After Reichenbach
Disclaimer: El Sherlock Holmes ficticio pertenece a Sir Arthur Conan Doyle y a Steve Moffat y Mark Gatiss, aunque el Sherlock Holmes de carne y hueso pertenece a John Hamish Watson.

Este fic es un regalo anticipado de cumpleaños para PrinceLegolas, que es tan fan de la serie como yo. A disfrutarla, mellon nin, y muchas gracias por tus consejos.

Capítulo diez

Cuatro meses después.

Con seis meses de embarazo, John pasaba la mayor parte del tiempo en la biblioteca. Había libros de los temas más diversos: novelas, libros históricos, científicos, de arte, biografías, políticos. Él se entretenía con los de ciencia y a veces Sherlock llevaba la computadora y lo acompañaba. Sinclair les había dado una máquina a cada uno para que el MI6 no los rastreara con la dirección de las suyas.

Una mañana Sherlock se veía más concentrado que de costumbre y después de observarlo un buen rato, su esposo no soportó más la intriga y se le acercó.

-¿Qué ocurre? – bromeó John, inclinándose con cuidado para observar la pantalla por encima de su hombro -. ¿Descubriste un caso interesante en policiales, o acabas de resolver un misterio internacional con un reportaje? Sherlock, ¿qué estás. . .? – calló porque lo que vio lo dejó sin palabras.

Sherlock Holmes estaba comprando en una tienda virtual para bebés.

-¿Qué te sorprende? – preguntó el detective -. Pasamos cuatro meses recluidos aquí y todavía no tenemos nada. La señora Hudson es una maestra con las manos pero no podemos encargarle que nos teja toda la ropa.

-¿Qué estás comprando? – se entusiasmó su esposo.

-Ahora estoy mirando cunas.

-Fantástico – se alegró John -. Ya sabemos que son un niño y una niña. Elige una rosa y otra celeste.

-Odio el color rosa – refunfuñó Sherlock con un puchero.

-Está bien – suspiró resignado -. Entonces, elige las dos azules, o una celeste y otra verde.

-Sinceramente, John, tus gustos dejan mucho que desear – comentó el detective con desdén.

John rió.

-Es interesante que mis gustos te hayan elegido a ti, Sherlock.

Sin hacerle caso, el detective le enseñó un juego de dos cunas gemelas con sus respectivos muebles.

-Dos cunas blancas. Sobrio y elegante, es lo que compré.

-Se ve muy bien – congenió John -. Aunque la próxima vez que les compres algo a los niños, me gustaría participar.

-Te dije que tus gustos son malos, John – volteó para mirarlo -. Una cuna celeste y otra verde. ¿De dónde sacaste esas ideas?

-Entra en la sección de ropas – pidió John para cambiar de tema -. Quiero ver conjuntitos para recién nacidos.

Sherlock así lo hizo y pasaron un tiempo agradable riendo, discutiendo y seleccionando ropa y accesorios para el ajuar. Cuando John puso expresión de cansancio, su esposo, solícito como nunca, corrió a acercarle una silla. Los dos estaban cambiando con la llegada de los niños, se sentían más unidos que nunca y Sherlock se mostraba menos egoísta.

Para comprar, estaban usando el número de una tarjeta de crédito que el doctor Sinclair les había entregado y solía prestarle a su sobrina. De repente, la combinación del seudónimo de la joven llamó poderosamente la atención de Sherlock y se le abrió el horizonte para desenmascarar a Mycroft Holmes.

John estaba tan entusiasmado con las compras que no deparó en ello.

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-¿Qué le parece? – preguntó Aurelius a la señora Hudson, que, sentada en la hierba, de espaldas a él, admiraba la magnífica cascada, que coronaba la isla.

-Es bellísima – suspiró la anciana.

Sinclair rió alegremente y ella volteó hacia él, confundida.

-Es extraño – sonrió el científico -. Llevamos cuatro meses viviendo bajo el mismo techo y no sé su nombre de pila, señora Hudson.

-Soy Agnes Perkins. Los muchachos me llaman señora Hudson por mi esposo.

-Supuse que habría un señor Hudson – suspiró Sinclair, decepcionado.

-Que ya falleció – señaló la anciana veloz -. Fue una ejecución en Florida. Sherlock tomó el caso, así lo conocí. ¡Oh! – sacudió la mano, avergonzada -. Es una vieja historia, que no merece mencionarse.

-De acuerdo, Agnes – aceptó el científico con alivio -. Y por cierto, llámeme Aurelius.

La anciana le sonrió con picardía.

-Los muchachos le habrán comentado de mi famoso chocolate. No me gusta presumir pero soy muy buena cocinera.

-Tiene la cocina entera a su disposición – aseguró Sinclair -. Aunque me encantaría, si usted me lo permite, invitarla yo a una cena.

Los ojos de la señora Hudson se iluminaron como soles.

-¡Señor Sinclair! Quiero decir Aurelius – se sonrojó -. Sería muy gentil de su parte.

-Elija el lugar, Agnes.

-¿El lugar?

El científico sonrió.

-Me refería al restaurante en el sitio del mundo que usted prefiera, fuera del territorio británico, vale aclarar, porque la están rastreando. Escoja el sitio, el día y la hora. Mi secretaria arreglará la cena y mi piloto preparará el transporte.

La anciana quedó literalmente sin palabras.

Sinclair vio que Sherlock se acercaba por el sendero de la residencia, asintió hacia la señora Hudson a modo de despedida y se marchó.

-¿Qué tal la tarjeta, Sherlock? –preguntó al cruzarse con el detective.

-Una maravilla, Aurelius. Nunca se ha movido tanto en su plástica vida.

-No creas – rió el científico -. Mi sobrina sabe quitarle el jugo.

Sherlock se mostró interesado.

-Me gustaría preguntarte de tu sobrina. Sospecho que es una vieja amiga mía.

-¿Después del almuerzo, en mi despacho está bien?

-De acuerdo – aceptó el detective y lo dejó continuar -. ¡Señora Hudson!

La señora Hudson continuaba en las nubes y parpadeó para regresar a la realidad.

-¡Sherlock! ¿Qué sucede, querido?

Su inquilino la escudriñó con su mirada de águila y dedujo la cena, reservándose cualquier comentario. Estaba ansioso por otra cuestión.

-Necesito de su ayuda. Es para decorar la nursery de los niños.

-Eso suena bien – respondió complacida -. ¿Qué hay de John?

-Él se encargará de la ropa y los juguetes – contestó Sherlock -. Por la mirada dudosa que tenía, anticipo que también le pedirá ayuda a usted.

La señora Hudson sonrió, doblemente halagada.

-¿Qué tienes en mente, querido? – lo interrogó mientras se levantaba y Sherlock acudió a su ayuda -. ¿Ya pensaste en algún motivo?

El detective la envolvió en un abrazo cariñoso y comenzaron a caminar hacia la casa.

-Pensaba en mi propia infancia, señora Hudson. Hay dos temas que me fascinaban. . .

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-¿Qué opinas, John? – preguntó Sherlock, después de quitarle la venda de los ojos al entrar en la nursery recién terminada -. Esta sección de la derecha es para la niña y ésta de la izquierda para el niño.

-Los pitufos y los piratas – exclamó John -. ¿De dónde sacaste la idea?

-De mi propia biografía, ¿de dónde más? – contestó el detective alegremente y con un gesto lo invitó a aproximarse a la pared -. Se trata de una parte oculta de mi vida que no aparece en tu blog.

-A tus sueños de ser pirata ya los conocía – confirmó John, observando fascinado el decorado -. Pero no sabía que te gustaban tanto los duendecitos azules.

-Mi hermano me robó algunos y a otros los perdí en experimentos de química, que hice de niño – se encogió de hombros -. Pero fueron valiosos experimentos.

Las dos cunas blancas ya habían sido instaladas, cada una en su sitio. La que correspondía a la niña tenía un dosel con una cortina blanca de seda y la pared estaba empapelada con todos los pitufos: Papá Pitufo, Bromista, Fortachón, Filósofo, Gruñón, Presumido, Cocinero, Poeta, Tontín y, por supuesto, la Pitufina. La del niño tenía una cortina celeste, también de seda, y en la pared se veían barcos piratas, "Jolly Rogers", islas desérticas con palmeras, timones, peces y caricaturas de simpáticos piratas.

-¿Soy un genio o no? – se jactó Sherlock, sacando toda su vanidad a flote.

Su esposo lo abrazó y le dio un beso a modo de confirmación.

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John atravesaba el octavo mes y se sentía hinchado y pesado. La cesárea estaba programada para dos semanas más adelante y mientras tanto, debía relajarse y matar el tiempo visitando el jardín, leyendo, paseando, todas actividades tranquilas, opuestas a las agitadas que llevaba antes.

John era un hombre amable y paciente, no en vano había sido la única persona capaz de convivir con Sherlock, pero en las últimas semanas tenía un humor tan cambiante que a veces espantaba hasta a su esposo. El cuerpo le pesaba demasiado, no se sentía atractivo y creía que al verlo así de redondo, Sherlock había perdido interés sexual en él. Esto idea era la que más lo irritaba.

Esa tarde volvía de pasear por el jardín con la señora Hudson, cuando al preguntar por el detective, Bianca le avisó que estaba en el salón con la sobrina del doctor Sinclair, recién llegada de América.

John sabía que a Sherlock no le atraían las mujeres y no sintió ni una pizca de celos, sólo curiosidad por conocerla.

Entró en el salón de huéspedes y encontró a Sherlock sentado conversando con. . .

-¡John! – exclamó entusiasmado su esposo, mientras se levantaba y abotonaba el saco -. Te presento a Irene Sinclair. Señorita Sinclair, ya conoce a John Watson, mi esposo.

-¿Ahora es tu esposo, Sherlock? – sonrió Irene Adler, enigmática y provocativa. Desde el sillón y sin disimular, le posó la mirada clara sobre el vientre -. John Hamish Watson, si la memoria no me falla – se le acercó y le tendió la mano.

John se la apretó y la soltó velozmente, prefería evitar cualquier contacto con ella. ¿Qué estaba haciendo Irene Adler en la sala? ¿Acaso no había sido decapitada por un grupo terrorista?

-Irene Sinclair o Adler, como la conocimos en el pasado, es la sobrina de Marcus Aurelius Sinclair – explicó Sherlock -. Ahora entiendo de dónde le vino la inteligencia.

-¡Sherlock! – lo regañó la joven y le dio un golpecito en el pecho que a John no le gustó nada -. Llámame como lo hacías en los emails que me mandabas – se acercó a su oído para susurrarle sensualmente -. La Mujer.

-Bueno, La Mujer – contestó Sherlock antipático y la apartó molesto -. ¿Tienes lo que te pedí?

-¡Oh, claro! – suspiró Irene. Metió la mano en su bolso mientras guiñaba incitante a John -. Te sorprende verme viva pero tu esposo no me dejó morir. Él solito viajó hasta Pakistán para salvarme la vida y le debo un favor. Aquí está, Sherlock – sacó un teléfono móvil, similar a aquel por el cual la habían perseguido -. La clave sigue siendo la misma.

El detective tomó el aparato y anotó "I AM SHERLOCKED" para destrabarlo. Inmediatamente la pantalla le presentó su contenido.

Irene cerró su bolso.

-Allí tienes para divertirte toda la noche, cariño – miró a John con desdén-. Tu esposo se ve demasiado gordito y pesado para entretenerte. ¿Qué te pasó, John Hamish? ¿Sherlock no sabe alimentarte y saqueas el refrigerador?

John estaba lívido. Para colmo, Sherlock ya se había encerrado en su mundo estudiando el teléfono y no había oído el insulto de Irene. Sin embargo, mantuvo la sangre fría.

-Sherlock y yo estamos esperando un hijo – le contestó como lo más natural y se acarició el vientre -. En realidad son dos, un niño y una niña.

-No le pondremos Irene a la niña porque no nos gusta – intervino Sherlock, apagando el teléfono -. Te lo comento para que no te ilusiones.

-Es por eso que acudieron a mi tío – reconoció la joven, incómoda.

-Sí – le sonrió John triunfal -. Le estamos eternamente agradecidos.

-Gracias por los datos, señorita Sinclair – adujo Sherlock -. Considere que su deuda conmigo está saldada. John, ven al jardín. Necesitas pasear y no pasé hoy mucho tiempo contigo.

-Pero acaba de acompañarme la señora Hudson.

Y con Irene de testigo, Sherlock, que no se mostraba afectuoso en público, abrazó y besó a John.

-Quiero estar con mi esposo en el jardín – murmuró, mirándolo fijo a los ojos -. ¿Tanto te va a costar volver a salir, John?

-Si me lo pides así – sonrió John.

Tomados de la mano se retiraron.

-Hasta pronto – se despidió Sherlock de Irene en la puerta -. Nos vemos en la cena.

La joven se quedó mirándolos, loca de celos.

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-¿Para qué querías el teléfono? – preguntó John cuando se sentaron en un banco, debajo de una glorieta. La tarde caía y se oía el trinar de los pajaritos partiendo hacia sus nidos.

-Creí que me preguntarías cómo me encontré con Irene y cómo conocía su verdadera identidad – observó Sherlock.

-No te preocupes – contestó -. Pensaba preguntártelo cuando me hubieras respondido esto. Te lo pregunté primero porque se nota que el teléfono es muy importante para ti.

-Así es – afirmó el detective y lo sacó del bolsillo -. Aquí están guardados los datos para desenmascarar y enjuiciar a Mycroft. John – lo miró a los ojos -. Estuve en contacto con Irene estos últimos meses. Nos enviábamos emails, yo la llamaba La Mujer, pero fue puramente profesional. Ella me debía un favor muy grande, yo la salvé en Karachi, y quería ayudarme. Se puso en contacto con algunos de sus amantes, que habían trabajado para el MI6, y. . .

-No tienes que darme explicaciones – lo detuvo John, apretándole la mano -. Confío en ti.

-Bien – sonrió Sherlock satisfecho -. Volviendo al teléfono, aquí están todos los datos contra Mycroft, o al menos los más relevantes. Esta noche escribiré al primo de Anthea para que me envíe una copia de su agenda. Comenzaré a cotejarlos y cuando esté listo, daremos el golpe.

-Supongo que será después del parto – comentó su esposo, observándose el vientre redondeado.

Sherlock se lo acarició con una sonrisa.

-John, quiero que pasemos estas dos últimas semanas tranquilos. Nada de menciones a Irene ni a Mycroft. Sólo tú y yo – y acercó los labios a los de su esposo.

Disfrutaron de un jugoso beso. Apenas se separaron, John preguntó.

-Entonces, será una última mención, Sherlock. Si Irene trabajaba para Moriarty y ella misma confesó que de él obtuvo los datos para chantajearte, ¿cómo confías en ella? Mycroft es Moriarty, ¿qué te hace pensar que no siga trabajando para él?

Sherlock puso su expresión de "¿Por qué no razonas, John?".

-¿Recuerdas que Irene casi terminó decapitada en Karachi? – John asintió -. Bien, ¿quién crees que la envió en una misión hasta allí y la entregó a los terroristas?

-Entonces, Mycroft quiso matarla – entendió su esposo.

-Irene Sinclair, alias Irene Adler, tiene tantas razones como nosotros para desear ver a Mycroft Holmes, alias James Moriarty, tras las rejas.

-Yo quiero patearle el trasero y después meterlo tras las rejas – confesó John.

-Dijimos que no los mencionaríamos más, ni a Irene ni a Mycroft – recordó Sherlock y con un abrazo, lo fundió en un nuevo beso.

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Cerca de la cena, Sherlock regresaba a sus aposentos para buscar su computadora y se cruzó Irene, que llevaba horas aguardándolo detrás de una columna.

-Espero que el teléfono te sea útil.

-Lo será – contestó el detective, dispuesto a seguir su camino.

Irene lo detuvo, apresándole el brazo. Lo miró entre parpadeos para enseñarle sus pestañas largas y sensuales.

-¿Es cierto lo que comentó John Watson? ¿Espera un hijo tuyo?

-Dos hijos, Irene – corrigió Sherlock y cerró los ojos como ranuras. ¿A dónde trataba de llegar La Mujer? -. Es una larga historia de experimentos científicos y ya la conocía cuando me casé con él.

-Aún no me hago la idea de que ustedes dos se hayan casado – suspiró, molesta -. John estaba loquito por ti pero creí que sabías controlar tus emociones.

Sherlock le sonrió, enseñándole la sortija.

-Igualito que tú, permití a mi corazón que prevaleciera sobre mi cerebro y cometí el acto más loco y feliz de mi vida.

Irene lo miró fijo a los ojos, tratando de deducirlo. Pero el gris de las pupilas del detective se mantenía frío e inalterable, no se expandía ni se contraía. Sus mejillas seguían pálidas. Conclusión, Sherlock Holmes no sentía nada por ella. En un intento desesperado, le rodeó el cuello con el brazo y se puso en puntas de pie para alcanzar sus labios.

Sherlock entendió lo que se proponía y la apartó rápidamente.

-No – fue su única respuesta.

Se acomodó el saco y siguió su camino.

Irene se mordió los labios mientras lo miraba partir. Acababa de entender que aunque pudiera manipular los sentimientos de cualquier cliente, fuera hombre o mujer, el corazón del famoso detective le estaba vedado. Sólo pertenecía a John Hamish Watson.

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John estaba acostado en la camilla, listo para ser llevado a la sala de operaciones para que le practicasen la cesárea. El doctor Sinclair había traído desde distintos rincones del mundo a un prestigioso grupo de cinco profesionales, dos doctoras, dos enfermeros y una anestesista para asistir el parto.

Sherlock le besó la mano. Sus pupilas grises se expandían por la excitación y el temor, aunque a esto último no lo admitiera. Sabía que estando John en manos de Sinclair no tenía de qué preocuparse pero lo quería tanto que el solo pensar en su operación lo estremecía. Sin embargo, como era común en él, se cuidaba muy bien de expresarlo.

-¿Tienes miedo? – le preguntó a John como una proyección de lo que él realmente sentía.

-Recibí dos balazos en el mismo hombro en el transcurso de dos años – contestó John -. Que me abran el vientre para que nuestros hijos puedan nacer no me asusta. Sí estoy ansioso por conocerlos.

-También yo.

-¡John! – exclamó la señora Hudson entrando -. ¿Cómo estás, querido? Todo saldrá bien – le besó la frente y se volvió hacia el detective -. No dormiste en toda la noche, Sherlock. Mírate lo cansado que estás. ¿Quién atenderá a los bebés mientras John se esté recuperando?

-Usted, señora Hudson – sonrió el detective, mitad en broma y mitad en serio.

-Hasta dentro de muy poco, John – se despidió la anciana, apretándole la mano.

-Vigile a Sherlock, por favor – pidió John.

-No lo dudes – aseguró la anciana -. ¡Cuánto tardan estos médicos y yo ya quiero conocer a mis sobrinos!

-Aquí llegan – avisó Sherlock.

Sinclair entró seguido de los demás profesionales y rodearon la cama. Ya los había presentado en los días previos.

-¿Estás listo, John? – preguntó Aurelius.

-Lo estoy.

Sherlock lo despidió con un beso suave y salió con la señora Hudson. Ya en la otra sala, ansiosa, la anciana se frotó las manos.

-Estás a punto de ser padre, Sherlock. ¿Quién lo hubiera dicho? Únicamente John pudo conseguir semejante milagro. Antes de venir me aseguré de que la nursery estuviera en orden – le apretó el brazo -. Cada cosa está en su lugar, incluidos los juguetes que les compró John.

Sherlock se sentó en un banco y sacó un paquete de cigarrillos pero antes de llevarse uno a la boca, recordó su promesa de no fumar y lo guardó.

-Esta espera va a enloquecerme.

-A cualquiera, querido. Lástima que al ser una cesárea no puedas asistir.

-Necesito distraer mi mente – suspiró el detective, mirando hacia los costados para encontrar con qué -. Necesito razonar, pensar en cualquier cosa. ¡Ah! – se le iluminaron los ojos -. ¿Qué hay de su relación con Aurelius, señora Hudson? ¿Cuándo piensan hacerla pública?

La anciana quedó de piedra.

-¡Sherlock! ¿Qué estás diciendo?

-Por favor, no me tome por idiota. Sé que cada viernes la lleva a cenar al paraíso que usted elija. ¿Creyeron que me engañarían a mí con esa mentirita de que usted asiste a un curso de cocina en Sudáfrica y él viaja a conferencias en Ginebra? Dé por descontado que ya deduje lo que le regaló en estos últimos meses. Por ejemplo, ese collar que lleva puesto no era un obsequio del difunto señor Hudson.

-¡Eres incorregible! – estalló la casera y cruzó los brazos con aire ofendido -. Es cierto – admitió finalmente -. Aurelius y yo estamos saliendo y él me hace regalos. Nuestra primera cita fue. . .

-Hace cuatro meses y la invitó a un restaurante en Kuala Lumpur, Malasia – interrumpió Sherlock -. No la aburriré con los detalles pero para cualquier observador, lo de ustedes era demasiado obvio.

Resignada, la señora Hudson se dejó caer en el banco.

-Imposible mantener un secreto contigo estando cerca.

Sherlock rió mientras sacudía la cabeza ondulada.

-Es muy sencillo, señora Hudson. Ahora responda a mi pregunta: ¿cuándo piensan hacerlo oficial?

-¿Oficial? – repitió la anciana, indignada -. ¿Oficial para quién? Lo sabes tú y seguro que se lo has contado a John.

-Eso significa que ya no habrá excusas para que Aurelius la tome de la mano o usted se muestre afectuosa en nuestra presencia.

-¡Sherlock! – se escandalizó la casera.

El detective sonrió travieso.

-Aurelius dijo que no demoraría mucho – recordó la señora Hudson para cambiar de tema.

-No queda más que esperar – respondió Sherlock y cual largo era, cruzó las piernas en el banco estrecho para distenderse.

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Los dos bebés eran adorables. La niña tenía los rasgos de John, con la pelusa clara incluida, y dormía en brazos de Sherlock. Ya la habían vestido con un enterito verde porque el detective no permitía que le mencionaran el color rosa y como el verde era el favorito de su esposo, sus peluches, su ropita y sus sábanas tenían ese tono.

Afortunadamente Sherlock no tenía problemas con el celeste. Aunque hubiera preferido el azul como su bufanda favorita, no puso objeciones cuando llegaron la ropa y las toallas y demás accesorios para su hijo en distintas gamas de ese tono. El niño, que se parecía a él, tenía el cabello oscuro y dormía en los brazos de la señora Hudson.

Los padres estaban orgullosos y contentos.

-¿Ya decidieron los nombres, muchachos? – preguntó la casera. Justo el bebé hizo un puchero y ella lo arrulló-. Ya, pequeñito. Veamos qué nombre te eligieron tus padres.

-La niña será Costance y el niño Arthur – contestó Sherlock.

-Hermosos nombres – opinó la señora Hudson -. Había temido que me salieran con alguno extravagante de tu familia, Sherlock.

-Pensé en nombres de mi familia – explicó el detective, todavía molesto -. Pero John juró que me mataría si los llamaba así.

-Fidelius o Hidelburna no son nombres para nuestros hijos – protestó John desde la cama con la voz aún pastosa por la anestesia.

-Mi madre se llama Elizabeth – respondió Sherlock con un puchero.

John soltó un suspiro cansado.

-Será Costance Elizabeth, ¿te parece?

El detective sonrió triunfal.

-¡Sherlock! – amonestó la casera -. ¿Cuánto hace que lo operaron y ya están discutiendo? Anda, carga a Arthur y acércate a tu esposo con los niños.

Sherlock acomodó a su hijo en el otro brazo y se aproximó a la cama. La señora Hudson acomodó un cojín sobre el pecho de John para que pudiera sostener al bebé, y allí Sherlock ubicó a la niña, quedándose él con el pequeño.

-¡Qué preciosa familia! – suspiró la casera conmovida y salió para dejarlos solos.

Orgullosos, ambos padres no quitaban los ojos de sus hijos. Después de un rato, Sherlock se volvió hacia su esposo y con su sonrisa de amor, sólo reservada para él y sus retoños, le confesó.

-Te lo diré por segunda vez, John, te amo.

Emocionado, John volteó hacia él y se besaron.