Obsesión:

—¿Mio-san? —preguntó el más joven de los Tainaka entrando de repente al cuarto que alguna vez había sido de su hermana.

Mio le devolvió la mirada haciendo que el chico retrocediera de la sorpresa. La pelinegra se hallaba de rodillas sobre un montón de ropa que había pertenecido a Ritsu en busca de un pequeño trozo de evidencia que la llevara de vuelta a su amiga. No podía dormir, comía poco y había comenzado a faltar a clases; todo por culpa de su amiga y su maldita desaparición. Fueron unos meses realmente duros para la pelinegra: esperando pacientemente a que la policía encontrara un poco de evidencia sobre qué había pasado con su amiga; por qué había desaparecido misteriosamente sin dejar rastro. Pero no hallaron nada; ni siquiera un cuerpo ni nada por el estilo. Todo lo que tenían era el cuarto de la castaña, donde aparentemente ella había peleado hasta el fin. Hallaron un poco de sangre, pero era de ella; parecía que tardaron bastante en someterla y llevársela de ahí, pero aún así no podían sacar nada en limpio d aquel cuarto. No había huellas, ni cabellos ni nada que pudiera identificar al secuestrador o secuestradores. Y esa mancha de sangre era el último rastro que dejó su querida Ritsu, era como si hubiera desaparecido de la faz de la tierra.

Y varios meses luego, este era el resultado: Mio a punto de volverse loca luchando con todo lo que tenía rogando encontrar de vuelta a su Ritsu. Ese día se suponía que era el sepelio de la castaña, pero Mio se había negado a ir alegando que Ritsu seguía viva y que ella no descansaría hasta traerla de regreso. Por eso en vez de ir al sepelio decidió entrar en casa de su querida amiga con la llave que ella misma le había dado meses atrás; y loca de la excitación y la esperanza, comenzó a registrar el cuarto en busca de una evidencia que la llevara de vuelta a Ritsu. No contaba con que Satoshi tampoco hubiera querido ir al sepelio. Mio tenía miedo de dar explicaciones, sólo quería desaparecer, pero parecía que el hermanito de Ritsu la miraba con mucha compasión, como queriendo consolarla.

—Satoshi… —dijo Mio levantándose como zombi mientras recogía las prendas de Ritsu mecánicamente tratando de controlar sus lágrimas. —Satoshi, lo lamento de veras, pero es sólo que Ritsu…

—No tiene que disculparse, Mio-san —dijo Satoshi muy preocupado por ella. —Yo la entiendo, de veras, pero esta vez tal vez su preocupación la lleve a algo que no quiere saber.

Mio se quedó congelada y se volvió a Satoshi con ojos relampagueando de ira.

—Tú sabes algo verdad —dijo con voz autoritaria.

—Sí, —respondió él, sí sé algo, pero no sé si sea prudente que usted mire todo eso…

—¿Que mire qué? —preguntó Mio casi en un rugido.

Satoshi bajó la cabeza y en silencio le hizo una señal para que lo siguiera. Llegaron hasta el sótano donde el joven tomó una caja llena hasta el tope de papeles y unos cuantos CD's.

—Onee-chan estaba muy rara en sus últimos días. Siempre trataba de actuar normal frente a usted y todo, pero en realidad estaba hecha un manojo de nervios. Todos nos preocupamos por ella, y hasta quisimos mandarla con un psicólogo, pero ella se rehusó alegando que estaba más allá de toda ayuda. Y pocos días antes del final, me dio esta caja. Ese día estaba más rara que nunca, me dijo que en cuanto Él viniera por ella, yo buscara a alguien a quien darle todo esto. Me prohibió ver su contenido; pero lo más importante: me prohibió que se lo enseñara a usted.

Mio no sabía qué decir, estaba muy agitada. Al final Satoshi le dio la caja.

—Mio-san… no sé, pero todo esto me aterra. Pero ya que usted está dispuesta a saber la verdad, desobedeceré a mi hermana y le daré esto. —Mio asintió en silencio y el joven continuó. —No sé qué haya escrito en estos papeles ni qué es lo que hay en los CDs, pero Mio-san, le recomiendo que tenga mucho cuidado. Puede que sean los desvaríos de una demente pero a como están las cosas…

Mio asintió en silencio y subió las escaleras guiada por el chico, que amablemente le abrió la puerta y ella, presa de la más violenta agitación, se llevó la caja directo a casa, y se encerró en su habitación. Una vez segura que nadie la molestaba, volvió todo el contenido de su caja sobre su cama esperando encontrar alguna respuesta. Uno a uno comenzó a revisar los papeles. En su mayoría eran impresos de una página de internet sobre una historia de miedo de esas que tanto le gustaban a su amiga, así que lo desechó hacia un lado. Pero poco a poco, fue notando algo extraño. Movida por la curiosidad, ojeó un par de esos impresos. Eran exactamente la misma historia, pero contada con otras palabras. ¿Qué clase de broma era esta? Presa de una extraña agitación, Mio tomó los impresos que había hecho a un lado y comenzó a estudiarlos con detalle. Pronto notó que la propia Ritsu había circulado y subrayado diferentes puntos en común sobre la historia de aquella criatura.

—Ritsu, no te entiendo —se dijo Mio mientras leía uno de tantos cuentos de terror. —¿Por qué estabas tan obsesionada con esto? ¿Qué es lo que realmente ocurrió? ¿Será que realmente enloqueciste.

Volteó la página del impreso y se quedó muda de la impresión al ver que Ritsu se había tomado bastante tiempo subrayando ese aspecto de la leyenda: "MAS LA CRIATURA NO ATACA A NADIE MÁS QUE NIÑOS PEQUEÑOS; CON LA EXCEPCIÓN DE AQUELLOS QUE SE OBSESIONAN CON ÉL Y TRATAN DE AVERIGUAR MÁS DE LO NECESARIO. ESOS SON LOS ÚNICOS CASOS EN LOS QUE PERSONAS MAYORES CAEN VÍCTIMAS DE…

Mio tragó saliva y pasó a una nueva página donde había otro punto subrayado por la castaña: DESAPARECEN DE LA FAZ DE LA TIERRA.

¿En qué creer ahora? Mio se negaba a creer que su amiga había sido víctima de un ser mitológico de la internet, pero conforme seguía hurgando en los viejos registros de su amiga, más y más se asustaba. Pronto llegó a una serie de dibujos hechos por la propia Ritsu, en las cuales se miraba a la criatura esperando en los distintos ambientes que había alrededor de la casa de los Tainaka. Se mostraba tal como las leyendas lo describían: demasiado alto y delgado; extremidades desproporcionadamente largas; total carencia de rostro; una especie de tentáculos saliendo de él y vestido siempre con un traje negro y corbata. ¿Qué significaba todo aquello? Finalmente Mio se armó de valor y colocó el primer CD en la computadora: eran fotos, todas fotografías de los alrededores de los lugares que solía frecuentar Ritsu, ¿pero qué tenían de especial? Mio le dio todo el zoom que pudo a la primera foto: un poste de luz que estaba a la vuelta de la esquina de la casa de Ritsu; hasta se podía mirar desde el dormitorio de la castaña. Apoyado junto al poste, se distinguía una sombra de… no podía ser: un hombre alto cuyo rostro se miraba totalmente plano.

—NO, es un efecto de la luz; un efecto de la luz —se dijo Mio tratando de calmarse y pasando a la siguiente foto, la que fue tomada en los alrededores de la escuela. Cerca de los cerezos de la entrada se distinguía como un fantasma, se asomaba la misma sombra del ser alto y delgado. Esta vez su rostro quedaba totalmente oculto, pero el susto de Mio no fue menor. Ritsu, ¿qué significaba todo esto? No podía creerlo, no quería creerlo; pero ahí estaban las pruebas justo frente a ella, y luego estaba esa misteriosa forma de desaparecer sin dejar rastro alguno. Finalmente, arrojó la caja con violencia hacia la pared y entre sollozos de desesperación y gritos de ira, destrozó todos los dibujos de la criatura.

—¿Por qué, Ritsu? ¿POR QUÉ TUVISTE QUE OBSESIONARTE CON ESTO? ¿NO TE LO DIJE UNA Y OTRA VEZ? LAS HISTORIAS ATERRADORAS SÓLO TE TRAERÁN PROBLEMAS! RITSU… oh, Ritsu…

Mio lloró. Lloró todo lo que no había llorado en tanto tiempo que se aferró a la esperanza que ella volviera a su vida. Pero ahora que conocía la verdad y no había esperanza, ¿qué más podía hacer sino llorar? Lloró hasta quedarse dormida, pero el sueño no le devolvió la tranquilidad. Se despertó a mitad de la noche totalmente desorientada por culpa de una mano fría y huesuda que rozó su pierna, ¿o quizá lo había soñado? Quiso ver qué hora era en su celular, que había dejado en la mesita junto a su cama; pero al estirar la mano para tomarlo, se topó con un objeto que no estaba ahí antes: una diadema que conocía muy bien. Muy asustada, Mio se levantó de pronto y tomó la diadema entre sus manos y luego corrió hacia la ventana, que estaba abierta de par en par y estaba muy segura que no la había dejado así. Muy asustada prendió la luz y se dio cuenta que igualmente los CDs habían sido robados. Sin saber qué hacer o cómo reaccionar, se dejó caer sobre una silla de su cuarto mirando hacia su monitor apagado. Una sombra se irguió detrás de ella; una sombra de la que podían distinguirse los tentáculos naciendo de Él.

—¿Qué, vienes a reunirnos, Slenderman? —preguntó ella… antes de estallar en una carcajada demencial.