Los personajes son de Naoko Takeuchi

La historia es de Anne McAllister

Yo, solo me divierti :D


CAPITULO 10

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- No va a presentarse en la iglesia, ¿sabes? – le dijo Darién a Artemis desde la puerta del dormitorio al llegar a casa, mientras el anciano se disponía a meterse a la cama.

Tenía que preparar a Artemis. No podía permitir que se vistiera por la mañana, fuera con él a la iglesia y esperara ver aparecer a Serena, cuando no iba a hacerlo.

- No se va a casar conmigo, Artemis.

Artemis se volvió hacia él.

- ¿No?

Darién negó con la cabeza.

- Me temo que no – dibujo una sonrisa triste.

Artemis sabía lo que significaba.

- Tú la quieres.

Darién tragó saliva.

- Siempre la he querido. Pero ella… creo que… ya no sé. Quizás no me ama realmente.

Le resultaba realmente difícil decir aquello, doloroso, agónico.

- ¿Qué vas a hacer? – le preguntó Artemis.

- ¿No me vas a decir tú?

Artemis sonrió ligeramente.

- Creo que esta lección te toca aprenderla solo.

- Pero, ¿Qué voy a hacer si no aparece mañana? – no podía soportar la idea.

- Déjame que te cuente una pequeña historia.

Artemis se sentó en la cama y Darién en la mecedora, mientras se preguntaba si sería alguna parábola Zen la que estaba a punto de escuchar. Daba igual. Cualquier cosa podría valerle.

- Hace mucho tiempo – dijo Artemis – cuando yo era más joven que tú, conocí a la chica de mis sueños.

¿Así que no iba a ser ninguna parábola Zen? ¿Iba a contarle una historia personal? ¿Su historia con Maudi?

- Yo trabajaba como vaquero en el estado de Washington – comenzó a decir Artemis –. En el rancho de un tipo llamado Jack Carew. Tenía unas dos mil vacas, una interminable extensión de terreno y la hija más hermosa que puedas imaginar.

- ¿Maudi?

Artemis no respondió y continúo con su historia.

- Me enamore de ella. Pero yo no era más que un peón trabajando en el rancho de su padre. No tenía ningún atractivo especial.

- Excepto tu maravillosa personalidad – dijo Darién.

Artemis levantó la cabeza.

- Bueno, sí. Y eso fue suficiente para encandilarla. Tuvimos… tuvimos un romance – el hombre se ruborizo – Quiero decir que ocurrió algo entre nosotros. Yo iba en serio y le pedí que se casara conmigo.

Darién asintió. Y vivieron felices para siempre durante cincuenta y tantos años. ¿Qué tenía que ver toda aquella historia con la de Serena?

- Ella me dijo que sí, pero su padre se negó. Me dijo que yo no podría darle todo lo que ella se merecía.

- Supongo que lo mandaste al infierno – dijo Darién.

Artemis hizo una mueca inesperada.

- No. No pude hacerlo, porque tenía razón.

- Pero…

El viejo se encogió de hombros.

- La tenía. Ella lo tenía todo, incluso había ido a la universidad. Su padre tenía razón al decir que estaba perdiendo el tiempo conmigo.

- No sabía que Maudi hubiera ido a la universidad.

Artemis respondió un tanto impaciente.

- ¿Quieres dejar de hablar y escucharme? No estoy hablando de Maudi.

Darién se quedo boquiabierto. Miro a Artemis como si fuera la primera vez que lo veía. ¿De quién estaba hablando entonces?

- A ella le daba lo mismo lo que yo tuviera, así me lo dijo. Me aseguro que me quería y me rogó que le creyera. Pero yo no la creí. Estaba convencido de que su padre tenía la razón. Tenía que tenerla si era tan listo y había conseguido tantas cosas en su vida. Ella quería que nos escapáramos juntos, decía que no necesitábamos a nadie si nos teníamos el uno al otro. Pero no la creí. No quería volver a hacerle daño, así que me marché de allí y volví a Elmer sin decírselo – dejo escapar en suspiro –. Un par de años más tarde me casé con Maudi.

Darién lo miro tratando de entender lo que quería contarle con aquel relato, pero no lo entendía.

- Yo la quería – dijo Artemis – y ella me quería a mí. Debería haber asumido el riesgo.

- Eso no lo sabes – dijo Darién –. Quizás ese amor no habría durado.

Artemis hizo un gesto extraño.

- Duro – dijo sin más.

Darién agito la cabeza, confuso.

- Pero Maudi y tú…

Artemis suspiró y se paso la mano por el cabello blanco.

- Yo quería a Maudi y le fui fiel, incluso después de que Anna viniera…

- ¿Anna? ¿Ese era su nombre? ¿Y vino a Elmer?

- Me busco y finalmente me encontró – dijo Artemis –. Tardo tres años. Su padre no quería decirle donde estaba. Pero ella fue lo suficientemente cabezota como para encontrarme. Todavía me quería. Y trajo con ella a nuestra hija.

- ¿Hija? ¿Tuviste una…? – Darién estaba cada vez mas anonadado.

- Aún la tengo – lo corrigió Artemis –. Pero ella no lo sabe.

- ¿Pero tú sabes como esta y donde esta?

- Esta aquí, en Elmer – respondió Artemis –. Es Ikuko.

Darién lo miro perplejo.

- ¿Ikuko? ¿La madre de Serena? Entonces, ¿eres realmente el abuelo de Serena?

Artemis asintió.

- Sí.

- ¡Cielo santo! – un millón de preguntas le vinieron a Darién a la cabeza –. Pero, ¿Cómo?

Artemis se encogió de hombros.

- Cuando Anna llego yo ya estaba casado con Maudi. Lo entendió y no quiso hacerle daño a ella. Y yo tampoco. Anna se quedó aquí porque no podría vivir en paz con su padre. Necesitaba un amigo y me tenía a mí. No pude casarme con ella, pero la apoyé en todo lo que pude con Ikuko. Hice el papel del amigo y padre.

Darién recordó entonces a la madre de Ikuko. Había sido profesora en Elmer. Todo el mundo había pensado siempre que era viuda.

Artemis agitó la cabeza.

- Todo podría haber sido diferente si hubiera creído en su amor. Eso es lo que te quiero decir. No necesitas mis consejos. Cuando se encuentra un amor así, uno tiene que hacer lo que estás haciendo tú.

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Después de pasar la noche en The Barrel, Serena no quiso volver a casa. Estaba repleta de gente. Además de Lita y sus hijos, su otra hermana, Ami y su esposo, Richard, iban a llegar con sus trillizos.

- No va a haber boda – insistió Serena.

- Cuando movilizas a unos trillizos no te puedes permitir el lujo de cambiar de planes. Haya boda o no, ellos vienen – dijo Lita.

Algo más tarde, Andrew llegaría en avión desde México.

Era una ocasión para estar juntos que iban a desaprovechar.

Además, jamás se perderían una boda, fuera o no a tener lugar.

Serena decidió irse al motel que había a las afueras de la ciudad.

Encerrada en una habitación fría y deprimente, que encajaba perfectamente con su estado de ánimo, comenzó a pensar por qué se sentía tan mal.

Estaba haciendo lo adecuado.

Pero sabía que también iba a hacerle mucho daño a Darién. Iba a propiciar que le sucediera lo mismo que le sucedió a ella.

Y no quería que él sufriera. Lo amaba. Por eso, precisamente, no debía casarse con él, ¿verdad?

Serena se tumbo en la cama. Estaba confusa. Ya no sabía qué estaba bien y qué estaba mal.

¿A quién estaba protegiendo, a Darién o a si misma?

Durante años habría querido haber podido vengarse de él, haberle hecho quedar como un necio. Pero no le había dado la oportunidad, siempre se había puesto a salvo.

Entonces, ¿Por qué estaba haciendo aquello, quedando como un estúpido delante de todos?

Porque la quería de verdad.

Serena miro al techo y dejó que las palabras calaran bien hondo dentro de ella, hasta llegarle al corazón. Las había oído antes, de sus labios además. Pero no se las había creído, no había entendido la vulnerable que lo hacían, ni había sido capaz de ver la profundidad de sus sentimientos.

La amaba.

Eso significaba que confiaba en ella y no solo durante un mes o dos, sino durante el resto de su vida. Darién veía algo en ella que ni ella misma veía.

Tenía razón. No tenía nada que ver con Neherenia. Aquello era solo de ellos dos, era algo profundo, distinto, basado en el amor, en la confianza mutua.

Serena se dio cuenta de que Darién lo había visto y creía en ello. La pregunta era si ella también.

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- Estamos realmente guapos – dijo Artemis, mirando a Darién, perfectamente compuesto, pero totalmente pálido y entristecido.

Ambos estaban esperando en la habitación trasera de la iglesia.

Darién empezaba a sentirse enfermo. Se arrepentía de haber llegado a aquel extremo, de haber tratado de forzar las cosas de aquel modo. Debería haber esperado, haber sido persuasivo. Pero no, se había comportado con su habitual cabezonería e insistencia.

Ya era demasiado tarde. Tenía que salir allí fuera y enfrentarse a su vergüenza. Porque Serena no iba a presentarse.

Se había encontrado a Lita hacia unos minutos y le había dicho que no había visto a Serena desde la noche anterior.

- ¿Qué quieres decir? Si vive contigo.

- No volvió a casa después de que nos fuimos de The Barrel – le dijo Lita –. Dijo que necesitaba tiempo a solas. Se fue a un motel, creo, pero no iba con ningún hombre. Son solo nervios, Darién.

Pero él sabía que no era solo eso, que era mucho más. ¡Dios Santo!

La música del órgano comenzó a sonar. Darién, que había estado contando los minutos, ansioso de que llegara aquel momento, deseó en aquel instante que le hubieran dado un par de cientos de horas más.

- Tenemos que salir – dijo Artemis.

Darién sintió ganas de vomitar.

- Artemis, yo…

- Serena es una buena chica – le dijo el viejo –, la mejor. Vamos. Cuanto antes salgamos, antes pasara todo esto.

Darién y Artemis se encaminaron hacia el altar. Con el viejo a su lado, se enfrento a la concurrencia.

La iglesia estaba a rebosar. Recorrió uno a uno los rostros de los invitados. Hasta Neherenia y Gavin estaban allí y también los compañeros de crucero de Serena, ¡incluso Luna Campanella!

El órgano se detuvo. Hubo un pequeño silencio y el párroco salió.

El organista comenzó a tocar Ya está aquí la novia y Darién quiso que se lo tragara el suelo.

Las damas de honor fueron las primeras en entrar, con sus vestidos largos y sus pasos medidos.

Pero, ¿Por qué no paraban la boda si la novia no había llegado? Podrían decir algo, ¿no? ¿O esperaban que fuera él quien lo dijera?

La última del sequito fue Lita, que se movía con paso sereno, acompasado y la barbilla bien alta.

Darién trato de ver si alguien venía detrás. No vio nada, ni siquiera a Andrew, mucho menos a Serena.

Lita llego hasta el altar y miro a Darién fijamente. Él notó cierta tristeza, pero su barbilla seguía alta y firme.

El organista siguió tocando y tocando, pero nadie más aparecía en escena. La congregación comenzó a murmurar. Miraban a Darién y al fondo de la iglesia alternadamente.

Y, de pronto… ¡allí estaba ella!

Iba con el pelo revuelto y tenía las mejillas encendidas. Llevaba unos vaqueros y un suéter, pero iba del brazo de un Andrew perfectamente compuesto por un chaqué. Se acercaban apresuradamente.

Los murmullos crecieron. El párroco tosió. Artemis carraspeó. Lita y sus hijas se reían calladamente.

- Se me pincho una llanta una vez superada mi crisis – le dijo a Darién –. Pero aquí estoy, lista para ser tu esposa.

- Soy todo tuyo – dijo él tomándola de la mano.

El sacerdote asintió, sonrió y comenzó la ceremonia.

- Queridos feligreses, estamos aquí congregados…

Fue una boda inolvidable.

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Se habían olvidado de planear una luna de miel.

- No fui capaz de pensar en todo – le explico Darién una vez de vuelta en casa de Lita, después de la boda.

La fiesta había terminado y todos los invitados se habían marchado ya.

- Menos mal que te había dejado casi todo organizado – dijo ella.

- Sí, antes de que decidieras abandonarme – dijo Darién.

- Bueno, ahora ya estoy aquí y soy tuya.

- Pruébalo – dijo él.

- Lo hare cuando lleguemos a la cabaña.

Taiki, un viejo amigo de Darién, les había ofrecido su casa en la montaña para pasar unos días a solas.

- Pues vayámonos ya – le rogo Darién.

- Tengo que hacer una pequeña maleta y cambiarme de ropa.

- ¡Pero si estás bien así! – le aseguro él.

Serena aun llevaba los vaqueros con los que se había casado.

- Tardare solo un minuto – Serena subió las escaleras.

Darién se quedo en la cocina esperando y rememorando cómo había sido la boda. Todavía tenía impresa en las pupilas la imagen de Serena encaminándose hacia él tal y como era. El vestido no importaba, los artificios no eran necesarios. Lo único que importaba era el amor que sentía por él.

El sonido de unos pasos descendiendo por la escalera lo sacaron de su ensimismamiento y lo obligaron a darse la vuelta.

La visión que lo iluminó lo dejó boquiabierto.

Allí estaba ella, bajando con su vestido de novia, con aquellos metros y metros de tela descendiendo escalón por escalón. Estaba increíblemente hermosa y absolutamente inapropiada.

Darién sonrió.

- ¿Qué demonios estás haciendo? ¡Si nos vamos a perder en medio de la montaña!

Serena se encogió de hombros.

- Lo sé. Pero no podía quedarme sin estrenar el vestido. Además, todos los hombres necesitan un reto en su noche de bodas para saber valorar más lo que tienen.

- ¿Un reto?

Serena sonrió sugerente y seductora.

- Si, cuarenta o cincuenta botones que tendrás que desabrochar, ¿impaciente?

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FIN


Y bueno, llegamos al final de esta historia, muchisimas gracias por leerla y por cada uno de sus mensajes, espero que les haya gustado igual que mi, mil gracias de nuevo, hasta la proxima :D