NdA: Bueno, con este capi nos despedimos de Extremos, la quinta parte de Alianza. Espero que hayáis disfrutado con la historia y os haya dejado con ganas de leer la sexta. No sé aún cuándo podré empezar a subirla, pero como siempre, prometo que intentaré que sea lo antes posible.

Muchísimas gracias a todos los que habéis estado apoyando Alianza con vuestros comentarios.

¡Nos vemos!

Capítulo 55 Se acercan las vacaciones

Después de unos días, los aurores habían conseguido averiguar qué había hecho Rookwood con John Carling, su última víctima. No era agradable. Harry estaba leyendo el informe que habían escrito los agentes del caso y entre eso y las fotos del cadáver, se le estaba empezando a revolver el estómago. Rookwood siempre había sido un sádico, pero por lo visto su odio hacia el antiguo guardia de Azkaban había llevado su creatividad hacia simas infernales.

El ruido de alguien llamando a la puerta de su despacho le hizo levantar la vista de los papeles. Era Draco, que había ido aquella mañana al ministerio para ayudar a interrogar en wolof a un par de detenidos senegaleses.

-¿Ya has terminado?

-Sí. –Draco se acercó a él y le dio un beso rápido en los labios. Después apoyó el culo en la mesa, a su lado y Harry echó su silla un poco hacia atrás para verlo mejor-. Pero no he conseguido sonsacarles nada nuevo, excepto que lo estaban haciendo por dinero.

-Encantador –dijo con sarcasmo.

Draco asintió sin darle más importancia, pero luego se lo quedó mirando.

-¿Estás bien? Tienes cara de haber recibido una mala noticia.

Harry suspiró, recordando el momento en San Mungo en el que Draco había oído que Rookwood había secuestrado a John Carling. Su expresión había sido cuidadosamente neutra, pero él había visto la mirada jubilosa que Draco había intercambiado con Narcissa poco después.

-Mis hombres han encontrado el cadáver de Carling. –Draco ni siquiera se molestó en reprimir una sonrisa de oreja a oreja y Harry meneó negativamente la cabeza-. Ya, sé que lo odias y lo entiendo, a mí tampoco me caía muy bien. Pero lo que Rookwood le hizo… Dios, nadie se merece eso.

Draco se puso un poco más serio.

-Debe de haber sido algo gordo, para que te lo tomes así.

Harry meneó la cabeza, pensando en lo que había leído. Rookwood había torturado a Carling durante semanas. Al cadáver le faltaban las piernas, el brazo izquierdo y los genitales; según el informe preliminar del medimago que lo había examinado, el ángulo de los cortes indicaba que Carling se había hecho esas amputaciones a sí mismo a lo largo de todo aquel tiempo, seguramente bajo la Imperius, el punto fuerte de Rookwood. El resto del cuerpo había aparecido despellejado y aun así, el medimago creía que Carling aún había estado vivo –aunque indudablemente ido de dolor- cuando Rookwood lo había echado en una zanja y lo había cubierto de tierra.

-Es de lo peor que he visto –admitió.

-¿Sabes?... Preferiría no conocer los detalles, así no le compadezco y puedo seguir alegrándome de que haya muerto. Pero si necesitas contárselo a alguien… Bueno, aquí estoy.

Sólo Draco podría decir algo tan amoral y seguirlo con un gesto tierno de solicitud; la mezcla dejó a Harry algo descolocado por un segundo, pero luego decidió que no tenía tiempo para filosofías.

-No… La verdad es que prefiero no hablar de ello.

-Bien… No le des demasiadas vueltas, intenta mantenerte ocupado. –Le señaló medio en broma con el dedo-. Puedes pensar en una buena manera de darles la noticia a los niños, ya no queda mucho.

Aunque aún estaba un poco afectado por lo que había leído, Harry esbozó una sonrisa.

-Lo sé. No creo que vaya a ser tan difícil.

Draco se lo quedó mirando unos segundos, sonriendo también.

-Oye, tengo una reunión dentro de una hora, he de ir a casa a cambiarme. ¿Estarás bien?

-Claro.

-¿Te veo esta noche?

-No lo dudes.

Con un poco de suerte, el resto del día iba a ser mejor.


Hacía mucho tiempo que Albus había descubierto que Scorpius estaba particularmente guapo con el uniforme de quidditch, pero aquella mañana, viéndolo celebrar su última victoria, apenas pudo controlar el impulso de echarse encima de él. Aun así, algo se había encendido en su interior, algo que le hizo atravesar el grupo de Slytherins que estaban felicitando a su novio, plantarse delante de él y besarle con fiereza, con hambre. Durante un momento Scorpius pareció quedarse demasiado sorprendido como para reaccionar, pero luego comenzó a devolverle el beso, como Albus sabía que pasaría. Después acercó los labios a su oreja.

-Quiero chupártela con el uniforme de quidditch puesto.

Scorpius se apartó de él y lo miró con ojos desorbitados antes de tragar saliva, esbozar una sonrisa y asentir. Albus se hizo súbitamente consciente de lo que acababa de hacer y decir y se sintió más avergonzado de lo que podían expresar las palabras. Sin una palabra más, se marchó de allí. ¡No podía creer que le hubiera dicho algo así a Scorpius! ¡Y delante de todo el mundo! Pero al mismo tiempo Scorpius había dicho que sí, así que además de terriblemente avergonzado también se moría ganas de cumplir con su deseo. Sólo de pensarlo se le hacía la boca agua…

Como los Slytherin se marcharon a celebrar que habían ganado no sólo ese partido, sino también la Copa de Quidditch, Albus ya no volvió a ver a Scorpius hasta el almuerzo. Iba ya con ropa normal, una pequeña decepción. Albus se sentó a su lado en la mesa de Slytherin y se sirvió un par de raciones de pastel de pollo.

-Oye, Al… -dijo Scorpius, en voz baja-, Le había prometido a mi hermana que la ayudaría con unos deberes de Pociones, pero… ¿qué tal si nos vemos a las dos y media en el baño de prefectos?

-¿Está libre?

-Ajá.

-Claro.

Apenas pudo pensar en nada más hasta que llegó la hora y necesitó de toda su fuerza de voluntad para no ceder a la tentación de masturbarse, con lo caliente que estaba. Pero al final llegó la hora y Albus casi corrió al cuarto de baño para reunirse allí con Scorpius.

Él ya estaba esperándole y llevaba puesto el uniforme de quidditch. Albus se acercó lentamente a él, apreciando los detalles: las botas de cuero, el modo en el que los pantalones insinuaban la forma de sus piernas… Scorpius sonrió como si estuviera encantado con la situación y un poco avergonzado aún, igual que él, y puso los brazos en jarras.

-¿Es esto lo que querías?

-Sí.

Antes de acabar de decirlo ya había quedado de rodillas junto a Scorpius y sus dedos trataban de desabrochar la cremallera de sus pantalones lo más rápido posible.

-Al…

Sonaba casi sobresaltado, pero a Albus le dio igual porque acababa de lograr su objetivo y había dejado al aire la polla de Scorpius, ya bastante dura. Sin perder un segundo lamió la punta, lanzando un murmullo de apreciación. Perfecto… Scorpius volvió a pronunciar su nombre, pero esta vez ya no sonaba sobresaltado, sino alentador. Albus pasó las manos por las piernas de Scorpius, disfrutando del tacto de la tela bajo sus dedos, su lengua aún jugando con la punta y después se la metió en la boca y empezó a succionar con ganas. Las manos de Scorpius se cerraron sobre sus hombros para no perder el equilibrio mientras empezaba a gemir y a farfullar su nombre.

Era fantástico. Adoraba el modo en el que la polla de Scorpius se sentía en el interior de su boca, era tan íntimo, tan sexy. Y el uniforme… Albus se imaginó a sí mismo tumbado en una cama mientras Scorpius se la chupaba con el uniforme puesto. Quizás hasta le hacía algo más. Caliente, se palmeó su propia erección en busca de un poco de alivio.

Albus cambió las caricias de su lengua por la mano y deslizó sus labios hasta los huevos de Scorpius. Con cuidado, los chupó, los besó. Scorpius parecía a punto de correrse, sus gemidos eran cada vez más necesitados.

-Por favor… Al…

Miró hacia arriba, paseando la vista por el suéter verde y plata, por el rubor de las mejillas de Scorpius. Joder, ¿cómo podía estar tan bueno? ¿Cómo podía estar él tan caliente? Deseando tenerlo de nuevo en la boca, lo engulló de nuevo. Scorpius maldijo entre dientes, gruñó algo y de pronto Albus notó como su boca se llenaba de semen y empezó a tragar casi sin avidez, succionando para prolongar el placer de Scorpius, que parecía a punto de caer al suelo. Su propia excitación era ya terrible, dolorosa. Le faltaba muy poco para correrse en los pantalones y apenas se había tocado.

Scorpius se dejó caer sobre él, todavía musitando cosas que sonaban como joder y genial y acabaron tumbados sobre el frío y duro suelo de piedra. Albus ya no podía más y se desabrochó los pantalones para sacársela y restregarse contra Scorpius, pero cuando éste se dio cuenta de lo que hacía empezó a acariciarle también, a morderle y besarle el cuello, a decirle que le quería. Unos segundos después Albus también se corrió entre los brazos de Scorpius y los dos se quedaron allí recuperando un aliento, convertidos en un montón jadeante y acalorado.

-Estás loco –dijo Scorpius, riendo cariñosamente.

-Por ti –replicó Albus, satisfecho.


-Mei…

Mei alzó la vista del libro que estaba leyendo y esbozó una sonrisa a modo de saludo al ver a Tarah.

-¿Qué pasa?

Tarah se sentó a su lado.

-Nada.

-Hum –dijo entonces Mei, volviendo a su libro.

Durante unos segundos, Tarah no dijo nada.

-A veces… Tú estás bien, ¿verdad? Yo no puedo dejar de pensar en lo que pasó en la playa. –Mei cerró el libro y se fijó más en ella. Tarah tenía un aspecto cansado, como si no durmiera bien. Mei sabía que estaba tomando poción contra las pesadillas-. Me alegra haberos ayudado, pero creo que no podría volverlo a hacer. Pasé demasiado miedo.

-No tienes por qué volver a hacerlo –la consoló-. No es como si fuéramos aurores. Y pasar miedo es normal, yo también tenía miedo. Lo teníamos todos. Menos los Gryffindor, quizás.

Tarah se miró las manos.

-Creo que maté a alguien.

Mei estaba bastante segura de que había matado a su primer Parásito la primera vez que se había enfrentado a ellos, en segundo. Era una de las pocas cosas de su vida que no recordaba bien. También sabía que había matado otro Parásito y dejado a otro sin pierna, allá en la playa.

-Trato de no pensar en ello. Sé que son personas, pero ayuda verlos sólo como… Parásitos. Sentir compasión por ellos es perder el tiempo.

-Ni siquiera es eso. Es que… ¿y si he perdido un trozo de alma por eso?

Mei suspiró, reflexionando sobre esa cuestión. Ella siempre había pensado que todo aquello del alma era en realidad una metáfora; simplemente, cuantas más cosas inmorales hacías, más inmoral te volvías y más fácil era que hicieras cosas aún peores. Y la magia negra, además, terminaba causando problemas mentales a todos los que la usaban con frecuencia. Pero oír eso probablemente no ayudaría mucho a Tarah, si ella se lo tomaba al pie de la letra.

-Quizás haya que tener mucha suerte para pasar por una guerra sin perder un poquito de tu alma. Y puede que matar esté mal siempre, pero la defensa propia es la razón menos mala de todas, ¿no? Y eso estamos haciendo, defendiéndonos.

Tara todavía seguía mirándose las manos.

-Nunca pensé que algún día mataría a alguien.

Mei, que tampoco había entrado en Hogwarts pensando precisamente que haría algo así, se quedó pensando en todas las cosas que habían pasado en los últimos años.

-¿Sabes que en segundo Lys Scamander castró a un Parásito?

Aquello hizo que por fin Tarah alzara la vista hacia ella con ojos abiertos como platos.

-¿Qué?

Mei asintió, esbozando una sonrisa.

-A uno que iba a llevarse a su hermano, cuando lo de Bouchard. –Se encogió levemente de hombros-. Si tu alma ha sufrido algún daño, te aseguro que no te ha pasado solo a ti. Todos estamos en la misma situación o peor.

Mei no se había parado a pensar en todo eso. No sabía si había cambiado desde la primera vez que había matado a alguien. Las batallas la impresionaban menos, claro, pero ¿se había vuelto más cruel, más fría, más inestable? No se lo parecía y nadie la había acusado tampoco de tal cosa. Y de todos modos, ¿cuál era la otra opción? ¿Dejarse morir? No, no pensaba hacer eso. Si tenía que ensuciarse un poco, se ensuciaría; ya procuraría que no fuera demasiado.


La última mañana del curso, James se fue con Fred y Laura a dar una vuelta por los terrenos de Hogwarts. Estaban contentos por la llegada de las vacaciones, pero también se sentían un poco melancólicos. Después del verano, ellos ya no volverían al colegio.

-Lo echaré de menos –dijo Laura, observando el castillo.

Él también lo haría, aunque no todos sus recuerdos de Hogwarts fueran agradables. Y ahora le tocaba enfrentarse a su futuro. El plazo de inscripción para la Academia de Aurores era el quince de julio, cuando ya hubieran llegado las notas de los ÉXTASIS. Estaba contento con el resultado de sus exámenes, pero ¿y si los miembros del tribunal le habían puntuado bajo para castigarle por lo que le hizo a Scorpius? Tendría que esperar a ver sus notas y entonces presentar la solicitud. Y esperar.

Sin embargo, aunque aún quería ser auror más que nada, ya no se sentía tan desesperado por serlo. Quizás ahora convertirse en auror ya no era su manera de demostrarse a sí mismo que era algo más que el chico que casi había matado a Scorpius Malfoy. Ya había conseguido eso al enfrentarse a los Parásitos, al derrotarlos.

Cuando llegó la hora, subieron al tren, sabiendo que probablemente aquella sería la última vez que hicieran ese trayecto. Había algunos profesores allí, despidiéndose de ellos, y James se dio cuenta de que muchos otros alumnos de séptimo también parecían estar sintiendo esa mezcla de tristeza y emoción.

-Aquí, James –dijo Fred, que había encontrado un compartimento vacío.

James entró y se sentó cómodamente junto a la ventana, desde donde podía ver a los alumnos que aún corrían a subirse al tren. Entre ellos estaba Seren y James la observó mientras pasaba, recordando cómo había luchado un día y protagonizado una obra de teatro al siguiente, brillante en ambas tareas.

-¿Por qué no le has pedido salir? –preguntó Laura, que se había sentado enfrente de él.

-¿A quién?

-A Carmichael.

James apartó la vista un momento, algo azorado. No le había dicho a nadie que le gustaba Seren y había creído que nadie lo sabía. No se había decidido a decírselo a ella y no sabía si llegaría a hacerlo. Si al menos le aceptaran en la Academia de Aurores… Derrotar a los Parásitos le había ayudado a tener un mejor concepto de sí mismo, sí, pero eso no quería decir necesariamente que el resto del mundo mágico pensara igual y lo último que deseaba era que Seren sufriera las consecuencias de salir con un paria. En cambio, si lo aceptaban, sabría que la gente ya no lo veía como un delincuente y quizás entonces se atrevería a probar suerte con Seren. Pero aquello era demasiado explicar en ese momento y mirando la expresión divertida de Laura dijo lo primero que se le pasó por la cabeza.

-¿Por qué no le has pedido tú salir? –replicó, señalando a su primo.

Fred se sentó tieso como un palo, alarmado. Laura se echó a reír.

-Porque estoy esperando a que me lo pida él.

James tuvo que aguantarse la risa ante la expresión de su primo, que no sabía dónde meterse.

-¿Qué? ¿Yo? ¡Oh! –Fred se había puesto un poco rojo, pero en medio de su ataque de pánico empezaba a haber un brillo de felicidad en sus ojos-. Bueno… Yo… ¿Quieres salir conmigo, Laura?

Ella aleteó las pestañas.

-Oh, creía que nunca me lo pedirías –dijo, antes de abandonar la broma y plantarle un buen beso. Fred pareció necesitar un segundo para reaccionar, pero cuando lo hizo empezó a devolvérselo con entusiasmo. James se reía, tan divertido como sorprendido. Si hubiera sabido que sólo necesitaban ese empujón, se lo habría dado antes. Pero era, sin duda, un buen broche para el final de curso.


Draco llegó a King's Cross acompañado de Theo y Daphne. Los dos sabían ya lo suyo con Harry y se lo habían tomado bastante bien, aunque le auguraban problemas con los niños y con Pansy. Bueno, todo eso estaba por ver y, afortunadamente, no tardarían mucho en hacerlo, porque Harry y él habían decidido contárselo a sus respectivos hijos al día siguiente. Si ellos lo aceptaban, lo que pudieran hacer Pansy o todos aquellos que le tenían manía a Harry le daba exactamente lo mismo.

-Oye, Malfoy, enhorabuena por lo de los Parásitos –le dijo Ernie McMillan cuando pasó por su lado.

No fue el único que lo felicitó y no fue tampoco la primera vez que le pasaba desde que había regresado de Ávalon. Y era fantástico. Su relación con Hiram Rookwood le había dado respetabilidad en el mundo mágico, pero ahora era más, ahora era un héroe por derecho propio. Cassandra y Scorpius tendrían argumentos con los que defenderse si alguien le acusaba de débil, de cobarde. Se sentía como si hubiera hecho las paces con su propia actuación durante la anterior guerra y eso le importaba más de lo que podía expresar con palabras.

Sabiendo que Harry ya estaría allí, lo buscó con la mirada y lo vio hablando con Fleur Weasley. Draco intentó mantener su sonrisa dentro de la estricta amistad y se acercó a él para saludarlo. Cuando Harry lo vio, sonrió también y fue a reunirse con él.

-Eh… -saludó Harry.

-¿Todo bien?

-Sí. Además, tenemos refuerzos –dijo, señalándole un punto del techo con los ojos.

Draco miró hacia arriba y descubrió a Krant, agazapado entre las columnas.

-Oh, eso está bien. –Lo saludó con la mano-. No sabía que iba a venir.

-Bueno, ha sido una decisión de última hora. No necesito que me proteja a mí, pero me he dado cuenta de que sería estúpido no contar con él en esta clase de situaciones.

Aquello era tan típico de Harry –ser descuidado respecto a su propia protección y estar pendiente de la protección de los otros- que Draco tuvo que esforzarse para no rodar los ojos. En serio, era un milagro que aquel hombre siguiera vivo. Por suerte, si los Parásitos atacaran, probablemente Krant se concentraría en cuidar de Harry y los suyos. Eso le tranquilizaba bastante.

-Sí, no cabe duda de que puede resultar muy útil.

Harry cambió de tema.

-Oye, ¿ya has hablado con tu medimago?

Draco sonrió. Pinetree le había examinado aquella misma mañana y las noticias habían sido buenas.

-Dice que el estado de mis pulmones es casi tan bueno como antes de la guerra.

-Eh, eso es genial –dijo Harry, sonriendo de oreja a oreja.

-Lo sé. No me importa hacer ejercicio, me he acostumbrado, pero me alegra saber que mi vida no depende de eso o de una poción.

-A mí también –dijo Harry, mientras se lo quedaba mirando y su sonrisa se volvía un poco embobada.

-Harry… -le avisó, apartando la vista para no cometer el mismo error.

-Sí, lo siento –dijo, aunque se le notaba un poco la risa-. Menos mal que ya queda poco.

-Acuérdate de avisarme si te sale algo en el almuerzo y no puedes hablar con tus hijos –dijo, bajando la voz. Habían acordado contarlo durante el almuerzo y si sólo lo hacía él, lo más probable era que los niños Potter se enteraran del asunto cuando Scorpius llamara a Albus para informarlo de todo.

-Sí, tranquilo.

Draco se dio cuenta de que un par de personas estaban pendientes de lo que decían y regresó con sus cuñados. Ya no importaba mucho si empezaban los rumores, pero aun así, prefería no levantar la liebre hasta que los niños estuvieran al corriente.

-Aún no me lo creo –dijo Theo, meneando la cabeza-. Me gustaría viajar al pasado para contarle esto a mi yo de Hogwarts y que pudiera reírse de ti todo el rato.

Daphne reprimió una risa y Draco le respondió alzando una ceja. No se le escapaba la ironía, hasta Greg podría verla, pero no lo encontraba tan gracioso. Él lo había vivido, era él quien había visto a Harry tratando de animarlo, ahuyentándole a los moscones, llorando por Ron y por Hagrid en Ávalon. Y ese momento en la celda, cuando Harry le había dado la mano, los dos destrozados por el secuestro de Albus y Scorpius. Si Theo y Daphne hubieran visto todo eso, no encontrarían tan extraordinario que Harry y él hubieran acabado juntos.

Unos minutos más tarde, el tren llegó por fin a la estación y Harry y los otros aurores empezaron a organizar la salida de los niños. Los tiempos en los que salían en atropellada manada del tren parecían muy lejanos. Draco esperó pacientemente hasta ver las rubias cabezas de sus hijos y, sonriente, fue a recogerlos. Ginny estaba casi detrás de él porque como era de esperar, Albus salió después, seguido de sus hermanos. Draco la miró de reojo antes de dedicarles toda su atención a sus hijos.

Los niños –no tan niños ya, en realidad- estaban emocionados con la vuelta a casa y el final del curso. Scorpius y Cassandra fueron a despedirse de todos sus amigos y fue entonces cuando Draco se dio cuenta de que Damon y Britney no se estaban haciendo ningún caso.

-¿Tu hijo ha roto con Britney? –le preguntó a Pansy.

-Por supuesto –dijo ella, con una mueca de desprecio-. Ya duraba demasiado.

Draco arqueó las cejas, un poco sorprendido por la ruptura, pero no tanto por la reacción de Pansy, quien obviamente no había cambiado de idea sobre Britney mientras él estaba en Ávalon. Sin embargo, en aquel momento la vida sentimental del joven Damon Pucey ya había agotado todo su interés. Bastante tenía con lo que se le venía a él encima ese verano.

Así que se fue a decirles a sus hijos que tenían que irse ya e intercambió una última mirada con Harry, que aún estaba supervisando la recogida de los alumnos más rezagados. Su Harry, heroico hasta la exasperación, apasionado, tierno, temperamental. Gracias a él, el sol había salido de nuevo en su corazón, ahuyentando la oscuridad. Draco se prometió a sí mismo que lucharía sin descanso por él.

Contra quien fuera.


Tenían que hacerlo.

Las cosas habían mejorado un poco en el proyecto desde el último avance en los experimentos, que suponía una mejora fundamental del proceso. Pero aun así, los últimos golpes recibidos aun se sentían. Todos los magos y brujas británicos que podrían haberse unido voluntariamente a ellos ya lo habían hecho; como no podían recibir refuerzos del extranjero, dependían de los muggles y squibs a los que convirtieran en magos, pero ellos necesitaban semanas, a veces incluso meses, para ser medianamente competentes con una varita.

La falta de victorias y de nuevos planes, así como la maldita recompensa de los Malfoy estaban minando la moral del proyecto. Anne ya tenía una mano protésica que funcionaba a la perfección, pero aún estaba afectada por lo que le había pasado, deprimida a veces y llena de rabia contra Scorpius Malfoy a otras. Necesitaban un revulsivo. Necesitaban algo que sacudiera las cosas y les llenara de esperanza otra vez.

-No me gusta, Elizabeth –dijo Medea, una vez más-. Esto no es lo que habíamos hablado, podríamos perder el control de nuestra misión.

Elizabeth le dio trago a su poción.

-¿Crees que a mí sí me gusta? Pero necesitamos ayuda. Necesitamos una perspectiva nueva. Además, siempre habíamos planeado dar este paso.

-Pero no ahora. Es demasiado pronto.

-No, no lo es. Vamos, deja de preocuparte. Estoy segura de que podremos ocuparnos de ellos después, si las cosas se ponen feas. Venga, vayamos.

Medea apretó los labios un momento, pero después la sujetó del brazo, sacó su varita y usó la Aparición para llevarlas a las dos a su destino. Elizabeth ya había estado allí y reconoció la salita amplia, sobria. Se escuchaba el ruido de la televisión proveniente de otro cuarto. Elizabeth guió a Medea hasta allí y entró sin más.

-Hola, Robert.

Su viejo conocido, un hombre maduro, de aspecto severo, pero también atractivo, se levantó a toda prisa del sillón, alarmado. Cuando la reconoció recuperó un poco la compostura, aunque se notaba que aún estaba a la defensiva, como si temiera algún ataque.

-¿Elizabeth? ¿Qué haces aquí? –Sus ojos fueron de una a la otra-. He oído decir que la policía te está buscando.

-Querido, ni siquiera te imaginas quién me está buscando realmente –dijo Elizabeth, sentándose en un sillón.

-¿Qué es todo esto? ¿Cómo has entrado aquí?

-No te preocupes, Robert, voy a explicártelo todo. Pero antes, deja que te presente a mi cuñada. –Sonrió beatíficamente-. Robert, esta es Medea Key, una bruja. Medea, te presento a sir Robert Musket, general de las Fuerzas Armadas de Su Majestad.

Medea, que llevaba la varita en la mano, hizo desaparecer la mitad de los muebles de la habitación. Robert miró a su alrededor como si dudara de sus ojos, de su cordura.

-¿Qué…? ¿Cómo…?

-La magia existe, general –contestó Medea, usando un Engorgio en un almohadón que había sobre otro sillón.

-Y con ella, nuestros soldados podrían vencer a todos nuestros enemigos –añadió Elizabeth.

Y entonces vio lo que buscaba, la chispa de interés, de ambición. Elizabeth sonrió para sus adentros.

El juego acababa de pasar a otro nivel.

Fin


Lalix, muchas gracias, me alegra que te haya gustado ^^ Como ves el final ha tenido un toque de suspense, pero espero que no sea demasiado, jeje.

Jeimi, sí, los niños están superenamorados ^^ Ya has visto que Elizabeth le ha contado que la magia existe a un general muggle, pero el plan no es revelárselo a todo el mundo, todavía no. Respecto a la pregunta que me haces, por un lado está Augustus Rookwood, el mortífago inventado por Rowling y que en Alianza escapa y se carga a Carling, y por otro su hermano Hiram Rookwood, inventado por mí, que es el político que ayuda a Draco y muere en Windfield.

Jafryn, mujer, ¿de verdad crees que no contaron lo valiosa que había sido Dione? ¿Por qué iban a hacer algo así? En cuanto a Ginny, como ya comenté encuentro su reacción comprensible y respecto a lo de La Madriguera, está claro que lo mejor es no forzar demasiado la situación. Y bueno, si hay algo más detrás de la conducta de Damon, ya lo sabremos cuando llegue el momento. Muchas gracias!

Anónimo, no sabes cuánto me ha gustado eso que has dicho de Ginny. ¡A ver qué le depara el futuro!

Lizbeth, muchas gracias, yo tb a vosotros ^^

Lunabella, muchas gracias!

Fernanda, me alegra mucho que te haya gustado y que pienses que Harry y Draco quedan bien ^^ Lo de ser animago a Scorpius le ha interesado mucho, es un buen comienzo. Y aún queda para el final de Alianza, no hace falta pensar en eso aún XD

Ese Jota, nah, claro que Draco no va a oponerse, él encantado ^^ Y sí, sabremos todo eso a su debido tiempo, faltaría más, jeje. Y bueno, no he contado cuántos capis llevo en total, no sé XD

Lea, me alegra que te haya gustado, espero que este capi tb te haya dejado buen sabor de boca. La llamé Extremos porque pasaban cosas muy malas y cosas muy buenas (y porque poner títulos no es mi mayor talento XD). ¡Intentaré publicar el sexto cuanto antes! ^^