DISCLAIMER: El universo de los Juegos del Hambre no me pertenece, es propiedad de Suzanne Collins.


Me desperté sobresaltada, gritando angustiada, mientras que las sábanas del lecho se enredaban alrededor de mi cuerpo, como si fueran una especie de mortaja que intentara apresarme en el frío mundo de las pesadillas. La estancia estaba oscura cuando abrí los ojos con un gesto casi desesperado, como si esperase encontrarme las imágenes que habían poblado mi sueño. Los había vuelto a ver, a los esqueletos de osos que corrían por la nieve, persiguiendo a los tributos por la arena de los Segundos Juegos del Hambre.

Ya habían pasado casi cinco meses desde que estos finalizaron, pero las pesadillas producidas por mi paso por los mismos no dejaban de producirse una y otra vez, cada noche, desde que regresé al Distrito 12 y ocupé mi nueva casa en la Aldea de los Vencedores.

Casi parecía ayer el día en el que me presenté voluntaria para ir a los Juegos, en sustitución a la desdichada Silvana Goldfield, una chica algo loca, hija de comerciantes, que fue elegida en la cosecha para ir a la arena en calidad de tributo. Su suicidio hizo necesaria la elección de otra chica para ocupar la vacante que esta había dejado, y ahí fue cuando yo precipité el cambio que habría de sufrir mi vida. No iba a negar que por esos días, yo ansiaba ir a los Juegos, pues estaba demasiado trastocada por la muerte de mi hermano durante la rebelión, y la idea de poder desquitar la furia que me corroía por dentro era demasiado atrayente como para que la obviase.

Es curioso pensar que, aunque no me hubiera presentado voluntaria, habría ido a la arena de todas formas. Julius, el Agente de la Paz que vino al Distrito 12 para castigar a la familia de la suicida y para elegir a la nueva tributo, no llegó a leer el nombre de la candidata, pues antes de que lo pronunciara, yo ya me había ofrecido para ir a los Juegos. Pero semanas después, cuando me estaba preparando para mi coronación como vencedora, Hermes, mi estilista, me entregó la papeleta que no fue leída, la cual resultó tener mi nombre escrito.

Aquel trozo de papel aún seguía en mi dormitorio, dentro de unos libros que el Capitolio me había enviado, junto con cosas tales como un piano y demás instrumentos musicales, para que tuviera algo con que pasar mi ahora interminable tiempo libre. Mi madre se había quedado de piedra cuando le enseñé la papeleta no leída, pues para ella mi ofrecimiento como tributo fue un golpe realmente duro, que creo que aún no me ha perdonado del todo.

Las cosas por el Distrito 12, gracias a mi paso por los Juegos, también habían cambiado un poco. Dos semanas después de mi vuelta a casa, llegó un tren procedente desde el Capitolio, cargado a reventar con miles y miles de latas de conservas, de garrafas de aceite, de piezas de carne, de sacos con cereales y trigo, que fueron repartidos entre los habitantes del distrito. Era el conocido como "Día del Paquete", el cual tendría lugar una vez al mes, hasta que llegase nuevamente la cosecha y otros dos chicos de entre doce y dieciocho años tuvieran que venir conmigo al Capitolio. Aquella jornada en la que los niños corrían alegremente por las calles de la ciudad, enseñándose unos a otros los suministros que habían recibido, no podía dejar de pensar en que tal vez, alguno de ellos fuera a viajar conmigo en cuestión de un año, tal vez para no regresar al distrito cuando los juegos tocasen a su término. Aquella idea me hizo sentirme especialmente miserable, tanto, que hasta me costaba responder a los agradecimientos que la gente me daba una y otra vez, por haber conseguido que, durante un año, nadie pasara hambre en el Distrito 12.

Mi propia rutina también había cambiado desde mi regreso. Ya no tenía que salir al bosque a cazar ni a entrenarme, aunque no dejaba de escaparme de vez en cuando al claro donde me había entrenado en los últimos años, lanzando cuchillos una y otra vez contra las mismas dianas que yo misma había tallado en los árboles, intentando acallar las voces del pasado que tiraban de mí hacia la lejana arena, habitada por los fantasmas de los veintitrés tributos que perecieron en ella. Ahora aquel campo de batalla, según me había contado Athenea por teléfono, era un destino turístico para la gente del Capitolio; al parecer se podían visitar las salas de lanzamiento que ocupamos los tributos antes de ser enviados a la arena, se podían recorrer los diferentes sectores del estadio e incluso, pagando algo más, podías participar en reconstrucciones de los hechos, como si hubieras estado allí, como si hubieras sido un tributo.

Pero a pesar de que aun seguía saliendo al bosque, mis visitas ya no eran tan largas como en tiempos fueron, de modo que acababa volviendo a la ciudad, donde solía quedarme un rato en la nueva casa de los Wood, los padres de Jack, el que fuera mi compañero fallecido en la arena. En un principio les propuse que ocuparan una casa de la Aldea de los Vencedores, pero tanto el alcalde como los mismos Wood se negaron a tal cosa, lo cual no fue del todo de mi agrado. No olvidaba que Jack había muerto por salvarme la vida, y ahora estaba en deuda con él, la cual saldaría con su familia, pues el chico ahora se encontraba enterrado en una bonita zona del Distrito, junto con los tributos del 12 que fueron a los Primeros Juegos del Hambre.

Así pues, logré convencer al matrimonio de que me permitieran pagarles una casa en la ciudad, para que así pudieran dejar su mugrienta casita de la Veta, la zona más pobre del distrito. Después de muchas súplicas, pues se negaban a aceptar mi dinero, transigieron en mudarse, pero prometiendo que me devolverían hasta la última moneda que había gastado en su nueva vivienda. Jace Wood, el patriarca de la familia, había montado un negocio de dulces, y lo cierto es que no les iba nada mal. Parecía que la desdichada familia exiliada del Distrito 13 había encontrado algo de prosperidad después de todas las miserias que habían pasado.

Los Wood… aún me despertaba chillando y llorando, rememorando la muerte de Jack en mis sueños. El día en que enterraron su cuerpo, el cual habían limpiado y adecentado en el Capitolio, fui presa de un ataque de ansiedad, y tuvieron que llevarme al herborista para que me diera un tónico para mis nervios. Pero por muchas tisanas y demás soluciones que me recetasen, los recuerdos seguían en mi memoria, y esos no se borraban con nada de lo que hubiera en la herboristería. Dust, que de vez en cuando me visitaba, me propuso en una ocasión enviarme al Capitolio, la ciudad que dirigía nuestro país, Panem, para que me viera alguno de los médicos que había en la misma, con la esperanza de que mi condición mejorase. Pero me negué en rotundo a volver a aquella metrópoli, aún no me encontraba lista para regresar a la ciudad que nos lanzó tan despiadadamente a la arena.

Mas la vuelta, me gustase o no, era inminente. Hoy mismo, tendría que abandonar mi casa de la Aldea de los Vencedores, para volver a subirme en el tren y ser llevada por todos los distritos de Panem, donde me colmarían de placas y de medallas que acabarían cogiendo polvo en el trastero, mientras que las familias de los tributos fallecidos tendrían que encontrarse cara a cara conmigo. Llegaba el momento de mi Gira de la Victoria, estratégicamente situada entre los Juegos, para hacer que el horror que estos dejaban, ya algo olvidados, volviera a refrescarse.

Y lo peor de todo es que aún no estaba preparada para tener que ver a aquellos a cuyos hijos, hermanos, primos o nietos había matado en la arena.


Muy buenas, aquí os dejo el primer capítulo de la continuación de mi fic "Los Segundos Juegos del Hambre". Ya sé que de momento no he avanzado mucho en la trama, pero necesitaba sintetizar lo ocurrido en el anterior fic y de paso, algunos de los cambios más importantes que han tenido lugar en la vida de Chrysta.

¡Nos leemos!