Hola nuevamente mis muy queridos lectores. Como prometí he vuelto con la continuación de 'Cautiva'. Ya sabéis que siempre intento ser lo más realista que puedo en mis relatos, investigando y demás. Por ejemplo he averiguado que los apretones de manos datan de la época prerromana, y que en la Edad Media los caballeros se daban la mano con la contraria a donde estaba su espada en señal de que no iban a atacarles. ¿Curioso, cierto?

Disclaimer: Ni los personajes ni la ambientación me pertenecen, de todo ello es dueño Ubisoft. Creador de la maravillosa saga de Assassin's Creed.

Presentaciones

Octubre de 1191 d.C.

Las tranquilas aguas del mar Mediterráneo azotaban con una perniciosa letanía los botes que permanecían atados en el puerto de Limassol. El sol se estaba escondiendo ya en el horizonte, coloreando de un hermoso tono anaranjado la superficie que tocaba. Las olas variaban los colores, a veces más claros o intensos según la fuerza con la que vinieran. Era una visión casi quimérica, un paisaje digno de plasmar en algún lienzo. Pero ni pinturas ni óleos podrían llegar a transmitir aquella paz y melancolía que infundía esa visión en el pecho de la joven que, con la mirada perdida en la lejanía, se encontraba sentada en las tablas del muelle mientras sus pies colgaban meciéndose por encima del agua.

María estaba observando el horizonte con una lacónica sonrisa encauzando su rostro. Tantos sentimientos y situaciones vividas en un solo día eran demasiados, incluso para ella. Después de todo lo que había vivido, la experiencia que había obtenido en el transcurso de su viaje, la obligada convivencia que había sido imposible evitar, los rostros conocidos, las palabras dichas… Al final de todo aquello delante de suya se encauzaba una cruda realidad. La vida era impredecible a la vez de irónica. Para lo que había venido a Tierra Santa, en lo que había puesto su vida e ilusiones, no era más que una falsa, una burda broma que le gastaba el destino por creer ciegamente en los designios de una persona en la que no debió confiar inicialmente.

«No, la culpa no es de Robert», se dijo a sí misma alzando la cabeza, observando el despejado cielo. «Es mía por caer tan fácilmente bajo las palabras de honor y gloria.»

Era lo único que había querido obtener de ahí. Ni riquezas, ni tierras, ni renombre. Únicamente el reconocimiento de que al ser mujer podía luchar igual o mejor que muchos soldados, que su vida no era ni más ni menos importante que la de los demás únicamente por poder tener hijos, que su obligación no era estar recluida entre cuatro paredes criando a los vástagos de un esposo autoritario. Aquello era lo que había querido conseguir durante su estancia en Tierra Santa, pero había fallado estrepitosamente en su cometido.

«¿Qué honor y que gloria hay en masacrar un pueblo entero? ¿Qué sentido hay en matar niños, mujeres y ancianos?», pensó apretando los labios.

Era una asesina, puede que no lo fuera como Altaïr que se guiaba por esa especie de moralidad que se había impuesto a sí mismo. Él escogía sus propios objetivos, los que debían morir, cuya existencia sólo provocaba la desgracia de otros, la subyugación del pueblo. No quería decírselo, pero le admiraba y envidiaba. Porque había conseguido algo que ella deseaba sin haber luchado por ello, simplemente por seguir sus fehacientes convicciones. El honor de todo guerrero, el ofrecer la muerte a aquel que ha dedicado la vida a la lucha sin descanso. La gloria de cumplir su cometido con éxito sin dejar que nada ni nadie se interpusiera en su camino.

—Nunca hay que dudar de la perseverancia de un Asesino —musitó en voz baja.

Hizo una ligera mueca mirando de reojo el barco en el cual Altaïr había subido hacía más de quince minutos. ¿Por qué estaba tardando tanto? Únicamente debía de pagarle lo que le debía a Hevel, no creía que el Asesino se hubiera parado a tener una amena charla con alguien a quien no conocía, no parecía ser de ese tipo de personas. Suspiró bajando la cabeza, observando con curiosidad sus pies. Ella debía de quedarse ahí abajo para esperarle como cualquier fiel y devota esposa cristiana haría. Entrecerró los ojos recordando las palabras que este le había dirigido antes de subir al buque.

«Eres tú quien se ha inventado lo de que eres mi mujer. Espera aquí, no tardaré»

Primero que nada, no era ella quien lo había inventado, eso lo había hecho Markus. Y segundo, ¿por qué le estaba haciendo caso? Bien podría ignorarlo, subir al barco para decirle que no era quien para darle órdenes, que era libre de hacer lo que le diera la gana. Como si pretendía ir hasta Acre nadando. Altaïr no tenía derecho de impedírselo, no era quien para ello. Conocidos, sí, aunque muy en el fondo estaba empezando a sospechar que su relación iba algo más allá de simples conocidos.

«Compañeros», puntualizó en su mente. «A partir de ahora somos compañeros de viaje, únicamente eso.»

Pensar en eso producía un pequeño escozor en su pecho que no le gustaba nada, una terrible quemazón que le impedía respirar con normalidad. Tal vez si se hubieran conocido en otras circunstancias podrían haber sido algo diferente, amigos o camaradas. Algo más cercano. Pero ambos sabían que sus caminos se separarían cuando llegasen a Acre; él alertaría a su Orden en Masyaf y ella iría a Damasco. Allí con algo de suerte encontraría a algún grupo nómada que se dirigiera a comerciar con telas por la India.

«¿Pero qué diablos está haciendo?», pensó airada mientras se ponía de pie.

Era una simple transacción. Un par de monedas y todos acabarían contentos en ese lugar. ¿Tan difícil era regatear con aquel comerciante? Bufó sonoramente moviéndose intranquila de un lado para otro. La incipiente paz que el atardecer le había provocado se evaporó cuando el sol se hundió en las aguas dejando paso a las primeras estrellas del lugar. Jamás había sido una persona paciente, mucho menos tranquila. Era obediente, eso sí, como cualquier soldado sabía aceptar las órdenes de un superior. Pero ni aunque el mundo se acabase consideraría a Altaïr uno de ellos, ¿por qué no se iba de ahí sin más?

«Porque le debes tu vida», le recordó una burlesca voz en su mente. «Y sabes que no te sentirás tranquila hasta que le ayudes.»

Se llevó las manos a la cabeza, recapitulando los últimos hechos ocurrido apenas hacía un par de horas. Sí, Altaïr le había salvado la vida en aquel lugar. Incluso la había ayudado a escapar de aquel peligroso pozo mientras escalaban para salvar ambos la vida. En medio de aquel caos él la había rescatado. Además, durante todo su penoso viaje, al ir juntos, siempre había buscado su bienestar. De alguna extraña forma pero así era.

Lanzó un largo suspiro. Ahora que Bouchart había muerto la Orden debía reorganizarse nuevamente, lejos de Tierra Santa. Altaïr había ganado, los Asesinos lo habían conseguido e internamente se alegraba por ello. Al menos mientras él liderase su hermandad sabía que nunca acabarían con la vida de alguien que no se lo mereciera. No era mercenarios que mataban a sueldo, la cosa distaba bastante de aquello.

«Pero un líder idiota», sonrió ligeramente sin pretenderlo.

Pensar que hacía un par de semanas lo habría degollado sin remordimientos le provocaba cierta diversión que no sabía identificar de donde venía. Todo había cambiado demasiado en poco tiempo. Sus afiliaciones, su mundo, su Orden… En lo que creyó alguna vez se había evaporado, escapado de sus manos como los granos de arena de una paradisíaca playa. En verdad ya nada era lo mismo.

«No, he sido yo la que ha cambiado», razonó quedándose quieta en las tablas. «El mundo sigue siendo el mismo lugar caótico de siempre. Lo único que ha variado es que ahora sé que es lo correcto.»

Escuchó el sonido de pasos golpeando la madera, cosa que hizo que se girase para ver aparecer la figura de Altaïr. Estaba tranquilo y bastante cómodo, la transacción no debía de haber sido demasiado complicada si se veía así. Dio un par de pasos dudosos mientras se fijaba que Hevel no parecía haberlo acompañado hasta la cubierta.

—¿Y bien? —preguntó mirándole—. ¿Cuánto ha sido, esposo? —acentuó con malicia la última palabra.

Él la miró alzando la vista. La primera vez que María le había dicho que actualmente era considerada su esposa no había sabido cómo actuar. Tuvo que aguantar pacientemente el ataque de risa que ella había tenido al vislumbrar su cara de desconcierto. Estuvo como un par de minutos sin poder contenerse bajo su atenta mirada. Verla reír de aquella forma le resultó tan extraño; la única vez que la había oído fue en aquel barco pirata hacía unos pocos días que ahora se le tornaban lejanos y difusos. Le gustaba su risa. Era alegre, sincera, sin que nada le impidiera mostrar aquella infantil felicidad que le provocaba tal broma. Después de aquel pequeño paréntesis explicó esa inusual situación que estaba viviendo.

Su plan no era para nada descabellado: hacerse pasar por una mujer que necesitaba ayuda para regresar con su marido era ingenioso. Pero aún así no le había gustado que mintiera sobre la relación que había entre ambos. Aunque en el fondo ansiaba que algún día esta se diera, las mentiras jamás llegaban a ningún sitio, por más inocentes y necesarias que fueran. Le hubiera gustado reprenderla por mentir, pero no pudo. Aquella escueta mentira había conseguido algo que él no podría haber iniciado por sí mismo, un acercamiento. La pequeña broma había provocado que ella riera, que le hablase con confianza. Se negaba a dejar de sentir esa satisfacción que le provocaba estar a su lado por algo tan nimio.

—Dos monedas —respondió—. Me ha rebajado el precio porque lamenta profundamente que hubieras tenido que viajar en tan malas condiciones. Pero que Dios es quien controla los mares, no él —dijo encogiéndose de hombros ligeramente.

—Dios me odia, lo he ido confirmando poco a poco —aseguró mientras se giraba—. ¿Únicamente para eso has tardado tanto? ¿Seguro que no habéis hablado de nada más? —Alzó una ceja intentando inspeccionar, sin conseguirlo, el rostro del Asesino.

Aquello hizo que Altaïr girase la cabeza hacia el mar. No, aquello no era de lo único de lo que habían estado hablando ciertamente. Pero tener que contarle toda la conversación le provocaba cierto desasosiego, sobre todo porque no sabía cómo iba a tomarse María que hablase a sus espaldas. Por el temperamento que había demostrado durante todo el viaje, no demasiado bien.

«Su esposa es una mujer muy inusual —le había dicho Hevel a los pocos minutos de entrar en su camarote, mientras tomaba un poco de té—. Una persona con mucho carácter, sobre todo en sus ojos. Parecía una fiera herida a punto de saltar.»

Era cierto que María tenía unos ojos fascinantes. Fue lo primero que le llamó la atención de ella, la ferocidad con la que le miraba; esos orbes azulados que mostraban siempre lo que sentían, que en ningún momento ocultaban lo que pensaba realmente. Tal ver por eso había despertado esos extraños sentimientos en él.

«María es alguien peculiar —respondió rápidamente—. Siempre ha sido así.»

«Curioso uso de palabras —comentó relamiéndose los labios—. Ella aseguró lo mismo de usted. Que era alguien peculiar. —Después de aquello una pequeña risa salió de sus labios—. Para ser recién casados se conocen bien.»

Eso le resultó bastante extraño. Esa afirmación más bien errónea le sorprendió, pero rápidamente fue olvidada cuando Hevel empezó a hablar sobre mujeres en general, puntualizando la rareza que era encontrar a una de estas con un aura tan fuerte como la de María. Si bien aquel hombre podía haberse pasado horas comentando sobre aquel tema, el hecho de indicar la cuestión del pago hizo que acabase su pequeño monólogo.

Miró de reojo a su acompañante, que seguía insistiendo con la mirada para que le contase lo que había sucedido en el barco. Se negaba a mentirle, pero omitir parte de la verdad no podía considerarse en sí una mentira.

—No solo eso. También me comentó que eras una mujer de carácter —repuso lánguidamente—. ¿Le diste una patada en la cara para confirmarlo? —expuso distraído mientras una escueta sonrisa de diversión afloraba en sus labios.

—¡No! —exclamó mientras su rostro se volvía parcialmente rojo por la vergüenza—. No hice nada para que diga eso, me comporté bien. Contesté a sus preguntas como haría una buena esposa. —Arrugó la frente—. No me comporté de ninguna forma extraña para que diga eso… —terminó musitando mientras ladeaba la cabeza—. Y… —comenzó a decir dubitativamente— siento haberte dado una patada entonces. Pero te la merecías.

—¿Qué me la merecía? —Abrió mucho los ojos para mirarla directamente—. Te desaté para que subieras la escalera bien, y me golpeaste nada más empezar a hacerlo. ¿Qué hice para merecer esa patada?

—¡Todo! ¡En ese momento habías hecho de todo! —bramó mirándole—. Para mí no eras nada más que un Asesino que se creía superior a mí, cuyo deseo más profundo era acabar en lo único que había podido confiar durante este último año. Querías destruir algo preciado para mí, además me habías casi esclavizado —puntuó—. Por eso te di esa patada y bien merecida que te la tenías.

«Pero aún así te salvó la vida», la burlesca voz volvió a asomarse en su cabeza como el molesto zumbido de un mosquito.

Aquella declaración le había dejado momentáneamente sin palabras. Jamás pensó en cómo debía de estar sintiéndose ella, únicamente intentaba mantenerla a salvo. Haberla dejado en Acre habría significado su muerte tarde o temprano a manos de los novicios al inmiscuirse en algún turbio asunto. Por eso había preferido mantenerla en lugares seguros, o al menos aparentemente seguros, para que nada le ocurriera y aunque su cercanía le producía siempre cierta satisfacción en ningún minuto se paró a pensar en cómo de humillada o enfadada debía de sentirse. Caviló unos momentos en sus palabras, buscando la forma más sencilla de explicarse.

—No te había esclavizado —empezó—, únicamente… —la prominente voz de María no le dejó continuar.

—¡Claro que me habías esclavizado! ¡Estaba presa! —gesticuló uniendo sus manos como si una soga invisible las uniera—. Me habías tratado como si fuera un perro faldero, llevándome atada de un lado para otro, ¡cómo si fuera un maldito engendro de exhibición! —Su respiración era fuerte—. ¡Qué sí! ¡Tú tenías razón y yo no! ¡Tú estabas en lo correcto y yo no! ¡Tú sabías lo que debías hacer y yo no! ¡Pero eso no te daba derecho a hacer eso! ¡No te lo daba!

Se sentía mareada, dolida a la vez que rabiosa. Miraba nuevamente a Altaïr como si fuera un enemigo, no un compañero. ¿De verdad estaba tan enfadada por aquel tema? ¿Estaba furiosa con él o únicamente estaba dándole salida a todos aquellos sentimientos que llevaba días acumulando? Era cierto que se había ganado esa patada, no lo había planeado inicialmente en la cara, pero no quitaba que no se la mereciera. Apretó los puños, estaba desahogándose con la persona equivocada, puede que una vez él fuera el causante de todos sus males. Pero los últimos acontecimientos de su vida se los había estado buscando ella sola.

—María… —la voz de Altaïr sonaba lenta, casi desconcertada.

—Mira, siento haberte gritado —intentó decir respirando hondamente—. Pero te merecías esa patada, sé muy bien que quizás en cierta forma me merecía ese trato, para abrir los ojos. —Tomó una gran bocanada de aire—. Sin embargo…

No pudo seguir porque sorpresivamente el Asesino había colocado su mano en el hombro y tenía puesto sus ojos dorados fijamente en los de ella, escudriñándolos a conciencia. Aquel impropio acercamiento le hizo dar un paso atrás, asustada por la reacción que había tenido.

—María estás…

—¿Qué se supone que haces? —Le señaló—. Que por unos momentos hayamos fingido ser marido y mujer no te da derecho a tomarte tantas confianzas, Altaïr.

—Pero estás llorando —indicó consternado.

—¿Llorando? No seas idiota, yo no lloro. —Se llevó la mano derecha a su mejilla para comprobar que estaba completamente equivocada. Ahí, al igual que el rocío por las mañanas se encontraban cayendo pequeñas gotas —. ¿Qué?

Puso ambas manos al rostro comprobando efectivamente que se había puesto a llorar. ¿En qué momento? ¿Cuándo? Miró a Altaïr el cual parecía tan sorprendido como ella y sin saber porque se tapó la cara intentando limpiarse las lágrimas que no dejaban de salir.

—¡No! ¡No! ¡No! —gritaba furiosa al ver que estas no paraban—. ¡Yo no soy así! ¡No lloro por gilipolleces! ¡Mierda! ¡Parad de una vez, joder!

¿Por qué justo en ese momento? ¡¿Por qué tenía que llorar justamente enfrente de la persona que menos deseaba ser débil?! ¡Era injusto! ¡Muy injusto! Además ni siquiera sabía porque estaba llorando. No lo había hecho cuando Robert murió, ni cuando sus hermanos la dieron de lado, ¡ni siquiera había llorado cuando Altaïr le clavó la espada en el hombro y eso que dolió como mil demonios pinchándole repetidas veces!

—Tranquilízate —habló intentando, en vano, mantener el aire conciliador que hasta hace poco los había rodeado.

—¡No me digas que me tranquilice! ¡No entiendes nada! ¡No sabes nada! —dijo bien alto retirándose las manos del rostro para poder mirarle—. ¡No me conoces! ¡Nadie me conoce! ¡¿Vale?! ¡Estoy sola en este mundo! ¡¿Entiendes?! ¡No me digas que me tranquilice!

Y de pronto, una cruda verdad cayó encima de sus hombros como si por fin sus lágrimas hubieran encontrado una razón de ser. No lloraba por aquella estúpida pelea sobre la patada; lo hacía porque al gritar esa serie de improperios hacia él había comprendido que la culpa de todo lo sucedido hasta el momento era suya. Únicamente suya. Pero a nadie parecía importarle mínimamente. La idea de la soledad era algo que siempre había tenido presente, pero ahora se la tornaba verdaderamente real.

Ya no había familia a la que acudir, hermanos con los que estar, Orden en la que refugiarse. Ni siquiera tenía allegados en aquella tierra de nadie. Estaba completamente sola. Con sus penas, con sus culpas, con sus remordimientos, con todo. Intentó abrir la boca fijándose en Altaïr que le había parecido prudente permanecer alejado de ella al menos un par de pasos. Que aquel estúpido reproche que se le había ocurrido decir únicamente para molestarla hubiera desatado en esa muestra de rabia por parte de María era algo que no habría podido predecir jamás. Se decía popularmente que las mujeres eran impredecibles, pero ella simplemente era ilegible, no podía calcular nunca sus movimientos. Ni siquiera era capaz de evocar que era lo que estaba pensando.

—Sí te conozco —respondió lentamente alzando las manos. Lo que buscaba María era entendimiento.

—¡Por supuesto que no! ¡Saber un par de datos de mi pasado no te convierte en un experto! —espetó con furia llevándose las manos a la cabeza.

—No hablo de eso —siguió intentando mantener el tono tranquilo—. Sé que eres alguien luchadora, siempre lo has sido y lo he visto con mis propios ojos. —Esto hizo que ella le mirase con desconfianza—. Te cuesta mucho confiar en las personas, seguramente porque toda la vida la gente te ha decepcionado.

Aquello hizo que ella se mordiese ligeramente el labio, como si quisiera decir algo pero, al parecer, prefería esperar a que Altaïr terminase de hablar para hacerlo.

—Tienes un carácter muy fuerte, lo pude ver el primer día que nos enfrentamos. Eres un soldado, María. Pero hasta los más duros tienen miedo, y el miedo no es malo. —Lanzó un largo suspiro—. Lo auténticamente malo es dejar que ese miedo nos domine.

—Yo no tengo miedo… —musitó sin mucha convicción.

—Temes a no ser entendida. A que nadie te reconozca —puntuó—, temes a que nadie se percate si desapareces. Por eso lloras.

Se sorbió la nariz limpiándose quedamente las lágrimas. Estas parecían haber aminorado su salida, dejando sus ojos parcialmente rojos. No sabía si estaba comprendiendo bien las palabras que él intentaba decirle. La soledad era algo con lo que siempre había convivido, era algo que debería haber asimilado ya, ¿por qué entonces su llanto?

—¿Vas a soltarme una de esas frases ininteligibles que tanto te gusta decir cuando no es necesario? —murmuró con algo de sorna intentando volver a la normalidad.

—No, si prometes que te vas a tranquilizar —afirmó comprobando que al parecer su llanto ya no continuaba.

Le miró alzando la cabeza para fijarse en él. Siempre tan extraño, comportándose de forma tan diferente a cuando un hombre trataba de conolar a una mujer. Pero ella no quería eso, no quería que nadie la estrechase entre sus brazos asegurándole vanamente que todo iba a solucionarse aunque fuera mentira. Lo que Altaïr había dicho tenía algo de lógica, quizás por eso sus lágrimas habían parado, porque no era el tipo convencional de consuelo, pero le había demostrado que al menos él sí la reconocía.

—Está bien —su voz sonaba congoja, casi ahogada—. Si mencionas este asunto a alguien alguna vez te cortaré la lengua —amenazó.

Llorar ya era bochornoso de por sí. Hacerlo delante de alguien del que únicamente sabía dos hechos fehacientes en su vida era aún peor. Al menos creía que podía confiar en su discreción. Si no había vuelto a mencionar lo de las ropas de cortesana, bien podía callarse la boca con el tema de ese absurdo llanto que le había asaltado.

—No pensaba decirle nada a nadie —aseguró, acercándose hacia ella con paso seguro—. Deberíamos ir a descansar a algún sitio.

Ella le miró de reojo. Quizás en él sí podía confiar, aunque fuera durante un tiempo. Meneó la cabeza ligeramente. Pero si quería hacerlo debería conocerle mejor, al menos un poco más. No únicamente su nombre, ni siquiera sabía su apellido. Dio un par de pasos adelantándolo por la derecha llevándose la mano al rostro para eliminar cualquier rastro de las lágrimas que había contenido durante tanto tiempo.

—¿Qué tal si empezamos de nuevo? —preguntó, aunque él no pareció entender la pregunta—. Ambos vamos a ir a Acre, pero yo no siquiera sé tu nombre completo. ¿No crees que al menos me he ganado el derecho de saberlo? —cuestionó—. Después de todo me has llevado de aquí para allá por toda la isla.

¿Empezar de nuevo? La miró completamente extrañado por aquella repentina petición. Si bien era cierto que lo que le atraía de ella era eso, su impulsividad, su sinceridad, su carácter… Toda ella no mentía. Tal vez por eso sonrió ligeramente mientras asentía dispuesto a darle su respuesta.

—Altaïr Ibn-La'Ahad, hijo de Umar —contestó como habría hecho a cualquiera de sus hermanos.

—Yo soy María, de Thorpe. —Extendió la mano derecha hacia Altaïr que la miró con cierta extrañeza, sin saber que hacer—. Se supone que tienes que sostenerla, es un saludo.

Aunque no entendía muy bien para qué servía aquello adelantó su mano siendo rápidamente asida por ella, dando un fuerte apretón mientras una tímida sonrisa se posaba en su rostro.

Puede que aquel fuera únicamente un acto de cortesía por parte de la extranjera, algo a lo que estaba acostumbrada en su tierra. Sin embargo para él era un corto paso más hasta ella. Había prometido cuando la vio luchando con Bouchart que no iba a permitir que nadie la alejara de su lado. Y pensaba cumplirlo.

Continuará...

Aquí está el inicio de nuestra historia. María apenas conoce nada de Altaïr salvo lo que ha podido ir conociendo a través del viaje y que es el Maestro de su Orden. Sin embargo Altaïr sí se ha ido fijando en los pequeños detalles de María, no la conoce en profundidad, eso es imposible, pero al menos lo suficiente para describir su personalidad de forma acertada. Sobre el porque ha terminado llorando María en el capítulo... por sino ha quedado claro es por todo. En Cautiva no quería llorar para no mostrar debilidad, pero al final de alguna u otra forma habría estallado igual o peor, en este caso por culpa de la pequeña broma de Altaïr. Él únicamente ha sido el perjudicado, aunque al menos ha sabido calmarla, no es muy dado a tratar con personas así, perdonadle sino es cariñoso, eso no va con él. Espero que os haya gustado el capítulo.