Notas de autora: He regresado con el tercer capítulo de este fanfic. No sé cómo, pero logré terminarlo esta semana. Con tantas cosas que debo hacer pensé que no podría terminarlo para esta semana. Pero lo fui escribiendo poco a poco y en cuatro días ya estaba listo :) Agradezco a Angelitho-Negro, Linne-'Malfoy, shanyy, Akako.231, Zack Engel, tsubane, cantordelviento, mina-sama12, Alice-Vampiirithap-Cullen, cagalli. yula1, layla, Lena-Lawliet, Bakaa-chan por sus reviews en el capítulo anterior. Muchas gracias a todos ustedes por sus comentarios, no saben lo mucho que sus palabras me animan a seguir escribiendo y a intentar actualizar constantemente n.n

Respecto al fic, debo aclarar que los primeros tres capítulos son más que todo una "introducción". Por ello quizás no contengan mucha… "acción" (no sé si esa es la palabra correcta o.O). Quiero llevar la historia a un buen ritmo, por lo que intento no correr demasiado, pero tampoco atrasar la historia innecesariamente n.n Igualmente debo aclarar que conozco más del anime que del manga (considerando que cada episodio del anime lo he visto como 10 veces -lo admito, me he obsesionado xD-). Así que habrá más coincidencia con el anime, especialmente respecto a los personajes que aparecerán en el fic.

Concerniente a este capítulo, los extractos que se mencionan en la primera escena son del libro Leviatán de Thomas Hobbes. Un libro quizás un poco avanzado para un niño, pero era el único que tenía a la mano anterior a los años del 1800, habiendo sido escrito por ahí de mediados de 1600, por un filósofo inglés. Simplemente todo coincidió.

Por otra parte, las palabras en cursiva son recuerdos.

Con eso dicho, los dejo con el tercer capítulo…

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Rey de Corazones

Capítulo III

El registro del conocimiento de hecho se denomina historia natural, que es la historia de aquellos hechos o efectos de la Naturaleza que no dependen de la voluntad humana; tales son las historias… — Dejando de escuchar la aburrida lectura que en ese momento hacía su tutor, se enfocaba en arrancar las hojas de la pequeña rama que sostenía entre sus manos, sin hacer demasiado ruido para no alertar al hombre de negro cabello.

Sentado sobre una gruesa rama del árbol bajo el cual se encontraba su tutor, aparentaba escuchar atentamente a las palabras, mientras en realidad se perdía entre sus planes. No todos los días tenía la suerte de recibir sus lecciones en los amplios y fastuosos jardines de la mansión, por lo que debía de aprovechar la situación al máximo. Después de todo, eran muy pocas las oportunidades que tenía para hacer de sus clases algo más divertido, especialmente si era a costa de su tutor.

Sonriendo abiertamente al haber arrancado todas las hojas y partido en pequeños pedazos la delgada rama, miró hacia abajo, encontrando a Sebastián ensimismado en la lectura. Estirando su brazo izquierdo, abrió su mano en la cual se encontraba el puño de hojas verdes y los pedazos de la rama, dejándolo caer exactamente sobre la cabeza de su tutor, quien al sentir la lluvia de hojas de inmediato dejó de leer.

¡Ciel! — exclamó, mirando hacia arriba; su semblante tal que causó la risa del menor de ocho años.

Dejando el libro sobre el frondoso césped, Sebastián se puso en pie, encontrando rápidamente su mirada con la de Ciel, quien ignorando completamente la reprimenda verbal de su tutor, se echó a reír con más fuerza al ver el que fue momentos atrás el perfecto cabello negro, cubierto ahora de hojas y enredado entre los trozos de rama.

Pareciera como si un árbol te estuviera creciendo en la cabeza — señaló divertido, disfrutando del momento. Eran pocas las ocasiones en las que había visto a Sebastián en un estado menos que perfecto. Tan mínimas y esporádicas que podría contarlas con los dedos.

No logro encontrar el humor en esto — afirmó su tutor, mientras pasaba constantemente sus manos sobre su cabello, limpiándolo con facilidad de la pequeña broma. — Si no tienes interés en escuchar, quizás quieras leer… —

No quiero hacer ninguna de las dos cosas — interrumpió rápidamente el menor.

Ciel, baja de ahí —El aludido inmediatamente negó con la cabeza, mientras se abrazaba las piernas, recostándose contra el tronco del árbol, revelando claramente que no bajaría. Aunque sabía que no sería difícil para Sebastián obligarlo a bajar, siendo que la rama en la cual se encontraba no estaba a gran altura, y de hecho estaba al alcance de su tutor.

No puedes ordenarme —afirmó entonces, sonriendo disimuladamente. Al menos habían hecho una pausa con las aburridas lecciones.

Claramente Sebastián notó el humor en su voz, siendo que se acercó e intentó alcanzarlo, haciendo que el menor se alejara, balanceándose en el poco espacio que le quedaba de la rama.

Ciel… — Pero al volver a intentar bajar al niño, éste finalmente perdió el equilibrio.

Cerrando los ojos, Ciel esperó el impacto contra el suelo, sintiéndose aliviado cuando en lugar de eso se encontró en los brazos de su tutor, quien lo había atrapado. En ese momento realmente agradeció los rápidos reflejos del hombre.

Sigue así y verdaderamente terminarás lastimándote — advirtió Sebastián, haciendo que el menor rodara los ojos. — Dejemos los juegos para después. Ahora debemos proseguir con las lecciones — afirmó luego el mayor de ambos, sentándose nuevamente sobre el césped, con Ciel en brazos, quien sin embargo se alejó para sentarse al lado de su tutor, sintiéndose demasiado infantil sentado sobre las piernas de Sebastián.

Tomando entonces el libro que fue momentáneamente olvidado, Sebastián lo colocó a prudente distancia de Ciel.

Desde aquí — habló, señalando el párrafo.

Ciel inmediatamente se sintió mareado y hasta cierto punto intimidado al ver tantas letras.

Los libros sin dibujos son aburridos — susurró.

Y exactamente los mejores libros que hay son los que no tienen dibujos — afirmó el tutor, señalando insistentemente el lugar de la página donde Ciel debía comenzar a leer.

El menor, resignándose finalmente, obedeció, acercándose un poco más a su tutor para mirar con claridad el libro, comenzando así a leer en voz alta.

Poder natural es la eminencia de las facultades del cuerpo o de la inteligencia, tales como una fuerza, belleza, prudencia, aptitud, elocuencia… —

Fue la claridad causada por el sol la que lo obligó a despertar, saliendo prontamente de su sueño profundo. Abriendo lentamente los ojos, se encontró sorprendido al encontrarse en un lugar distinto a su habitación. Pero no pasó mucho tiempo hasta que recordó exactamente lo que había sucedido el día anterior.

— Sigo aquí — Un susurro resignado escapó de su boca, mientras sus azules ojos se concentraban en mirar los alrededores.

El camino rojo aún seguía allí, al igual que el bosque. Los viejos y grises troncos de amarillentas hojas. Y las ahora pequeñas flores de colores sobre el césped. Todo parecía lucir igual, siendo el único cambio los rayos fuertes de sol que se filtraban entre las ramas.

— Estando en este lugar, parece que cuando duermo no sueño, sino que recuerdo — se dijo a sí mismo al recordar las imágenes que en su mente durmiente había visto. Claramente aquello era un recuerdo de su infancia, de una de sus lecciones con Sebastián.

No solía ser tan malo, debía reconocer. De hecho solía disfrutar de la compañía de su tutor y esperaba ansiosamente sus lecciones cada día. A pesar de ser tan estricto, Sebastián era prácticamente la única persona con la que podía hablar, al estar casi siempre encerrado en la mansión. Pero a la edad de ocho años aún había sido un niño, y como tal también se comportaba. No recordaba exactamente cuando cambió las sonrisas por un apático semblante. Pero siendo el heredero de su padre, el peso del título con el que llegaría a cargar un día lo había apercibido de la realidad futura. Las expectativas que sus padres guardaban en él eran inmensas. Las sonrisas no lo llevarían a ningún lado ni mucho menos las bromas. Quizás cambió cuando entendió finalmente que, tal como dijo su tutor, los mejores libros verdaderamente eran los que no tenían dibujos.

Su relación con Sebastián también cambió en ese momento. Le había prohibido a su tutor volver a llamarlo por su nombre, y él mismo comenzó a mostrarse hermético en las lecciones, haciendo de su relación algo netamente profesional.

Nunca contó, sin embargo, con que su mente lo traicionaría al desarrollar aquella infernal atracción por su tutor.

Perdido en sus pensamientos, olvidó momentáneamente dónde se encontraba. Fue solo un negro objeto que cayó ante su mirada, el que hizo que su atención finalmente se enfocara en su presente realidad.

Como un reflejo, alzó su mano, alcanzando aquello que caía. Observándolo de cerca, pronto descubrió que se trataba de una pluma negra, suave al tacto y larga a la vista. Por unos segundos la miró con cierta confusión, hasta que recordó finalmente al cuervo que lo había acompañado fielmente la noche anterior.

Alzando entonces la mirada, buscó al ave donde por última vez la había visto, encontrando la rama vacía.

— Por supuesto — susurró para sí. No esperaba realmente encontrar al cuervo. De hecho le hubiera sorprendido verlo allí. No existía razón alguna para que el ave lo hubiera acompañado toda la noche. Quizás lo había seguido por mera curiosidad y al verlo dormido decidió retirarse. Era una opción lógica, y por ello se reprendió a sí mismo por sentir decepción ante la ausencia del animal, el cual de alguna manera logró en los pocos momentos en los que estuvo a su lado, brindarle un extraño sentimiento de tranquilidad. Por más disparatado que se escuchara el pensamiento, la presencia del cuervo le ayudaba a no sentirse perdido en aquel desconocido y amplio lugar.

Negando con la cabeza, intentó no seguir pensando en eso. No tenía caso. Ahora debía enfocarse en encontrar la manera de volver a casa. Imaginaba que debía de existir alguna salida de aquel extraño sueño. Era imposible concebir el pensamiento de permanecer allí para siempre.

Sin meditarlo siquiera, guardó la pluma negra en uno de los bolsillos de su blanco delantal, queriendo mantenerla cerca por alguna razón que desconocía en ese momento.

Se puso luego en pie con esfuerzo, pues su cuerpo protestó constantemente, adolorido debido a la posición en la que había permanecido por tanto tiempo. Ciertamente descubrió que dormir sentado contra el tronco de un árbol no fue la mejor idea. Y ahora debía de aguantar el dolor en la espalda, prospecto que se escuchaba terrible considerando que debía seguir caminando por un tiempo desconocido. No sabía cuántas horas le tomaría salir de aquel bosque, o al menos encontrar a alguien que pareciera estar en todos sus sentidos.

Fue mientras limpiaba su vestimenta, aún femenina, de la tierra que a ella se había adherido, que escuchó un muy familiar sonido. Su primera reacción fue la de subir la mirada, buscando el lugar de donde había provenido el sonido. Extrañamente, sentía curiosa emoción y su corazón se había acelerado. Y de hecho, sintió gran alivio cuando encontró, sobre la rama de un árbol cercano, al cuervo.

No entendía cómo la presencia del ave podría significar alivio en lo absoluto. Pero al menos era una figura familiar dentro de aquel desconocido mundo.

— Aún sigues aquí — habló. No podía casi creer que el cuervo realmente lo hubiera acompañado toda la noche, como si velara su sueño. Ese pensamiento solamente aumentó la sospecha que tenía de que el cuervo de alguna manera le entendía. Por solo esa razón, decidió probar lo imposible, preguntándole al ave como si esperara una respuesta racional. — ¿Sabes cómo salir de este lugar? — No pudo evitar sentirse ridículo al hablarle a un ave como si fuera una persona.

Pero ante sus sorprendidos ojos, el cuervo emprendió el vuelo.

— Imposible — susurró mientras corría tras él, encontrando que a tan solo pocos metros el camino rojo desaparecía, como si hubiera sido borrado abruptamente. Cuestionándose entonces, al ver muchos posibles caminos, estuvo a punto de detenerse. Pero nuevamente escuchó el sonido de su acompañante, quien aparentemente notó sus intenciones.

— ¿Cuántas imposibilidades se vuelven realidad en este mundo? — se preguntó Ciel en voz alta, sintiéndose casi regañado por el ave. — Flores y orugas que hablan, crecer de tamaño al comer un hongo, un cuervo que parece entender cada cosa que digo y que aparentemente acaba de regañarme… por más estúpido que eso suene… — Enumerando cada imposibilidad, no quitaba su mirada de su guía. Sin prestar atención al camino, estuvo cerca de caer al tropezarse con ramas y rocas a su paso. Pero no se atrevía a quitar su mirada del ave, temiendo que lo perdiera de vista. Era el cuervo, después de todo, la única esperanza que tenía de salir de aquel bosque. Y aunque era una esperanza en principio disparatada, entre todo lo demás que había visto parecía de pronto muy real y tangible.

Intentando mantener el paso, se encontró cansado rápidamente, no estando acostumbrado a hacer tanta actividad física. El único deporte que practicaba continuamente era la esgrima, una vez a la semana por no más de un par de horas. Claramente, su condición física no era la mejor. Pero no podía tampoco agitarse demasiado debido a su asma. Sus padres, de hecho, le habían cancelado muchas de sus clases que simbolizaban un considerable esfuerzo físico, después de su primer ataque a los seis años, el cual sobra decir, había sacudido la mansión entera. De aquel momento solo recordaba haber despertado en su cama para encontrarse completamente rodeado por angustiados semblantes. Su madre había estado al borde de las lágrimas y su padre cerca del histerismo. Aún Sebastián, quien también estuvo presente entonces, se había mostrado claramente preocupado. De hecho, fue esa la primera y última vez en la que su tutor se mostró verdaderamente preocupado por su bienestar.

Pero ignorando ese último pensamiento, volvió a enfocarse en el camino. Su respiración se escuchaba agitada, y su corazón latía fuertemente. Sin embargo, encontró que realmente no se sentía mal en lo absoluto. Más bien respiraba sin problemas, lo que le llevó a pensar que quizás allí su asma no existía. Era bastante lógico, siendo aquel un sueño. Pero no quiso confiarse aún, procurando estar al pendiente de las reacciones de su cuerpo ante el repentino ejercicio.

Sin embargo, solo momentos transcurrieron antes de que se detuviera de golpe, mirando sorprendido cómo el cuervo que hasta entonces había sido su guía, se elevaba, alejándose sin razón aparente y perdiéndose entre las copas de los árboles.

— ¡Espera! — No pudo evitar llamar al ave. Sin un sendero que lo guiara y sin la presencia del cuervo, no tenía esperanza alguna de salir de allí.

Por unos momentos, reflexionó que quizás el cuervo nunca había intentado guiarlo, sino que él mismo se había dejado llevar por sus propios pensamientos, aferrándose a la idea de que saldría de allí de alguna manera, aunque fuera con la ayuda de un animal.

Pero dicho pensamiento se extinguió rápidamente, cuando al bajar finalmente la mirada encontró un gran árbol que se encontraba a pocos metros. Y allí, clavados sobre el viejo tronco, se encontraban múltiples letreros de distintos colores, que tenían forma de flechas que apuntaban a distintas direcciones.

Acercándose, miró cada uno de los letreros, leyendo lo que estaba escrito en cada uno. Una flecha roja que apuntaba a la derecha mostraba en grandes y mayúsculas letras blancas la palabra "IZQUIERDA", mientras que otra flecha del mismo color que apuntaba a la izquierda, con el mismo estilo en las letras señalaba "DERECHA".

— Sumamente confiable — susurró el joven de manera sarcástica. De pronto se sentía más perdido de lo que ya sabía que estaba. — Sombrerero Loco, Liebre de Marzo… no creo querer saber quiénes son esos — se dijo a sí mismo, al leer los demás letreros. Buscaba en ese momento algo racional. No quería encontrarse con más locuras. Aunque fácilmente encontró que aquellos dos nombres se repetían constantemente en los letreros, y curiosamente cada flecha señalaba un lugar distinto. Aquello no tenía sentido alguno.

— Con todas estas direcciones, ¿adónde se supone que debo ir? — se preguntó en voz alta.

— Claramente, eso depende de adónde quieras ir — No esperó jamás recibir una respuesta, por lo que fue imposible evitar la reacción inmediata de su cuerpo, que saltó ligeramente. Volviéndose hacia atrás, miró sus alrededores insistentemente, buscando a quien había hablado.

— ¡Quién anda allí! — exclamó, escuchando entonces una risa aguda que por momentos amenazó sus oídos. — ¡Muéstrate de una vez! — insistió, logrando con ello que frente a sus sorprendidos ojos apareciera lo que en principio pareció ser una media luna. Pero tal vista fácilmente cambió cuando el joven pudo notar dientes en aquella extraña imagen.

— ¿Una sonrisa?— se preguntó, completamente incrédulo. — Ha sucedido. He perdido la cabeza — se dijo luego. Era de esperarse después de permanecer en ese mundo por tanto tiempo.

— La sonrisa de un gato. Un gato de Chesire, precisamente — Nuevamente escuchó la voz, claramente masculina aunque con un tono que la hacía parecer afeminada. Y ante su mirada, aparecieron dos ojos verdes cubiertos con gafas sobre la sonrisa, que posteriormente tomó la forma de un rostro, de quien parecía ser una persona de largo cabello rojo, cargando una bufanda en dos tonos rosa, junto con un lazo de los mismos colores alrededor del cuello. Dos orejas rosas adornaban su cabeza, junto con una cola que le daba la apariencia de un gato. Apareciendo por partes, el cuerpo de la persona fue revelándose, mostrando una blanca camisa con chaleco rojo, un negro pantalón y zapatos rosa.

— Esto está completamente mal — susurró Ciel, mientras miraba al extraño hombre de pies a cabeza. Y justo cuando pensaba que no podría encontrar nada más extraño…

— Así que eres tú — Ciel rápidamente dio varios pasos hacia atrás cuando el hombre se acercó con una escrutiñadora mirada, invadiendo su espacio personal sin recelo alguno, y examinándolo críticamente con la mirada como si se tratara de una escultura. — Nada especial. Un desastre, de hecho. Creo que todos esperábamos algo más… pulcro — El joven frunció el ceño al escuchar aquello.

Pero antes de que siquiera pudiera preguntar al respecto, el extraño hombre le dio la espalda. Y, alzando dramáticamente los brazos, exclamó con exagerado tono, como si recitara un poema.

— ¡El hombre más atractivo, atado para siempre a una imperfecta niña! ¡Cuán vil y trágica historia! ¡Si solo yo pudiera, de alguna forma…! ¡Oh, qué no haría por ese hombre...! —

— Pensándolo bien, las preguntas están de más — se dijo Ciel, intentando con mucho esfuerzo ignorar las obscenidades que salían de la boca de aquella persona.

— ¡Sus labios unidos con los míos en…! —

— Por todos los cielos — susurró el menor, sintiendo una estrepitosa necesidad de cubrirse sus orejas con las manos, o de al menos salir corriendo de allí tan rápido como pudiera. No le interesaba saber de qué hablaba aquella persona. Era más que suficiente con el cuento erótico que estaba siendo relatado de tan dramática forma, para saber que no necesitaba conocer aquel pedazo de información.

Y aunque en ese momento solo quería alejarse de aquel desquiciado, sabía que no tendría oportunidad de salir de allí sin ayuda. No pensaba que recibiera gran apoyo de ese sujeto, pero seguramente debía de conocer el lugar lo suficiente para al menos indicarle qué camino debía tomar para salir de ahí.

— ¡Cierra la boca, travesti! — Así que, buscando callar la exorbitante narración shakesperiana, exclamó altamente. Aunque no pudo evitar sentirse ligeramente incómodo con el sobrenombre que pronunció, especialmente cuando él mismo vestía como mujer, aún en contra de su voluntad.

— ¡No solo imperfecta, sino también grosera! — Decidió ignorando completamente el comentario. No tenía caso intentar razonar en esas circunstancias. Además de que debido a la situación no iba a señalar que realmente era un hombre y no una mujer, como todos persistentemente decían. No quería escuchar más dramáticos monólogos ni mucho menos burlas por su vergonzosa vestimenta, especialmente de parte de aquel sujeto.

— Solo quiero salir de aquí. No me interesa el lugar a donde vaya — expresó. Su primera intención era salir del bosque. Por el momento, solo eso interesaba. Una vez fuera, pensaría en la manera de volver a casa.

— En ese caso realmente no importa la dirección que decidas tomar — respondió el pelirrojo mientras se cruzaba de brazos. Pero al ver que el menor iba a hablar, interrumpió. — Aunque de igual manera, si decides visitar al Sombrerero o a la Liebre, no lograrás encontrarlos. Todos están en el castillo — Las palabras inmediatamente captaron la atención de Ciel.

— ¿Castillo? — preguntó, pensando inmediatamente en el rey que había escuchado ser mencionado por todos a quienes había conocido allí. Debía admitir que sentía curiosidad respecto a aquel gobernante. No podía imaginar cómo sería el rey de un lugar como ese.

— El mismo en el que deberías estar hoy — Las palabras solo lograron confundirlo aún más.

— ¿Qué? — preguntó con simpleza y descortesía. Aunque ciertamente no sentía la necesidad de ser cortés con el pelirrojo.

— ¿No lo sabías? El rey te espera hoy —

— ¿Cómo se supone que lo supiera? No hay invitación, y ni siquiera conozco al rey. ¿Cómo sabe que estoy aquí? — Todo allí parecía carecer de sentido. Las cosas parecían hacerse de forma contraria a como se hacían en casa. Aunque por otra parte, no entendía por qué el rey lo estaría esperando. ¿No era él la persona con más autoridad allí? No encontraba la razón para presentarse frente a él.

— Todos ya saben que estás aquí — Y las palabras del pelirrojo solo servían para confundirlo más. De alguna manera, todo de pronto parecía girar a su alrededor, lo cual era incómodo hasta cierta medida.

— ¿Quiénes son todos? — preguntó en baja voz, sin esperar realmente una respuesta. Y efectivamente no recibió ninguna. Aunque lo que sucedió a continuación evaporó por momentos todas sus preguntas.

Al inicio pensó que se trataba de un temblor, pues la tierra comenzó a moverse y sacudirse con fuerza. Pero ante su incrédula mirada, los árboles comenzaron a moverse, como si de un telón teatral se tratara. Haciéndose a un lado, revelaron un camino que parecía interminable. Y allí, al final y a gran distancia, pudo observar una alta edificación. Apenas podía verla debido a la niebla que cubría el espacio entero, habiendo de pronto el sol desaparecido del lugar. Pero rápidamente pudo identificar aquello como un castillo.

— Me tomaría días llegar allá — afirmó. La distancia claramente era de considerables kilómetros. No había manera de llegar al castillo ese mismo día, a la cita de la cual se había enterado apenas segundos atrás.

— Eso es cierto. Pero verás que a pesar de las múltiples cualidades del rey, la paciencia no es una de ellas — Al escuchar aquello solamente se alzó de hombros. Realmente poco era su interés al respecto. No era como si pudiera volar hasta aquel lejano lugar.

— Es por eso que yo suelo utilizar un pequeño atajo — Su atención inmediatamente se dirigió al pelirrojo, quien en su mano sostenía una cuerda que había aparecido mágicamente, y que no parecía tener un inicio, cayendo desde un desconocido lugar que en ese momento no pudo identificar con la mirada.

Creía haberse acostumbrado a esperar lo imposible en aquel lugar, pero fue inevitable su incredulidad cuando, al jalar el pelirrojo la cuerda, el tronco del árbol que más cerca se encontraba se abrió, como si de una puerta se tratara, revelando un camino oscurecido, similar al que tenía en ese momento frente a él. Pero claramente, a través del tronco, el castillo se encontraba a una alcanzable distancia.

— No será esta la última vez que nos veamos — Al mirar al hombre, encontró que éste comenzaba a desaparecer.

— ¿Es seguro? — preguntó prontamente, mirando el camino a través del tronco. La idea de entrar allí no parecía racional.

— Las puertas no muerden. De quien deberías cuidarte es de ella — Las crípticas palabras solo ayudaron a aumentar su confusión.

— ¿Ella? — preguntó, encontrando que del pelirrojo quedaban los ojos, habiendo el cuerpo desaparecido por completo. Pero junto con las gafas, los ojos prontamente desaparecieron, quedando solamente la sonrisa y el sonido de una continua risa. No intentó insistir, pues sabía que no tenía caso. Las personas allí parecían gustar de hablar escuetamente, dejándole más interrogantes que respuestas.

Mirando una última vez la sonrisa, que comenzaba a desaparecer, habló mientras caminaba hacia el tronco, tomando un suspiro antes de atreverse a entrar.

— Gatos sin sonrisa hay demasiados, pero nunca sonrisas sin gato. Esto es ridículo — Tan pronto escapó la última palabra, cerró sus ojos, no queriendo ver el resultado de haber entrado a aquel árbol.

Caminando algunos pasos a ciegas, pudo sentir una ligera brisa congelante que lo hizo estremecerse. Fue solo hasta entonces que abrió los ojos, encontrándose en lo que parecía ser un jardín destruido. Quedando atrás las coloridas flores del bosque, bajo sus pies quedaban solamente los restos negruzcos de lo que parecían ser rosas. Las ramas espinosas cubrían el suelo. Pero estando secas, no significaban amenaza alguna, partiéndose todas en pedazos fácilmente bajo sus zapatos.

— Esto es deprimente — susurró el joven. El espacio era abierto, gigantesco. Pero completamente muerto. Imaginaba el momento en el que las rosas florecieron, cubriendo todo el lugar, pero dejando entre ellas laberínticos caminos por lo cuales seguramente se podía transitar. En su mente comenzó a reconstruir el jardín, mientras miraba los alrededores y se imaginaba cómo se habrían visto en un pasado.

Fue entonces que su mirada finalmente se posó en la majestuosa, pero lúgubre, edificación que se encontraba a quizás un par de kilómetros de distancia. Sumamente alta, se ceñía sobre su figura con pomposidad, haciéndole sentir de alguna manera intimidado. Los grises muros parecían impenetrables, al igual que la oscuridad que parecía envolver aquel lugar, que ciertamente combinaba a la perfección con el jardín marchito.

— Otra imposibilidad… los árboles pueden transportarte más rápido que los carruajes — susurró, al entender que de alguna forma aquel extraño atajo lo había llevado en solo segundos a los dominios del castillo. Y una caminata que parecía eterna pronto se transformó en una que tomaría menos de una hora. — Supongo que llegaré a tiempo a la audiencia con Su Majestad — se dijo, pronunciando las últimas dos palabras con cierto sarcasmo. No tenía la menor idea de cómo sería el rey de aquel lugar. Aunque esperaba que fuera un poco más "racional" que todos los otros seres a los que había conocido. Y, esperanzadamente, esperaba que aquel gobernante pudiera al menos darle algunas respuestas, y a lo mejor indicarle la manera en la que podría salir de allí. Por otra parte, debía admitir que también sentía curiosidad por conocer al rey.

Emprendiendo nuevamente el viaje, comenzó a caminar hacia el castillo.

El jardín se encontraba completamente desierto, lo cual resaltaba por ser un espacio abierto, desprovisto de cualquier tipo de árbol. El gigantesco espacio lo hacía sentirse pequeño. Tan minúsculo como cuando su tamaño fue menor al de las flores. Y las ramas grises, junto con las flores oscuras y marchitas, le transmitían una incómoda sensación de soledad. Y ello al lado de la congelante brisa, hacía que el camino se alargara. De pronto simplemente no podía esperar salir de allí. El sentimiento era casi sofocante.

Caminando con más rapidez, intentó acortar el camino.

Pero no tuvo más opción que detenerse abruptamente, cuando claramente escuchó cómo a sus espaldas se escuchaban las marchitas ramas siendo destrozadas bajo los pasos de alguien más.

Al darse la vuelta, sin embargo, no logró visualizar a nadie.

Empero, tan pronto intentó retomar su camino, volvió a escuchar aquel sonido.

— ¡Quién anda ahí! — exclamó, sintiendo la frustración inundar su pecho cuando nuevamente no logró ver a nadie. Pero fue entonces cuando el sonido de los pasos volvió a escucharse, y esta vez con insistencia, haciendo eco en sus alrededores e imposibilitándolo para saber exactamente cuál era el lugar de donde provenían. Girando entonces sobre su propio eje, buscó rápidamente con la mirada algún tipo de movimiento.

— Ciel — Sus ojos se abrieron en impresión, cuando el sonido de su nombre retumbó por el lugar y en sus oídos.

Sin lograr identificar el lugar del cual provino aquel susurro, se mantuvo quieto, pero alerta de sus alrededores.

— Ciel — Nuevamente escuchó su nombre, pudiendo esta vez identificar el tono de la voz que lo pronunció como femenino.

— ¡Deja de esconderte y muéstrate de una vez! — exclamó, sin dejar de examinar los alrededores.

— Ciel — Fue entonces cuando la voz se escuchó clara a sus espaldas, sin eco de ningún tipo.

Y al darse la vuelta, se quedó paralizado al encontrar a una hermosa mujer a poco más de un metro de distancia, que lucía un largo vestido de un inmaculado color blanco, ceñido en la cintura, de largas mangas holgadas que terminaban ajustadas en sus muñecas. Una blanca gargantilla decoraba su pálido cuello y corto cabello ondulado rodeaba su rostro, sus mechones siendo de un claro tono azulado, rondando al blanco. Ello, junto con hermosos ojos amatista y una gentil sonrisa, le daba a la mujer un aspecto casi angelical.

Sin moverse, pues su cuerpo no respondía, se quedó inmóvil, mirando fijamente las acciones de la mujer, quien mostrando aquella amable sonrisa, extendió su brazo derecho hacia él.

— Ven conmigo, Ciel —

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N/A: He ahí el tercer capítulo. Para quienes quieran ver más de nuestro Sebastián, él aparecerá en toda su gloria en el siguiente capítulo. Y después de eso, creo que su presencia será más que permanente en cada capítulo.

Espero que les haya gustado este capítulo. Si es así volveré a intentar actualizar tan pronto como pueda n.n

¡Gracias por leer!