N/A: ¡Buenas a todo el mundo! Aquí estoy dando de nuevo la lata al fandom con esta historia. Creo que ha decidido salir de mi cabeza por fin por el enorme estrés/tensión que está acumulando mi cuerpo en aras del capítulo 298. ¿¡Por qué diablos tarda tantísimo en salir!?

Bueno (carraspea), a lo que íbamos. Lo cierto es que hace bastante tiempo que estoy dándole vueltas a la cabeza a este AU, y al final me he decidido a cometer la mayor locura de mi vida, que anteriormente nunca había tenido éxito... ¡Llevar dos historias largas a la vez! Por que sí, queridos/as lectores/as, este fic va para largo. Pido perdón de antemano por si tardo en publicar este o mi otro fic, Engaged, pero no tengo intenciones de abandonarlos a ninguno de los dos. ¡Tranquilidad!

¿Qué más puedo decir? Está ambientado en un mundo fantástico e imaginario, como podréis comprobar conforme vayáis avanzando. Estará más centrado en el NaLu que otra cosa en el ámbito romántico - no todo va a ser romance, chicas -, pero también desarrollaré otras parejas (GaLe, Gruvia, Gerza...) Y... no mucho más xD Comentarios abajo. Se acepta cualquier tipo de crítica, de verdad que sí, mientras sea respetuosa. Si no te gusta mi historia, no te gusta, y estaré encantada de leer el por qué para intentar mejorar.

¡Un besazo muy grande y espero que sea de vuestro agrado!

Disclaimer: Fairy Tail y sus personajes no me pertenecen. Son propiedad de Hiro Mashima, que va a provocar que a todos nos de un paro cardíaco, y esta es una actividad que realizo sin ánimo de lucro.


Capítulo uno.

El mundo era negro y gris al principio, o al menos eso dicen las Crónicas de Meiar, nuestro Dios todopoderoso e inmortal. Se trataba de la Era Oscura. No había personas sobre la faz de la tierra, tan sólo animales salvajes, criaturas terribles como demonios y magos oscuros, y seres tan ambiguos como eran los poderosos dragones. Nadie sabe ciencia cierta cómo surgieron todas estas formas de vida, pero dicen los sacerdotes que ya estaban aquí antes de todos los tiempos. Antes incluso que nuestro Dios, el cual llegó a este mundo para poner el orden, junto a sus hermanos, Masul y Mireia.

Cuentan que un día turbio, como todos los que les habían precedido, tres formas todopoderosas aparecieron de la nada. Éstas eran Meiar, Masul y Mireia, La Trinidad, quienes habían posado los ojos sobre nuestro mundo, y ayudados de lo mejor de su ejército, aquellos que llamamos Las Doce Estrellas Estelares, erradicaron el mal, llevándose la oscuridad, haciendo a los animales dóciles, al igual que a los magos benignos. Los demonios fueron desterrados a unas islas más allá de nuestro continente, y los dragones tuvieron permiso para morar en paz, siempre que no hiciesen daño. Aquel conflicto fue conocido como la Gran Guerra.

Entonces aparecieron los humanos, los cuales brotaron, se dice, de la semilla de dos flores que emergieron de la tierra, llegando a esparcirse por todo el mundo. Así, nuestra especie se reprodujo más rápidamente que ninguna otra con la bendición de La Trinidad. Fuimos prósperos y amados por nuestros dioses, quienes nos erigieron como sus favoritos. Pero los dragones, envidiosos de tanto reconocimiento, comenzaron a arrasar ciudades, naciones enteras. Fue entonces cuando Masul y Mireia se sacrificaron para crear un conjuro tan poderoso que consiguió hacer que todos y cada uno de los dragones del mundo quedasen sellados en una forma humana.

Nunca más después…

Unos golpes sonaron con contundencia en el cristal de su ventana. Tan metida estaba en la lectura de aquel libro que cuando los escuchó pegó un bote tremendo sobre el asiento de su escritorio, haciendo que su melena rubia cayese sobre sus hombros, ya que el recogido que la había tenido sujeta se desprendió ante el brusco movimiento. Dejó sobre la mesa el grueso tomo que había estado hojeando una vez más. Estaba forrado con piel rojiza, con el título grabado, además de en la tapa delantera, en el lomo, con letras doradas. Rezaba 'Historias y leyendas de Fiore y todo el mundo de más allá', y nunca, jamás, podría cansarse de leerlo. Debía de ser, sin lugar a dudas, su libro preferido.

Giró el rostro y se topó con la enorme sonrisa que empezaba a hacerse habitual en su vida. Al otro lado había un muchacho de su edad que parecía estar flotando, saludándole con la mano e indicándole que le dejase pasar. Ella arrastró la silla con fuerza para poder levantarse mientras se sujetaba los bajos de su largo vestido de color azul, buscando no tropezarse al dirigirse hacia el otro extremo de su extensa habitación. Se subió de rodillas al pequeño escaloncito acolchado que había bajo la ventana y la abrió, haciéndose a un lado para que el joven, de una elegante pirueta, pudiese acceder al interior. Tras él apareció un pequeño gato azul con alas que voló hasta posarse sobre la cabeza del muchacho.

—¡Aye! —exclamó, alzando su patita—. ¡Lucy ha tardado en abrirnos! ¡No quería vernos hoy, Natsu!

El mencionado pareció creerle, porque le miró, sorprendido.

—¿¡De verdad!?

—¡No seas idiota, cabeza hueca! —espetó ella, apretando los puños y cerrando la entrada por la que habían accedido. Se atusó el flequillo tras echar las cortinas para que nadie pudiese verles desde fuera—. No entiendo porqué siempre le das más crédito a Happy que a mí.

—Porque no me mentiría —repuso inocentemente.

—¿¡Y yo sí!?

—¡Aye!

—¡Ush! —Se dirigió a paso rápido a la puerta, asegurándose que no había nadie al otro lado que pudiese escucharles. Luego regresó a su escritorio y tomó asiento, intentando calmarse un poco. Ese maldito gato siempre terminaba poniéndole de los nervios.

—Yo no he querido decir eso, Lucy —se excusó el muchacho—. Pero sí que has tardado.

—Natsu, por favor, no han sido ni dos minutos. No seas quejica. Podría haberos ignorado completamente y ya veis que no ha sido así.

—¡Ya sabía yo que Lucy no podía no querer vernos!

El muchacho sonrió abiertamente, como siempre, haciendo que el enfado se le pasase de golpe. Cualquier cosa dejaba de tener importancia cuando lo hacía, no sabía por qué. Ella misma acabó contagiada y le devolvió la mueca, algo más tranquila. Happy voló hacia su regazo para quedarse allí, acurrucado. Natsu tomó asiento en el suelo, frente a ella, sin dejar de mirarla un solo instante. Apoyó los codos en las rodillas para que las manos pudiesen sujetar su rostro con comodidad. Parecía aguardar algo, impaciente. Lucy sabía perfectamente lo que era, pero se hizo de rogar un poco más.

—¿Y bien? ¿Qué queréis?

—¡Otra historia de Lucy! —dijo el gato moviendo la cola en sus piernas. Se giró para poder mirarla al rostro y la chica comenzó a acariciarle la tripa, haciéndole reír.

—No os cansáis nunca, ¿verdad? —suspiró—. ¿No estabais buscando a alguien importante, Natsu?

El chico frunció el ceño, un poco pensativo. Parecía darle vueltas a una idea que llevaba varios días paseándole por la cabeza.

—Pero si nos vamos, no podremos verte nunca más. —Su voz sonó tan tierna que Lucy sintió que el corazón se reblandecía un poco más. Podía llegar a ser tan adorable, a veces.

Lo cierto es que la tristeza también le golpeó en ese momento. No hacía mucho tiempo que un agotado Happy había dejado caer a Natsu en mitad del enorme jardín que rodeaba el castillo en el que llevaba viviendo con su padre toda la vida, justo por donde había estado ella paseando una tarde fresca, como la que se avecinaba aquel día. Preocupada por su estado, ya que una caída tan alta no podía ser buena, se había aproximado a su cuerpo, invadida también por una gran curiosidad. Nunca había visto a otras personas que no fuesen los sirvientes que habitaban con ella y su padre, de modo que resultaba una oportunidad magnífica, estupenda, para corroborar todo lo que había leído acerca del mundo exterior. Ese que nunca había podido visitar por permanecer aislada y lejos de todos. Lo que no había esperado, desde luego, había sido toparse con Natsu.

Al principio su desconcierto con respecto a él y su gatuno amigo habían sido tan grandes que incluso se había asustado de ellos dos. ¿Todas las personas eran así de extrañas? Comían, chillaban decían cosas sin sentido, no tenían ningún tipo de respeto por la intimidad. Aún así, sus historias de lo que había más allá de las murallas de su hogar la deslumbraron completamente, y quiso oír más y más de ellas. Permanecieron en su habitación, escondidos de la vista de todos, hasta que salieron las estrellas, momento en el que se marcharon a través de la ventana para desaparecer. Lucy se había quedado observando cómo las figuras de Happy y Natsu se perdían en el horizonte oscuro, temiendo que no volviesen nunca más. A fin de cuentas, le habían dicho que tenían cosas muy importantes que hacer, puesto que estaban buscando a alguien. Además, no tenían ningún motivo para regresar. Ella no era más que una desconocida.

Sin embargo, al día siguiente, llegando el ocaso, unos nudillos golpearon la ventana de sus aposentos. Al otro lado aparecieron nuevamente los dos, dispuestos a compartir anécdotas, sus vidas y cuentos. De ese modo, desde hacía casi tres semanas ya, Natsu y Happy aparecían cada noche para hablar con Lucy. Ella les narraba y leía libros de historia. Ellos le contaban cosas del mundo exterior. Se habían convertido en sus primeros amigos. Sus únicos amigos, más allá de las paredes de su habitación. Ahora la idea de perderles le golpeaba en la nuca y le dejaba un sabor agridulce en la boca. Siendo egoísta, por supuesto que no quería que se marchasen. Disfrutaba con su compañía, con sus aventuras. Con sus caras de ilusión, de asombro y horror cuando les contaba cuentos antiguos. Incluso cuando le ponían de los nervios con sus estupideces manifiestas, insultándole o no acordándose bien de su nombre, como había sucedido durante las tres primeras visitas. Pero no podía pedirles que se quedasen allí eternamente, varados en medio de un bosque oscuro en un castillo viejo que se caía a pedazos sólo por hacerle compañía. No se merecían eso.

—¿Lucy? —preguntó el gato, extrañado. Su voz le trajo de nuevo al mundo y le acarició tras las orejas, sonriéndole.

—No es nada. Y bien, ¿qué queréis escuchar hoy?

—¡Una historia sobre un pez gigante! —dijo Happy.

—… No hay historias sobre peces gigantes —respondió la chica, algo más acostumbradas a las extravagancias del animal—. Prueba con otra cosa.

—… ¿Una historia sobre dos cangrejos gigantes?

—Cangrejos… —La voz de Natsu se escuchó leve. Parecía que la idea le resultaba de lo más tentadora. No sólo por la expresión placentera de su rostro, claro estaba.

—¡Happy, deja de decir tonterías! Y Natsu, quita esa cara de idiota, por favor.

Natsu se echó a reír escandalosamente, y Lucy tuvo que recordarle que no hiciese ruido si no quería que su padre subiese a su habitación a ver qué estaba sucediendo. Ella misma lo había hecho algunas veces para que su progenitor le prestase algo de atención cuando era más pequeña, pero hacía año que había decidido que aislarse era lo mejor que podía llevar a cabo.

—¿Qué tal si nos cuentas una historia de dragones, Lucy?

—Siempre quieres dragones, Natsu.

El chico alzó los hombros. La muchacha suspiró, dejando a Happy sobre la mesa para levantarse. Se dirigió hacia una de las muchas estanterías que tenía y alzó el brazo para coger un libro muy similar al que había estado leyendo antes de la llegada de sus amigos. Regresó a su asiento — el felino se aseguró de tomar buena cuenta de sus piernas otra vez —, abrió el libro y lo hojeó rápidamente, buscando qué capítulo no le había leído a estas alturas. Realmente no quedaban demasiados. Natsu y Happy esperaron pacientemente, hasta que Lucy lanzó un pequeño sonido de asentimiento y se recolocó en su silla.

—Aquí tengo una que no te he contado aún —carraspeó para aclarar su voz. El gato, al ver que iba a comenzar, bajó de su regazo y se sentó en el de Natsu, que lo acogió con cariño—. Es la historia de Salamander y Mireia.

—¿Salamander? ¡Ese es mi sobrenombre!

El muchacho le había explicado que se lo habían puesto porque era un mago de fuego muy especial. No habían encontrado a nadie igual en todo Fiore. La idea le había entusiasmado tantísimo cuando se lo había dicho la primera vez — Dioses… ¡Un mago! — que el pobre Natsu se había visto obligado a narrarle todo lo que sabía sobre su origen mágico y en lo que había desembocado. Al parecer, su padre también lo había sido. Su madre, por otro lado, era de origen humano. Por eso resultaba alguien tan especial.

—Pues tiene un origen histórico, como puedes ver. Ahora si estás calladito te lo contaré.

No hizo falta decir más. Lucy sonrió y respiró profundamente antes de empezar.

—"Cuentan los sacerdotes que hace mucho, mucho tiempo, después de la Gran Guerra, Mireia gastaba largos ratos paseando por los bosques verdes de Fiore, pues aseguraba que no había lugar más hermoso en todo el mundo. Masul no la acompañaba siempre, pues tenía grandes asuntos que atender junto con Meiar, controlando a los demonios y asegurándose de que los humanos estuviesen a buen recaudo, pues eran aún jóvenes e inexpertos en la vida.

Un día de esos en los que caminaba sola, Mireia se topó con que había algo que interrumpía su paseo. O alguien, más bien dicho. Se trataba de un enorme dragón de escamas rojizas, casi parduzcas, durmiendo en medio de la senda como si estuviese en su hogar, de lo que, probablemente, se tratase. Desde las luchas no había visto a alguien de su especie, así que Mireia, curiosa como era, se aproximó y permaneció junto a él todo el tiempo, fascinada por el color de su cuerpo y lo cálido que era, incluso a una distancia prudencial.

El dragón pronto aspiró su aroma y supo que había alguien junto a él, de modo que se puso en guardia y abrió los ojos. La diosa intuyó que probablemente la reconocería nada más verla, así que decidió apelar al lado bondadoso que sabía tenían todos los de su especie. A fin de cuentas, les habían dejado campar en libertad siempre y cuando no causasen más destrucción. Pero lo curioso fue que la criatura no parecía saber quién estaba frente a él, y eso hizo que se sintiese indignada. ¡Sus hermanos y ella habían desterrado el mal del mundo! ¿¡Cómo podía no ponerle nombre a su rostro!? Algo furiosa, le espetó que le dejase pasar, pero el dragón se negó. Eso sólo la enfureció todavía más. ¿¡Cómo osaba hacerlo!? A pesar de su insistencia, no se apartaba bajo ninguna circunstancia. Cansada, claudicó y tomó asiento a su lado. Minutos después la cola de la criatura le rodeó el cuerpo sin llegar a tocarla, y al mirar hacia su enorme rostro picudo, se topó con que le estaba sonriendo. Le guió con los ojos hacia el pequeño sendero que había dejado apartando un poco su cabeza. Mireia bufó, se levantó sin decir nada y se marchó.

Sin embargo, al día siguiente se encontró a sí misma regresando al lugar donde se había encontrado con el dragón. Ahí estaba, tumbado y somnoliento. Si bien en esa ocasión lo que hizo fue sentarse directamente a su lado y permanecer allí hasta que se fue la luz del cielo. Repitió esa rutina siempre que podía. Muchas veces, incluso se escapaba de los brazos de su querido hermano para poder ver al dragón, con quien había comenzado a forjar una curiosa amistad. Como su nombre no era pronunciable para otras razas, le llamó Salamander, porque, según ella, se veía como una salamandra de fuego."

De pronto se escucharon unos golpes en la puerta de madera, haciendo que todos se sobresaltasen. Lucy lo primero que hizo fue patear a Natsu y Happy para que se escondiesen debajo de su cama o cualquier otro lugar donde quedar ocultos, antes de que la voz grave de su padre sonase al otro lado, solicitando — o quizás más bien comandando — entrar. La muchacha dejó el libro sobre el escritorio, se peinó la melena, tomó aire y se dirigió a la entrada para no dejar esperando a su progenitor durante más tiempo. No era una buena idea. El hombre entró como una exhalación en el lugar, observándolo detenidamente, como si intuyese que había alguien que no debía estar en los aposentos de su única hija. Ella simplemente se hizo notar con un leve golpe de voz.

—¿Querías algo, padre?

—He escuchado voces.

—Eso es imposible. Yo…

—¡Sé perfectamente lo que he oído, Lucy!

Jude Heartphilia nunca había sido demasiado amigable con ella. Siempre manteniendo las distancias e intentando pasar el menor tiempo posible juntos. Lucy había pensado muchísimas veces que en realidad no la quería nada, pero precisamente por eso no podía entender por qué la retenía en esa estúpida torre dentro de aquel mugriento castillo abandonado de la mano de todos. No podía decir que lo odiase pero no sentía el mayor de los afectos por él, desde luego.

—Te repito —dijo, poniéndose muy seria—, que es imposible, padre. ¿Cómo pretendes que haya entrado alguien aquí? ¿Volando? —bromeó, intentando quitarle yerro al asunto—. Sabes perfectamente que no se puede. Simplemente —alzó el libro— estaba leyendo en voz alta.

—¿Y para qué ibas a hacer eso?

—Estoy sola. —Fue la única respuesta que le dio.

En ese momento, sólo durante un instante, le pareció que los ojos de su padre brillaban llenos de tristeza y compasión. Relajó el cuerpo y aflojó los puños, introduciéndolos en los bolsillos de su túnica marrón. Se acercó a la ventana para mirar al otro lado, perdiéndose en el inmenso mar de árboles que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Suspiró sonoramente.

—No tardes en arreglarte. Pronto estará la cena.

Desapareció tan rápido como había llegado, cerrando de un portazo tras de sí. Cuando hubieron estado solos, Lucy se dejó caer sobre su asiento. Notaba las manos sudorosas y el corazón se le iba a salir por la boca. Muy despacio, vio cómo sus amigos emergían de debajo del colchón, arrancándole una sonrisa, aunque muy leve. Happy se posó sobre su cabeza, murmurando no sé qué cosa de estar encerrado, mientras que Natsu parecía divertido por aquel episodio. Qué irresponsable…

—Bueno, qué, ¿seguimos? —preguntó, ansioso.

La muchacha negó con la cabeza, arrancándole un gemido de decepción a los dos, que empezaron a rogarle "por favor, por favor, queremos seguir escuchándote." Pero Lucy seguía en sus trece. Debía bajar pronto a cenar o su padre se enfadaría todavía más. Y no le apetecía.

—¡Pero nos vamos a quedar sin saber cómo termina!

—Es que no puedo, Natsu. Si mi padre vuelve a escucharnos subirá y si os ve, os matará. Y no quiero que suceda eso.

—¡No va a pasarnos nada, Lucy! Tu padre no nos hará ni un solo rasguño.

—No, Natsu. No te pongas pesado.

—¡Pero Lucy…!

Empezó a empujarles hacia la ventana, a pesar de lo muchísimo que estaban pataleando los dos. Cuando consiguió abrirla y hacer que Natsu y Happy estuviesen flotando al otro lado, no podía creérselo. ¡Había sido lo más parecido a una lucha épica en su vida! Y no sabía si deprimirse por ello o considerarse bastante más fuerte de lo que siempre había pensado que era. Jadeó un poco apoyada en el alféizar, intentando no dejarse ablandar por las miradas tristes que le estaban dedicando esos dos. ¡Malditos chantajistas! Sacó valor de debajo de las piedras y les miró directamente a los ojos.

—Os prometo que mañana os podréis quedar más rato. —Aquello pareció iluminarles la cara—. ¡Pero tenéis que venir antes! ¡Y nada de refunfuñar!

—¡Aye! —dijeron los dos a la vez, arrancándole una sonrisa a la chica.

—¡Anda, volando!

—¡Adiós, Lucy!

Se despidió de los dos agitando con fuerza la mano. Al igual que el primer día, permaneció durante unos segundos con la mirada puesta en la extraña figura que formaban los dos, hasta que desaparecieron entre los árboles más altos del bosque. Ignoraba completamente que, varios pisos más abajo, otro par de ojos había contemplado la partida del muchacho y su gato.

En su despacho, Jude se pasó la mano derecha por los ojos, aún junto a la ventana, apretando los párpados e intentando contenerse. En el fondo siempre había sabido que algo así pasaría. Por mucho que hubiese tenido escondida a su hija toda la vida, tarde o temprano alguien daría con el castillo y entonces comenzarían los problemas. Probablemente no era ni la primera ni la última vez que se colaban en la casa, seguramente uno de esos tantos días que había estado fuera, intentando asegurarse de que nadie encontraba el lugar, y seguirían haciéndolo. Incluso si le prohibía a Lucy verles más. Incluso si doblaba la seguridad y no se marchaba nunca. Ella era idéntica a su madre, y cuando algo se le metía entre ceja y ceja, resultaba prácticamente imposible hacerle cambiar de opinión.

Suspiró, cansado. Ya no tenía edad para esos trotes. No sabía realmente qué actitud tomar. ¿Debía reprenderle o callarse y dejarla hacer? ¿Y si por no actuar se la llevaban y la situación empeoraba hasta cotas insospechadas? Eran demasiados riesgos, demasiadas cosas a tomar en cuenta. Durante más de veinte años había sabido perfectamente cómo actuar en cada situación, pero en ese momento no tenía ni la más remota idea. Si fracasaba en el intento de protegerla, ¿cómo podría mirar a su mujer a los ojos cuando se encontrasen en la otra vida?

«Layla… ¿Qué es lo que debo hacer?»


Era ya noche cerrada, y a pesar de todo, Lucy no podía conciliar el sueño. Demasiadas cosas le rondaban la cabeza. Demasiadas inquietudes. Durante la cena, su padre había estado extrañamente callado, sin comentar ni un momento lo que le había llevado a su habitación antes de la comida. Eso la había inquietado, más que otra cosa, pero tampoco se había atrevido a hacer referencia al tema. Prefería tener un rato de paz y tranquilidad junto a él que no estar discutiendo sobre las consecuencias de permitir que hubiese otras personas, aparte de ellos mismos, pululando por el castillo. También pensaba en Natsu y Happy. Tarde o temprano sería la última vez que les vería marcharse por esa ventana para no volver a aparecer nunca más. Sólo imaginarlo hacía que los ojos se le llenasen de lágrimas que se apresuraba en enjugar. No era nada justo. Ni siquiera sabía por qué tenía que quedarse toda la vida encerrada en aquel lugar, pero era, probablemente, lo que se le auguraba, puesto que Jude nunca había hecho mención alguna de mudarse o si quiera de salir a la luz. De dejarla ver mundo y perderse en sus caminos. Lo poco que sabía del exterior había sido gracias a Natsu y a las cartas que había leído sin permiso del escritorio de su padre.

«¿Cómo puedo seguir viviendo así?»

Se giró de nuevo bajo las pesadas sábanas que la estaban cubriendo. Hacía humedad y algo de frío. Incluso había llovido un poco. Probablemente la tierra debía estar húmeda, oliendo todo fuertemente a hierba fresca. Seguramente a Natsu y Happy les había pillado de pleno, estando ahora empapados y muertos de frío, a no ser que hubiesen encontrado un lugar en el que guarecerse.

Suspiró, incapaz de dormir. Harta de intentarlo en vano, apartó los cobertores y se levantó, dirigiéndose hacia su escritorio. Tomó el libro que les había estado leyendo a los dos tras encender una vela blanca que colocó a su lado. Lo abrió, buscó a toda prisa la página por la que se había quedado para continuar leyendo un poco más. No tardó demasiado en dar con las palabras exactas. Se relamió los labios y se inclinó sobre los brazos cruzados, hundiendo la barbilla en ellos mientras las letras comenzaban a fluir.

"Con el tiempo se hicieron inseparables. Incluso hay quienes afirman que la relación que se llevó a cabo entre los dos fue mucho más estrecha de lo normal. Los menos conservadores aseguran que había un profundo amor entre ambos, si bien los sacerdotes aseguran que algo tan pecaminoso no podía darse con Mireia, pura como era ella.

Pero si no era así, no habría tenido sentido alguno que capitanease a los pocos dragones que decidieron permanecer del lado de los Dioses. De no ser así, no se explicaría la reacción que Salamander tuvo ante la muerte de la Diosa. Se dice que tal fue el dolor que la sobrecogió cuando la encontró muerte ante sí, que su rugido despedazó montañas y secó ríos enteros. Sus lágrimas regaron el Valle de los Caídos y su cuerpo sigue reposando, inerte, sobre la tumba que los hombres les hicieron, como un guardián silencioso y protector."

Lucy se limpió las lágrimas antes de pasar de página para continuar leyendo un poco más. Ya conocía la historia de Salamander, y nunca había conseguido no llorar por ello, puesto que siempre le tocaba el alma. La había leído en varios libros diferentes, y en pocos se hablaba del amor tan grande que había desarrollado por Mireia como en aquel. Los dragones nunca habían respondido ante la autoridad de los Dioses, porque habían aparecido en el mundo mucho antes que ellos, por eso le parecía algo precioso que, aun siendo de razas completamente diferentes, hubiesen podido quererse con tanta intensidad. Se preguntó si algún día ella podría sentir algo semejante, y quién sería la otra persona.

Sus ensoñaciones se vieron quebradas, no obstante, por una sucesión de ruidos que se dieron cerca del estudio de su padre. Con el corazón hecho un puño en el pecho, se quedó mirando la puerta, completamente sobresaltada. Delicadamente, como siempre que se trataba de un libro, cerró el que se había estado leyendo, cogió un batín de color rosa que utilizó para cubrirse el cuerpo, ataviado sólo con un camisón, y sin ponerse calzado alguno, caminó sobre la fría piedra del suelo para abrirse paso por los pasillos hasta el despacho de su progenitor

El sentido común le dictaba el permanecer en la habitación encerrada hasta que todo hubiese pasado, pero tenía un pálpito que le golpeaba en la nuca, diciéndole que algo no iba del todo bien. Si eso era así, no quería encontrarse a la mañana siguiente con una pila de cadáveres ensangrentados, simplemente por haber sido una cobarde incapaz de actuar. Con todo y con eso, le temblaban las piernas, y no precisamente por el frío. Apoyó la mano derecha en la pared, manteniéndola ahí durante todo el trayecto mientras descendía por las escaleras con el pulso acelerado y los pasos inseguros.

Al llegar a la planta de abajo le golpeó la cálida luz a través de las rendijas que dejaba entrever la puerta del despacho. Se mordió el labio inferior mientras avanzaba despacio, cada vez más y más nerviosa. Las ideas le iban y le venían conforme se iba acercando, sin llegar a ninguna conclusión realmente lógica, provocado todo por la adrenalina, que le estaba saturando las venas.

Colocó una de sus pálidas manos sobre la hoja de la doble puerta y la movió un poco hacia el interior, simplemente para poder ver qué estaba sucediendo dentro. En el interior, su padre estaba revolviendo todo lo que había, buscando algo que parecía no encontrar. Nunca le había visto en ese estado, con el pelo revuelto, rojo y sudoroso. Y sobre todo, alterado. Tragó lentamente, buscando retroceder para regresar a su cuarto y encerrarse allí. Pero no tuvo oportunidad de hacerlo.

Unos gritos de puro horror resonaron en todas las habitaciones del castillo, y su primer impulso fue correr a protegerse en los brazos de Jude, quien se mostró claramente sorprendido al verla aparecer tan acelerada y asustada. Lucy, que había estado evitándole prácticamente desde que se habían mudado hacia allí, se enterró en sus brazos, temblorosa y asustada, diciendo incoherencias que no alcanzaba a escuchar. Ni siquiera tuvo que preguntarle qué estaba sucediendo. Fuera, la cocinera y el jardinero estaban chillando. Aquello sólo podía significar una cosa.

—No puede ser. Nos han encontrado…

Las manos de su padre le acariciaron inconscientemente el pelo y la apretaron con fuerza contra su pecho durante apenas unos segundos. Los suficientes como para que Lucy pudiese sentir el calor que años de abandono le habían hecho olvidar por completo. Los ojos de Jude se centraron sobre ella para después fruncir el ceño y lanzarse sobre las estanterías de la biblioteca que tenía allí. Tiró varios libros al suelo de un manotazo, los cuales provocaron un leve estruendo, destacando, por encima de todos, un leve 'clin' metálico. Se lanzó sobre ellos como una fiera y rebuscó hasta extraer un medallón de él. Tenía la forma de un hada que parecía a punto de echarse a bailar. Cuando se puso de pie lo colgó del cuello de Lucy con muchísimo cuidado, apartándole el pelo con suavidad.

—Padre, ¿qué…?

—Tienes que marcharte.

—¿Qué…? ¿De qué estás hablando? Yo no…

—Lucy Heartphilia, por una vez en tu vida, haz el favor de hacerme caso. — Comenzaron a escucharse pasos por todos los pasillos cercanos. Jude palideció—. Detrás del tapiz hay un pasadizo secreto que te dejará al otro lado de la muralla, en pleno bosque. Corre hasta que no puedas más y escóndete. Cuando estés segura, busca a un hombre llamado Makarov y muéstrale el colgante que te he dejado. Ahí estarás a salvo.

—¿A salvo? Pero, ¿de quién? ¿Qué está sucediendo padre? ¿Quién está…?

—Ellos te lo contarán todo. Yo no tengo tiempo. Lo siento mucho, Lucy. Ahora por favor. ¡Vete!

Aterrada, confusa y devastada, la muchacha observó de reojo el medallón del hada antes de volver la mirada sobre los ojos desesperados de su padre. Con las lágrimas amenazando con salir al exterior, le abrazó una vez más con todas sus fuerzas. No fue capaz de percibir que a Jude se le habían escapado un par de lágrimas traicioneras.

—¡Jude Heartphilia, abre ahora mismo en nombre del Rey!

La puerta se abombó hacia el interior después de un sonoro golpetazo que les hizo sobresaltarse a los dos. Se miraron una última vez antes de que Lucy consiguiese las fuerzas suficientes para cumplir la última orden de su progenitor. Corrió hasta llegar al tapiz verde que había junto a la ventana y lo levantó, encontrándose con una pequeña puerta de piedra que no tardó demasiado en abrir, a pesar de que los nervios se la estaban comiendo. Intentó no mirar atrás mientras la atravesaba y se perdía peldaños abajo. Ni siquiera quería escuchar. No quería saber absolutamente nada de lo que estaba dejando atrás, porque si lo averiguaba, no se encontraría con las fuerzas suficientes como para seguir huyendo.

Pronto el único sonido que pudo oír fueron sus propias pisadas sobre la piedra húmeda y fría, además de algunas gotas que al caer repiqueteaban sobre el suelo. El frío la invadía cada vez más. Si continuaba estaba segura de que iba a coger una pulmonía, pero no podía regresar atrás. Continuó bajando y bajando hasta que llegó a un pasillo llano, iluminado por pobres antorchas, que también se le hizo realmente largo. Después se topó con más escaleras que continuaban con la misma escasa luz, sólo que estaba vez tenía que subirlas. Los peldaños se le hicieron el doble de pesados que al bajarlos, a pesar de que había realizado mucho más esfuerzo. Pero estaba tan, tan cansada. Y nunca se acababan.

Fue por eso que, de pronto, todo se le echó encima, cuando quedaban escasos metros por llegar al final, y se echó a llorar, completamente rendida. No sabía qué estaba sucediendo a su alrededor, por qué se había visto abocada a huir sin nada más que un estúpido colgante y sin su padre, quien probablemente habría muerto, como todas las personas que había conocido a lo largo de su vida. Se encontraba completamente sola y sin ni idea de hacia dónde tenía que ir para encontrar a ese tal Makarov.

¡Y además estaba muerta de frío y casi ni se sentía los pies!

Deseó con todas sus fuerzas que Natsu y Happy estuviesen con ella. Seguro que le estarían diciendo estupideces, que todo saldría bien y que estarían con ella para solventar cualquier problema que se les presentase. Pero se encontraba sola. Completa y absolutamente sola.

Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano derecha y continuó ascendiendo, a pesar de que los músculos de las piernas le ardían y parecía que iban a resquebrajarse en dos. No sabía cuánto rato llevaba caminando sin parar, pero su cuerpo no se detenía.

De pronto el techo apareció de la nada, provocando que se golpease la cabeza al intentar seguir subiendo cuando ya no había nada más. Se masajeó la zona del impacto antes de hacer uso de todas sus fuerzas para levantar la puertucha hacia arriba y tirarla al otro lado. El sonido fue hueco al impactar contra la hierba y la tierra húmeda. Le costó un poco salir del agujero, puesto que tenía poca fuerza en los brazos. Cuando lo hizo, cerrando tras de sí, se dejó caer sobre el suelo, respirando de forma agitada. Rodó sobre sí misma para poder levantarse. No veía nada salvo troncos, hojas y ramas.

No tardó demasiado en reparar en el hecho de que estaba fuera de los muros de su casa, aspirando el aire fresco y salvaje. Ese que sólo podía percibir desde el otro lado de las paredes de piedra. Los ruidos del bosque la tomaron desprevenida. El crujir de las ramas y las hojas, el gruñir de los pequeños animalitos y el ulular de las lechuzas. Seguía siendo de noche, sin lugar a dudas, aunque el follaje que la cubría era tan denso que no habría sabido decirlo. En otras circunstancias habría estado tan emocionada que lo único que habría hecho durante un buen rato era saltar, chillar y gritar como una loca. Pero en esos momentos era lo último que se le pasaba por la cabeza, tan apesadumbrada como se sentía.

Tomó aire antes de continuar andando, si bien sus piernas se movían casi por inercia. El castillo no estaba por ninguna parte, de modo que no podía ubicarse. Y aunque lo hubiese visto, ¿de qué habría servido? No había salido nunca de allí. De nuevo los ojos se le inundaron de lágrimas, y presa de la congoja, aceleró el paso, sin saber hacia dónde estaba caminando. Hacia dónde se dirigía.

La oportuna rama sobresaliente de un árbol hizo que se tropezase, cayendo al suelo, abatida. Se encogió sobre sí misma para continuar llorando, herida, sola, hasta que, presa del cansancio físico y emocional, se quedó profundamente dormida. Inconsciente de que un par de pasos se aproximaban hacia donde estaba…