La jaula de los lobos

Disclaimer: Ni Boys Over Flowers ni Hana Yori Dango me pertenecen, porque para empezar yo jamás habría escrito una historia tan rosa y pastelosa cómo esa. Y obviamente no estoy ganando nada al escribir esto.


Cuando logró abrir los ojos de nuevo, se encontró con lo que imaginaba; seguía en la misma habitación oscura, vacía y fría, no sabía cuánto tiempo llevaba allí, tal vez días, tal vez apenas algunas horas, el mareo y la sangre escurriendo de su frente le daban una sensación de irrealidad. Por lo menos ahora ya podía sentir su cuerpo y mover los dedos, todo acompañado de un molesto cosquilleo. Logró despegar la frente de la mesa, incorporarse en la silla y lentamente pudo enfocar a la figura vestida con ropas oscuras que yacía sentada en un sillón con los pies sobre los cojines aún con sus botas puestas.

–Doctor... –mustió con la voz rasposa y débil– oye, doctor, me siento muy mal...

Ji Hoo se levantó, se acercó a él, le tocó la frente con la palma de la mano y luego lo tomó de la muñeca para revisar su presión.

–Dame algo para el dolor de cabeza... pero algo fuerte, no una maldita aspirina, que siento que me han taladrado el cerebro...

El joven médico tomó del suelo una mochila negra y sacó una caja de pastillas, tomó una y luego sacó una botella de agua llena hasta la mitad, las colocó enfrente de aquel sin decir ninguna palabra. El hombre estiró su brazo dolorosamente y luego de la pastilla, se tomó toda el agua de un solo trago.

Lanzó un gemido de dolor, respiraba con dificultad, pero sonrió soez y barrió a Ji Hoo con la mirada...

–Has crecido mucho... –dijo pausadamente– luces tan diferente...

No contestó pero le mantuvo la mirada. Ji Hoo estaba cansado, enfermo y harto, se veía en sus ojos hundidos en ojeras y en sus labios partidos sin color..

–Cualquiera que te viera diría lo mucho que has cambiado, que estás irreconocible, mírate de negro y furioso... así que cualquiera diría que después de tantos años, después de tantas groserías y marranadas que te ha hecho, después de que se enamoraron y pelearon por la misma mujer, batalla que por cierto perdiste, después de que te ha demostrado que no le importa aplastarte para conseguir lo que quiere, ya te habrías formado tu propia personalidad... –rió– pero no has cambiado nada; sigues siendo exactamente el mismo fiel y arrastrado lacayo de Goo Joon Pyo; ni siquiera estás aquí por voluntad propia, él te mandó a estar aquí... dime, si te dice que vayas a tirarte de un edificio de treinta metros lo harás, ¿verdad?

Ji Hoo ni siquiera cambió su gesto.

–Qué pena me da tu caso, Ji Hoo...

La puerta se abrió de un golpe, no dejó entrar mucha luz pero fue suficiente para que el hombre cerrara los ojos con molestia. Joon Pyo entró caminando firmemente hacia él, cerrando inmediatamente de un portazo, con una botella de coca cola en una mano y con la otra, lo tomó del cabello y golpeó su cabeza violentamente contra la mesa.

–Así nunca se me va a quitar el dolor de cabeza, cabrón... –mustió luego del aturdimiento que le provocó el repentino golpe.

Joon Pyo, aún sujetándolo, lo sacudió.

–¿Me ves cara de que me importe tu dolor de cabeza, pedazo de...?

–Ya lo has golpeado lo suficiente –terció Ji Hoo hablando tranquilo, apenas girando un poco la cabeza para mirar a Joon Pyo.

–Yo decidiré cuando lo haya golpeado lo suficiente –gruñó soltándolo del cabello y acto seguido, sacó del bolsillo de su abrigo unas cuantas aspirinas y se las tomó con la coca cola en un trago– ¿Te estaba molestando?

–No –Ji Hoo negó un poco con la cabeza.

–Igual como no estaba seguro lo he golpeado primero –le sonrió perverso a su víctima, tenía los ojos rojos, inyectados de rabia–. Primero golpeas, luego preguntas...

–Eres un animal –rió el hombre a pesar de seguir mareado por el último golpe.

La puerta volvió a abrirse, y esta vez, Woo Bin entró caminando tranquilamente.

–Ya he logrado hablar con mi padre –dijo llegando hasta ellos con un suspiro de agotamiento–, tomará el próximo vuelo desde América para acá. Está furioso y dice que estamos totalmente dementes.

–¿Vendrá y nos arrastrará como la vez que nos tomamos su reserva de vino única en el mundo? –Joon Pyo rió– Cuando teníamos ocho años, ¿recuerdan?

–¿Cómo olvidar nuestra primera borrachera? –Woo Bin también sonrió– Fue épica.

–Hace veinte años... –Joon Pyo ladeó la cabeza de un lado a otro, sonriendo y perdiendo la mirada en el vacío– ¿tan viejos somos ahora..?

Ji Hoo miró a los ojos a Joon Pyo.

–Tus pupilas están demasiado dilatadas, ¿qué tanto has tomado?

–Tú renunciaste a tu autoridad moral para preguntarme eso –contestó señalándolo con el dedo, temblaba un poco, resultado de tanta cafeína en su sangre.

–Joon Pyo –Woo Bin lo tomó del brazo para hacerlo girar hacia él–, estás drogado, tienes que hacerle caso a Ji Hoo, él sabe lo hace.

–No –rió con torpeza negando con su dedo y con la cabeza–. Yo mismo comprobé que no tiene ni idea...

Ji Hoo se cruzó de brazos, resopló y giró los ojos. Woo Bin frunció el ceño, iba a preguntar a qué se refería, pero prefirió guardárselo para después y se quedó un momento en silencio observando al sujeto sentado en la silla, quien los miraba de soslayo. Colocó ambas manos sobre la mesa y se inclinó acercándose un poco a su rostro.

–Como sea, ¿qué has pensado?

–Les contaré –dijo el hombre acomodándose un poco sobre el respaldo, con una sonrisa por haber recuperado la atención–. Pero tengo una condición.

–¿Cuál? –Woo Bin preguntó de inmediato.

–Que el salvaje deje de golpearme...

Woo Bin volteó con una mirada desaprobadora hacia Joon Pyo, quien se cruzó de brazos bufando "que no sea llorón..."

–De lo contrario no puedo asegurar que vuelvan a verla... –dijo a punto de volver a sonreír, pero borró su gestó al sentir la punta de un bisturí en el cuello que le hizo un pequeñísimo corte.

–No amenaces –Ji Hoo entrecerró los ojos y le acercó el bisturí a los ojos–. Te juro que si le ha pasado algo voy a abrirte desde la nariz hasta el ombligo, voy a sacarte las entrañas y no voy a permitir que pierdas el conocimiento mientras lo hago...

Joon Pyo sonrió al oír aquello, pero el hombre no pareció retroceder.

–Lo sabía, aún la amas... –negó ligeramente con la cabeza– tu caso sí es grave...

Ji Hoo gruñó.

–Ella es una hermana para mí –intervino Woo Bin–, no perdonaremos que le hagan daño.

–Ustedes solos no tienen las agallas, cachorros –dirigió sus ojos al príncipe Song–, incluso llamaste a papi para que viniera a sacarlos de ésta...

Woo Bin lo tomó de la solapa de una sacudida violenta...

–De acuerdo, de acuerdo –levantó un poco los brazos–, no se enfaden más, lobeznos. Les diré lo que sé...

Y los tres relajaron solo un poco la tensión de sus hombros mientras fijaban sus duras miradas en él.