Los secretos de un merodeador.


Disclaimer: Los personajes y el mundo en que se encuentran adaptados son de la maravillosa J. K Rowling, yo simplemente he intentado reconstruir la historia de Los Merodeadores y todo lo que hubo antes de Harry Potter. Espero no errar tanto y que se mantenga fiel a lo que ella entregó como guía.


Capítulo XII

El Pergamino de Sirius.

1975.


Previamente en Los Secretos de un Merodeador: Sirius Black había huido de su hogar al ser amenazado por su padre por no querer convertirse en un Mortífago, ayudado por su tío Alphard consigue un pergamino que contendría todo tipo de información sobre animagos. Mientras Sirius, James y Remus estaban de visita en el Callejón Diagon, Marlene roba el pergamino para vengarse de ellos, aunque sus amigas: Alice y Lily no lo saben.


El señor y la señora Evans habían invitado a las amigas de Lily para que pasaran el año nuevo con ellos. Las dos amables chicas, habían accedido gustosas a quedarse por un par de días antes de volver a Hogwarts, decisión que a Petunia le había caído fatal. Ella había planeado presentar a su familia a su novio: Vernon Dursley, pero al parecer su novio debía esperar porque la familia prefería la compañía de las amigas fenómenos de Lily. Como siempre, Petunia se sintió desplazada por su hermana, por lo que cuando llegaron todas, ella huyó a su habitación y no salió de allí aunque su madre le pidió que lo hiciera.

Durante la cena de esa tarde, las tres chicas omitieron todo tipo de comentario respecto al incidente que habían sufrido en el tren. Era mejor que los padres de Lily estuvieran desinformados respecto a los últimos acontecimientos del mundo mágico. Conversaron respecto a sus habilidades dentro de Hogwarts, les contaron sus avances en algunas asignaturas y el padre de Lily demostró especial interés en la organización gubernamental del mundo mágico, mientras que la madre de Lily no dejaba de asombrarse respecto a los detalles culinarios que ambas chicas le comentaban. Así transcurrió una cena agradable, hasta que Lily llevó a sus amigas a su habitación y cerró la puerta. Finalmente estaban a solas.

—Es insólito, ¿no creen?—dijo Alice, ordenando su ropa de dormir—. Digo, encontrarnos a los chicos en el tren.

—Ya, pero si todo el mundo va en esta época al callejón Diagon—le respondió Lily, mientras se metía en su cama.

Marlene estaba en silencio, había comprobado cerca de tres a cuatro veces el pergamino. Seguía allí. Ahora su gran tormento era decir o no decirlo, después de todo había robado a los chicos y no sabía cuál sería la reacción de sus amigas.

—¿Y?—dijo Alice—. ¿Qué vamos a hacer? Supongo que no vamos a dormir, claro está.

—Podríamos leer Corazón de bruja, ¿nos la lees, Marlene?

Y ahí estaba, contra la espada y pared. Marlene jamás había estado interesada en comprar Corazón de bruja, pero aun así les había dicho a sus amigas que iría por ella en cuanto vio a Potter y sus amigos por el callejón.

—Chicas—estaba nerviosa y su voz temblaba—, este… la verdad es que no compré la revista— y allí estaba, el incómodo silencio que tuvo que romper con la verdad—. Estuve siguiendo a alguien.

—¿A alguien? ¿A quién?—frunció el entrecejo Lily—. Al menos podrías habernos dicho, así te habríamos acompañado.

—Bueno, es que vi a Potter y a sus amigos y los seguí—confesó.

—¿Por qué hiciste eso?—preguntó Alice sacando su caja de grageas de todos los sabores.

—Larga historia—intentó evadir la pregunta.

—Tenemos tiempo de sobra, ya que no tenemos la revista, podrías comenzar a contárnosla—respondió Lily.

—Bueno, este, ya saben lo que pasó con Potter y todo lo que les hicieron chicas, demás está recordar esa parte de la historia—ambas amigas asintieron—, bueno y yo los vi en una extraña actitud y los seguí hasta la tienda. Escuché todo lo que estaban hablando…

—¿Algo interesante?—interrumpió Alice.

Y fue así como Marlene les contó todo a sus amigas, absolutamente todo lo que había oído y se sorprendió de notar que su amiga Lily no había demostrado sorpresa alguna, algo que sin duda la perturbó.

—¿Me estás diciendo que se quieren convertir en animagos ilegales?—dijo Alice, sin poder creerlo.

—Si, eso es lo que están tramando… aunque dudo que puedan hacerlo—sonrió.

Entonces, Lily habló.

—¿Por qué no podrían hacerlo?

—Porque les he quitado la única pista que tenían para poder convertirse en animagos…—rebuscó entre sus bolsillos y sacó el pergamino—. Esto es un pergamino que le dio el tío de Sirius, se supone que contiene información para convertirse en animagos.

Lily fue la primera en pedirle el pergamino a Marlene. Una vez en sus manos lo examinó. Era de un papel antiguo, parecía bastante desgastado y arrugado, pero aun así no tenía ningún signo de tinta. La hoja parecía inmaculada. Entonces, Lily sacó su varita y pronunció un par de hechizos reveladores: ninguno de ellos funcionó.

—Quizá solo sea un pergamino viejo—murmuró Alice, al ver a sus amigas interesadas en el objeto.

Ambas la quedaron mirando reprobatoriamente. En un mundo mágico nada era simple, ya debería saberlo.

—Quizá es de Zonko o algo por el estilo—se justificó Alice.

—Por lo antiguo, dudo mucho que sea una broma, además Sirius dijo que su tío se lo había dado, así que no lo creo—reafirmó Marlene.

Se mantuvieron en silencio, un periodo lo suficientemente largo como para que cada una aclarara sus dudas respecto al pergamino. Alice intentó otros hechizos y ninguno surtió efecto, cuando Lily se disponía a escribir en el pergamino, Marlene le explicó que a los chicos eso tampoco les había funcionado.

—Quizá los chicos te vieron y se dieron cuenta que los estabas siguiendo, entonces te tendieron una trampa—insistió Alice.

—Tiene sentido—murmuró de mala gana Marlene.

—No, no es así—dijo, tajantemente Lily. Sus amigas la quedaron mirando con curiosidad—. Ya había oído que quieren ser animagos, esto solo lo confirma.

Remus había insistido en que no era necesario, pero James le extendió la invitación para que fuera a su casa. El joven Lupin, realmente, quería marchar a su casa, ya que sus padres estaban solos esa noche y desde que los ataques de mortífagos se habían incrementado, él prefería estar con ellos la mayor parte del tiempo, pero la curiosidad por el pergamino y la misión de descifrarlo hizo que se quedara en casa de los Potter, más tiempo del debido.

—¿Qué lees?—dijo la señora Potter, al ver que su esposo estaba abstraído en el salón.

El hombre mayor, que rodearía unos sesenta y tantos años, miró a su esposa y le entregó una tierna sonrisa, entonces ella comprendió que lo mejor era no seguirle preguntando. La madre de James, una mujer que bordeaba los cincuenta y tantos, era una bruja de delicada salud, últimamente había adquirido enfermedades mágicas que interrumpían su capacidad de controlar su magia, lo que convertía situaciones simples en complejas. Hacía meses que no hacía uso de su varita, por lo mismo, por el estado de salud de su esposa, el señor Potter evitaba asustarla con las últimas noticias del mundo mágico, por lo que controlaba cuidadosamente el periódico, evitando así que su esposa se exasperara.

—James—le llamó su padre.

Si bien, James Potter era el bromista de la familia, aquel chico que hacía travesuras por doquier y que disfrutaba poniendo en ridículo a todo el mundo, se podría afirmar que ese James que todos conocía, se quedaba fuera de la casa de sus padres y un nuevo James se instauraba en aquel hogar. Así lo había comprobado Sirius que llevaba unos días quedándose en casa de su amigo. Potter era solicito, acompañaba a sus padres gran parte del día, ayudaba con tareas del jardín de su madre e incluso en el invernadero que ella tenía en la parte trasera de la casa, ayudaba a su padre con los problemas de plumería y de estructura de la casa. Él era quién cargaba con el peso de dos magos ancianos y cansados, que usualmente se agotaban con el simple hecho de pensar en magia. Nadie diría que James Potter se desvivía por atender a sus padres como lo hacía en su hogar, nadie diría que era el mismo James Potter de Hogwarts.

—Padre—respondió James, cuando llegó al salón.

—Hijo, tu madre necesita que levites unas cosas en la cocina, iría yo, pero tu eres más ágil—sonrió su padre.

—De inmediato—le devolvió la sonrisa a su padre y se marchó a la cocina.

Remus quedó mirando a Sirius, quién sonreía al ver a su amigo completamente atónito. Una vez que el padre de James volvió a su lectura, Remus se sintió con la libertad de susurrarle a su amigo.

—¿Es este James Potter o alguien está usando poción multijugos?—susurró.

—Pues créeme que creí exactamente lo mismo que tú—sonrió Sirius—, pero ya me he convencido que éste es el verdadero Potter, Remus.

En el preciso instante que Sirius acababa la frase, una lechuza entró a la casa por la ventana del correo que habían dispuesto los Potter. Ambos chicos reconocieron de inmediato al ave: era de Peter. Se dispusieron a dar agua al ave que venía agotada de un largo viaje y la carta venía al nombre de James, por lo que tuvieron que esperar que este terminase sus labores antes de leerla. Una vez solos en la habitación del joven Potter, abrieron la carta.

James:

Me he enterado de lo del tren, está corriendo rápido el rumor, al parecer todos los muggles han sido hechizados bajo el Obliviate. Incluso en un diario local sale una foto del tren, creí haberlos visto. No estoy seguro, pero ustedes andaban en el Callejón Diagon. ¿Están bien?

Yo regreso en un par de días, avísenme y nos reunimos, eviten ir a los lugares públicos, me enteré que el Caldero Chorreante ha sido atacado tres veces por mortífagos. Están buscando algo, será mejor no entrometernos en sus caminos.

Nos hablamos pronto.

Peter.

—Las noticias vuelan más rápido que una Snitch—dijo Sirius.

—Demasiado rápido para mi gusto—frunció el ceño, Remus.

—¿Por qué lo dices?—preguntó James, dejándose caer en su cama.

—Porque Peter está mucho más lejos que nosotros y se mantiene mejor informado, lo que me hace preguntar ¿Cuáles son sus fuentes?—analizó Remus.

—Como sea, será mejor que tengamos una idea clara de lo que dice el pergamino de Sirius para cuando se nos una Peter—interrumpió, James.

Remus, bajó al primer piso y fue al perchero en donde se encontraba su chaqueta. Para cuando volvió a la habitación, su corazón ya latía con fuerzas. El pergamino no aparecía por ningún sitio.

—¿Qué…?—dijo Sirius, mientras veía como Remus sacaba y sacaba cosas de su bolsillo.

Un reloj de bolsillo, tres libros de diferentes asignaturas, dos frascos de pociones, un par de papeles, dos plumas, una vuela pluma, papel, entre otras extrañas cosas que iban apareciendo, pero del pergamino: nada.

—Yo… yo lo guardé aquí. He mantenido mi mano en el bolsillo casi todo el tiempo, tiene que estar…—dijo, rebuscando en su bolsillo, metiendo su mano completamente en él.

—¿Y?—preguntó James, casi tan pálido como el resto de sus amigos—. Dime que está ahí.

—No… no lo encuentro—dijo Remus, transpirando frío.

—A ver, denme permiso—pidió Sirius, molesto—. ¡Accio Pergamino!

En ese momento, un pergamino de la mesa de James se movió hasta la mano de Sirius, éste molesto, lanzó el pergamino al suelo, entonces Remus volvió a nombrar el hechizo.

¡Accio pergamino de Sirius!—dijo Remus.

Pero nada, ningún pergamino llegó a sus manos. Y probablemente no llegaría, puesto que la casa de los Evans había sido protegida con innumerables conjuros y hechizos para evitar que dañaran a la familia muggle o tuvieran acceso a ella. Era una de las últimas medidas de Dumbledore para con todas las familias muggles que tenían hijos estudiando en Hogwarts. El pergamino de Sirius jamás saldría de la habitación de Lily Evans, no al menos con un hechizo como ese.

—No está—dijo Remus, incrédulo.

—¡Han robado el maldito pergamino!—dijo Sirius, dando vuelta de un sitio a otro—. ¡Esos malditos mortífagos, debieron ser ellos! De seguro sabían que mi tío me había ayudado, mis padres tuvieron que ver con esto… estoy…

—No, ellos no pudieron ser. Ninguno se acercó lo suficiente y podríamos haberlo notado fácilmente—analizó James.

—¿Entonces?—dijo Sirius.

—Podría haber sido en el Callejón Diagon—murmuró Remus—. Había tanta gente que podría haber sido allí fácilmente.

—Pero ¿te falta algo más en tu bolsillo?—preguntó James. Remus negó—. Entonces esto no fue cualquier robo. Alguien nos escuchó en la tienda.

Los tres amigos se miraron fijamente. Ninguno quiso reconocer lo frustrados y defraudados que se sentían al volver nuevamente al punto de partida, pero la verdad es que Sirius albergaba un pensamiento mucho más oscuro que su propio apellido, tenía sospechas de quién podía ser el ladrón, pero no fue capaz de pronunciarlo en voz alta ya que ni siquiera era capaz de creerlo.

—Ya no sé qué más hacer con este pergamino—bufó, Marlene.

—Tiene que haber algo, algo debe revelar, es imposible que Sirius lo protegiera tanto solo porque sí—agregó Lily.

—Es cosa de tiempo, no puede permanecer en blanco siempre ¿O si?—preguntó, Alice.

El pergamino descansaba sobre la mesita de noche de Lily, las tres amigas estaban en pijamas, con las manos en su cintura y la varita en su mano diestra. Parecían agotadas, el manto nocturno había caído hacía rato y la nevazón se había detenido, pero aun así ninguna había pensado en irse a descansar, sus mentes estaban activas, aunque su cuerpo estuviese cansado.

—Hemos intentado de todo…—suspiró, Lily.

—…pero no podemos darnos por vencidas—interrumpió, Marlene—, aunque aun no comprendo por qué quieren convertirse en animagos.

—¿Debe existir un motivo para ellos? Saben como son, no es gran cosa que ahora quieran hacer alguna tontería ilegal…

—Les juro que tengo intención de hacerles pagar todo lo que nos han hecho, si no fuera ilegal usar magia fuera de Hogwarts ya habrían pagado todas sus travesuras—dijo, Alice.

En ese preciso instante el pergamino comenzó a iluminarse, parecía una luz titilante que parcialmente iluminaba la habitación. Las tres muchachas miraron hacía la mesita de noche, allí, sobre ella, descansaba el pergamino. Lentamente, sopesando los riesgos, se acercaron al pergamino y vieron como esa luz iba iluminando ciertas zonas donde luego aparecían letras sueltas, sin ningún significado.

—¿Qué es esto?—susurró, Lily.

—No lo sé—añadió Marlene—, parece haber cobrado vida de la nada.

—Es imposible, debe haberlo activado algo—añadió, Alice.

—Quizá el tío de Sirius lo domina a distancia con algún extraño conjuro…

Se quedaron mirando el pergamino, en él permanecían iluminadas las letras sueltas, se podía leer algunas vocales, pero nada tenía sentido, pero desde que lo observaban no habían aparecido letras nuevas.

Apuntaron sus varitas al pergamino, esta vez Lily intentó con nuevos hechizos reveladores, pero nada ocurrió, le siguieron Marlene y Alice, pero no conseguían nada, ya se les estaban agotando las ideas, cuando la puerta de la habitación de Lily se abrió de golpe, las tres muchachas apuntaron sus varitas en esa dirección y se encontraron con una muy molesta Petunia que había encendido la luz de la habitación de Lily.

—¿Qué demonios están haciendo?—gruñó—. Siempre he dicho Lily, que eres un fenómeno, y claramente tus amigas tampoco son lo suficientemente recatadas para comprender que esta es una casa decente.

—Petunia, esas palabras no son buenas para dirigirse así a nuestras invitadas—corrigió Lily.

Las tres muchachas bajaron las varitas, mientras que Petunia observaba el extraño papel que se encontraba casi al final de la habitación, de él se desprendían extrañas luces que iluminaban tenuemente la pared. Al ver que Petunia se había quedado en silencio, las tres jóvenes miraron el pergamino, este estaba más iluminado que antes, Alice se acercó a corroborar, entonces se encontró con algunas consonantes que antes allí no estaban, algunas acompañaban a las vocales, mientras que otras parecían bailar en el papel.

—Se ha vuelto a encender cuando has hablado Lily—añadió Alice—, repite lo que has dicho.

—Dije: Petunia esas palabras no son buenas para dirigirse así…

—Calla, se ha hecho más intensa la luz cuando dijiste no son buenas…—interrumpió Alice.

—¿Qué será esto?—frunció el entrecejo, Marlene—. Nunca he oído de algo así.

—Yo menos—dijo, Lily.

—Creo saber que es, pero no estoy segura—susurró, Alice.

—Pues, deberían dejar de hacer tonterías ¿no que tienen prohibido hacer magia fuera de ese extraño colegio al que se supone que asisten?—interrumpió, Petunia—. Será mejor que se dispongan a dormir, si no quieren que mamá y papá se enteren de esto—se marchó dándole un golpea a la puerta.

Alice no explicó nada, simplemente buscó en su bolso, metió el brazo completamente y comenzó a rebuscar, revolvía bruscamente, mientras que Marlene y Lily la observaban con curiosidad, en una o dos ocasiones las chicas le preguntaron que hacía, pero Alice parecía concentrada en lo que parecía una búsqueda interminable.

—Podrías utilizar algún hechizo—susurró, Marlene, pero Alice la miró seriamente, por lo que no volvió a interrumpirla.

—¡Aquí está!—exclamó, finalmente, sacando delgado cuadernillo.

—¿En que se supone que eso nos ayudará?—preguntó, Lily.

—Esto—señaló el cuadernillo—, me lo regaló mi madre cuando era pequeña y estaba comenzando a escribir con pluma y tinta. Es un cuaderno instructor del uso de pergaminos, casi ya no existen de estos, pero mi madre me regaló el que era de ella.

—¿Entonces?

—Entonces una vez, hace muchos años, leí de pergaminos que absorben palabras y las transforman en textos…

—¿No que eso lo hace una vuela pluma? O algo así por lo menos—interrumpió, Marlene.

—No, no hablo de ese tipo, son pergaminos muy antiguos, de hecho ya no se fabrican, tenían las propiedades de ocultar la información, no se revelan ante los hechizos, ni tampoco ante cualquier persona, el mago debe usar una secuencia verbal que permitirá que el pergamino muestre su contenido—declaró, Alice.

—Perfecto, pero no ha revelado gran cosa…

—Quizá no hemos dicho la secuencia verbal en orden—agregó, Lily.

—¡Aquí está! «Los pergaminos de Gillian fueron creados en el siglo XVI ante la caza de brujas, ya que no se podía tener libros que pudieran asociarse con magia, ni existía la posibilidad de utilizarla entre la población en general, Gillian un brujo de Irlanda creó pergaminos hilados con hebras del pelo de la cola de unicornios. Las propiedades de estos pergaminos son múltiples, entre ellos, son capaces de guardar información por años y esta información solo será revelada a aquel mago o bruja que tenga la secuencia de apertura adecuada la que es usualmente verbal y única, ya que independiente de que la información del pergamino se vuelva a escribir, la secuencia es y será la misma, ya que no puede ser cambiada. El último pergamino de Gillian fue robado del Ministerio de Magia en el siglo XVIII, se dice que contenía información clasificada aunque los eruditos en el tema nunca llegaron a abrir el pergamino ya que desconocían la secuencia de apertura.»—terminó de leer, Alice.

—¿Qué hemos dicho que el pergamino haya reconocido?—preguntó, Lily.

—"no son buenas" era algo que el pergamino reconoció, tendremos que comenzar a recordar la conversación—añadió, Marlene.

Las muchachas comenzaron a buscar la secuencia de apertura, Alice era la encargada de ir anotando aquellas palabras que provocaban una reacción en el pergamino, mientras que Marlene y Lily comenzaban a usar aquellas que creían que podrían ser útiles.

Pasaron horas intentando reunir la secuencia, pero el cansancio pudo más, por lo que cuando ya estaba por amanecer cayeron en los brazos de Morfeo. Aún les quedaba descubrir palabras y el orden de la secuencia, pero sentían que estaban mucho más cerca.

—Buenos días—dijo, Remus, mientras intentaba despertar a Sirius, este seguía durmiendo en el sofá desplegable—. Levántate, Sirius, debo decirte algo, anda.

El joven Black, se había pegado a las sábanas, estaba tan enfadado por la perdida de su pergamino, que la única manera de calmarse fue dormir, aunque durante sueños la idea de los animagos le persiguió impidiéndole descansar.

—¿Qué haces?—gruñó, James, mientras se restregaba los ojos y se sentaba en la cama.

—Ya que perdimos el pergamino…

—Nos lo robaron—corrigió, James.

—Bueno, ya que nos robaron el pergamino, creo saber quién puede ayudarnos en todo esto, aunque no es fácil, es una alocada idea que tengo, pero podría servir…

—Si piensas en molestar a mi tío, te aviso que no recibiremos gran cosa, está siendo vigilado por mi padre, una ayuda más hacia mí y terminaremos los dos en las mazmorras de los Malfoy—dijo, Black sentándose en el sofá.

—Como sea, pero si queremos saber de animagos debemos hacerlo de manera legal y solo hay una forma: El Callejón Knockturn.

—Es una buena idea—añadió, Black—, aunque peligrosa, pero buena.

—Es el nido de los mortífagos y estamos planeando ir allí, creo que debería asustarme, pero por el contrario, creo sentirme dispuesto—sonrió, James, destapándose y poniéndose en pie—. Destino de hoy: Callejón Knockturn.

—Ya, pero primero veremos lo que les dirás a tus padres, porque después de que medio mundo mágico se haya enterado de lo que pasó en el tren, dudo mucho que te deje salir así como así—dijo, Remus, mientras se abría paso hasta la puerta.

Convencer al señor y la señora Potter no fue fácil, pero finalmente lo consiguieron cuando Remus explicó que podría ser beneficioso hacer una nueva visita al Callejón Diagon, ya que podrían traerle la poción anticongelante que tanto necesitaban las plantas de la señora Potter ante la nevada.

—¡Eres la bomba, Remus! —Sirius le dio un empujón amistoso—, la madre de James te adora.

Brujas y magos solían aprovechar épocas como la navidad para reunirse en familia, hacer grandes festines y olvidarse de la rutina, pero lo que el trío de amigos desconocía, era que en estas fechas brujas y magos tenebrosos solían reunirse en el Callejón Knockturn, esperando que Quién no debe ser nombrado les enviara una nueva misión. Elegían festividades para dejar su marca tenebrosa en cada rincón que les fuera asignado, las familias se encontraban reunidas y era más fácil conseguir que jurasen lealtad cuando la vida de sus críos estaba en peligro, también ocurría con las familias mestizas y muggles.

—Esto está bien feo—susurró Potter, al ver el callejón oscuro de paredes malavenidas que parecían caerse en cualquier momento.

—¿Y ahora qué?—añadió, Remus—. ¿Dónde iremos?

—Desenvuélvanse con naturalidad, estos parecen oler el miedo—se refirió a los magos que estaban en una esquina del callejón mirándolos fijamente—. Mi padre suele venir aquí, hay una tienda al final del Callejón que es de artilugios antiguos, aunque en realidad posee artículos ilegales que podrían sernos de utilidad.

Potter y Lupin siguieron a Sirius, los tres jóvenes magos, llevaban una mano en el bolsillo, mano que sostenía su varita en caso de ser necesario y aunque a los tres les provocaba cierta tranquilidad tener su varita cerca, los tres sabían que ante un ataque de mortífagos poco o nada podrían hacer para defenderse.

—¿Qué viene a hacer aquí tu padre, Sirius?—dijo, Potter, mientras le seguía.

—A veces compra cabezas reducidas, la última vez cambió su armario evanescente por un extraño objeto, no me permitió acceder a él, pero parecía una botella, quizá una poción o un brebaje.

—¿Un armario evanescente por una poción?—preguntó, Potter—. De seguro tu padre salió perdiendo.

La pequeña tienda que se abría ante ellos estaba completamente empolvada, los artículos que allí habían estaban desordenados y desparramados por todo el lugar, sin un orden predestinado, de hecho era fácil tropezarse con más de alguno. El aire mohoso y maloliente que se respiraba producía una sensación nauseabunda que a más de alguno le había hecho vomitar allí en el suelo. James miró el lugar con cierto recelo, pero no tuvo tiempo suficiente de admirar los extraños objetos que tenía frente así, ya que un hombre alto y delgado, de manos huesudas y una cicatriz en lo que antes correspondía a un ojo, les habló.

—Sirius Black—su voz era quejumbrosa—, ¿Qué haces por aquí sin tu padre?

—Me ha enviado mi tío—mintió, Sirius—. Me ha pedido que averigüe algo para él.

—Pues tu padre encargó tu captura, le puso precio a tu entrega, hijo—dijo, posándose sobre el mesón y acercando su nariz ganchuda al rostro de Sirius.

—Bueno, problemas de familia, mi tío Alphard prometió afilar su vieja guillotina para que aquel que me entregara la probase después de tantos años. ¿Tú conoces la vieja guillotina, no es así Hebert?

El anciano no respondió, la mirada hostil que desprendía de su único ojo lo hacía más aterrador, finalmente, cuando el silencio se volvía asfixiante, Sirius retomó la conversación.

—Mi tío Alphard dice que tú sabes sobre animagos, quiere saber cuanto quieres por darle el método de conversión en uno.

—¿Alphard quiere convertirse en animago?—frunció el ceño—. ¡Qué extraña petición!

—¿Sabes o no respecto a los animagos?

—Tu tío no debería haberte enviado a preguntarme por algo así, muchacho—dijo, Hebert mientras caminaba hacia donde estaban Potter y Lupin—. ¿Quiénes son estos?

—Un par de amigos, ahora ¿me dirás lo que sabes de animagos o solo alardeabas pero no sabes nada de ellos?—sonrió, desafiante.

El anciano se movió rápidamente, tan rápido que los tres chicos jamás creyeron que tuviera la capacidad de desplazarse a esa velocidad. El único ojo lozano del anciano les miraba casi con furia, una vez que se aseguró que los tres jóvenes estaban frente a él con toda su atención, se desató su capa y aquella anciana figura se transformó frente a ellos. Donde antes hubo un mago, ahora había un águila. El ave tenía la mirada fija en ellos, y donde se suponía que debía tener uno de sus ojos, había solo una cicatriz, tal cual como el real Hebert. Ante la sorpresa de los muchachos, el anciano mago se convirtió nuevamente en humano frente a ellos y actuó como si nada hubiera ocurrido.

—Entonces usted es un animago—murmuró, Remus.

—Mi familia entera lo es—susurró el anciano acomodándose la capa—, aunque ninguno está registrado.

—Mi tío Alphard desea saber ¿Cuánto necesita para que usted le entregué el método?

—No vendo el secreto familiar, muchacho.

—Vamos, Hebert, todo el mundo sabe que tienes un precio—insistió, Sirius.

—Ni los Black ni los Malfoy, juntos o separados, podría pagar lo que pido por esta información…

—¿Cuánto, Hebert?

—Hay—aclaró su garganta—, hay un mago que creó la poción oculus crecentia, pero debido a que estoy ligado al Señor Tenebroso, este mago no ha querido entregarme una dosis de la poción. El Señor Tenebroso me ha prometido mi ojo cuando le consiga lo que me ha pedido, pero es demasiado lejano, quizá si tu tío Alphard consiguiera esta poción…

—¿Quién es el mago?—preguntó, James.

—Horace Slughorn—dijo el anciano.

—Si le traemos la poción usted nos entregará un pergamino con todo el lujo de detalles respecto a la conversión en animagos—afirmó, Sirius.

—Hasta ahora Slughorn solo le ha entregado a Dumbledore la receta de la poción, planean usarla en aquellos magos y brujas que han perdido la visión en los laboratorios de pociones, muchos de ellos trabajan buscando la manera de derrotar al Señor Tenebroso, aunque su trabajo sea en vano…—sonrió dejando ver la falta de piezas dentales.

—Muy bien, mi tío estará complacido de traerle la poción, le enviaremos una lechuza para informarle como va el asunto, por mientras usted prepare todo lo necesario para que la transacción sea exitosa—finiquitó Sirius, tendiéndole la mano al hombre. Estrecharon fuertemente sus manos y cada uno siguió su camino.

Una vez que abandonaron la tienda, Remus, James y Sirius, intercambiaron rápidamente una mirada de satisfacción, aunque la verdad no les dio mucho tiempo, puesto que el bullicio que se creaba en el Callejón denotaba lo que estaba ocurriendo, centenares de magos y brujas estaba mirando hacia el cielo, como si esperaban que algo ocurriera y ese algo no tardó en hacerse llegar, las columnas de lo que los muggles llamaban humo, mancharon el oscuro cielo y la llegada de los mortífagos al lugar fue más rápida que un pestañeo. Sirius les hizo una señal a sus amigos para que marcharan cuanto antes de ahí, por lo que caminaron rápidamente en sentido contrario de la muchedumbre, tropezaron con viejas capas, otros con ancianas que se interponían en su camino.

—¿Qué demonios?—preguntó jadeando, James.

—¿No te parece obvio?—devolvió con otra pregunta, Remus.

—Será mejor, apresurarse…—jadeó, Sirius.

Una vez que salieron del Callejón Knockturn, miraron hacía allí, la muchedumbre vestía capas negras, algunos alzaban las manos como si rogasen porque los eligieran, entonces Remus pareció distinguir algo entre las capas negras, agudizó su visión y consiguió enfocar aquello que le llamaba la atención, un hombre de contextura media, posición encorvada y pelo negro y largo llevaba una máscara y vestía como un mortífago.

—¡Hey, Remus, vámonos ya!—le gritó, Sirius.

—Esperen—pidió—. ¿No les parece conocida esa capa andrajosa, esa postura tan poca cosa y ese pelo largo?

Sirius y James miraron hacia donde Remus les apuntaba, pero solo veían a un montón de personas y un par de mortífagos.

—Remus, es mejor no entrometernos en cosa de mortífagos, ¡vamos!—le tironeo, James.

—Estoy seguro que le conocemos, casi podría aventurarme con un nombre—susurró Remus, más para sí que para sus amigos.

—¡Apresúrense, aún no hemos comprado la poción anticongelante para mi madre!—exclamó, James—. Ahora tu idea no parece tan brillante, Remus.

La cena con los Evans había sido fluida, la conversación de los padres de Lily siempre era interesante para ambas jovencitas, ya que conocían cosas de los muggles que para ellas eran desconocidas, así como la inocencia e interés de los padres de Lily por conocer del mundo mágico les parecía divertida, a todos menos a Petunia, que insistía en hacer de la cena un momento desagradable para todos. Aun así la cena terminó alegremente y las tres jovencitas no tardaron en retirarse a la habitación de Lily.

—Bien—dijo la pelirroja—. ¿En qué quedamos?

—Las palabras que hemos descubierto son: juro, intenciones, no son buenas—dijo leyendo el papel.

—¿Ideas?—añadió, Lily.

—Si es un juramento y está en primera persona debe referirse a sus intenciones, por ende sería algo así como "Juro que mis intenciones no son buenas"—explicó, Marlene.

El pergamino se iluminó, pero no demostró su contenido, las letras seguían allí, sin formar ninguna palabra coherente.

—Esto no está funcionando—dijo, Lily—. A ver—inhaló—. Si es un juramento personal ya sabemos que está en primera persona, pero ¿Qué es lo que nos falta?

Las tres muchachas se quedaron en silencio, se miraban unas a otras buscando alguna respuesta, pero el cansancio aún las perseguía, impidiéndoles pensar con claridad. Marlene tomó el pergamino y lo alzó poniéndolo en contra de la luz eléctrica.

—A ver, esto se ve viejo—dijo, observando el pergamino.

—Y no se le puede cambiar la secuencia verbal—añadió, Lily.

Ambas chicas, miraron a Alice, pero la muchacha permanecía mirando el pergamino sin siquiera mirar a sus amigas.

—Si esto es viejo y la secuencia verbal es inalterable—intentaba concluir, Alice—, y además es un juramento… ¿Cómo se juraba en la antigüedad? No es como un juramento inquebrantable, pero de seguro es algo parecido, debe haber alguna palabra no tan común que estemos obviando.

—Típico que usaban palabras pomposas—rodó los ojos, Marlene.

—¿Cómo cual?—insistió, Alice.

—Ni idea, yo no soy experta en lenguaje formal—alzó una ceja, sonriendo Marlene.

—Ya, pero ¿ideas?

Lily estaba ensimismada, tenía esa típica e incómoda sensación de tener la palabra en la mente, casi en la punta de la lengua, pero era incapaz de materializarse en sus pensamientos, aun así sentía que sabía qué palabra era utilizada en los juramentos de la antigüedad, si mal no recordaba lo había visto en Historia de la Magia en primero o segundo, pero ahora le era imposible recordarlo, lo que le producía una seria sensación de frustración.

—¿Lily?—preguntó, Alice.

—¡Shh!—pidió la pelirroja—. Creo recordar lo que nos dijeron en Historia de la Magia, el profesor dijo algo de los juramentos en la edad media o algo así, usaban palabras pomposas, aunque en la época era común, la solemnidad con la que hablaban era parte del protocolo de tratamiento, sobre todo si se trataba de algún noble…

—¿Solemnidad?—interrumpió, Marlene.

—¿Juro solemnemente que mis intenciones no son buenas?—se aventuró a decir, Alice.

Fue entonces cuando el pergamino se iluminó completamente, la luz inundó toda la habitación y las letras que antes estaban solas y desordenadas en el pergamino, comenzaron a reproducirse en una tinta café oscura que dio paso y forma a un texto antiguo que parecía bailar en el papel.

«Animagos: recetario ancestral de tribus de brujos del norte»

Las letras iban apareciendo poco a poco, como si alguien las estuviese tipiando en una máquina de escribir mientras ellas leían el contenido.

Lo que se reveló ante los ojos de tres muchachas era un listado completo de los requerimientos para convertirse en animagos, era un listado de ingredientes que sobrepasaba los diez y algunos extraños dibujos que representaban los animales en los que un mago o bruja podía convertirse.

—Esto…—titubeo, anonadada Alice.

—Esto es lo que ellos andaban buscando—susurró, Marlene.

—Tenemos en nuestras manos la poción para convertirse en animagos—añadió, Lily.

—No se ve nada de fácil—reconoció, Marlene.

—Ya, pero eso ¿qué importa? Después de todo nosotras no vamos a hacer la poción—aseveró, Alice.

—¿Por qué no?—sonrió, Lily—. Podríamos convertirnos en animagos, después de todo ¿Quién lo sabría?

—¡Pero Lily, es ilegal!—exclamó, Alice.

—Ya, pero nadie lo sabría, ¿no?

—Es demasiado arriesgado, Lily—insistió, Marlene—, además esta poción no se ve nada de fácil y por lo que dice el pergamino, aquel que no elabora correctamente a poción podría morir en el intento.

—Tendremos que ser cuidadosas entonces—sonrió, Lily—. ¡Vamos, chicas! Si esos zopencos querían convertirse en animagos, ¿por qué no nosotras que somos mucho mejores que ellos?

—Lily, definitivamente a ti te ha hecho mal esos paseítos con Potter—rodó los ojos, Alice.

—Bueno, si ustedes no quieren beberse la poción, bien por ustedes, lo que es yo, me pondré manos a la obra, porque si lo piensan bien ser un animago no registrado nos da ciertas ventajas en estos momentos, sobre todo con el avance de las artes oscuras y los atentados de Quien no debe ser nombrado—alzó una ceja para dar énfasis a lo que iba a decir—. ¿Pretenden ignorar el conocimiento que se nos ha dado o van a aprovechar esto como la oportunidad que es sin contar que nos permitiría estar más adelante que esos atolondrados? ¿No es eso lo que querías, Marlene, vengarte de Potter y su séquito?—Marlene no lo negó—. Bueno, entonces ahora que tenemos como hacerlo no podemos quedarnos de brazos cruzados.

—A veces, Lily, solo a veces me aterras—dijo, Alice mirándola con evidente temor.


Lumos!

Lo sé, lo sé, oculten sus piedras, bajen sus antorchas, no me quemen viva, gracias.

Bueno, no me gusta explicarme demasiado, mi falta de ánimos para escribir, la universidad y bla bla bla. Lo de siempre.

Intentaré no desaparecerme tanto.

Como verán me he tomado algunas atribuciones, cosas inventadas que no están en ninguna parte de la historia de Rowling, espero que eso no les moleste.

Un beso a todas (no el de Dementor, por supuesto)

Gracias por sus reviews.

Manne Van Necker.