Atrápame Si Puedes

Capítulo 11

Junto al Mar, tu corazón se une con el mío

Yaten exploró toda la comarca, pero Mina seguía inhallable. Buscó durante días enteros, a pie y a caballo, sin descansar, pero no la encontró. No hablaba con nadie y nadie se animaba a acercarse para hablar con él. Amy solo lloraba, prendida al torso de Taiki, desconsolada por el tormento que embargaba a Yaten, cuando regresaba al castillo tras cada nueva frustración. Al cabo de una semana, Yaten llamó a Talard a su habitación. Sonrió al escuchar el relato de cómo Mina los había rescatado de la mazmorra. Pero cuando Talard pasó a relatar cómo ella pasaba los días deambulando sola por la orilla del mar, Yaten se cubrió el rostro y se pasó los dedos entre el cabello, como si deseara arrancárselo.

—Ella regresará, milord —intentaba convencerlo Talard.

Non, porque piensa que he muerto. No volverá. Y yo debo encontrarla. Que cada hombre que tengamos busque en cada pueblo, en cada aldea, de aquí hasta Escocia, si es necesario.

Mina caminaba por la orilla del mar, recogiendo caracoles y guardándolos en los bolsillos de su falda. Iba descalza por la arena mojada, encantada con la sensación que le producía entre los dedos de los pies. Canturreaba una canción acerca de un bello hombre que había partido para la guerra y luego volvió junto a su amada. Así se sentía reconfortada. El mar también le proporcionaba sosiego.

Una gaviota sobrevolaba a baja altura y ella elevó la vista para observarla.

—Bienvenido, pajarraco —le gritó—. ¿Tienes hambre? Ven, sígueme y te daré de comer. —Giró y retornó a las cuevas—. Temo que me esté faltando el pan, amiguito. Hace rato que no tomo por asalto el castillo. La última vez, habían regresado algunos de los hombres y hablaban entre ellos de Hereward the Wake. No puedo regresar todavía. Pero no he sentido mucha hambre últimamente.

Volvió a mirar, y la gaviota ya no estaba. Arrugó el entrecejo al sentirse devorada por una sensación de abandono.

—Quizá deba pasar por la aldea —dijo, hablando sola—. Necesito comida.

Hizo un ademán de afirmación con la cabeza y desapareció en el interior de una de las cuevas, en las profundidades del murallón de pizarra. Reapareció un momento después, calzando sus zapatillas de cuero y con uno de los sedosos velos de Rei envolviéndole la cabeza y el cuello. Atravesó un pequeño sendero arenoso, saltó por encima de un peñón y se agachó al divisar a un pescador que acarreaba sus redes hasta la orilla del agua.

No era un trayecto muy largo y a Mina le divertía trepar por las pendientes y las rocas con aristas agudas. Sus pies diminutos le permitían moverse deprisa, ágil como un gato, y desaparecer al divisar a otra persona o ante cualquier ruido inesperado. Incluso, había tenido la habilidad de escabullirse por las pendientes, sin que la vieran, al escuchar el tropel de los jinetes de Dermott, de regreso de la aldea, hacía un par de noches.

Se había metido en el fondo de las cavernas cuando la buscaban. El monstruo había demostrado inusual tenacidad, porque enviaba el contingente tras ella casi a diario. Después de un tiempo, llegó a tener miedo de salir de su cueva. Pero esa mañana no se sintió amenazada. Sonreía para sus adentros, llena de satisfacción por su destreza para elegir las conchillas que canjearía por comida, y que hacía cascabelear en su bolsillo. Al llegar al sendero de tierra que la conduciría a la aldea, se detuvo. Era el lugar más peligroso de todos. Atravesaba un espacio abierto a ambos lados, transitado constantemente por jinetes.

Al ver que no había nadie, se atrevió a cruzar de una corrida.

Antes de entrar en la aldea, se ajustó el velo, para cubrir no solamente su rostro, sino su cabellera. Había muchas personas que podrían reconocerla, aunque ella no creía que la delatarían. Pero no había razón para correr riesgos innecesarios.

Toneles llenos de arenque, pez espada y tiburón estaban alineados frente a las casas. Los hombres reparaban sus redes y las mujeres deshuesaban los pescados bajo los rayos del sol. Dondequiera mirase, se veía a las familias trabajando y a los niños jugando entre las rocas. Se escuchaba la música, flotando en la brisa salobre, mientras que los hombres bebían y contaban historias sobre criaturas fabulosas que habían visto en el mar. Las risas permeaban el aire, llegando a hacer que Mina incluso sonriera, aunque las pequeñas alegrías que habían matizado esos últimos días siempre contrastaban con la pena mucho mayor que le provocaba la ausencia de Yaten. Ella supuso que nadie había informado a los aldeanos que su señor ya no existía.

Mina pasó entre una bandada de gansos que comían el grano desparramado, para llegar a la casita de Lizzy Somers, con quien canjeaba sus conchillas a cambio de agua dulce y una hogaza de pan.

Con sus bártulos a cuestas, emprendió el camino de regreso, sin ahorrarse las lágrimas de todos los días.

Al cruzar el sendero sin mirar, casi la aplasta un caballo de guerra. El pan se le cayó y se volcó el agua. También su bufanda se soltó, dejando al descubierto su cabeza. Se incorporó aturdida y oyendo unos gritos atroces.

En realidad, no eran gritos de terror, sino de puro alivio y exaltación.

—¡Mina! ¡Gracias a Dios! ¡Qué bendición!

Amy saltó del caballo y Taiki la siguió, sin soltar el impresionante caballo que había derribado a Mina, debido a su imperdonable descuido.

—¡Amy! —Mina se frotó la cabeza, para asegurarse de que no estaba soñando—. ¿Amy? ¡Amy! ¡Oh, oh! —y abrazó a su amiga que lloraba como una criatura que se reencontraba con su madre. Al verlas, el mismo Taiki se emocionó.

Ayudó a Mina a ponerse de pie, cuando Amy puso fin a los besos y abrazos. Ninguna de las dos muchachas cabía en sí del gozo, habiendo creído que nunca volverían a sonreír.

—Te hemos buscado sin pausa.

A ella le pareció increíble que estuvieran realmente allí. ¿Eran ellos? ¿Era esa su amiga?

—Te he extrañado muchísimo.

Lloraba y reía a un tiempo, y volvió a abrazarse con Amy.

De pronto, se acabó su alegría y se puso tiesa. Mirando sobre el hombro a Taiki, la acometieron antiguas penas y las viejas oleadas de dolor.

—¿Estuviste tú con Yaten cuando murió?

Sin parar de sonreír, como si fuera tonto, Taiki sacudió la cabeza:

—Pues no ha muerto, mi querida señora.

Mina casi no lo oyó, atormentada por imágenes del cuerpo quebrado de Yaten, abandonado en algún solitario camino. Dejó a Amy y dio un paso hacia el caballero sonriente. Parpadeó y susurró, como si no hubiera comprendido:

—¿Qué?

—He dicho que Yaten no ha muerto. Pero lo estará si no le das la oportunidad de dar con tu paradero.

Mina pestañeó y una lágrima solitaria corrió por su mejilla. ¿Podría animarse a creer lo que estaba oyendo? Era demasiado para su corazón. Tropezó, pero Taiki la sostuvo y le dijo con ternura:

—Ha enloquecido de pena sin ti y pronto nos contagiará a todos.

Ella se aferró a las mangas de Taiki. Era incapaz de mover un solo músculo, salvo el de su labio inferior, que no paraba de temblar. De pronto, tomó conciencia de lo que estaba pasando, se recogió la falda y comenzó a correr.

Non, para allá no —gritó Taiki, viéndola salir en dirección al castillo—. Te espera junto al mar.

Sin darle las gracias, Mina cruzó el sendero, en el sentido opuesto, como un gorrioncito que sale volando tras haber recobrado la vida y la libertad. Su corazón se aceleró y le dio alas, mientras sus zapatillas casi no pisaban el suelo. ¡Estaba vivo! Los colores adquirían una nueva vigencia con la noticia. ¡Vivo! Las gaviotas chillaban en lo alto y ella les respondía de igual modo. ¡No había muerto! Bajó una empinada cuesta de un salto, para abreviar la distancia, y desplegó los brazos para suavizar el impacto de su caída. En la arena tibia, se quitó las zapatillas, arrojándolas para festejar con las gaviotas.

Exploró el horizonte, pero no lo divisó. Entonces, corrió hacia el rompiente; en alguna parte debía estar.

—¡Yaten! —gritó, y lo vio en el agua, remando con sus ciclópeos brazos en las profundidades que le pertenecían—. ¡Yaten! —repitió, corriendo con toda la rapidez que sus pequeños pies le permitían—. ¡Oh, gracias, Dios mío! ¡Gracias, gracias!

En medio del ruido ensordecedor del rompiente, Yaten no la había escuchado todavía. Como una gigantesca bestia reluciente, surgió de entre las olas, cabeceando, para escurrir su cabellera. Cuando oyó un grito, similar al chillido de las gaviotas, echó un vistazo sobre la costa.

—¡Yaten! —Mina agitaba los brazos por arriba de su cabeza y saltaba sin cesar. Y enseguida echó de nuevo a correr.

Yaten vio a su amada volar hacia donde estaba él, con los cabellos desplegados como si fueran alas al viento. La voz se le quebró por la emoción y le pareció que estallaría su corazón, del júbilo que le producía el bello rostro de su mujer. Ella había estado libre, libre para volar, para no volver y, sin embargo, venía volando hacia él. Yaten rió cuando la vio llevarse por delante las olas, incapaces de detenerla, a pesar de su poderío.

Él le tendió los brazos y la acogió con ternura, mientras ella repetía su nombre incesantemente, como si no quisiera oír otra palabra más que esa durante el resto de su vida.

Yaten la acarició y la estrujó entre los brazos.

—¡Dios mío! ¿Dónde has estado, mi amor?

Con el rostro apoyado contra el vigoroso latido del corazón de Yaten, Mina se descargó llorando agradecida por el contacto de sus manos, sus brazos, su voz, envuelta por ese sentimiento de amor que había querido negar durante tanto tiempo. Levantó la vista para mirarlo. Le faltaban las palabras, pero veía sus ojos. Sus ojos, que la absorbían como si ella fuera esa brisa salobre, tan natural para él.

—Amadísimo mío, he estado a orillas de un bellísimo mar, surcado de rayos plateados de luna. Y ya no tuve miedo de su poderío. Pero me entristecía el hecho de que las olas hubiesen amainado.

Yaten observaba su boca, mientras Mina le hablaba. Tomó el rostro entre sus manos, ansioso por besarla, y por escuchar las palabras que le dijeran lo que veía en sus ojos.

—Estaba sereno, Yaten —continuó Mina—. Me faltó la oportunidad de confiarle en un susurro las palabras que hubiera dado mi vida por decir. Te amo, Yaten. No te imaginas cuánto te amo.

El aliento de ambos se mezcló, preludiando un beso insuflado del fuego de su corazón; un beso que era solo para él, tan avasallante como el mar que rugía alrededor. Él era pura roca y sal, y cálido como la arena. La alzó en sus brazos y la llevó a la costa. Se dejó caer de rodillas y la depositó sobre la arena húmeda. Y allí se quedaron, besándose, acariciándose, amándose.

La risa de los dos fue recogida por el viento y llevada hasta las almenas de Graycliff, donde un anciano cuidaba los muros del castillo. No podía ver casi nada, pero escuchaba mejor que cualquiera de los guardias. Inclinó su cabeza en la dirección de donde provenían los sonidos del mar y, luego, levantó sus ojos sin vista hacia el cielo:

—Gracias —murmuró—. Ahora, ¿sería mucho pedir que también tuviera a esa ruidosa gallina dorándose en el asador esta noche?

FIN