Disclaimer: Blah, blah, blah, blah, todo es obra y gracia de Suzanne Collins. Blah, blah, blah, esta adaptación es mía.

Nota: Son varios POV'S intercalados entre Peeta y Katniss. Comenzamos con el de ella. Al final, hay un POV omnipresente, en tercera persona o como gusten llamarlo.

Nos leemos abajo.


El sonido de la televisión encendiéndose nos sobresalta.

No hemos dormido en toda la noche, incluso Gale se quedó con nosotras. Hablamos de todo y nada a la vez, elucubramos sobre lo que podía pasar durante la noche: si Tresh iba a ir en busca de Peeta o iba a esperar, si le afectó en algo la muerte de su compañera o si su reacción fue sólo cosa del momento. Tratamos de entender por qué Cato actuó de esa manera y dijo lo que dijo. Concluimos que al verse superado por Tresh, su última jugada, y la oportunidad de vengarse de Peeta, era mintiendo, haciendo que el chico del 11 fuera tras él, asegurando su muerte y no permitirle la victoria. Ni en sus últimos momentos dejo a un lado su orgullo, su soberbia. No como la chica, Clove.

Nos centramos en ellos dos, no mencionamos la posibilidad de que alguno de nuestros chicos regrese, o ninguno. Es demasiado doloroso pensarlo como para torturarnos con palabras.

Caesar y Claudius están eufóricos. Nos muestran que el Círculo de la Ciudad ya está abarrotado de gente –es raro, son las ocho de la mañana, muy temprano para una repetición; y más raro aún, que la gente del Capitolio ya se encuentre ahí. Comentan que no ha habido algún tipo de acción por parte de Tresh, pero que si lo hubo por parte del Distrito 12. Y que en eso consiste la sorpresa de la que hablaron ayer por la noche. Dicen que darán paso a lo acontecido con Peeta y Prim y, que al terminar esto, la transmisión será ininterrumpida, hasta que terminen Los Juegos.

Ellos también están seguros de que hoy se acaban.

Comienzan con el himno y la negativa de Peeta de ver la imagen del Tributo caído.

— ¡Mira, Peeta! —exclama Prim, emocionada.

Y lo vemos: el paracaídas y una canasta atada a éste.

La emoción crece en mi pecho. ¡Sí les llegó!

Peeta se niega a levantar la mirada, pero en el momento que el paracaídas aterriza, reacciona. Mi hermana la abre de inmediato, con curiosidad, y, al ver el contenido, sus caras muestran la incredulidad del momento. Y yo estoy igual, no sólo les enviaron el chocolate y el pastel, sino cubiertos, y finos.

Al retirar la tapadera redonda de aluminio, la sorpresa no se hizo esperar: el pastel era hermoso, con tantos colores bien mezclados y con una inscripción que me hizo derramar un par de lágrimas: "Orgullosos de nuestros hijos", decía. El panadero no pudo haber escrito mejor mensaje. Puedo asegurar que el Distrito entero se encuentra orgulloso de ellos. Prim y Peeta lucharon contra un ataque de llanto, se veían realmente afectados, de diferente manera: ella, feliz; él, hubiera dado lo que fuera por adivinar sus pensamientos. No había rastro de felicidad en su rostro, parecía afectado de otra forma.

Después de la impresión, comenzaron a comer, ansiosos… Y saltaron de escena. Ahora vemos que están terminando de comer y guardando los cubiertos y vasos, y lo que quedó del pastel.

Me siento frustrada por el salto tan drástico que dieron de escena a escena. No nos dejaron ver su reacción al probarlo, saber si les gustó o si comentaron algo sobre el regalo.

¿Eso era su gran sorpresa de la que tanto alardeaban? Estoy furiosa. No contentos con mandarlos a esos horrorosos Juegos, también nos quitan la oportunidad de ver sus últimas reacciones genuinas antes de… de lo que pueda pasar.

El sonido de nuestro televisor sube ruidosamente, es ensordecedor.

—Peeta —habla Prim, haciendo eco en nuestra pequeña casa—, en la entrevista dijiste que estabas enamorado de mi hermana desde que tenías uso de razón. ¿Cuántos años tenías?

—Cinco —contesta Peeta rápidamente.

El pecho comienza a agitárseme.

— ¿Ci… cinco? ¿Pero cómo? ¿Cómo es eso? ¡Eras sólo un niño! —exclama Prim, con cierta emoción y apartándose un poco de él.

Ahora entiendo cuál era la verdadera sorpresa.

Peeta suelta un pequeño suspiro y su mirada se pierde en la nada antes de comenzar a hablar.

—Todo empezó el primer día de clases. Tenía cinco años y ella llevaba un vestido de cuadros rojos y el pelo… el pelo recogido en dos trenzas, así como tú. Mi padre la señaló cuando esperábamos para ponernos en fila.

— ¿Tu papá? ¿Por qué? —pregunta mi hermana lo mismo que estaba pensando yo.

—Me dijo: "¿Ves esa niñita? Quería casarme con su madre, pero ella huyó con un minero".

Volteo a ver a mi madre, quien está mirando fijamente el televisor con una sonrisa triste. ¡Es ella! ¡Ella es de quien estuvo enamorado el panadero antes de casarse!

— ¡En serio! —exclama mi hermanita.

—De verdad. Y yo le respondí: "¿Un minero? ¿Por qué quería un minero si te tenía a ti?" No lo dije en un sentido despectivo, aclaro. Sólo me sorprendió. Mi padre es la mejor persona en el mundo y no entendía cómo es que alguien lo rechazara.

— ¿Y qué te respondió? —pregunta Prim, sin obviar su inmensa curiosidad.

—Me dijo: "Porque cuando él canta… hasta los pájaros se detienen a escuchar".

Pensar en el panadero diciéndole eso a Peeta me desconcierta y, ante mi sorpresa, me emociona.

—Eso es verdad. Lo hacían, o eso es lo que me contó mi mamá. Yo nunca lo escuché —dice mi hermana, con tristeza. Peeta toma delicadamente la mano de Prim, como consolándola. Ella se repone inmediatamente y sigue con su interrogatorio: — ¿Y luego, qué pasó?

—Ese día, en la clase de música, la maestra preguntó quién se sabía la Canción del Valle. Katniss levantó la mano como una bala. Se puso de pie sobre un taburete y la maestra la animó a cantarla para nosotros. Te juro que todos los pájaros de afuera se callaron.

Siento mis mejillas arder y la mirada escrutadora de Gale, pero lo ignoro.

— ¿En serio? —pregunta, visiblemente emocionada.

—De verdad. Y, justo cuando terminó la canción, lo supe: estaba perdido, igual que tu madre. Después, durante los once años siguientes, intenté reunir el valor suficiente para hablar con ella.

—Sin mucho éxito.

—Exactamente. Sin mucho éxito —susurra, con una sonrisa triste—. Supongo que fue otro golpe de suerte que mi nombre saliera en la Cosecha; al menos, a estas alturas, ya se dio cuenta de mi existencia.

Siento una alegría absurda. Suponiendo que Peeta se esté inventando todo esto como mera estrategia, entonces, ¿cómo es que todo lo que cuenta es verdad? La parte sobre mi padre y los pájaros es cierto, al igual que canté el primer día del colegio, aunque no recuerdo la canción. Y ese vestido de cuadros rojos… ¡en verdad existió! Incluso Prim lo heredó. No. No entiendo nada.

Pero si algo es seguro, es que yo lo había notado desde antes. Él es y seguirá siendo el Chico del Pan.

—Lo recuerdo todo sobre ella —sonríe, su voz se descompone un poco—. Sus profundos ojos grises, su voz, su andar seguro y fuerte, lo imponente de su presencia, su trenza cayendo sobre su hombro derecho, su valentía… cada uno de los gestos de su cara, su profundo ceño fruncido cuando no entendía algo en clases o, simplemente, porque se sentía incomoda con algo; un par de sonrisas que atesoro en lo más hondo de mi memoria… Todo. Estuve siempre con ella, para ella; quizá antes de que yo mismo cayera en cuenta. Estuve tan cerca que no me veía.

—Ahora sí —le sonríe Prim.

—Bueno, no es que importe ya. Alguna vez escuché a alguien decir que la vida no da segundas oportunidades… a mí me dio un millón de oportunidades durante once años, y las malgasté todas y cada una.

—Quizá tengas una oportunidad más, Peeta —dice mi hermana.

—Y créeme que la aprovecharé, Pequeña, no lo dudes —dice, acariciando cariñosamente la mejilla de Prim—. Ven, vamos a dormir. Mañana será un día muy, muy importante.

La gente en el Círculo de la Ciudad está… demente. Los reporteros son avasallados por la inmensa cantidad de personas que quieren opinar: "Es lo más romántico que he escuchado", chillan; "Oh, no, pobre Peeta", lloran; "Un amor imposible… y trágico", se lamentan; "¿Por qué nunca se le declaró? Es un tonto", se indignan entre lágrimas; "Y él no sabe que ella también está enamorada de él", gritan, al borde de un ataque de histeria; "Peeta, por favor, regresa", suplican; "Que regresen los dos. No queremos que muera ninguno", alegan; "La pequeña Primrose también tiene que regresar… ¡Perdió a su papá! ¡Eso es horrible!", refutan; "Y tiene un gran futuro", agregan…

El debate es encarnecido. Unos abogan por él, otros por Prim. Todos lanzan miles de motivos de por qué el otro tiene que regresar, desde los argumentos más banales –como que Peeta es todo un galán y Prim es bellísima- hasta los más razonables que rescatan sus cualidades –su nobleza, valentía, bondad, carisma…-, sin dejar atrás los sentimentales –los aman, los adoran, los idolatran, los sienten como una parte de su familia-, y sin dejar de lado lo más importante: Porque es injusto.

En este argumento estoy más que de acuerdo con ellos. Es injusto que mi Patito muera sin tener la oportunidad de crecer más como persona; es injusto que él, el Chico del Pan, muera sin decir lo que tenga que decir.

Ahora entiendo bien lo que pasó aquella tarde: quemó el pan a propósito, se arriesgó a una paliza por mí, para que no muriera de hambre. Estuvo siempre conmigo. Y yo no lo vi.

Todos los detalles son ciertos y la gran verdad que me negué a ver, aparece: está enamorado de mí.

Todos lo sabemos ya, pero necesito escucharlo de él. Quiero verlo. Necesito su presencia tanto como la de Prim.

Porque, en algún momento, mientras lo veía, lo escuchaba reír, llorar, arriesgar la vida, cuidar de mi hermana, de Rue, incluso de Clove, me di cuenta que me gusta su presencia, sus palabras… la curiosa y cálida alegría en mi pecho al saber que existe.

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—Siento que el estómago me va a reventar —se queja Prim, poniendo una mano sobre éste.

—Yo también. No había comido tanto desde que estábamos en el Capitolio. Creo que lo voy a devolver todo.

Nos terminamos la mitad del pastel que sobró, dos latas de sopa, un paquete de tiras de carne y nos atiborramos de agua. No escatimamos ya que, seguramente, es nuestro último día aquí y es mejor tener fuerzas y estar bien alimentados para lo que se avecina.

Después de mi confesión de anoche, supe que todo estaba perdido para mí. Desnudé mis sentimientos y destrocé cualquier vínculo emocional que me atará a lo que fue mi vida antes de esto. He matado y me he matado a mí mismo en el transcurso de estos días. Ya no más Peeta Mellark panadero y secreto enamorado del Distrito 12. Ya no más Tributo de estos Juegos. Ya no más dolor. No más culpa y remordimiento.

Estoy muerto.

Me siento vacío. Como si hubieran drenado cada uno de mis sentimientos; fui testigo de cómo se arrugaron, se expandieron, se quebraron y se rompieron en diminutos pedazos. El proceso fue largo y sumamente doloroso, pero bien valió la pena: Prim será Vencedora y yo no tendré que regresar a casa y ver la desilusión y el horror en mi familia por lo que me he convertido.

Al contrario, me reuniré con Rue en ese otro mundo que, quizá, no exista pero me reconforta la idea de pensar que sí. No estaré solo, tal vez me encuentre con los otros 22 que salimos elegidos este año y no tengamos que pelear hasta la muerte ni odiarnos sin saber a bien por qué.

Quizá sea mejor estar allá que aquí.

Estoy cansado. Ya no me siento con fuerzas para continuar. Estoy casi seguro que el otro Tributo que queda es Cato. Él no se rendiría tan fácilmente, su orgullo no se lo permitiría. Y me consuela el saber que está herido de un ojo y que, quizá, Tresh, tampoco se haya rendido sin luchar. Entre más herido, mejor.

Pero si me equivoco y es Tresh quien queda, sólo me queda desear que también esté herido, de preferencia, de gravedad.

— ¿Y ahora, qué hacemos? —pregunta Prim, mientras guarda los platos, vasos, cubiertos y las latas de sopa en la canasta. Seguramente Effie estará chillando de emoción al ver que, además de educada, Prim es ordenada.

— ¿Qué te parece si te das un baño? Y después… damos una caminata.

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—Listo —exclamo al terminar de trenzar el cabello de Prim—. Es hora de irnos.

— ¿Adónde vamos? —pregunta, con curiosidad.

He dado por hecho que Prim sabe que este es nuestro último día aquí que no pensé en la posibilidad de que no lo considerara. Sé que no es tonta, pero es mejor aclararlo.

—Prim… sólo quedamos tres, ¿sabes lo que eso significa? —asiente—. Bien. Seguramente, en cualquier momento, los Vigilantes hagan o provoquen algo para juntarnos. En lo personal, prefiero estar en campo abierto para cuando eso suceda; aquí no tenemos muchas opciones para escapar y escondernos. Si deciden comenzar otro incendio o enviar a algún muto, será difícil escapar entre tantas rocas. Tenemos que ir a la Cornucopia… a estas alturas es el lugar más seguro para nosotros. O eso es lo que creo. ¿Te parece bien? Porque si prefieres quedarte, por mí no hay problema.

—No, está bien. Es mejor terminar con esto de una vez. No tiene caso esperar —responde con decisión.

— ¿No estás asustada? —pregunto con una sonrisa porque ya sé la respuesta.

—En absoluto. Estamos juntos en esto y confío en ti.

—Y yo en ti —beso su mano—. Además, somos los Tributos en Llamas… los Chicos de Fuego… los Chicos del Distrito minero… enseñémosles de qué estamos hechos.

—Y sorprendamos a Haymitch hasta que se vuelva sobrio.

—Hagámoslo —contesto, y reímos.

Saco los dos últimos cuchillos de la mochila, uno para Prim y el otro para mí, y rellenamos los dos termos con agua. Es lo único que nos llevamos. No necesitamos nada más. Nos tomamos de la mano y comenzamos nuestro andar tranquilo a la Cornucopia.

Puedo ver que mi pequeña compañera ha perdido el miedo… y me siento orgulloso de ella. Esa fuerza y valentía es lo que le ayudará a superar todo este infierno una vez fuera de aquí. Cuando viva como Vencedora en el Distrito 12.

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— ¿Qué pasa? ¿Por qué te detienes?

Reconozco este lugar. He soñado con él, y en las pesadillas y alucinaciones de los últimos días éste ha sido el escenario.

Aquí murió Rue.

—Cierra los ojos un momento —me mira con duda—. Te prometo que no te voy a dejar inconsciente ni me voy a escapar ni nada.

—Está bien. Pero nada de trucos, Peeta, o…o…

— ¿O qué, Nenita? —utilizo el mismo tono burlón de Haymitch.

—Te golpearé. Te lo juro que está vez si lo haré —sentencia.

—Amenaza más que suficiente para no hacer una estupidez —digo solemne y levanto las manos en señal de rendición—. Aclarado este punto, ahora cierra los ojos y no hagas trampa.

Mi pequeña cierra los ojos no muy convencida y, al asegurarme de que no está haciendo trampa, me alejo un momento y recojo flores de diversos colores. Recuerdo a Rue haciendo lo mismo que yo. Su sonrisa, su inocencia, su tranquilidad. Tengo la sensación de que esto es como tenía que haber terminado, nosotros tres como únicos finalistas y después… después hubiese encontrado la maldita forma de sacarlas con vida de aquí o, bien, quedarnos encerrados por el resto de nuestras vidas en esta trampa mortal pero estando juntos.

El dolor en lugar de irse, se siente más hondo. Es curioso cómo, en un momento, el vacío es lo único que me inunda y, en otro momento, el dolor se dispara, dañando mi herida emocional, no la deja cicatrizar, al contrario, la hace más profunda.

Levanto la mirada, busco entre los árboles, esperando verla volar de aquí para allá y escuchar el suave zumbido de su andar…

Y la veo, agarrada de una rama y sonriendo. Le sonrío de vuelta. Ella se ríe a carcajadas y vuela de un árbol a otro y otro y otro y otro, hasta que se aleja y sale de mi vista.

Por un segundo estoy tentado a ir por ella y gritarle que no se vaya pero mi garganta se cierra, el aire no llega; siento miles de puñaladas clavándose en lo más profundo de mi ser, y me doy cuenta que la realidad me está engañando y la ferviente fantasía de tenerla de vuelta me confunde. Sacudo mi cabeza y trato de aclarar mi mente. Ella no está aquí. Se fue. Murió. Y es culpa mía.

Me siento más fatigado que antes. Me imagino a Clove, Salma y Adem, Rue y Jeff, que se unieron a ellos, aferrados a mis ropas y haciendo más difícil mí andar. Siguiéndome a cada momento. Acompañándome en cada paso. Recordándome mis culpas.

— ¿Peeta, sigues aquí? —pregunta Prim, con sus ojitos cerrados, sacándome de mi miseria.

—No. Estoy con Caesar Flickerman en medio de una entrevista, no nos interrumpas, Prim.

—Lo siento —dice entre risas.

Recojo unas cuantas flores más, me quito mi sudadera –o lo que queda de ella-, corto un pedazo, improviso una especie de cinta, y ato el abundante ramo de colores.

—Ya puedes abrirlos —al ver su expresión de completa felicidad y los ojitos brillándole de emoción, junto con un leve sonrojo, sé que puedo morir en paz. Esta es la imagen que quiero llevarme hasta el final—. Son para ti, tómalas.

—Peeta… son hermosas. Gracias —susurra, tomándolas delicadamente. Enrosca sus brazos en mi cintura, en un efusivo abrazo. Nos quedamos quietos un momento, abrazados, sintiendo nuestros cuerpos, el sol y el murmullo de las hojas a nuestros pies.

En otras circunstancias, esto es como debería haber sido, como siempre imaginé, compartir mi vida con la familia Everdeen, ayudarlas, protegerlas y no dejarlas solas nunca más.

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—Prim, no huyas. Entre más corras, más lenta será tu agonía. Aún no sabes de lo que soy capaz —grito. Me duele el cuerpo y me siento sofocado de tanto correr pero lo prefiero a dejar pasar estos momentos de felicidad.

—No, el que no sabe de lo que soy capaz eres tú —dice, agitada, con las mejillas rojas, y escondiéndose en la Cornucopia.

—Muy bien, así lo quisiste, pues así será.

Obligo a mi cuerpo a hacer un grandísimo esfuerzo y corro hacia el lado contrario de donde corre Prim. A los pocos segundos ya estamos frente a frente; ella deja escapar un grito de sorpresa y la confusión la inunda, se queda paralizada, sus pies se mueven de un lado a otro pero no corre, no coordina. Es ahí donde aprovecho y la aviento al suelo.

—Te lo advertí, Nenita —digo; me arrodillo a un lado de ella y tomo fuertemente sus manos, poniéndolas sobre su estómago.

—No, Peeta, ¿qué me vas a hacer? —pregunta, horrorizada—. ¿Me vas a enseñar el terrorífico poder del glaseado?

Ahogo una carcajada y ella me da una mirada de burla. Recuerdo que eso fue lo que dijo Haymitch; fue en ese momento que nos convertimos en un equipo los tres.

—Oh, no, pequeñita, será algo mucho peor que eso. Mi mayor habilidad es el terrorífico poder de… ¡las cosquillas!

Y comienzo a torturarla.

—No, no, no. Peeta, por favor, para —grita, se retuerce, ríe… escandalosamente, pero no me detengo. No me importa el ruido que hacemos; no importa si nos encuentra Cato, o Tresh; no importa nada más que escuchar el hermoso sonido de su risa despreocupada—.Por favor, ya no más. Me rindo, me rindo.

— ¿Estás segura?

—Sí, sí, sí. Me rindo —lágrimas de risa surcan su rostro.

—La próxima vez que te alejes de mí, te haré cosquillas durante una hora, ¿entendido? —digo, dejando de torturarla.

Ella lucha entre un ataque de risa, tratando de recomponerse, pero me mira fijamente… y yo me pierdo en su mirada, en ese inocente y puro azul. Mi mente me regala una imagen, así, tal cual como estamos, pero en un futuro: los dos en un campo, en el bosque, tirados en el pasto. Prim es unos años más grande, más hermosa de lo que ya es, más feliz. Solo nosotros dos.

Y juro que está imagen mental me hace sentir pleno. Se me agita el pecho de una absurda y rara emoción.

Pero esta sensación no dura mucho.

Me parece que nos vigilan, siento que hay un intruso entre nosotros. Volteo a mí alrededor, lo que pone en alerta a Prim, quien se incorpora un poco y me imita. Frente a nosotros, detrás del lago, la maleza se mueve. Algo –o alguien- está ahí. Se incorpora, sale de entre la maleza y camina lentamente. Por un momento el aire abandona mi cuerpo. No pensé que fuera él; sí, estaba la posibilidad pero no la tomé muy en serio, siempre imaginé que me enfrentaría a Cato.

Es un tipo de suerte y maldición que él sea mi último contrincante. Por un lado, se ve más grande de lo que recuerdo, más imponente y bien alimentado. Me percato de que cojea un poco, tiene un trozo de tela atado al muslo derecho, y un tipo de cadena con una bola cuelga de su mano. Es peligroso; por otro lado, la culpa y la rabia se mezclan trayendo consigo un mar de recuerdos: los cinco hermanitos de Rue, mi pequeña sinsajo desprotegida, sola; una lanza, su muerte, sus lágrimas, su último respiro…

Tresh. El Tributo del Distrito 11. El compañero de Rue. El que no se alió con ella y la abandonó a su suerte. El que no sostuvo su mano mientras su corta vida se apagaba.

El último obstáculo que se interpone entre Prim y el Distrito 12.

Me pongo de pie inmediatamente, al igual que Prim, poniéndome frente a ella protectoramente. Entre más se acerca, me doy cuenta de que no tengo muchas oportunidades contra él. Es malditamente grande… y su gesto… su gesto es de pura furia.

—Prim —le hablo, sin dejar de mirar al chico—, corre, corre todo lo que puedas y escóndete… si puedes, trepa un árbol y quédate ahí. No hagas ruido, no salgas, no nada. Vete.

—No. No me voy a ir —dice, retadoramente.

— ¿Es que no lo entiendes, Prim? —-alzo un poco la voz pero sin dejar de mirar a Tresh, quien ya está cerca, muy cerca del lago… y de nosotros—. Es peligroso que estés aquí y…

—El que no entiende eres tú, Peeta. Me quedo contigo, no te voy a dejar luchar solo… y que pase lo que tenga que pasar.

— ¡Diablos, Nenita! En estos momentos no sabes cómo me gustaría dejarte inconsciente —estoy comenzando a desesperarme, no sé de qué manera voy a protegerla o pelear con él sin que ella resulte herida, sin que sea testigo de más horror—. Toma tu cuchillo, sé cuidadosa y… perdóname por lo que estoy a punto de decir… pero, si te ataca, entiérralo en su pecho, cabeza o garganta… tira… tira a matar. Trata de no pensarlo mucho.

—Si —susurra; puedo sentirla temblando detrás de mí.

Y yo me siento una basura por darle ese tipo de consejo pero no puedo hacer más, seguramente Tresh me matará antes de que yo pueda herirlo de gravedad.

— ¿Piensas aprovecharte de esa niñita también? —grita Tresh, de repente. No puedo evitar sentir una ráfaga de miedo al escuchar su potente voz, está a unos metros de nosotros. Es un monstruo. Aunque no entiendo a qué se refiere con eso de aprovecharme de Prim también—. Así como lo hiciste con Rue.

No entiendo nada. ¿De qué demonios habla? ¡Yo nunca me aproveché de Rue!

—No sé de qué hablas —respondo, confundido.

—Mientes. Tú la mataste, así como piensas matar a tu compañera.

Y no es pregunta, es una total, absoluta, completa, furica y dolorosa afirmación.

Y la adrenalina me recorre por todo el cuerpo.

¡Cómo se atreve a decirme eso, a reclamarme cuando fue él quien la dejo sola! ¡Quién se cree que es para juzgarme de esa manera! ¡Qué pretende! No sé de dónde sacó esa información pero las cosas no fueron así. Sé que será inútil tratar de explicar cómo sucedieron las cosas realmente, además de que no tengo intención alguna de hacerlo, pero él es tan culpable como yo. Ahora más que nunca tengo unas ganas inmensas de matarlo, de hacerle pagar por la muerte de Rue, de desquitarme por mi propia incompetencia al cuidar de ella, de reprocharle su repentino e inútil interés a estas alturas…

De acabar con mis culpas.

—Sí —digo, sabiendo las consecuencias—, yo la maté. Murió por mi culpa.

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La Plaza está más llena que nunca, el Círculo de la Ciudad también; en uno, el ambiente es tenso, en el otro, de euforia.

La gente nos mira con pena, los que no son allegados a nosotros, pero los que vinieron a apoyarnos sinceramente nos miran con seguridad. Estamos junto a los Mellark, más cerca de lo que hayamos estado nunca, reconfortándonos y ayudándonos a cargar la gran pena que nos embarga. Los amigos de Prim y Peeta están también aquí, profesores del colegio, el propio alcalde, incluso la gente del Quemador. Madge, Gale, Hazelle y los niños. Todos.

Son tantos que no sé si eso ayuda o no a los terribles momentos que nos esperan.

Terminada la confesión de Peeta, la transmisión siguió en directo cada paso de los últimos tres Tributos, lo que no hizo más que acrecentar mi miedo.

Tresh se apoderó de la zona de la Cornucopia, se instaló cómodamente, comió algunos frutos de los alrededores y bebió agua hasta saciarse. Limpió lo mejor que pudo su herida en el muslo y ató su chamarra a ésta para evitar seguir sangrando. Aun estando herido es demasiado fuerte.

No hizo, ni ha hecho gran cosa, más que seguir con su acostumbrada quietud y misticismo.

Por su parte, Peeta y Prim, tuvieron una mañana tranquila, un desayuno silencioso y un fresco baño. Parece que el calor en el estadio es abrazador.

Ahora, caminan tomados de la mano y sin prisas hasta la Cornucopia. Peeta le dijo a Prim que lo más seguro es ir allá, a campo abierto. Mi hermana no rechistó y lo apoyó en su decisión. Tengo miedo pero es mejor que ellos se acerquen a que los Vigilantes hagan o envíen algo para juntarlos.

Más que ser una caminata hacia la muerte, parece un día normal y feliz para ellos. Están tranquilos, admirando el paisaje, recogiendo bayas, platicando y riendo en su andar. Se ven tan serenos que no sé cómo es que lo logran.

En un punto, Peeta se detiene, se queda pasmado, como recordando algo.

— ¿Qué pasa? ¿Por qué te detienes? —pregunta Prim.

—Cierra los ojos un momento —le ordena, después de unos segundos de silencio, pero mi hermana lo mira dudosa—. Te prometo que no te voy a dejar inconsciente ni me voy a escapar ni nada —le sonríe.

—Está bien. Pero nada de trucos, Peeta, o…o… —mi pequeña hermana frunce el ceño ante su falta de palabras.

— ¿O qué, Nenita? —la mira con burla.

—Te golpearé. Te lo juro que está vez si lo haré —lo señala y le da una mirada inquisitiva.

—Amenaza más que suficiente para no hacer una estupidez —dice y levanta las manos en señal de rendición—. Aclarado este punto, ahora cierra los ojos y no hagas trampa.

Prim titubea pero termina cediendo. Peeta se aleja unos pocos metros y comienza a recolectar flores de todos los colores y una inmensa tristeza surca su rostro. Levanta la mirada, parece que buscara algo entre los árboles, de repente sonríe, y caigo en cuenta de dónde están: esas flores son las mismas que adornaban el cabello de Prim y de ella.

Es el lugar donde murió Rue.

Su mirada ya no está fija en un solo árbol, sino que se pierde entre los demás. Está pensando en la pequeña del 11. Le duele más de lo que pensé.

— ¿Peeta, sigues aquí? —pregunta Prim, aún con los ojos cerrados.

—No. Estoy con Caesar Flickerman en medio de una entrevista, no nos interrumpas, Prim —responde, serio, y dejando escapar un suspiro.

—Lo siento —se disculpa Prim, riendo.

En la Plaza también se escuchan unas cuantas risas y en el Capitolio se parten de risa, incluso Caesar interviene y menciona que le encanta que el Distrito 12 no pierda el espíritu.

Peeta improvisa un cordón con su maltrecha sudadera –y el resto de ésta la deja tirada, no es como que le sirviera ya de mucho- y hace un bonito ramo de colores.

—Ya puedes abrirlos —se posiciona delante de ella, extendiendo el ramo—. Son para ti, tómalas.

—Peeta… son hermosas. Gracias —susurra mi hermanita, atónita y sin evitar un leve sonrojo. Inmediatamente toma el ramo y abraza a Peeta por la cintura.

Y se quedan así un largo rato, sin decir nada. Los árboles ondean de un lado a otro, los rayos del sol los iluminan más y hacen brillar sus rubias cabelleras. Es una imagen hermosa.

Se separan un poco y la única comunicación entre ellos es una cálida sonrisa. Sin decir más, toman sus manos nuevamente y siguen su andar.

—Gracias. Es un buen chico —susurra mi madre a los Mellark, concretamente, al panadero.

—Y ella es asombrosa —responde el panadero con una sonrisa amable.

Los veo tratarse con tanta naturalidad y respeto que, por un momento, me es imposible concebir que él estuviera enamorado de mi madre, que fuera, quizá, enemigo de mi padre, y que la bruja esté como si nada. ¿Estará segura del amor del panadero? ¿Qué pensará de lo que confesó Peeta? ¿Le guardará algún tipo de rencor a mi familia? ¿Por eso me gritó cosas tan feas aquella tarde? Bueno, realmente no me gustaría saber más de lo que ya sé. Sería incomodo enterarme de los detalles y prefiero seguir manteniendo la imagen de mis padres juntos. Además de que mi mamá me dijo que el panadero y mi padre tenían una buena relación. Es mejor no pensar en lo que pudo haber sido y no fue.

La gente en el Capitolio suelta suspiros exagerados por la acción de Peeta. Se dicen encantados con su caballerosidad.

Tresh sigue sin moverse de la Cornucopia. Se queda quieto un momento, prestando atención en dirección al bosque. Nosotros lo escuchamos también: risas. El chico duda un momento entre ir hacia la fuente de sonido o esperar. No hace ni una ni otra: camina hacia el lago y se esconde entre la maleza, así como lo hiciera durante el Banquete.

—Te ves cansado —afirma Prim, más que preguntar.

—Son ideas tuyas para hacerme parecer un debilucho —contesta Peeta, con fingido enojo.

— ¿Eso es lo que crees? —pregunta mi hermana. Ahora es ella quien finge indignación.

—Por supuesto —le responde, petulante.

—Entonces —detiene su andar y suelta la mano de Peeta—, supongo que no te costará trabajo demostrar que no eres un debilucho.

—Así es —enarca una ceja—. ¿Qué pretendes, Primrose Everdeen?

—Comprobarlo, Peeta Mellark —responde con su sonrisa más inocente.

— ¿Ah, sí? ¿Y cómo?

—Viendo si eres capaz de alcanzarme.

Dicho esto, no espera más y se echa a correr. A Peeta le toma unos segundos reaccionar, pero en cuento lo hace, corre detrás de mi hermana. La tranquilidad desaparece de su rostro. Se ve preocupado. Llama a mí hermana desde la distancia pero Prim no le hace caso, ella sigue corriendo felizmente. No le preocupa el peligro al que se expone con tanto escándalo, mientras que Peeta está aterrado.

Siempre he pensado que mi hermana es la más prudente de nosotras dos, pero en este instante no lo está demostrando. Es una total y completa estupidez lo que hace. Prácticamente está invitando a Tresh a atacarlos. Si no es porque sé que el chico del 11 está escondido y no se dirige hacia ellos, estaría más molesta de lo que estoy. Me da escalofríos imaginar que el del 11 hubiera decidido ir hacia ellos. Ojala Peeta le dé una buena reprimenda.

Mi hermana sigue corriendo hasta llegar a la Cornucopia; Peeta se ve cansado pero aún tiene energías; Tresh los mira con cautela.

—Prim, no huyas. Entre más corras, más lenta será tu agonía. Aún no sabes de lo que soy capaz —grita Peeta, con dificultad.

—No, el que no sabe de lo que soy capaz eres tú —dice Prim, agitada, con las mejillas rojas, y escondiéndose en la Cornucopia.

—Muy bien, así lo quisiste, pues así será —sentencia el Chico del Pan, endureciendo su rostro. Parece enojado.

Corre del lado contrario a donde corre Prim haciendo un gran esfuerzo. En segundos, se encuentra frente a ella. Mi hermana suelta un sorpresivo grito y se queda pasmada, no sabe qué hacer. Peeta, en un movimiento brusco pero sutil, la aprisiona entre sus brazos y se deja caer al suelo con todo y Prim.

—Te lo advertí, Nenita —dice, serio, arrodillándose a un lado de ella y tomando fuertemente sus muñecas, poniéndolas sobre su estómago.

Por un momento me asaltan las dudas y pienso que la va a lastimar, pero de inmediato alejo ese pensamiento. Él no le haría daño a Prim…

—No, Peeta, ¿qué me vas a hacer? —pregunta, entre horrorizada y sonriente—. ¿Me vas a enseñar el terrorífico poder del glaseado?

Peeta sonríe, relajando su rostro, y Prim lo mira pícaramente. Es como si fuera un chiste que sólo ellos entienden.

—Oh, no, pequeñita, será algo mucho peor que eso —dice, maliciosamente—. Mi mayor habilidad es el terrorífico poder de… ¡las cosquillas!

Tresh, desde su escondite, parece que puede ver más o menos bien lo que sucede. Aprieta la quijada y empuña su maza, se incorpora un poco, con la intención de atacar pero se arrepiente en el momento que escucha las fuertes carcajadas de Prim y regresa a su posición, con la duda impregnada en su rostro.

—No, no, no. Peeta, por favor, para —grita, se retuerce y ríe escandalosamente —.Por favor, ya no más. Me rindo, me rindo.

— ¿Estás segura? —pregunta traviesamente.

—Sí, sí, sí. Me rindo —jadea, con lágrimas en los ojos.

—La próxima vez que te alejes de mí, te haré cosquillas durante una hora, ¿entendido? —dice, soltándola.

Mi hermana trata de recomponerse de su ataque de risa, pero no deja de mirar a Peeta… y él, parece perdido en sus pensamientos, sin dejar de mirarla tampoco. De repente sonríe. Nos regala una de esas hermosas y sinceras sonrisas que sólo él puede dar. Nuevamente, la imagen de ellos en el pasto, relajados, felices y con la luz del sol haciéndolos brillar, es hermosa. La gente del Círculo de la Ciudad se emociona y sonríen con ternura, exhalando unos cuantos suspiros.

A diferencia de hace un rato, tengo que apartar la vista de la pantalla. Recuerdo la historia que contó Peeta, más bien, lo poco que contó sobre nuestros padres, y no puedo evitar pensar que el Chico del Pan y Prim son como una ilusión de aquella vida que podrían haber tenido.

Me pica la nuca, los brazos y la quijada. Me siento incomoda.

El sonido de asombro y algunos gritos de la gente hacen que regrese mí vista a la pantalla y un frío recorre mi cuerpo: Tresh salió de su escondite y camina hacia ellos, su mirada no promete nada bueno. Peeta está frente a Prim, protectoramente y agarrando fuertemente su cuchillo.

—Prim —habla, sin dejar de mirar a Tresh—, corre, corre todo lo que puedas y escóndete… si puedes, trepa un árbol y quédate ahí. No hagas ruido, no salgas, no nada. Vete.

—No. No me voy a ir —objeta mi hermana.

— ¿Es que no lo entiendes, Prim? —-alza la voz y frunce el ceño—. Es peligroso que estés aquí y…

—El que no entiende eres tú, Peeta. Me quedo contigo, no te voy a dejar luchar solo… y que pase lo que tenga que pasar —contesta, con determinación.

— ¡Diablos, Nenita! En estos momentos no sabes cómo me gustaría dejarte inconsciente —gruñe, desesperado—. Toma tu cuchillo, sé cuidadosa y… perdóname por lo que estoy a punto de decir… pero, si te ataca, entiérralo en su pecho, cabeza o garganta… tira… tira a matar. Trata de no pensarlo mucho.

—Si —susurra con voz y manos temblorosas, sosteniendo otro cuchillo.

Ya está. No hay vuelta atrás. Estamos a minutos de que terminen Los Juegos y sólo habrá un ganador.

Mi respiración se vuelve errática, mi corazón palpita estrepitosamente y comienzo a sudar frío. Mi madre me toma de la mano pero sudo tanto que tengo que soltarla varias veces para limpiarme en mis ropas.

— ¿Piensas aprovecharte de esa niñita también? Así como lo hiciste con Rue —grita Tresh, lívido de furia. Nuestros chicos palidecen por un instante y después hacen un gesto de incomprensión. Prim se aferra a la cintura de Peeta.

—No sé de qué hablas —responde el Chico del Pan, confundido.

—Mientes. Tú la mataste, así como piensas matar a tu compañera —afirma, hiriente, injusto, sin misericordia, sin consideración, con la única certeza de una mentira.

Peeta hace una mueca de sorpresa, seguida de una de dolor, para terminar con una de enojo. Prim abre y cierra la boca repetidamente pero no sale nada de su boca.

—Sí —Peeta rompe el silencio—, yo la maté. Murió por mi culpa.

Llevo mis manos rápidamente a mi boca, ahogando un grito de terror. ¿Qué demonios le pasa? ¿Por qué dijo eso? Es un idiota. Idiota, idiota, idiota, idiota… Me repito incesantemente y obligándome a sentirme enojada para no sucumbir al llanto.

— ¡No! —grita uno de los hermanos de Peeta.

— ¡¿Qué hace?! —murmura alguien más.

— ¡Es un tonto! —ladra Gale.

— ¡Eso no es cierto! —se oye el murmullo general, incluso en el Círculo de la Ciudad.

Todos están consternados, sorprendidos, enojados, lamentándose, hablándole a la pantalla en su defensa. Nadie entiende qué pasa.

Tresh, al escuchar esto corre hacia él lo más rápido que su pierna mala le permite; Peeta, al verlo, empuja a Prim, quien cae el suelo, y también corre hacia él. Los dos están furiosos y prometen muerte.

Cuando se encuentran, el choque es espantoso: Tresh ataca con su maza, golpeando como si fuera un látigo. Peeta alza el brazo derecho para detener el golpe que iba a su cabeza; la pequeña esfera y las púas se entierran en él. Hace una mueca de dolor y su brazo cae hacia su costado. El chico del 11, con su otra mano, lo golpea en la quijada, haciéndolo caer.

Y, contrario a lo que pensé, no lo ataca con su arma, sino que se le va a golpes.

Lo golpea una y otra vez. Escuchamos el crack que se oye al estampar su puño en la cara de Peeta. Él trata de detenerlo con su brazo bueno pero es inútil.

Recuerdo la muerte del chico del 1, tan dolorosamente similar a esto, y llevo mis manos a mi estómago y ejerzo presión. El dolor es insoportable. Va a morir. Se me nubla la vista, no sé si por las lágrimas o porque me voy a desmayar. Trato de cerrar los ojos pero la necesidad de grabarme todos sus rasgos en mi memoria me lo impide.

— ¡Déjalo! —-grita Prim, de repente, con fuerza, desesperación, y corre hacia ellos—. ¡No le hagas nada! ¡Él no la mató!

Llega hasta ellos y con toda su pequeña fuerza trata de empujar a Tresh, incluso lo golpea, con sus pequeños puños, en la cara, la espalda, pero sin éxito alguno.

—Quítate, niñita, esto es entre él y yo —sólo le basta extender un brazo con fuerza y la empuja. Mi hermana cae sentada al piso pero se vuelve a levantar, y lo sigue golpeando.

—Prim… vete… vete… de… aquí —logra articular Peeta entre tantos golpes.

— ¡Que te quites! —gruñe Tresh, empujándola nuevamente.

— ¡No! ¡No me voy a quitar! —-y se pone de pie, golpeándolo, jalándolo, arañándolo, llorando, gritando, desesperada—. ¡Tendrás que quitarme tú… o matarme! ¡Vamos, mátame!

Reprimo mentalmente a Prim por haber soltado su cuchillo cuando corrió; de no haber sido así, esto no estaría pasando. La reprimo también porque de no haber obligado a Peeta a correr tras ella, él tendría más fuerzas.

Es una tonta.

Una risa espeluznante retumba en el estadio.

Tresh y Prim miran en dirección de la risa y se quedan quietos, con los ojos desorbitados.

Nosotros, estamos helados.

Es Cato.

.

.

.

Duele.

Cada golpe es tan doloroso que me hace perder la fuerza, ni siquiera intento ya defenderme, y con mi brazo adormecido es inútil cualquier intento.

Escucho a Prim y Tresh gritar pero no logro entender qué dicen; lo único que sé es que mi pequeña tiene que huir de aquí. Ella tiene que ganar.

—Prim… vete… vete… de… aquí —trato de gritar pero creo que salió más como un susurro.

Pero no recibo respuesta.

Siento que mi agresor se desestabiliza un momento. Siguen los gritos. Siguen los golpes. Siguen las sacudidas.

No voy a poder cumplir mi promesa: Tresh me va a matar y, seguramente, también a Prim.

Le pido a Tresh que con Prim lo haga rápido y no la torture.

Le pido a mi familia que no me aborrezcan.

Le pido a las Everdeen que no me odien.

Le pido a Rue que venga por mí.

No puedo ni quiero seguir aquí.

Alguien se ríe.

No más golpes, ni sacudidas ni gritos. Todo se queda quieto.

¿Qué pasa?

.

.

.

Esto no puede ser. ¿Qué hace Cato ahí? Él está muerto.

Tresh se incorpora, olvidándose de Peeta, y mira fijamente al intruso. Prim trata de levantar a Peeta, pero está muy machacado, tiene un ojo cerrado, una ceja abierta, las mejillas hinchadas… en fin, todo cubierto de sangre, que le cuesta hacerlo ella sola.

—Peeta, por favor, ayúdame, has un esfuerzo. Levántate —le limpia la cara con las manos y pasa el brazo bueno de Peeta sobre su hombro—. Mira, sólo tienes que levantarte un poco, yo te sostendré.

— ¿Quién eres? —pregunta Tresh a Cato, quien sonríe torcidamente.

La misma carcajada espeluznante es su respuesta.

— ¡Peeta! —gritan desgarradoramente.

Y no es Prim.

El grito viene del bosque, de donde venían nuestros chicos… la veo… la vemos…

Es Rue.

.

.

.

Mi pequeña trata de levantarme, hago un esfuerzo sobrehumano por hacerlo. Me duele el brazo, la cara; siento la sangre caliente salir por mi nariz, me cuesta abrir el ojo derecho. Me han dado una buena paliza.

Pero el problema no es ese, sino, ¿por qué Tresh se detuvo? Lo escucho gritar, preguntándole a alguien que quién es, pero eso es absurdo, solamente estamos nosotros tres… O, quizá, ya me volví loco de tanto golpe. O el loco es él.

Prim pasa mi brazo sobre su hombro y me toma de la cintura, animándome a levantarme. Con mucho esfuerzo lo hago pero ella no me suelta, cosa que le agradezco ya que siento que podría caer. Levanto la vista un poco y, con mi ojo bueno, veo a alguien, se me hace familiar pero no lo distingo bien. ¿Qué demonios está pasando? No puede haber nadie más que nosotros.

Un grito desgarrador me pone alerta.

— ¡Peeta!

Esto no puede ser. Esa voz… yo… la conozco.

Volteo a mi derecha y la veo. Ahí está. Es ella.

Rue.

Me digo que esto no es real, que es sólo un producto de mi imaginación o de tanto golpe. Miro a Prim, a Tresh, tratando de encontrar respuestas pero lo que veo me desconcierta más: el otro individuo que está aquí es Cato.

Cierro los ojos fuertemente, a pesar del dolor, pensando en que al abrirlos se desvanecerán, seguro de que mi mente me está jugando una cruel broma. Me repito varias veces que Rue no está aquí, al igual que Cato. Ellos se fueron. Están muertos. Estoy alucinando. El dolor me hace desvariar…

Abro los ojos, pero sigue ahí.

— ¡Peeta, por favor! —me suplica Rue, llorando—. ¡Ayúdame!

Esto no es cosa de mi imaginación. Es ella. Es real.

— ¡Te odio! ¡Dijiste que íbamos a estar juntos, que no nos separaríamos por nada del mundo… y me dejaste morir!

Grita con tanta rabia que me duele el pecho.

—N… no, yo… yo traté, te lo juro que traté de ayudarte —comienzo a explicarle. No quiero que piense que no me importa, que no la quiero—. Pero todo pasó tan rápido que… que no pude hacer nada…

— ¡Mentiroso!

—No me digas eso —mis lágrimas fluyen. Me duele escucharla. Se me desgarra algo en el interior porque no cree en mí. No puedo soportarlo.

Trato de avanzar hacia ella, quiero verla a los ojos y convencerla de que no soy un monstruo, pero Prim me detiene.

—No, no vayas —me jala la playera.

—Suéltame. Tengo que ir, ella debe saber…

—Hazle caso a tu compañera, Doce —me interrumpe Tresh—. Esto puede ser una trampa. Ellos están muertos, no son reales.

—No, no, Rue no está muerta… ella me está hablando, necesito explicarle.

Una estruendosa risa me paraliza. Es cato.

Un 'Te odio' me hiela la sangre. Es Rue.

Risas y gritos, risas y gritos. Los dos al mismo tiempo.

Tapo mis oídos. Es una verdadera tortura escucharlos.

Risas.

Gritos.

Risas.

Gritos.

Risas.

Gritos.

Risas.

Gritos.

Silencio.

Veo a Rue caer de rodillas, tal cual como cuando Marvel le atravesó la lanza.

Escucho un fuerte impacto detrás de mí. Cato está en el suelo.

Y comienzan a retorcerse.

.

.

.

Esos malditos Vigilantes… son más perversos de lo que pensé.

Es claro que esto es sólo parte de un retorcido juego. Me sorprende cómo utilizan tanta tecnología, tanto ingenio, para torturarlos de esa manera.

— ¡Peeta, por favor! ¡Ayúdame! —Llora el fantasma, espectro, holograma o lo que sea, de Rue—. ¡Te odio! ¡Dijiste que íbamos a estar juntos, que no nos separaríamos por nada del mundo… y me dejaste morir! —cambia el llanto por un grito de rabia, de rencor.

—N… no, yo… yo traté, te lo juro que traté de ayudarte —habla Peeta, dolido—. Pero todo pasó tan rápido que… que no pude hacer nada…

Tresh se ve visiblemente sorprendido, Prim está igual.

— ¡Mentiroso!

—No me digas eso —sus lágrimas fluyen y trata de acercarse a ella pero Prim no se lo permite.

—No, no vayas —lo jala de la playera.

—Suéltame. Tengo que ir, ella debe saber…

—Hazle caso a tu compañera, Doce —interrumpe Tresh—. Esto puede ser una trampa. Ellos están muertos, no son reales.

Mira a Peeta con una mezcla de escepticismo y lastima y unas tantas emociones más que no logro descifrar. De lo único que estoy segura es que el odio se ha esfumado de su mirada.

—No, no, Rue no está muerta… —contradice Peeta, señalando al fantasma de Rue, y con la desesperación desbordando por su voz—, ella me está hablando, necesito explicarle.

La espeluznante risa de Cato resuena. Un grito de Rue también.

Uno ríe y la otra grita, al mismo tiempo y repetidas veces.

Se me eriza la piel. A pesar de saber que son un producto de la tecnología del Capitolio, es desconcertante ver a dos personas muertas torturando a los vivos con esos ruidos tan desesperantes.

Peeta lleva sus manos a sus oídos, Prim se aferra a la cintura de él, dejando salir unas cuantas lágrimas; Tresh parece tranquilo, pero por su respiración errática, me doy cuenta que está apunto de ceder a la desesperación.

Los grito y risas siguen, pareciera que suben de tono, estoy tentada a salir corriendo de la Plaza pero caigo en cuenta de algo: Cato y Rue no mueven sus labios. El sonido proviene de otro lado.

De repente, silencio.

Y los fantasmas caen. Rue de la misma forma en que murió y Cato hacía en frente, quedando boca abajo.

Y los dos se sacuden incontrolablemente.

Se retuercen.

Sus extremidades se doblan de una forma antinatural.

Y, en unos segundos, ya no son ellos.

— ¡Mutos! —grita Tresh.

Por primera vez, durante todos estos días, veo el miedo impregnado en su mirada.

Los Tributos se convirtieron en una especie de lobos. Sus garras son afiladas y larguísimas. Sus hocicos sacan espuma y saliva. Son horrorosos.

—Vamos, corre —Prim jala a Peeta, quien está en shock.

Tresh no pierde más tiempo y se trepa a la Cornucopia.

Peeta reacciona y es guiado por Prim, que también va a la Cornucopia. El Chico del Pan le ayuda a subir. Prim ya está arriba. Estira sus brazos para ayudar a Peeta, pero no puede. Peeta trata de subir, se resbala, se levanta y se vuelve a resbalar.

Los mutos lanzan un agudo y terrorífico aullido. Se posicionan en dos patas, alzan sus patas delanteras y toman vuelo… y corren hacia ellos.

Peeta hace un intento más por subir. Los mutos están más cerca. Se me agita el pecho. En la Plaza, en el Capitolio sueltan grititos de terror. Peeta se resbala, está a punto de caer, los mutos abren el hocico abalanzándose sobre él…

Repentinamente, lo jalan del brazo.

Es Tresh. ¡Tresh lo ayudó a subir!

Se escucha el fuerte impacto de los mutos al estrellarse contra el metal dorado.

Por enésima vez, nuestros chicos están a salvo.

El resoplido es general, pero yo no me fio de Tresh.

—Gracias, gracias —dice Prim, suspirando de alivio y abrazando a Peeta que está recostado y agitado.

— ¿Ayudaron a Rue? ¿La mataste? —pregunta Tresh, señalando a Peeta.

—No… él no fue. Distrito 1, él la mató —contesta Prim, rápidamente—. Todo fue muy rápido. La atacó por la espalda. No pudimos hacer nada.

— ¿Lo mataron… al Distrito 1? —pregunta, con voz áspera.

—Sí —asiente mi hermana—. Él murió primero.

Tresh ladea una sonrisa. Se acerca a Peeta y le ofrece la mano. Él la acepta y lo ayuda a levantarse.

Esta imagen contrasta con la imagen de los lobos debajo de ellos: aúllan, gruñen, muestran sus puntiagudos dientes, rascan la Cornucopia, tratan de treparla pero sus afiladas uñas los hacen resbalar.

—Te salvé, así que tú y yo no nos debemos nada. Por Rue, ¿entiendes? Pero eso no significa que los dejaré ganar.

—No. Deja ir a Prim, no le hagas daño —gruñe Peeta—. Esto es entre tú y yo.

—No te quieras pasar de listo, Doce —lo mira amenazadoramente—. Estoy a punto de regresar a mi Distrito y…

—Está bien, está bien —dice Peeta, con voz resignada—. Sólo… sólo hazlo rápido, ¿sí? —da un paso hacia adelante, levantando las manos, rindiéndose y mostrando que está indefenso. Voltea la vista a Prim, le da una sonrisa triste y susurra: —. Perdóname, Pequeña.

Antes de que mi hermanita pueda reaccionar, Peeta se abalanza sobre Tresh… y caen de la Cornucopia.

Se impactan en el duro suelo. Los mutos lanzan un aullido agudo y corren hacia ellos. Prim grita, llora, suplica porque vuelvan a subir. Pero es tarde.

Tresh lucha fieramente con sus puños contra el muto que se le va encima; Peeta no corre con tanta suerte: el lobo le entierra sus colmillos en la pierna y lo arrastra varios metros.

La gente en el Capitolio llora a mares, están histéricos, se abrazan entre ellos. Gritan por Peeta, por ayuda, por su vida… Aquí en la Plaza estamos serios, el único sonido que se escucha es el que transmiten los altavoces y los sollozos de la familia Mellark: ahora son los hijos y la esposa quienes abrazan al panadero que tiene la cabeza gacha, el cuerpo encorvado y la mirada desgarrada.

Quien fue el sostén de la familia, quien aguantó y llevó sobre sus hombros la entrevista, el dolor de su esposa e hijos, quien nos alimentó las últimas semanas, quien siempre tenía una sonrisa sincera, amable y valiente, se ha quebrado.

Y si la persona más fuerte del Distrito se quebró, es porque es el fin.

Gale abraza a mi madre, quien se cubre los ojos con sus manos, y yo me uno a ellos. Estoy temblando, me duele el pecho, muerdo mi mejilla por dentro para no gritar, para no sacar todo este dolor.

El lobo suelta a Peeta, camina a su alrededor, olisqueándolo; abre su horroroso hocico y, cuando pensé que iba a dar el mordisco final, éste le gruñe ferozmente en la cara… pero no le hace nada. Se da la vuelta y se une a la otra bestia y atacan a Tresh.

El Chico del Pan gime de dolor, la pierna le sangra abundantemente; Prim, desde la Cornucopia, grita y llora. Está desesperada. Se desliza sobre el brillante metal dorado sin importarle el peligro y corre hacia Peeta.

El chico del 11 pelea con fuerza pero no es suficiente. Los mutos lo muerden, entierran sus colmillos en sus brazos, manos, piernas abdomen, una y otra vez. Son heridas leves para ser unas bestias asesinas, pero lo suficientemente mortales como para que se desangre. Se me revuelve el estómago al escuchar los gruñidos, ladridos y gritos humanos y de animales

Durante unos segundos, los mutos se quedan quietos, levantan sus asquerosas caras, lanzan un aullido y, uno de ellos, da el bocado final: clava sus dientes en el cuello de Tresh, y de un fuerte mordisco, le desgarra la garganta. Acto seguido, como si una fuerza extraña los llamara, se adentran a la Cornucopia y desaparecen. Todo ante la mirada atónita de Prim.

—Bastardos —masculla Gale, furioso—. Pretenden que uno de ellos mate al otro.

Y lloro. Dejo mi llanto fluir porque ahora lo entiendo. Lo único que buscaban era deshacerse de Tresh porque Peeta no tenía ninguna oportunidad de hacerlo. Entiendo que esta es su tan esperada final. Entiendo que quieren un enfrentamiento entre el Distrito 12. Entiendo que esperan el momento en que alguno traicione al otro. Entiendo que esto es lo que buscaban desde un principio.

No se puede ser más cruel y retorcido.

Bum. Tresh ha muerto ahogado en un charco de sangre.

—Prim… Prim, ¿estás bien? —murmura Peeta.

—S… sí, sí, estoy bien —contesta, aún impresionada.

—Vete… corre… sube de nuevo… a la Cornucopia y…

—No. Tengo que curar tu pierna, estás sangrando mucho —levanta un poco su pantalón para inspeccionar la herida.

Casi me desmayo: un pedazo de carne le cuelga de la pantorrilla, incluso se le ve el hueso.

—Peeta, tienes que aguantar —le ordena Prim, desesperada, sin su habitual tranquilidad de sanadora.

—No, no puedo —jadea—. Déjalo así.

—De ninguna manera. Voy a buscar algo… tengo que regresar al bosque… ir por algunas plantas… no sé, lo que sea.

Pero Peeta la toma del brazo fuertemente.

—No. No te vayas. Quédate conmigo.

—Pero…

—No quiero estar solo. Por favor —suplica con lágrimas en los ojos—. Ven, abrázame. Lo necesito.

Mi hermanita se acuesta a un lado de él. Los dos se aferran al otro con desesperación, con llanto, con dolor. La pantorrilla de Peeta sigue sangrando; la vida se le escapa.

En el Capitolio siguen llorando, tristes, consternados. Gritan por él, por Prim, por los dos. Los quieren, los aclaman, se abrazan a los retratos que tienen de ellos, se dejan caer al suelo, histéricos; jalan sus coloridos cabellos, se embarran el maquillaje en la cara…

Están sufriendo.

Por primera vez no siento odio hacia esas personas, hasta cierto punto las entiendo porque yo siento lo mismo. Me gustaría gritar, llorar, revolcarme de dolor. Pero lo único que consigo hacer es aferrarme a mi madre, a Gale; trato de ahogar lo que siento pero no puedo evitar acallar los extraños sonidos que brotan de mi garganta. Me siento como un animal herido que sigue luchando por respirar, que jadea dolorosamente por ayuda, por atención, por alguien que se apiade de él. De mí. De Peeta. De Prim. De los Mellark.

El estadio se sume en un llanto silencioso. Presencia a las dos últimas personas que quedan después de dos semanas. El sol y el viento, el trinar de los pájaros y el verde pasto y los árboles ondeándose los acunan con tranquilidad.

Atrás quedó la masacre, los gritos, las risas, los incendios, los mutos, los 22 chicos que tuvieron que morir para llegar a esto. Todo eso sólo da paso al cariño, a la valentía, al sacrificio, a la despedida. Al verdadero horror y a lo último en espectáculos desde el punto de vista de los Vigilantes.

A final de cuentas, el Distrito 12 si es trágico.

No sé cuánto tiempo ha pasado, puede que una hora, o más o menos, da igual.

En el Capitolio siguen llorando, los Vigilantes no han hecho nada para avivar los agonizantes Juegos, el Distrito sigue sumido en un tenso ambiente, los Mellark se resignan, levantan la cabeza con orgullo pero mirada vacía; yo me siento entumida. Durante un momento dejo de sentir, de pensar, sólo me concentro en la imagen de ellos dos tumbados en el piso, abrazándose y llorando quedamente. No quiero sentir nada más que la satisfacción de ver a las dos personas que más quiero en este mundo.

Sí.

Porque ayudó, cuidó, consoló y lleno de cariño y amor a la única persona que más amaba en este mundo y por la que daría mi vida.

Sí.

Porque nunca festejó ni se vanaglorió de alguna de sus muertes.

Sí.

Porque siempre estuvo cerca de mí, conmigo, para mí.

Sí.

Porque él fue el único que, al verme hambrienta, sola, enferma de tristeza, me tendió la mano y no me dejo morir, al contrario, me dio más razones para vivir.

Sí.

Porque, simplemente, lo siento.

Sí.

Porque lo quie…

—Peeta, no te duermas —chilla Prim, sacudiéndolo, y sacándome de mis pensamientos.

Miro a mi Chico del Pan y veo que la pierna le sangra más que hace un rato y se ve más pálido de lo que es.

—Aquí sigo, Pequeña —contesta con una sonrisa forzada—. Ayúdame a sentarme, ¿sí?

Prim se pone en cuclillas y lo sostiene del tórax. Peeta aprieta los dientes pero se le escapan algunos quejidos. Logra sentarse y mira su pantorrilla. No hay miedo, ni terror, ni sorpresa en su mirada. Regresa la vista a mi hermana y sonríe. Están cara a cara.

—Nenita —comienza a hablar, mirándola fijamente a los ojos. Su cara y el ojo cerrado empiezan a hincharse más, la sangre ya está seca y se le ve la nariz desviada—, quiero que me prometas unas cuantas cosas.

—No, Peeta, tengo que curar tu pierna hasta que…

—Escúchame, Prim —la interrumpe; toma las manos de mi hermana sin dejar de mirarla—. Quiero que cuando estés en casa seas feliz, que sigas sonriendo y que encuentres un talento, no es algo que te costará trabajo ya que estás llena de ellos; quiero que te conviertas en la mejor doctora de Panem y cumplas tu promesa de ayudar a todo aquel que lo necesite, pero no sólo en un aspecto físico, sino también del alma. Tú eres buena en eso pues me salvaste a mí.

—No, no. Cállate —solloza Prim—. Tú eres el que tiene que regresar.

—Prim…, entiende, mira —voltea a ver su pierna—, no tiene caso mentir. Estoy muriendo…

—Puedo… puedo curarte. Aún puedo hacer algo por ti, sólo es cosa de ir a buscar…

—No, Pequeña, no puedes. Y tampoco quiero que lo hagas.

—No puedes dejarte morir… —suplica.

—Es lo que quiero —argumenta.

— ¡No puedes dejarme sola! —reclama.

—No te dejaré sola, estaré en tus recuerdos —contradice.

—Eso no es suficiente. Necesito verte, hablar, llorar y reír contigo. Te necesito a ti —objeta.

—Estarás con tu familia. El dolor pasará —afirma.

— ¡No quiero! —grita.

—Por favor, acéptalo, hazlo por mí —dice, amable.

—No puedo. Me quedaré aquí contigo. No quiero regresar sin ti. Nosotros no nos separamos por nada del mundo, ¿lo recuerdas?

—Y no lo haremos. Cada vez que pienses en mí, estaré ahí para ti, las veces que sean necesarias.

—No, no te dejaré.

—Prim, si no quieres hacerlo por mí, hazlo por Rue, por todos aquellos que murieron. No permitas que su muerte sea en vano. Vive, sé feliz por ellos que no tuvieron la oportunidad, que perdieron la vida en el intento y dejaron atrás a sus seres queridos. Tienes que honrar su memoria.

Parece ser que Peeta ha dado con las palabras exactas porque mi hermana no dice una sola palabra.

—Por favor, hazlo, sube a la Cornucopia antes de que envíen otra vez a esos animales o a otra cosa peor.

—No puedo hacerlo. No puedo dejarte aquí —habla pero con la voz hueca, resignada. Peeta la ha convencido. Estoy segura que en cualquier momento mi hermana aceptará dejarlo—. No quiero que mueras.

—Pequeña, estoy cansado. Tresh realmente me dio la paliza de mi vida —sus labios están azules, está cada vez más pálido y se le cierra su ojo bueno—. Necesito dormir.

—No, no, no. No te duermas, por favor —susurra sin fuerza, sosteniéndolo.

—Sólo un poco, unos minutos —dice, cansado, aflojando el cuerpo y dejándose caer—. No lo van a lograr. No me van a cambiar. No voy a matarte —murmura antes de cerrar los ojos.

—Peeta, despierta, resiste un poco más, ¿sí? —Prim lo sacude—. Peeta, Peeta…

Silencio.

—Peeta, Peeta, ¡respóndeme! —Lo toma de la cara entre sus manos—. Peeta, Peeta, Peeta…

Pero no hay respuesta.

Aquí en la Plaza, aguantan la respiración. Se siente la tristeza. En el Capitolio chillan desgarradoramente y gritan histéricamente que no muera, que los quieren, que no pueden separarlos, que tienen que hacer algo. Exigen la presencia del Vigilante en Jefe, Seneca Crane, y la del mismo presidente Snow. Vemos una movilización extraña de protesta entre los propios ciudadanos contra Los Juegos del Hambre. Si no fuera porque mis ojos lo están presenciando, no lo creería.

El miedo se aprisiona en el silencio. No puedo hablar, no me puedo mover, ni siquiera puedo pestañear, me cuesta respirar. Quiero correr, huir, escapar y esconderme de estas personas, de mi familia, de los Mellark… de lo que siento. Mis piernas son como gelatina. Golpeo con fuerza el suelo, pero ni el estridente sonido de mis rodillas al impactarse me hace reaccionar. Sólo puedo quedarme hincada, cubriendo mi boca con mis manos, ahogar los sollozos, el llanto, el lamento, el dolor; apretar mi estómago con los codos para luchar contra las fatídicas emociones.

Esos días en los que solía observar su sonrisa y su cálida mirada han terminado. Ya no habrá pequeñas bromas ni anécdotas para contar. Ya no existirá la alegría que desbordaba en el Desfile; su presencia se opaca.

Siento el peso del dolor presionar la poca esperanza que aún queda en mi memoria. Recuerdo un día lluvioso ver al Chico del Pan lanzándome dos panes y su mejilla roja; compitiendo en el colegio y riendo con sus amigos; en el mercado llevando la harina y atendiendo a la gente en el mostrador de la panadería; lo vi casi morir una vez por una infección y lo veo morir ahora… Recuerdo esos silencios y miradas furtivas con las que siempre nos comunicábamos.

Me lamento por no haberme acercado a él cuando tuve la oportunidad, de no haberle dado las gracias y de perderlo ahora que lo conozco.

Bum.

Cierro los ojos fuertemente.

Bum.

— ¡Damas y caballeros, me llena de orgullo presentarles a…!

Tapo mis oídos ahogando el grito lleno de excitación de Claudius Templesmith.

Bum.

Siento unos brazos rodear mis hombros.

Bum.

Escucho a la gente gritar.

Bum.

Alguien trata de apartar mis manos de mis orejas pero me resisto.

Bum.

Escucho aplausos y festejos.

Bum.

Pero a mí no me importa nada más.

Bum.

Prim está a salvo.

Bum.

Pero él no.

Bum.

Peeta Mellark, Tributo del Distrito 12, dieciséis años, panadero, luchador, amigo, hermano, hijo, ha ganado Los Septuagésimo Cuartos Juegos del Hambre de una forma inusual: cediéndole la victoria a alguien más.

Mintió, engañó, mató, luchó, lloró; fue fuerte y débil, alegre y triste, valiente y cobarde, aliado y compañero, traidor y leal; hombre y niño a la vez.

Y nadie cuidó de él.

Y, aun así, ganó y perdió.

Bum.

Y la victoria sabe a derrota.

Los gritos histéricos de Prim son los que me hacen salir de mi breve pero doloroso letargo.

Abro los ojos y clavo mi vista en la pantalla, sin emoción alguna, sólo para ver a mi pequeña hermana tratando de reanimar a Peeta con desesperación. Hace presión en su pecho, pega su oído a éste y vuelve a hacer presión… una y otra, y otra, y otra vez mientras le ruega que despierte.

Los brazos que me rodean, me levantan como si fuera una simple muñeca. No pongo resistencia.

Dos aerodeslizadores se materializan en el estadio

Prim sigue intentando, fallidamente, reanimar a Peeta.

Una escalera surge de los aerodeslizadores. En una, baja Cinna, el estilista de Prim; en la otra Haymitch.

Mi hermana voltea a verlos con terror y se aferra al cuerpo inerte de Peeta.

— ¡No! ¡No! ¡No! —grita como loca cuando Haymitch se acerca a ella.

Pero el Mentor la ignora por completo.

—Hazte a un lado, Prim —gruñe Haymitch, jalándola de la cintura pero es como si Prim hubiera desarrollado una fuerza descomunal. No puede apartarla de Peeta; se aferra a él con dolor.

— ¡No! ¡Vete! ¡Déjame! ¡Déjanos en paz! —grita fúrica.

Cinna se acerca y ayuda a Haymitch. Jalan a Prim hasta que logran arrancarla del Chico del Pan, llevándose parte de la playera de éste.

El estilista la arrastra lejos entre gritos desesperados, arañazos, puñetazos, patadas, mordidas, parece un animal salvaje y rabioso peleando por regresar con él.

La desconozco. Esa fiera que está ahí, atacando a su estilista, no es mi frágil hermana. No es aquella niña asustadiza que salió cosechada; aquella que se despertaba en las noches a causa de las pesadillas por el miedo de ir a Los Juegos; no es aquella débil criatura que juré proteger; no es quien nunca se atrevería a dañar a nadie ni aunque su vida estuviese en peligro…

Estoy viendo el resultado de cuando eres expuesto al terror, a la barbarie y a la indiferencia.

Veo con miedo que las personas, muy en el fondo, somos así y sólo hace falta empujarte al límite para sacar el monstruo que todos llevamos dentro.

Es una lástima ver cómo te obligan a perder la niñez, comprender que ya no se puede volver a la inocencia y que te tienes que convertir en un adulto a marchas forzadas.

Pero… ¿te conviertes en adulto o en una bestia?

Porque sólo nosotros soportamos ver morir a nuestros seres queridos sin mover un solo dedo; porque sólo los que están del otro lado de la pantalla, en el Capitolio, disfrutan la muerte de los de su misma especie. Porque por mucho que reniegue de ellos, en el fondo somos iguales. Porque festejamos la muerte de unos y lloramos la muerte de otros. Porque somos hipócritas y egocéntricos y egoístas y ruines en diferente posición.

Porque si de algo estoy segura, es que somos peores que bestias.

Y no sé en qué tipo de bestia herida se convertirá Prim cuando regrese.

—Tranquila, todo estará bien —me susurra una voz desconocida.

Me doy cuenta que estoy temblando, llorando sin parar y soltando dolorosos jadeos. Pero me sorprende más darme cuenta ver que la voz y los brazos desconocidos que me sostienen son del panadero.

¿Cómo puede hablarme con tanta paz cuando su hijo acaba de morir? ¿Cómo puede la gente estar festejando, tanto aquí como en el Capitolio? ¿Cómo pueden mi madre y Gale alegrarse por la muerte de Peeta hasta el punto de aplaudir, ella con lágrimas en los ojos y él sonriente? ¿Cómo es que los hermanos de Peeta saltan de frenética felicidad y la bruja, por primera vez, sonríe? ¿Acaso solamente yo siento la muerte del Chico del Pan y no me siento feliz por la victoria de Prim? Claro que la extraño, que deseo verla de nuevo y nunca más dejarla ir, pero no puedo demostrarlo.

En el Capitolio vitorean 'Distrito 12', y el júbilo es igual o más grande que aquí.

Regreso mi vista a lo que sucede en el estadio, preparándome para decirle adiós a mi Chico del Pan y ver su pálido rostro por última vez, pero quien palidece soy yo.

Haymitch se echa a Peeta al hombro y camina con prisa hacia la escalera del aerodeslizador; Cinna sigue sosteniendo a mi incontrolable hermana.

—Primrose, tranquilízate —dice el estilista, entre los gritos y empujones que le propina Prim—. Peeta está vivo, ¿me escuchas? Está vivo.

Mi hermanita se queda quieta, viéndolo con los ojos exageradamente abiertos.

—Ganaron, Primrose. Ustedes son los Vencedores.

Pero mi hermana no le cree. No entiende de razones y sigue atacando a Cinna, que bien, o no puede controlarla o no quiere hacerle daño. Prim ve con horror y desesperación como Haymitch se agarra a la escalera y sube hasta desaparecer dentro del aerodeslizador junto con Peeta.

Un frío recorre mi espalda y una sensación cálida me llena el estómago. ¿Vencedores? Eso no puede ser.

Volteo a ver al panadero, quien me regala una enorme sonrisa; veo a Gale quien asiente; veo a mi madre, quien me atrapa en un fuerte abrazo.

—Ganaron, hija. Los dos van a regresar —me susurra.

Pongo atención a mi alrededor y caigo en cuenta que lo que pensé que era un cañonazo, son en realidad los cohetes y fanfarrias de la victoria. Veo a la gente felicitando a los Mellark y a nosotras nos ven con satisfacción. Si no fuera por estos detalles, pensaría que me están mintiendo, pero no, es real.

Y Claudius Templesmith lo confirma:

— ¡Ciudadanos de Panem, han sido testigos una vez más de la generosidad del Capitolio! ¡Me place reiterar que los Vencedores de los Septuagésimo Cuartos Juegos del Hambre son la adorable Primrose Everdeen y el temible Peeta Mellark, Tributos del Distrito 12!

Mi hermanita al escuchar esto deja de pelear, se queda quieta, muda, llora, afloja el cuerpo y se desploma en los brazos de Cinna. Ha perdido la conciencia. El cansancio, la sorpresa y la tranquilidad la derrotaron. El estilista la lleva delicadamente hasta la escalera del otro aerodeslizador, se agarra fuertemente y suben. Desaparecen y sé que todo ha terminado.

La gente en la Plaza vuelve a festejar, a gritar, aplaudir, reír, brincar. Lo mismo pasa en el Círculo de la Ciudad.

Los dos son Vencedores. Los dos están vivos. Los dos van a regresar.

Y me uno a la felicidad.

Rio y lloro y me pregunto qué es lo que va a pasar.

...

...

...

...

...

[Por ahí, entre los Distritos más oprimidos por tantas décadas, en la parte más vulnerable de Panem, la agitación que se construyó paulatinamente, casi sin ser conscientes de ello, comienza a hervir, amenazando con explotar.

Se necesitó de la inocente creencia de que aún hay personas buenas en el mundo de una pequeña sanadora y la peligrosa valentía de un joven panadero; de la lealtad, cariño, fuerza y sacrificio de ambos para darse cuenta que no todo está perdido.

Que a pesar de que el mundo ha librado tantas guerras, unas por tierras, otras por poder y unas cuantas más por gloria, trayendo consigo traiciones, homicidios, rebeliones y genocidios, comenzar una guerra más con el estandarte del amor y la libertad es una causa mucho más noble que las anteriores.

Porque vale la pena luchar.

Porque vale la pena intentarlo.

Porque vale la pena morir.

Porque es una necesidad casi biológica cortar los hilos que los aprisionan y dejar de ser una marioneta más.

Porque hay un punto en la historia, como sociedad o simplemente como individuos, en el que se puede desear cualquier cosa, excepto continuar pagando por los errores y la codicia de otros.

Porque esta vez no hay marcha atrás: Los Septuagésimo Cuartos Juegos del Hambre han terminado y la Revolución ha comenzado.]


Antes que todo, quisiera pedir una disculpa por no haber podido plasmar claramente lo que en mi cabeza era mejor. En mí defensa, lo hice lo mejor que pude y con mucho cariño.

Ahora sí. Como ya se habrán dado cuenta, sí vendrá una continuación. No sé cuándo, tampoco es que me tardé meses, pero prefiero no decir una fecha exacta ni aproximada porque detesto quedar mal. Pero espero que en cuento salga, nos volvamos a encontrar.

Y bien, ¿les gustó? ¿faltó? ¿sobró? ¿apesto? ¿merezco morir lenta y agónicamente por los mutos? DDDDDDD:

Amaia93, Robstar, Dannie, Katri, Cecy, Katniss bella luz, Pauli, Destacado117, Alexa-Ángel, Mary Mellark, Neo GS, Rose Malfoy (Wow! Enorme tu review. Adoré cada letra, palabra, frase, tilde, coma, paréntesis, punto y coma, punto y aparte y punto final. Todo. Traté de reflejar precisamente eso, el que los humanos somos más que un cuerpo; somos ilusiones, sueños, tragedias, triunfos, ideologías, más que algo físico. No somos buenos ni malos, las circunstancias son las que nos hacen actuar de diferente manera. Respecto a lo de PrimxPeeta, creo que ambos tienen que evolucionar, en todos sentidos, después de Los Juegos, conocerse y reconocerse. Sabemos que se quieren, que ya no pueden estar el uno sin el otro pero también que él está enamorado de Katniss. Debe conocerla, tratar con ella y, aunque suene feo, comparar lo que tendría con ella y lo que tendría con Prim. Valorar las dos caras de una moneda y saber si puede amar lo inocente de una, o prefiere amar a lo roto de la otra; y claro, sin olvidar su participación en la Revolución y su postura a ésta. Muchas cosas van a pasar y preferiría que lo descubrieran con el paso del tiempo), Montse Mellark, ShaPer, Zintialamorena, Isperit Llop, KoyikuBetts, LuisaAndrea, Alenapo, , Frida, Guest: Gracias, en verdad, muchísimas gracias por sus comentarios, son la mejor paga que puedo recibir.

A todos aquellos que me leyeron y no comentaron, también les agradezco infinitamente.

Gracias a todos y cada uno por su tiempo, por detenerse a leer este fic. Gracias a aquellos que siguieron esta historia desde un principio; a quienes se unieron conforme avanzaba y a los que se unirán (de ser el caso).

Si alguien tiene alguna duda, comentario, queja, reclamo, ganas de apedrearme o de tirarme a los mutos, favor de hacérmelo saber, ya sea por este medio, por mail, por Facebook, whatsapp, señales de humo, un cuervo o paloma mensajera (déjenme la forma de contactarlos), ya saben, tienen la total libertad de hacerlo. Yo no reprimo a nadie.

Besos, abrazos y una mano amiga o un hombro donde llorar, les ofrezco a todos.

Hasta pronto... Y que la suerte esté siempre, siempre, de su parte.

ñ_ñ.