Disclaimer: Esta es una adaptación de "Vidas opuestas" de Catherine George. Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer.

Capítulo 1

EL VIENTO procedente del Támesis arreció mientras pagaba el taxi. Sintiendo que le dolía cada hueso del cuerpo, entró en el edificio, se apoyó contra la pared del ascensor mientras subía y maldijo en silencio al virus que finalmente había ganado la batalla. Cuando entró en su casa dejó escapar un suspiro de alivio. Se quitó el abrigo, dejó el maletín sobre el correo que había en el taquillón de la entrada y, desesperado por tomar un café con unas gotas de whisky, abrió la puerta de la cocina... y se quedó petrificado en el sitio.

La cocina estaba perfectamente limpia, como era de esperar. Pero estaba ocupada. Una joven a la que no había visto en su vida se hallaba sentada a la mesa, totalmente concentrada en lo que estaba escribiendo en un ordenador portátil.

Un inesperado ataque de tos delató su presencia y la joven volvió la mirada hacia la puerta, sobresaltada.

—¿Señor Cullen? —dijo, con una voz sorprendentemente grave para alguien que apenas superaba el metro sesenta—. Discúlpeme. Le aseguro que esta es la primera vez que lo hago.

Edward Cullen permaneció dónde estaba, sin comprender.

—¿La primera vez que hace qué? ¿Quién diablos es usted?

—Soy su asistenta.

Edward parpadeó.

—¿Mi asistenta?

La joven asintió, ruborizada.

—Gracias por el cheque que ha dejado hoy para mí... a no ser que quiera que se lo devuelva.

—¿Por qué iba a querer que me lo devolviera? —dijo Edward, irritado, mientras pensaba que aquella era la tal B. Swan que se ocupaba de mantener limpio su apartamento. Lo cierto era que había imaginado que se trataba de una mujer madura con un mandil, no de una jovencita en camiseta y vaqueros con el pelo castaño ondulado sujeto informalmente en lo alto de la cabeza.

—No tiene aspecto de encontrarse bien, señor Cullen —dijo ella tras mirarlo atentamente.

—Me encuentro fatal —espetó él—. Pero centrémonos en el asunto. Explíqueme lo del ordenador.

—Estoy utilizando mis baterías, no su electricidad —dijo ella, a la defensiva.

—Me quita un gran peso de encima —replicó él en tono sarcástico—. Explíqueme qué estaba haciendo.

Ella frunció el ceño.

—Preferiría no hacerlo.

—Explíquemelo de todos modos.

—No estaba haciendo nada ilegal, señor Cullen —dijo ella, altiva—. Estoy haciendo un curso por correspondencia.

—¿Y dónde suele trabajar normalmente en ese curso?

—En mi habitación. Pero estamos en plenas vacaciones del primer trimestre y en el lugar en el que vivo no hay precisamente mucha tranquilidad. Así que hoy he trabajado un poco aquí. Cuando he terminado de limpiar, por supuesto —aseguró.

—Siento haber llegado antes de tiempo para estropearle la diversión... —empezó Edward, pero un nuevo ataque de tos lo hizo interrumpirse.

La joven se acercó a él, lo tomó de un brazo y lo condujo hasta la mesa.

—Siéntese un momento, señor Cullen —dijo, compasiva—. ¿Tiene que tomar alguna medicación?

Edward negó con la cabeza.

—No. Solo necesito café. Prepáreme uno y le doblo el sueldo.

Ella le dedicó una mirada fulminante y se volvió para poner la cafetera. Él permaneció en silencio, con la barbilla apoyada en las manos, distraído de su malestar por la visión de B. Swan tirando hacia abajo de su camiseta para cubrir el escaso centímetro de carne desnuda que esta revelaba.

—Cuando he entrado he creído que estaba alucinando, señorita Swan —continuó él mientras el aroma a café invadía el aire—. Pero un ordenador portátil no parece un accesorio muy adecuado para alguien que pretenda entrar en una casa a robar. Gracias —añadió cuando ella le entregó una taza con el café servido—. Creo que acaba de salvarme la vida.

Ella negó con la cabeza.

—En realidad no, señor Cullen. Debería estar en la cama.

—Pienso meterme en ella enseguida —Lucas alzó una ceja—. ¿No va a tomar café?

La sonrisa de la joven sacó a relucir un hoyuelo en una de las comisuras de sus labios. Edward pensó que era un hoyuelo muy atractivo... al igual que las curvas que ocultaban la camiseta y los pantalones. Era evidente que la fiebre le estaba afectando al cerebro, pensó, molesto consigo mismo.

—Me ha parecido mejor esperar a ser invitada —dijo ella.

Edward asintió e hizo una mueca de dolor. El más mínimo movimiento hacía que su cabeza pareciera a punto de estallar.

—Acompáñeme, por favor, señorita Swan —dijo, formalmente—. ¿O es señora?

—Señorita.

—¿Y la «B» es inicial de...?

—Bella —contestó ella, y enseguida añadió—: ¿Le importa que le toque la frente?

—En absoluto —Edward dejó que lo hiciera—. ¿Cuál es el diagnóstico?

—Tiene bastante fiebre. Con un poco de suerte, se tratará de la gripe.

—¿Con un poco de suerte?

—Me refiero a que podría tratarse de algo peor —Bella dudó un momento y luego se inclinó para sacar de su bolso una caja de paracetamol—. Tome dos pastillas ahora y otras dos por la noche y beba todo lo que pueda.

Edward la miró, sorprendido.

—Eres muy amable, Bella, ¿o prefieres que te llame «señorita Swan»?

—Usted paga mi salario, señor Cullen, así que, lo que usted decida —Bella miró su reloj y guardó el ordenador portátil en su funda—. Le agradezco el café, pero no voy a tomarlo. Ya debería haber salido. Voy a llevar a los gemelos al cine.

—¿A los gemelos?

—Los niños que están de vacaciones. Su padre es mi casero y voy a librarlo de ellos durante un par de horas —explicó Bella—. Le he hecho la compra antes de venir, de manera que tiene suficiente fruta y zumo de naranja. Adiós, señor Cullen el lunes, como de costumbre —lo miró con expresión preocupada—. ¿Hay alguien que pueda ocuparse de usted?

—No pediría ni a mi mejor enemigo que se arriesgara a atrapar este maldito virus. Cosa que ya podría haberte pasado a ti —añadió.

Bella negó con la cabeza.

—Ya he pasado la gripe este invierno.

—¿Y qué hiciste para superarla?

—Ir a casa de mis padres a que me mimaran.

—Mi madre es asmática, así que yo no podría hacer lo mismo —Edward se encogió de hombros—. Además, prefiero regodearme a solas en mi sufrimiento.

Bella se puso la chaqueta y se colgó el portátil al hombro.

—Si es gripe no tiene sentido llamar al médico, por supuesto, a menos que desarrolle una bronquitis o algo parecido. Pero debe tomar el paracetamol y beber mucho. Es una suerte que sea viernes porque así podrá recuperarse durante el fin de semana.

—Si vivo tanto —dijo él con aire taciturno mientras la acompañaba hasta la puerta.

—Señor Cullen...

—¿Sí?

—Lo siento.

—¿Qué siente? ¿Que esté a punto de morir o que la haya atrapado con las manos en la masa?

Bella alzó la barbilla.

—Ambas cosas. Pero espero que considere una satisfacción el hecho de que le haya preparado el café gratis —añadió antes de entrar el ascensor.

Bella no dejó de pensar en Edward Cullen mientras iba a su casa. Hasta hacía un rato, el hombre para el que trabajaba solo había sido uno de sus cuatro patrones. Le dejaba todas las semanas un cheque con su sueldo y era dueño de un maravilloso apartamento. Pero ahora que podía añadir un rostro y un cuerpo a su nombre la situación era diferente. Le había dado un susto de muerte cuando la había atrapado trabajando con el ordenador en su apartamento, por supuesto. Pero la primera visión que había tenido de Edward Cullen había quedado indeleblemente grabada en su cerebro, en parte porque su aspecto le había parecido tan terrible que había temido que fuera a morirse allí mismo.

A pesar de todo, no había podido evitar fijarse en su metro ochenta y cinco de estatura, en su pelo cobrizo y en sus ojos verdes. Y su elegante traje no bastaba para disimular la musculatura que ella había esperado encontrar debajo, pues parte de su trabajo consistía en quitar el polvo a la máquina de remo y a la rueda para andar y correr que había en la galería del apartamento.

Suspiró, envidiosa. Todo aquel espacio para un solo hombre... Si ella viviera allí, utilizaría la galería acristalada para trabajar y saldría algunos ratos a descansar a la terraza a la que daba y desde la que se divisaba el Támesis. Aquel apartamento suponía un contraste total con su solitaria habitación en la segunda planta de una casa cuyo dueño era uno de los amigos de su hermano.

Pero era una habitación bonita, y tenía suerte de contar con ella, se recordó mientras llegaba a su calle. La mayoría de las casas de aquella zona, inicialmente construidas a finales del siglo XVIII, habían sido completamente restauradas, incluyendo la de Emmett McCarty, su casero, un arquitecto que trabajaba en Londres y tenía su casa en los Cotswolds. Inicialmente había comprado la casa en Spitafields para tener un lugar en que quedarse en Londres, pero en la actualidad vivía permanentemente allí con la única compañía de dos inquilinos, mientras sus hijos permanecían en los Cotswolds con su esposa, de la que estaba separado.

Bella estaba a punto de sacar la llave cuando la puerta de la casa se abrió y aparecieron dos excitados niños de seis años totalmente listos para salir.

—Llevan horas preparados —dijo su padre con una sonrisa de disculpa—. Les he advertido que tal vez querrías tomar un té antes de salir, pero no me han hecho ni caso.

—Saldremos en cuanto deje mis cosas —aseguró Bella a los niños, y fue recompensada de inmediato por la radiante sonrisa de dos rostros tan distintos que nadie habría podido creer que Thomas y Lucy fueran hermano y hermana, y menos aún gemelos.

—Tendré la cena preparada cuando volváis —dijo Emmett mientras los acompañaba hasta el taxi—. Portaos bien y tal vez podamos convencer a Bella para que cene con nosotros.

Para cuando Bella volvió con los gemelos a Spitalfields, Emmett McCarty tenía preparada la cena prometida y ella se quedó a compartirla con él y con los niños.

—Muchas gracias, Bella —dijo Emmett más tarde, agradecido, cuando ella se encaminaba hacia las escaleras para subir a su habitación—. Has sido mi salvación.

Bella rió.

—Es la segunda vez que me dicen eso hoy.

Emmett le pidió que le contara lo sucedido y rió cuando Bella le dijo que su jefe la había atrapado trabajando con el ordenador en la mesa de su cocina.

—Siento que hayas tenido que buscar fuera un poco de tranquilidad para poder trabajar. Debería haberte puesto en una habitación más alejada de la de los gemelos. A modo de compensación, me gustaría invitarte a beber algo aquí abajo conmigo a última hora de la tarde.

Bella sonrió.

—Gracias. Será un placer.

En la tranquilidad de su habitación, Bella se dejó caer en una silla, repentinamente agotada. Salir con los niños había sido divertido, pero después de trabajar toda la mañana y dedicar un par de horas al ordenador, el inesperado encuentro con Edward Cullen la había dejado sin energía. Habría tenido todo el derecho del mundo a despedirla de inmediato, algo que habría supuesto un desastre para sus finanzas. Era una suerte que se hubiera sentido tan mal, pues de lo contrario podría haber reaccionado de otra forma.

A partir de aquel día, sus actividades en el apartamento de Edward se limitarían a la limpieza para la que estaba contratada. Se preguntó cómo se encontraría y frunció el ceño. Parecía tan enfermo que se había sentido reacia a dejarlo solo... lo cual era una tontería, porque si no se hubiera quedado allí dos horas más de lo habitual no habría llegado a conocerlo y no habría llegado a enterarse de que tenía la gripe.

Tomó una reconfortante ducha para recuperarse, agradecida por la invitación de Emmett para tomar algo más tarde. Por mucho que se despreciara por ello, aún no se había acostumbrado a pasar sola las tardes de los viernes. Y se alegró aún más al bajar al cuarto de estar y encontrar allí a Jasper Withlock, el otro inquilino de Emmett. Jasper le dio un abrazo y la condujo hasta el sofá en que estaba sentada Alice Branson, su novia.

—Hola, Bella —Alice palmeó el sofá a su lado—. Ven a sentarte. ¿No estás agotada? Emmett me ha dicho que has sacado de paseo a los niños.

—Y lo he pasado muy bien —Bella se volvió hacia Jasper—. ¿Cómo te sientes? ¿Ya te has recuperado de tu catarro?

Jasper asintió, sonriente.

—Alice me ha curado a base de besos.

Emmett movió la cabeza mientras alcanzaba a Bella un vaso de vino.

—El muy bandido tiene su enfermera privada.

—Pero mis habilidades médicas no son precisamente baratas —dijo Alice—. Mañana por la noche va a invitarme a una cena muy cara.

Bella rió.

—Por lo menos tiene que llevarte al Claridges.

Jasper le guiñó un ojo.

—Vuelve a enseñarme tu hoyuelo y te traeré una bolsa con la sobras.

—¡Muchas gracias!

—Os advierto que en el lugar en que trabajo hay montones de virus pululando —dijo Jasper mientras se sentaba en el sofá entre su novia y Bella—. Así que moveos.

—¿No podrías sentarte en una silla? —protestó Bella afectuosamente.

—Sí, pero no sería tan divertido, querida.

Bella sintió una punzada de preocupación al oír el comentario de Jasper sobre los virus. Pero Edward Cullen era lo suficientemente mayor como para cuidar de sí mismo; si se ponía realmente malo, siempre podía solicitar los servicios de un médico. Aquel pensamiento le permitió relajarse en la estimulante compañía de sus amigos.

Jasper tenía alquilado el piso que había debajo del suyo en la casa de Emmett y, junto con Alice, había sido un buen amigo cuando Bella había aceptado alquilar una de las habitaciones de Emmett. Este le había pedido un alquiler casi ridículo, pero era amigo de su hermano Jacob y, a pesar de las protestas de Bella, se negó a subirlo.

Tras encontrar un lugar en qué vivir, la siguiente prioridad fue buscar un trabajo. Cuando entró a vivir en casa de Emmett este ya llevaba un tiempo tratando de encontrar una sustituta adecuada para su asistenta, que quería retirarse. Debido a que la elegante casa en que vivía era muy antigua y frágil, necesitaba alguien que hiciera su trabajo con la delicadeza necesaria. Cuando Bella se propuso como sustituta, Emmett no se lo podía creer, pero aceptó con entusiasmo al ver que hablaba en serio. En cuanto se enteró de ello, Jasper rogó a Bella que también se ocupara de sus habitaciones. Cuando se hizo evidente que Bella disfrutaba limpiando, Emmett le pidió permiso para recomendarla a una amiga casada que acababa de comprarse un piso en Bermondsey. Muy pronto, Emily Young la recomendó a un amigo que vivía frente a ella. De manera que lo que había empezando simplemente como un modo pasajero de ganarse la vida se acabó convirtiendo para Bella en toda una profesión.

Sus padres desaprobaban aquella actividad y sus amigos pensaban que estaba loca. Pero Bella estaba elaborando un plan en secreto. Su nuevo trabajo le dejaba la mente y la imaginación libres mientras estaba ocupada con sus manos, de manera que así podía pensar muchas horas en la novela que quería escribir. Pillada por sorpresa, había tenido que contar una mentira a Edward Cullen porque ni siquiera su familia ni sus mejores amigos sabían qué se traía entre manos en su tiempo libre.

Ya tenía prácticamente desarrollada la trama de la novela y las características de algunos de sus personajes, pero estaba teniendo dificultades con el carismático personaje masculino principal. Emmett era muy atractivo, y Jasper tenía un encanto especial, pero, a pesar de haberse fijado atentamente en ellos como posibles modelos, su héroe se había negado obstinadamente a salir a la luz. Pero cuando Edward Cullen la había pillado in fraganti aquella tarde, el carácter principal de su novela se había materializado repentinamente ante sus sorprendidos ojos.

Tras un par de horas, y a pesar de lo mucho que se estaba divirtiendo, Bella hizo caso omiso de los ruegos de sus amigos para que se quedara un rato más y subió a su habitación. Se sentó frente al ordenador y se puso a trabajar en su novela. Para cuando se fue a la cama se sentía cansada pero muy satisfecha de sí misma. Añadir los atributos físicos de Edward Cullen al personaje central de su novela era justo lo que necesitaba para redondear la trama.

A la mañana siguiente, los gemelos fueron a llamar a su puerta cuando acababa de vestirse.

—Hola, pequeños —saludó afectuosamente.

—Papá dice que no debemos molestarte si estás ocupada —dijo Thomas, sin aliento, y a continuación sonrió para engatusarla—. Pero queremos que bajes a tomar el café. Luego, tenemos que irnos.

—Te echaremos de menos —dijo Lucy.

—Pero hoy vais a ver a vuestra mamá, corazón, así que no me necesitaréis. Estoy segura de que ella os ha echado mucho de menos —dijo Bella, mostrándose deliberadamente animada—. Dadle recuerdos de mi parte.

Los grandes ojos azules de Lucy se llenaron de lágrimas.

—Bella, ¿puedes pedirle a mamá que vuelva a ser amiga de papá?

—¡No puedes decirle a Bella que haga eso! —dijo su hermano con brusquedad.

Bella bajó con los niños deseando poder hacer algo por ayudar, pero sabía que los problemas de los McCarty no eran asunto suyo. Era cierto que los conocía hacía tiempo, pero no sabía qué pecado había cometido Emmett que Rosalie se sentía incapaz de perdonar. Y tampoco quería saberlo. Ya tenía bastante con seguir adelante con su vida.

Disfrutó de una animada media hora con los gemelos, pero en cuanto estos se pusieron a ver la televisión, Emmett le hizo un gesto para que lo acompañara a la cocina.

—¿Por qué estaba llorando Lucy?

Bella lo miró a los ojos.

—Quería que le pidiera a Rosalie que volviera a ser amiga tuya.

Emmett la miró con expresión perpleja.

—¿Y vas a hacerlo?

—¿Quieres que lo haga?

Emmett permaneció unos momentos en silencio y luego le dedicó una sonrisa idéntica a la de su hijo.

—Si pensara que fuera a servir de algo, sí. Pero sé que no serviría de nada —Emmett se estremeció ligeramente—. Olvídalo, cariño. No te impliques.

Bella lo miró con suspicacia.

—¿Te encuentras bien, Emmett? No irás a caer con algo tú también, ¿no?

—¿Yo también?

—Como Jasper —contestó Bella precipitadamente. Emmett negó con la cabeza y sonrió.

—Ya has tenido suficientes disgustos en tu vida últimamente como para que encima empieces a preocuparte por mí, Bella. Disfruta del fin de semana.

Pero, antes de salir, Bella cedió a las llamadas de su conciencia y telefoneó a Edward Cullen, cuyo ronco tono de voz reveló claramente que estaba peor que el día anterior.

—Buenos días —dijo Bella rápidamente—. Soy Bella Swan.

—¿Quién?

—Su asistenta, señor Cullen. Solo quería saber qué tal se encontraba hoy.

—Oh, claro —se produjo una pausa—. Lo cierto es que me siento fatal.

—¿Ha comido algo?

Un ataque de tos asaltó el oído de Bella antes de que Edward volviera a hablar.

—No. No tengo hambre.

—¿Sigue teniendo fiebre?

—Probablemente. Oh, diablos...

Bella se irritó un momento cuando él cortó la comunicación, pero enseguida se dijo que era absurdo sentirse ofendida. Y era más absurdo aún preocuparse por un completo desconocido, sobre todo teniendo en cuenta que ni siquiera la recordaba.

Pensando en Angela, que siempre iba de punta en blanco, Bella se tomó su tiempo para prepararse y luego bajó para despedirse de los gemelos antes de salir para Knightsbridge a reunirse con su amiga.

—Hoy tienes un aspecto estupendo —dijo Angela cuando Bella se reunió con ella en la cafetería Harvey Nichols.

—Me ha gustado lo de «hoy» —dijo Bella en broma mientras se quitaba el abrigo de lana comprado en la época en la que aún ganaba un buen sueldo—. Hago lo posible todos los días.

—Ese abrigo fue toda una ganga, y va a juego con tus ojos —comentó Angela, que miró con aprobación el ceñido vestido negro que llevaba su amiga—. ¡No me digas que llevas esa clase de cosas para restregar suelos!

—No restriego suelos. Mis clientes me surten de los artilugios necesarios para mi trabajo, como cubos y fregonas.

—La tirana que limpia nuestra casa exige cosas extraordinarias. Ahora quiere una brocha nueva de siete centímetros y medio para quitar el polvo de los zócalos, ¿puedes creerlo?

El café del sábado por la mañana era un ritual que conservaban las amigas desde la época en que compartían piso, y no habían dejado la costumbre a pesar del matrimonio de Angela.

—¿Y qué hay de nuevo? —preguntó Angela cuando el camarero las atendió.

—Por fin he conocido al hombre para el que limpio —dijo Bella, alzando ligeramente la voz.

—¿El hombre misterioso del apartamento maravilloso? ¿Cómo es? ¿Alto, guapo y fuerte?

—Sí —contestó Bella, y rió al ver que su amiga se quedaba boquiabierta.

—¿En serio? La verdad es que siempre me ha parecido un poco sospechoso que te aceptara sin una entrevista previa.

—Sabes muy bien que me aceptó gracias a las referencias que le dio Emily Young.

—No pensarás seguir haciendo esa clase de trabajo para siempre, ¿no?

—Por supuesto que no. Pero de momento lo estoy disfrutando. Trabajo a mi propio ritmo en entornos muy agradables. Sobre todo el ático de Edward Cullen —Bella miró a su amiga a los ojos—. En estos momentos, el trabajo es una buena terapia para mí.

—Y al menos te pagan por hacerlo, no como... —Angela se interrumpió y alzó una mano—. De acuerdo. Me callo. Ahora que por fin lo has conocido, háblame de tu sexy banquero.

Bella describió su encuentro detalladamente, haciendo reír a su amiga.

—La verdad es que reaccionó muy bien, Angela. Y lo cierto es que no puedo dejar de pensar en él.

—¿Por lo bueno que está?

—No. Porque el pobre está enfermo y no tiene nadie que lo cuide.

Angela pidió más café al camarero y luego se volvió hacia Bella con expresión combativa.

—Si es tan atractivo como dices, gana mucho dinero y vive en un lujoso apartamento que da al Támesis, debe de haber hordas de mujeres dispuestas a secarle el sudor de la frente.

—Supongo que sí, pero parece que prefiere regodearse a solas en su miseria. Y me temo que va a tener que hacerlo durante todo el fin de semana, porque yo no vuelvo a su casa hasta el lunes.

—Bien. Más vale que las cosas sigan así —Angela alargó una mano para tocar la de Bella—. Estás empezando a encauzar tu vida de nuevo, así que haz el favor de dejar de preocuparte por un hombre al que apenas conoces.

Para cambiar de tema, Bella sugirió que fueran a ver algunos escaparates en lugar de pasar otra tarde en el cine. Como de costumbre, el tiempo voló en compañía de Angela, sin dejar huecos para la introspección. Pero más tarde, durante el trayecto en metro y el paseo hasta la casa de Emmett y a pesar de lo que se esforzó por evitarlo, no pudo dejar de preocuparse por Edward Cullen.

La sensación persistió durante el resto de la tarde. Bella trabajó un rato en su ordenador, cosa que no la ayudó precisamente a dejar de pensar en Edward, ya que había basado su personaje principal en él. En determinado momento incluso descolgó el teléfono para llamarlo, pero volvió a colgarlo y se puso a trabajar de nuevo. Y logró concentrarse tanto que ya era bastante más de medianoche cuando finalmente cerró el ordenador y se metió en la cama.

Despertó sobresaltada a la mañana siguiente, con la esperanza de que Edward Cullen no hubiera desarrollado una neumonía durante la noche solo porque ella no se hubiera tomado la molestia de comprobar cómo estaba. Y cuando lo llamó y él contestó se sintió totalmente justificada, pues sonaba incluso peor que el día anterior. Antes de que pudiera preguntar cómo estaba, él murmuró algo incoherente y colgó.

Un par de horas más tarde, sintiéndose como Caperucita Roja a punto de visitar al lobo, Bella entraba en el portal de Edward Cullen con una bolsa de compra en la mano. Maldiciendo su molesta conciencia por haberla llevado hasta allí, llamó al timbre y luego abrió con su llave.

—Soy Bella Swan, señor Cullen —dijo en alto—. Su asistenta. ¿Puedo pasar?

Al cabo de unos segundos Edward Cullen apareció en el umbral de su dormitorio. El día que Bella lo había conocido tenía mala cara, pero en aquellos momentos su aspecto era espantoso. Su intensa palidez se veía acentuada por la incipiente y oscura barba, tenía el pelo revuelto y sus ojos, inyectados en sangre, estaban enmarcados por unas ojeras que más parecían moretones.

—¿Qué diablos hace aquí? —dijo con voz temblorosa a la vez que se ceñía la bata.

Bella se ruborizó.

—Sonaba tan enfermo por teléfono que me he preocupado. He pensado que tal vez necesitaría...

—Váyase de aquí, por Dios santo. No necesito nada... —de pronto, Edward se llevó una mano a la boca, entró a toda prisa en la habitación y cerró de un portazo.

Bella se quedó mirando la puerta, indignada. Tras dejar el periódico y una caja de leche fresca en el taquillón de la entrada se volvió para salir con el resto de su compra, pero la ronca voz de su jefe la hizo detenerse.

—Señorita Swan... Bella. He sido muy grosero. Ruego que aceptes mis disculpas.

Bella se volvió a mirarlo.

—Disculpas aceptadas —dijo con frialdad—. Adiós.

—Espera un momento. Por favor —Edward se apoyó en el quicio de la puerta, temblando—. Aunque en realidad deberías salir corriendo de aquí cuanto antes para huir de este maldito virus. Siento haber reaccionado así —su boca se contrajo en una mueca de desagrado—. He entrado a toda prisa en mi habitación porque tenía que devolver de nuevo.

Bella empezó a relajarse y cerró la puerta.

—En ese caso, vuelva a la cama, por favor.

—En estos momentos no resulta una perspectiva muy agradable.

—¿Ha sudado mucho durante la noche?

—¿Podríamos hablar de otra cosa?

Bella dudó un momento y luego se lanzó.

—¿Por qué no toma una ducha caliente mientras le cambio la cama?

Edward pareció consternado.

—¡No podría permitir que hicieras eso!

—¿Por qué no? Tendría que hacerlo mañana de todos modos. Es una de las cosas para las que me paga —Bella sonrió para darle ánimos—. Se sentirá mucho mejor después... pero no se moje el pelo.

Edward la miró un momento con expresión indecisa. Luego, se encogió de hombros, entró de nuevo en el dormitorio, sacó una camiseta y unos calzones cortos de la cómoda y se encerró en el baño. Tras abrir las ventanas para ventilar, Bella quitó las sábanas de la cama, las sustituyó por unas limpias, fue a la otra habitación a por más almohadas y luego recogió rápidamente el dormitorio antes de volver a cerrar las ventanas. Cuando Edward salió del baño, su rostro aún seguía demacrado y ojeroso, pero se había afeitado y peinado y tenía mejor aspecto.

Cuando Bella apartó la colcha y le señaló la cama, él se quitó la bata obedientemente y se metió bajo las sábanas con un profundo suspiro de alivio.

—Muchas gracias —dijo, formalmente.

Ella sonrió.

—Voy a echar esto a lavar y luego le prepararé algo de comer.

—¡Comida no...! Por favor.

—Solo unas tostadas —dijo Bella en el tono que solía utilizar para camelar a los gemelos—. ¿Cuántas pastillas de paracetamol ha tomado hoy?

—Ninguna. Dado mi actual problema, me ha parecido inútil.

—Si come algo logrará retenerlas en el estómago.

—Lo dudo —dijo Edward, débilmente.

En la cocina, Bella preparó te y una tostada del pan de molde que había comprado. Le puso un poco de mantequilla, la partió en cuatro trozos y luego llevó todo en una bandeja al dormitorio.

—Si se lleva bien con la tostada puedo prepararle unos huevos revueltos —ofreció.

—Eso puede ser demasiado —dijo Lucas con un estremecimiento. Tomó uno de los trozos de la tostada, le dio un bocado y lo masticó lentamente. El siguiente lo engulló con más rapidez.

—Tranquilo —advirtió Bella—. Es mejor que coma despacio.

—¡Es lo primero que como en días! —dijo Edward, pero comió el resto más despacio—. Nunca me había sabido tan bien una tostada. ¿Qué hay en la taza?

—Te flojo. Es mejor para la digestión que el café —dijo Bella con firmeza a la vez que tomaba dos pastillas de paracetamol de la mesilla de noche—. Tómese esto y más adelante le prepararé un café.

Edward tragó las pastillas obedientemente y luego dio un sorbo a su té.

—Lo que estás haciendo es increíble, Bella, pero ¿por qué estás aquí? Supongo que tienes mejores cosas que hacer con tu tiempo libre un domingo.

Bella se encogió de hombros.

—He pasado la gripe recientemente y se cómo se siente. Pero a mí me cuidó mi madre, y no he podido evitar preocuparme por usted sabiendo que estaba solo.

Edward movió la cabeza, maravillado.

—Es bastante asombroso que te preocupes por un completo desconocido. Pero ahora que estás aquí, hay algo que me gustaría preguntarte.

—Desde luego. ¿Qué es?

—¿Qué impulsó a alguien como tú a dedicarse a limpiar casas?

Bella alzó una ceja.

—¿A alguien como yo?

—Estoy seguro de que no siempre has sido una asistenta, así que ¿por qué lo haces?

—Porque me gusta.

—Es un buen motivo, desde luego —Edward dejó la taza en la mesilla y se deslizó más abajo bajo las sábanas—. Pero ¿a qué te dedicabas antes de eso?

—Trabajaba en una oficina —Bella se levantó del borde de la cama y tomó la bandeja—. Voy a llevar esto a la cocina. Trate de dormir algo. Yo me quedaré un rato para ver cómo se encuentra y luego me iré.

—¿Hoy no hay ordenador?

—Desde luego que no. Lo del viernes fue una excepción, señor Cullen. Trate de dormir.

—Gracias. Lo haré —murmuró Edward—. ¿Qué puedo hacer por ti a cambio?

—Ponerse mejor, por favor.

De vuelta en la cocina, Bella vació la sopa preparada que había comprado en un recipiente que metió en el microondas. Tras dejar el pan en un lugar bien visible, se preparó un té y se sentó con un bostezo en uno de los taburetes de la cocina. Mientras esperaba, se prometió no volver a escribir ninguna noche más allá de las doce.

Al cabo de un rato escribió algunas instrucciones en un papel sobre la comida que había dejado lista y, tras un momento de duda, añadió su teléfono, que no aparecía en la guía. Cuando entró en el dormitorio para dejar la nota vio que Lucas estaba profundamente dormido. Tenía mucho mejor aspecto que hacía un rato.

Cuando regresó a Spitalfields, vio que la planta en que vivía Emmett estaba totalmente iluminada. Sin ánimos para preguntar cómo había ido el viaje a Chastlecombe, entró y subió directamente a su dormitorio. Estaba abriendo la puerta cuando oyó que sonaba el teléfono. Corrió a responder, temiendo que Edward se encontrara peor, pero se detuvo en seco cuando saltó el contestador y oyó una voz demasiado conocida dejando un mensaje.

—Contesta, Bella. Sé que estás ahí. Tenemos que hablar. Descuelga el teléfono —hubo una pausa y luego se oyó una suave risita—. No seas infantil. Llámame.