Los personajes don de Naoko Takeuchi

La historia es de Anne McAllister

Yo, solo me divierto xp


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CAPITULO 1

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La puerta de atrás se cerro de golpe, despertando a Artemis Moon que estaba durmiendo la siesta en el salón. Parpadeo, miro el reloj y frunció el ceño, al oír que alguien atravesaba la cocina y se encaminaba hacia donde él estaba.

- Has venido un poco pronto a comer – dijo él cuando Darién Chiba apareció – ¿O es que se me ha parado el reloj?

- No he venido a comer – dijo Darién. Llevaba las manos metidas en los bolsillos y andaba cabizbajo de un lado a otro. Al llegar al final de la habitación se detuvo y se volvió –. Ella ha vuelto.

- Ella – repitió Artemis con interés. No era una pregunta. Sabía bien a quien se refería.

Para Darién no existía ninguna otra mujer en el universo que no fuera Serena Tsukino. Claro que jamás lo habría admitido explícitamente delante de Artemis ni de nadie.

Artemis suspiro y agito la cabeza.

Darién mal interpreto el gesto y le aclaro quien era ella.

- Serena – dijo.

- ¡Ah! – respondió Artemis, tratando de fingir que era una información novedosa –. Qué bien.

Darién se tensó y continuó dando vueltas de un lado a otro de la habitación.

- Pensé que estabas deseando que llegara – dijo el anciano.

Darién frunció el ceño y no contestó.

Pero lo cierto era que todos los días desde la partida de Serena le había preguntado a Artemis por ella y su familia nada más llegar de trabajar de la tienda o de entrenar a caballo.

Todos los Tsukino se habían ido a Hawai hacía diez días a la boda de la hermana de Serena, Lita, con Andrew Furuhata.

- Seguro que te alegras mucho de verla – dijo Artemis.

- Me alegraría si no hiciera tonterías.

- ¿A que te refieres? ¿No habrá montado ningún escándalo en la boda? – pregunto Artemis.

Todo el mundo sabía que Serena había estado encaprichada con Andrew Furuhata, un vaquero convertido en estrella de cine, que no la había correspondido con su mismo entusiasmo y que había acabado convirtiéndose en el marido de su hermana.

- Pero, ¿se ha comportado como era debido o no?

- Supongo que sí – respondió Darién.

- ¿No habrá vuelto a perseguir a Seiya Kou? – preguntó Artemis.

Seiya Kou la había dejado diez años atrás, cuando ella tenía veinte.

Aquel rechazo había dejado una profunda herida en Serena y le había provocado una desconfianza total en los hombres.

Después de aquello, había llenado su vida con videos y revistas y se había pasado diez años soñando con Andrew Furuhata.

Desde que Seiya la había abandonado, no había tenido ni una sola cita. No hasta que en febrero había decidido ir a una subasta benéfica a pujar por Andrew.

Artemis esperaba que aquel nuevo sueño fallido no la hubiera llevado a pensar en Seiya otra vez.

- No.

- Entonces, ¿cuál es el problema? No me digas que ya están peleando otra vez.

No era secreto que Serena y Darién no se llevaban bien. Por supuesto, era Serena la que no congeniaba con Darién, pues siempre lo había considerado el causante de su ruptura con Seiya.

«Darién es el modelo de Seiya» había dicho ella desde el principio, dando a entender que este seguía los preceptos que aquel imponía y que no eran los mejores.

Y no andaba totalmente desencaminada, porque, en cuestión de mujeres, Darién no había sido precisamente, un ejemplo a seguir.

Sin embargo, en los últimos meses, Artemis había notado un cambio en los hábitos de su empleado pues siempre volvía a casa, nunca lo hacia borracho, y no se llevaba ninguna chica.

Era fiel a Serena aunque ella no lo supiera.

Pero Darién no era el tipo de hombre que podía dejar adivinar sus sentimientos.

- ¡Siempre están igual! – dijo Artemis agitando la cabeza de un lado a otro –. Solo la has visto unos minutos esta mañana y ya han discutido. ¿Qué es lo que te ha hecho enfadar esta vez?

- Se va.

- ¿Qué?

- Lo que has oído. ¡Se va! – dijo Darién con una mezcla de rabia y angustia. Soltó el sombrero con ira sobre la mesa y se sonó los nudillos.

- ¿Qué quieres decir? ¿A dónde se va?

- ¿Te acuerdas de aquel crucero para solteros que hizo?

Claro que lo recordaba. Después de su fallido encuentro con Andrew, había decidido superarlo marchándose en un viaje.

- ¿Para que necesita irse a un crucero de esos? – pregunto Darién sin parar de moverse de un lado a otro.

- Eso, ¿para qué, cuando tiene aquí a un tipo que la quiere? – murmuro Artemis.

Darién se detuvo de golpe. Se volvió hacia Artemis y lo miró fijamente.

- ¿De qué demonios estás hablando?

Artemis no se acobardó.

- A mí me resulta obvio y patente.

Darién se tensó, pero no trató de negar la evidencia. Dio una patada al aire y farfulló entre dientes.

- Es lo más estúpido que se puede hacer.

- ¿Te refieres al crucero o a estar enamorado de Serena? – pregunto Artemis con una sonrisa.

- ¿Tu que piensas? – respondió Darién.

- Pues que esos cruceros deben de ser carísimos y que me parece una tontería que se vaya.

- Se lo puede permitir si la contratan.

- ¿Contratarla?

- Eso es lo que ha venido a decirme esta mañana. Que se iba dentro de una semana. Ha conseguido un trabajo en un crucero – Darién se puso a imitar a Serena – «Ya no voy a molestarte más en una buena temporada».

Dio un puñetazo sobre la mesa para puntualizar la ultima parte y a Artemis no le gusto el efecto que ese sobresalto tenía sobre su corazón. Pero, sobre todo, le preocupaba ver a Darién así, pues nunca sabía como iba a reaccionar o qué se propondría hacer. A pesar de sus noventa y un años, Artemis recordaba perfectamente la intensa emoción que se sentía cuando se amaba a una mujer y cómo era una fuerza capaz de hacer que un hombre cometiera todo tipo de estupideces. Él también había hecho todo aquel tipo de cosas en su momento.

Aquel era uno de los motivos que lo habían empujado a contratar a Darién, después de haber sufrido un ataque al corazón. Quería darle una oportunidad.

Pues, aunque Serena tenía su propio negocio, una peluquería en la que, además, se daban masajes terapéuticos, y donde Mimet, su sobrina, alquilaba videos, muchas mañanas iba a la tienda a ayudar a Artemis.

Así era Serena, una muchacha amable y generosa que siempre pensaba en los demás, capaz de ayudar a un hombre mayor que la necesitaba.

Al darse cuenta de que a Darién le gustaba Serena, había decidido colaborar un poco, dándoles ocasión de estar juntos.

Darién se había hecho cargo de la tienda durante el tiempo que Artemis había pasado en el hospital. A su regreso, el anciano había actuado como si estuviera más débil de lo que estaba, para instarlos a que continuaran colaborando en la tienda y así darles tiempo de que se encontraran definitivamente.

Pero eso no había ocurrido.

Eran demasiado cabezotas. Por un lado, Serena insistía en ver a Darién como el mismo muchacho que era a los veintitrés años, y él se negaba a admitir abiertamente lo que sentía por ella.

Llevaban ya cinco meses trabajando juntos y las cosas iban de mal en peor.

Quizás, aquel nuevo trabajo haría reaccionar a Darién de una vez por todas, y lo empujaría a decir lo que tenía que decir para evitar que ella se marchara.

- ¿Y bien? – le pregunto Artemis – ¿Que vas a hacer al respecto?

Darién agarró su sombrero y se lo puso bruscamente.

- Me voy a emborrachar – dijo furioso – Y a buscarme otra chica.

Se dio media vuelta y salió dando un portazo.

Artemis suspiró y agitó la cabeza. La juventud no sabía sacarle partido a la vida.

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Serena Tsukino recordaba que había estado desde niña prendada de la idea de enamorarse y casarse. De pequeña siempre jugaba a ser una esposa y una madre, mientas que sus hermanas, Lita y Amy, jugaban a los vaqueros y a los médicos.

Tenía que admitir que, cuando a los diecinueve años se comprometió con Seiya Kou lo hizo más por ese deseo obsesivo que porque realmente lo amara, o él la amara a ella.

Se había sentido totalmente desolada cuando la había abandonado, pues todas sus esperanzas y sueños se habían desmoronado. Se había visto como una necia, aún peor, como una fracasada. Pues, a ojos de Serena, el rechazo de Seiya había sido un público reconocimiento de que no era una mujer capaz de satisfacer a un hombre.

- Lo que tienes que hacer es conocer a otros – le había dicho su hermana Amy.

- Mejores que ese – había sido la opinión de Lita.

- Lo que te ha ocurrido es como cuando te caes de un caballo – había dicho Artemis Moon –. Enseguida tienes que levantarte y volver a montar.

- Ya encontrarás al hombre adecuado algún día, no te preocupes – la había animado su madre.

Pero Serena ni siquiera quería buscar a alguien. Ya se había sentido humillada una vez. Había confiado en Seiya, le había entregado su corazón y él lo había tirado a la basura.

No obstante, y a pesar de su promesa de no volver a confiar en un hombre jamás, sus sueños de amor y matrimonio no habían muerto. Y, aunque había desistido de intentarlo con hombres reales, había sucumbido a los hombres de sus fantasías.

Ese era el caso de Andrew Furuhata.

Andrew era exactamente el caballero de sus sueños: guapo, fuerte, valiente, decidido, listo y sexy.

Y, sobre todo, no suponía un peligro.

Lo había visto siempre en el cine o en la televisión, había leído sobre él en revistas, y se había permitido imaginar lo que sería estar casada con él. Carecía de peligro alguno, pues era inalcanzable.

Hasta que Seiya decidió asistir a Elmer a la gran subasta benéfica de los vaqueros de Great Montana para salvar el rancho de Setsuna Meio.

En ese momento, el mundo de los sueños colisionó con el mundo real, pues lo que hasta entonces solo había sido una fantasía, podía convertirse en realidad. Durante semanas antes de la subasta se había sentido atormentada por la posibilidad y el reto que suponía. Y, mientras peleaba con aquellas sensaciones, llegó a darse cuenta de lo vacía que estaba su vida.

Podría haber olvidado aquel sentimiento, de no ser por Darién Chiba. Porque podía ignorarse a sí misma, pero le resultaba imposible ignorarlo a él.

¡Nadie podía ignorar a Darién Chiba!

Era demasiado vital, demasiado intenso, demasiado… demasiado todo. Recordaba con toda claridad como, desde niña, nunca había dejado de estar presente en su vida, llamando su atención. Y tenía que reconocer que era fascinante, más grande, más fuerte, más rudo que todos los demás.

Pero a diferencia de sus hermanas, Serena jamás se había sentido cómoda en compañía de los vaqueros. Por eso, le había gustado Seiya, porque no era tan brusco, era mucho más suave, más gentil.

Pero Seiya la había rechazado.

¡Y había sido por culpa de Darién Chiba!

Aquel verano, al regresar del rodeo Wilsall, Seiya le había dicho que, hablando con Darién, había decidido viajar un poco con su amigo antes de atarse a ella.

Al principio, Serena no se había preocupado. Le había parecido una buena experiencia.

- No te dejes llevar demasiado por Darién – le había advertido.

Y Seiya le había respondido con una carcajada:

- No te preocupes.

Pero si tuvo de que preocuparse cuando dos meses después y quince minutos antes de la ceremonia de su boda, Seiya no apareció.

- Dice que todavía no está preparado – le había dicho Darién.

- ¿Qué quiere decir con eso de que «no está preparado»?

- La verdad… la verdad es que dice que no puede hacerlo. Que tiene aun muchos sitios que visitar, cosas que experimentar, que ver…

Serena se había quedado sin palabras.

Incrédula, se había quedado con la mirada fija en el teléfono, mientras cien personas esperaban a la puerta de la iglesia.

Su madre llevaba varios minutos llamándola, diciéndole que colgara de una vez y bajara. Su padre miraba sonriente a su hija.

Pero ella no le había devuelto la sonrisa, se había limitado a mirar el teléfono, escuchando a Darién Chiba.

- ¡Por favor Serena, di algo!

- Es una mentira – había contestado ella, convencida de que Darién podía tomarse un matrimonio a broma. Así era Darién.

- No Serena – le había dicho él en un tono definitivo – no es una mentira. Seiya no va a ir, no quiere casarse. Cancela la boda.

Mortificada, había colgado y había hecho exactamente lo que Darién le había indicado, cancelar la boda.

Pero una rabia indomable se había despertado dentro de ella contra él, por su impaciencia, por no haber dicho ni tan siquiera «lo siento».

¿Por qué había de haberlo hecho? Estaba segura de que Darién Chiba pensaba que era una perdedora, alguien que no valía la pena, y había acabado por convencer a Seiya.

¡Él había influido en su prometido!

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Serena todavía le guardaba rencor y, no solo por aquello, sino porque cada vez que lo miraba se acordaba de su fracaso.

Ella no era la persona que había querido ser. Se había convertido en una buena mujer de negocios, pues tenía el único salón de belleza de Elmer, y una tienda de alquiler de videos. Trabajaba como voluntaria en la biblioteca, era la tía de seis sobrinas y un sobrino, y la persona que Sid, el gato, quería con pasión.

Pero no tenia novia, ni marido, ni hijos. No era ni madre ni esposa.

La habían rechazado, y cada vez que veía a Darién Chiba se acordaba de eso.

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Durante los últimos diez años no habían tenido mucho contacto, pues los vaqueros como él no se acercaban a los salones de belleza.

A veces pasaba todo un año sin que lo hubiera visto.

Por supuesto que sabía de él, de cómo iba en los rodeos. No era un campeón nato, como Noah Tannet, pero había logrado llegar a varias finales nacionales y aquella temporada iba a ir a Las Vegas.

- Darién dice que este es su año – le dijo la hermana de él, Hotaru, un día en la peluquería –. Si gana en Las Vegas, quizás se retire y vuelva a la ciudad.

La idea de encontrarse a Darién Chiba todos los días de por vida le provocaba una desagradable taquicardia.

- Puede que ya esté preparado para asentarse, encontrar una buena mujer y tener un montón de hijos.

Un inesperado sonido gutural se le había escapado a Serena de la boca. Hotaru la había mirado y había sonreído malévolamente.

- Quizás lo mande para acá.

- No, gracias – había sido la respuesta de Serena.

- Pero en el pasado solía gustarte – le recordó Hotaru. Aquel era el problema de vivir en un lugar pequeño toda la vida. La gente se acordaba de todas las estupideces que alguien hacia o decía. Y, mucho tiempo atrás, cuando estaba en sexto curso, Serena había dicho que le hermano de Hotaru era atractivo.

- Tengo mejor gusto que entonces – había contestado Serena bruscamente.

Hotaru se había lanzado, de inmediato, a la defensa de su hermano.

- ¡Pero no esta tan mal!

- No estoy interesada en tu hermano.

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Por si acaso, Serena rezo para que no se convirtiera en el campeón federal de Las Vegas. Al enterarse de que había sufrido un accidente en ese mismo campeonato, se sintió culpable. No había querido que ganara, pero tampoco que terminara en el hospital.

Pero parecía que su destino estaba dispuesto a castigarla por su osadía, pues, Artemis Moon lo había metido a trabajar en su tienda. Aunque, mas bien, había sido una coincidencia milagrosa que Darién se encontrara en la tienda cuando Artemis sufrió un ataque al corazón.

Después de aquello, y aunque ella había insistido en que podía llevar la tienda sola, Artemis insistió en que Darién se quedara.

Dese entonces, había tenido que ver a Darién Chiba todos los días. El contacto con él había sido lo suficientemente enloquecedor como para que acabara decidiendo ir por Andrew.

Serena no había hecho sino soportar las risas, bromas e indirectas de Darién, y no había pasado ni un solo día sin que hubiera hecho algún comentario sobre Andrew Furuhata y ella.

Se había sentido primero incomoda, luego enfadada y luego desesperada.

Pero, según iba acercándose el día de la subasta benéfica, en sus sueños empezaba a aparecer Darién tanto o más que Andrew. Sin duda, era una confusión inconsciente. Darién era guapo, aunque nunca habría sido capaz de admitirlo en alto, era moreno y con los ojos azules, pero también irónico, rudo y demasiado burlón; Andrew en cambio era rubio y de ojos verdes, cálido y dulce, al menos en las películas.

Serena siempre sentía el irrefrenable impulso de lanzarle cosas a la cabeza. Trataba de mantenerse alejada de él, pero eso no significaba que le pasara desapercibido.

Cuando no estaba burlándose de ella, estaba flirteando con las mujeres que entraban en la tienda. Y no solo las locales, sino también con todas las que habían venido a Elmer con motivo de la subasta.

- No vienen por ti – le había dicho ella en una ocasión.

- Yo no estoy en venta – había respondido él.

- Menos mal, porque nadie te compraría.

Darién se había reído, pero Serena no lo había dicho para provocarle ninguna carcajada.

Lo peor es que sabía que no era verdad. De haber subastado a Darién Chiba, estaba segura de que muchas mujeres habrían pujado por él. Tenía cientos de muchachas detrás que querrían quedarse en alguna habitación extra en casa de Artemis solo para estar junto a Darién mientras esperaban al día de la subasta.

Serena había llegado a decir algo sobre su harén.

- ¿Estás celosa? ¿Quieres formar parte de él?

- ¡Jamás compartiré a mi hombre! – le había dicho ella.

- Si es que alguna vez consigues otro – había sido la hiriente respuesta de él. Al ver el gesto de ella, había tratado de poner remedio –. Lo siento.

Pero el impacto de lo que había dicho había sido demasiado fuerte.

Aquel había sido el momento en que Serena había empezado a considerar la posibilidad de pujar por Andrew. Al principio, la idea le había parecido descabellada, pero luego había decidido que necesitaba vivir de verdad.

La fantasía ya no era suficiente para ella.

El día de la subasta se armo de valor y se dirigió hacia allí dispuesta a pujar por él. Invirtió en Andrew hasta el último céntimo que ganó.

A pesar del ataque de pánico que había sufrido, finalmente todo había valido la pena solo por ver la cara de incredulidad de Darién Chiba.

El recuerdo de aquellos momentos aún la hacía sonreír. Había sido tan inesperadamente satisfactorio que la había convertido en una adicta en sorprender a Darién. Quería volver a hacerlo.

Por supuesto, si Andrew se hubiera enamorado de ella, Darién sí que se habría quedado totalmente boquiabierto. Pero eso no ocurrió.

No fue en absoluto un problema, porque ella descubrió que tampoco estaba enamorada de él. Al menos no como su hermana Lita, a la que Andrew correspondía con igual intensidad.

Pero, al verlos, había decidido que ella también quería ese tipo de amor, así es que había decidido seguir buscando.

En abril, había contratado un viaje en un crucero para solteros, y la experiencia había sido plenamente satisfactoria, y con la ventaja añadida de que había dejado a Darién sorprendido una vez más.

En el crucero había conocido a mucha gente, a muchos hombres, fundamentalmente, y había aprendido a no ponerse tan nerviosa con ellos. Claro que Darién seguía siendo la excepción. Había albergado la esperanza de que el crucero la hubiera curado de eso también, pero no lo había hecho.

Al regresar, se había encontrado también que, lejos de desaparecer de su vida, parecía más decidido que nunca a establecerse en Elmer.

- Artemis me ha pedido que me quede en su casa – le dijo él –. Como el rancho de Jedite y Hotaru es un poco pequeño, he decidido hacerlo mientras me construyo la mía.

¡Su casa! Eso significaba que estaba dispuesto a asentarse, tal y como Hotaru había dicho. Él mismo se lo había confirmado e incluso, le había dejado caer que tenia a una determinada mujer en mente. Pero no estaña dispuesto a decirle quién.

Serena no podía adivinar de quien se trataba, pues cada vez lo veía con una mujer diferente, especialmente, durante la subasta.

La perspectiva de una continua presencia de Darién había sido lo que la había decidido a solicitar trabajo en un crucero.

Tenía treinta años y quería una vida, un marido e hijos. Aceptar un empleo así era un modo como cualquier otro de hacer que eso sucediera.

Al regresar de la boda de Lita y Andrew, se había encontrado con una carta en la que le informaban de que había sido admitida. La sola idea de irse la aterro. Pero también le dio un enorme placer cuando le dijo a Darién que se marchaba de Elmer.

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Darién debería haberse imaginado que emborracharse no iba a ser la solución a sus problemas y que no iba a ayudarlo a quitarse a Serena Tsukino de la cabeza.

Llevaba un mes fuera y le parecía que había pasado ya un año o diez, o la eternidad.

¡No podía creerse que se hubiera marchado! No había nadie que adorara su casa tanto como ella. Y sin embargo, veinticuatro horas después de regresar de la boda de su hermana, había puesto un cartel de «Ausente por asuntos de negocios» en la puerta de la peluquería y siete días más tarde se había ido.

- ¡Ni siquiera se ha despedido! – había dicho Darién desconcertado al descubrir su partida.

- Porque todavía estabas en la cama – le había dicho Artemis con cierto tono de desaprobación –. Durmiendo la mona.

Era cierto que Darién se había recorrido todos los bares desde Dew Drop hasta The Barrel, en Livingston, tratando de ahogar sus penas en alcohol y buscando una mujer que le interesara más que Serena. Pero había sido un esfuerzo baldío.

- Podrías haberla detenido – le había dicho Artemis.

- Sí, claro, haberle rogado que no se fuera.

- Exactamente – había asegurado Artemis.

Pero Darién jamás habría podido hacer nada así, jamás habría admitido lo que sentía, cuando ella lo trataba como basura.

- Habría parecido un completo idiota.

- ¿Y ahora no?

¡No, claro que no! Solo parecía cansado.

Pero un mes después seguía pareciendo cansado. Y es que era un trabajo agotador tener que salir cada noche y seducir a una mujer, cuando realmente no le apetecía hacerlo.

Artemis estaba disgustado con él y no necesitaba decírselo. Bastaba con que se sentara cada noche en el sillón, con aquel libro Zen que la madre de Serena le había regalado y lo miraba con triste resignación.

- La vida es lo que tú haces de ella – le dijo el viejo aquella noche.

- No me cabe duda de que lo es – respondió Darién exasperado.

- Cada cual es lo que hace – insistió Artemis con el libro sobre su regazo, como una presencia amenazante. Sin duda, aquel era el instigador de semejantes pensamientos.

- ¡Yo estoy haciendo algo!

- Emborracharte y tratar de ligar – aclaro Artemis.

- ¡Hace semanas que ya no me emborracho!

- ¡Demos gracias a Dios por ello! – dijo Artemis en tono piadoso.

- A ti no te hace ningún mal que yo me emborrache.

- Y a ti no te ayuda, ¿verdad?

- ¡Nada me ayuda!

- Eso es patente – respondió Artemis –. Quizás deberías intentar algo diferente.

- ¿Cómo qué? – dijo Darién en un tono beligerante y miro el libro –. Supongo que esa cosa tiene todas las respuestas.

- Podríamos decir que sí.

- ¿Por ejemplo?

Artemis encogió los hombros.

- A donde vayas, ahí estarás – Darién lo miro confuso – Si no vas, pues nunca llegaras.

Darién lo miro confuso.

- Yo no me he movido de aquí.

- Eso no es totalmente cierto – murmuró Artemis –. Solo que a veces eres tan ciego que no ves. ¿Amas a Serena Tsukino?

- Bueno, yo…

- Amas a Serena Tuskino – afirmo el viejo –. Llevas más de un mes intentando olvidarla: trabajas, te emborrachas, buscas otras mujeres. Eso no te ha hecho ningún bien. Y, ¿ha funcionado?

- Bueno, la verdad…

- No ha funcionado – Artemis respondió a su propia pregunta –. Así que tienes que intentar otra cosa. Algo para convencerla de que la amas.

Darién abrió la boca para protestar pero la cerró de nuevo.

No veía el modo de llevar a cabo nada semejante, y menos aun teniéndola tan lejos.

Además, confesarle a una mujer que la amaba era muy arriesgado. Implicaba decir cosas que él nunca había dicho, y menos aun a la única mujer que tenía todo el derecho del mundo a odiarlo.

- Pero, claro, eres un cobarde – murmuró Artemis.

Darién apretó los dientes y respondió rápidamente.

- De acuerdo, oigamos lo que tienes que decir. ¿Qué proverbio Zen me vas a dar ahora?

- Nada de proverbios Zen – dijo Artemis –. Puro sentido común. «Si la montaña no va a Mahoma, Mahoma ira a la montaña» que en nuestro caso sería: «Si el barco no viene a ti, ve tu al barco».

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Hola =)

Bueno, espero les guste esta nueva adaptacion, saludos =D