Yuuri entro en su habitación después de un largo día en Nuevo Makoku, gobernando desde Pacto de Sangre.

El azabache suspiro, revelando todo el cansancio que sentía, pero cuando dirigió la mirada hacia su lecho, todo el cansancio y la desgana se fueron.

Fue a sentarse a la orilla de su cama, en la cual descansaba su rubio esposo.

No se cansaba de verlo, podría verle dormir toda la vida…

Aunque, claro, le prefería despierto; con sus maravillosos ojos verdes mirándole con amor y sus labios besándole y dedicándole hermosas sonrisas solo a él.

Y pensar que al principio le rechazo tanto tiempo.

Wolfram era lo más hermoso que tenía en ese mundo, su más grande tesoro. Claro, Wolfram y su bebé, ese hermoso niño de ojos verdes y cabello negro que había nacido hace tan solo 4 meses y dormía apaciblemente en una cuna, que se encontraba cercana al lecho matrimonial.

Yuuri se dirigió al cuarto de baño, se aseo y se cambio, se puso su pijama, dejando sus oscuras ropas en el cesto de lavandería que él había hecho llevar hasta allí, regreso a la habitación y se metió en la cama con su esposo.

Le abrazo por detrás y le atrajo hacia sí, abrazándole con fuerza y suavidad.

El ojiverde se volteo y abrazo a su pelinegro esposo y este le sorprendió con un cariñoso beso en los labios. Yuuri se acomodo mejor y aprisionó dulcemente entre sus brazos al joven mazoku; el cual, simple y sencillamente suspiró, acomodándose en su pecho.

-Te amo Wolfram…-le dijo el moreno de repente, casi entrando al mundo de los sueños.

Y el rubio no podía quejarse, porque le había costado mucho tiempo y esfuerzo enamorar al joven Maou, y ahora tenían 2 años casado y un hermoso hijo de 4 meses.

-Tambien te amo, debilucho…-susurro el ojiverde, ya refugiado en su pecho.

Y Yuuri supo que le amaría por y para siempre.

Wolfram no pedía nada más.

Fin.