Holaaa! Aquí os traigo un nuevo capítulo, que tiene una sorpresa ^^

Dentro de algunos capítulos la relación de Darien y Serena se distanciara un poco.

Gracias por los reviews.

¡Disfrutad, un beso a tod s!

CAPITULO 24

Cuando Serena se quedó dormida, Darien se levantó y se vistió. Cogiéndola cuidadosamente en brazos, la llevó a su habitación. Necesitaba pensar, y no podía hacerlo con ella al lado.

Ella se desperezó cuando puso un cobertor sobre sus hombros. Aguantando la respiración, la miró y esperó a que se tranquilizara. Se inclinó y la besó tiernamente en los labios, recorriendo la frágil línea de su cara con el dedo.

Un pequeño gemido salió de sus labios.

Una tirantez le oprimía el pecho, impidiéndole respirar. Era él quién había hecho esto. Solo él era responsable de las sombras en sus ojos, de la angustia de su alma.

Dios mío, ¡quería golpear la pared con la mano! En lugar de eso, suspiró profundamente y se estiró. Alejarse de ella era la cosa más difícil que había hecho nunca.

Antes de que se diera cuenta, se encontró junto al árbol en el que había visto por última vez a su madre.

Extrañamente, no fue la imagen de su madre la que le vino a la mente. Sus ojos se cerraron en concentración, pero todo lo que podía ver era a Serena: su pelo como un halo sedoso cayendo por su espalda; dulce, pequeña y delicada, sonriéndole inocentemente, con los ojos brillantes como el cielo.

Abrió los ojos. De repente, fue como si una corriente de aire le hubiese arrastrado por la tierra para devolverle después al mismo sitio.

Nada podría hacer desaparecer sus recuerdos. El tiempo no podría nunca borrar la necesidad que tenía de ella.

Ella era inolvidable.

Y lo que le había hecho, imperdonable.

Se había clavado un puñal en la espalda.

Lo que era aún peor, le había clavado a ella un puñal en la espalda.

Se despreciaba profundamente. Se había recordado una y otra vez que no podía ser suya. Nunca debió tocarla, pero lo había hecho, y ahora los dos pagarían el precio.

En todo este tiempo, se había dicho que tenía un compromiso con el futuro. Pero no podía compartirlo.

La situación era imposible.

Todo tenía que ver con la responsabilidad. Era una cuestión de deber. El deber.

La palabra le dejó un sabor amargo en la boca, que le ahogaba y no le dejaba respirar.

Toda su vida había hecho lo que se esperaba de un hombre de su posición. Se esperaba que se casara con una mujer de su estatus, una mujer culta y sofisticada. Torció la boca en una mueca. Ah, ¡cómo había podido ser tan presuntuoso! Había creído que todo saldría según sus planes. Tendría descendencia, preservaría el apellido familiar y el legado. Se había dicho a sí mismo que la vida sería completa, que sería feliz.

En realidad, el deber lo imponía.

Pero ahora, todos esos planes se volvían contra aquello que deseaba, o se decía que quería. Se sentía dividido entre lo que estaba bien y lo que era correcto. Lo que quería hacer y lo que debía hacer.

Nada había salido según sus planes. Clavó los dedos en la frente, como para dominar su corazón.

Si dependiese de él, se casaría con Serena sin pestañear. No le importaba que fuera pobre. Si le quitaban sus riquezas, su poder y su título, ¿qué era él? Sólo un hombre como los demás. No mucho mejor que los demás.

Pero Serena era una mujer como ninguna otra.

Las palabras de Andrew le golpeaban en el cerebro. «Se merece a alguien que la ame. Alguien que cuide de ella. Alguien que le dé todo lo que nunca ha tenido.»

Él había estado cuidándola. Él le daba todo lo que nunca había tenido.

Y él la amaba. Que Dios le ayudase, la amaba.

Pero no era tan simple; ¿o sí? ¿Podría aceptarla la sociedad como su esposa? Hizo una lista con los nombres que recibiría. Sin duda, a Andrew no le molestaría que les evitaran. Con lo cínico que era, gozaría viendo cómo su hermano se rebelaba contra la sociedad.

Cuando su madre los dejó, Darien juró que no habría más escándalos en su vida, ninguna otra mancha en su apellido. Pero de repente, no parecía importarle. Tanto él como Justin podrían superar otra desgracia.

Pero ¿qué pasaría con Usagui?

La dulce Usagui. ¿Podría soportar otro escándalo? Pensó en el horrible incidente que la había obligado a esconderse durante meses. Odiaba la idea de que pudiese sufrir aún más desgracias, porque su encantadora hermana no merecía el destino que la Providencia le había reservado.

Tampoco Serena lo merecía.

De repente, recordó la manera en que descendió las escaleras aquella noche, tan llena de esperanza y juventud, y entusiasmo. Había depositado tanta confianza en él. Tanta fe.

Y él la había traicionado.

Entonces lo supo: no volvería a traicionarla. No lo haría.

La convicción hizo explotar su corazón, le hizo hervir la sangre.

El deber, pensó de nuevo. ¡Al diablo con el deber! Dios, ¿qué le importaba a él el deber? Lo dejaría todo —su fortuna, su casa—si con ello Serena fuera su esposa.

La quería. La quería a su lado. Mañana. Siempre. Y le importaba un rábano lo que dijera el mundo. Prometió a Serena hacer lo correcto.

Y se prometió a sí mismo ser feliz.

Estaba casi amaneciendo cuando finalmente se tumbó en la cama. El peso que le acongojaba antes de salir había desaparecido. Mañana, decidió cerrando los ojos. Mañana todo sería diferente.

A la mañana siguiente, Darien se levantó más tarde de lo normal. Se bañó y se vistió rápido con ayuda del mayordomo, ansioso por ver a Serena. Después de atravesar el pasillo, comprobó con un solo vistazo que la habitación estaba vacía y que la cama ya estaba hecha. Al final de las escaleras, vio a una de las sirvientas.

—Kira, ¿sabe usted dónde puedo encontrar a la señorita Serena?

Los ojos de la muchacha se abrieron.

—Creo que está fuera, dando un paseo—Señaló en dirección a las dos puertas de la entrada

Darien asintió y caminó hacia allí. A juzgar por la reacción de la muchacha, adivinó que los sirvientes habían estado cuchicheando esa mañana. Bueno, era inevitable.

Los tacones de sus botas resonaron en el suelo de la entrada. Un mayordomo abrió con prontitud la puerta, y salió. Una maldición escapó de sus labios al ver un carruaje que se aproximaba a la casa. Por todos los demonios, si se trataba otra vez de Andrew.

Pero no era él.

El suntuoso vehículo lacado en negro, con ribetes rojos y dorados, pertenecía a la duquesa viuda de Moon. Tenía una propiedad cercana y se pasaba algunas veces cuando estaba en el campo.

Darien no se sintió especialmente complacido. Señor, ¿es que no podían dejarle solo?

Uno de los mayordomos de la duquesa había ya descendido. Se quedó de pie, preparado para cuando se abriese la puerta. La duquesa descendió del carruaje. Reprimiendo su desagrado, Darien se dispuso a darle la bienvenida.

Fue entonces cuando descubrió a Serena, al final de la escalera. Estaba allí helada, reflejando con la postura su incertidumbre.

La duquesa la había visto también, y le hizo un gesto con el bastón para que se acercara.

Darien contuvo el aliento. La diminuta figura vestida de blanco le hablaba, pero no podía oír lo que decía. Y ahora miraba a Serena de arriba a abajo, ¡y le ofrecía su brazo para que la condujese al interior!

Darien se quedó donde estaba. Una vez la duquesa hubo entrado, cerró la puerta y ofreció su mano con una pequeña reverencia.

—Duquesa—murmuró—qué agradable poder verla aquí de nuevo.

—Voy de vuelta a Londres—anunció—Me dijeron que estaba en Thurston Hall, y como hacía tiempo que no nos veíamos…—Miró a Serena con candor.

—¿Quién es esta hermosa criatura?

Darien inclinó la cabeza.

—Duquesa, es un placer para mí presentarle a la señorita Serena Tsukino. Serena, la viuda duquesa de Moon.

Serena se inclinó en una reverencia.

—Duquesa, es un placer para mí conocerla.

Darien no podía sentirse más orgulloso. Pero la duquesa continuó examinando a Serena.

—Tsukino—repitió—Conozco ese nombre—Buscó a tientas sus anteojos—Debo decir que sus ojos son de lo más inusuales. Es asombroso, su parecido con…—De repente, se detuvo. Elevó sus anteojos y miró fijamente a Serena, quien se sintió claramente desconcertada—Gírate a este lado, niña—la ordenó—sí eso es. Ahora a este otro.

La mirada de la duquesa se detuvo en la garganta de Serena.

—Ese collar—dijo con una voz extraña—¿Cómo lo consiguió?

El pulso de Serena se aceleró de repente. La mirada de la duquesa era tan extraña. Tocó la cruz con la yema de su dedo y elevó la barbilla.

—Este collar—dijo con dignidad—era de mi madre. Ella lo llevaba siempre. Se lo dio mi padre antes de que yo naciera—Miró a Darien. ¿Es que acaso creía que iba a cambiar su historia? ¡No podía cambiar la verdad!

Pero él se limitó a mirarla en silencio. Fue la duquesa quien habló primero.

Unos dedos ancianos se agarraron a la manga de Serena.

—¿Quién es su madre, criatura? ¿Quién es?

Serena tomó aire.

—Está muerta ahora. Pero su nombre era Iku…

El nombre fue repetido al unísono por la duquesa.

—Ikuko—concluyó la anciana—Ikuko Tsukino.
Serena se quedó muda. ¿Cómo podía conocer ella a…
La duquesa se balanceó. Su rostro se había vuelto blanco. Alarmada, Serena la sujetó por el codo. Darien la cogió del otro brazo. Juntos, la condujeron a la silla del salón.
—¡Duquesa!—dijo Darien—¿Se siente mal?
La duquesa negó con la cabeza—Estoy bien. De verdad. Dame sólo un momento para recuperar el aliento—se detuvo y después se dirigió a Serena.
—Venga aquí, muchacha. Venga aquí y deje que la mire.
Serena se arrodilló junto a ella. La duquesa le estrechó la mano. Serena la apretó instintivamente, tratando de infundir algún calor a los dedos helados de la anciana. No pronunciaron un sonido, pero los ojos de la duquesa escudriñaron las facciones de Serena. Se sintió más aliviada al ver que el color volvía a las mejillas de la anciana mujer.
Serena tomó aire profundamente, para recomponerse. Su mente pensaba acelerada.
Sin duda perdería los papeles con lo que iba a decir, pero no le importó.
—Duquesa—le espetó—No entiendo. Conoce el nombre de mi madre. ¿Cómo es posible, cómo?
En su cara se dibujó el esbozo de una sonrisa.
—Porque el collar que lleva—sus dedos rozaron la fina cadena de plata—fue mío una vez.
Detrás de Serena, Darien inspiró hondo.
Ninguna de las dos se percató.
—No—dijo Serena débilmente—no es posible…

—Es cierto, muchacha—Los ojos de la anciana se llenaron de lágrimas—Yo se lo di a mi hijo, Kenji. Él murió hace muchos años.

El hijo de la duquesa. El granuja del que Andrew le había hablado el día de la fiesta de Darien.
—Poco antes de morir—continuó la duquesa—me dijo que se lo había dado a la mujer con la que había tenido relaciones. Ay, ¡me enfadé tanto! Pero ahora lo sé: esa mujer era Ikuko—se detuvo—su madre.
Una pequeña sospecha empezó a tomar cuerpo en la cabeza de Serena. Se iba haciendo cada vez más grande, a pesar de que le resultaba difícil de creer.
—Usted conoció a mi madre—dijo, insegura.
—Así es, muchacha. Ella cuidó de mis sobrinas un verano. ¡Ay, hace tanto tiempo de aquello! Me gustaba mucho Ikuko, ¿sabes? Y Kenji, bueno… él era encantador, tenía una forma de ser que cautivaba mucho a las mujeres. Sin embargo, y no creo que encuentre una manera más amable de decirlo, era un granuja. Un mujeriego. Sospecho que Ikuko debió sentir una cierta admiración por él. Pero no lo supe a ciencia cierta hasta ahora. Ikuko se fue de un día para otro, ¿entiendes? Una mañana, sencillamente, se fue. Sólo dejó una nota diciendo que tenía que irse. ¡Recuerdo que me quedé tan impresionada! Nunca volvimos a saber de ella. Nunca llegué a entender la razón de esa marcha repentina, hasta ahora.
La duquesa se quitó los guantes. Unos dedos nudosos acariciaron el pelo de Serena, trazaron el arco de una ceja, con un gesto no del todo controlado. Le colocó después los dedos bajo la barbilla y atrajo hacia sí su mirada.
—Se parece mucho a su madre, muchacha. Pero sus ojos, ¡ah!, esos hermosos ojos azules…—la voz de la duquesa empezó a temblar tanto como su mano—son sin duda los de mi hijo.
Serena creyó que se le entumecía el cuerpo, que se mareaba. La emoción le impedía hablar.
—Duquesa—dijo sobreponiéndose al nudo de su garganta—no querrá decir que…
—Así es, así es. Usted es la hija de Ikuko y de mi hijo. La hija de mi Kenji—La duquesa se acercó a Serena y le tomó las manos— Tú eres mi nieta—susurró—Dios mío, ¡yo soy tu abuela!
La duquesa rompió a llorar.
También Serena. Con un sollozo se abrazó a la anciana mujer y la estrechó entre sus brazos. Así juntas, se abandonaron al llanto.