Disclaimer: Kuroshitsuji, así como todos sus personajes no me pertenecen; son propiedad de la extraordinaria Yana Toboso, yo solo los tomo prestados para mis desvaríos. De igual forma, Alicia en el País de las Maravillas es propiedad de Lewis Carroll.

Notas de autora: Este es mi primer fanfiction para Kuroshitsuji. Me inspiré en Ciel in Wonderland, pero sea como sea la historia diverge bastante de la OVA, por lo que no va a ser ni remotamente parecida (solo algunos personajes que se mantendrán en su rol original). En lo que a advertencias se refiere, esto es un universo alterno y un SebastiánxCiel. Además, es mi primer fic por lo que no he tenido la oportunidad de explorar realmente la personalidad de cada personaje, aunque he visto el anime y leído gran parte del manga. Pero de igual forma procuraré en la medida de lo posible mantener el IC.

Con eso dicho, espero le den una oportunidad a esta historia y puedan brindarme sus comentarios al respecto, lo cual realmente les agradecería :)


Rey de Corazones

Capítulo I

— Mal de nuevo. Has cometido el mismo error en repetidas ocasiones — Las palabras no eran unas extrañas para el joven. A sus quince años ya había escuchado suficientes regaños. Aunque la repetición constante de las reprimendas no opacaban la molestia que sentía al ver la sonrisa sardónica de su tutor, quien claramente disfrutaba cada vez que cometía un error. Y especialmente parecía gozar del castigo que le aplicaba. — Manos al frente y abiertas, joven Phantomhive —

Se abstuvo el joven de rodar los ojos pues no necesitaba un sermón acerca de modales, los cuales eran una aburrida especialidad de su tutor. A cambio, y resignadamente, obedeció en silencio, su orgullo cayendo estrepitosamente cuando sus manos lo traicionaron y comenzaron a temblar.

Quitando la mirada y dirigiéndola a la pared más cercana, solamente escuchó el sonido del aire al ser cortado por la batuta de su tutor, que finalmente chocó con fuerza contras sus manos, las cuales inmediatamente ardieron. El dolor que ello produjo estuvo a punto de obligarlo a exclamar abiertamente, logrando apenas contenerse cuando el grito ya subía por su garganta.

— Por favor procura prestar más atención. Errores como estos no son dignos de un Phantomhive — El apellido de su familia era otro aspecto que aquel hombre utilizaba reiteradamente para humillarlo. Perteneciendo a una noble familia, mucho era esperado. Los estudios pretendían convertirlo en un aristócrata mereciente del título que en ese momento cargaba su padre. Criado desde la infancia entre las paredes de la enorme mansión familiar, había recibido una estricta educación.

Sebastián Michaelis había sido elegido por sus padres para ser su tutor. Desde los cinco años había sufrido los tormentos que significaba una educación a cargo de ese hombre. Estremecedoramente alto, con negro cabello y ojos bermellones, Sebastián era una persona intimidante, quien prefería el color negro para vestir y utilizaba gafas, las cuales según Ciel, utilizaba solamente para verse más amenazador y no porque realmente las necesitara. Después de tantos años sabía que su tutor tenía una vista mucho más aguda que cualquier otra persona.

En pocas palabras, Ciel no soportaba al hombre. Gozaba con hacerlo enojar valiéndose de burlas y molestos comentarios. Disfrutaba de colocarlo en una mala posición frente a sus padres. Era altanero y en pocas palabras, fastidioso.

Y, por alguna extraña razón, era el interés emocional del joven Phantomhive.

Personalmente, Ciel culpaba a la pubertad.

— Dejaremos lo demás para mañana. Espero que para entonces logres asimilar los errores que has cometido — Su semblante rápidamente mostró molestia ante el comentario. Un aspecto más de su tutor: tendía a exagerar sus errores, quizás para hacerlo sentir inútil.

— Solo fue un error. Uno solo — se atrevió a debatir.

— Y fue una completa deshonra para el latín — Ciel claramente pudo sentir el tic que amenazaba con apoderarse de uno de sus ojos, mientras miraba la sonrisa falsa en el rostro de su tutor. Lo siguió cuando el hombre pretendió salir del amplio salón, decorado exquisitamente al estilo victoriano, que entonaba perfectamente con las demás estancias de la mansión. Y mientras caminaba detrás de la alta figura, murmuraba quedamente.

— ¿A quién le interesa el latín? Es un idioma muerto — Sebastián no lo escuchó, o contrariamente aparentó no haberlo escuchado. La segunda opción claramente era la más acertada.

— Realmente me gustaría que intentaras prestarle más atención a los estudios. Los juegos no te llevarán a ningún lado. Como heredero de la familia Phantomhive… — Aunque en un arranque infantil el adolescente deseó en ese momento hacerle muecas a su tutor, se contuvo con mucho esfuerzo. Siendo víctima nuevamente de uno de los interminables sermones del hombre, tuvo la creciente necesidad de lanzarse desde el balcón más cercano, el cual convenientemente se encontraba a solo metros dentro de una de las muchas habitaciones desocupadas y frente a la cual pasaban en ese momento.

Seriamente se cuestionaba qué era lo que le atraía de aquella persona. No negaba que tuviera un buen físico. Ya varias veces había presenciado lo que la sonrisa en apariencia dulce de Sebastián podía hacerle a una mujer, siendo la sirvienta de la mansión, Meirin, una de las primeras víctimas que habían caído ante los encantos masculinos de su tutor. La sirvienta cargaba en sus bolsillos incontables pañuelos que tenían el único propósito de limpiar los derrames nasales que la sola presencia de Sebastián le producía.

Pero no era solo el físico. Ciel, aunque adolescente, no se guiaba por apariencias. No podía sin embargo encontrar un rasgo en la personalidad de Sebastián que realmente le gustara. Era molesto, fastidioso y estricto.

Por otra parte, sentía que existía algo más. Su tutor, de cierta forma, tenía un distante comportamiento. Más allá de su actuar como el profesor perfecto no conocía más. Quizás era esa ola de misterio que cubría siempre la figura de su tutor, la cual lo atraía.

O quizás realmente era la pubertad.

— Joven Phantomhive — Otra de las "cualidades" de su tutor era la habilidad que poseía para tomarlo por sorpresa. Y en ese momento, la mano cubierta por el guante inmaculadamente blanco de Sebastián, que mantenía un firme agarre bajo su mentón, lo sorprendió más de lo que jamás admitiría. Encontrándose repentinamente con los ojos rojizos del hombre, y al notar la inesperada cercanía que el mayor guardaba con él, tuvo que combatir con violencia el sonrojo que deseaba hacer acto de presencia en sus mejillas. — ¿Tengo ahora su total atención? — Pudo asegurar que luego de la pregunta su tutor se acercó más, por lo que su primera reacción fue la de alejarse, golpeando con su mano aquella que agarraba su mentón. Al liberarse notó su corazón acelerado y la vergüenza que se acumulaba en su pecho.

— No me toques tan fácilmente, idiota — Intentando no mostrarse afectado por las confiadas acciones de su tutor, habló firmemente. No tenía reparos en insultar al hombre cuando así le placía. De hecho podría jurar que a Sebastián le gustaba que se atreviera a desafiarlo.

Pero cuando los comienzos de una sonrisa se mostraban en los labios de su tutor, la voz del Conde Phantomhive, el padre de Ciel, se escuchó claramente. El jefe de la familia subía en ese momento por las largas escaleras frente a las cuales ambos se encontraban.

— Ah, Sebastián, confío en que mi hijo ha progresado en sus estudios — Muchos decían que Vincent era la imagen adulta de su hijo. Pero mientras éste último poseía ojos azules, tan similares a los de su madre Rachel, Vincent tenía ojos cafés. Ello, junto con un lunar bajo su ojo izquierdo y una siempre amigable sonrisa, lo diferenciaba de Ciel.

— Por supuesto — Y claramente Sebastián procuraba mantenerse en el lado amable del jefe de aquella familia. Aunque eso no significaba que lo único que hablara de Ciel ante sus padres fueran maravillas. — Pero debo decir que existe algo que me preocupa —

— ¿Algo que le preocupa? —

Una furtiva mirada de parte de Sebastián fue todo lo que Ciel requirió para saber qué planeaba.

— "No te atrevas…" —Sus pensamientos se reflejaron claramente en sus ojos. Pero lo único que su mirada amenazante causó en su tutor fue una socarrona sonrisa.

— Sí. Verá, me parece que Ciel le dedica más tiempo a los juegos que al estudio. De hecho, últimamente pasa su tiempo jugando al ajedrez con Bard cuando debería de estar estudiando — Otra característica de su tutor era que se enteraba mágicamente de todo lo que sucedía en la mansión, especialmente de hechos que luego podría usar en contra de su estudiante.

— ¿Jugando al ajedrez con el cocinero? Ciel… — La voz firme de su padre bastó para hacerle saber al joven que el mismo no se encontraba feliz respecto a lo escuchado.

Pero Ciel, completamente inafectado, aunque molesto con los juegos de Sebastián, se alzó de hombros.

— Si de algo sirve, es igual de malo en el ajedrez que en la cocina — Vincent Phantomhive era un hombre amable y gentil como pocos. Pero en ese momento Ciel pudo notar que sus palabras, que de pronto le parecieron tontas, no habían tenido un buen efecto en él.

— Ciel, si esto se repite no dudaré en quitarte todos tus juegos. Y no intentes interrumpirme — habló el jefe de la familia, cuando miró cómo el menor iba a quejarse contra sus palabras. —Este no es el comportamiento que debería tener el futuro jefe de esta familia. Dejando el deber a cambio de juegos. Me decepcionas — Nunca, jamás, esperó el adolescente escuchar tales palabras de parte de su padre. Inevitablemente una punzada de dolor se produjo en su pecho. Quizás era cierto que le dedicaba más tiempo del debido a los juegos, pero también le dedicaba gran parte del día al estudio. Y de hecho, los errores que cometía en sus clases eran mínimos. Sebastián claramente exageraba, con el único objetivo de molestarlo como lo había hecho durante años. De hecho, su mismo tutor pareció sorprendido ante el repentino enojo de Vincent.

— Con permiso — Ciel se mantuvo mirando al piso de mármol cuando su padre le pasó al frente, notando solo hasta entonces que Tanaka, el mayordomo de la familia, lo acompañaba. Sebastián por su parte, se inclinó levemente.

Los pasos de ambos resonaron dentro de la mente del adolescente. Hasta que su sonido no se extinguió no levantó el rostro. Fue cuando finalmente quedó a solas con Sebastián, que sintió el enojo arder en su interior.

— ¿Te has divertido bastante? De seguro ahora estás contento — Su tutor era molesto y fastidioso, pero esta vez había ido muy lejos. Por primera vez, le había dolido lo causado por él.

— Joven amo… — Dada la posición de Sebastián habían sido muy pocas las ocasiones en las que lo había llamado de esa forma. Aunque ese hecho no tuvo para él importancia alguna en ese momento.

— Tú sabes que sobresalgo en mis estudios. Quizás cometa algunos errores, pero son sumamente esporádicos y mínimos — Acusatoriamente, sus palabras eran firmes, ocultando plenamente las emociones del joven. Nunca había sufrido al saber que era imposible ser correspondido por alguien como Sebastián, siendo que no permitiría mostrarse débil ante esa persona. Le bastaba el hecho de saber que si bien él no estaría a su lado para siempre, lo haría al menos hasta que ya no tuviera nada más que enseñarle. A veces, sin embargo, su actitud era un desaliento. Y en ese momento realmente quiso saber por qué razón Sebastián parecía odiarlo de tal forma.

— Eso lo sé —

— Entonces, ¿por qué insistes en humillarme frente a mis padres cuando conoces las expectativas que ellos tienen en mí? Lo intento, Sebastián, y eso lo sabes. ¿Por qué me odias tanto? — Finalmente sus palabras parecieron causar una sincera reacción, cuando la sorpresa que llegaba al nivel de la incredulidad se mostró en los ojos rojizos.

— Joven amo… — Intentó nuevamente el tutor, extendiendo su mano hacia Ciel, quien inmediatamente dio un paso hacia atrás y golpeó la mano del hombre.

— ¡No me toques! — Empero, la orden fue completamente ignorada, y Ciel volvió a dar pasos hacia atrás cuando nuevamente su tutor intentó tocarlo. — ¡Te he dicho que…! — Pero las palabras murieron en su garganta, y a cambio una exclamación escapó de su boca cuando su pie resbaló por la escalera al haber intentado dar un nuevo paso hacia atrás. Apenas logró sentir los dedos de Sebastían que rozaban con los suyos, cuando su tutor intentó ayudarlo, antes de que cayera violentamente en lo que sorpresivamente parecía ser un vacío.

Lo último que vio fue la mirada horrorizada de Sebastián, antes de que su mundo se sumiera en la oscuridad.