Atrápame Si Puedes

Capítulo 2


En un rincón del gran salón habían sido congregados los sirvientes de Devonshire, que intercambiaban susurros alarmados. Kunzite Dermott los había reunido, pero sin que recibieran otra información que la que ya era de conocimiento general. Su amo había sido envenenado. Al parecer, lady Beryl La Salle compartía su lecho y, al despertar, fue quien lo encontró muerto.

—¿Cómo saben que fue envenenado? —preguntó Margaret a los allí reunidos—. Tal vez su corazón haya estallado después del encuentro con la noble prostituta. Yo la escuché ofrecerse por segunda vez a lord Kou. Me juego el trasero que cualquier mujer capaz de completar dos vueltas con ese potro sería capaz de reventar a un sapo inflado como nuestro amo.

—Mina —preguntó Amy—, ¿crees que es posible que una mujer mate a un hombre por obligarlo a esforzarse en la cama?

—No lo sé —replicó, con indiferencia, sin dejar de observar la puerta, temiendo que Yaten se presentara y la declarase culpable. Ella había observado cómo él entrecerraba los ojos, cargados de sospecha, al contemplar los frascos de la estantería. Sabiendo lo que ella había hecho con la bebida del barón Landry, podría suponer que hubiera envenenado, de igual modo, a su amo.

—Mina, ahora Kunzite Dermott será nuestro señor y ya sabemos cuán cruel suele ser.

Mina palmeó la mano de su amiga, para reconfortarla ante un pensamiento tan aterrador. Ella no padecería esos sufrimientos: non, si la suerte la acompañaba, se habría descolgado hasta el patio, desde la ventana, antes del anochecer. Se permitió condenar a Yaten de Kou. Si hubiera estado durmiendo, como todos los demás, Amy y ella ya se encontrarían a mitad de camino a Escocia.

Cuando se abrió la puerta, un silencio sepulcral reinó en el salón. Primero, ingresó Kunzite Dermott, estirando los pasos hasta el centro del salón. La ropa de dormir se veía desordenada debajo del pantalón, calzado de apuro. Luego, entró Yaten, acompañado por Taiki y siete guardias del palacio. Sus pisadas resonaban en los oídos de Mina. Sus miradas se cruzaron, pero eso no la tranquilizó.

—Mi hermano ha sido asesinado —la voz de Kunzite Dermott estalló en medio del silencio expectante—. Se halló una copa de vino en su habitación. Cuando se la dieron de beber a un cerdo, mezclada con su ración, el animal se desplomó y murió al poco tiempo.

Alguien lanzó un grito apagado, a la derecha de Mina.

—Sospecho que uno de ustedes…, y tomaré medidas…

—Se lo dije, Dermott —resonó la voz poderosa de Yaten, ahogando el discurso del otro—, todos los que están en este castillo son sospechosos, incluidos los señores y las damas que aún no fueron interrogados.

Dermott no fijó la vista sobre Yaten, pero cerró los ojos e hizo rechinar los dientes con impaciencia.

—Conde Kou, usted, más que nadie, debería saber que ningún noble sería capaz de cometer semejante tropelía.

—No es así. A despecho de sus títulos, los hombres son capaces de hacer muchas cosas, incluso traicionar a su rey.

—Perdone —dijo con una risita burlona—, olvidaba que, entre quienes me escuchan, estaría el protector de los sirvientes.

—Usted está hablando con el emisario del rey y el comandante del ejército real.

Las palabras de Yaten fueron dichas con tanta autoridad, que dos de las sirvientas presentes le hicieron impensadamente una reverencia.

Las facciones de Dermott se endurecieron. El puerco normando había avergonzado su nombre, desafiando a Jedite ante la concurrencia, nada menos que con motivo de una sirvienta. Ambos pagarían por ello. Si Jedite le hubiera permitido disciplinarla, Mina se estaría arrastrando a sus pies, preñada con su tercer bastardo, en lugar de permanecer allí de pie, a la espera de que Kou saliera nuevamente en su defensa. Bien, esa sería la última noche que alguien lo hiciera. Jedite le había impedido castigar a la muchacha y arrastrarla a su cama solamente porque prefería hacerlo él. Ahora, su hermano estaba muerto y Mina le pertenecía; pero debía enfrentarse con Kou. ¿Hasta qué punto estaría dispuesto a defenderla, si se lo impidiera un mandato del rey? Se trataba de un plan realmente ingenioso. Si él acusaba a Mina del asesinato, podría hacer con ella lo que quisiera mientras durara la investigación, y nadie tendría facultades para protegerla, ni siquiera ese normando. Kunzite sólo lamentaba que Kou no pudiera presenciar el espectáculo.

—Entonces, en calidad de emisario del rey —dijo con una sonrisa astuta—, usted estará al tanto de lo que dice la ley. Puesto que soy el hermano de la víctima, tengo el derecho de castigar al asesino. Le exijo formalmente que no interfiera con la aplicación de la justicia. Entre estos sirvientes, hay uno que le ha quitado la vida a mi hermano.

Volvió la vista hacia Mina:

—He visto sus ojos llenos de odio, esta noche. Ella se regocijó cuando usted humilló a mi hermano. En dos oportunidades se la escuchó expresar el deseo de que su amo muriera, después de haber sido castigada por insolente. Yo mismo he enfermado tras haberla reconvenido. Por Dios, mi hermano no quiso escuchar mis advertencias con respecto a esta traidora.

—¿Tiene pruebas para sostener lo que está diciendo? —preguntó Yaten.

—Yo la conozco; usted, no.

Yaten echó un vistazo a Mina y le sonrió. Tenía planes para remediar la situación, pronto. Se dirigió a Dermott:

—Eso no basta, y en vista de que sus acusaciones están basadas únicamente en su orgullo herido, me encargaré de defenderla.

Yaten era consciente de que quizás iba demasiado lejos en su intento de proteger a Mina. Todos los indicios apuntaban a ella. Él no sabía nada sobre ella, salvo que a los ojos desprevenidos de cualquiera aparecía como una muchacha completamente dócil y manejable. Sin embargo, se había vengado de Landry como una consumada asesina. Después, se había descolgado y dejado caer de una soga mal asegurada, para huir de un hombre a quien ciertamente temía y odiaba. ¿Por qué no habría de asegurarse de que jamás la atraparía, dándole muerte? La lógica indicaba que lo más probable era que fuese culpable, pero a Yaten no le importaba. Se había propuesto poseerla y no permitiría que Kunzite Dermott, ni un asesinato, se lo impidieran. El ruin gusano probablemente estuviera al tanto de que la ley insistiría en que se hiciera una prolija investigación del caso, que demoraría muchos meses.

Si a Dermott le daban los tiempos para solicitárselo al rey, Mina podía recibir la orden de permanecer en donde estaba, hasta que su inocencia quedara demostrada. Yaten no lo permitiría. Culpable o no, él la deseaba. Oui, la expresión combativa de sus labios lo excitaba al imaginar qué zona de su cuerpo podrían saborear. Era necesario que la sacara de Devonshire, cuanto antes.

—Su grave preocupación por que se haga justicia no quedará desatendida, Dermott —declaró, con la esperanza de que su plan funcionara—. Yo me ocuparé personalmente de investigar el asesinato. Mi capitán de la guardia, sir Taiki DeGarge, saldrá de inmediato hacia Graycliff, para convocar a doce de mis hombres más astutos. En cuanto llegue de regreso con ellos, comenzaremos a interrogar en primer lugar a los nobles, pues doy por sentado que, para entonces, tendrán más prisa por partir de Devonshire.

—Los… —las palabras empezaban a cobrar forma en los labios de Kunzite Dermott, pero no se dejaban oír. Su incomprensión ante lo que estaba sucediendo pronto dio lugar a la ira—. ¿Usted pretende que retenga a condes, barones y duques, en calidad de prisioneros en el castillo de mi hermano, hasta que su caballero regrese de su cabalgata a Dover?

—No los considere prisioneros. Pídales sencillamente que permanezcan aquí. Solo si se niegan los trataremos como prisioneros.

Yaten sabía que se trataba de una sugerencia riesgosa. Cada uno de los nobles allí presentes se quejaría formalmente con el soberano por haber sido retenido en el castillo, tan pronto como se le permitiera partir. Rogó que el hermano de Jedite Dermott comprendiera que la prolongada estadía de tantos invitados acabaría con las reservas financieras de Devonshire. Y si la pérdida económica no lo afectaba, tal vez la de su honra, sí.

—Supongo que, al cabo de un par de años, sus pares le perdonarán que los haya tomado por asesinos.

—Milord, no estará hablando en serio. Enviaré una carta al rey y…

—Aguardará la respuesta —concluyó Yaten, hablando por él—. Eso ha de demorar algo más que un par de noches. Si me veo obligado a permanecer aquí una quincena, aguardando la respuesta, ¿qué otra cosa he de hacer, si es mi deber?

El pánico surcó el rostro de Kunzite, enrojecido.

—Podemos interrogar a las personas de servicio ya, mientras permitimos que el resto se marche. Cuando aparezcan sus hombres, tendrán tiempo para proseguir los interrogatorios en los castillos de los lores.

Yaten lo pensó por un instante, y luego sacudió la cabeza.

Non. Estaríamos de viaje durante muchos meses; a lo mejor demoraría un año encontrar al asesino. Usted seguramente no querrá dejar pasar tanto tiempo sin dar con el bribón, para ponerlo a disposición de la justicia.

—¿Usted haría todo esto sólo para proteger a una asesina? —Dermott hablaba entre dientes, de tanto que apretaba la quijada—. No permitiré que se mancille mi nombre, ni que se me lleve a la ruina porque usted insista en…

—No dé por sentado que se trata de una asesina. Pero la investigación podría acabar pronto. Lo primero que debemos hacer es determinar quién se beneficiaría con la muerte de su hermano. Usted tiene intención de dirigirse al rey Haruka para solicitarle que lo nombre lord de Devonshire, ¿no es verdad?

—Este es un crimen por venganza, no para obtener ventajas —aclaró Kunzite, al comprender la tácita amenaza de Yaten.

—Se trata de algo que falta esclarecer —retrucó Yaten. Se volvió para observar a los sirvientes—. Me ocuparé de que todos sean tratados equitativamente, sin importar cuánto demore. Nos aguardan días difíciles.

Atravesó el salón a grandes zancadas, cuando lo detuvo la voz de Dermott. Antes de volverse hacia él, Yaten dejó escapar un resoplido.

—Lord Kou, valoro su empeño para llevar… —sus labios se tensaron, mientras se resistía a reconocer que había sido derrotado— al asesino de mi hermano ante la justicia. Pero debe de haber otra manera de hacerlo.

Yaten se llevó el índice a los labios y se quedó pensativo.

—Se me ocurre una idea: el rey Haruka estará de regreso en Inglaterra dentro de algunas semanas. Cuando reúna a su corte, los principales vasallos deberán concurrir. Podrán informarle acerca de lo sucedido esta noche. Ninguno que sea inocente podrá ofenderse, pues deberá presentarse de cualquier manera. Y, seguramente, le dará gusto poder colaborar con el esclarecimiento del asesinato.

Dermott fijó su mirada furiosa sobre Yaten. Su jugada le había salido mal, pero ya no importaba: el comandante del rey había decidido que todo el mundo permaneciera en el lugar. Es cierto que Dermott pudo haber fingido que aceptaba que los setenta nobles se quedaran, para ver lo que Kou hacía a continuación. Pero, al no saber hasta qué límite estaba dispuesto a forzar las cosas el normando, prefirió dar el brazo a torcer. Lo que más enfurecía a Dermott era que a Yaten no parecía importarle que su plan quedara a la vista de todos. El arrogante demonio se había quedado sonriendo muy tranquilo, a ver si Dermott se atrevía a desafiarlo para que las cosas se hicieran a su modo. Kou no le dejaba ninguna alternativa, pero le cabía un consuelo: por la mañana, se habría ido y no quedaría nadie para impedirle que llevara a Mina a su cama.

—Le doy las gracias por haber resuelto este tema sin promover ninguna catástrofe, lord Kou. Pero falta un detalle. ¿Quién interrogará a los sirvientes?

Con una amplia sonrisa, Yaten se dirigió a los allí reunidos:

—Lo hará su protector. Me encargaré de ello por la mañana, antes de partir.

—Pero ya es casi de día, milord —observó Maeve.

—Es verdad. Lo haremos ahora, y verán ustedes con qué rapidez —Yaten confrontó al hombre que lo miraba con rabia—. Un detalle más: Mina y Amy vendrán conmigo a Dover.

—¡No, no puede hacer eso! Su inocencia no ha quedado comprobada.

—Si usted se niega a dejarlas partir, no me quedará otra alternativa que dejar sentado el antecedente, y entonces le aseguro que tendrá que entregármelas. ¿Acaso se rehúsa?

—Ha vencido hoy, pero volveremos a encontrarnos —rugió Dermott—; se lo aseguro.

—Espero que sea muy pronto —dijo Yaten, fijando su dura mirada sobre Dermott, mientras hurgaba en un bolsillo de su túnica con los dedos—. No soy ladrón —añadió, alcanzándole dos monedas de plata, una por cada una de las mujeres que se llevaba, y abandonó el gran salón.

Mina tenía ganas de llorar. Los ojos se le nublaban, y eso le provocaba una profunda indignación. No había llorado desde el día que su padre la abandonó y se juró que nunca volvería a hacerlo.

Pero en un mismo día estuvo dos veces al borde de las lágrimas, y la culpa era de Yaten Kou. La pérdida de su libertad era una buena razón para llorar, pero la imagen de Yaten poniendo en su sitio a Kunzite Dermott y saber que estaba dispuesto a defenderla, aun creyéndola culpable, le daba deseos de pasar el resto de su vida cantándole tiernas canciones. Seguramente, las pondría en libertad cuando hubiesen salido de Devonshire. Hasta se atrevió a imaginar que el "protector de los sirvientes" las acompañaría adonde quisieran ir. Pero entonces las había comprado a las dos. ¿Cómo no llorar? Las canciones se apagaron en su corazón e hizo rechinar sus dientes, al salir del salón.

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Yaten estudiaba las facciones de Mina mientras permanecía sentada, en silencio. Al bajar la vista, contempló los pliegues de su falda y sus dedos despellejados, que estrujaba nerviosamente.

—¿Tú lo hiciste?

—¿Qué cosa, milord?

Él observaba detenidamente sus manos.

—¿Tú envenenaste a Jedite Dermott, Mina?

—Yo estaba con usted, milord.

Yaten se pasó las manos por el rostro y trató de mantener la calma. Ella estaba evadiendo la pregunta.

—¿Crees que no se me ocurre que pudiste haber cometido el crimen antes de tu intento de fuga?

—Creo que no tengo idea de lo que pueda estar pasando por su cabeza.

—Mina, estoy cansado. Eres la última persona que debo interrogar. Respóndeme para que podarnos salir de aquí, de una vez.

Oui, yo también estoy cansada, y temo haber olvidado cuál es la pregunta.

Fue lo que colmó el vaso. Yaten golpeó sus muslos enfáticamente y lanzó una palabrota apta solo para oídos masculinos.

—Mírame —ordenó. Así lo hizo ella, pero solo por un instante, antes de bajar la vista obedientemente.

—¿Qué sucede? ¿Acaso evitas mirarme a los ojos para disimular tu sentimiento de culpa?

—Yo no tendría ninguna culpa si hubiera asesinado a un hombre como Jedite Dermott, milord. ¿Acaso usted me grita porque ahora soysu sirvienta?

Yaten no quiso que la frustración que sentía se advirtiera en su voz; pero le resultaba muy difícil.

—¡Tú no eres mi "sirvienta"!

—Usted ha pagado por mí —insistió ella—. ¿O es su intención concederme mi libertad? ¿Y a Amy la suya?

¡De eso se trataba! Por fin comprendió por qué la diablilla se había empeñado en hacerlo enloquecer. Quería que le concediera su libertad. Brevemente, se dejó tentar yestuvo a punto de hacerlo. Incluso pensó en algunos lugares donde podría enviarla y que no corriera peligros. Tal vez hacerla ingresar en un convento, pero le resultaba insoportable la idea de verla cubierta de pies a cabeza, vestida de negro. Mucho más le gustaría tenerla tendida en su cama, con ropas más finas y ligeras. Frunció el ceño cuando la imaginó quebrando un jarrón contra su cráneo.

—Ya te lo he dicho. Tú y Amy no sobrevivirían un solo día sin protección. No les puedo conceder su deseo.

—Comprendo, milord —su voz, al quebrarse, daba a entender lo contrario.

—Tienes mi palabra de que gozarás de plena libertad para hacer lo que quieras en el castillo de Graycliff.

—Querré partir y no seré libre para hacerlo.

Yaten sintió ganas de toparse con un guardia forzudo, para aplastarle la nariz de una trompada. No encontraba la forma de entenderse con esa fierecilla. Se sentía completamente frustrado. Lo único que ella quería, desde el primer momento, era alejarse de su lado; eso constituía un desafío para él y quería demostrarle que era un hombre más valioso que sus amos anteriores.

—Tenemos por delante un viaje de todo el día. ¿Prefieres quedarte a descansar previamente un par de horas…?

Non—repuso, deprisa—. Deseo partir ya. Es decir, si me correspondiera tomar la decisión.

—Así es, en efecto. Por eso te he preguntado —el dejo de fastidio en su voz divirtió a Mina, pero solo se atrevió a sonreír cuando él le dio la espalda. Fue solamente por lo que dijo, y por cómo lo había dicho, que a ella se le pasó la rabieta. Por primera vez, alguien le permitía hacer su voluntad.

Una hora más tarde, la paciencia de Yaten fue puesta a prueba nuevamente. Estaba montado en su caballo, aguardando que Mina y Amy juntaran sus bártulos y se despidieran. Finalmente, Mina se le acercó y, mirando a su alrededor, preguntó:

—¿Cuál será mi caballo?

—Este —respondió Yaten y la tomó por la cintura, dejándola caer de golpe sobre la montura. Ella hizo una mueca y se acomodó la falda sobre las rodillas, que colgaban sobre la grupa del caballo. Cuando Yaten agitó las riendas para emprender la marcha, Mina atinó a aferrarse a sus hombros; de igual modo lo hacía Amy, que iba montada detrás de Taiki.

—¿Estás cómoda? —inquirió Yaten, cuando salieron al trote de Devonshire.

La joven quería decirle que su columna vertebral daba la sensación de estar quebradiza como leña seca, con cada paso que daba el animal. Sus nalgas se resbalaban y sus dedos estaban acalambrados, de tanto aferrarse desesperadamente a los hombros de él.

Oui, estoy bie… —no terminó de decirlo, cuando resbaló y cayó sobre el polvo del camino.

Merde! —Yaten lanzó el juramento y desmontó de un salto—. ¿Estás herida?

La tomó bajo el brazo y la ayudó a ponerse de pie.

Non. —Escupió una brizna y se sacudió la ropa.

Yaten la tomó por los hombros, obligándola a levantar la vista.

—¿Has montado alguna vez? —le preguntó con dulzura.

—Por supuesto. Muchas veces. Bueno —agregó, al ver que él levantaba una ceja con descreimiento—, una sola vez. E iba atada al caballo, de manera que no me caí.

Taiki y Amy se adelantaron. El capitán sacudió la cabeza al pasar, pero no dijo una sola palabra.

—Ven, pues. Deberás ir sentada delante de mí.

Yaten montó de un salto y se agachó para alzarla hasta su regazo. Ella volvió a quejarse, porque los muslos de Yaten no eran menos duros que la montura. Se acomodó como pudo; pero con cierta preocupación por la forma tan ajustada en que su trasero cabía entre las piernas de él.

—¡Esto es pecaminoso! —protestó, sin negar que al envolverla con sus brazos, al tomar las riendas, Yaten le proporcionaba una sensación de gran seguridad.

—Solo si saltas sobre mí de ese modo —su voz retumbó como un preludio de seducción.

Mina se puso rígida.

—¿Cuánto tardaremos en llegar a Dover?

—Tres días —Yaten sonrió mientras le quitaba una rama del cabello—. Te va a gustar el lugar, fée. La blancura de los acantilados aún me quita el aliento, lo mismo que tú. —Creyó escuchar de parte de ella una queja burlona. Se inclinó hacia delante y le habló al oído—. Puedes hablarme con entera libertad.

Yaten supo que su próximo pedido estaba fuera de lugar, pero se sentía invadido por el delirio, ante ese delicado perfil, enmarcado por su cabellera revuelta, como oro batido.

—Y me gustaría que me miraras cuando estamos conversando.

—Ya que insiste —dijo, volviendo el rostro hacia él—. Usted habla con palabras muy sedosas.

Él sonrió, y provocó que el corazón de ella se agitara.

—Espero que eso haya sido un cumplido.

—Estoy segura de que a usted no le ha de faltar quien le haga cumplidos.

Para protegerse del resplandor de esa mirada insistente, le sonrió a Amy, que iba montada a su lado, apretando la mejilla contra la espalda de Taiki. Su amiga le devolvió la sonrisa y cerró los ojos.

—¿Me consideras un libertino, pues?

—Eso no es de mi incumbencia. Solo hablo por lo que puedo observar.

—¿Y qué es lo que observas? —Yaten estaba asombrado de que la indiferencia de ella lo preocupara.

—Presencié el encantador momento de su despedida con lady La Salle. Para una mujer que acababa de despertar junto a un cadáver, parecía muy recuperada. Lady Humphrey y la hija del duque de Stamford reían sin poder contenerse cuando usted se despedía de ellas. ¿Tiene siempre el mismo efecto sobre las mujeres?

—Sobre todas, menos una.

Mina asintió, y se volvió para contemplar el bosque al que estaban a punto de entrar.

—Una que tiene todavía la cabeza bien puesta.

Yaten frunció el ceño, girando la vista hacia Taiki, cuando lo escuchó reír por lo bajo.

—Pon atención en Amy —ordenó—. Se ha quedado dormida y está a punto de caer del caballo.

Taiki sosegó la marcha y, con la mano por detrás del cuerpo, se ocupó de acomodarla, en tanto Yaten espoleaba a su semental.

Mina reaccionó ante la velocidad aferrándose a Yaten. Pero, con el viento en el rostro, sintió que estaba volando. Estrechada contra su pecho y acurrucada firmemente entre sus brazos, se distendió y acabó por cerrar los ojos cuando llegaron al bosque.

—Esta vez —murmuró, al darse cuenta de que se estaba quedando dormida—, he venido preparada.

Su mano cayó sobre el muslo de Yaten y su cabeza reposó sobre su brazo.

Muy a su pesar, Yaten aprovechó que se hubiera dormido para apartar la mano que ella llevaba sobre el muslo y palparla. Soltó una maldición por lo bajo, al percibir un puñal oculto allí.

—¿Qué haces, pícaro, mientras ella duerme? —reprochó Taiki.

—Tiene una daga, Taiki —susurró—. ¿Crees que soy capaz de tocarla mientras duerme?

—La verdad: ya no sé lo que se puede esperar de ti.

—¿Qué significa eso? Y, por favor, retira la vista mientras le quito el cuchillo.

—Se te está metiendo en el corazón, según veo —opinó Taiki, fijando la mirada en el bosque.

—De ninguna manera —repuso el joven, al tiempo que levantaba diestramente el ruedo, más arriba de la rodilla.

—Crees que asesinó a lord Dermott y, en vez de apresarla, le estás ofreciendo un refugio en Graycliff.

—Después de los interrogatorios, estoy convencido de que ella no lo ha asesinado.

A la vista de su muslo bien torneado, contuvo el aliento, turbado por la emoción.

—¿Acaso ella negó el cargo?

Yaten escudriñó el rostro de la muchacha dormida y acabó frunciendo el ceño.

Non. Pero me distrajo bastante.

Maldición, ni siquiera se había dado cuenta, hasta ese instante. Extrajo la daga, que era en realidad un pequeño cuchillo de cocina, de su funda, que ella había atado a su pierna, y bajó nuevamente el vestido.

—Tú no permites que nada te distraiga. En realidad, no te importa si ella es culpable, ¿verdad?

—No mucho.

—Pero ¿por qué traerla a casa?

—Porque Dermott la hubiera colgado de la rama más alta, sin molestarse en hacerle una sola pregunta. ¿Por qué piensas que reunió a la servidumbre en el salón? Él deseaba terminar con este asunto ingrato cuanto antes. No tenía ningún interés en interrogar a los encumbrados huéspedes de su hermano. Y Mina le resultaba una presa fácil. Él quería acusarla, para vengarse de la humillación a la que yo había expuesto a su hermano, por el maltrato al que la sometió. Yo no podía dejarla en sus manos.

Yaten no podía explicar que no podía dejarla allí porque algo en ella lo atraía como la canción de una sirena. Ahora mismo, su mirada se deslizaba hacia ese rostro de labios tentadores, ligeramente entreabiertos, que le habían arrojado más insultos en una noche, de los que había escuchado en los últimos cinco años. Añoraba acariciar la redondez de su mentón y perderse en la pureza de esos ojos durante toda su vida.

—A esta otra la trajiste por Hotaru, ¿verdad?

Las palabras de Taiki lo sacaron de su ensueño.

Oui, así es. Se parece mucho a ella, pero le falta esa chispa en la mirada que tenía mi hermana.

Taiki asintió y lanzó un profundo suspiro.

—Me temo que estas dos hayan pasado una vida mucho más dura que la de cualquiera de los vasallos de Graycliff. No tengo ganas de pasarme la vida ocupándome de ellas.

—Eres blando, mon frère —señaló Yaten, por lo bajo.

Oui, pero sobreviviré si eres el único que lo sabe.

Cabalgaron hasta el anochecer y finalmente acamparon en un pequeño claro, en las afueras de Hertfordshire. Mina y Amy habían dormido todo el día, y eso preocupó a Yaten. Si él se quedaba dormido, ella aprovecharía la oportunidad para huir. Consideró atarla a su cuerpo, mientras la recostaba con delicadeza, pero eso la haría sentirse aun más cautiva. Yaten se frotó los ojos, sabiendo que debería vencer el sueño. No sería la primera vez que se hubiera quedado sin dormir, pero no había motivo para negarle ese lujo a Taiki.

—Rei se enfurecerá cuando vea cómo miras a Mina.

—Rei ya no es mi amante. Sabes que hace más de un año que no comparte mi lecho.

—No porque ella no quiera.

—Me cansó con sus manipulaciones.

Oui, te cansaste de ella, al igual que te cansas de todas. Y de esta también. —Taiki se pasó la mano por la barba e hizo un ademán en dirección de Mina—. ¿Qué pasará si le rompes el corazón? No sería la primera vez.

Yaten quiso protestar, pero se contuvo, al darse cuenta de que Taiki tenía razón.

Al cabo de unos minutos, la respiración de Taiki se hizo más pausada, transformada en un sereno ronquido, y Yaten se quedó sentado, contemplando las llamas. Pensaba en las palabras de su capitán. No quería romperle el corazón a Mina, ni había querido lastimar a ninguna de las mujeres con quienes había estado. Muchas de ellas, como Rei, tenían otros amantes, y no quedaban desconsoladas. Le resultaba inconcebible que Mina sufriera por su causa: él ni siquiera le agradaba, y eso, además, le resultaba bastante molesto. ¿Qué cosa tan terrible le había hecho? ¿Era tan diabólico que quisiera protegerla de un mundo que ella no conocía? Merde, ni siquiera sabía montar. Entonces él le echó un vistazo y notó que sus ojos se cerraron de golpe.

—Sé que estás despierta. Te he sorprendido contemplándome, fée.

¡Al diablo con la agudeza de su visión! Mina dejó escapar un suspiro de exasperación, pero mantuvo los ojos cerrados.

—Estaba descargando la rabia a través de la vista. ¡Vaya contemplación!

Él rió suavemente.

—¿Qué he hecho ahora, para que te enojaras conmigo durante el sueño? ¿Habrás estado soñando conmigo, acaso?

—Desde luego que no —y, al decirlo, se impacientó por haberse dejado atrapar otra vez. Había escuchado la conversación con Taiki y lo último que necesitaba el seductor Yaten Kou era creer que a ella le interesaba estudiar sus facciones—. Es simplemente su rostro lo que me hace enojar.

—Si insistes en insultarme, me gustaría que me miraras a los ojos cuando lo haces.

—No, gracias —y se cruzó de brazos, sin incorporarse.

—¿A qué le temes?

Abrió los ojos, de pronto, desafiándolo con la mirada:

—¡A nada!

Yaten confrontó su encono con dulzura.

—¿Alguna vez hablaste con sinceridad con Jedite o Kunzite Dermott?

—Si me contuve, fue por proteger a Amy. Ellos solían castigarme haciéndole daño a ella.

Los ojos de Yaten relumbraron como el acero al rojo vivo, al reflejarse en las llamas.

—Ahora comprendo por qué habrías deseado verlo muerto.

Non. De veras que no.

Como Yaten guardó silencio, ella, por toda respuesta, se incorporó, abrazada a sus rodillas.

—¿Por qué me llama usted fée?

—Porque tienes el aspecto que deben de tener las hadas, tan etérea y pequeñita, llena de encanto y picardía.

"Y tú pareces un lobo dispuesto a comerme cruda" —pensó Mina y preguntó—: ¿Ha dormido algo?

—No todavía.

—Mmmh. —Mina volvió a suspirar y se tocó el muslo. Al hacerlo, sus ojos se abrieron con la sorpresa—. ¡Usted me ha quitado el cuchillo! ¿Cómo se atreve?

—¿Cómo dices? —se excusó y le brindó su mejor sonrisa, que resaltaba ese hoyuelo que enloquecía a las mujeres.

—¡Bribón!

—¿Eso es todo lo que me dirás?

—¡Malvado! —chilló. Yaten se desperezó y Mina entró en erupción—: ¡Hijo de una marrana gruñona!

—Por ahí vas mucho mejor —opinó, con un gesto de dolor fingido.

—Usted es el que teme. Usted teme que yo huya. No se anima a cerrar los ojos, porque sabe que no podrá ejercer su autoridad sobre mí.

Amy despertó al escuchar los gritos de su amiga y casi se desmayó cuando vio a quién iban dirigidos.

—Mina, por favor, calla. Te lo ruego.

Pero la joven no le hizo caso. Apenas la oía. Esto era algo que había querido hacer hacía años, y ahora que había comenzado, no podía detenerse.

—Yo lamí su tarta de manzana. Oui, y no solo la suya, sino todas.

Yaten se encogió de hombros.

—Yo no comí tarta. Ahora pienso que me hubiera gustado hacerlo.

—Por favor, no la golpee, milord —rogó Amy.

—No tengo la menor intención de golpear a ninguna de ustedes dos, jamás —le aseguró—. Sólo estoy esperando que acabe con su rabieta.

—¡Ya acabé! —aulló y se dejó caer.

—¿Te sientes mejor ahora? —Yaten hablaba con ternura, porque sabía que ella necesitaba averiguar que él nunca le pegaría y creyó habérselo demostrado.

Oui, mucho.

—¿Lloras? —escuchó con atención los sollozos apagados y estaba por acercarse para reconfortarla, cuando Amy intervino:

—Mina nunca llora, milord.

—Gracias a Dios —declaró Yaten. Los gritos le resultaban soportables, pero las lágrimas serían un tema diferente.

Se oyó crujir una rama en la penumbra de la arboleda y Yaten se levantó de un brinco.

—¿Qué fue eso? —Mina se incorporó y se secó los ojos con el dorso de la mano.

Yaten le hizo señas para que se callara y se quedó mirando, sin pestañear, los árboles, hacia la izquierda.

—Amy —susurró—, despierta a Taiki sin hacer ruido.

Amy se acercó al capitán, que dormía, y lo sacudió hasta que abrió los ojos.

—Escóndelas —le indicó Yaten—. Váyanse ya y no te alejes de ellas.

Taiki tomó a Mina y a Amy, cuando surgió del bosque un grupo de hombres. Mina se detuvo y forcejeó hasta soltarse. Aterrada, observó cómo Yaten desenvainaba la espada sin perder la calma y se disponía a defender cada palmo. La joven se resistió a que Taiki la tomara del brazo de nuevo y lo encaró, diciendo:

—Él está solo; ¿no irá a ayudarlo?

Taiki sacudió la cabeza y la arrastró, junto con Amy, hasta detrás de una inmensa roca, desde donde se observaba el descampado.

Mina ya había visto cómo un hombre moría por la acción de la espada; fue cuando Kunzite Dermott lo ensartó desde atrás. Fue una acción propia de un cobarde, por cierto. Lo que se desarrollaba ante sus ojos ahora era algo completamente distinto. Dos de los siete hombres que atacaron a Yaten yacían muertos antes de que ella se hubiera puesto a observar la escena. Los cinco restantes rodeaban al conde, blandiendo sus espadas, pero el temor de Mina había desaparecido. A la luz de la fogata, Yaten sostenía con ambas manos su enorme espada, inmóvil, salvo alguna contracción muscular amenazante. Lo rodeaba un aura de confianza en sí mismo que denotaba absoluta certeza respecto del resultado del combate, para lo que contaba con sus destrezas y su devastador poderío físico. Uno de los atacantes, a su izquierda, hizo un leve movimiento nervioso, involuntario. Yaten inclinó la cabeza y preparó el mandoble, lanzándolo hacia su derecha. Así murió un tercer hombre, sin atinar a moverse. Así acabó con uno tras otro de los rivales, atacándolos con la precisión de un experimentado asesino.

Mina quería apartar la vista, pero la magia y la belleza de Yaten en plena acción la subyugaban. Lanzaba estocadas y paraba los embates armoniosamente y sin aparente esfuerzo. Así dio muerte a otros dos. Su espada relumbraba a la luz de la luna, como si danzara en sus manos. La sangre de su sexta víctima le salpicó la mejilla. Un golpe lanzado de abajo hacia arriba puso pronto fin a la vida del último enemigo.

Se había hecho un profundo silencio, solo interrumpido por los latidos del corazón de Mina.

—No le hizo falta ningún tipo de ayuda —susurró.

Non, por cierto —coincidió Taiki—. Muévanse, las dos. Yaten querrá saber que no han sufrido ningún tipo de daño.

—Pero si estuvimos ocultas…

—De todos modos, el bosque es un sitio lleno de peligros. Vengan.

Mina miró sobre su hombro y sintió un escalofrío. Yaten le había advertido lo mismo la noche anterior. Ella y Amy no habrían sobrevivido si hubieran estado solas. Quizá Dios había escuchado los ruegos de Amy y enviado a Yaten en su auxilio, cuando frustró su fuga del castillo de Devonshire.

—¿Por qué viaja Yaten con un solo guardia, si sabe que es tan peligroso?

Taiki se encogió de hombros y respondió:

—No le hace falta traer un ejército en su auxilio.

De eso estaba segura. La fuerza física de Yaten era descomunal. Ella observó que la estaba mirando por sobre el fuego y fijó sus ojos en él. Esta vez fue él quien bajó la vista y se acercó a su caballo. Le acarició las largas crines negras y después buscó un trapo en la faltriquera, para limpiarse la sangre del rostro.

—¡Yaten!

Giró la cabeza y vio a su capitán, que le hacía señas desde el claro en el bosque.

—Las damas dicen que conocen a este —anunció, dando un empellón con el pie a uno de los muertos.

—¿Quién es?

—Lo he visto una vez en el castillo —reconoció Mina.

—Sí, su nombre es…, o sea, era Trevor the Black —sostuvo Amy.

—¿Pertenece a la guardia de Dermott? —preguntó Yaten.

Non —Mina sacudió la cabeza—. Venía ocasionalmente de visita. Es hermano de sir Conrad Lowell, el emisario de mi amo fallecido.

—Los envió Kunzite Dermott —Taiki estaba furioso—. Regresemos y démosle muerte.

Non. Hablaremos primero con Haruka. Creo que Dermott es uno de los rebeldes que buscamos. Quiero que nos lleve hasta Hereward, antes de matarlo.

—¿Quién es ese Hereward? Usted lo mencionó anoche.

—Es un sajón que fue enviado al exilio por el fallecido rey Alan —respondió Yaten, mientras quitaba la sangre de su espada—. Retornó cuando Haruka ya había sido designado rey. Los normandos se apoderaron de las propiedades de su padre y dieron muerte a su hermano. No conozco el motivo. Él se dedicó, entonces, a cometer tropelías de toda clase, y se convirtió en el jefe de los sajones insurrectos. El invierno pasado saqueó la abadía de Peterborough; pero cuando nosotros llegamos, ya se había ido, siempre atento a los movimientos del rey. Tiene espías a lo largo y a lo ancho de Inglaterra. Es inteligente y un hábil guerrero. Elude al rey a cada paso y Haruka desea que se le pongan fin a sus andanzas.

—¿Odia usted a todos los sajones, milord?

—Solo a los seguidores de the Wake.

—¿Y eso porque odian al rey? —ella se atrevió a mirarlo y él hizo ademán de negar con la cabeza.

Non. Porque mataron a mi hermana.

Dejaron los cuerpos de los combatientes muertos entre las cenizas del fuego y se retiraron del lugar. Mina sabía que Yaten estaba exhausto y no había vuelto a hablar después de referirse a su hermana, manteniéndose pensativo durante el resto del viaje. Cuando no hacía alarde de sus logros como seductor, daba la impresión de que algo lo hacía vulnerable: una pena palpable, que Mina sentía que podía compartir.

Sin embargo, no quería compartir nada con él. Prefería creer que era tan frío y cruel como Jedite y Kunzite Dermott, pero había algo en él que le permitía ver que era muy diferente de todos los otros hombres que había conocido. Fue esta convicción lo que hizo que se decidiera a hablar:

—¿Cómo murió? —La pregunta asomó como un imperceptible murmullo, temerosa de provocar por fin lo que Mina más temía: que la paciencia de Yaten quedara desbordada.

Pero ella quería saber, y la gentileza que le había mostrado hasta entonces le daba ánimos para preguntar. Él no respondió de inmediato, y la joven cerró los ojos, resignada a soportar retos, cuando Taiki lanzó un suspiro.

—Ella había salido a cabalgar, con dos de mis hombres, cuando unos forajidos, seguidores de Hereward, la asaltaron. Se trataba de una venganza contra mí, mientras yo me encontraba peleando junto a Haruka, en Peterborough.

—¿La mataron en el bosque? —Ella adivinó la respuesta sin necesidad de que Yaten la diera. Eso explicaba por qué se había molestado en repetirle tantas veces que el bosque es un lugar peligroso—. Y usted no estuvo presente.

Ella levantó la cabeza para fijar la mirada en la de él y vio la pena profunda que empañaba el brillo de sus ojos.

—¿Cómo puede saber que fueron los hombres de Hereward quienes lo hicieron?

—Porque pude encontrar a seis de ellos, poco después de mi regreso a Graycliff, y lo confesaron antes de morir. No quiero seguir hablando de esto —concluyó con más pena que ira.

Mina estuvo de acuerdo y recostó su cabeza sobre el pecho de Yaten. Este tensó su cuerpo, por un momento, pero luego quedó plácidamente distendido.

Él susurró su nombre y tomó algunos cabellos sueltos entre sus dedos, acariciándole con ellos el rostro. Su voz salía forzada, tal vez por el cansancio.

—¿Milord?

—Estás demasiado delgada. Deberías haber arrancado algunos mordiscos de aquellas tartas, en lugar de lamerlas solamente.

Con eso la hizo sonreír. Oui, Yaten Kou era un hombre diferente.


¿Qué les pareció el capítulo? Yaten está vuelto loco por Mina y no la dejará escapar tan fácil. Ahora, hay que ver si ella se deja convencer. Gracias Serenity, Coneja y a las otras lectoras silenciosas. Espero sus comentarios! Y ojalá les esté gustando esta adaptación.

Cariños!