Nota de la autora: So... Aquí está. Mi fic hippie de los Vengadores. O algo así. Han sido meses de colar a este bebé palabra tras palabra en aeropuertos europeos, hoteles africanos y madrugadas limeñas de café y cigarrillos. De tratar de entender una guerra ajena con Bob Dylan sonando en loop. De preguntarme una y otra vez por qué demonios se me ocurrió situar el fic en el 65 cuando todos los referentes de Vietnam en la cultura pop son setenteros (y también las mejores canciones). De descubrir mi canción favorita, reafirmar mi amor incondicional por Clint Barton y buscar la esperanza al final del túnel de una generación que, como ésta, se negaba a taparse los ojos y sabía que otro mundo era posible.

Dicho esto, el fic no va de política, sino de Vengadores. Tiene elementos de los cómics (616) y las películas, y quiénes no estén familiarizados con los primeros encontrarán a un par de personajes nuevos. No les teman, (confío en que) llegarán a quererlos. Por otro lado, si sabes quién es el Capitán América y tienes una idea general de lo que pasaba en USA y Vietnam a fines de los 60, todo lo demás es bastante autoexplicativo.

Todas las referencias históricas son reales (o eso me dijo la internet), pero los cameos son setenteros (Rambo, por ejemplo, no estuvo en Vietnam hasta el 72). Y el discurso que oye Steve en Washington es éste y lo da un chico de apellido Potter (no, en serio).


I. Where have you been, my blue eyed son?

En marzo de 1965, mientras la nación entera estaba pendiente de miles de jóvenes esperanzados que partían a tierras desconocidas a luchar por la libertad, Howard Stark solo tenía ojos para uno. Congelado en el tiempo como el fantasma de un mundo más inocente, desafiando toda lógica a fuerza de voluntad, el corazón que convirtió a un chico enclenque de Brooklyn en el héroe del mundo libre, latía.

- Es imposible.

- ¿En serio? No se me había ocurrido.- Furia le da otra calada al cigarrillo y deja salir un humo denso que se mezcla con sus respiraciones en aquel rincón helado del planeta. Por sus gestos, pareciera que el descubrimiento le parece un inconveniente más que un milagro. Howard lo conoce suficiente para entrever la verdad (o reconocer la mentira, que no es lo mismo).- No te traje hasta aquí para escuchar lo obvio, Stark. ¿Qué podemos hacer?

Howard lo piensa. Veintitrés años. Veintitrés años en un bloque de hielo y su corazón late. No sé qué le hiciste a este chico, Erskine, pero no estoy seguro de que tú tampoco tuvieras idea. Revisa con rapidez sus conocimientos de física y anatomía humana, los últimos avances en tecnología médica y todo aquel blablablá de la criogenia. Lleva tanto tiempo produciendo cosas para matar que por un segundo no tiene idea de cómo hacer lo contrario. Piensa en Tony de pronto, con esa mente tan jodidamente brillante que nunca aplica a nada productivo, en ese niño que escuchaba las historias de su padre con ojos brillantes y jugaba a ser un héroe con una estrella en el pecho. Seguro que a esto le prestarías atención. Aunque quién sabe, puede que Tony ya esté demasiado grande para emocionarse con el Capitán América. O los milagros.

- ¿Stark?

Howard suspira. Hay que tomar una decisión y se le ocurre de pronto que ya está tomada. Hace tanto que no se apoya en otros para tomar decisiones que el peso que resbala de sus hombros lo hace sentir mareado por un segundo. Como si se hubiera sacudido veinte años de encima. Eran niños entonces, tanto él como Steve, pero siempre pudo confiar en que Steve tomaría las decisiones correctas.

Su corazón late.

- Hay que descongelarlo.

Furia alza una ceja.

- ¿Así, sin más? Esperaba algo más elaborado.

Howard se encoge de hombros.

- No aquí,- agrega en un arranque de cordura.- En Nueva York. En lo que tardemos en llegar puedo tener montado un laboratorio médico en el taller. Por si acaso.

Furia asiente.

- Supongo que no tengo que explicarte la absoluta confidencialidad de este asunto.

Howard niega con la cabeza sin despegar los ojos del bloque de hielo que encierra a Steve Rogers, los dedos todavía enroscados sobre las tiras del escudo, los ojos cerrados como si durmiera.

Erskine, maldito genio, espero que tu trabajo vaya más allá de tus sueños más locos.


La mansión Stark tiene 10 habitaciones, dos salones, un estudio, una biblioteca, un jardín inmenso, un taller subterráneo y un comedor para 20 personas, pero la habitación favorita de Jarvis es la cocina. Siempre se le puede encontrar allí, ocupado en algo o leyendo algún libro.

- ¿Por qué está SHIELD en la casa?- pregunta un adolescente despeinado, tirando la mochila al piso y sentándose en una de las bancas de la isla central.

- ¡Joven Anthony! No lo esperábamos tan pronto. Ningún problema en la escuela, espero.

Tony rueda los ojos.

- Tuvieron todo el semestre para enseñarme algo que no supiera. No creo que estuvieran planeando sorprenderme esta semana. ¿Por qué hay agentes de SHIELD en la casa?

- No es mi trabajo conocer los proyectos confidenciales de su señor padre.

Tony alza una ceja y lo observa cortar verduras.

- Jarvis…

- Joven Anthony.

Tony suspira.

- Solo dime que no han restringido el acceso al taller.

Jarvis sigue cortando verduras sin responder. Tony gruñe.

- ¡Es mi casa! ¿Para qué tiene una maldita compañía llena de empleados? ¡Hay toda una división de desarrollo! Pero no, claro, Howard necesita el taller de MI casa para sus malditos proyectos! ¿Qué se supone que voy a hacer sin computadora ni equipos ni…?- Tony se pasa una mano por el cabello, jala un poco y lanza un grito de frustración.

- Estoy seguro de que el señor Stark tiene sus motivos.

La voz de Jarvis es suave y Tony sabe que no debería tomarla con él, que Jarvis no tiene la culpa (la culpa es de Howard, siempre es de Howard) y que de hecho, Jarvis es el único en esa casa que a veces lo entiende. Así que en lugar de pelear, se muerde la lengua y toma una vía más productiva.

- Voy a estar en mi habitación.

- Por supuesto,- responde Jarvis sin inmutarse.

Tony sabe que no consigue engañarlo (nunca consigue engañarlo), pero también que no va a detenerlo (y es que en el fondo, Jarvis lo entiende). En su habitación. Claro. Deja la mochila y baja al sótano con cuidado. Es imposible engañar a Jarvis, pero los agentes de SHIELD son fáciles. Creen que los pasillos que pueden ver son los únicos que existen. Furia debería entrenar mejor a su gente.


Los protocolos de seguridad de Howard no son malos. Es solo que Tony ha dedicado la mitad de su vida a buscar formas de colarse entre las grietas. Es uno de los pocos juegos que conservan (si bien ninguno acepta estar jugando). Un juego más sutil que las escondidas, aunque el principio es el mismo. Howard mejora su escondite. Tony lo descubre.

- Vamos, nena… sabes que quieres hacerlo.- Con un bip apenas perceptible, la puerta se abre. Tony sonríe con todos los dientes.- Yo también te quiero,- le dice al decodificador antes de metérselo al bolsillo.

Cierra la puerta con cuidado y se escabulle entre el equipo. Conoce las rutas para no ser descubierto pero no hace falta esconderse mucho, no hay agentes de SHIELD dentro del taller. Ni siquiera hubo guardias que distraer en la puerta. Sea lo que sea que está pasando es más confidencial que de costumbre. Oye murmullos y sigue las voces. Furia y su padre están ocultos tras una de las máquinas (equipo nuevo, nota Tony con interés). Las máquinas están encendidas y emiten un bip constante, como los equipos de los hospitales. Largos cables salen de algunas de ellas y cuando Tony sigue su curso se queda de piedra. Hay un hombre sobre una mesa de metal, empapado y gigante, con cables conectados a las partes del cuerpo que no están cubiertas por un traje azul que parece a punto de caerse a pedazos. Un traje azul, rojo y blanco, con algo que parece… No. Con algo que parece una estrella en el pecho.

No.

- ¡¿Tony?!

El grito lo saca del trance.

Mierda.

- Stark, ¿qué maldita sea hace tu hijo aquí abajo?

Parece que Howard va a decir algo que Tony realmente preferiría no oír, cuando el hombre de la mesa empieza a toser. Howard corre a su lado y el hombre respira a bocanadas mientras intenta arrancarse los cables. Una de las máquinas se vuelve loca.

- ¡Steve!- grita Howard, mientras intenta sujetar al hombre.- ¡Steve, soy yo, Howard!

Steve.

Tony no puede moverse, no puede despegar los ojos de la escena.

El hombre parpadea de pronto y Tony tiene dos ojos azules clavados en los suyos. Confundidos. Asustados. El hombre (Steve) parpadea de nuevo, pasea la vista por la habitación, se detiene en Furia, se detiene en Howard, parece tranquilizarse un poco.

- ¿H-Howard?- dice y se lanza a toser de nuevo.

Furia le acerca un vaso con agua.

- ¿Nick?- dice entre sorbos. Furia sostiene el vaso y asiente.

- Estás entre amigos,- dice. Y la parte funcional de la mente de Tony le hace notar que si no fuera por el jodido Capitán América resucitado en el sótano de su casa, el hecho de que Furia tenga amigos hubiera sido la revelación del año.

- Tony, sube a tu habitación,- le dice Howard sin despegar los ojos de Steve.- Y no se te ocurra hablar de esto con nadie.

Tony debe estar en shock, porque por una vez hace exactamente lo que dice su padre.


Tony no sale de su cuarto esa noche, ni Howard del taller. Si Jarvis tiene idea de lo que está pasando, no dice una palabra. Le sube la comida en silencio y lo regaña cuando recoge la bandeja intacta horas después, como si fuera una noche cualquiera. Le lanza una mirada curiosa a la caja abierta sobre la cama, pero no pregunta.

Tony no recuerda haberse subido a la silla, pero debe haberlo hecho en algún momento, porque la caja estaba en el último estante del armario. Hace años que ni siquiera pensaba en ella. Dentro encuentra algunas fotos, unos comics de cuando era pequeño y su colección de tarjetas del Capitán América. Las esquinas están gastadas y algunas tienen su nombre apuntado en la orilla con una letra redonda que apenas reconoce (es suya, le puso nombre a sus favoritas después de que Harry Thompson intentara robarle una en segundo grado). Steve. El Capitán América se llamaba Steve Rogers. No lo sabe todo el mundo, pero Howard se lo contó hace mucho tiempo. El héroe de su infancia sonríe en la tarjeta y la capucha no le permite estar seguro, pero la contextura es la misma, el uniforme (hecho jirones) es el mismo, los ojos… los ojos son los mismos.

No es posible, por supuesto. Solo que Tony sabe lo que vio en el taller. Y es difícil crecer en la familia Stark y no desarrollar cierto escepticismo respecto a lo que "no es posible".

Debe haberse quedado dormido sobre la cama, porque lo siguiente que sabe es que hay demasiada luz, está congelado y alguien toca la puerta.

- ¡Tony!

Howard.

Se levanta con un gruñido, la ropa arrugada y el cabello hecho un desastre. Bajo circunstancias normales lo dejaría tocar hasta que se canse, pero hoy tiene preguntas que hacerle. Solo que cuando abre la puerta, Howard ataca primero.

- ¿Qué hacías abajo? Sabías perfectamente que el acceso estaba restringido,- dice, entrando sin esperar a ser invitado.

- ¿En serio? No me di cuenta.

- ¿Cómo pasaste el bloqueo de seguridad?

- ¿Qué bloqueo de seguridad?

Howard no responde a la provocación. Se queda mirando las tarjetas y las fotos desparramadas sobre la cama. Mierda. Se le habían olvidado. Estira una mano hacia una de las fotos (Tony y su madre junto al árbol una mañana de navidad que ya nadie recuerda) pero no la toca. Respira hondo y pasea la vista por las tarjetas. Tony aprovecha la distracción.

- ¿A quién tienes en el sótano, Howard?

Howard levanta la vista, como si se le hubiera olvidado que Tony estaba allí. Qué novedad. Le sostiene la mirada un momento antes de volver a las tarjetas esparcidas sobre la cama.

- Creo que tienes una idea bastante clara.

La tiene. Pero una cosa es saberlo y otra cosa es saberlo. A Tony le tiemblan un poco las piernas (si Howard se da cuenta, tiene la decencia de no mencionarlo).

- ¿Cómo…?

- El suero… supongo. Por ahora, todo son especulaciones.- Howard suspira y sacude la cabeza.- Tony, ¿eres consciente de que no puedes hablar de esto con absolutamente nadie, verdad? Ni siquiera el presidente lo sabe.

Tony asiente y resiste el impulso de recordarle a Howard que no es la primera vez que se tropieza con secretos de estado en el taller. Realmente, si el hombre no quiere que Tony se entere de estas cosas, debería dejar de traerlas a casa.

- Pero no es eso,- continúa Howard, cogiendo una tarjeta en la que el Capitán posa con la mirada en el horizonte, el nombre de Tony garabateado en la orilla.- No es por el presidente. Steve… no está listo. Necesita un poco de tiempo.

Tony asiente, más en serio.

- Eso significa que tampoco puedes traer a nadie a casa,- advierte Howard.- Ni chicas, ni Rhodey… Nadie.- Tony está a medio asentir cuando su cerebro termina de procesar las palabras.

- ¡¿Va a quedarse aquí?!

- ¿Es un problema?- pregunta Howard alzando una ceja.

Tony niega con la cabeza.

- No. No, no es... no.

Howard aprieta los labios como conteniendo una sonrisa. Parece que va a decir algo pero cambia de idea.

- Hay panqueques en la cocina,- es lo que termina diciendo antes de salir de la habitación. Y Tony comprende que ésa es toda la información que va a obtener de su padre respecto al secreto más grande que hayan compartido.

Curiosamente, es también la conversación más larga que han tenido sin pelear en casi tres años.

Mira el reloj. Son las siete de la mañana. Y hay panqueques en la cocina. Howard no desayuna y Tony menos aún. Baja las escaleras con el corazón en la boca... pero cuando llega solo encuentra un plato de panqueques y a Jarvis lavando los restos de un desayuno compartido.

Típico.


Veintitrés años.

Steve tiene veintiuno. Ha estado "muerto" más tiempo del que ha estado vivo. Peggy está casada en algún lugar de Nueva Inglaterra. Howard es viudo y tiene un hijo de la edad de Bucky. Nick… sigue siendo Nick.

Howard puso un televisor en el cuarto de huéspedes (o bueno, uno de los cuartos de huéspedes, la casa es ridículamente grande) y Steve se ha pasado el día intentado comprender los últimos veinte años de historia a partir de noticias sin contexto, competencias de talento y retratos de familias perfectas en situaciones inverosímiles. Steve vio un televisor una vez en Europa. No tenía tantos canales (Steve no está seguro, pero puede que solo tuviera uno) ni transmitía a color y sin duda era un lujo impensable para un chico de Brooklyn. Howard dice que ahora cada familia tiene uno y que las noticias se transmiten casi en directo, que nadie necesita esperar que los cortos lleguen a las salas de cine.

En la pantalla, un locutor con patillas habla de una amenaza que se cierne sobre el mundo desde un lugar que Steve no ha oído nombrar en la vida.

Veintitrés años. Howard dice que ganaron la guerra en el 45. Pero si Steve olvida el color de la imagen y las patillas del locutor, no parece que haya pasado un día.

Suspira y apaga la televisión. Veintitrés años. Bucky tendría edad para ser su padre, si estuviera vivo. Pero no lo está. Era solo un niño jugando a ser un héroe (solo que no, Bucky nunca fue un niño) y ahora está muerto. Han pasado veintitrés años y cualquier forma de dolor que hayan podido sentir aquellos que lo conocieron (Howard, Nick, los Comandos) se ha diluido en el tiempo. Solo que ayer, Bucky estaba vivo. Y hoy tendría una familia, como Howard y Peggy, si Steve no hubiera fallado en protegerlo.

La habitación se le hace pequeña, y es ridículo, porque pasó los últimos veintitrés años encerrado en un cubo de hielo. O a lo mejor es por eso mismo. Bucky está muerto. Peggy ha tenido veintitrés años para construir una vida sin Steve. La habitación, diez veces más grande que cualquier tienda de campaña en la que haya dormido los últimos años, lo asfixia.

Avanza por pasillos largos y habitaciones desconocidas, sintiéndose como un intruso por mucho que Howard le haya asegurado que es libre de hacer lo que quiera en la casa. Hay una enorme puerta de vidrio en el primer piso y detrás de ella un jardín inmenso, una explosión de verdes y rojos, violeta, amarillo y blanco. Steve respira hondo, deja que el aire de la tarde le llene los pulmones y no piensa en la silueta desconocida que dibuja Nueva York en el horizonte.

A pocos metros de la puerta de vidrio, un niño se sienta en una mesa con sombrilla. Tiene una cerveza en una mano y un lápiz en la otra y no parece notar su presencia, ocupado en garabatear sobre un block de notas con el ceño fruncido. El hijo de Howard, supone. Tiene el cabello de Howard y su nariz, el gesto de determinación ante una idea que se resiste. Sus manos son más delicadas, pero están cubiertas de pequeñas cicatrices como las de Howard. Los labios y las cejas son distintos. El niño (¿Tommy?) alza la vista de pronto y se queda helado.

- Um… Hola,- dice Steve. El niño lo observa en silencio.- ¿Eres el hijo de Howard? Me dijo que había hablado contigo. Soy Steve,- dice, ofreciéndole la mano.

El niño (¿Johnny?) se para de un salto para aceptarla, pero en el proceso tira la cerveza sobre sus notas.

- Mierda,- dice, levantando la botella y sacudiendo el cuaderno. Luego parece recordar la situación y deja el cuaderno sobre la silla, se sacude la mano en los vaqueros y devuelve el apretón.- Hola. Soy Tony. Um… el hijo de Howard.

Tony. Cierto.

Ya de cerca puede ver que sus ojos son azules (a diferencia de los de Howard), pero llevan el mismo brillo de curiosidad maniaca. Tal vez un poco más intensa, más inquisitiva. Como si lo estudiara.

No le ha soltado la mano.

Steve se aclara la garganta.

- ¿Qué estabas dibujando?- pregunta, soltándose disimuladamente.

- Oh. No es nada. Estoy diseñando un propulsor portátil, pero la electricidad no me basta y el combustible añade demasiado peso. Pensé en energía nuclear, pero… es un proyecto personal, quiero buscar otras salidas.

- Claro.- El hijo de Howard, sin duda. Steve le da una segunda mirada al cuaderno cubierto de diagramas y ecuaciones, a la botella de cerveza sobre la mesa.- ¿Tu papá me dijo que tenías quince?- El comentario sale como una pregunta.

- Dieciséis,- responde Tony.- Se le olvidó mi cumpleaños.

- Oh,- dice Steve, incómodo. Pero Tony sonríe. Hay algo en su sonrisa que recuerda a Howard. Algo provocador y un poco arrogante, como quien sabe algo que tú no sabes. Pero hay también algo propio, un matiz más descarado y vulnerable. Como quien sabe algo que se muere por contarte.

- ¿Te estás preguntando si hoy en día es normal que un chico de mi edad construya un propulsor, verdad?

Tony es transparente como solo saben ser los niños. No hace falta preguntar (la sonrisa ya le ha respondido), pero Steve pregunta, solo porque es obvio que Tony quiere decirlo.

- ¿Lo es?

- No,- dice Tony, encogiéndose de hombros como si no importara. Los ojos lo traicionan.- Pero tampoco es común que vayan al MIT.

- ¿Al MIT? ¿En serio?- pregunta Steve sorprendido.- ¿Qué estás estudiando?

- Ingeniería mecánica,- responde Tony.- Pero eso no es lo más sorprendente.

- ¿Ah, no?

Tony niega con la cabeza. Se acerca y Steve puede oler la cerveza en su aliento. Responde en un susurro, como compartiendo un secreto.

- El Capitán América se está quedando en mi casa,- dice, y a Steve se le escapa la risa. A Tony le brillan los ojos azules.

Se pasan la tarde bajo el sol, hablando de cosas que Tony oyó de su padre cuando era pequeño y a Steve le sucedieron hace pocos meses, de tecnología que no conoce y eventos que cambiaron la historia mientras dormía.

- Has criado un buen chico,- le dice a Howard esa noche cuando vuelve a conectarlo a las máquinas del sótano, la sonrisa arrogante un gesto que es imposible asociar con esa cara tan seria que lleva ahora.

Howard le devuelve una mirada indescifrable.


Hace frío. Muchísimo frío. Está temblando. Solo que no, porque no siente el cuerpo. Está entumecido de pies a cabeza y puede oír el pitido de máquinas a lo lejos. Hay cables conectados a su cuerpo. Esto no es bueno. Respira hondo y el aire le quema los pulmones. Tose sin poder detenerse, cada arranque una llamarada bajo la piel. Intenta arrancarse los cables. Tiene que huir, correr, hay gente que depende de él. Bucky… ¿dónde está Bucky? Alguien grita, pero Steve no consigue entender las palabras. Abre los ojos a un mundo borroso de luces parpadeantes y cables. Hay máquinas por todos lados. Y un par de ojos azules, fijos en los suyos, intensos como un mar profundo.

Se despierta sudando. Toma una bocanada de aire que todavía quema por un segundo. Respira hondo. Una vez. Dos veces. Tres.

Volver a dormir es imposible.

Encuentra a Tony en la biblioteca, acurrucado en un sillón con un libro y el block de notas.

- Hey.

- Hey.

- ¿Tampoco podías dormir?

Tony lo mira extrañado. Luego mira el reloj.

- Oh,- dice.- No me di cuenta.

Steve sonríe.

- ¿Desde qué hora estás aquí?

- ¿Desde las 7? No estoy seguro. Tengo un problema con las celdas de almacenamiento y pensé que si…- Se detiene y sacude la cabeza.- ¿Sabes qué? No importa,- dice cerrando el libro.- ¿Qué haces despierto? ¿Algún problema?

Steve niega con la cabeza. No va a cargar a un niño con sus problemas. Y de todos modos, la idea de ir a la biblioteca era precisamente dejar de pensar en ellos.

- Insomnio. Pensaba encontrar algo lo bastante aburrido como para combatirlo.

Tony se estira en el sillón como un gato y pasea la mirada por los estantes.

- ¿Economía y finanzas? Hay un estante entero de física aplicada, pero cabe la posibilidad de que te pierda el respeto si te duermes leyendo sobre mecánica de fluidos, así que no nos arriesguemos.

Steve sonríe y avanza hacia la sección de Economía. No sabe por qué dice lo siguiente que dice.

- Estabas allí, ¿verdad? Cuando desperté.- No puede ver la reacción de Tony, pero es una pregunta retórica de todos modos.- Me acuerdo de ti. De tus ojos. Estabas aterrorizado.

- ¡Claro que no!- protesta Tony, sus dieciséis años completamente evidentes.

Los labios de Steve se curvan, pero contiene la sonrisa.

- Me ayudaste a calmarme,- dice.

Tony duda.

- ¿Cómo así?

- Los nazis no suelen tener niños aterrorizados vagando por sus laboratorios.

- ¡No estaba asustado!- vuelve a protestar Tony.- Y no soy un niño.

Tony tiene la edad de Bucky. De Bucky, que intentaba convencer a Steve de que se liara con las damas europeas y paseaba por las trincheras con una ametralladora. Que no tuvo pesadillas la primera vez que mató a un hombre. Que no dudó en saltar sobre un misil para salvar a millones de desconocidos.

- No, supongo que no.

Es difícil recordarlo fuera de la trinchera, pero dieciséis años pueden ser muchos.


Las pesadillas lo despiertan tres veces más esa semana. A veces es el laboratorio, el frío, la incertidumbre, los ojos asustados de Tony. A veces es la explosión, el grito lejano de Bucky, la caída, el hielo cerrándose a su alrededor. A veces es solo la guerra (como solía ser). Cada noche, Steve encuentra a Tony en el sillón de la biblioteca, perdido en algún libro lleno de números y diagramas. Algunas las pasan hablando hasta que el sueño consigue alcanzarlos y bostezan estirándose en los grandes sillones. Otras las pasan leyendo, cada uno en su esquina, comentado de vez en cuando algún pasaje interesante o divertido. Ninguno vuelve a mencionar aquella primera madrugada, ni la edad de Tony, ni las razones por las que Steve no puede dormir.


El atentado a la embajada es un claro signo de que la situación en Vietnam…

- A riesgo de sonar terriblemente ignorante,- dice Steve, pasando su atención de la radio a Tony, que ataca un aparato extraño con un desarmador sobre la mesita de la sala,- ¿dónde queda Vietnam?

Tony levanta la vista del aparato.

- En el sudeste asiático. No te sientas mal, el ochenta por ciento del país tampoco tiene idea… Creo que antes le decían Indochina.

- ¡¿Estamos en guerra con Francia?!

Tony le lanza esa mirada. Entre divertida por las cosas que Steve no sabe sobre los últimos veintitrés años y "oh por dios, realmente eres el Capitán América."

- Si Francia tenía algo que ver, hizo sus maletas hace rato. Vietnam del Sur está en guerra con Vietnam del Norte. Y nosotros estamos en guerra con el comunismo. O algo así,- dice, volviendo a concentrarse en el aparato.

Steve intenta (en vano) seguir el discurso del locutor.

Uno pensaría que tras veintitrés años en el hielo lo difícil sería adaptarse a la tecnología, a los cambios sociales… pero no. Veintitrés años y lo más difícil de aceptar son precisamente las cosas que no cambian.


Howard pasa los días en la oficina (o encerrado en el estudio) y las noches en el taller, pero siempre aparece a la hora de la cena. Se toma un momento para preguntarle a Steve cómo van las cosas, si está cómodo en la casa, si se siente más tranquilo. Steve hace preguntas sobre los eventos de los últimos veinte años (los que cambiaron el mundo y los que cambiaron su pequeño mundo), recuerdan a gente que conocieron y cosas que pasaron hace tanto/tan poco tiempo. Tony hace preguntas y comentarios indebidos, pide que Steve cuente alguna historia, se molesta un poco si se siente excluido de la conversación.

A Steve no se le escapa que Tony rara vez se dirige a Howard y que si Howard se dirige a Tony por lo general es para reprenderlo por algún comentario. Es obvio que no tienen la mejor relación del mundo y lo cierto es que si Steve alguna vez se hubiera dirigido a su madre como Tony se dirige a Howard, se hubiera ganado algo más que una reprimenda. Pero Tony dice que los tiempos han cambiado y "los padres no son dioses, Steve, solo son tus padres."

Cuando las cosas se ponen realmente feas, Tony sale del comedor gritando alguna barbaridad y tirando puertas. Howard respira hondo y se pasa una mano por el rostro, más agotado de lo que parecía al sentarse a la mesa.

- Jarvis.

- ¿Señor?

- Recuérdame que la adolescencia es pasajera.

- Todos los estudios parecen indicarlo, señor,- dice Jarvis, sirviéndole un whisky.

Y ésa es la vida en la mansión Stark.

A Steve le sorprende el cambio que se produce en Tony. El chico maduro, brillante, divertido con el que Steve pasa las tardes (Tony rara vez se levanta antes del almuerzo) se convierte en un mocoso engreído en el segundo en que Howard se sienta a la mesa. Excepto por los momentos en los que se pierde en alguna vieja anécdota o en la explicación de algún avance científico y se le olvida que está intentando molestar a su padre. Entonces vuelve a ser el Tony que Steve conoce. Habla con las manos y le brillan los ojos, ríe con las historias de Steve y sus choques culturales en Europa, hace preguntas y más preguntas. Y Howard lo observa con ojos curiosos, como si lo viera por primera vez.

- ¿Te ha mostrado su colección?

- ¿Su qué?

- Su colección de tarjetas.

Steve niega con la cabeza.

- Cuando Tony era chico eras su héroe,- dice Howard, dando el primer sorbo (no del primer vaso, sospecha Steve).- Tenía una casaca azul con una estrella en el pecho a la que le pintó una A en la capucha. No se la quitaba nunca. Cuando por fin le quedó chica, parecía un estropajo.

Steve sonríe imaginando a un pequeño Tony corriendo por la casa disfrazado de Capitán América. Algo cálido se le acurruca en el pecho ante la idea.

- No lo sabía.

- Sí… me imagino que tampoco le gustará que te lo haya contado.- La música de Tony ya empieza a retumbar por la casa en protesta por la pelea de turno.- Yo sé que no lo parece en este momento… pero le haces bien,- dice Howard.- Tony necesita un modelo a seguir.

- ¿Qué hay de malo contigo?- pregunta Steve.

Howard ríe contra el vaso.

- Por dios. No sabría ni por dónde empezar.


- Nop, lo siento.

- Vaya,- responde Rhodey impresionado.- No puedo ir a tu casa, no puedes decirme por qué… Sé que no se trata de un secreto de estado, porque ya me lo hubieras contado…- Tony se ríe del otro lado de la línea.- ¿Por fin mataste a alguien con una de tus explosiones? Solo dime que no fue Jarvis, no quiero tener que matarte en venganza por su mousse de chocolate.

- Le haré saber cuánto significa para ti.

- ¿Ni una pista?

- Ni una pista.

- Vaya,- repite Rhodey.- Bueno, no suenas preocupado, así que asumiré que no es nada malo…

- No es nada malo.

- … y ya nos veremos la próxima vez. Pero Tony, hermano, vas a decírmelo tarde o temprano. Sabes que quieres hacerlo.

- Rhodey, hermano… No tienes idea,- responde Tony con una sonrisa que no le cabe en la cara.

El Capitán América. El jodido Capitán América. Tony no sabe cómo consigue callárselo. A lo mejor por puro egoísmo. Cuando esto salga a la luz (porque tarde o temprano saldrá, eso es claro), Steve volverá a ser el héroe de la nación. Pero por ahora, Tony lo tiene para él solo.

La primera vez que lo vio, pensó que iba a quedarse parado como tonto sin nada que decir, que se le iba a trabar la lengua o que iba a soltar alguna tontería y quedar como un idiota. Pero hay algo en Steve que hace que uno se sienta inmediatamente en confianza. Protegido. Aceptado. Escucha siempre con atención, como si estuviera verdaderamente interesado en lo que sea que le estén diciendo, y a veces, cuando le brillan los ojos frente a algún descubrimiento de los "tiempos modernos", a Tony le provoca revolverle el cabello como si fuera un cachorro gigante.

María nunca lo dejó tener mascotas. A lo mejor ésta es su manera de pedir disculpas, desde donde sea que esté.

Ok… Demasiadas horas sin dormir.

Sacude la cabeza, cuelga el teléfono, llena una taza de café y baja al taller. Howard está encerrado con Steve y Furia en el estudio y las mejores ideas siempre se le ocurren cuando lleva demasiadas horas sin dormir.


- No va a ser una sugerencia.

Veintitrés años. Para Steve han sido solo unas semanas, pero eso no significa nada. El reglamento es claro.

- He estado "perdido en acción" desde 1942. Mi baja automática se dio hace años.

- No eres un soldado común. ¿Por qué aplicarían las reglas comunes?

Steve titubea.

- Porque no se dieron reglas especiales,- interviene Howard.- El ejército no puede ordenarte nada, Steve.

Nick no se inmuta.

- Por supuesto que no. Pero el pedido no va a venir del ejército. Johnson no va a desaprovechar este regalo, no puede permitírselo. Personalmente, no creo en los héroes solitarios. Pero muchos sí. Tu presencia podría cambiar muchas cosas en esta guerra de locos.

Steve respira hondo. Sí. Por supuesto. Por supuesto. No es que realmente lo esté dudando o que haya considerado seriamente una opción distinta. El país invirtió mucho en el proyecto del super soldado y Steve sabía perfectamente a lo que estaba accediendo. Además…

- Eres un soldado, Rogers. Y estamos en guerra.

Además está eso.

- Nadie va a forzarte a hacer esto si no estás listo, Steve,- dice Howard.

- ¡Por dios, Stark! ¡No es un niño de cinco años, es el maldito Capitán América! ¡Creo que puede salir de la casa sin romperse!

- ¡Ha estado veintitrés años en un bloque de hielo!

- ¡Y sigue vivo!- Nick entrecierra el ojo bueno.- Y ése es el punto, ¿verdad? No te preocupa lo que el gobierno quiera hacer con Rogers. Te preocupa que quieran hacerlo tan lejos de tu laboratorio que no puedas seguir investigando. Maldito hijo de…

- ¿Cómo te atreves a…?

Lo peor de todo, piensa Steve, es que Nick no está tan equivocado. Howard no es una mala persona, pero siempre ha tenido problemas para entender que sus intereses no son los únicos en el mundo. Y es cierto que bebe demasiado, pero ésa no es su verdadera adicción. Cuando algún proyecto lo emociona puede pasar días sin comer ni dormir, saltarse todas las reglas para conseguir el objetivo. Tony es igual. La curiosidad es una de sus mayores virtudes, pero también su vicio más peligroso.

Sobre la mesa descansa el "regalo" que le dio Nick al entrar. Blanca y brillante, la estrella resalta sobre el fondo azul. El material es distinto, lo suficiente como para que Steve comprenda que es un material que no existía entonces (hace veintitrés años, hace dos meses), pero el diseño es casi el mismo. Steve siempre tuvo un respeto particular por esa estrella y lo que representaba sobre su pecho.

- Basta.

- Steve, no vas a creer que…

- No importa,- dice con un gesto.- Llevan clavándome agujas desde los dieciocho. No me molesta que investigues. De hecho, eres una de las pocas personas en las que confío para hacerlo.- Howard se relaja visiblemente.- Pero Nick tiene razón. Estamos en guerra y antes que nada, soy un soldado.

Nick asiente.

- Buena decisión, Capitán. Haré los arreglos correspondientes.

Howard intenta protestar, pero es tarde. La decisión está tomada. Steve traza el contorno de la estrella con un dedo. Nick siempre fue bueno para la manipulación.

No es que esta vez le hiciera falta.


Es la noticia del siglo.

SHIELD tiene la decencia de no revelar el nombre de Steve o donde se está quedando, pero todos los reporteros del mundo están intentando pasar sus barreras de seguridad. Tony pasa una semana muy divertida bloqueando sus intentos sin que se den cuenta. (Howard se da cuenta, pero no dice nada. Le viene bien la ayuda, si tiene que reconocerlo.)

- ¡Maldita sabandija! ¿Cómo pudiste dejar que me enterara por la prensa?

Rhodey, por supuesto, sabe exactamente dónde se está quedando el Capitán América en el segundo en que oye la noticia en la radio.

Tony recibe el golpe y suelta una carcajada.

- Secreto de estado, cariño. Y Howard lo prohibió terminantemente,- dice frotándose en brazo y cogiendo la botella.

- Y por supuesto, tú siempre haces lo que dice Howard.

- ¿Estás insinuando que no soy un hijo obediente?- dice Tony mirándolo por sobre los lentes oscuros.

Howard y Steve están en Washington, así que la mansión vuelve a estar abierta. Y el clima ya pedía una tarde en la piscina.

- Vas a pagarme ésta, Stark. No sé cómo, pero me la vas a pagar.

Tony ríe de nuevo. No sabe por qué, pero algo le burbujea dentro desde que la noticia se hizo pública. Hay una euforia generalizada por el regreso a la vida del Capitán América y Tony tiene las respuestas a todas las preguntas que tienen al país comiéndose las uñas.

- ¿Es verdad que estuvo todo este tiempo en un bloque de hielo?

- Sí.

- ¿Cómo sobrevivió?

- Duh… Es el Capitán América.

- ¿Y es… no sé… cómo es?

Tony cierra los ojos y respira hondo. Siente el sol sobre la piel. ¿Cómo es Steve? Es grande y brillante y un poco como un cachorro, solo que no. Es fuerte y ha pasado por mucho, pero nada ha conseguido romper sus ideales. Cree en la gente de una manera que hace que la gente crea en sí misma y no menosprecia a nadie solo porque es muy joven, o muy rico, o porque podría parecer que ha tenido una vida muy fácil.

- Es todo lo que soñabas cuando eras niño. Solo que mejor.

Cuando abre los ojos, Rhodey lo está observando con un gesto extraño.

- ¿Qué?

- No… nada. Es solo que pensé que habías superado esta etapa cuando terminamos la primaria,- dice con media sonrisa.

Tony lo empuja a la piscina.

Algo le burbujea dentro desde que la noticia se hizo pública. El regreso del Capitán América, no de Steve Rogers. La nación puede tener a su héroe. Tony sigue teniendo a Steve.


Afuera, entre las masas, una voz se eleva sobre las otras.

- La mayoría de nosotros creció pensando que los Estados Unidos eran una nación fuerte pero humilde, que solo se involucraba en asuntos externos con reticencia, que respetaba la integridad de otras naciones y sistemas…

La puerta se abre y el general se acerca. Steve duda un segundo antes de saludar (¿le corresponde todavía? ¿cuál es su situación tras veintitrés años perdido?), pero el general saluda de inmediato.

- Capitán, es un verdadero honor conocerlo.

- Gracias, señor,- responde Steve. Esto de ser una leyenda es algo a lo que nunca va a acostumbrarse.

- Estaba en Francia cuando oímos de su supuesta muerte. Fue un golpe muy duro para todos. Es una gran alegría tenerlo de nuevo con nosotros.

- Um...- ¿Cómo se supone que responda a eso? ¿Hay algún protocolo para soldados que vuelven de la muerte?- Gracias.

El general asiente y cambia de tema, va directo al punto.

- Supongo que imaginará por qué lo hemos convocado. ¿Qué tanto le han informado acerca de la situación en Vietnam?

- Muy poco, en realidad,- admite Steve. El discurso se cuela por la ventana, como música de fondo.

- … pero nuestra única respuesta a la rebelión es una represión más dura, más oposición despiadada a las instituciones sociales y culturales que sostienen…

- Es una situación difícil,- dice el general.- El presidente confía en que el envío de tropas ayude a una pronta solución, pero todo esfuerzo es importante. Un super soldado vendría bien en el frente, pero usted es más que eso para esta nación, Capitán. Los chicos necesitan que alguien les recuerde por qué están luchando.

- … ¿puede decirse que la libertad de un pueblo sólo puede mantenerse aplastando a otro?...

- ¿Y por qué están luchando?- pregunta Steve.

El general lanza una mirada a la ventana y parece comprender. La cierra con cuidado. No es que a Steve le signifique una gran diferencia, con el oído que le dio el suero.

- No todo el mundo entiende la situación en la que estamos, Capitán. No crea todo lo que oye en las calles. El comunismo ha infiltrado nuestra nación y hay muchos jóvenes impresionables que se niegan a verlo por la amenaza que es. Usted debería entenderlo. El nazismo empezó igual. Promesas de un mundo mejor, pero ¿a cambio de qué?

Steve lo piensa un momento. El país que describen en ese discurso no se parece en nada al suyo. Y el general no miente, Steve ha visto a jóvenes convencidos de ideas mucho más bizarras por lenguas lo bastante hábiles.

- Los regímenes comunistas totalitarios amenazan las bases mismas que sostienen a esta nación. Si no los detenemos ahora, pronto estaremos todos sometidos. Usted lo sabe tan bien cómo yo.

Steve respira hondo. No sabe por qué se está demorando en responder. Tomó la decisión antes de salir de Nueva York.

- Su país lo necesita, Capitán.

En la acera del frente, cada vez más jóvenes (cientos, miles) parecen pensar lo contrario.


Es la decisión correcta, comprende, mirándose al espejo. La estrella brilla en su pecho y esto es lo que es, por encima de todas las cosas. Veintitrés años y aún, esto es lo que es. El escudo vibra en sus manos, pidiendo una misión.

- Wow.

Tony está parado en la puerta con cara de no haber dormido (otra vez). Se frota los ojos.

- ¿Estoy alucinando por falta de sueño?

- No.

- ¿Es mi cumpleaños? Jarvis dice que cuando cumplí cinco María me prometió traer al Capitán América y me negué a comer dos días cuando me di cuenta de que no se refería al original.

Steve se ríe.

- No.

Tony lo mira y lo mira, cataloga cada detalle, cada textura, cada curva. Steve puede ver en sus ojos la lista mental de los pequeños cambios encontrados, su evaluación de cada uno. Tiene la intensidad de Howard cuando analiza un problema. Pero hay más. Hay algo en su mirada más maravillado que analítico, más personal que científico. Algo cercano, casi posesivo. El silencio se alarga hasta que Steve empieza a sentirse expuesto.

- ¿Entonces?- pregunta para romper la tensión.- ¿Veredicto?

Tony entrecierra los ojos.

- ¿Por qué te lo dieron?


- ¿Vietnam?

Es ridículo porque, por supuesto que Vietnam. ¿Qué esperaba? El héroe del mundo libre regresa de la muerte en medio de la guerra y… ¿qué? ¿El gobierno iba a dejar que se dedicara a dibujar en el jardín de Tony?

- ¿No te dan de baja automáticamente cuando pasas veintitrés años en el hielo?

Steve hace un gesto que no llega a ser una sonrisa.

- Sí.

- ¿Entonces?

- No me están obligando, Tony.

Tony abre los ojos sorprendido. ¿Sorprendido de qué? Por supuesto que Steve quiere ir a pelear en el frente. Es el maldito Capitán América. Tiene el escudo y todo, por si a alguien le quedan dudas. Abre la boca, pero vuelve a cerrarla sin decir nada. Desvía la mirada.

- Hey…- dice Steve con suavidad, como si hablara con un niño. Tony detesta que lo traten como un niño, pero está demasiado molesto con su propia falta de visión como para molestarse con Steve.- No es que quiera irme.

- ¿Y entonces por qué te vas?- pregunta Tony y quiere arrancarse la lengua al segundo siguiente. ¿Cómo espera que lo traten si se porta como si tuviera cinco años?

- Porque tengo responsabilidades. Cuando me uní al proyecto del super soldado acepté mucho más que cumplir mi tiempo en el frente. No puedo echarme para atrás ahora.

Lo sabe. Tony lo sabe. Por supuesto que lo sabe. Steve se ha quitado la capucha y el sol brilla en su cabello. El uniforme nuevo que le ha dado SHIELD conserva la malla metálica y las botas rojas, y parece uno de esos príncipes de cuento de hadas al que solo le falta la espada.

Tony respira hondo.

- ¿Cuándo te vas?

- La próxima semana. Mañana van a hacerlo público. Quería decírtelo antes.

Tony sonríe. No es una sonrisa particularmente feliz, pero sabe cómo funcionan estas cosas y si Steve se ha dado el trabajo de mover la conferencia de prensa para explicarle esto en persona, no va a despreciar el esfuerzo. En la radio, Smokey Robinson pregunta qué es tan bueno de decir adiós y Tony se apoya en el hombro de Steve junto a la piscina.

- Te voy a extrañar,- dice, sintiéndose otra vez como un niño con una A pintada en la capucha.

Steve respira hondo y guarda silencio un largo rato.

- Cuando estaba en Europa…- dice de pronto,- siempre recibía cartas de fans. Sacos enteros. Pero nunca… ya sabes, nunca de nadie que conociera. Cuando llegaba el correo todos corrían a buscar noticias de casa. Pero yo no tenía a nadie en casa.

- ¿Qué hay de Peggy Carter?

Steve se ríe y Tony siente el movimiento en todo el cuerpo.

- Peggy estaba más activa que yo en la resistencia. Dudo que tuviera tiempo de escribirle a su propia familia.

Tony se toma un segundo para procesar la información.

- Espera…- comprende de pronto.- ¿Me estás pidiendo que te escriba?

- Pues… no es una obligación, claro…

- ¿Pensaste que no iba a escribirte?

- Um…

Tony sacude la cabeza.

- Capi… vas a saber tanto de mí que vas a arrepentirte de haberlo deseado. Y te advierto que si no respondes cada una de mis cartas, tus derechos al mousse de chocolate serán revocados.

La sonrisa de Steve es tan brillante como la estrella en su pecho.

- No me harías eso,- dice.- Jarvis no te dejaría.

- ¿Quieres arriesgarte a probarlo?

Steve ríe y el cuerpo de Tony vibra con él. El sol cae sobre Manhattan, el murmullo familiar de la hora punta arrullándolo a lo lejos, y el peso en su pecho se hace más ligero conforme muere la tarde.

- He estado pensando,- dice Steve,- que hay algo que me gustaría que tengas.

Tony se estira y se separa de su cuerpo lo suficiente para mirarlo a la cara. Steve saca algo del bolsillo y se lo pone en la mano. Son dos placas de metal unidas por una cadena.

STEVE ROGERS
35428790 T4666 A
1521 13 E. .
.

- Me las dieron con el uniforme, pero van a tener que darme unas nuevas de todos modos. A lo mejor es una tontería, pero pensé que…

Tony se las quita de las manos y se las cuelga del cuello antes de que pueda terminar la frase.