Primera parte

NUEVAS REGLAS

1

Hace ya bastante tiempo que Panem ha quedado reducida a la nada; los distritos ya no existen.

Un grupo, que se hace llamar la Unión, ha destrozado el país. He oído rumores de que bombardear cada uno de todos los distritos era un plan, un plan de lo que algún día fue el Capitolio.

Los supervivientes del bombardeo nos hemos unido, los que hemos querido, claro. Los rebeldes, que reciben el nombre de Monicanos o Monicans, han huido. Los Monicans consiguieron escapar al igual que nosotros, pero se negaron a vagar por un mundo en desdicha, aceptando la derrota. Yo quería unirme a ellos, ser una monicana y luchar contra la Unión, pero tengo la responsabilidad de cuidar de mi hermano pequeño, Trevor. Nuestra madre murió en el bombardeo, todavía recuerdo todo con exactitud. Yo estaba en el Quemador, comprando un par de baratijas: amuletos, bisutería y demás cosas. Una vez que terminé las compras, me dirigí a casa. Entonces, de camino, comencé a notar una serie de bruscos temblores en el suelo. La gente de la Veta se puso muy nerviosa y cundió el pánico. Corrí hasta casa, todo lo deprisa que pude, para cuando conseguí llegar, era demasiado tarde. Mamá estaba enterrada bajo un gran y pesado tablón de madera. Traté con todas mis fuerzas levantar ese tablón y liberarla, pero mi madre me pidió que sacara a Trevor y lo llevase a un lugar seguro, me pidió que lo cuidase con mi vida; ahora yo era lo único que tenía. No rechisté y corrí en busca de mi hermano pequeño, estaba en un rincón de su habitación, hecho un ovillo en el suelo, llorando sin control. Lo cogí en brazos y lo saqué del cuarto, antes de salir de casa le dediqué una última mirada a mi madre. Sentía que la había traicionado, por no poder salvarla.

Al terminar los temblores, creímos que todo había terminado. Nos equivocamos. Unos aerodeslizadores soltaron bombas desde el cielo al Distrito 12. Me alejé a un pequeño terreno llano con Trevor en brazos. Desde lejos podíamos ver como nuestra casa, nuestro hogar, se desmoronaba, con mamá dentro. No he podido perdonarme no haberla salvado, y nunca perdonaré a la Unión lo que hizo.

Según me han dicho, la Unión quiere reconstruir el Capitolio, o algo superior. Quieren dividir el mundo entre privilegiados y no privilegiados. Hay gente monicana infiltrada en la Unión, recopilando información para algún día usarla a su favor.

Algún día seré una monicana, algún día ayudaré a acabar con esas personas que acabaron con mi vida y con todas las vidas de esta buena gente.

Mi hermano me ha vuelto a despertar con sus insaciables gritos, ha vuelto a tener otra pesadilla. Le mezo suavemente para que vuelva a dormir y le proporciono algunas caricias en la espalda para que sepa que estoy con él. No hemos podido superarlo, pero yo tengo que ser fuerte por él, soy su único apoyo.

─Samantha─ me dice Julia. Julia es la más anciana de todos, tiene 87 años, le tengo mucho cariño y siempre se ha portado muy bien conmigo. A veces me ayuda con Trevor, cuando yo estoy a punto de perder los nervios. Es un gran apoyo en los momentos más difíciles.

─Tranquilia, Julia. Estoy bien, ahora está tranquilo, más que otras noches.─ Digo.

─Eres muy valiente, Samantha. Has tenido que madurar tan deprisa para cuidar de tu hermano, a veces pienso que si llego a estar yo en tu posición, con 15 años y un hermano al que cuidar, no sé si tendría tanta fuerza de voluntad.

─No soy valiente. Es mi hermano, y además, se lo debo a mi madre.

Julia se aleja y yo pienso en qué hacer. Llevamos huyendo de la Unión… no sé cuanto tiempo. Pero no creo que podamos aguantar mucho más. Cada vez somos menos y más débiles.

No soporto la idea de que se vaya a volver a reconstruir el Capitolio. Cuando yo nací, el Capitolio ya no existía, pero me decían que allí la gente era frívola y mezquina y que anualmente se celebraban unos juegos en memoria por los antiguos rebeldes. Esos juegos recibían el nombre de Los Juegos del Hambre. Era una especie de reality en el que obligaban a doce chicos y doce chicas a enfrentarse entre ellos. La única regla era: matar o morir.

No podría estar cerca de gente como esa, gente a la que le divierte el sufrimiento ajeno.

Mi mejor amiga, Debbie y yo, somos las más jóvenes y, por tanto, nos sentimos responsables de alimentar y cuidar a las pocas personas que han sobrevivido, ya que todos están muy débiles.

Yo me encargo de cazar y traer comida. Se me da bastante bien el arco, aprendí sola, en los bosques del Distrito 12. Me hice mi propio arco de madera e improvisaba flechas, de madera también. También tengo mucha destreza con el cuchillo y si surgiesen problemas, podría defendernos a todos. Debbie es muy buena en el cuerpo a cuerpo, me enseña, pero soy bastante torpe. Eso de dar patadas y puñetazos no se me da bien. A parte del cuerpo a cuerpo, Debbie también suele entenderse mucho en el tema de las medicinas. Conoce todas las plantas curativas existentes en este planeta, su madre, enseñó a Debbie a muy temprana edad a reconocer plantas, tanto comestibles como curativas. Al igual que la mía, la madre de Debbie murió en el bombardeo, a causa de un hundimiento en la tierra.

Cuando nos vimos solas y desamparadas, al igual que todas estas personas, nos vimos con la obligación de asumir la responsabilidad sobre todos y ayudarlos a sobrevivir. La noche del bombardeo, reunimos a los pocos supervivientes del distrito y huimos al bosque. Nos quedamos allí durante un par de semanas, hasta que dejó de ser seguro estar tan cerca del distrito. Entonces, decidimos que era hora de adentrarnos más en el bosque, que pronto se terminó convirtiendo en selva. Conseguíamos mantener alimentados y sanos a la mayoría, pero no siempre era fácil conseguir comida para todos, por eso algunas veces teníamos que sortear la comida. Otras, Debbie y yo tuvimos que quedarnos sin comer para que pudiesen hacerlo el resto. A lo largo de estos meses, hemos sufrido dos bajas, somos veinte personas en este momento.

Mi hermano, que tan solo tiene 6 años, a veces quiere ayudarme a cazar. Me cuesta mucho exponerlo a cualquier cosa, así que cuando me ha pedido que le enseñe a usar el arco y las flechas, lo he hecho, pero, en vez de apuntar a animales, le decía que apuntara a los árboles. Yo le dibujaba unas dianas en los árboles. Consiguió acertar al centro tres veces de cuatro, no está mal. Tal vez, más adelante, le enseñe a cazar de verdad.

Veo que Julia está tratando de calmar a la gente que más hambre está pasando, pero le hacen caso omiso. Me acerco arrastrando los pies y comienzo el discurso de cada semana:

─Chicos, deberías estar agradecidos de que al menos estáis vivos y no muertos. Sí, estáis pasando hambre, pero seguís vivos a diferencia de nuestras familias, amigos y compañeros. Sé que a veces la única manera de sentirse mejor con uno mismo, es quejarse sin parar de todo. Sin embargo, esa no es la solución. Debemos mantenernos unidos en estos momentos de dificultad.

─Sammi─ oigo decir a Debbie. ─Tenemos que seguir moviéndonos, aquí no hay plantas con las que yo pueda trabajar.

No me acordaba, llevamos mucho tiempo aquí, tal vez no me haya dado cuenta porque las presas aquí son fáciles de cazar. Realmente es una pena dejar el sitio.

─Bueno, recoged todo y esperad. Voy a hacer una última ronda y cojo presas para el camino.

Voy a mi tienda, en la que estamos Trevor y yo. Llego y él todavía sigue durmiendo, ahora le veo feliz.

Doy pequeñas zancadas para no despertarle y cojo mi arco y el carcaj con las flechas.

Me adentro en las zonas donde más abundan las ratas, las ardillas y de vez en cuando algún que otro zorro.

Me detengo en un rincón que es perfecto para cazar, me cubre de la vista de los depredadores, lo cual evita que vayan a huir. Aunque soy muy sigilosa, siempre consigo llevar por lo menos cuatro presas. Oigo el ruido de unas rápidas pisadas, cojo una flecha del carcaj que llevo al hombro y la pongo cuidadosamente en la cuerda. Tenso mi arco y apuntó al ojo de mi presa, es un ciervo. Cuando creo que es el momento oportuno, disparo y la flecha sale a una velocidad fulminante. Da en el blanco.

Corro a recoger el ciervo, que nos da para alimentarnos una semana, si lo racionamos bien. Cuando voy a cargármelo al hombro, oigo otra pisada, pero demasiado sonora para ser de un animal. Cojo otra flecha y la vuelvo a colocar en el arco. Pongo completa atención a los sonidos, para saber de donde viene el ruido. ¡Derecha! Esa es mi dirección. Apunto sin tener un blanco fijo. En eso, veo una figura humana y me escondo tras un gran árbol.

Bajo el arco, aunque todavía lo tengo cargado, por si resulta ser una amenaza. Pude divisar claramente que es un hombre, de cabello castaño y liso. Tiene un cuerpo bastante robusto y parece estar bien alimentado, como si en su vida hubiese pasado hambre. Cuando se acerca más, noto que se encuentra algo mareado y comprendo que es por una herida que tiene en el costado.

Corro en su ayuda, lo sostengo como puedo y lo llevo con Debbie y el resto.

Tiene una herida profunda, es grave. No soy muy entendida en el tema de técnicas curativas, pero se de heridas y las he visto muy parecidas en algunos juegos que enseñó mi madre, para que viese como era el mundo en el que ella vivía. Antes de que empezasen los juegos, todos los tributos (así se llamaba a los participantes) eran entrevistados por Caesar Flickerman. A la gente del Capitolio le encantaban esas entrevistas, aunque en mi opinión, todos son unos falsos. Solo quieren ver el baño de sangre.

Debbie, como una auténtica profesional, trata de sanar la herida con un par de hierbas que aún le quedan, pero hasta yo sé que eso no va a poder curarlo con hierbas.

─ ¿Se lo has hecho tú? ─ me pregunta Debbie.

─No. Le he encontrado cuando estaba cazando. ─En cuanto digo aquello todos se vuelven a ver que la presa del día es un ciervo y se ponen a salivar como locos.

─Tenemos que anestesiarle, no puedo curarle la herida si está despierto. Se empezará a mover del dolor y me desconcentrará. ¿Tenemos algo con lo que lo podamos anestesiar?

Busco por todas partes cualquier cosa que nos sirva para dormirle, pero no hay nada.

Solo se me ocurre una manera de dejarlo dormido. Cojo el arco que está en el suelo y se lo estampo en la cara a aquel hombre. Queda inconsciente al instante.

─¿Te sirve?

─Me sirve.

Debbie comienza a aplicar una serie de líquidos sobre la herida. Como la zona de la herida comienza a espumarse, me supongo que le habrá echado agua oxigenada, para limpiar lo infectado y quitar la tierra incrustada. Una vez que la herida ha quedado limpia, la sangre comienza a salir más seguidamente, no comprendo por qué.

La expresión de Debbie se vuelve insegura, como si algo estuviese mal. Vuelve a controlar la situación, aunque la sigo notando preocupada, la he visto muchas veces curar a gente y en otras circunstancias, ya hubiera terminado. Una vez que ha terminado de sanar, cose la herida con aguja y un metal muy manejable.

─Ya he terminado, pero al ser una herida en el costado, le va a costar tiempo recuperarse─ dice quitándose el sudor de la frente.

─Bueno, le dejamos donde estaba y punto.

─¡Sam! No podemos dejarle a su suerte. Se viene con nosotros─ me exige.

─No sabemos quien es. Podría ser de la Unión.

─¿De la Unión? ¿Maltrecho y desnutrido? ¿De verdad?

─Vale. Pero solo durante un tiempo.

No me gusta la idea de que se venga con nosotros, pero está herido, muy malherido, no soy tan cruel como para abandonarlo. Cuando se haya recuperado, se va.

Ahora no sé que hacer, tenemos a una persona herida a nuestro cargo, tardaríamos mucho tiempo en trasladarnos a otra parte. Aun así, tenemos que hacerlo, sin las plantas curativas necesarias que necesita Debbie, no duraríamos ni dos días. La mayor parte del tiempo necesitamos que nos cure un rasguño que puede acabar en infección o un corte profundo, como el de hoy.

Me aparto de todos para intentar aclararme, me voy a mi tienda y me tumo al lado de Trevor, que comienza a despertarse, seguro que es culpa mía, habré hecho mucho ruido al entrar. Intento que vuelva a conciliar el sueño, pero no hay manera, está completamente despierto. Me da un cálido y confortante abrazo, yo hago lo mismo, con mis brazos rodeo su pequeño y delicado cuerpo. Huele a naranjas, siempre ha olido a naranjas, es agradable.

Luego me da besitos por toda la cara y me empiezo a reír, es tan divertido, no sé como consigue sonreír y hacerme sonreír a mí, cada día. Julia dice que me admira, pero debería admirar a mi hermano, yo lo hago. A pesar de todo lo que ha pasado, sigue siendo un niño feliz.

Me he planteado muchas veces dejarlo todo e irme con Trevor a cualquier parte y cada vez, me lo planteo más, pero luego recuerdo que estas personas han depositado su confianza en mí. No puedo traicionarlos de esa manera.

Salgo de la tienda y reúno todo el aliento posible para poder informar a todos sobre el plan que vamos a ejecutar.

─Recoged las tiendas y vuestras cosas. Nos vamos, tendremos que llevar al enfermo entre todos. Podemos hacerle una… camilla y turnarnos entre todos para llevarlo.

Nadie rechista y comienzan a trabajar en la camilla, cogen unos troncos gordos, ramas, hojas y algunas raíces para atar los troncos. Finalmente, conseguimos, entre todos, hacer una camilla decente para llevar al hombre herido. Los cargamos entre tres y lo subimos a la camilla, que todavía está en el suelo. Voy hacia mi tienda para comenzar a desmontarla, Trevor me ayuda metiendo nuestras cosas en las mochilas y bolsos. Cuando todos hemos terminado de recoger, me ofrezco primera para llevar al hombre, junto con Debbie.

Cargando con el herido, Debbie y yo encabezamos la fila y guiamos al grupo. Yo suelo orientarme por la dirección en la que se dirigen las bandadas de pájaros y otros animales, donde vayan ellos, debemos ir nosotros para cazarlos. También tengo que tener en cuenta la cantidad de plantas que habrá a nuestra disposición. Debbie se fija mucho en las raíces y bayas que crecen por los alrededores, algunas son comestibles y podemos alimentarnos de ellas cuando hay escasez de comida.

Decido que es el momento de hacer un pequeño descanso, noto que la gente empieza a tener hambre, así que dejo la camilla en el suelo con cuidado y me voy a buscar un par de troncos para hacer una hoguera y asar el ciervo.

Hemos avanzado bastantes kilómetros si seguimos así, mañana llegaremos a alguna llanura donde podamos acampar.

Veo un par de troncos gruesos y duros; perfectos para la hoguera. Me los cargo al hombro y corro al punto de encuentro, donde están todos. Los tiro al suelo y me siento aliviada, hace tanto calor. Sudo por todas partes, por muchas veces que me seque el sudor me vuelve a salir tan solo por respirar. Tal vez deberíamos acampar en un claro, donde podamos beber agua y bañarnos, para estar hidratados; la sed comienza a ser un problema.

Enciendo el fuego con un par de troncos, ese truco me lo enseñó uno de mis amigos del distrito, Jake. No sé si se habrá salvado, no sé cuanta gente lo habrá hecho, porque cuando creí que ya éramos un grupo numeroso, salí corriendo con ellos antes de que la Unión se diese cuenta de que seguíamos con vida.

La gente le ha quitado la piel al ciervo, lo ha limpiado y ahora comienza a asarlo. Cojo mi trozo y lo tuesto también. Le doy el primer mordisco y la verdad es que sabe bastante bien. Se acercan todos a agradecerme que haya cazado al ciervo. Pitt y Maddi se acercan a preguntarme sobre donde iremos, les he dicho que lo más seguro es ir a un sitio con agua.

Pitt y Maddi son de los más jóvenes del grupo, Pitt tiene 25 y Maddi 29. Ellos también saben cazar, pero no tienen armas, la Unión les destrozó las únicas que tenían. Yo les prometí que les fabricaría unos arcos, pero todavía no lo he hecho, además, no saben utilizar el arco y tendría que enseñarles. Imagino que lo haré cuando tengamos menos ajetreo. La que si les ha enseñado defensa personal es Debbie, les ha enseñado a hacer llaves básicas y el punto justo en la nariz donde golpear con la palma de la mano. Confío mucho en ellos si tenemos problemas para defender al grupo.

Una vez que todos hemos comido, guardamos lo que queda para el resto del camino y volvemos a la marcha, ahora Pitt y Maddi se ofrecen a hacer el segundo turno para llevar la camilla.

El sol comienza a ponerse y el cielo se vuelve de un naranja precioso, que me recuerda a Trevor, entonces le miro y el entiende perfectamente lo que quiero decir. Trevor es el pequeño del grupo, el que todos quieren y miman, se lleva muy bien con Julia, la anciana y Debbie. Acostumbran a jugar juntos durante los descansos, el juego favorito de Trevor es el escondite. Al principio, me daba miedo que se perdiese, pero poco a poco me he dado cuenta de que sabe ubicarse perfectamente en el bosque y Debbie siempre sabe como encontrarle, tienen un código por si se pierden. Hacen un silbido que comienzan a repetir todos los sinsajos que hay en el lugar. Trevor, también se lleva muy bien con los sinsajos, de hecho, me prohíbe que los cace, se refiere a ellos como a sus amigos.

Hace tiempo hubo una rebelión, el símbolo de esa misma rebelión, fue el sinsajo.

La rebelión tuvo éxito, consiguieron derrumbar el Capitolio y acabar con Los Juegos del Hambre, pero entonces, no sabían quienes eran de la Unión, que tratarán de volver a traer al Capitolio de vuelta. Imagino que también a los juegos. Para entonces, espero estar muy lejos de aquí, haber salido de lo que era el Distrito 12.

Va oscureciendo poco a poco y necesitamos un sitio para acampar cuanto antes, entonces el fresco olor a pino y humedad me dice que por aquí cerca debe de haber algún tipo de claro o lago. Avanzamos hasta dejar atrás los árboles y llegar a una pequeña llanura con un riachuelo que la divide.

Es el sitio perfecto pienso.

Decido que acampamos aquí, todos montan sus tiendas y yo hago lo mismo. Trevor se pone a jugar con Debbie un rato, yo entretanto busco un sitio donde cazar. Aunque la verdad, es que no tengo ganas, todavía queda bastante ciervo, nos da para cenar y desayunar mañana. Cuando amanezca iré a cazar y le dejo mi trozo de ciervo a Trevor. Aprovecho y voy con mi hermano y Debbie, que se están riendo bastante. Trevor quiere jugar a que hagamos carreras, pero cuando me ve llegar, insiste en que le siga enseñando a usar el arco y las flechas. Tengo experiencia en lo que enseñar a mi hermano se refiere, me suele gastar muchas flechas así que para entretenerle mientras yo fabrico flechas, le digo que se fabrique su propio arco. Vamos los dos juntos a buscar un árbol de buena madera que usar, vemos un par aceptables, pero Trevor quiere que su arco sea de la madera perfecta. Veo un roble con una madera estupenda, arrancamos un gran cacho de corteza para su arco y sus flechas. Lo llevamos al claro y le enseño cómo fabricarlo, cómo darle la curvatura adecuada para que la flecha pueda ser disparada, cómo aprovechar al máximo el grosor de la madera. Cuando consigue darle forma, me paro a observar su trabajo y la verdad es que lo ha hecho bastante bien. Yo todavía sigo con las flechas, entonces le digo que busque algo que sirva de cuerda para el arco. Cómo no, va a pedírselo a Julia, que es como si fuese nuestra tesorera, posee cualquier cantidad de cosas, seguro que tendrá alguna cuerda para Trevor.

Termino de fabricar las flechas y veo los pelos de punta de mi hermanito dirigiéndose a mí. Veo que no tiene ganas de poner la cuerda, así que lo hago yo. Cuando termino, vamos al mismo roble de donde hicimos el arco.

─¡Dispara flechas! ─le digo. Veo que el se queda quieto y se desanima. ─¿Qué te pasa?

─Quiero probar con los animales ─dice tirando el arco al suelo.

─No creo que quieras, porque tendrías que matarlos y tú no serías capaz de hacer daño a nada que esté vivo.

─Pero algún día tendré que cazar ─me replica.

─Pero ese día, no es hoy. Todavía tienes que aprender mucho, y mejor que lo hagas con una diana… De momento.

Trevor se anima un poquito más y vuelve a coger el arco, apunta a la diana que le he dibujado y da por fuera del blanco. No decae el ánimo y lo vuelve a intentar, ésta vez, consigue entrar la flecha en la diana, sin dar en el centro.

─Si no lo haces con ganas, nunca lo conseguirás ─le susurro al oído.

Suspira y vuelve a apuntar, se toma un largo respiro antes de disparar, cuando lo hace, da en el blanco.

Debbie me llama y acudo enseguida a su posición con Trevor. El hombre que nos habíamos encontrado herido, ha despertado. Me acerco a él y me pongo de cuclillas para oír lo que me está diciendo.

─Gracias─ consigo escuchar.

─No tienes por qué darlas. ¿Te encuentras bien?

─Si, estoy… mejor.

─¿De qué distrito escapaste? ¿Eres del 12?

─Era del 5, pero escapé y me hice monican. ─Dice con dificultad.

─¡¿Eres un monicano?! ─Grito a los cuatro vientos.

─Si. Luchamos contra la tiranía de la Unión.

Pienso muy bien mis siguientes palabras. Las medito, las medito y las vuelvo a meditar. Cuando creo que mi decisión es acertada, aunque no estoy muy convencida, no tengo duda. Es la hora.

─Quiero unirme a vosotros.