Los personajes de H.P no me pertenecen…


Bueno, aquí otra de mis locas ideas…XD ¡disfrútenlo!


Capítulo I

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Suspiró por enésima vez, dándole otro sorbo a su copa de vino de elfo, sin apartar la mirada del asiento vacío frente al suyo, con gesto de imperturbable concentración. Desde hacía unos meses se pasaba las tardes de la misma forma, hundido en sus cavilaciones, siempre acompañado por una copa de lo que fuese.

Sólo una semana había pasado desde que Narcissa Malfoy y su hermana, Bellatrix, habían estado allí mismo, platicando con él; y hacía sólo una semana desde que había aceptado hacer el Juramento Inquebrantable, prometiendo ayudar a Draco en la misión que le fue asignada aún a costa de su propia vida.

Seguía creyendo que acceder al Juramento había sido la peor idiotez que pudo cometer, pero, en aquel momento, se vio acorralado por las sospechas de Bella, y la intransigencia de Narcissa. Además, Draco era su ahijado, y aunque fuese un niño mimado, pedante y engreído, no podía negar que sentía cierto aprecio hacia él de todos modos; incluso, se compadecía de su familia. Pero sobre todo, de Narcissa.

Su mundo entero se había puesto de cabeza con el regreso de Voldemort, y algo le decía que ése año muchas cosas cambiarían todavía más de lo que ya lo habían hecho; y no para bien. No sabía por qué, pero tenía la sensación de que se acercaba el ojo del huracán.

Repentinamente, sintió unos suaves golpeteos en la ventana que lo sacaron de su ensimismamiento.

— ¡Colagusano!— bramó, y el aludido asomó la cabeza— Abre— Ordenó con voz trémula, señalando la ventana con la cabeza. El mago regordete obedeció -murmurando algo así como: "no soy tu sirviente" y "el señor Tenebroso se enterará de esto…"-, dejando pasar a una enorme lechuza color caoba que dejó una carta sobre el regazo del oscuro profesor y rápidamente salió volando por donde había llegado.

Severus Snape tomó la carta entre sus frías manos y comenzó a leerla en silencio mientras Colagusano se limitaba a volver a cerrar la ventana y las cortinas.

—Dumbledore viene en camino— anunció el dueño de casa, doblando la nota y poniéndose de pie— Más te vale no aparecerte por aquí— le advirtió, a lo que el animago no respondió más que con una mueca de disgusto, siendo ignorado por el oscuro hombre, que comenzó a caminar en dirección a su vasto armario de pociones personales.

Si Dumbledore iría hasta su casa de seguro necesitaba una de sus pociones urgentemente.

Atravesó el corredor que separaba la modesta sala de estar de la habitación en dónde guardaba todas las pociones elaboradas por él mismo; era una habitación modificada con magia para ser más amplia de lo que aparentaba, en donde varias hileras de estanterías repletas de frascos de todos los tamaños se erguían frente a él. Comenzó a pasearse entre los estantes. Pese a la casi nula iluminación del lugar sabía perfectamente por dónde ir, deteniéndose de pronto al percatarse de varias botellas rotas sobre uno de los muebles.

—Maldita alimaña— murmuró entre dientes. Colagusano siempre dejaba algún destrozo a pesar de que él le advertía hasta el cansancio que debía tener especial cuidado al limpiar ésa habitación. Apartó los cristales rotos con una mano y notó que había una botella, bastante pequeña, que había quedado intacta entre tanto destrozo, permaneciendo sola en el fondo del estante; la tomó con la punta de los dedos y observó el líquido color azul plomo que se removía dentro para luego quitarle la tapa y olfatear el interior.

— ¿Pócima de la Eterna Juventud?— exclamó en voz alta, ligeramente anonadado. No recordaba porque tenía esa clase de poción entre sus cosas— Hmp… supongo que debe estar aquí por alguna razón— Se encogió de hombros mentalmente mientras se encaminaba hasta el fondo de la habitación, buscando con la mirada hasta dar con el primer estante más alejado. Extendió el brazo para acomodar la pócima en su nuevo lugar con sumo cuidado, y al notar que faltaban solo unos centímetros para llegar al anaquel más alto se paró en puntas de pie para darse más altura. Bien podría haber utilizado su varita, así hubiera sido más fácil, pero odiaba depender tanto de la magia para cosas tan cotidianas como ésa –además, la había olvidado en la sala-. Se reclinó sobre la estantería con su mano libre y percibió como ésta se tambaleó ligeramente, haciendo temblar los frascos con un pequeño tintineo.

—Con cuidado…— dijo para sí mismo, estirando un poco más el brazo; y estaba por lograr su cometido cuando de pronto:

— ¡Oye, Snape! ¡Olvidaste tu varita en la sala!— gritó Colagusano desde la puerta, haciéndolo sobresaltar y perder el equilibrio, rompiendo la botella que sostenía contra la madera y dejando caer el liquido sobre su rostro, antes de sostenerse del mueble para no caer, lo cual fue un error imperdonable porque aun así cayó estrepitosamente al suelo, llevándose la pesada repisa de caoba consigo y quedando debajo de ella mientras las cientos de botellas que allí se encontraban cuidadosamente ordenadas caían también, rompiéndose en miles de pedazos, mezclándose en el suelo, empapando su túnica y a él mismo. Y, casi de inmediato, la habitación comenzó a llenarse de vapores y distintos olores.

— ¿Se-Severus?— llamó Pettigrew al oír el estruendo de cristales rompiéndose, pero no pudo ver nada debido a los vapores, y tampoco se arriesgó a ingresar a la habitación.

Snape comenzaba a sentirse mareado y algo extraño, además de que la cabeza le daba vueltas y el pesado mueble de caoba le oprimía el pecho.

—Pettigrew…— murmuró al oír al otro mago llamándolo, sintiéndose cada vez más y más débil; su vista se nublaba y no podía ver nada gracias a la emanaciones que la mezcla de las pociones había formado— Imbécil— susurró finalmente, antes de que todo se volviera oscuro.


Continuará...