Capítulo 2

El cielo nublado me devuelve una triste y depresiva mirada. Sigo sin entender cómo es que papá quiere seguir pasando las vacaciones en la casa de campo, perdida y alejada y apartada de la mano de Dios. ¿Qué puede haber de interesante en cortar madera, limpiar el jardín de malas hierbas y no tener señal de móbil? Soy chica de ciudad, una urbanita en toda regla. Bajo la cabeza y la sacudo, intentando despertarme del mal sueño de cada año.

—Katarina —me digo a mi misma, en un murmullo— Respira hondo y piensa que la tortura acaba en un mes... —aunque mi intento se queda en fallido, pues verme a mí misma un mes, sobreviviendo a base de comida enlatada, me hace tener un horrible escalofrío.

Hace más de doce años que mi familia compró los terrenos sobre los cuales asentamos una bonita casa de granja, con la intención de ir a pasar los veranos. Las colinas llenas de trigo ahora crecido, los verdes prados de las montañas de más allá, el siempre tan natural sonido de un riachuelo pasando a unos metros de por aquí y la falta total de cobertura son los elementos claves por los cuales mis padres escogieron este "idílico" lugar. Pasé muchos buenos momentos aquí, pero también es un triste recuerdo de mi madre, mujer valiente y fuerte que murió hace cinco años. Siempre me pregunto por qué seguimos viniendo a este lugar y aún no lo hemos vendido...

—¡Kat, vigila a Scott, que se nos pierde! —ordena mi padre, sacándome de mis pensamientos.

No voy a perseguir a mi propio perro. Creo que me tiene suficiente lealtad como para acudir a mí. Me limito a silbar una conocida melodía y veo que entre unos arbustos aparece un labrador blanco lleno de barro. Bufo. Voy a tener que darle una buena ducha si quiero que entre en casa esta noche.

—Scott, aquí —digo, alzando la mano. Mi perro viene a trote y se deja acariciar, aunque me lo pienso dos veces si merece la pena acabar llena de barro. Me fijo en que lleva algo púrpura en la boca. ¿Qué será? Le cojo del cuello y le ordeno que de quede quieto mientras intento arrancárselo de los dientes, cosa que tras mucho forcejeo consigo. Observo la cinta con curiosidad. Es bonita, de tela resistente y parece que a alguien se le ha enganchado en una rama de algún arbusto. Veré si hay rastro de persona viviente, aunque lo dudo— Scott, llévame donde has encontrado esto.

Tras comprenderlo, Scott se lanza a la carrera y me lleva a unos metros más allá, justo al borde de nuestra finca y que está vallado —o estaba, ya que al parecer un perro (seguramente el mío) ha abierto un boquete en la valla— hay más ropa. Veo una chaqueta de deportes, del Bayern Munich, y una camisa del mismo equipo. Algún hincha de Schneider, diría, ya que todo está relacionado con él, incluso la gorra que se han dejado. Me decido por llevármelo y tirarlo todo a la basura. A pesar de que el campo no me agrada, tampoco es motivo para dejar las cosas tiradas y no hacer nada.

Scott sigue avanzando, olisqueando entre las ramas. Le llamo, pero solo se queda allí plantado, ladrándome, pidiéndome que me acerque. Suspiro y le sigo, hasta llegar a su altura, cuando empieza a excavar en el suelo y saca a relucir parte de una puerta. No me sorprende, la verdad. Probablemente alguna casa estubiera allí construida y, al inicio de la guerra, fuera derribada, dejando el sótano sellado. No hay nada más que ver, así que me vuelvo a casa, no sin antes recoger las cosas del suelo. Y es entonces, cuando Scott se me vuelve loco y va a saludar a la chica que acaba de ponerse en nuestro campo de visión: Giselle.

—Hola chico, ¿qué tal? —saluda ella a Scott, dejándose lamer las manos— Hola Kat, cuánto tiempo —me saluda mientras se acerca para darme un abrazo.

—Qué tal, Gigi —pregunto aceptando su muestra de cariño. Giselle, podría decirse, es la dueña de todo campo que rodea a mi pedazo de tierra. La conozco desde hace muchos años; siempre hemos sido amigas de verano, aunque dejó de venir hace unos pocos años y le perdí la pista.

—Bien, bien —responde algo nerviosa sin quitar ojo a las prendas de ropa que llevo en brazos— ¿De dónde has sacado eso?

—Ah, pues estaban aquí tiradas —comento a la par que me encojo de hombros— Voy a tirarlas a la basura para dejar el campo limpio... o al menos es lo que me enseñabas de peques.

—Sí... ja... —balbucea.

No sé por qué motivo, pero me siento muy incómoda. Giselle parece estar taladrándome con la mirada, queriendo hacerme trizas por algo que he dicho o hecho. Repaso mis palabras, pero no encuentro nada que pueda molestarla. Físicamente sigue siendo muy parecida a la última vez que la vi. Alta, esbelta y con una cara angelical. Quizás ahora cree que hay que destruir el campo...

—Bueno —empiezo a decir, tratando de diluir la tensión— ¿Qué te trae por aquí? Hace al menos un par de años que no nos vemos, aunque te sigues viendo igual.

—Gracias, creo que ahora me preocupa envejecer —responde, con su típica sonrisa en la que saca a relucir una hilera de blancos dientes— Quiero construir una casa aquí y quería ver si tu padre está dispuesto a hacer un pequeño cambio. Le cedo terreno delante de la casa si él me cede unos pocos metros de aquí detrás.

—¿Ya no te gusta la casa de detrás de la colina?

—Sí, sí, pero prefiero abajo, ahora.

Asiento y pienso en lo que me ha dicho. Vaya caprichos que tiene la niña. La invito a pasar a casa y a verse con mi padre, cosa que acepta, aunque no antes sin hacerme una extraña petición.

—¿Te importa si me deshago yo de la ropa? —pide, aunque sin esperar respuesta, ya que prácticamente me la arranca de las manos— Es que formo parte de una ONG que da ropa a los pobres y creo que a alguien podría hacerle ilusión esta camisa.

Me limito a decir que sí, que no hay problema. Y a pesar de que todo parece de lo más normal en sus explicaciones, tengo la sensación de que Giselle hubiera preferido que mi padre y yo no nos encontráramos por las cercanías. A todo esto, no me doy cuenta de que Scott no nos ha seguido, por lo que deshago el camino hasta llegar en donde hemos encontrado las piezas de ropa. Scott está allí sentado, esperando que le haga caso, aunque no sé qué puede querer. Se dirige de nuevo hacia la entrada del sótano. Le ignoro. Si quiere jugar con una ardilla o cualquier animal, que lo haga él solito.

—Scott, ¿vienes? —pregunto ya dándome la vuelta y poniendo rumbo casa. Aunque se debate, al final cede y se vuelve conmigo. Veo que lleva algo en la boca, pero quizás en un palo que ha encontrado por allí. Este perro no aprende que los palos contienen astillas y que éstas se le clavan en las encías. Trato de quitárselo, pero se niega— Allá tú —le advierto.

Ha refrescado un poco, de mientras, por lo que tengo que abrazarme para proporcionarme algo de calor. Cuando vuelvo a casa, veo que Giselle ya no está. Mi padre me recibe con alegría, por lo que deduzco que sea cual sea el pacto con Gigi, éste le ha agradado. No tarda en contármelo, aunque primero quiere que me lave las manos y me siente en la mesa para comer juntos. Veo que sigue estando el plato de mamá y sé que, un año más, papá sigue sin superar la pérdida de su esposa. Me comporto como una persona decente y no quiero causarle problemas ya que ahora, al menos, parece contento.

—¡Los Spandau me dan una hectárea y doce mil euros por apenas siete metros de la parte trasera, Kat! —suelta notición. No puedo creer que alguien desembolse tanto dinero por un trozo de terreno tan pequeño. Giselle debe de estar realmente encaprichada con esa casita— He aceptado, por supuesto, es una gran oferta, y no nos afecta en nada.

—Claro, papá, lo que tú quieras...

La noche transcurre sin más problemas y no sé nada de Giselle al día siguiente. Lo que sí veo es que Scott acaba de morder la correa de un reloj. A punto estoy de poner grito en el cielo, pero cuando me acerco veo que no es ni de papá ni mío. Se lo arranco de los dientes y, aunque protesta, no le hago caso. Un reloj de la casa Omega. Scott ha destrozado un reloj que vale cerca de cinco mil euros. Aparte de esta barbaridad, quiero saber de donde lo ha sacado y, al preguntárlo, vuelve a ir hacia la zona de la puerta. ¿Acaso sería lo que ayer encontró por ahí? El reloj parece ser nuevo, por lo que me pregunto si habrá alguien viviendo allí abajo.


N/A. Katarina Schümbert es una creación de Amanecer tras el Acantilado.