Disclaimer: Esta es una adaptación de "Vidas opuestas" de Catherine George. Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer.

Capítulo 7

Al despertar y sentir que tenía un brazo en torno a su cintura, Bella dio un grito que despertó bruscamente a Edward. Este apartó el brazo de inmediato y se irguió en la cama, tosiendo.

—Puedo explicártelo, Bella —dijo—. No te asustes.

Ella se sentó en la cama y apartó el pelo de su rostro.

—No estoy asustada ahora que sé que eres tú. Pero por un momento he pensado que eras Mike.

Edward suspiró, aliviado.

—Temía que gritaras y salieras corriendo al despertarte y encontrarte en la misma cama conmigo. Pero te juro que hay una explicación lógica.

Pero Bella estaba menos preocupada con las explicaciones lógicas que con el descubrimiento de que le parecía perfectamente Emmetural compartir una cama con Edward.

—¿No quieres saber por qué te he traído aquí? —preguntó él—. Y antes de que lo preguntes, lo único que hemos hecho ha sido dormir.

—Eso ya lo sé —Bella lo sorprendió con una sonrisa—. A menos que te las hayas arreglado para ponerme la ropa después de conseguir lo que querías. Sin contar los vaqueros, estoy totalmente vestida.

—Anoche te quedaste dormida en el sofá —explicó Edward—. Temía que te enfriaras y decidí llevarte al dormitorio de invitados, pero encontré la cama sin hacer y las energías se me estaban acabando, de manera que te traje aquí y te quité los vaqueros para que estuvieras más cómoda.

Bella rió pero, repentinamente consciente de que ya no era necesario compartir la cama de Edward, se levantó, tomó sus vaqueros y se los puso rápidamente.

—Nunca había dormida vestida —murmuró, ligeramente avergonzada—. Si no te importa, tomaré una ducha rápida antes de preparar el desayuno.

—No me importa en lo más mínimo.

Más tarde, vestida con los vaqueros de recambio y la sudadera que había llevado consigo, Bella llamó a la puerta de Edward antes de entrar.

—Ya es un poco tarde para las formalidades, Bella —dijo él, sonriente—. A fin de cuentas, durante estos días hemos compartido casi todas las intimidades posibles. Es cierto que la más romántica de todas no fue elección tuya, pero en el poco tiempo que hemos compartido hemos llegado a conocernos sorprendentemente bien.

«Demasiado bien en determinado aspecto», pensó Bella.

—¿Cómo te sientes hoy?

—Mejor —aseguró él—. Aparte de la tos, voy camino de recuperarme.

—Bien. Voy a traerte el desayuno. Luego, cuando te sientas con ánimos, puedes ir al sofá un rato para que yo pueda recoger la habitación.

—¿Y después?

—Volveré a Spitalfields.

Edward la miró con expresión acusadora.

—¿No te preocupa que recaiga?

—¡No puedo quedarme aquí todo el tiempo, Edward!

—¿Por qué no? ¿Se supone que tienes que ir a limpiar algún otro sitio?

—No —admitió Bella—. Hoy no.

—Entonces, ¿por qué tienes que ir a Spitalfields?

—Para empezar, por mi ordenador. No estoy jugando a escribir una novela, Edward. Debería estar trabajando en ella ahora mismo.

—Ve a por él y tráelo aquí.

Ella lo miró con expresión burlona.

—¿Me estás diciendo que no podrás arreglártelas por tu cuenta si me voy?

—No. Soy perfectamente capaz de calentar una sopa y de tomar los antibióticos a mis horas —los oscuros ojos de Edward retuvieron la mirada de Bella como si fueran imanes—. Te estoy pidiendo que te quedes por e1 simple hecho de que te echaría mucho de menos si te fueras.

Bella giró sobre sus talones y fue hacia la puerta.

—Necesito un café. Volveré en cuanto pueda con tu desayuno.

La situación se le estaba escapando de las manos. Mientras preparaba el café y hervía unos huevos, Bella tomó una firme decisión. A partir de aquel momento no iba a permitir que aquellos hipnóticos ojos negros la persuadieran en contra de su razón. La situación era los suficientemente típica; el paciente dependiente de la enfermera. Pero ella no era enfermera, y si le quedaba algo de sentido común se iría de allí nada más recoger el dormitorio de Edward y no volvería hasta que tuviera que limpiar de nuevo. En su papel oficial de asistenta, nada más. Aunque lo mejor sería no volver en absoluto.

—¿A qué viene ese ceño fruncido?

Bella volvió la cabeza y vio a Edward completamente vestido.

—Estás levantado —dijo, tontamente, y él sonrió.

—Así es. De todos modos debía abandonar pronto mi habitación, así que he venido a comer aquí contigo, en la cocina —Edward la miró atentamente antes de añadir—: Pero si tienes algo en contra, llevaré mi desayuno al cuarto de estar y te dejaré en paz.

Bella dejó su resolución en suspenso.

—Por supuesto que no tengo nada en contra. Siéntate en uno de esos taburetes y bebe el zumo de naranja mientras preparo las tostadas. Espero que te gusten los huevos hervidos.

Fue divertido sentarse a la barra de la cocina con Edward y compartir con él el desayuno.

—¿Qué sueles desayunar? —preguntó Bella mientras ponía un poco de mermelada en su tostada.

—Solo un zumo de frutas. Caroline, mi secretaria, suele tenerme preparado un café con croissants cuando llegó al despacho. ¿Y tú?

—En casa de mis padres solía desayunar algo parecido a esto.

—¿Y con Mike?

Bella se encogió de hombros.

—Yo siempre me iba antes al despacho para preparar un café con tostadas a mi jefe.

—¿Lamentó tu jefe que dejaras el trabajo?

—Eso dijo. Contestó a mi renuncia con una carta muy amable en la que manifestaba su pesar y prometía darme unas magníficas referencias. Incluso me pedía que lo llamara y fuera a verlo alguna vez. Pero, por razones obvias, no voy a hacerlo. Que yo sepa, Mike sigue trabajando allí.

—He estado pensando en Mike —dijo Edward—. ¿Por qué te está llamando? ¿Quiere que hagáis las paces?

—Si es así, ya puede esperar sentado. Lo cierto es que me sorprende que aún quiera saber algo de mí.

—¿Porqué?

—Por el dinero —Bella sonrió con tristeza—. Mi dinero. Cuando rompimos tuvimos una fuerte pelea al respecto. Inocentemente, yo había entregado a Mike mis ahorros como parte del depósito para comprar el piso. Pero aquella noche, cuando le dije que me lo devolviera se negó, porque no quería que me fuera. Además, no habíamos hecho ningún papel legal en el que se especificara que yo le había entregado dinero —los ojos de Bella destellaron—. Me fié de él como una estúpida y aprendí, por el camino más duro, que la cohabitación no da los mismos derechos al hombre que a la mujer. Aunque yo me ocupé de pagar la comida y las facturas de los gastos domésticos mientras estuvimos juntos, no contribuí a los pagos de la hipoteca. El querido Mike había puesto esta a su nombre, lo que significa que no tengo derechos legales sobre el piso que compartimos y ninguna esperanza de recuperar el dinero.

Edward maldijo en voz alta.

—¿El muy miserable te engañó, te dejó sin tu dinero y se quedó con la casa? ¿Te pusiste en contacto con algún abogado?

—Sí, pero este me aconsejó que no lo denunciara. En su opinión, el caso nos costaría más dinero del que yo entregué a Mike para el piso. De todos modos, yo lo único que quería entonces era olvidarme para siempre de él y de su maldita hipoteca. Qué estúpida fui... —Bella bajó la mirada hacia su taza—. Yo había ahorrado parte de ese dinero, pero la mayoría habían sido regalos que mis padres me habían hecho a lo largo de los años. Cada vez que pienso en ello me entran ganas de matar a Mike con mis propias manos.

—Si ese miserable empieza a darte problemas, avísame de inmediato —dijo Edward con firmeza—. Yo me ocuparé de él.

—No creo que se le ocurra, pero si me locaEmilyara en Spitalfields tendría que enfrentarse antes con Emmet. Y no pongas esa cara —añadió Bella, impaciente—. Como es lógico, Emmet sería el primero en enterarse. Es su casa.

Edward bajó de su taburete y tomó a Bella de la mano para que hiciera lo mismo. Luego, apoyó las manos en sus hombros.

—Si Mike te da la lata, haré que un abogado amigo mío solicite una orden judicial contra él.

Bella se animó al oír aquello.

—Me parece una buena idea.

Edward la sujetó con más firmeza.

—Dime la verdad. Durante vuestra pelea, ¿se puso Mike físicamente violento?

—No —Bella sonrió—. La que se puso violenta fui yo. Al principio, Mike se limitó a bravuconear y a decir que estaba montando un escándalo por nada, que a fin de cuentas era un hombre y que Jessica solo había sido un ligue pasajero, que yo era la que de verdad le importaba —se encogió de hombros—. Creo que su ego no pudo soportar que le dijera que todo había acabado. Entonces, cuando le pedí que me devolviera el dinero que había invertido en la casa, las cosas se pusieron realmente feas. Cuando trató de impedirme que preparara las maletas, tomé el bate de cricket que usaba en el colegio y le dije que si no me quitaba las manos de encima le daría con él en la cabeza.

Edward echó atrás la cabeza y rió.

—¿Y qué tamaño tiene Mike?

—Es más o menos como tú de alto, pero más pesado. ¿Por qué?

Edward movió la cabeza, maravillado.

—Apenas mides más de un metro sesenta y sin embargo te enfrentaste a él.

—Desde luego que sí. Estaba deseando darle con el bate y Mike lo sabía, de manera que hizo lo único razonable: darse la vuelta y largarse.

Edward volvió a reír, encantado.

—Menos mal que yo ya no tengo por aquí mi bate.

Bella ladeó la cabeza y lo miró.

—Si surgiera la necesidad, en tu caso me vengaría de un modo más sutil.

—Ya lo has hecho —Edward apoyó una mano sobre su pecho con gesto teatral—. Has robado mi corazón.

—¡Muy gracioso! —se burló Bella—. Ahora ve a tumbarte al sofá mientras yo recojo. Luego, iré a hacer la habitación.

Estaba acabando de limpiar cuando sonó el timbre de la puerta.

—Yo iré —dijo, y fue a abrir.

—¿Bella? —Emily Young no ocultó su sorpresa al verla—. No sabía que vinieras aquí los miércoles.

—Normalmente no viene —dijo Edward desde la puerta del cuarto de estar—. Siento no mostrarme muy hospitalario, pero te recomiendo que te quedes donde estás. Aún podría contagiarte la gripe.

—Supongo que tienes razón. He visto la nota de Bella y he venido a traerte el periódico y a ver si necesitabas algo —Emily volvió su inteligente mirada hacia Bella—. ¿No te preocupa contagiarte?

—Pasé la gripe hace poco con síntomas muy parecidos, así que espero que sea el mismo virus —contestó; desesperada por ocultar su bochorno—. ¿Has pasado unas buenas vacaciones? Si Edward vuelve al sofá, podrías pasar a la cocina a tomar un café.

—No puedo quedarme, gracias —dijo Emily con pesar—. ¿Quién ha estado cuidando de ti, Edward? ¿Carmen?

—No. Está de vacaciones en Italia y tiene órdenes estrictas de no revelar a mi madre que estoy malo —Edward sonrió—. La gripe me hizo volver antes el viernes a casa, lo que fue una suerte, porque así pude conocer a Bella en persona. Ha sido una auténtica santa; la preocupó tanto que estuviera solo en mi estado que ha pasado por aquí de cuando en cuando para ver qué tal estaba.

—Espero que le hayas subido el sueldo —bromeó Emily.

—No, por Dios santo. Bella se pone echa un basilisco con la mera mención del dinero.

Edward empezó a toser y Emily le ordenó que volviera al sofá.

—Ha sido todo un detalle por tu parte cuidar de Edward, Bella —susurró mientras se disponía a salir.

Bella la acompañó al descansillo.

—Estoy casi segura de que el tema no saldrá a relucir —dijo en voz baja—, pero si por casualidad hablas con Emmet, no le digas que he estado cuidando de Edward, por favor.

—Hoy no voy a verlo, pero te prometo que cuando lo haga no le diré una palabra —dijo Emily—. ¿Crees que se pondría celoso?

—¡No! Claro que no. Pero podría informar a mi hermano, y no quiero que me dé la lata.

Cuando Bella volvió con Edward este le dedicó una torva mirada.

—Así que de verdad te vas.

—Sí, Edward.

—Está lloviendo mucho. Toma un taxi.

—Me gusta caminar.

Edward se pasó una mano por el pelo, frustrado.

—Se te estropeará el abrigo. Si vas a ir andando, toma algo mío prestado. Te quedará grande pero al menos llegarás seca.

Fue a su dormitorio y salió con una chaqueta impermeable negra.

—Oh, de acuerdo —Bella se alegró secretamente de poder proteger su chaquetón. Se lo quitó y dejó que Edward la ayudara a ponerse la parka—. Me llega casi hasta las rodillas —dijo, haciendo una mueca.

—Ya que estás empeñada en ir andando, mejor que mejor.

—Gracias —dijo Bella con suavidad—. Recuerda que debes seguir tomando los antibióticos con mucha agua. Hay un termo de limón con miel en el mostrador, y huevos, queso, beicon y leche en la nevera...

—Por extraño que te parezca —interrumpió Edward en tono cáustico—, me las arreglaba muy bien antes de que aparecieras en mi vida.

Bella parpadeó como si la hubiera abofeteado. De inmediato, Edward se acercó a ella y la tomó entre sus brazos.

—Lo siento. No llores, por favor.

—No estoy llorando. Solo estoy... cansada —dijo Bella con voz ronca a la vez que lo apartaba de su lado—. Adiós. Nos vemos el viernes.

—¿El viernes? —repitió Edward, desolado—. ¿Por qué no mañana?

—Mañana estoy ocupada.

—Trabajando como una esclava para tu casero, sin duda.

—Y para Jasper.

Edward la miró con tal intensidad que Bella apartó la mirada.

—Podrías venir luego para quedarte a pasar la noche.

—Podría, pero no lo haré. Adiós, Edward.

Él fue a protestar de nuevo pero se lo impidió un nuevo ataque de tos.

—¿Lo ves? —dijo cuando pudo—. La mera idea de tu ausencia me va a llevar de cabeza a una recaída.

Bella no se dejó afectar.

—Estarás perfectamente.

Pero el esfuerzo de alejarse de Edward la dejó de un humor tan gris como el color de las nubes de las que no dejó de caer agua en todo el trayecto hasta Spitalfields.

Cuando entró en casa de Emmet fue al baño a colgar la chaqueta de Edward para que se secara y luego entró en su habitación. Miró el contestador y vio que no había mensajes.

Por primera vez en su vida sintió la necesidad de descansar en su cama antes de abrir el ordenador para ponerse a escribir. Sonrió. Al menos ahora contaba con una auténtica escena de amor en la que inspirarse. La vida con Mike había sido tan decepcionante en aquel aspecto que había llegado a asumir que la culpa era suya. Pero lo sucedido con Edward había hecho que se tambalearan sus esquemas respecto a aquel tema. ¿Habían hecho el amor, o solo había sido sexo? En cualquier caso, había sido toda una revelación.

Tras pasar casi una hora en la cama, se preparó una taza de té y se sentó a leer en el ordenador todo lo que había escrito hasta entonces.

Al cabo de un rato miró su reloj y se preguntó sí Edward habría recordado tomar su pastilla. «Por supuesto que lo ha recordado», se dijo, irritada. De todos modos, con un suspiro, descolgó el teléfono y marcó su número.

Cuando una atractiva y desconocida voz femenina respondió, colgó precipitadamente. Evidentemente, alguien se había presentado por fin para cuidar al paciente. Cosa inevitable ahora que ya estaba mejor y libre de gérmenes...

Furiosa por sentirse tan molesta, se obligó a dejar de pensar en Edward y en su acompañante y se centró en su trabajo. Para cuando oyó los ruidos de Emmet y Jasper al volver a casa había hecho un considerable progreso. Satisfecha consigo misma, y repentinamente hambrienta, estaba preparándose un sándwich cuando sonó el teléfono. Esperó, resignada, suponiendo que sería Mike de nuevo, pero se puso tensa al oír que el que estaba dejando el mensaje era Edward.

—Bella, llamo solo para confirmar que he tomado la pastilla con mucha agua. Llama pronto para felicitarme...

—Estoy aquí —interrumpió ella sin aliento—. ¿Cómo te encuentras?

—Solo.

Bella frunció el ceño en silencio.

—Sé que has llamado antes —continuó él—. Olvidaste borrar tus huellas electrónicas. La que ha contestado era Caroline, por cierto.

Caroline. ¡Su secretaria! Bella se animó al instante.

—¿Te ha recordado que debías tomar el antibiótico?

—Podrías habérselo preguntado en persona si no hubieras colgado. Pero Caroline ha venido a traerme algunos mensajes y a hablar de trabajo, no de pastillas. Y, temerosa de los virus, se ha ido en cuanto ha podido. ¿Qué estás haciendo?

—Nada. Acabo de cerrar el ordenador tras una buena sesión de trabajo y ahora voy a comer algo. Espero que tú también vayas a hacerlo.

—Sí, enfermera. Estoy sorprendentemente hambriento. Emily ha venido un momento por la tarde a traer una especie de guiso que puedo calentar en el microondas.

—Así que ya no tengo que preocuparme más.

—¿Estabas preocupada?

—La primera noche que tosiste como si fueras una motosierra sí me preocupé. Estabas tan pálido que temí que te hubieras quedado sin glóbulos rojos.

Edward rió.

—Puede que estuviera medio muerto, pero me he recuperado rápidamente gracias a tus atenciones.

Bella se ruborizó al recordar.

—En ese caso, no malgastes mis esfuerzos y sigue tomando tus pastillas cada ocho horas.

—Mañana va a ser un día muy largo sin ti.

—Lee algún libro que no hayas tenido tiempo de leer hasta ahora —dijo Bella en tono enérgico—. Buenas noches. Que duermas bien —añadió, y colgó enseguida por si Edward trataba de persuadirla para que fuera a pasar el día siguiente con él. Y por si ella decía que sí.

Un rato después llamó a su madre para informarla de que había sobrevivido sin problemas a la gripe de Edward Cullen, noticia que su madre recibió con gran alivio. Bella también se sintió aliviada al saber que Mike no había vuelto a darles la lata.

Pero cuando llamó a Angela, esta se preocupó al enterarse de que Mike le había dejado otro mensaje.

—¿Qué puede querer? Al irte no te llevarías la plata de su familia, o algo parecido, ¿no? —bromeó.

—Recuerda que soy la hija de un vicario —replicó Bella, simulando sentirse ofendida.

—¿Y qué tal te ha ido con tu estupendo paciente?

—Con mi estupendo «impaciente», más bien.

—¿Te está agradecido por lo que has hecho por él?

—Sí. Pero ya está mejor. Al principio estaba tan enfermo que tuve que llamar al médico. El no quería, pero por suerte llamó su hermana y lo puso firme —Bella rió—. Deberías haber visto la cara que puso al ver que era una doctora la que acudió a verlo.

Siguieron charlando un rato hasta que Angela anunció que Ben estaba a punto de llegar a casa.

—Entonces, ¿te encuentras bien, Bella? —preguntó, repentinamente seria—. Dime la verdad.

—Me encuentro perfectamente. No he tosido ni estornudado ni una sola vez.

—No me refería a eso. Lo que trato de decir con mi habitual falta de tacto es que acabas de superar tu ruptura con Mike y que debes cuidarte de no cometer ninguna imprudencia, Bella.

Demasiado tarde para aquella advertencia, pensó Bella después de colgar.

La palabra «imprudente» no llegaba a describir su comportamiento con Edward Cullen. Debería haberse resistido, haber protestado, haber hecho algo. Pero en cuanto Edward la había tomado entre sus brazos, su cerebro parecía haber dejado de funcionar. Además, si se lo hubiera impedido, tal vez habría pasado por la vida sin llegar a saber lo mágico y sublime que podía ser hacer el amor. Se estremeció al recordar. Y, fuera cual fuese el resultado de lo sucedido, no pensaba culpar a Edward por ello. Él no le había pedido que acudiera a su lado corriendo a jugar a la enfermera. Una irónica sonrisa curvó los labios de Bella a la vez que su mirada se volvía más soñadora. No merecía la pena perder el tiempo arrepintiéndose de una experiencia que Edward había calificado muy adecuadamente de «milagrosa».

Bella volvió a tierra con una sacudida. En el futuro evitaría todo contacto con los milagros y limitaría sus impulsos caritativos a dar unas monedas a alguien que las necesitara.

El tiempo pasó muy despacio el resto de la tarde. Se sentía demasiado cansada como para abrir el ordenador y demasiado inquieta para leer. Era imperativo que buscara alguna forma de ocupar su mente. Su trabajo de asistenta le dejaba la mente libre para esbozar su novela, pero también para preocuparse por lo que el destino fuera a depararle.

Chicas perdonen la tardaza! Estoy muy ocupada con examenes y trabajos practicos, de hecho estoy tomando un descanso. Deseenme suerte con el Quijote :(

Aca esta el capitulo!

Nos estamos leyendo ;)