"Light in darkness"


Disclaimer: Harry Potter es propiedad de J.K. Rowling.

Summary: Huir ha sido una constante en su vida, aun cuando ella no sabía muy bien de que escapaba. Al menos, hasta que su camino se cruza con el de la Orden del Fénix, una organización rebelde, que la ayudara a descubrir quien es en realidad.


Aclaración: Esta historia se desarrolla en un universo alterno, en donde lord Voldemort ostenta el poder absoluto. Por lo mismo, la trama es bastante distinta a la original y los personajes presentan actitudes que tal vez les resulten un tanto extrañas en un primer momento, pero que son consecuencia de sus propias circunstancias en la historia.


Dedicado a mi querida ManneVanNecker, quien siempre escucha cada una de mis locuras y aun así siempre esta dispuesta a escuchar más.


Primera parte

Huyendo de las sombras

Se encontraba sentada en una de las esquinas más apartadas del abarrotado café, el aire se sentía denso, cargado del aroma del café y la canela. El murmullo de las conversaciones llenaba el ambiente, pero la muchacha no prestaba atención a nada de ello y simplemente se dedicaba a sostener entre sus manos la taza de café esperando que la calidez de la bebida aliviara el frío de sus manos. Sabía que debía conseguir un nuevo par de guantes, su actual par se encontraba roído y sucio, cumpliendo escasamente con su real cometido. Se llevó la taza a los labios, la calidez del café le bajó por el esófago inundándola de aquella escurridiza sensación de seguridad.

Sabía que esta no duraría mucho tiempo.

Observó de un lado al otro del local, la dependienta se encontraba muy entretenida coqueteando con uno de los clientes, nadie de los presente le prestaba mucha atención. No sin cierta vacilación abrió la solapa de la sucia mochila que la acompañaba a todos lados y guardó en ella varios de los bizcochos que había en la pequeña panera sobre la mesa. Lo más probable era que estos estuvieran rancios después de haber estado solo Dios sabe cuanto tiempo allí, pero ella no era quisquillosa. A fin de cuentas, la comida era comida. Y sabía que con los pocos chelines que le quedaban en el bolsillo no podría conseguir algo mucho mejor. Apuró los últimos restos de café de su taza y sacó algo de dinero el cual dejó sobre la mesa.

Arreglándose la bufanda marrón sobre el rostro, camino fuera del café, no tenía tiempo para estar quieta, por muy cómodo que estuviera el ambiente al interior del cálido local. Debía seguir moviéndose. Debía avanzar. No sabía cuantos minutos de tranquilidad le quedaban.

Desde hacía más de ocho años su vida era así. Detenerse, descansar, volver a moverse. Y no detenerse hasta que el peligro estuviera fuera de alcance. La diferencia estaba en que antes había tenido a sus padres junto a ella, pero ahora estaba sola y sabía que debía moverse si quería mantenerse con vida.

El viento helado le cortó las mejillas nada más salir del café. Afuera, la nieve cubría cada superficie plana a su paso, ella era la única persona en la acera, la mayoría de las buenas gentes de la ciudad tenían una casa con una chimenea encendida en la cual refugiarse del inclemente invierno. Ella, tiempo atrás, también había tenido una.

Alzó la mirada al cielo, nubes grises y de gran tamaño lo cubrían, de seguro, antes de que cayera la noche, comenzaría a nevar otra vez. Ella odiaba la nieve, era helada y dolorosa al caer y cuando creías que habías escapado de ella, esta comenzaba a derretirse en tus zapatos. Decidiendo que lo mejor sería moverse de una vez antes de terminar congelada, la muchacha camino cuidando de no resbalar, la suela de sus botas ya estaba demasiado gastada y cada paso debía ser dado con extremo cuidado. Esperaba que no tuviera que correr en esas condiciones.

Estaba cansada de correr y escapar todo el tiempo, mas porque aun no era capaz de entender porque huía. Simplemente sabía que debía hacerlo. Correr, huir, esconderse, esperar y volver a correr, aquellas eran las directrices de su vida. No había nada más.

A pesar de lo lento de sus pasos pronto se alejó del centro de la ciudad, estaba llegando a una zona residencial. Cada una de las casa uniformemente iguales tenía su chimenea encendida, el humo gris ascendía con lentitud uniéndose a las nubes. Aquello bastó para provocarle un ataque de nostalgia. Sin poder evitarlo y sin importarle mucho lo que pudiera sucederle, se dejo caer sobre un banco en la pequeña plaza al centro del condominio. Su abrigo se mojó con la nieve que estaba acumulada sobre la superficie de madera, pero a ella poco le importó. Nada importaba en ese momento en que las lágrimas amenazaban con congelarse en su propia cara. Se las limpió con brusquedad. Sabía que no tenía tiempo para lágrimas.

Con dedos entumecidos y temblorosos buscó en el bolsillo más grande del abrigo color granate, allí estaba, la pequeña fotografía se encontraba desgastada y rota en los bordes, pero aquello poco le importaba porque en ella, sus padres le sonreían tiernamente.

Había sido una de las últimas fotografías que los tres se habían tomado. Durante su cumpleaños número once. El ultimo cumpleaños feliz que ella recordaba. Su último cumpleaños normal.

Antes de que aparecieran esos hombres de ropajes negros y una serie de cosas extrañas comenzaran a suceder en su vida.

Reclinó su espalda hacía atrás sin prestar atención al hielo que traspaso las capas de ropa que vestía. Sentía deseos de simplemente quedarse allí, quieta, esperando que la muerte la reclamara. Tomando la forma que esta deseara, mucho no le importaba.

Estaba agotada, cerró los ojos por unos instantes. Buscando evadirse de la realidad, al menos por unos segundos, sabía que su arranque derrotista pronto pasaría. Sus padres no habían muerto para que ella después simplemente se rindiera.

El conocido estremecimiento que siempre le alertaba que alguien la observaba se dejo sentir en lo profundo de la medula de sus huesos. Actuando con deliberada lentitud, tomó la mochila que descansaba junto a ella en el banco y se la puso sobre uno de sus hombros. Volteo levemente la cabeza para observar a su izquierda y luego a su derecha. Allí, al comienzo del sendero de casas que la había llevado hasta ese pequeño y desolado parque, había un hombre. Lo sabía por lo ancho de sus hombros y lo alto de su oscura figura. El miedo la impulsó al movimiento y se levantó del banco, comenzó a caminar en dirección contraria con celeridad. Pero no importaba cuan largas fueran sus zancadas, su perseguidor parecía estar cada vez más cerca. El pavimento resonaba con las pisadas del hombre.

Su corazón se aceleró. Tomó una rápida bocanada de aire frío que solo sirvió para secar más su garganta. Sentía los latidos de su corazón en los oídos, la sangre corría con fuerza por sus venas. Sabía que si no hacía algo rápido, aquel hombre la atraparía y entonces estaría perdida. Se echo a correr con todas las fuerzas que le quedaban y que no eran muchas, pero que esperaba, hicieran una diferencia.

Un rayo de luz rojiza paso contra su oído derecho a gran velocidad y por un segundo, temió paralizarse producto del miedo. No era la primera vez que veía esto. Luces viniendo de ninguna parte, objetos que aparecían o desaparecían a voluntad. Su vida estaba llena de sucesos extraños y sin explicación, que ya ni siquiera les daba importancia. Ella muchas veces había sido protagonista de situaciones extrañas. Sabía que era especial, en cierto modo y que por eso la buscaban. Pero no entendía ciertamente porque quien quiera que fuera ponía tanto empeño en tenerla. Cualquiera se hubiera rendido después de tanto tiempo de persecución.

Una sombra negra se interpuso en su trayectoria, bloqueándole el camino. Era el hombre que la perseguía, la muchacha tembló deteniéndose apenas unos centímetros delante de su perseguidor. Él le sonrió dejando al descubierto unos dientes amarillentos y retorcidos. Sus ojos oscuros brillaban con maldad.

Los ojos de la muchacha se abrieron producto del terror, él hizo un movimiento para atraparla y entonces se quedó congelado. Tal como si de una estatua de piedra se tratara. Ella lo observó sorprendida, hizo un amago de ir a la izquierda para ver si este era nada más un truco de su perseguidor pero él no se movió. Sin detenerse a pensarlo, comenzó a correr lejos de allí. Afortunadamente no había nadie en las cercanías que pudiera haberse percatado del extraño incidente.

La joven corrió hasta que sus pulmones ardieron como si estuviera respirando fuego y sus extremidades agarrotadas pidieron un descanso. Observó a su alrededor, grandes arboles crecían en todas direcciones y sin un orden preciso. El aroma del pino, la tierra húmeda y el musgo lo inundaba a todo. El canto de los pájaros era el único sonido, además de su jadeante respiración, que se dejaba oír.

Se dejó caer en la tierra moteada por nieve, el dosel de hojas de los arboles la protegía de los elementos. El cielo comenzaba a oscurecerse más a cada minuto. Pronto anochecería, y todo indicaba que debería pasar la noche allí, en medio de ese pequeño bosque. Pero no le importaba, en los últimos dos años había tenido que vivir en lugares mucho peores que aquel. Decidiendo que debería actuar antes de que el calor que la carrera había transmitido a su cuerpo se esfumara, tomó su mochila y comenzó a buscar dentro de ella la pequeña carpa individual que siempre llevaba consigo. Le gustaría tener consigo su antiguo saco de dormir pero lo había perdido en su ultima huida hacia cerca de una semana. Suspiró. Al menos podría intentar encender una fogata con algunas de las ramas caídas y la hojarasca que había en el lugar, aquello sería mejor que nada. Apartó los mechones de cabello que le caían sobre el rostro con un movimiento brusco y se concentró en armar la pequeña carpa individual, al menos ella la resguardaría en parte del frio, aunque claro, no se comparaba con una cama tibia y blanda. Sintió deseos de llorar, hacía mucho que no pasaba su noche durmiendo cómodamente en una cama.

Cuando todo estuvo armado, comenzó a buscar ramas que le sirvieran para encender una fogata. Aun le quedaban un par de cerillas, sin embargo, las baterías de su linterna habían muerto la semana anterior y parecía que la luz se extinguiría dentro de unos pocos minutos. Llevando en sus manos pequeñas ramas y trozos de corteza, los amontonó en una formación triangular frente a la ya armada carpa. Demoró unos cuantos minutos en encender el fuego, cuando este estuvo listo no pudo evitar acercar las palmas de sus manos hacia la débil llama. La escasa calidez que esta transmitía se le antojo deliciosa.

Poco a poco el cansancio del día y el agotamiento mental que siempre la perseguía comenzaron a pasarle la cuenta. Se refugió más al interior de la tienda y se arropó con su propio abrigo intentando no pensar en la húmeda tierra bajo su cuerpo, el viento que soplaba sobre su cabeza o quien fuera que estaba al acecho allí afuera.

La luz de la mañana fue lo que la hizo despertar. Le sorprendió ser capaz de dormir toda una noche sin sobresaltos, aquello raras veces pasaba y demostraba que estaba sumamente cansada. Pestañeo intentando enfocar la vista en la humeante hoguera frente a ella. El levantarse fue horrible, pues todos sus músculos protestaron al ser cambiados de posición. Intentó sacudir la tierra húmeda adherida al costado de su abrigo y pantalón, pero era difícil y la suciedad se negaba a irse. Debería conseguir más ropa y un lugar más seguro para dormir, lo sabía, y aun así sabía que era casi imposible. Si ya de por si era difícil para una joven de 19 años sin mayor preparación conseguir un empleo, las cosas se complicaban cuando debía escapar sin dar mayores motivos porque aquellas personas de ropajes negros la habían vuelto a encontrar. Lo máximo que había podido estar en un solo lugar fue un mes que pasado en Surrey, pero pronto le siguieron la pista hasta allí también y ella debió poner pies en polvorosa.

La muchacha se preparó para desarmar su improvisado campamento, se sentó sobre la lona de la tienda de campaña y sacó uno de los bizcochos que había hurtado del café. Estaban duros y desabridos pero a su estomago poco le importó y lo recibió con gusto. No tenía con que pasar la dura masa que constituyó su desayuno, en aquellos momentos daría cualquier cosa por una buena taza de té.

Suspiró sin decidirse a que hacer. Podría quedarse allí durante un tiempo más, al parecer había perdido el rastro de sus perseguidores. O podría probar suerte en un lugar con más gente, tal vez allí pasaría desapercibida ya que su plan inicial de ocultarse en condados pequeños no había dado muchos resultados. Claro, que primero sería necesario saber donde precisamente se encontraba y ella no tenía ni la menor idea. Lo mejor sería caminar hasta dar con una población, una vez allí, comenzaría a hacer las preguntas. Terminó de recoger sus cosas y se preparó para partir, mientras más rápido lo hiciera, mejor.

Fueron necesarias cerca de ocho horas de caminata para que por fin diera con una zona poblada. Era un grupo de casas que se parecía aterradoramente al condominio que había visitado el día anterior. Esperaba que no fuera el mismo pues estaba segura de que había tomado la dirección contraria.

Tomó un respiro, ese día el clima había amanecido mejor y un tímido sol dejaba ver sus rayos por entre las nubes. La nieve comenzaba a derretirse y al ser la temperatura un poco más alta que el día anterior, mucha más gente dejaba sus hogares para aventurarse a la calle. La muchacha siguió su avance con la cabeza gacha, mirando constantemente la acera con parches de nieve y sus botas completamente embarradas, no deseaba ver las muecas que seguramente ponían las personas que pasaban a su lado al verla. Sabía perfectamente bien como estas se veían. Las había visto demasiadas veces en el ultimo tiempo. Y no le gustaba en lo más mínimo la situación pero no había nada que pudiera hacer de momento. La mayoría de sus cosas habían quedado abandonadas en el pequeño cuarto que rentaba en Surrey, se preguntó si sería seguro volver allí a buscarlas. Aun cuando sabía la respuesta de antemano. Suspiró. Como deseaba que sus padres estuvieran allí, con ella, al menos así tendría ropa limpia que vestir y la comida que quisiera.

Pero las cosas habían salido mal hacía dos años y sus padres habían terminado siendo asesinados por los hombres que la perseguían. Ella había escapado por pura suerte, estaba segura. Pero aquella experiencia le había servido para saber a que se enfrentaba, para saber que jamás podría acercarse a la estación de policía para pedir ayuda pues de seguro la enviarían al hospital siquiátrico más cercano. Sus padres habían muerto a manos de un par de hombres y una mujer que ocupaban largas capas negras y que en vez de pistolas ocupaban largos trozos de fina madera que podían lanzar rayos de luz que eran capaces de matar.

Si, sonaba completamente demencial y aun así, ella sabía que era verdad.

Sabía que dentro de poco comenzaría a oscurecer y que sería mejor buscar un lugar para pasar la noche. Mañana la esperaría otra larga caminata, necesitaba llegar a la ciudad. Allí, entre todas esas personas, estaba segura de que podría pasar desapercibida. O al menos ello era lo que se decía para conservar la esperanza.

Aquella noche, luego de una frugal cena consistente en los mismos bizcochos que había comido al desayuno y que pronto se acabarían, armó su tienda en un pequeño terreno descampado lo suficientemente alejado de las casas que ya había dejado atrás. Al día siguiente despertó antes del alba, agotada, y aun así, tuvo que seguir con su marcha. A fin de cuentas, escapar, era lo que mejor sabía hacer.

Poco a poco las casas fueron dando paso a los edificios y los arboles a los caminos pavimentados, el ruido y la suciedad propia de la gran ciudad y a ella no le quedo la menor duda de que al fin había llegado a Londres. Sabiendo que su estado no era mejor decidió mantenerse andando por las calles más despobladas. Aun tenía parte de su orgullo y no soportaba que la gente la mirara con asco o peor aun, con lastima. Decidió detenerse, apoyó su espalda contra la pared de frío concreto de un edificio abandonado. Sabía que la única comida que le quedaba eran unas pocas migas en el fondo de su mochila y su estomago protestaba por alimento. Se sentía miserable. ¿Cuántas veces tendría que sentirse así antes de que todo acabara? ¿Acaso todo aquello acabaría alguna vez? Se sentía estúpida, escapando sin saber verdaderamente porque, pero teniendo un genuino miedo por lo que había visto y sabía real, pero en verdad, lo que ella deseaba, más que nada, era saber que hacía que todas esas personas pusieran tanto empeño en perseguirla.

Un ruido, al final del callejón, la hizo alzar la mirada. Había bajado la guardia y ahora había alguien allí que la observaba fijamente. Incapaz de hacerse la desentendida y sin ninguna salida posible a la vista ella le correspondió la mirada. Un par de ojos negros brillaron en respuesta. Y en menos de lo que dura un pestañeo ahora eran dos pares de ojos los que tenían su atención fija en ella.

Tembló. Aquello no podía significar nada bueno.

Sabiendo que no tenía escapatoria, pero siendo incapaz de rendirse sin luchar miró en todas direcciones buscando un lugar por donde huir, pero al parecer el único camino posible era pasar por entremedio de los dos hombres. Era arriesgado y prácticamente una maniobra suicida, pero era eso o dejarse atrapar sin más. Sin esperar a que ellos realizaran su movimiento, corrió directamente hacía sus perseguidores y paso entre ellos, pero no se detuvo a ver la cara de sorpresa de los dos hombres simplemente siguió corriendo. La luz del atardecer hacía que las sombras de todo fueran más alargadas y escalofriantes. No supo cuanto tiempo estuvo así, corriendo hasta menguar las pocas energías que le quedaban. Estaba segura de que la perseguían aun cuando no escuchaba ningún paso tras ella. Llegó hasta una vieja plazoleta, sucia y abandonada. Incapaz de resistir más, se detuvo, apoyo sus manos en las rodillas mientras su cuerpo se arqueaba adolorido. El aire que podía tomar con sus pulmones no era suficiente para apaciguar el ardor de los mismos.

Y entonces lo supo, ellos estaban allí, tras ella. Y ella se encontraba muy débil como para salir huyendo otra vez. Nadie dijo palabra alguna y el viento oscuro del crepúsculo le hizo castañar los dientes. Jamás había pensando que el final sería así.

Decidió que si era hora de morir, ella daría la cara a sus asesinos. Con lentitud, se volteo hacía ellos, ninguno había intentado ningún movimiento hasta entonces.

De pronto, todo sucedió demasiado, uno de los hombres sacó uno de esos delgados palos de madera. Ella se quedó quieta, él susurró algo y de pronto un haz de luz roja lleno todo su campo de visión y después, todo se volvió negro.


Nota de autora: Pues si, aquí traigo una nueva historia. La verdad es que hace más de dos semanas me llego, literalmente "la visión" de todo esto y no pude quitarme de la cabeza la idea, y en vista de que tenía una semana libre de Universidad (mejor dicho del CESFAM, porque ahora apenas voy un día a la semana a la Universidad) me decidí a escribirla y no he podido parar. Esta historia es completamente distinta a lo que acostumbro a escribir así que me tiene sumamente emocionada. Espero que les guste y por supuesto me lo hagan saber.

Sé que este capitulo la verdad no explica mucho, pero necesitaba hacerlo así. Les prometo que el segundo es mucho más aclaratorio.

Sin mucho más que agregar y agradeciendo de antemano a quienes se tomen un tiempo para leer esta nueva idea, me despido.

Pd: Posiblemente este fic se actualice los días sábados junto son "Siempre estaré allí para ti" (mi otra historia de Harry Potter) o en su defecto, los días domingos, todo dependerá de cuan pesada estuvo la semana…