportero está rojo y avergonzado. Criticar todo lo que se dice y hace en el Capitolio está penado. Supongo que los mismos ciudadanos no están exentos del castigo—. Muchas gracias por su tiempo, señor Abernathy.

El reportero se despide del Círculo de la Ciudad y los conductores despiden el programa, invitándonos hoy en la noche a sintonizarlos –como si fuera opcional.

No entiendo las preguntas agresivas del reportero. Desde que comenzaron Los Juegos, nadie había puesto en duda las acciones de Peeta y Prim, bueno, los primeros días sí, pero después, con el reencuentro, todo cambio. Nos había quedado claro que el comportamiento de Peeta había sido una estrategia para proteger a mi hermana. No sé qué cambió. Y las respuestas de Haymitch, superficialmente, ayudaron, pero analizándolas bien, se centró en dejarlos como unos rebeldes que no respetan las reglas, mientras él, quedó como un excelente y comprensivo Mentor que se limitó a hacer su trabajo. Eso me inquieta.

La gente en la Plaza comienza a dispersarse. Nosotras estamos esperando a Gale y a los Mellark.

Cuando llegamos a la Plaza, unas cuantas personas se acercaron a Gale y le ofrecieron unas monedas, no era mucho, pero le dijeron que querían patrocinarles un pastel a nuestros chicos y le pidieron su ayuda –supongo que eran las mismas personas que trataron de patrocinar la medicina. Mi supuesto primo estaba tan incómodo que fue su dura mirada lo que me hizo no botarme de la risa.

Nos acercamos a los Mellark, quienes ya estaban aquí, y Gale les extendió el dinero, preguntándoles si era suficiente para comprar un pastel. Al explicarles lo que tenían pensado hacer, el panadero, como había de esperarse, se negó a vendérselos y dijo que el pastel lo ponían ellos y que con el dinero juntado podían mandarlo al Capitolio y comprar un poco del chocolate caliente que mencionó su hijo, así, podrían regalarles las dos cosas. Todos aceptaron la propuesta, incluida yo, que sólo estaba de espectadora.

Los Mellark volvieron a su panadería a preparar el pastel y Gale, con un par de personas más, fueron a juntar un poco más de dinero.

Quizá este regalo no haga nada por salvarlos de la horrible situación en la que están, pero espero que sirva como un recordatorio de que pensamos en ellos… y de que los queremos.

Que no los olvidamos.

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La noche cae.

La lluvia es descomunal, pareciera que buscan ahogarnos, el sonido de los relámpagos es lo que nos impide seguir durmiendo. Prim se aferra a mí, busca mi protección… y yo la de ella.

Este cambio de clima me hace pensar que los Vigilantes pretender juntarnos, así como pasó con el fuego, y dar por terminados Los Juegos. Hago un esfuerzo por tratar de recordar cuánto tiempo ha pasado desde el día de la Cosecha pero me encuentro bastante desorientado. Aun así, no me doy por vencido y sigo intentándolo.

Me sumerjo en un remolino de recuerdos y sentimientos que arrasan con todo a su paso. El tiempo se detiene por un instante, y como si la memoria fuese un video, como aquel que Effie Trinket nos presenta cada año y en el que vemos toda la barbarie de nuestros antepasados, regreso para volver a ver lo vivido: La Cosecha fue un domingo, un día después fue el Desfile de Tributos y el resto lo pasamos en los entrenamientos, la sesión privada con los Vigilantes, las entrevistas y, nuevamente, fue domingo, el inició de Los Juegos. Eso es una semana fuera de casa. Después, pasaron tres días antes de que pudiera reencontrarme con Prim –días en que maté a Adem y Salma; un día después fue el incendio y…y lo de Clove; tres o cuatro días después, Rue se fue…

Trago en seco, todavía no puedo hacerme a la idea. Una parte de mí, me dice a gritos que ya no está, es cruel, pero otra parte, se niega a aceptarlo, y esa es más cruel porque me regala escenarios posibles en mi mente: Rue apareciendo, de un momento a otro, volando entre los árboles y regalándome una de esas hermosas sonrisas que siempre adornaban su rostro. Espero sentirla a un lado de mí, pidiendo a gritos silenciosos ser protegida. Anhelo admirarla una vez más para saber que ella sigue aquí y que su muerte no es más que una broma, una estrategia de los Vigilantes para darle más emoción a Los Juegos.

Cierro fuertemente los ojos porque me niego a dejarla ir. Esto es un maldito truco; están jugando con mi mente. Ella vendrá y estaremos juntos los tres y…

Bum. Entre la tormenta, distinguimos el sonido de un cañonazo que taladra mi cerebro. El sonido que me impacta a la realidad, el sonido que me dice que es cierto, que se fue y no volveré a verla. El sonido de la muerte.

Ya sólo quedamos tres.

Aferro a mi pequeña Prim contra mí. No voy a dejar que me la quiten a ella también. No voy a permitir que le pase algo, siquiera un rasguño.

—Peeta, ¿quién crees que haya sido? —susurra.

—No lo sé. Y tampoco quiero saberlo, prefiero que sea sorpresa.

Nos quedamos en silencio, quizá minutos, quizá horas, es difícil saber, hasta que el himno comienza a retumbar. La lluvia cesó de repente y una luna brillante nos ilumina. Es increíble la facilidad que tienen para manipular hasta la naturaleza. Supongo que es por ellos que el clima cambió. Me imagino una pelea dolorosa entre Cato y Tresh con la incontrolable lluvia como fondo. Un escenario tenebroso para dos chicos monstruosos.

El himno termina, sigue el recuento, pero mi vista está fija en el suelo. No quiero saber quién fue. No quiero ver la imagen de la persona que tuvo que morir para acercarnos a la final. No quiero sentir como una parte de mí se rompe en veintiún cachitos desde que esto comenzó. No quiero pensar que faltan dos piezas más por romperse dentro de mí. Lo que quiero es tener una noche tranquila, sin preocupaciones, sin miedos, sin planes ni estrategias… Solamente quiero disfrutar mi última noche junto a Prim.

— ¡Mira, Peeta! —exclama Prim, sobresaltándome y señalando al cielo.

Pensé que la imagen del Tributo muerto seguía en el cielo y me negué a mirar, no fue hasta que aterrizó frente a nosotros que me di cuenta de lo que Prim señalaba: una gran canasta atada a un paracaídas.

Prim toma la canasta y la abre inmediatamente, con los ojitos llenos de curiosidad, y lo que vemos hace que se nos salga el aire del cuerpo: dos platos pequeños, finos, un par de tenedores y dos vasitos; una jarra que, al quitarle la tapa, el fuerte olor a chocolate caliente hace que me duela el estómago y se me haga agua la boca; por último, una tapadera redonda de aluminio que, al retirar, lo primero que veo es el glaseado color azul formando cuatro palabras: "Orgullosos de nuestros hijos."

Delante de nosotros tenemos un esponjoso pastel, pero no cualquier pastel, es uno igual al que Prim mencionó hace unas horas, adornado con flores de colores, azul, rosa, morado, amarillo… pero lo que me quiebra por completo es saber de dónde viene. Este pastel, esas flores, esa letra, esos trazos delicados, podría reconocerlos donde fuera.

—Papá —soplo más que hablo.

Paso mi mirada del pastel a Prim, y de Prim al pastel, y del pastel a Prim. Mi mente no cree lo que ve: mi pequeña tiene una sonrisa radiante y los ojos llorosos; el pastel irradia tanta luz, tanto cariño, que sólo es comparable con la sonrisa de mi compañera. Mi reacción es todo lo contrario: respiro demasiado fuerte, me falta aire; diminutas agujas se clavan en mi pecho y me pican los ojos por las lágrimas que reprimo. Ver esto no me hace feliz, sólo me recuerda que es mi última conexión real, después de Prim, con el Distrito 12. Es el último bocado que tendré que sepa a casa, a hogar… a mi familia.

Era lo que faltaba para romperme en pedazos.

Mi pequeña me envuelve en sus brazos, sabe lo que esto me hace sentir, o, al menos, en parte. Me obligo a calmarme, si nos enviaron esto no fue con la intención de verme como un llorica, sino para darnos ánimos… o dárselos a Prim. Quizá el Distrito entero desee que Prim regrese a casa lo antes posible y esta sea su forma de decírselo.

—Pequeña, vamos a comer antes de que el chocolate se enfríe —Prim asiente. Se ve ansiosa por comer un trozo de pastel, pero se contiene—. ¿Qué pasa? ¿A poco no tienes hambre?

—Tengo mucha, es sólo que… es que es tan bonito que me da pena comerlo —dice, con pesar.

—Bueno, más te vale que no te fijes en eso y cierres los ojos al comer, si lo desprecias, mi madre es capaz de venir hasta acá y quitárnoslo para venderlo —sonríe y se relaja. Saca un cuchillo de la mochila para comenzar a cortar.

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—Es más delicioso de lo que pensé —exclama Prim, al terminar su tercera porción—. Creí que nunca probaría un pastel.

—Yo tampoco.

— ¿Bromeas, verdad? Tú vives en la panadería, tienes todo el pan que quieras… y galletas y pasteles. Todo.

—Sí y no. Tenemos todo el pan a nuestra disposición, pero eso no significa que podamos comerlo. A menos que no se venda. Siempre comemos el pan rancio, lo más fresco que tenemos en nuestra mesa son las… son los quesos que nos venden tú y tu hermana —miento un poco. No quiero meter a Katniss en problemas respecto a su caza furtiva.

—Entonces… entonces, ¿nunca has probado un pastel? —pregunta, sorprendida. La gente siempre cree que por pertenecer a la clase comerciante nuestra vida es un poco más llevadera, pero si hay algo que tenemos en común y que no respeta estratos, si eres de la Veta o no, es el hambre. Esa es implacable con todos.

—Pasteles rancios, sí, he probado muchos de esos, pero no se comparan con uno fresco como éste. ¿Qué te parece si guardamos un poco para el desayuno? —pregunto, para desviar el tema y que la tensión que se siente, desaparezca.

Prim guarda lo que queda del pastel y lo guarda en la canasta, junto con los platos, vasos, cubiertos y la jarra -no quedó nada, ni una gota de chocolate caliente. Se acurruca junto a mí y nos disponemos a dormir.

No decimos ni una palabra. Está claro que es nuestra última noche en el estadio, nuestra última noche juntos. Nuestras últimas horas como un equipo. La alianza se ha terminado. Y estoy seguro que el Vencedor será el Distrito 12.

—Peeta —me llama Prim—, en la entrevista dijiste que estabas enamorado de mi hermana desde que tenías uso de razón. ¿Cuántos años tenías?

—Cinco —contesto sin pensar.

— ¿Ci… cinco? ¿Pero cómo? ¿Cómo es eso? ¡Eras sólo un niño! —exclama, con cierta emoción.

Este es el momento que más temía: el tener que expresar mis sentimientos en su totalidad. No es justo que también se diviertan con esto. No es justo que lo que mantuve en secreto por tantos años sea usado para fines tan macabros. No es justo que yo mismo me preste a eso. Sin embargo, lo haré.

Se supone que el estar enamorado de Katniss es el toque de drama para el Distrito 12 y la forma de ganar patrocinadores –en la lógica de Haymitch. En teoría, es cierto, es sólo parte del show, pero eso no significa que sea un mentiroso y que me lo haya inventado. Si quiero darle la oportunidad a mi pequeña tendré que entrar en su sucio juego; jugar con las emociones de la gente del Capitolio y con las mías; aumentar su morbo mientras me desmorono por completo; hacer que deseen mi victoria al mismo tiempo que mi muerte; hacerlos llorar un momento mientras mi llanto silencioso me consume desde el día que declaré estar enamorado de ella.

Tengo que entregar todo de mí por una pequeña oportunidad.

Mis sentimientos son mi última jugada y la mejor estrategia.

Suelto un pequeño suspiro, inhalo y exhalo; aclaro mi garganta…

—Todo empezó el primer día de clases. Tenía cinco años y ella llevaba un vestido de cuadros rojos y el pelo… el pelo recogido en dos trenzas, así como tú. Mi padre la señaló cuando esperábamos para ponernos en fila.

Me aterra lo rápido que aprendo a mover las fichas del juego a mi favor.

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—Katniss, siéntate. Estar dando vueltas no te va a resolver nada.

— ¿Y si no lo aceptaron? ¿Y si se les cayó? ¿O, al hacerle las pruebas, lo deshicieron? ¿Qué tal que no lo envían? ¿Y si no pasa las pruebas? —pregunto, preocupada y caminando de un lado a otro en nuestra estrecha cocina.

Hace casi cinco horas que se envió el pastel y no tenemos noticias, y eso me pone de nervios. Mil ideas negativas cruzan por mi cabeza.

—Bueno, en unos minutos lo sabremos. Siéntate y tranquilízate —repite Gale, jalando una silla y señalándola.

—No hay nada que impida enviarles el pastel, ni siquiera una amenaza de que esté envenenado. Sería ilógico pensar que el propio Distrito se quiera deshacer de sus Tributos —interviene mi madre.

Tiene razón. Sería ridículo enviar un pastel envenenado o con un arma dentro. El panadero no haría algo así. Pero…

— ¿Y la bebida? ¿Qué si la envenenan? —pienso en el mentado chocolate caliente. Ese no es un regalo que enviamos nosotros, solamente el dinero.

—Katniss, siéntate —dice Gale, desesperado—. A ese tipo de gente les atrae más una masacre entre los mismos Tributos o con animales alterados genéticamente, si todo eso puede pasar, ¿para qué querrían envenenarlos? —pregunta retóricamente.

¿Es que nunca dejara de tener razón? Lo fulmino con la mirada y me dejo caer en la silla. Pero lo que me preocupa no es sólo eso, sino todo. Solamente quedan cuatro, uno de ellos es más fuerte que los demás (Tresh) y las horas que vienen serán terribles. ¿Quién se enfrentará con quién?

Pasados unos minutos, la televisión se enciende, pero no aparecen los conductores, ni reporteros, ni gente en el Círculo de la Ciudad, pasan directamente a la Arena.

La lluvia es torrencial. Cato, después de un día de inmovilidad, se levanta. Retira el carcaj y el arco del cuerpo inerte de Glimmer, toma su espada y se va. Pero no en dirección de Peeta y Prim. Va en busca de Tresh.

Camina entre el espeso campo, sin una dirección fija, por una hora, más o menos, hasta que lo encuentra. Tresh está sentado, de frente a Cato, sin ninguna emoción, pareciera que lo estaba esperando. Se quedan mirando fijamente unos minutos. Minutos en que es palpable la peligrosa tensión. Ruego porque se muevan, que comiencen a pelear y se maten entre ellos. Sé que las consecuencias de lo que espero serían desastrosas pero no me importa. No en estos momentos.

Tresh se levanta, sin prisas, sin miedo, y ondea su maza, y Cato agarra fuertemente su espada. Se invitan a atacar, pero ninguno se acerca. Comienzan a moverse. Caminan lentamente en círculo, sin dejar de mirarse, atentos el uno del otro al más mínimo movimiento. El chico del 11 está sereno, no pierde la calma. Podría quedarse así, dando vueltas por una eternidad. Ha demostrado ser paciente y no sucumbir a la desesperación; cosa que no se puede decir de Cato.

Y, como era de esperarse, él es quien ataca primero.

Empuña fuertemente su espada, lanzándose hacia Tresh. Su espada dibuja un arco en el aire antes de chocar contra la maza. El acero choca contra el acero estrepitosamente. El chico del 11 se las arregla para regresar el golpe justo a tiempo. Da un paso atrás y lo detiene, pero Cató sigue presionando y atacando. En cuanto Tresh detiene un golpe, ya tiene encima el siguiente. La espada y la maza danzan de un lado a otro, chocan, se repelen y vuelven a chocar. Hasta que, sin aliento, Cato da un paso atrás y baja la punta de la espada hacia el suelo, lo que le da un respiro de unos segundos. Vuelve a levantar la espada y lo ataca de nuevo. Durante un momento, Tresh tropieza con una piedra, y durante unos instantes, Cato cree que la victoria es suya, pero Tresh, en vez de desplomarse, cae sobre una rodilla y para con su maza el tajo que le tendría que haber abierto la cabeza. Y aprovecha los segundos de distracción de Cato para lanzar una estocada, y otra, y otra, mientras se pone de pie. Ahora Tresh lo presiona, ataca sin tregua y sin piedad.

Golpes altos, golpes bajos; a la izquierda, a la derecha, al frente; hacia arriba, hacia abajo… haciendo caer una lluvia de acero entre la estrepitosa tormenta. Los ruidos de los relámpagos palidecen en comparación del choque tan violento que provocan sus armas.

La danza de acero continúa por varios minutos; mientras uno ya está cansado, el otro luce más fuerte. De nueva cuenta, parecía que Cato acorralaba a Tresh, pero se le escapó, y lanza maldiciones entre jadeos. El chico del 11 sonríe con autosuficiencia. Se está burlando de él, pero eso sólo provoca que Cato se enfurezca y tire golpes desesperados. Ahora es él quien tropieza. Tresh logra enredar su espada con la cadena de la maza, lo que hace que la suelte. Cato, antes de caer, aprovecha su accidente: saca torpemente una flecha del carcaj y hiere a Tresh en la parte superior del muslo.

Él se posiciona encima de él. Se acabó. No hay más.

—Tu compañera… la mocosa —jadea Cato.

— ¿Qué le hiciste a la niñita? ¿La mataste? —grita, su cara se desencaja en pura furia, y damos un salto. No lo habíamos escuchado levantar la voz. Cuando fueron las entrevistas, hablaba en susurros.

—No, no fui yo —dice Cato, con una sonrisa que, segundos después, pasa a ser una carcajada espeluznante.

— ¡La mataste, maldito! —-se le retuerce la cara de rabia—. ¿La cortaste en trocitos con tu espada? ¿La atravesaste con tu arco?

—No, no, yo no… —ríe como un desquiciado; quizá sea cierto que perdió la razón—. Fue el… el Chico Amoroso. Distrito 12. Él, Peeta Mellark, la mató.

— ¡¿Qué?! ¡No! ¡Eso no es cierto! —le grito al televisor, indignada y sabiendo lo ridícula que me veo haciéndolo pero, quiero hacerme escuchar hasta el estadio, que no razono del todo—. ¡Es mentira!

Sé que no soy la única que está furiosa, también Gale, incluso masculla unas cuantas malas palabras que pasamos por alto, tanto mi mamá y yo. Es indignante lo que escuchamos que unas cuantas palabrotas nos preocupan menos que nada.

Se me llenan los ojos de lágrimas, me abruma pensar en la pequeña Rue, la forma en que murió, el dolor de Prim al presenciarlo, la culpa que carga Peeta por no poder defenderla… Y ahora esto. Tengo miedo. Esto no puede estar pasando. Tresh no puede… no debe creerle.

Con toda su fuerza, ondea su arma y la descarga con toda su furia contra el chico debajo de él. La sangre salpica abundante, manchándole la cara. El Tributo no profiere ningún aullido, grito o queja de dolor cuando el arma se incrusta, tres veces, en su cráneo. Sin embargo, le queda algo de vida, porque veo que se le mueve rápidamente el pecho. El chico monstruoso se levanta, sabe que acabó con él, que le quedan escasos minutos de vida, y se va.

Suena el bum.

Está muerto.

Y sólo quedan tres.

Pasan rápidamente una escena de Peeta y Prim en su especie de cueva, abrazados y resguardándose de la lluvia. Cuando escuchan el cañonazo, mi pequeña le pregunta que quién cree que habrá sido, él responde que no quiere saberlo. Saltan a la escena del himno, al terminar, Peeta agacha la mirada y se rehúsa a saber. Prim mira la imagen del penúltimo Tributo muerto, y ya. Es todo.

Terminan la transmisión, diciendo que tienen una agradable sorpresa para nosotros en la repetición de la mañana y que no debemos perdérnosla. Se apaga el televisor.

Mi casa se inunda en un desolador silencio. En el transcurso de la noche o mañana, en el transcurso del día, terminan Los Juegos, sin duda alguna.

No me interesa qué sorpresa nos tienen preparada, tampoco me preocupo por el pastel y si es que lo recibieron. Mi miedo se cierne sobre lo que va a pasar con Peeta. Tiene todo en contra.

Y él no lo sabe. Nada. Ni siquiera quién es su contrincante.

Mis lágrimas fluyen.


¡Hola! Y bien... ¿Les gustó? D: ¿Serán razonables las últimas estrategias mencionadas en el capítulo? (No quedé del todo convencida) ¿Rendirán frutos? Una enorme disculpa por la narración de la pelea entre Cato y Tresh, no soy muy buena detallando golpes y esas cosas. ¿Conocen la saga Canción de Hielo y Fuego? Yo soy fan, fan, fan, me encanta, así que me base en unas cuantas peleas que he leído de esta gran obra para narrar la pelea. Espero no haya quedado tan chafa.

Bueno, les comunico que este es el penúltimo capítulo. Sí, la historia de Peeta y Prim ha llegado a su fin *llora peor que Magdalena* Así que, ¡qué comiencen las apuestas! ¿Quién ganará? ¿Será Peeta, a pesar de tener un enemigo fuerte encima? ¿O será la diminuta y valiente Prim? ¿Ninguno? ¿O el terrible Tributo del 11? Quién sabe. *ríe malvadamente y entrecierra los ojos*

Robstar, Alexa-Angel, Anfitrite, KoyukiBetts, Katniss bella luz, DESTACADO117, ShaPer, , Pauli, Mary Mellark, Neo GS, annieOdair 19, un millón de gracias por sus reviews y por seguir esta historia.

También, miles de gracias a los lectores anónimos.

No me queda más que apurarme con el siguiente capítulo y esperar con ansias sus comentarios, criticas, dudas, sugerencias, pedradas, etecé.

Besos y abrazos de a montón para todos, todititos los que me leen