Atrápame Si Puedes

Prólogo


Los personajes no me pertenecen, son propiedad de Naoko Takeuchi y la historia es una adaptación del libro "El Señor de la Tentación" de Paula Quinn.


Inglaterra, 1071

—Recuerda, Amy —dijo Mina, mientras retorcía la gruesa soga para completar un nudo más—, una hora después que lord Jedite y sus invitados se hayan retirado a sus aposentos, emprenderemos la fuga.

Aseguró con fuerza el nudo y luego volvió a controlar el otro extremo, atado a la pata de la cama. Tiró con firmeza, valiéndose de todo el peso de su cuerpo. Daba la impresión de que resistiría.

—Supongamos que él despierte y salga a buscarnos —observó Amy, mientras la observaba esconder la larga soga debajo de la cama. A ella no le pareció nada bien. La idea de lanzarse por la ventana la asustaba mucho. Ojalá hubiera otra manera menos azarosa de huir. Pero Mina tenía razón; era imperioso que abandonaran Devonshire. El amo era malo, pero su hermano era peor. No es que las castigara, aunque ganas no le faltarían. Por lo menos, en cuanto a eso, gozaban de la protección del amo. Sin embargo, Kunzite Dermott siempre hallaba la manera de hacerles la vida imposible, sobre todo a Mina. No le quitaba de encima su mirada penetrante, con los párpados a media asta. Si comía más que las escasas raciones permitidas a los sirvientes de Devonshire, allí estaba él para acusarla. Si en el castillo sucedía algo extraño, la culpaba y se regodeaba castigándola.

—No te preocupes; no nos buscará —le aseguró Mina—. Amy, esta es nuestra mejor oportunidad para escapar. Con la presencia de los invitados, recién descubrirá que faltamos cuando ya estemos a mitad de camino hacia York.

Amy hubiera deseado compartir el optimismo de su mejor amiga. No sabía qué parte del plan le causaba más pavor: descender por los muros de Devonshire con ayuda de una soga o afrontar los peligros que la aguardaban abajo.

—¿Tienes tú las monedas?

Amy asintió y alzó su falda para enseñarle a Mina la bolsa que pendía a la altura de su rodilla.

—¿Cuánto tenemos?

—Según mi cuenta, hay diez peniques. No creo que tengamos mucho más.

—¿Qué pasará si los guardias nos descubren huyendo?

Mina atravesó la habitación y tomó a Amy por los hombros.

—Sabes que se quedan dormidos cada noche. No debes preocuparte. Piensa en cómo serán nuestras vidas después de esta noche. —La mirada resuelta de Mina relampagueaba; sus mejillas, habitualmente pálidas, se arrebolaban con la emoción—. Seremos libres. Ya no habrá amos que nos señalen qué debemos pensar y cómo comportarnos. No habrá más castigos cuando nos atrevamos a desafiar con la mirada a nuestros superiores. Podremos decir lo que queramos, comer cuando tengamos hambre y bañarnos en lagos cristalinos, en lugar de hacerlo en una tina detrás de la cocina.

La voz emocionada de su amiga le daba ánimos. Aunque para Amy la libertad no era tan importante como para su amiga, asintió, sonriente y expectante.

Debían huir, y Amy jamás abandonaría a su amiga más querida.

—Ahora ven; subamos y finjamos ser las obsecuentes servidoras que nuestro amo cree que somos.

Mina tomó a Amy de la mano y la arrastró hacia la puerta.

—Gia —Amy hizo una pausa antes de ingresar en el salón—, ¿estás segura de que no nos atrapará? Recuerda la última vez que lo hicimos enojar…

Mina palmeó la mano de Amy, para tranquilizarla.

—Te lo prometo, Amy. Lord Dermott no despertará.

Mina recogió la bandeja de plata en la que portaba un enorme lechón asado. Ignoró los ruidos de su estómago vacío, al tiempo que trastabillaba, a punto de caer hacia atrás bajo el peso de la bandeja. Lanzó un juramento en voz queda. Por Dios, ¿con qué habrían alimentado a ese cerdo? Creyó que no llegaría al salón y se detuvo dos veces para descansar, apoyando la bandeja sobre su rodilla. Tampoco su maldito cabello dejaba de molestarla. Tuvo que apartar mediante un soplido el mechón dorado que obstruía su vista, antes de prepararse para reemprender el camino.

Los corredores del castillo de Devonshire bullían de sirvientes, vasallos y hasta huéspedes extraviados. Hoy, lord Dermott celebraba el festival del solsticio de verano y no había escatimado gastos para agasajar a sus nobles invitados. Contrató dos cocineros adicionales para colaborar con Maeve en la preparación de un banquete digno del rey. Los trovadores, hincados alrededor del hogar, ofrecían melodías de amor y fidelidad, en tanto malabaristas vestidos con colores estrafalarios arrojaban pelotas al aire, y acróbatas enanos daban volteretas entre las hileras de mesas preparadas para el festejo.

Desde el estrado donde Jedite Dermott estaba sentado junto a su hermano, lord Kunzite Dermott, observó cómo Mina se las ingeniaba con la bandeja.

—A ver si te apresuras, mujerzuela —la regañó su amo, castañeteando los dedos—. Aquí estamos con hambre.

Mina apretó los dientes, pero agachó la cabeza y se acercó deprisa. Por fin, se aproximó al estrado y depositó la bandeja, a pesar que casi había tropezado cuando el barón Douglas Landry, sentado a una mesa más baja que la de su amo, le pellizcó el trasero. Mina contuvo una maldición y lo miró con odio, pero él se limitó a enarcar una ceja, exigiendo:

—Llena mi copa.

—Por supuesto, mi señor —respondió ella, bajando la mirada y haciendo una reverencia—. Hay un tonel de vino recién abierto en la cocina —anunció mientras tomaba la copa.

En la cocina los rumores corrían libremente, y a Mina no le extrañó que las criadas rodearan a Maeve, la cocinera, mientras esta vigilaba cómo se doraba un novillo girando en el asador.

—He escuchado que el conde, solito, rescató a veinte guerreros del rey Haruka de las mazmorras de Kunzite, poco después de la conquista. Sarah, la hija de Ingram, dice que es aun más alto que lord Kunzite, y que tiene los cabellos color gris y los ojos como el peltre.

—Así es —comentó Sylvia, mientras preparaba una bandeja con huevos escalfados—. Lo vi cuando visité a mi hermana en Dover, la primavera pasada. Entró en el pueblo a caballo y se acercó a unos pescadores para conversar como si entre ellos no hubiera ninguna diferencia. Sin embargo, es un hombre muy rico. Posee tierras en Norwich, e incluso en Francia. Mi hermana dijo que la gente, en Dover, ama a su señor; principalmente las mujeres.

Sylvia le guiñó un ojo con disimulo a Maeve, y agregó:

—Les diré, muchachas, que lord Yaten Kou es un caballero más distinguido que cualquiera de los que se encuentran en este momento en la sala.

—Ojalá pudiera atender las mesas esta noche —rió Maeve. Al ver a Mina, agitó su cucharón y le espetó—: ¿Tú lo has visto, Mina?

Mina sacudió la cabeza y, pasando junto a las mujeres arremolinadas, se acercó a Amy, que acomodaba tartas de manzana en una larga bandeja destinada al servicio de las mesas.

—Ya les dije ayer, Maeve, que no me interesa ningún hombre deseoso de hacerme sentir el peso de su autoridad.

—Ay, ni siquiera el rostro de un dios le trastornaría el juicio a Mina —exclamó Lydia, una muchacha robusta, que levantó la vista del cisne que estaba rellenando. Sacó su mano del ave y apuntó con su dedo grasiento a Mina—: Morirás solterona, si no hallas un hombre a quien amar bien pronto, muchachita.

—El amor es para los poetas, Lydia —opinó Mina y colocó una pizca de narciso aromático en la copa del barón Landry—. Yo no pierdo el tiempo con esas boberías románticas.

—¿Qué haces con el narciso?—preguntó Amy, viéndola llenar la copa de vino.

—El barón Landry me pellizcó el trasero—repuso Mina, con una sonrisita alevosa—. Deberá pagar por ello.

—Despedirá mi delicioso asado antes de llenarse las tripas —dijo Maeve, con una risotada.

—Eso no será peor que perder un par de muelas, como le sucedió a lady Millicent el mes pasado, después de abofetear a Mina por haber echado una miradita al viejo amargado de su marido —les recordó Amy.

—¿Cómo iba a imaginar que, con esos guijarros que le puse en las tortas de miel, se le romperían los dientes?

Las mujeres rieron cuando Mina alzó la copa del barón Landry, enunciando una breve plegaria para sus pobres intestinos. Después, echó un vistazo a las tartas. Le faltaba hacer una cosa más antes de abandonar la cocina.

Pasó junto a Margaret, otra de las sirvientas de Dermott, y la miró con picardía cuando la muchacha dijo que acababa de ver a lord Yaten, y que el buen Dios la castigara si no era el ejemplar más magnífico de hombre sobre el que hubiesen descansado jamás sus pobres ojos.

Al ingresar en el salón, Mina no se molestó en ubicar al hombre que acababa de revolucionar al personal de la cocina, sino que fijó la vista en Douglas Landry y se dirigió hacia él canturreando.

—Sírvase su vino, milord —dijo tranquilamente, colocando la copa sobre la mesa. Al darse vuelta, creyó haber chocado contra un muro.

Poderosos dedos atenazaron sus brazos, para evitar que, al rebotar, cayera en el regazo de Landry.

—Disculpe usted, mademoiselle.

Mina levantó la mirada y vio el cabello gris y los ojos verdes del hombre. ¡Santo Dios! ¡Vaya si había sido grandote el muy bruto! Pero fue su aroma lo que la impactó. Una estrecha combinación de un olor a cuero, con resabio de sal, la conmovió. Tan pronto como él aflojó sus manos, Mina intentó escabullirse, pero algo la sujetaba.

—Su cabello se ha enredado con mi botón —dijo con una voz a la vez profunda y suave, que parecía retumbar dentro de su pecho.

Debía de tratarse del famoso conde de Kou. Ningún otro invitado de Dermott le hablaba con un tono de voz tan apacible, y pocos lo hacían con ese dejo sensual con reminiscencias de su tierra natal: Normandía.

Por lo general, Mina no se hubiera arriesgado a mirar por segunda vez a un noble. Pero su voz y sus palabras la habían tentado a hacerlo. Cuando elevó la vista, observó que él le sostenía la mirada. ¡Malditas brujas, las de la cocina: tenían razón! Sus ojos eran como de esmeraldas y las pestañas, tan grises como el cabello, los hacían parecer aun más agudos y penetrantes. Tenía la nariz recta y firme, la mandíbula maciza y los labios tallados para el placer. Lo comparó con un lobo que, por su magnífico porte, hacía que una mujer olvidara lo peligroso que podía ser acercársele demasiado. Su mirada cautivante era como la del animal de presa a punto de atrapar a su víctima. Mina se mantuvo inmóvil y fascinada por un instante, hasta que él le dedicó una sonrisa, adornada con un hoyuelo provocativo.

—Le ruego que me disculpe, milord —y, tras una breve reverencia, se alejó deprisa.

Lord Yaten Kou la vio alejarse. Siguió con su mirada la larga trenza dorada que acariciaba sus glúteos.

Merde! ¿Te has fijado en eso, Taiki?—se dirigió hacia un hombre que estaba pacientemente apostado a su derecha.

—¿Fijarme en qué, señor?

—En ese rostro —Yaten giró, buscando a la muchacha en el salón abarrotado—. ¡Qué ojos! Averigua su nombre.

Taiki suspiró profundamente.

—Algún día sabrás que eres padre de una docena de hijos cuya existencia desconocías —masculló, mientras se encaminaba a cumplir con lo solicitado por su amo.

Yaten sonrió, entreviendo a la muchacha a la distancia.

—Si la suerte me acompañara, serían trece antes de abandonar este castillo, mañana por la mañana.


¿Qué les pareció el prólogo? ¿Podrá Mina huir? Claramente Yaten ya quedó enganchado de ella, sin siquiera saber su nombre. ¿Cómo seguirá esto?

Para las nuevas lectoras, esta es la continuación de "Dominando Al Salvaje", un S&S. Aquí conoceremos la historia de Yaten y sus aventuras, también aparecerán Serena, Seiya, Haruka y otros. Claro que esta historia se sitúa años después.

Espero que la disfruten, le den una oportunidad y me dejen comentarios! Les aseguro que no se arrepentirán! Y si les gustó la historia anterior, esta es igual o mejor!

Cariños a todas!