Atrápame Si Puedes

Capítulo 9

Te llevaste todo

Kunzite Dermott sé quito el guante y se golpeó con él la otra mano. El viejo galpón abandonado olía a madera podrida y bosta de caballo. Se acercó a la ventana para aspirar aire puro y para ver si el hombre que estaba esperando aparecía.

En el cielo, pesadas nubes auguraban lluvia. Se escuchó un chillido y, al volverse, divisó una rata que se escabullía en las sombras. Juró en voz alta y dio un fuerte pisotón, para hacer volver al roedor a su cueva. Después, comenzó a caminar de un lado a otro, al sentirse atrapado dentro del recinto ruinoso.

Hacía una hora que esperaba, pero parecía que hubiera pasado una semana. Sería mejor que se fuera y llevara a cabo sus planes sin la aprobación de su señor. Sin embargo, la última vez que lo había intentado casi les había costado la cabeza a él y a su hermano.

Su hermano. Qué bueno que aquel gordo imbécil hubiera muerto. Por supuesto, costaba fingir que uno lamentaba la muerte de su hermano; pero había motivos. Devonshire le pertenecería tan pronto como enseñara al rey Haruka las misivas que los seguidores de Hereward habían enviado, por su intermedio, a su hermano. Él declararía que no tenía el menor conocimiento de las relaciones de su hermano con el rebelde insurrecto. Más tarde se ocuparía de Mina.

Quería verla muerta, y quería ser él quien acabase con ella, después de llevársela a la cama, por supuesto. Los días en que esa puta frígida lo rechazara llegaban a su fin. Un cambio de planes era todo lo que hacía falta para que cayera en sus manos. Su hermano ya no lo detendría y, pronto, no quedaría nadie que le impidiera tenerla en su cama.

Escuchó un caballo que se acercaba y espió por la ventana, con la mano sobre la empuñadura de su espada. Lanzó un silbido, para alertar a la figura encapuchada que venía hacia el galpón. El jinete iba solo: Hereward the Wake no precisaba un séquito a su alrededor. Era un hombre de gran tamaño, poseedor de un brazo aguerrido y veloz, y de una monta aun más ligera.

Se quitó la capucha, dejando a la vista sus ojos verdes y su espesa melena rojiza. Miró alrededor con un gesto de desagrado y suspicacia, y preguntó:

—¿Eres tú o ese heno podrido lo que produce el mal olor imperante?

—Salvo que me hayas asustado con la fiereza de tu imagen como para que me ensuciara los calzones, se me ocurre que la causa proviene del mal estado del heno —gruño Kunzite, con idéntica agresividad.

—No sería la primera vez que te hubiese sucedido, Dermott —retrucó Hereward, sin inmutarse, mientras pasaba la mano sobre la empuñadura de su espada.

—No te correrá tanta prisa por matarme cuando hayas escuchado lo que he venido a decir.

—Entonces, dilo y veremos si es así.

Hereward recostó su vigorosa figura contra el marco de la puerta, dispuesto a escuchar.

—El rey Haruka está de regreso en Inglaterra. Llegó hace dos días.

Hereward fijó la vista en el cuello de Kunzite.

—Me parece que te voy a rebanar el pescuezo, aunque preferiría oírte gritar. De veras: tengo asuntos más importantes que atender y sacarte de en medio rápidamente no me vendría mal. —Con voz grave y tono amenazante agregó—: Ya estoy enterado de que el hijo de mala madre volvió.

—¿También sabes que ha dado la orden de que todos sus vasallos principales se presenten para una reunión en la corte?

—Prosigue.

—Yo mismo he sido convocado.

—Sin duda, te arrastrarás a sus pies y le jurarás lealtad.

—Nunca —mintió Dermott—. Tengo decidido probarte mi lealtad, dando muerte al hombre que te persigue con más ensañamiento.

Al escuchar estas palabras, Hereward alzó una ceja, en señal de burla.

—No olvidemos el motivo que provocó la ira de Kou. Si tú y los demás cretinos descerebrados no hubieran matado a su hermana, no habría comprometido su existencia en mi captura. Por eso considero que tu vida me pertenece.

—Te daré la de lord Kou, a cambio.

Hereward echó atrás su cabeza y lanzó una estrepitosa carcajada, sin darle la menor importancia a la furia que destilaban los ojos de Dermott.

—¿Y cómo harás para darle muerte? Aunque tuvieras una docena de brazos armados y ojos en la nuca, no te alcanzarían para sacarle ventajas en combate cuerpo a cuerpo.

—No tengo intención de combatir con él —repuso Dermott, sin inmutarse.

—¡Oh! Claro que no. Un flechazo por la espalda sería más propio de tu estilo.

—Cuando esté muerto, ¿qué importancia puede tener para ti la forma en que sucedió?

—Ninguna. Reconozco que quisiera quitármelo de encima, pero un guerrero de la categoría de Kou merece mejor suerte que morir a causa de una flecha por la espalda.

—¿Cómo puedes decir tal cosa, después de los numerosos seguidores tuyos que él liquidó?

—Tú mataste a su hermana, Dermott —gruñó Hereward—. Ella era una inocente, que nada tenía que ver con las guerras del rey. Comprendo la ira de Kou. Ahora, háblame de tu plan. Empiezo a perder la paciencia.

—Muy bien. Cuento con la ayuda de una persona, en el castillo, que me mantendrá informado acerca del día en que Kou partirá. Sabré cuántos hombres lo acompañarán, y lo seguiremos. Le daremos muerte en secreto, durante el camino, y luego seguiremos hasta Winchester, para reunimos con el rey. Nadie sospechará de mí, pues tengo planificado sorprender a Kou y su gente lejos de Dover. Tú tienes muchos seguidores ansiosos por darle muerte. Puedes atribuirte el mérito, si crees que te favorece de algún modo —remató Dermott, con una sonrisa amarga.

—No, yo no mato a los hombres por la espalda. Nadie creería que hubiera sido cosa mía.

—Claro. Discúlpame.

—Consideraré la posibilidad de perdonarte cuando Kou haya muerto. Pero asegúrate de que esté bien muerto, pues, de lo contrario, tendremos que lidiar con un maniático aun más enfurecido. Y entonces yo mismo te mataré.

Hereward abrió el portón y salió sin decir ni una palabra más. No sentía la menor preocupación por lo que Dermott pudiera decirle al rey. El traidor nunca arribaría a Winchester.

En el interior del galpón, Kunzite Dermott se cercioró de que su montón de misivas estuviera seguro debajo del manto. Estaba dispuesto a demostrar su lealtad al rey; pero, antes, debía tomar por asalto un castillo, para recuperar a una esclava que le había sido arrebatada.

M&Y

—¿Durante cuánto tiempo estarás ausente?

—No por mucho tiempo. Solo unos días.

Yaten miró a su esposa con una expresión que mostraba el pesar que sentía al tener que abandonarla por su deber hacia el rey.

—Estaré de regreso cuanto antes.

Sentada en el borde de la cama, Mina trataba de dominar sus nervios, aferrándose a los bordes de su falda. En realidad, quería saltar del lecho y correr a ampararse en sus brazos.

—No puedes apurar al rey, Yaten.

—Ven tú también. Serena y los niños viajarán.

Mina bajó la vista, sacudiendo la cabeza al negarse:

—Creo que será mejor que Amy y yo no estemos presentes cuando le expliques al rey nuestra situación.

Yaten la miró durante un momento más, y después reanudó sus preparativos, aunque no tenía ningún deseo de alejarse de ella.

—Pronto regresaré contigo, Mina.

Ella asintió y se puso de pie. Caminaba inquieta por la habitación, observando su recio perfil, mientras él empacaba sus bártulos en un bolso de cuero. De pronto, detuvo su marcha.

—Te extrañaré —confesó. Cuando Yaten le respondió con una sonrisa seductora, se quedó sin aliento.

—Seguramente, será un alivio para ti verme partir —bromeó él.

Mina encogió los hombros y retomó su andar.

—Únicamente debido a tu tonto sentido del humor.

—En cambio, yo extrañaré nuestras disputas.

¡Oh, ella extrañaría muchísimo más que eso! Los ojos de él que la miraban con ternura y pasión, la aspereza de sus manos cuando la acariciaba, el tono insinuante de su voz cuando le decía lo mucho que la amaba.

Yaten interrumpió la tarea y la abrazó para que se sosegara.

—Haz el amor conmigo antes que me vaya —le pidió, con voz enronquecida, al oído.

—Supe que eras una bestia atractiva desde el momento que te vi —protestó, pero se abandonó al arrobamiento cuando Yaten la levantó en brazos y la condujo al lecho.

M&Y

Luego de la partida de Yaten y sus hombres, Mina se desplazó por el castillo, donde reinaba un ominoso silencio. ¿Quién se creía que era el rey Haruka, al fin y al cabo? Se pasaba todo el tiempo viviendo en Francia y, de golpe, por un antojo, todos sus caballeros se veían obligados a correr a su encuentro.

Encontró a Amy en su cuarto, malhumorada, y no le sorprendió en absoluto que nombrara a Taiki, por lo menos una docena de veces, al justificar su amargura. Luego, se presentó Lita, también entristecida por la ausencia forzosa de su marido.

—Nunca te acostumbras a no tenerlo a tu lado —se quejó—. Es peor aun que cuando sale a combatir y no sabes si volverás a verlo.

Mina se estremeció:

—No sé si lo soportaría.

—¿Qué alternativa nos queda? Ellos son guerreros. A nosotras nos toca elevar plegarias al Señor, rogándole que los proteja y que regresen sanos y salvos. Solo podemos confiar en Dios y en la destreza de nuestros hombres.

Mina se sintió angustiada. No había tenido en cuenta que Yaten participaría de batallas. Ni quería pensar en eso jamás.

Se alejó de sus amigas cuando Lita comenzó una tarea de bordado. A Mina le parecía imposible dedicarse a trabajos de paciencia, como ese, en las presentes circunstancias. Al bajar la escalinata, elevó una plegaria porque Yaten siempre retornara a su lado después de cada batalla. Tenía ante los ojos la manera en que la había mirado, como sí quisiera apoderarse mentalmente de su imagen, para llevarla consigo al despedirse.

—Te extrañaré —le había susurrado, mientras Taiki lo llamaba, recordándole que nunca llegarían a Winchester si no ponía fin a la despedida.

El amor desbordaba de la mirada profunda de Yaten. Mina estaba segura de que nunca la abandonaría como lo había hecho su padre. Ella suspiraba, en su ensimismamiento, de modo que casi se llevó por delante a James, al llegar a la cocina.

—A mí también me da pena verlo partir, milady —le dijo, con una sonrisa que acentuaba su ceguera.

—¿Cómo?

—Me refiero al conde. Es lo que sucede cuando aquel a quien se ama sale de viaje. Parece que el corazón quisiera salirse del cuerpo e ir tras él —añadió y se alejó, dejando a Mina la sensación de que tenía el oído tan sensible como para detectar los anhelos más recónditos de su corazón.

M&Y

El sol poniente tendió sus rayos entre la copa de los árboles y las libélulas, que parecían danzar acuciadas por la brisa.

De repente, tembló la tierra y los insectos se dispersaron, mientras Yaten y sus hombres cabalgaban tranquilamente por el apacible bosque. No iban tan velozmente como Yaten hubiera querido, porque lady Serena los acompañaba con su bebé, Kenji, en brazos, y Marie disfrutaba de la aventura en el regazo de su padre. El pequeño Haruka había insistido en viajar con Yaten, y el hecho de tenerlo sobre la falda le recordaba que cabalgara con prudencia, aun cuando con cada legua que se alejaba de Graycliff, lo abrumaba la nostalgia. Cuanto antes llegaran a Winchester, tanto antes estarían de regreso en casa.

Merde! ¡Cómo extrañaba a Mina! La amaba más allá de lo tolerable para su corazón. Amaba su hermoso rostro, lleno de candor; su intrepidez, que le había permitido alcanzar su actual libertad espiritual; su pasión, que le hacía bambolear las caderas al caminar, sabiendo que él no le quitaba los ojos de encima. El recuerdo de su expresión anhelante, cuando lo miraba con esos ojos llenos de luminosidad, derretía su corazón.

Seguía cavilando sobre estas cosas, cuando una flecha surcó el aire y se clavó en la espalda de sir Armond, un caballero que había llegado con él a Inglaterra, años atrás.

—¡Rompan filas, rompan filas! —ordenó Yaten, mientras trataba de proteger a su sobrinito, interponiéndose entre este y la lluvia de flechas que estaba cayendo. Hizo girar a Ayla hacia la izquierda y le clavó las espuelas. Luego, se dirigió a sus soldados—: ¡Taiki, toma a veinte hombres y vayan a explorar esas arboledas! Tú, Gerald, corta camino por esa cañada, con Robert y los otros, y ve la forma de cerrar filas por el lado opuesto, con las tropas de Taiki. ¡Seiya! —le gritó a su hermano—. Huye con tu familia y llévate a Haruka. Vayan, pronto.

De improviso, otras cuatro flechas aterrizaron, una en la tierra, delante del grupo, y otras tres en los troncos de los árboles que lo rodeaban. Yaten sujetó a su yegua, para tranquilizarla, con los ojos relampagueantes contra el cielo ennegrecido. A su sobrino prácticamente lo arrojó a los brazos de su hermano, repitiendo:

—¡Váyanse, ya!

La sangre guerrera hervía en sus venas. Vio cómo su hermano tomaba las riendas del caballo de Serena y salió a la carrera. Tras un rápido movimiento con las riendas, enfiló a Ayla hacia la cortina de árboles de la que acababan de salir. Al escuchar un ruido a su derecha, hizo un ademán a uno de sus hombres, para que asumiera la defensa de ese flanco, al tiempo que él mismo desenfundaba su espada y avanzaba.

Se escuchó a alguien llamarlo por su nombre; se trataba de una voz de mujer. Él pateó los arbustos y cruzó por entre antiguos robles y castaños, sin tomar precauciones. Detrás de él, sus hombres lo llamaban, pero no respondió. De acuerdo con un elemental razonamiento, comprendió que era imposible que la voz fuera de Amy o de Mina. Ellas estaban a muchas leguas de distancia, en Dover. Pero él siguió su marcha, a la carrera, a medida que lo invadían los recuerdos de la suerte que había corrido su hermana. La había dejado sola, y cuando regresó…

Unas hojas crujieron a su derecha y, de inmediato, la flecha que penetró su torso hizo añicos las imágenes que lo atormentaban.

—¡Mi Dios, juraste que no lo matarías!

—¡Te he mentido!

Rei miró con ira y frustración al hombre que tenía al lado, pero ahora no había tiempo para una discusión. Los hombres de Yaten se estarían acercando. Había un silencio preocupante en el bosque. Incluso las aves la acusaban de haber traicionado a ese hombre de hermoso rostro, que había sido su amante, y ahora estaba mirando acongojada, ante lo irreparable de su traición. Le faltaba el aire.

—¿Qué es lo que hemos hecho?

—Cállate —advirtió Kunzite Dermott, mientras se acuclillaba para tomar la espada de Yaten. Hubiera querido apoderarse de su yegua también, pero esta salió disparando hacia donde estaban sus hombres.

Por un instante, Rei temió que lo degollara, pero Dermott se limitó a sonreír.

—Bien, me basta con esto.

—¿Para qué?

Dermott le apretó las mejillas con los dedos, dejando unas visibles magulladuras en su suave piel. El azul de sus ojos era como llamaradas que la quemaban; su voz tenía la frialdad que presagiaba la violencia:

—Mi querida mujercilla, si vuelves a cuestionarme, te arrancaré el corazón y me lo comeré para el desayuno. ¿Me has comprendido?

Rei asintió, temblando ante la crueldad recién descubierta de su actual amante. Cuando él la llamó, se quedó mirando, consternada, el cuerpo de Yaten. ¿Qué es lo que había hecho?

Alguien pronunció el nombre de Yaten. Alguien que estaba más allá de los árboles.

—Perdóname —susurró al cuerpo que yacía a sus pies, y se internó en el bosque.

Mina estaba a punto de darse un baño, cuando escuchó a Roland gritar desde la torre. ¿Ya habría vuelto Yaten? Su corazón se descontroló, pero se dio cuenta de que no podía ser: hacía solo tres días que había partido y no habría tenido tiempo de presentarse ante el rey y estar de regreso. Se colocó la delicada bata de lana, uno de los numerosos regalos que su marido había ocultado en diversos rincones de la habitación, con notitas, para brindarle una grata sorpresa. Por supuesto, no sabía que ella no leía, pero Lita y Andrew lo habían hecho por ella.

Se inclinó sobre el borde de la terraza. Su abundante cabellera flotaba al viento, como un banderín. Desde el cuarto de Yaten podía ver el patio interno y el exterior: Rei, sola, a caballo, aguardaba que le franquearan el paso para ingresar a Graycliff. Sus miradas se cruzaron por un instante, hasta que Rei desvió la vista y se levantó el enrejado, para darle paso.

Decepcionada y con cierta resignación, Mina suspiró, dispuesta a entrar y reanudar su baño, cuando retumbó a lo lejos un trueno prolongado y creciente. Ella vio que el cielo estaba despejado, y enseguida escuchó el grito de alarma de Roland.

Mina casi no pudo recordar cómo se desarrollaron los acontecimientos a partir de ese momento. Lo único que vio fue a Kunzite Dermott, su rostro convertido en una máscara del odio, matar de un flechazo al vigía, antes de que pudiera bajar nuevamente la reja. Dermott ingresó con más de un centenar de hombres armados. Avanzaron como un río desbordado, diezmando a los hombres de Yaten, sin darles tiempo para empuñar sus espadas.

Mina conocía bien la violencia de los Dermott. Sin embargo, no pudo reaccionar ante lo que se desarrollaba frente a su vista. Dermott venía por ella. Ella sabía hacerle frente al miedo. Era capaz de pensar cuando el mundo se le venía encima, no como esas damas delicadas que gritaban como unas locas y perdían el control ante el peligro. Pero este era el hermano del barón Jedite Dermott.

Salió de la habitación y bajó las escaleras. Justo más allá del portón podía oír los gritos de los soldados de Yaten. Algunos procuraron detenerla, para llevarla a un escondite secreto en la parte inferior del castillo, pero ella los esquivó y corrió a la cocina, donde había visto a su amiga por última vez.

—¡Amy! —gritó, pero no hubo respuesta. No había nadie allí. Revisó el salón principal, el despacho de Yaten, en el piso superior, y después corrió hasta la habitación de Amy.

Más abajo, las pesadas puertas de Graycliff se abrieron y hubo un silencio terrible, que le recordaba los momentos de terror que precedían la acometida de Jedite Dermott cada vez que la descubría después de otro frustrado intento de fuga.

—¡Mina, querida! ¿Dónde estás, mi vida?

Sus rodillas estuvieron a punto de doblarse, pero tomó aliento profundamente y se dijo que ya no volvería a temer a Dermott, nunca más. Abandonó la habitación de Amy y se refugió en la que compartía con Yaten. Tenía una daga en el guardarropas. La había visto cuando el empacaba. La recogió, ocultándola entre su ropa, y salió caminando tranquilamente de la habitación.

—¡Ah, qué fiesta se presenta ante mis ojos! —Dermott sonreía en dirección a ella. Durante un instante, lo vio luchar con uno de los hombres de Yaten, a quien tenía sujeto por un brazo. Kunzite Dermott hacía alarde de una excepcional fuerza física y, aunque el pobre soldado se defendió con todas sus fuerzas, no logró zafarse.

—Suéltelo —exigió Mina, pero su voz era apenas un susurro.

—Ojalá pudiera. Pero —y sacó un impresionante espadón, que llevaba a la espalda. Sin la menor señal de emoción, lo clavó en el dorso del soldado— yo no he venido a hacerme de amigos —dijo, mientras dejaba resbalar hasta el piso el cuerpo de su víctima. Desde el pie de la escalera, mostró a Mina la empuñadura revestida de ámbar de su espada—: ¿La reconoces, querida?

Mina sabía desde hacía mucho tiempo cómo hacer para no llorar ante las desgracias. Pero al verlo agitar la espada de Yaten ante sus ojos, le faltó el aliento.

—¿Dónde… dónde ha conseguido eso?

—Yo creía que matarte a ti me daría una gran satisfacción, pero haber matado a tu marido para disfrutar de ti me parece muchísimo mejor.

Le sonrió y acomodó la espada en la vaina que llevaba al cinto.

—Usted miente —Mina dio otro paso adelante—. Nunca habría podido matarlo, porque él es un guerrero y usted es un apestoso montículo de escoria.

Kunzite Dermott pisó el primer peldaño de la escalera y sujetó a Mina por la garganta.

—Basta, querida —le advirtió, mientras le apretaba el cuello. Ella se mantuvo en silencio. De hecho, ni siquiera trató de zafar de la mano que le apretaba la garganta. Se quedó absolutamente quieta, clavándole la vista, para mostrar que no se dejaría someter en una puja de voluntades. Dermott rió y la arrojó contra la pared y, como si el contacto con ella lo hubiera mancillado, se frotó la palma de la mano sobre el abrigo, con expresión de desagrado.

—Tu campeón está muerto —pronunció despectivamente—. ¿Cómo supones que hubiera podido hacerme de su espada sin haberle dado muerte? —En ese momento, apareció Rei y, acercándose a ella, dijo—: Fue un plan ingenioso el que urdiste, querida. Atacamos al contingente de soldados a suficiente distancia como para aventar sospechas. Los hombres de Kou piensan que fueron atacados por una pequeña banda de ladrones, ¿verdad, Rei?

Se llevó la mano de la mujer a los labios, en tanto ella cerraba los ojos abochornada.

—Me parece que ahora lo lamenta —comentó, frunciendo el ceño. Una sonrisa siniestra cruzó por su rostro—: Pero estuvo magnífica, llamándolo: "Yaten, Yaten"—se burló, remedándola con voz engolada y acabando por reír de buena gana.

Apoyada en la pared, para poder sostenerse, Mina preguntó:

—¿Es verdad, Rei? —le costaba añadir lo que más le interesaba saber—: ¿Es cierto que está muerto?

Al ver que Rei asentía, muda, con la cabeza, Mina desenfundó el cuchillo y se abalanzó sobre Dermott. Alcanzó a herirlo en el cuello, pero de forma superficial. Apenas un tajo que cubrió con su mano, antes de lanzarse sobre ella.

M&Y

Dosdías viviendo sin él. Mañana serían tres. Ya había soportado la ausencia de Yaten. Pero no había existido de por medio el enamoramiento que la embargaba ahora. No lo había añorado. No había sentido que moriría sin él a su lado.

Él estaba muerto. Y era apenas el segundo día.

Ella estaba montada sobre un caballo, en el patio de Graycliff, viendo la bruma que bajaba de los acantilados. Quince jinetes de Dermott la rodeaban. A algunos los conocía de Devonshire; otros le eran totalmente extraños. Ninguno le hablaba. Estaban atentos a las órdenes que les impartiría Kunzite Dermott, montado en un caballo de guerra renegrido, que estaba inquieto, lo mismo que algunas de las montas de los demás hombres, mientras la niebla se enroscaba en sus cascos.

—He enviado el resto de la guarnición a Devonshire —anunció Dermott, y su voz retumbó en el patio desierto—. Sir Lowell y otros diez hombres me acompañarán a Winchester, a ver al rey. Los restantes llevarán a esa mujer a la propiedad de mi finado hermano y esperarán mi regreso. Si algo llegara a pasarle, o si huyera, morirán por obra de mi espada.

—¡El rey se cobrará con su cabeza! —gritó Mina, confrontando su mirada con valentía y resolución.

—El rey me besará el trasero, de puro agradecido, cuando ponga a su alcance a Hereward the Wake.

Mina rechinó los dientes. Debió imaginar que ese cerdo estaría confabulado con el enemigo de Yaten.

—Él le dará muerte cuando sepa que usted mató a Yaten.

Al decirlo, a Mina se le quebró la voz. Pese a que hizo lo imposible por evitarlo, no pudo impedir que sus ojos se llenaran de lágrimas.

—¿Y quién se lo dirá, Mina? ¿Tú? ¿Rei? —rió por lo bajo, mientras sacudía la cabeza—. Rei está muerta. Se arrepintió de haber colaborado conmigo y amenazó con denunciarme ante el rey. Era a ti a quien yo quería. Aún no he decidido si he de matarte. Me agrada contemplarte; pero tenlo por seguro, si te dejo con vida, he de arrancarte tu lengua falaz. De una u otra manera, al rey no le dirás nada.

—¿Qué hay de los que quedaron en los sótanos? —preguntó Conrad Lowell a Dermott—. ¿Debo mandar a algunos hombres para liquidarlos?

—Debiste haberlo hecho ayer, Lowell —retrucó Dermott, dejando escapar un elocuente suspiro. Hizo un chasquido con los dedos, en dirección a uno de los hombres que rodeaban a Mina—: Raynard, ven aquí. Ocúpate de los prisioneros que están en el sótano, cuando yo me haya ido. No quiero que nadie que sepa lo que ha sucedido quede con vida. Nadie. ¿Has comprendido?

—De acuerdo, milord.

—Salgamos de aquí; detesto este sitio sombrío. —Hizo girar su monta y se dirigió a sus secuaces por sobre el hombro, a la vez que Lowell, con su pequeño cortejo, salía del patio tras él—: Se lo recuerdo a todos. Conserven a mi tesoro con vida.

Mina lo vio partir y se quedó mirando el castillo. Ella no podría salir de Graycliff. Yaten estaba presente en los acantilados circundantes, en los aromas que el viento le traía del mar. Todas las cosas buenas que le habían sucedido en la vida habían pasado allí. Aunque él ya no estuviese a su lado, ella no se iría.

—Debo ocuparme de los testigos —anunció Raynard, agitando las riendas en dirección al castillo.

Mina se sobresaltó, pues sabía que daría muerte a Lita y a los otros que habían quedado en el interior. No dejaría morir a sus amigos. Debía pensar en alguna manera de rescatarlos, y no había tiempo que perder.

—¡Espere! —clamó—. Deme un momento más para contemplar mi hogar.

—Ya ha tenido tiempo de sobra para contemplarlo.

—¿En qué te afecta, Raynard? —preguntó un guardia que se había revuelto en su montura al oír las atroces amenazas de su amo—. Dale un momento más.

Mina pestañeó en dirección de su salvador momentáneo y este le sonrió.

—Ha sido buena gente la que vivió aquí, milord —le dijo, limpiándose las lágrimas que corrían por sus mejillas—. Amigos que murieron sin que tuviera tiempo de despedirme de ellos como lo merecían. Estoy segura de que usted también habrá perdido amigos.

Como el caballero le respondió con un gesto afirmativo, ella prosiguió:

—Hay un barril del mejor vino de mi señor en un rincón de la cocina. Uno de sus hombres podría buscarlo… —Mina apresuró su discurso cuando lo vio sacudir la cabeza—. No sería mucha la demora, y tal vez —agregó con una cálida sonrisa— usted querría que compartiéramos un brindis en su memoria.

—¿Por qué compartirías un brindis con los hombres que han dado muerte a tus amigos? —la pregunta provino de Raynard, desconfiado.

Mina se volvió hacia él, bajando la vista sumisamente, en dirección de sus propias manos:

—Yo no tengo nada contra ustedes. Solo obedecían órdenes. Podemos dejar que el vino se estropee, pero sería una verdadera pena. Lord Kou no se cansaba de ponderarlo.

—Albert, ve a buscar el vino. Y date prisa —ordenó el guardia.

—Más vale que sea tan sabroso como dices —advirtió Raynard. Se pasó el dorso de la mano por los labios, mientras Mina se lo aseguraba. Una cosa que ella tenía bien sabida era que los guardias rara vez dejaban pasar la oportunidad de beberse unas copas, ni sabían resistirse ante la perspectiva de una muchacha indefensa.

Ella había volcado la estricnina en el barril por la mañana, cuando Dermott se dirigía a los hombres que saldrían para Devonshire. Tenía la intención de envenenar a Dermott, pero este había rechazado todos sus convites.

A ella le desagradaba la idea de dar muerte a tantos hombres, pero era lo único que podía hacer para salvar a sus amigos y quedarse en Graycliff.

Cuando Albert regresó con el pequeño tonel, Mina hizo un comentario elogioso sobre la premura con que había vuelto, sin dejar de endilgarle otra insinuante sonrisita al primer guardia.

—¿Cuál es tu nombre? No recuerdo haberte visto en Devonshire.

—Yo soy Brody, milady.

—¡Ah, Brody! Me temo que tendremos que beber directamente del pico.

—Albert, maldito: no has traído copas —le reprochó Brody.

—Alcánzame el condenado tonel —Raynard se lo arrancó de las manos a Albert—. ¿Desde cuándo nos hacen falta copas?

—Sir Raynard —lo interrumpió Mina, justo cuando quitaba el tapón del pico y lo inclinaba hacia su boca—. ¿No estará olvidando el brindis?

—Muy bien, pues: por los caídos —dijo, antes de empinar el barril y disfrutar de un prolongado trago.

—Por los caídos —murmuró Mina, a quien le corría un lagrimón por el carrillo. Después susurró—: Jamás podré olvidarlo.

—Ella tiene razón. ¡Es delicioso!

Raynard bebió dos veces más y se pasó la mano por la boca. A continuación, le alcanzó el vino a Albert, que también bebió en abundancia. Tres hombres más lo hicieron antes de que Martin, un guardia que conocía a Mina de Devonshire, le ofreciera el vino:

—Recuerdo que una vez volcaste un envase de tinta de escribir dentro del aljibe de Dermott. Me lo contó Sylvia, una noche, mientras compartíamos la cama. Toma, bebe tú primero.

Raynard se ofuscó, y se pasó el dedo por la dentadura. Al ver que no había señales de tinta, sonrió.

Mina se llevó el pico a la boca y lo taponó con la lengua, para evitar que el líquido fluyera. Simuló que bebía, y llegó a fingir que se había atragantado.

Brody tomó el barrilito y le palmeó la espalda:

—No se resista. Simplemente deje que vaya bajando.

Ella asintió y se secó los ojos:

—Está fuerte.

Brody le hizo un guiño y comenzó a beber.

—¿Estabas tú con tu señor cuando mató a mi marido? —Él dejó a un lado el barril, e hizo un ademán afirmativo; aunque parecía avergonzado—. En ese caso, puedes beber a su salud —propuso Mina, que se quedó mirando cómo lo hacía, sin sentir lástima, ni sentimiento alguno.

—Dense prisa —ordenó Raynard, a medida que el barrilito iba pasando de mano en mano—. Ya hemos perdido demasiado tiempo. Brody, parte con ella. Nosotros te daremos alcance luego.

—Espero que no se propongan revisar los baúles de milord —los reconvino Mina. La estricnina demoraría un rato para hacer efecto. Ella tenía la esperanza de que murieran revolviendo las habitaciones de Yaten, antes de que bajaran al sótano—. Estoy segura de que lord Dermott ya se habrá llevado todo el oro.

—¿Oro? —Raynard arqueó las cejas y, después, se pasó varios minutos discutiendo la forma en que dividirían los despojos entre todos. Finalmente, el grupo de Mina y el de Raynard se separaron.

Iban por un gigantesco sendero de cornisa, con el mar embravecido debajo, cuando Albert se tomó el vientre y rodó del caballo. Martin empezó a gritar que ella debió de haberlos envenenado. Otro jinete volvió su monta hacia Mina, que venía detrás, pero el animal perdió pie y se despeñó por el acantilado.

Mina ni siquiera pestañeó al oír sus alaridos. Tomó con firmeza las riendas, lista para voltear su caballo, cuando se topó con la mirada de Brody.

—Ustedes me arrancaron la vida. Ahora estamos a mano.

Él la miró sin comprender.

—Lo siento —susurró Mina y agitó las riendas, para salir huyendo.

Cuando llegó a Graycliff, bajó de un salto del caballo y entró a toda velocidad en el castillo. Fue directamente a la cocina, recogió lo que necesitaba, y se precipitó escaleras abajo hasta el sótano. Casi tropezó con el cuerpo de Raynard, que yacía exánime.

—¡Lita! —llamó—. ¡Talard! ¿Dónde están?

—¡Mina, por aquí! —las voces la llamaban desde el fondo de un mustio corredor, hasta una gruesa puerta, con una ventanita de rejas.

—¿Están todos bien?

—Sí —respondió Talard, con la voz grave y áspera, porque estaba sediento—. Pero lady Lita se descompuso esta mañana. ¿Has traído agua?

Non. Traje algo mejor. Lita, ¿qué es lo que pasa?

—Creo que estoy embarazada, Mina —repuso.

—¡Por el amor de Dios, te sacaré de allí ahora mismo!

—¿Cómo? ¿Acaso tienes la llave? —los ojos oscuros era todo lo que se veía del rostro de Talard.

Non. Pero tengo esto —anunció, mostrando un delgado cuchillo para cortar filetes.

—¿Qué es?

—La cocinera lo utiliza para filetear pescado. Nos debería servir —dijo, en tanto hurgaba frenéticamente en la cerradura—. Es algo que he hecho muchas veces, en el pasado.

Otro rostro hizo su aparición detrás de la puerta. Era Douglan.

—Buen trabajo, milady. No se apure tanto.

Ella asintió, haciendo girar la pieza metálica que tenía entre sus dedos.

—¿Cómo haremos para salir del castillo? —preguntó Lita, que estaba algo más atrás.

—Los hombres de Dermott no están —les informó Mina—. La mayor parte de ellos partió esta mañana y yo maté a los restantes.

Escuchó murmullos de confusión y esperanza dentro de la mazmorra, hasta que Talard preguntó:

—¿Cómo diantre has hecho para matarlos?

—Con veneno.

Ella trabajaba con diligencia, tratando de mantener la calma, mientras su corazón parecía a punto de estallar entre sus costillas. Cuando escuchó el sonido que le indicaba que había saltado la cerradura, faltó poco para que perdiera el sentido. Tomó aliento y abrió la puerta de un tirón.

Enseguida, estuvo envuelta en sucesivos abrazos con Talard, Douglan y Lita. Le impactó el aspecto desvalido de los sirvientes que habían quedado con vida. Estaba Beth, que le sonreía. También un pequeño número de guardias de Yaten. Muchos habían viajado con él a Winchester, pero Dermott había dado muerte a más de cincuenta de los que habían quedado en el castillo.

—¿Dónde está Amy? —Lita sacudió a Mina por los hombros—. ¿No queda nadie más que nosotros?

Douglan se hizo cargo de la situación al advertir la alarma en la voz de lady Lita y la tranquilidad que transmitían los ojos de Mina. Guió a todos hacia las escaleras. Palideció cuando se encontró con el guardia muerto y volvió a preguntarle a Mina si estaba segura de que todos los hombres de Dermott se habían ido. Entonces, ordenó:

—Byron, llévate a Henry y Edward, y corran a Winchester. No pierdan un instante. Informen a lord Kou acerca de lo que ha sucedido aquí…

—¿Entonces, no lo saben? —Mina los confrontó, con su enorme pena reflejada en los ojos y la voz hecha un hilo—: Yaten ya no está. Kunzite Dermott lo mató.

Lita se detuvo, a punto de sufrir una descompostura. Talard y Douglan se negaron vehementemente a admitirlo.

—Rei fue su cómplice. No sé por qué. Ella también está muerta.

Mina se expresaba sin emoción. Se sentía completamente vacía. Observó que algunos lloraban.

—Mina —Lita la abrazó—. Ven, querida. Te acompañaremos a descansar en tu cama.

—No. Aquí no podemos quedarnos.

Mina miró a Talard, asombrada.

—Por supuesto que sí. Les he dicho que Dermott y sus hombres se han ido.

—Podrían regresar, y nosotros no tenemos bastantes…

—No me iré de Graycliff, Talard —insistió Mina, con firmeza—. Su espíritu está aquí y no lo dejaré.

—Usted es la mujer del hombre a quien juré lealtad. Aunque haya muerto, es mi deber protegerla. No puedo dejarla aquí. Retornaremos después de ver al rey, milady. Perdóneme usted.

Sin decir una palabra más, se la echó al hombro y la sacó de su hogar.

El lugar más indicado para buscar refugio eran las cuevas a la orilla del mar, que era precisamente el único lugar de la tierra donde Mina quería estar. Allí podía sentir el recuerdo de Yaten. Percibiría su aroma en ese mundo mágico. Podría ver su rostro tallado en las rocas, escuchar su voz en el rugido del mar.

Pero las cuevas eran un amparo demasiado evidente. Aunque Mina quisiera negarlo, Talard tenía razón. Cuando los hombres de Dermott no llegaran con ella a Ely, otros vendrían a buscarlos. Sin embargo, Talard demoró dos días para convencerla. Dos días que pasó deambulando por la arena, atisbando sobre la superficie reluciente del océano, a la espera de que su amado regresara desde los confines del universo. Oh, si eso fuera posible, ella se quedaría esperándolo allí para siempre.

Su pesar aumentaba cada día. Cada momento que él faltaba era peor que toda una vida de servidumbre. Había ocasiones en que la profundidad de su sentimiento la sorprendía, como si su corazón no le perteneciera a ella, sino a otra persona. Ella amaba a Amy y tenía un profundo sentimiento por Lita. Pero, al haber perdido a Yaten, su amor por él le pareció algo nuevo y diferente. La necesidad que sentía por tenerlo a su lado la estaba enloqueciendo. Él se había metido dentro de su mundo, su corazón y su alma. Estaba en su sangre, en sus sueños y en sus lágrimas.

—Extraño tu mirada —gritó en dirección del mar. Pero no obtuvo respuesta. Nunca había una respuesta.

Al repasar su sufrimiento, se dio cuenta de que nunca le había dicho que lo amaba. Una sola vez le había sugerido que podría estar a punto de enamorarse. Había tenido miedo de entregarle su corazón. Pero él lo tomó, y luego desapareció.

—Una sola oportunidad, Dios mío. Dame una sola oportunidad más —rogó, arañando la arena con sus dedos, que ansiaban tocar el rostro amado.

Así la encontraba Talard cada mañana, sobre la arena, con el corazón desgarrado y en silencio, mientras la marea la empapaba.

—Lita necesita asistencia, Mina. No podemos permanecer aquí.

—Yo no puedo partir —se empecinaba.

Era la mujer más hermosa que Talard había conocido, pero esa frágil y encantadora criatura se estaba destrozando ante su vista, y él no sabía cómo impedirlo. La veía desde las cuevas, cuando ella recorría la orilla del agua, con los brazos cruzados contra el pecho, como si quisiera envolverse en un abrazo afín al que tanto extrañaba. Quedó maravillado con su cabello, surcado por llamaradas de luz, suaves y lustrosas ondas que caían sobre su triste rostro, mientras oscuras ojeras aparecían alrededor de sus grandes ojos dolientes. Talard sonrió cuando se le hizo presente aquella vez que recorrió el castillo con hipo, anunciando que estaba a punto de resfriarse. Eso era todo lo que quedaba de Mina. Un recuerdo. Todavía estaba allí, pero había quedado vacía como los caracoles esparcidos en la arena. Como un hogar para el alma que alguna vez la habitó.

—Venga, milady —dijo, ayudándola a incorporarse—. Debemos irnos.

Non —susurró, pero no impidió que la sostuviera.

Talard jamás imaginó que Mina intentara fugarse. Pero ella era una experta en el arte de la huida. Y desapareció.


¡Vaya capítulo! No sé qué les pasó a ustedes pero a mi me dio mucha pena todo lo que sintió Mina. ¡imagínense! Asesinaron al hombre que amaba, ¿cómo seguir sin él? Bueno, en el próximo capítulo veremos cómo logra sobrellevar la pena y también sabremos qué pasó con Amy.

Espero que lo hayan disfrutado y dejen sus comentarios.

Cariños y nos vemos en el próixmo!