Los personajes y Majisuka Gakuen pertenece a sus determinados creadores.


Era la última oportunidad. La última de poder vencer a Maeda sin tener que intervenir.

Era un sacrificio que estaba dispuesta a correr con tal de salvaguardar el nombre ya maltrecho del grupo más fuerte de toda Majisuka Gakuen, el Rappapa.

Todavía resonaban en su cabeza las palabras que le dijo a la chica antes de traerla a ésta parte de la escuela.

-Torigoya, sos la única que queda.- Sado se detuvo justo frente a su compañera, Kojima Haruna, mejor conocida como Torigoya.

-Gekikara fue vencida, no? Entonces es imposible para mí. Además, yo no soy la más fuerte de las Four Heavenly Queens. Ya lo sabes, Sado…- la chica respondió titubeante, sabiendo de antemano lo que le esperaba. Si no quedaban más que ella y Sado por vencer, entonces…

-Si, es imposible…en tu condición actual… - la mayor se inclinó hacia delante y la acorraló contra la pared, agachándose hasta quedar a la misma altura que Torigoya. Su mano acarició la mejilla ajena, y en tono bajo y autoritario, dijo las palabras que más temía la cuarta reina.- Asustada, Torigoya?

Y ahora, ahí estaban. Solo se escuchaba el ruido de las gallinas y los gritos desesperados de Torigoya, pidiendo por su ayuda.

-Sado! Sado, ayudame! Sado! Por favor, ayudame! Sado! – su voz, generalmente de un tono inocente y despistado, mostraba una desesperación casi histérica. Movía la puerta con la esperanza de que el candado puesto por su superior se soltara y pudiera alejarse de esas horribles criaturas que tanto la espantaban.

Una sonrisa de autosuficiencia se formó en los labios de Sado al escuchar aquel llamado. Disfrutaba el causarle dolor a los demás, no por nada su apodo, pero esta vez algo le molestaba, algo no le dejaba disfrutar de la situación tanto como hubiera querido.

De repente, silencio. Ni los animales, ni las sacudidas de la reja, ni los gritos. Nada. Toda señal de satisfacción desaparecieron de su rostro.

- "Qué está pasando?"-pensó, despegándose de la pared en donde estaba apoyada con gran rapidez.

- Torigoya? Torigoya!? –sus llamados iban subiendo de volumen a medida que su preocupación se acrecentaba.

-"Qué hice? Qué tal si la lastime haciendo esto?" –su mente funcionaba a mil por hora, intentando encontrar explicaciones a lo que estaba pasando. –"Si Yuko-san se entera que intente liberarla sin su permiso y algo malo le pasó, me va a comer viva… No, si le llega a pasar algo por mi culpa… Yo…"

Abrió lo más rápido que pudo el alambrado que cerraba aquel pequeño gallinero. No había nada, absolutamente nada dentro.

- Torigoya? – volvió a preguntar, buscando por cada rincón como si su vida dependiera de ello. Y quizás, así era.

Una pluma. Varias plumas comenzaron a caer a su alrededor, como si hubieran desplumado a un pollo.

- Okaeri… - una muy conocida voz resonó en su espalda, sintiendo el aliento de la chica justo en su nuca. Un escalofrío recorrió su espina al escucharla reir. Era una mala señal.

Ahora se daba cuenta que haber liberado el lado psíquico e incontrolable de la chica no había sido una buena idea.

Fue una medida desesperada por encontrar una solución rápida. Pero a pesar de saber que tendría que atenerse a las consecuencias de sus actos de ahora en más, el nudo en el pecho que sintió minutos atrás desapareció y sonrió con los labios apretados.

-Ahora si, Maeda. Vas a sufrir… - su sonrisa se ensanchó, pero no fue por saber que quizás podrían por fin ganarle a su contrincante, sino por otra razón.