¡Hola a todos! No, no he muerto. Siento muchísimo haber tardado tantísimo en subir este capítulo. Creí que podía subirlo antes de final de año, pero debido al tiempo que tuve que invertir durante meses para terminar mi Máster no me sentía capaz de escribir nada coherente. Y, sinceramente, casi todo este capítulo lo he ido iniciando y borrando en más ocasiones de la cuenta porque siempre me parecía horrible todo lo que hacía. Tenía muy claro qué era lo que quería que ocurriera en él, pero ni mi cabeza ni mis ganas de continuar la historia pudieron escribir algo coherente en meses. Lamento mucho haber dado la sensación de que esta historia no iba a continuar, nunca la dejaré de escribir hasta que la termine y eso os lo prometo. Este capítulo es algo más corto que los anteriores pero también porque es mucho más descriptivo y deseaba que acabara en la parte que lo hace, alargarlo habría hecho perder mucho el enfoque que quería darle. Muchas gracias a todos y espero que lo disfrutéis.

«Y Altaïr estaba tan sorprendido que casi baja la guardia. Lo que había oído no era el inconfundible tono francés masculino de Robert de Sablé, sino una voz que estaba seguro que pertenecía a una mujer. Una mujer inglesa. —La Cruzada Secreta»

Empatía

Noviembre de 1191 d.C.

Mantenía los ojos cerrados, disfrutando del suave canto de la anciana que se encontraba a su lado. Su voz, ajada por el paso de los años, aún poseía la fortaleza suficiente para entonar aquella canción sin que perdiera un ápice de su encanto. Su tono era dulce y cariñoso, acorde con las palabras que estaba diciendo. Y, a medida que el rumor disminuía, el sueño la iba venciendo, aún rememorando los últimos acordes antes de que la duermevela la alcanzara. Había oído esa melodía durante toda su infancia, casi desde que tenía memoria. La había memorizado, entonándola ella misma en medio de la oscuridad, intentando de esta forma alejar sus miedos.

Las palabras volaban de sus labios, evocando en sus recuerdos una época más sencilla y simple. Su madre la había obligado desde que era una niña a comportarse como una doncella. Educada y amable; sonreír a pesar de no sentir ningún gozo. Aprender a la fuerza las maneras en las que una mujer podía satisfacer a un hombre. Saber coser y cantar. Ninguna de sus enseñanzas había dado sus frutos. Sin embargo, a pesar de su negación a seguir las directrices maternas, sí había aprendido a cantar. Su voz no era aguda, sino grave y musical, una característica extraña en mujeres. Una de las pocas cosas por las que su madre estaba orgullosa de tenerla como hija. A veces, antes de que tuviera edad de merecer, cuando su padre recibía invitados a ella la obligaban a asistir y cantar, demostrando de esta forma la única cualidad femenina de la que sus padres podían presumir.

Al principio cantar era un placer, hasta que se convirtió en una obligación. La música quedó clausurada en su hogar, guardada con recelo para las visitas. La práctica se convirtió en tortura y su voz se fue apagando, convirtiéndose en un débil susurro antes de que cumpliera los dieciocho. Por eso, mientras entonaba con una dulzura inusitada aquella canción que le traía tantos recuerdos, supo que había cometido un error.

A ghrian a's a ghealach, stiùir sinn —recitó la última estrofa bajando la voz—. Gu uair ar cliù's ar glòir.

Cerró los ojos respirando hondamente. Las palabras iban y venían, al igual que la letra de la canción. Ella creaba una historia, la cantaba como si volviera a ser una niña que orgullosa muestra a los demás que es capaz de hacer algo que creían que sería incapaz.

Naoidhean bhing, ar rìbhinn òg —susurró—. Mhaighdean uasal bhàn.

Tras terminar de entonar aquella frase la rodeó un profundo silencio, roto por la jovial exclamación de Ziva. María miró a su alrededor, recordando dónde se encontraba desde que se dejó llevar por la melodiosa letra de la canción. La pequeña la observaba con una mezcla de sorpresa y emoción, sus ojos fulgían alegres, totalmente distintos a los de su hermana. Herut la miraba estupefacta, como si al oírla cantar hubiera recordado algo desagradable.

—¡Cantas muy bien, gentilhomme! —bramó—. Casi como los trovadores.

La inglesa bajó la vista, abochornada. Nadie había alabado su voz en años, por lo que el sentimiento de admiración que mostraba Ziva hacia aquella habilidad resultaba abrumador.

—No sabía que había trovadores por estas tierras —respondió sincera.

Recordaba haberlos visto durante las ferias de primavera cuando era una niña. Iban ataviados con ropas casi andrajosas y algunos instrumentos que acompañaban a los poemas y canciones que recitaban. Era una mezcla entre músico y cómico, explicando de manera exagerada mientras gesticulaba excesivamente cada una de las acciones que narraba, provocando de esta forma las risas del público. A veces se trataban de historias épicas, otras dramáticas, las cuales hacían llorar a las mujeres debido al trágico destino de los protagonistas. A ella nunca le habían gustado, no entendía el significado de sacrificarse por los demás. Cómo el héroe moría para salvar a la dama, haciendo que el destino de la plañidera mujer fuera el de mantener viva su memoria. Por eso siempre le habían gustado las narraciones épicas, las batallas que tenían los caballeros, saliendo siempre victoriosos de las contiendas en las que se enfrentaban.

—Una vez conocimos uno, un veneciano —afirmó—. ¿Verdad, Herut? Era tan alto como una montaña y tenía un acento muy extraño —comentó—. Por eso Nadav se compró ese instrumento, aunque no sabe tocarlo tan bien como el trovador.

María parpadeó ante tal revelación. Había escuchado a Nadav intentar, sin conseguirlo, afinar las cuerdas del arpa que solía cargar todas las noches. El sonido de aquel instrumento debía ser suave y dulce, no estridente y agudo. Había gastado demasiadas horas en su infancia aprendiendo a tocarlo como para olvidar el armonioso trino que debía emitir.

—¿Sabes tocar también como los trovadores, gentilhomme? —preguntó.

—No —mintió—, jamás me enseñaron tal cometido.

—Es una lástima —se quejó—, podrías haber enseñado a Nadav.

La inglesa hizo una mueca, encogiéndose de hombros como respuesta. Si empezaba a tocar aquel instrumento llamaría innecesariamente la atención de todos los que había en el campamento. Al contrario que en la cultura cristiana, donde la música estaba relegada a un segundo plano, siendo a veces criticada de forma firme por la iglesia; en aquella tierra la música era algo que se palpaba en el ambiente. Cuando había ido a Jerusalén recordaba haber oído cánticos por las calles, el sonido de laudes, los riq y las zurnas acompañado por voces corales entonadas de manera armoniosa. Al igual que allí, incluso en el asentamiento la música era algo presente, no constante, pero sí mientras patrullaba oía canciones en el otro extremo del perímetro. Sin embargo, no todos sabían tocar tales instrumentos, era una habilidad preciada y extraña. Mostrar que ella poseía tal don no haría más que propiciarle problemas en un futuro.

—Vámonos, Ziva —dijo Herut tras mirar a la inglesa frunciendo el ceño—. Padre nos estará buscando para cenar.

La pequeña se tocó las trenzas mientras su hermana se ponía de pie. Miró de reojo a María apretando los labios, dudando si hablar mientras un pequeño sonrojo se posaba en sus mejillas. Herut se alejó hacia las tiendas y, cuando estuvo lo suficientemente lejos para no oírla, Ziva habló en voz baja.

Gentilhomme, ¿me enseñarías? —preguntó en un susurro.

—¿Qué? ¿Enseñarte? —parpadeó—. ¿Enseñarte qué?

—La canción —puntuó—, sé la parte que Herut canta. Creo que está enfadada porque tú la has cantado mucho mejor que ella —comentó—. ¿Me la podrías enseñar?

María se quedó en silencio sin saber que responder. Sabía que había sido un error cantar esa canción, lo supo en cuanto vio la cara de la niña colmada de ilusión mientras interpretaba la letra. En esa ocasión no había habido nadie cerca que tuviera suficiente oído musical como para identificar su voz como el de mujer; pero, aunque lo hiciera, había oído antes a hombres entonar canciones con voces agudas. No obstante, no podía olvidar el peligro que corría si era descubierta. Si alguien sospechaba que era mujer sería imposible luchar contra todos los soldados que había en el campamento y sobrevivir, por lo que tenía que ir con cautela.

—No creo que sea buena idea —respondió—. No soy más que un mero sirviente. Una cosa es que oigas mis historias y otra que te enseñe a cantar, no sería adecuado.

—¡Pero…! —bramó, aunque inmediatamente bajó la voz—. Pero yo no se lo diría a nadie, gentilhomme, será nuestro secreto. Por favor —suplicó—. Sé que a Herut también le gustaría aprender la canción, pero no lo pedirá porque es muy cabezota. Aprenderé rápido, ¡lo prometo! Me esforzaré mucho.

Se fijó en su rostro, tan pulcro e inocente, deseosa de obtener un conocimiento que de otra forma le estaría vetado. ¿Acaso no era lo que ella había deseado toda su vida lo que ahora negaba a la pequeña? Siempre que había querido aprender algo: luchar, cazar, montar a caballo… Sus padres le habían respondido con una rotunda negación. Le habían prohibido adquirir dichas habilidades ya que eran impropias de una doncella, aunque ella aún no entendiera el significado de dichas palabras. Aquella niña sólo quería aprender algo que deseaba con fervor, ¿quién era ella para negárselo?

—Está bien, te enseñaré —aceptó—. Pero nadie debe saber que te estoy enseñando a cantar.

Ziva asintió con rapidez.

—¡Nadie! ¡Es una promesa! —trinó feliz antes de salir corriendo hacia la tienda donde se encontraba su familia.


Altaïr alzó la vista por encima de su hombro, viendo en la lejanía la cúpula de la mezquita de Damasco brillar con el crepúsculo. Habían pasado seis días desde su llegada a la ciudad y, tras ese periodo de relativo reposo, se disponía a partir hacia el norte; de vuelta a Masyaf. A pesar de haberse inmiscuido en los asuntos del rafiq al modificar las rutinas de los novicios, todo parecía bajo control. Había preferido permanecer allí supervisando los movimientos de los fedayines, escuchando cuidadosamente la información que cada uno conseguía de sus respectivos objetivos durante esos días. Asegurándose de esta forma de que sus órdenes se cumplían sin miramientos. Imam se había comportado como siempre, acudiendo a su impertinente sentido del humor para hacer comprender al Asesino el gran peso que había depositado sobre sus hombros.

A pesar que su principal interés era averiguar cuán organizados estaban aquellos fanáticos, para así evitar futuros altercados que pudieran cobrarse la vida de personas inocentes, durante su estancia había permanecido activo. Se había dedicado a recorrer la ciudad, escuchando cada susurro que mentase a Jubair, observando a lo lejos el caótico movimiento de la ciudad. Incluso había ido a visitar nuevamente a Wafai, siendo recibido por su joven sirvienta con un gesto de hastío que ni siquiera trataba de ocultar. Esta vez la conversación había transcurrido de manera más agradable, informándole de cómo había actuando en pos del bienestar de la Hermandad. Wafai comentó que había procedido adecuadamente, quizás con demasiado decoro conociendo los métodos en los que se basaban los Asesinos, pero la cautela era algo que los novicios debían aprender mejor pronto que tarde.

Durante el resto del tiempo había permanecido en sus estancias, vislumbrando embelesado la Manzana. La había mantenido oculta del resto de miembros del refugio, sabiendo que podía traer consigo la misma locura que había generado Abbas tras la muerte de Al Mualim. Sólo Malik sabía que llevaba el Fruto, el resto de miembros suponían que se encontraba custodiada en los aposentos del Maestro. Se había pasado la mayoría de las noches observando con cuidado su superficie, intentando descubrir qué diferenciaba aquel frío metal del duro acero de su espada. Sabía que a pesar de golpear el artefacto no se fracturaría, ya lo había intentado, no había arma conocida capaz de arañar aquella pulcra esfera. La había dibujado en su diario, intentando plasmar cada una de sus hendiduras, como si de esa forma le otorgara significado.

Se había sumido en sus pensamientos, manteniéndose ocupado para evitar que en algún momento de debilidad su mente volviera a evocar a María. A veces, cuando había recorrido las calles de Damasco, había sentido la tentación de volver sobre sus pasos y perderse en el oasis, convertirse en una sombra de sí mismo buscando algo que sabía que no podría alcanzar. Sin embargo, había resistido, aduciendo a la lógica y calmando sus nervios. Al principio evitar dicha acción había dolido, como una quemadura con hierro candente que es golpeada por la fría brisa. Con el paso de los días la esperanza de verla había menguado, el deseo de restaurar lo perdido se había convertido en un vago sueño y su viva imagen ahora era un simple recuerdo, aún presente pero lejano en su mente.

Tras asegurarse que todo se encontraba en orden, había decidido marcharse rumbo Masyaf. Había mandado una misiva a Malik antes de su partida, estimando aproximadamente cuanto tiempo tardaría en llegar a la ciudadela. Casi podía evocar el rostro del Dai al ver que nuevamente iba a retrasarse en sus planes. En la última carta había asegurado que no tardaría más de dos semanas en llegar a Masyaf, pero ya se había cumplido dicha fecha y conocía demasiado a Malik como para tentar a su paciencia.

El camino hacia Masyaf pasaba por Homs, pero antes cruzaría Al Nabk, una localización que hacía de nexo entre la Damasco y aquella ciudad. Era un lugar que solía usarse como enclave para abastecerse de agua y provisiones. Los Templarios nunca habían llegado tan al norte de Damasco, por lo que era una ubicación sin demasiada vigilancia en la que pasar desapercibido no sería un problema. El mayor peligro al que podía enfrentarse no provendría de los guardias fronterizos que había intentado evitar durante su camino a la capital, sino de los que moraban en los senderos. Normalmente se desplazaban a las montañas, en busca de refugio en las cuevas creadas por la continua erosión del aire y el viento. Se dedicaban a saquear las caravanas que recorrían los caminos del reino, subsistiendo de la caza en las épocas de escasez, sin importar cuántas vidas segaran con tal de poder sobrevivir ellos.

Altaïr apenas se había encontrado con ellos, en el pasado los había visto deambular a lo lejos, observándole como un lince a una despistada gacela, sopesando los pros y los contras de ir tras una oveja descarriada pudiendo atacar al rebaño entero. Pocas veces había recorrido los caminos acompañado pues las misiones que le competían no requerían el uso de más de un Asesino. Los bandidos no atacaban a solitarios viajeros, podían escapar fácilmente y les traía poco beneficio perseguirlos, preferían atacar a los comerciantes, cuya huída era mucho más lenta al tener que cargar con sus preciadas posesiones. A pesar de todo él siempre prefería ser precavido, ser cauto podía salvarle la vida, ya lo había hecho en más de una ocasión. Llegar a Al Nabk podía tomarle dos días, eran casi cincuenta millas de distancia y, aunque era reticente a acampar en mitad del camino, perder la montura no era una opción.

El viaje transcurrió en silencio, siendo este interrumpido en alguna que otra ocasión por el feroz trino de las águilas en las alturas. Había visto algunos campamentos, apostados en los lindes del camino, buscando el abrigo de las altas palmeras para construir sus tiendas. Él había preferido continuar, relacionarse con los mercaderes era algo que evitaba a no ser que fuera de estricta necesidad. Siempre interpretaba el mismo papel, el de un mero viajero que volvía a su hogar tras un largo camino. Aunque la fama de los Asesinos estaba muy extendida por Oriente, la mayoría de las historias eran rumores y habladurías, cuentos con los que asustar a los pequeños que cometían fechorías. Sólo en las grandes urbes se conocía de buena mano su existencia y, por ello, los identificaban con facilidad.

Altaïr sabía que debía alejarse del sendero al anochecer, buscar una zona escarpada de difícil acceso para evitar los ataques sorpresa, al menos de esta forma podía evadir las emboscadas. Miró al cielo, viendo como el sol hacía horas que había alcanzado su punto álgido y comenzaba su trémulo descenso hasta el crepúsculo. Estaba planeando detenerse cuando algo a lo lejos llamó su atención, frunció el ceño, acercándose con cuidado a las extrañas formas que se interponían en el camino. Golpeó el lomo de su montura, acelerando el paso hasta llegar al lugar con la mayor premura posible.

Se quedó a una distancia prudente, identificando sin mucha dificultad lo que debía ser un convoy. Había un carromato el cual había volcado, dejando varios sacos de pertenencias saqueadas desperdigadas a su alrededor, entre ellas ropas ajadas y otros artilugios que los atacantes no habían considerado valiosos. El Asesino se acercó, inspeccionando con cuidado el terreno, el ataque parecía reciente, quizás hacía unas pocas horas o un día a lo sumo. Entre todo aquel caos pudo observar tres cuerpos tumbados de espaldas al suelo, como si hubieran intentado escapar corriendo y los hubieran interceptado sin poder defenderse. Eran dos varones y una mujer entrada en años a la cual le habían rasgado la ropa y golpeado en el rostro hasta dejarla irreconocible.

El hombre más joven tenía una flecha que le atravesaba el cuello, muriendo ahogado por su propia sangre, mientras que el mayor era el que parecía más intacto, de no ser por un golpe en la cabeza y la pérdida de varios dedos de sus manos. Aquella era una costumbre bastante arraigada de los bandidos, si los comerciantes iban ataviados con algún tipo de joyas y eran incapaces de quitárselas no les importaba mutilar el cadáver con tal de conseguirlas.

El Asesino bajó del caballo para inspeccionar mejor el terreno. Aquellos sucesos ocurrían muy a menudo, confiados comerciantes que no valoraban tanto sus vidas como su cargamento y se negaban a pagar a otros para su propia protección, sobre todo si se trataban de pequeños mercaderes. Altaïr hizo una mueca, identificando sin mucha dificultad las huellas de los camellos que debían haberse llevado, estas se dirigían hacia el este. Esas bestias eran muy preciadas, pues su carne era rica y jugosa, además de ser el perfecto transporte para largas distancias. Sin embargo, cuando arreciaba el invierno, siempre era mejor llenar el estómago que recorrer los senderos.

Miró los cadáveres, pensando algo que normalmente no solía evocar cuando observaba un cuerpo. En la Hermandad siempre habían enseñado a relegar los sentimientos a un mero segundo plano, al igual que los pensamientos que iban contra las directrices de la Orden. Un objetivo no se diferenciaba de un animal salvaje que había que abatir, no debías preguntarte si tenía familia, si dejaba seres queridos tras su muerte. La empatía no era algo que fomentaran los Asesinos y, no obstante, ahora mismo estaba experimentando tal sentimiento. Aquellas personas debían de ser una familia, tres meros viajeros que habían contado con el infortunio de ser atacados; siendo sus vidas segadas por sus pocas posesiones. Tal vez regresaban de un largo viaje, quizás tenían a alguien los esperaba y que jamás los volvería a ver, preguntándose qué podía haberles ocurrido hasta relegar su recuerdo al olvido.

Apretó los labios, sintiendo un fuerte peso en su pecho. Una ominosa carga que, tras aquel funesto pensamiento, crecía sin dilación. Se dio la vuelta, planeando abandonar aquel lugar, convenciéndose a sí mismo que era sólo porque necesitaba encontrar una zona donde pasar la noche y no por la pesadez que había empezado a sentir. Sus ojos se desviaron con rapidez, moviéndose de manera veloz hacia la derecha al detectar algo con lo que no había contado. El bufido de su caballo resonó como el hueco eco en las montañas, avisándole del peligro que se aproximaba. Se giró, evitando de esta manera una flecha que se clavó en la madera que se hallaba tras él.

A menos de veinte varas había tres hombres, todos vestidos con túnicas oscuras montados en caballos de varias tonalidades. Uno de ellos portaba un arco, mientras que los otros dos habían bajado con velocidad de sus monturas, desenvainando las cimitarras que portaban dispuestos a atacarle. El Asesino apretó los labios, sabiendo que se encontraba en una clara desventaja, no temía su destino ni a los hombres que habían desmontado, sino al arquero. Durante la batalla podía estar atento a varios objetivos, pero no a los ataques a larga distancia. Necesitaba acercarse lo suficiente hasta él para eliminarlo antes de entrar en una reyerta que no pudiera ganar.

Alzó la vista, clavando su mirada en los oscuros ojos de sus contrincantes, la única opción plausible era luchar.


María permanecía atenta a la voz del infante que intentaba emular las palabras que ella había entonado unos instantes antes. Su voz era aguda, un dulce trino infantil que repetía cual pájaro cantor; una lengua que desconocía. A pesar de saberse la estrofa que su hermana mayor solía cantar, su pronunciación era demasiado forzada y en algunas ocasiones incorrecta. Con el paso del tiempo las palabras se habían deformado, transformando las estrofas en otras sinsentido. La inglesa suponía que al haber pasado años lejos de su tierra natal, la madre de las pequeñas había pedido el preciado acento de las islas, convirtiéndose en una mezcla de gaélico y galo, sumándose luego el árabe fluido que hablaban en el campamento como tercera rama fonética.

No había sido más que una niña al abandonar Inglaterra, seguramente no mucho mayor que Ziva en estos momentos. Las palabras y el significado de la canción habían permanecido en su mente durante muchísimos años; sin embargo, la forma de entonarlo había cambiado, transformando la balada en algo casi desconocido a sus oídos. Pero ella conocía demasiado bien ese canto como para ignorarlo o no reconocerlo. Entrecerró los ojos, oyendo nuevamente repetir la estrofa a la niña. A su madre le habría gustado que ella hubiera tenido aquel gentil tono, dulce y musical. Pese a estar orgullosa de su voz cantora no significaba que no hubiera preferido algo menos excepcional y más que casara con su título.

—No es mhaighdiin es mhaighdean —repitió—. Inténtalo de nuevo, el sonido es muy suave, «dean» —dijo procurando mostrar la posición en la que sus labios evocaban las vocales.

Mhaighdeen…

—Mejor, pero es «dean» no «deen».

—Pero suenan casi igual, gentilhomme —respondió apretando los labios.

—Lo hacen, pero no por ello está bien dicho —comentó—. Has mejorado mucho, ya casi te la sabes entera.

—¡Practico mucho! —bramó ella orgullosa.

—Eso está muy bien, cualquier cosa puede aprenderse si se practica lo suficiente —aseguró.

Vio como la pequeña asentía y se alejaba correteando a través de las tiendas. La inglesa sonrió elevando la vista al cielo, el cual estaba decorado de un sinfín de tonos pasteles. A pesar de llevar casi una semana de viaje en los dos últimos días no habían avanzado nada, los exploradores habían avistado una tormenta de arena a pocas millas por lo que se habían desviado hacia el oeste. Aquella discusión había sido ampliamente discutida por los señores mercaderes. Algunos como Amirmoez no estaban de acuerdo con el cambio, pero comprendía que vagar a ciegas en el desierto podía llevar a la pérdida de cargamento, cosa a lo que los comerciantes no se arriesgarían. Otros como El-Amin habían expuesto que, ya que iban a desviarse, podrían regresar y esperar en Al-Quaryatayn a que el tiempo mejorase. Esa propuesta había acabado en una votación demasiado igualada como para considerarla justa.

María no conocía los senderos del desierto, pero por lo que tenía entendido aquella ciudad estaba a dos días de camino al sur, sería volver sobre sus pasos, perdiendo de esta forma el ritmo que llevaba la caravana. Aunque, de todas formas, iban con retraso. Llevaban dos días acampados en aquel lugar, esperando las noticias de los exploradores. Había oído que algunas tormentas de arena podían llegar a durar semanas. Lo más sensato siempre era buscar refugio en alguna zona a resguardo, por eso se hallaban ahora tan cerca de las montañas. Antes la inglesa era incapaz de ver la formación, en el horizonte solo veía arena y el difuminado relieve del camino. No obstante, ahora podía ver a la perfección la silueta de la cordillera alzarse firme en la lejanía.

Durante ese tiempo se había mantenido distante, alejada del bullicio del campamento. Su deber era proteger la mercancía de Avraham y a su familia, alimentar a los caballos y camellos, asegurándose que estos estuvieran descansados y frescos para el camino. El recinto se dividía en diferentes zonas, un enorme círculo que permitía de esta forma bloquear los ataques de cualquier hueste que intentara atacar por los laterales; en el centro de hallaban siempre los animales, ahí era más difícil si los planeaban robar o si por algún motivo intentaban escapar hacia el desierto alguien podía interceptarlo.

Muchos de los mercaderes tenían más de dos docenas de éstos, aunque Avraham apenas contaba con una veintena. Pocos caballos recorrían el desierto pues era mucho mejor usar camellos, pero aún así había unos cuantos incluido el suyo. El cuál, al parecer, había ganado algo de peso desde que lo compró. Era un alivio ver que el corcel aguantaba todo el recorrido sin desfallecer. A pesar de las burlas que generaba entre el resto de integrantes de la caravana le había cogido cierto afecto a su montura. Era un superviviente, se aferraba a la vida pese a que su aspecto le destinaba a una muerte prematura. Tal vez fuese tan obstinado que fuera capaz de llevarla integro a su preciado destino.

La inglesa se acercó al abrevadero donde se encontraban la mayoría de las mujeres hablando en voz alta mientras los niños correteaban a su alrededor. Habían tardado en encontrar uno tan al oeste, el cual se hallaba al lado de un profundo pozo. Era una zona transitada, por lo que aparte de la caravana había más personas asentadas en aquel lugar. Aunque los comerciantes eran reticentes a aceptar extraños en los alrededores por temor a que les robaran su mercancía, en el desierto se comprendía la necesidad de agua era mayor que los bienes materiales, por lo que había visto ya partir a varios viajeros que habían llegado con anterioridad.

Se agachó para empapar su rostro antes de continuar inspeccionando a las monturas antes de que Ziva apareciera tras la cena ávida de increíbles y místicas historias de Inglaterra. Se había convertido en un pequeño ritual que Avraham aprobaba. La pequeña era una mente inquieta, deseosa de cuentos sobre héroes gallardos y lejanas tierras inexploradas. Pese a haberse ganado la confianza del patriarca de la familia, Herut siempre la seguía con una mirada cargada de recelo por la atención que prestaba a su hermana menor. La inglesa no comprendía por qué se mostraba tan desconfiada, aunque suponía que debía culparla por haber sido quien salvara a Ziva cuando estaba bajo su cuidado.

María alzó la vista, lanzando un largo suspiro mientras sentía caer el agua a través de su cuello hasta perderse en su espalda. El calor era su peor enemigo, a pesar de estar acostumbrada al bochornoso clima no llevaba la ropa adecuada para viajar por aquellas tierras. Necesitaba prendas holgadas que permitieran enfriar su cuerpo gracias al sudor, al igual que protección ante el sol, no aquellos ropajes ceñidos.

Escuchó el bufido de un caballo a su lado y, tras ello, una suave y profunda voz que lo calmaba como si se tratara de un infante temeroso. La inglesa hizo una mueca, se incorporó dispuesta a volver a sus quehaceres, dándose la vuelta siendo sorprendida por la cercanía del animal.

—Debería aprender a mantener la distancia si no quiere matar a alguien de un susto —farfulló agravando la voz mientras daba un paso hacia atrás.

Buscó al jinete sobre el corcel pero no encontró a nadie subido en él. Ladeó la cabeza en busca de éste el cual se había agachado junto al abrevadero para recoger agua para su montura. Éste no parecía haberse percatado de su presencia, seguramente porque el desnivel le había impedido ver desde lo alto del animal que ella se encontraba ahí.

—¿María…?

Una pregunta en el aire que continuó con el golpe seco del cubo de agua chocando contra el borde del abrevadero. La inglesa sintió un extraño escalofrío recorrer su espalda, como si una serpiente se estuviera deslizando entre ésta y su ropa. No había reconocido su voz, no al principio; le había llamado la atención pero no había podido identificarla. Su pulso se tornó veloz e intrépido, las palpitaciones de su corazón bombeaban en sus orejas con tal celeridad que eclipsaba el resto de sonidos de su alrededor.

Apretó los puños, sintiendo nuevamente fluir por sus venas el plomo candente que notó la última vez que se vieron. El regusto amargo de la sangre se concentró en sus labios recordándole el porqué se separaron, trayendo consigo a la memoria el sentimiento de humillación y cólera que la había poseído días atrás.

¿Cómo era…? ¿Qué diablos hacía allí? ¿Acaso la había seguido? ¿Existía verdaderamente la posibilidad de que hubiera hecho eso? ¿Tan indefensa la veía que no creía que fuera capaz de protegerse por sí misma? ¿Tan desvalida se veía a sus ojos? En su mente no había respuesta para la infinidad de preguntas que se estaban formulando.

Se encontraba tan abstraída que, aunque sus ojos permanecían fijos en él, no notaba las pequeñas tribulaciones que discernían por el rostro del Asesino. La confusión, la concepción de que aquel instante era certero y la renovada esperanza de verla nuevamente. Se relamió los labios, sintiéndolos especialmente resecos ante la situación que estaba viviendo, intentando por todos los medios evitar mostrar un gesto que delatara lo aliviado que se encontraba al verla a salvo.

—María —repitió.

Tan ensimismado estaba con su sola presencia que no vio venir el puño que se estrelló en su mandíbula.

Continuará...

Lo sé, lo sé, demasiado corto para el cliffhanger que os acabo de meter. Lo sé, pero pensad mejor esto, ¡están otra vez reunidos! ¿Cómo? Bueno, jugaré un poco a Phinneas Fogg con las fechas, pero creo que los cálculos me salen y ya explicaré como este par se ha vuelto a reunir. Ahora me gustará lanzar una pregunta al aire, ¿se merecía el golpe? ¿Sí? ¿No? En mi mente intenté pensar en esta escena de mil maneras posibles, que María mostrara indiferencia, que le hiciera el vacío y que ni siquiera le mirase... Pero esos escenarios parecían irreales, María es una mujer que se deja llevar por las emociones, ver a Altaïr le traería el recuerdo de la última vez que se vieron y no es que sea precisamente un recuerdo agradable. En fin, muchísimas gracias por leer el capítulo.

Gracias a todas aquellas personas que han comentado y leído la historia durante estos meses a pesar de que no sabíais a ciencia cierta si lo iba a continuar... Pero aún así esto sí seguirá. Os responderé a los reviews de los anónimos y al resto esperad la respuesta por PM.

Patty sparda, ¡gracias por leer el capítulo! Lo cierto es que sí, cuando metí a Ziva lo cierto es que la historia iba a tomar otro giro argumental, pero me pareció liar innecesariamente la trama para lo que quería mostrar. Puede que María algún día entienda a Altaïr, lo de tener que salvar a alguien contra su voluntad o que le perdone, pero hoy no es ese día. No te preocupas, si tienes problemas y no puedes comentar no pasa nada, sólo espero que siempre que veas una actualización te sientas animada y feliz, con eso me basta. ¡Un besote!

Aline, ¡gracias por el comentario! Pues el resto de mi historia está en mi cabeza, lo que pasa es que le cuesta muchísimo salir de ella y plasmarla adecuadamente, pero te aseguro que continuará.

Amie, ¡muchas gracias por el review! Yo también pensé que cuando saliera la película el fandom sería mejor, pero todo lo contrario. Creo que en verdad esto empezará a aumentar cuando salga el siguiente juego, que es lo que ocurre siempre. Intentaré actualizar más seguido, ¡lo prometo!

T-Lpez, ¡gracias por el comentario! Haces que me sonroje al considerar esto una novela. No es más que una historia que me gusta demasiado como para dejarla de lado. Espero que el capítulo no te haya decepcionado y que te guste como ha continuado.

Y, como siempre, muchas gracias a todas esas personas que me leen desde diferentes partes del planeta: España, México, Brasil, Perú, Argentina, Chile, EEUU, Venezuela, Malasia, Canadá, Países Bajos, Bolivia, Costa Rica, Nicaragua, Colombia, Eslovaquia e Italia. ¡Muchas gracias a todos! Hasta la próxima actualización.