El cumpleaños de Helga.

Capítulo 3

Y pensar que el lunes había empezado tan bien para Arnold.

Era primero de Abril y, como cada año, sabía que tendría que lidiar con las bromas de los demás. (Incluido su propio abuelo)

Siempre las tomaba con calma y normalmente nunca le afectaban, pues Arnold era un chico demasiado comprensivo y tolerante. Pero esta vez en particular las bromas de Helga lo hicieron explotar en un acto irresponsable y desesperado que terminó en severas consecuencias. Fue un pequeño momento de satisfacción por todo un día de tormento. Arnold debía admitirlo: Helga era una maestra para las bromas. Tomar la suya propia y regresársela fingiendo estar ciega, torturarlo todo el día y hacerlo pasar por ese sentimiento de culpa; solamente alguien como Helga.

Gracias a su mejor amigo logró descubrir la treta de su amiga y regresarle un poco de lo que le había hecho pasar.

Al final, todo podía considerarse como un amable empate y regresar a la normalidad. Pero algo no estaba bien.

—Vamos-vamos niños, salgan ya de la alberca por favor —repetía el señor Simmons.

—¿Quiere que traigamos más toallas de la enfermaría señor Simmons? —preguntó Lila mientras ella y Nadine le entregaban los paquetes de toallas que habían ido a buscar.

—No Lila, creo que con estas serán suficientes. Pero gracias por la ayuda.

—No hay problema, es siempre tan divertido ayudar a los demás —dijo Lila con la más amplia de sus sonrisas.

El señor Simmons le devolvió la sonrisa y empezó a repartir las toallas entre los alumnos que ya se encontraban fuera del agua.

—Vamos Helga devuélvemela ya —suplicaba Eugene.

—¿Qué te devuelva qué?

—Mi corona del rey de los tontos.

—¿Qué? Ah sí… esto —dijo mostrando la mencionada corona y manteniéndola en lo alto, lejos del alcance de Eugene.

—Sí esa, devuélvemela por favor Helga.

—No lo sé —dijo Helga pensativa, como si estuviera debatiendo un asunto muy importante—. Bueno, en verdad eres uno de los que más merecen este reconocimiento a la estupidez.

Eugene sonrió inocentemente esperando la entrega de su gorra.

—Por otra parte…

La sonrisa de Eugene desapareció de su rostro.

—No creo que te la merezcas en este día.

—¿Qué? Pero… ¿por qué? ¿Quién se merecería más esta corona que yo?

—¡Ja! ¿y todavía lo preguntas? Pues por supuesto que Ar-nold —contestó burlonamente—. Sólo para comenzar te diré que le dejé el ojo morado, llené de chocolate sus pantalones y lo hice mi esclavo personal por todo el día. ¿Crees poder ganarle a eso?

—Bueno… no. Pero devuélveme la corona, por favor.

—Vamos Helga devuélvesela —dijo un chico tras ellos.

—Vaya-vaya, hablando del rey de Roma —se burló la chica—. ¿Qué se te ofrece Arnoldo?

—Sólo vine a entregarles unas toallas —respondió mientras les ofrecía un par de toallas a ambos—. Y por favor Helga, devuélvele la corona.

—Está bien —gruñó Helga a regañadientes mientras le arrebataba la toalla de las manos—. Pero que te quede claro que no lo hago por ti. Es sólo que, ahora que lo pienso, no creo que le quede a tu cabezota.

Helga le entregó al fin la corona a Eugene, el cual no tardó ni un segundo y se la colocó en el acto.

—¡Mírenme todos! Vuelvo a ser el rey de los in… esperen, ¿qué es esto?

Eugene se llevó las manos a la corona al sentir algo debajo de ella.

—Es crema de maní tonto. ¡Día de los inocentes!

Eugene se alejó tratando inútilmente de quitarse la corona mientras Helga se reía a carcajadas por el éxito de su broma.

—¿En qué momento le pusiste crema de maní en la corona? —preguntó Arnold curioso después de que Helga dejo de reír.

—Secreto de estado metiche. Y ahora, si no te molesta debo ir a secarme.

Helga se dio la media vuelta en direccional baño de chicas.

—No, espera —Arnold tomó por la muñeca a Helga—. Tenemos que hablar.

Helga casi se desmaya por el repentino contacto de sus manos, pero se repuso rápidamente dándose una ligera bofetada mientras aun estaba de espaldas a él.

—¿Y se puede saber de qué cabezón?

—Bueno… ya sabes, sobre lo de hoy.

Arnold no estaba muy seguro del porque estaba teniendo esa conversación con Helga, sin embargo, aun tenía una ligera impresión de culpa o algo parecido, así que pensó que lo mejor que podía hacer era disculparse. Después de todo, quizás la ceguera de Helga fue fingida, pero eso no quitaba el hecho de que arriesgó la salud física de su amiga por una tonta broma.

—Yo eh… quiero pedirte disculpas.

—¿Disculpas?

—Sí, ya sabes, por esa broma. No estuvo bien que te la hiciera, en especial porque lo hice sólo por venganza y no por diversión.

Helga miró fijamente a Arnold. Algo en su mirada suplicante y en sus ropas húmedas la conmovía casi al punto de olvidar todo y decirle que todo fue una cruel broma para pasar más tiempo a su lado… pero no podía hacerlo.

—Disculpa aceptada.

"Disculpa aceptada" ¿eso era todo? Después de tanto tiempo de conocer a Helga… ¿eso era todo? Arnold esperaba que se enojara, le gritara, lo volviera a humillar, incluso que lo golpeara. Pero no, Helga había contestado muy distante y seca, parecía que ni ella estaba convencida de sus palabras. Y Arnold no lo entendía.

—Entonces… ¿estamos a mano? —preguntó Arnold esperando alguna reacción en la rubia.

—Sí, seguro. Creo que ya fue suficiente —soltó en un suspiro y continuó su camino.

Arnold no la detuvo esta vez, sólo la miró partir quedándose con una duda y un sentimiento de culpa aun más grande del que tenía en un principio.

¿Qué era esa sensación? Estaba en todo su derecho de jugarle esa broma a Helga, la ceguera que le ocasionó era fingida y además había logrado regresarle una pequeña parte de lo que le hizo tirándola a la alberca. Entonces… ¿por qué sentía que algo andaba mal?

Helga era una de sus amigas más antiguas, (incluso si ella no quería considerarse su amiga) la conocía desde preescolar y, que él recordase, siempre fue muy complicada de tratar. Una chica que a veces hacia una cosa, a veces decía otra, con una actitud tan vivaz y agresiva que Arnold simplemente no lograba entender. Pero siempre pensaba en lo mejor de ella, que haría lo correcto y se conformaba con saber que estaba bien. Pero esta vez, ¿qué rayos pasaba con ella?, ¿por qué no podía apartarla de su cabeza?


—Viejo, te vez terrible.

La voz de su amigo hizo que Arnold diera un leve respingo y dejara sus pensamientos.

—¿Qué?

—Dije que te vez terrible, tienes la mirada perdida y pareces estar en tu mundo de fantasías de nuevo. ¿Te encuentras bien? —preguntó Gerald.

—sí… eh, digo no… bueno yo no, es sólo que…

—Tranquilo viejo, tómatelo con calma. Respira profundo, cálmate y por favor, sécate primero —le sonrió mientras le extendía una toalla.

Aun estaba empapado. Por haber ayudado a repartirlas Arnold no había tomado una toalla para él, así que tomó la que le ofrecía Gerald y empezó a revolver su alborotada melena contra la toalla.

—Ven viejo, creo que necesitas más ponche para calmarte.

Ambos amigos se dirigieron hacia la mesa de los bocadillos y bebidas, que ahora se encontraba vacía, pues todos sus compañeros estaban secándose, o seguían en la alberca.

—Muy bien Arnold —le dijo Gerald mientras le servía ponche en un vaso—. ¿Me vas a decir qué te sucede?

—No sé si quieras saberlo — le contestó Arnold mientras aceptaba el vaso y le daba un sorbo.

—¡Tonterías! Claro que quiero saberlo. ¡Eres mi mejor amigo! —le reclamó mientras se servía un vaso para él.

—Bueno, es que es… sobre Helga.

—¿Helga? ¡Ah claro, por supuesto! No puedo creer que le dieras su merecido. Esto merece celebrarse.

Gerald alzó su vaso en señal de brindis esperando por su amigo, pero Arnold no acepto.

—No, no es eso.

—¿Entonces?

—No lo sé exactamente. Pero me siento mal por ella.

—¡¿Qué?¡ ¡Estas loco! Arnold, en serio eres increíble. Ella te molesta casi a diario, te arroja bolas de papel, te inventa nuevos sobrenombres e insultos cada semana y hoy no sólo te hizo su lacayo personal por un día, sino también te dejó el ojo morado, manchó tus pantalones, puso goma de mascar en tus zapatos, te dio toques con la caja de dulces, hizo que todos nos riéramos de ti con esa maquina que hace el ruido de un gas, puso salsa picante en tu emparedado y después de todo eso, después de todo lo que te ha hecho, obtienes un pequeño momento de venganza. ¿Y lo único que haces es sentirte mal por ello?

—No es por la venganza, siento que cometí un error.

—¿Un error?

—Sí, como si algo estuviera mal desde antes.

—Déjame entender, ¿quieres decir que te sientes mal por Helga y no por haberle jugado la broma?

—Sí, algo así. ¿Qué crees que sea?

—Ni idea viejo, en lo que a mi respecta diría que ya perdiste un tornillo.

—Muy gracioso Gerald.

—Vamos amigo olvídalo —Gerald le dio un último sorbo a su bebida—. Eres el tipo más bueno y amable que conozco, si hubieras hecho algo malo, ya lo sabrías. Todo esta en tu mente.

—Quizás tengas razón —musitó Arnold.

—Ahora, si me disculpas, esta fiesta casi termina y creo que estoy punto de conseguir una oportunidad con esta Carla.

Gerald se despidió con un ademan de su amigo y se encaminó al otro extremo del gimnasio.

Arnold suspiró y se sentó en la banca más cercana. ¿Tendría razón su amigo, todo estaría en su mente?

—¿Entonces por qué sigo sintiéndome mal por ella? —preguntó al aire en un suspiro.

—Quizás porque la lastimaste.

Arnold pegó un brinco en su asiento. Creyó estar a solas, así que no esperaba respuesta a su pregunta. Miró a su alrededor en busca de la locutora y la encontró un par de sillas atrás de él, semi-oculta por la charola de bocadillos.

—¡Phoebe!

Phoebe tenía el cabello suelto y húmedo, se encontraba sentada secando sus gafas tranquilamente con una franela.

—Hola Arnold —saludó muy cordialmente colocándose las gafas.

—Pero que susto me diste, ¿qué hacías ahí? espera… ¿estabas espiándonos? espera… ¿dijiste que la lastimé?

—Estaba secándome, no, no los estaba espiando y sí, la lastimaste —le respondió con toda la serenidad que la caracterizaba—. Discúlpame, estaba aquí secándome cuando se me resbalaron las gafas debajo de la mesa y mientras las buscaba llegaron tú y Gerald. Así que no pude evitar oír su conversación. ¿Es verdad? ¿Te sientes mal por ella?

—Sí —respondió Arnold bajando la mirada—. ¿Fue mi broma? eso… ¿la lastimó?

—No Arnold, no fue tu broma. Fue lo que le dijiste para que cayera.

—Lo que le dije para que cayera… —repitió Arnold—. ¿Su cumpleaños?

—Sí, así es. Helga (y creo que nadie en esta escuela) no habría caído en tu broma si no es porque le dijiste que era su regalo de cumpleaños.

—Entonces es por eso. La lastimé por darle una falsa alegría.

—Te equivocas, es algo más que eso.

—¿Algo más?

—Sí mira, Helga no es de las personas que esperan con ansias sus cumpleaños, de hecho los aborrece.

—¿Por qué?

—Mira… ¿conoces a sus padres?

—¡Ah! Ya entiendo.

—¿En serio?

—Sí, seguro que su madre debe quemar el pastel, su padre organizar una fiesta terrible y su hermana debe de pasarse todo el día haciéndola enojar con cosas que no le gustan como perfumes o algo por el estilo.

Phoebe meneó lentamente la cabeza de lado a lado.

—Ojala fuese así Arnold.

—¿Ojala? Pues… ¿qué hacen?

—Esa es la pregunta… nada.

¿Nada? Arnold se estremeció y una extraña sensación le recorrió el cuerpo y parecía atorarse en su garganta.

—¿Q-qué quieres decir? e-es decir… que no ¿no le hacen fiesta de cumpleaños o le regalan algo?

—No solo eso Arnold… ni siquiera lo recuerdan. Todos los años creo que solamente tú y yo la felicitamos por su cumpleaños. ¿Ahora lo entiendes? Helga nunca ha tenido una fiesta de cumpleaños o algo por el estilo. Y hoy, cuando le jugaste la broma, ella confió ciegamente en ti porque creyó que serias el único que no se atrevería a usar su cumpleaños para una tontería, el único… que no lo olvidaría.

Arnold se quedó helado, sus ojos, abiertos de par en par, contemplaban a Phoebe, pero no la veían a ella, miraban horrorizados una verdad de tal magnitud que aun no llegaba a entender del todo. Poco a poco su cerebro iba hilando la información y empezaba a comprender la inmensidad del daño que le había hecho.

"Ni siquiera lo recuerdan", "nunca ha tenido una fiesta de cumpleaños" Arnold apenas y podía creerlo. Los padres de Helga no eran los más atentos, pero olvidarla por completo en su cumpleaños le parecía horrendo. Nunca había hecho algo en particular por el cumpleaños de su amiga, suponía que no lo invitaba a sus fiestas de cumpleaños porque lo odiaba o porque sólo eran para chicas; no tenía idea de que era porque nunca había tenido una. Helga era la chica más fuerte que conocía, no solo físicamente, sino también mentalmente. Pero soportar tal abandono año tras año debía ser insoportable. Ahora comprendía su error: no solo le jugó una broma, le recordó una fecha triste, la abandonó un día en que ella confiaba en él, la traiciono y abandonó al mismo tiempo. Ella podría decirle que lo odiaba y alejar a los demás de ella, pero era un ser humano, una persona. Y una persona no debería estar tan sola.

—Mmm… Arnold. ¿Te encuentras bien?

Arnold despertó de sus pensamientos.

—¡Eh! ¿Qué?

—Que si te encuentras bien. ¿O es qué acaso tengo algo en la cara?

—Err… sí, estoy bien —dijo Arnold apartando su mirada al suelo y poniéndose colorado. No se percató que se había quedando mirando a Phoebe mientras pensaba.

Se quedaron en silencio un rato. Phoebe comprendía que lo que le había dicho causó el efecto esperado, así que ya no tenía nada más que hacer y decidió cambiar la conversación.

—Y, ejem… ¿a dónde fue Gerald? Ya se tardó —dijo con un tono casual.

—Dijo que iría con Carla a ver si conseguía una cita o algo así.

—Ah sí, ya recuerdo. Me pregunto que verá en ella.

Arnold arqueo una ceja extrañado.

—E-es decir yo… —tartamudeo Phoebe ruborizándose—. Yo también tengo que irme, Helga me estará buscando.

Dicho esto tomo sus cosas y se dispuso a irse.

—Espera —la llamó Arnold—, quisiera preguntarte una última cosa.

—Sí Arnold, dime.

—Como su amiga, ¿qué crees que deba hacer?

—No lo sé Arnold. Después de cómo te trató yo diría que ya te perdonó. Aunque si lo que quieres es expiar algo culpa, quizás deberías darle un regalo, uno de verdad.

—Gracias, eres una buena amiga.

Phoebe sonrió al cumplido y se dio la media vuelta en rumbo al baño de las chicas.


Arnold miraba por la ventana, las luces de los faroles de la ciudad pasaban cual fugaces estrellas frente a él. Había tratado de hablar con Helga antes de retirarse de la fiesta, pero no la encontró. Sus intentos fueron inútiles pues, como le hizo saber Sheena, Helga se había retirado temprano con Phoebe pues sus padres no iban a pasar por ella. Eso solo lo hizo sentir peor: primero, porque el había sido quien la invitara al baile y segundo, porque le recordó la desatención de sus padres.

—¿Te encuentras bien hombre pequeño? —preguntó el viejo Phill al ver que su nieto tenía la mirada perdida en la ventana del copiloto.

—Sí abuelo, pero me siento mal por Helga.

—¿Quién, tu amiguita con una sola ceja?

—Sí, ella.

—¿Qué pasó? No me digas que de verdad se quedó ciega —preguntó un tanto nervioso.

—No, no es eso. De hecho su ceguera era fingida.

—Je, je, je ¡Lo sabía! Jimmy Kafka me hizo lo mismo.

—Pudiste habérmelo dicho antes —le reclamó Arnold.

—Sí claro, pude haberlo hecho, pero recuerda la regla número cuatro de todo bromista: "nunca le arruines la broma al prójimo"

Arnold le devolvió una mirada de reproche.

—Si eh… pero cuéntame, ¿qué pasó con tu amiguita?

—Bueno, es que… creo que la lastimé. Usé su cumpleaños como anzuelo para que cayera en la broma y me acabo de enterar que nadie recordó su cumpleaños. Además parece ser que de hecho los aborrece, y con lo que le hice tiene razón al hacerlo.

—Pero no puedes culparte Arnold, en el mundo hay mucha gente que no festeja en sus cumpleaños. Yo, por ejemplo, siempre odie los míos.

—¿En serio abuelo? ¿Y por qué, tu familia y amigos lo olvidaban?

—No, al contrario todos se acordaban siempre.

—¿Entonces?

—Pues todos lo recordaban porque la niña Gertie tenía el extraño ritual de molestarme en mis cumpleaños hasta haberme empujado al charco de lodo más grande. Una vez logró que terminara en el establo del viejo señor Resse. Apesté a excremento por una semana.

Arnold le devolvió la mirada de siempre.

—Lo que quiero decir es que no toda la gente es feliz por sus cumpleaños. Las personas los odian, aborrecen e incluso los olvidan. No sólo por cosas malas Arnold, simplemente pasan cosas en la vida que hacen que te vayas distanciando de momentos como ese. Quizás tu amiga no esta acostumbrada a ese tipo de celebración, así que tal vez no le afecte tanto como crees.

—No lo creo abuelo, te digo que siento que la herí. Así que supongo que si le importa.

—Mira Arnold, los cumpleaños son una fecha especial porque es cuando la gente a nuestro alrededor nos recuerda que estamos creciendo y lo importante de celebrarlos es que esa gente este con nosotros. Si de verdad te sientes mal y quieres hacer algo por ella demuéstrale que estas feliz por que esta creciendo, que te importa.

"Demostrarle que me importa" pensó Arnold. No es como si sus amigos no le importaran, a todos los apreciaba y quería por igual. Pero tratándose de Helga no podía acercarse y decir: "Hola amiga me importas mucho" sin arriesgarse a que lo recibiera con un puñetazo en la cara.

Arnold pensó en que podría hacer por Helga durante el resto del viaje y toda la noche, pero no encontraba algo que le pudiera agradar. Sólo veía lo poco que conocía a Helga en realidad. Sabía que Helga no era mala en el fondo, pero nunca se había atrevido a conocerla más de cerca. Por ejemplo: sabía el color favorito de muchos de sus amigos, pero no el de Helga, ¿sería el rosa? También sabía el nombre completo de muchos de sus compañeros de clase, pero no el de Helga ¿qué significaría la G?

Se fue a la cama sin resolver nada y esperando que lo que sea que fuese quizás lo averiguaría al día siguiente.


—¿Estas seguro de que funcionará? —preguntó intrigado este Sid.

—¡Claro! Es una broma infalible. Todo el mundo la hace —le respondió Harold—. Por toda la escuela se habla de las bromas de Helga, necesitamos hacer esta para superarla.

—¿Pero no deberíamos haberla hecho ayer? Me pregunto si hoy también cuenta hacer una broma —intervino Stinky.

—Por supuesto que cuenta. Entonces, ¿quién está conmigo?

—Por supuesto, suena divertido, cuenta conmigo.

—Seguro, esta será la mejor broma de todas.

—Pues entones que así sea, a la salida haremos la mejor broma de todas.

—¿Lo vez Stinky? Al final si lograremos hacer la mejor broma del día de los inocentes.

—Ya lo creo Sid, pero no dejo de pensar que no creo que valga hacerla un día después.


El martes comenzó como un día normal. Los chicos reían y comentaban entre ellos las bromas y aventuras del día anterior. Arnold, por su parte, estuvo atento de Helga, tratando de averiguar algo que le diera una pista de que hacer por ella. Pero la rubia actuaba como siempre: las bolas de papel, los sobrenombres y el sarcasmo estuvieron a la orden del día, lo cual animó un poco a Arnold. Ver a su amiga como siempre demostraba que se encontraba bien. Sin embargo, estaba decidido a hacer algo por su cumpleaños, así que no desistió en su búsqueda.

Pero ocurrió un percance que lo tomó desprevenido. Justo a la hora de la salida Arnold notó que unos de sus compañeros planeaban algo y decido averiguar que se traían entre manos. Pero fue un grave error y terminó involucrado en su broma al director Wartz. Con lo cual consiguió que lo castigaran cuatro semanas

Era el miércoles por la tarde, Arnold se encontraba en la dirección escribiendo líneas en el pizarrón mientras el director Wartz lo vigilaba.

—Bien jovencito, ya son las cinco de la tarde —exclamó el director Wartz revisando el reloj en la pared de su oficina—. Puedes irte, pero más te vale decirme quienes fueron los culpables para mañana.

—Ya se lo dije director. No soy un soplón —contestó Arnold un tanto desafiante.

—Pues espero que le haya gustado la dirección porque la verá todos los días de tres a cinco durante el resto del mes.

Arnold tomó sus cosas y se retiro sin decir más.

Estaba bastante exasperado. Tenía un castigo por algo que no cometió y encima no había sido capaz de figurarse que podría darle a Helga en dos días. Cada vez que pensaba en algo inmediatamente lo descartaba pues no tenía idea de si le gustaría. La búsqueda cada vez lo fastidiaba más y empezaba a rendirse.

Iba tan encerrado en sus pensamientos que casi no escucho cuando le hablaron en el pasillo.

—¡Santo cielo! Arnold, ¿eres tú?

—Hola enfermera Shelley —saludó Arnold al identificar a la locutora.

La enfermera Shelley salía de la enfermería, ya sin su uniforme y vestida con un abrigo marrón.

—¿Pero qué haces aquí a estas horas? No me digas que tú eres el chico que escuché estaría en detención.

—Pues… sí —contestó un poco apenado.

—¡Pero eso es imposible! Tú nunca harías algo malo.

—No lo hice. Solamente presencie una broma contra el director y me castigó por no decirle quienes fueron los responsables.

—Ah vaya, que alivio —suspiró la enfermera—. ¿Pero por qué no le dices quienes fueron?

—Mo puedo hacerlo, es complicado, pero estoy seguro de que todo saldrá bien.

—Bien, si tú lo dices Arnold, te creo.

—Gracias enfermera Shelley.

La enfermera le dirigió una sonrisa y cerró con llave la enfermería. Fue entonces cuando a Arnold se le ocurrió una duda.

—Eh… disculpe enfermera Shelley.

—Si Arnold ¿qué necesitas?

—El lunes, cuando Helga vino a la enfermería, ¿en verdad estuvo ciega?

—Claro que sí. Pero, como le dije, se le quitó en un par de minutos. Deberían tener más cuidado con esas bromas niños, uno nunca sabe cuando algo puede salir mal.

—Muchas gracias enfermera. Créame, nunca más volveré a jugar una broma así.

—Espera un momento —lo llamó la enfermera apenas se había dado la media vuelta para marcharse.

—¿Qué sucede?

—Arnold, llevo muchos años de ser enfermera y créeme que sé cuando a un paciente le duele algo.

—¿Y? —preguntó Arnold tratando de no sonar grosero pero sin entender lo que le quería decir.

—Que pude verlo.

—¿El qué?

—Dolor. Pude ver dolor y angustia en tu mirada, y eso no es bueno en un niño de tu edad. ¿Qué pasa? ¿Te sientes mal por tu amiga Helga? No te preocupes —le dirigió una sonrisa—, no le hiciste daño.

—Ya lo sé, pero es que… igual me siento mal.

—¿Pues qué pasó? Vamos dímelo, puedes confiar en mí.

Algo en al mirada de la enfermera Shelley le decía que no mentía y que en verdad podía confiar en ella.

—Pues verá: el viernes pasado fue su cumpleaños y nadie se acordó de ello. Y el lunes, cuando le jugué esa broma, le dije que era su regalo de cumpleaños para que cayera. Yo no sabía que nadie le había regalado nada y me siento muy mal por haberla engañado con algo como eso. Sé que la lastimé, pero ella actúa como si nada y ya no sé que debería hacer.

La enfermera Shelley escuchaba atentamente y en silencio, mientras le dirigía una mirada de comprensión.

—Me gustaría que me gritara o algo por el estilo —murmuró Arnold—, pero que lo ignore sólo me hace sentir peor —terminó bajando la mirada.

—Ya veo —exclamó la enfermera con suma tranquilidad después de haber analizando la situación—. Y entonces… ¿qué estas esperando?

—¿Esperando? ¿Para qué?

—¡Pues para compensarla! Hacerle una fiesta, comprarle un regalo, yo que sé; algo que le haga olvidar su pesar y que le demuestre que en verdad te arrepientes.

—Pero… es Helga G. Pataki, ya no sé si debería hacer algo. He pensado en varias cosas pero estoy seguro de que no le gustarán.

—¿Y eso qué importa? Uno no puede ir por la vida lastimando los sentimientos de los demás sin pedirles perdón por ello. Tu amiga probablemente acaba de sentirse muy sola y el mejor regalo que puedes darle es tu compañía. No importa si ella lo fuese a detestar o incluso si te odia por ello, ¿qué derecho tienes tú para saber que le gustará o no?

Arnold se quedó en silencio. La enfermera Shelley había sido muy directa, pero tenía razón. Tenía que hacer algo y ya había perdido bastante tiempo.

—Y bien, ¿qué esperas? —le sonrió la enfermera.

El ánimo regresó a Arnold, cargándolo de entusiasmo.

—Gracias enfermera Shelley —se despidió Arnold y hecho a correr por los pasillos de la escuela.

Las ideas que había concebido en los días pasados regresaron a él, pero ahora no parecían tan tontas. No importaba que a Helga no le pudiesen gustar, debía demostrarle que lo sentía y no iba a lograrlo con simples disculpas. Salió como una saeta de la escuela y agradeció que Harold no lo estuviera esperando a la entrada para amenazarlo. No había tiempo que perder y echó a correr rumbo a la casa de su amiga. Se sentía ligero y veloz, como si una extraña fuerza magnética lo llevara por las calles hasta la casa de Helga; haberse confesado con la enfermera Shelley lo había liberado de una gran carga de emociones, y ahora estaba listo para dar lo mejor de si.

La enfermera Shelley sólo lo observó perderse entre los callejones de la ciudad desde el pórtico de la escuela.


—¡Miriam! ¿Dónde está mi cinturón blanco? —gruñó el gran Bob por tercera vez.

—¿Ya buscaste en la cajonera? —se oyó a Miriam desde la cocina.

—¡Por supuesto que si mujer! Si hubiese estado ahí no lo estaría buscando.

Helga se encontraba frente al televisor de la sala, con los pies sobre el respaldo del sofá y cambiando perezosamente los canales.

—¡Hey tú! Olga ¿haz visto mi cinturón blanco? —irrumpió el gran Bob al entrar en la sala.

—Soy Helga papá —contestó Helga cansadamente—. Y no, no he visto tu tonto cinturón.

—¿Pues por qué no empiezas a buscarlo?

—¿Qué? Ni siquiera es mío. Ve y búscalo tú, estoy ocupada.

—No me hables en ese tono jovencita.

—Está bien. ¿Qué me das si te ayudo a encontrarlo? —le preguntó incorporándose del sofá.

—No trates de jugar conmigo niña.

—¿Diez dólares te parece?

—Hecho.

—Ve y búscalo en el cuarto de lavado —dijo mientras volvía a recostarse en el sofá.

—¿Y por qué rayos estaría ahí?

—Ay, no lo sé Bob. Quizás porque ahí fue donde aparecieron tus guantes, tu corbata y esa ridícula corona tuya la última vez que las extraviaste.

El gran Bob soltó un bufido de disgusto y se dirigió al cuarto de lavado.

Helga volvió a tomar el control remoto mientras articulaba entre dientes algo parecido a "otro día con el gran Bob", pero apenas empezó a cambiar los canales cuando fue interrumpida por el timbre de la casa.

—¡Miriam, la puerta! —gritó Helga sin moverse de su lugar.

El timbre sonó de nuevo y no había reacción de su madre. "Por el amor de dios" pensó Helga levantándose del sofá "¿es qué una no puede tener una tarde tranquila y sin interrupciones? ¡criminal!"

Helga llegó a la puerta y la abrió para encontrase con cierto chico rubio en su pórtico.

—¡Arnold! —se le escapó en un suspiro—. E-es decir, ¿qué se te ofrece cabeza de balón?

Arnold se veía algo descompuesto, traía el cabello caído y se notaba algo encorvado, como si acabara de correr una gran distancia.

—Hola Helga, mira… me estaba preguntando si… ¿te gustaría salir conmigo?


N/A: ¡Hola! ¿Qué cuentan de nuevo? Pues yo aquí de regreso y pidiendo mil disculpas por la tardanza, no sé cuantos/as ya esperaban actualización, así que espero les agrade.

Ya saben: si son de los/las que me quieren agarrar a palos por mi retraso, conocer más acerca de las ideas que originaron este fic y enterarse de una que otra cosa o participar en los temas. Los invito a que se pasen por el foro, aquí mismo en Fanfiction.