Atrápame Si Puedes

Capítulo 8

El amor te libera

Taiki ayudó a Amy a sentarse, mientras Mina se esforzaba por reconfortarla.

—¡Oh, Mina! Debes creerme, no tenía la menor idea de que Dermott vendría a buscarte. Yo pensaba que aquí estaríamos a salvo. Por favor, perdóname.

Mina secó la mejilla de su amiga con su manga.

—Vamos. No será para tanto.

—Yo tenía miedo de que descubriera nuestro intento de huida. Le habría echado toda la culpa a ella. Siempre lo hacía —clamó Amy—. No quise que volviera a lastimarte, pero no tuve intención de matarlo. Lo juro. No quise matarlo.

En la sala se hizo un silencio total, salvo las pisadas de Yaten hacia donde se hallaba Amy, que se puso pálida y temblorosa cuando se le acercó. Estuvo a punto de sonreírle, para tranquilizarla, pero también porque había tenido ciertas sospechas, cuando la interrogó en Devonshire. Ella se había mostrado incómoda y preocupada, como si quisiera que el interrogatorio acabara cuanto antes. Yaten tenía suficiente experiencia como para adivinar quién era culpable y quién no, pero su instinto le había sugerido que Amy era demasiado apocada para cometer un crimen así. Se acuclilló delante de ella y le tomó ambas manos.

—¿Por qué no me has dicho la verdad hasta ahora?

—Estaba asustada, y después nos alejamos de allí y traté de olvidar. Pero no puedo permitir que se castigue a Mina por algo que hice yo. No fue mi intención, solo puse una pequeña cantidad de mandrágora en su copa de vino, lo necesario para que se durmiera. Pero debo haberme excedido en la cantidad.

Non —Mina se alejó, en dirección del hogar, y se quedó mirando el fuego encendido. Tomó aire profundamente, antes de comenzar a hablar—. Yo también quise asegurar que pudiéramos huir sin ser detectadas, y agregué otra pequeña cantidad de mandrágora a su copa. Me sorprendió que tan poquito lo hubiera matado.

Yaten enmudeció. No sabía si debía indignarse con su mujer o mostrarse sorprendido porque hubiera sabido engañarlo tan hábilmente.

—Mujer, tu talento para mentir supera en mucho el que te hubiera atribuido.

Ella bajó la vista, ante el estupor que veía en el rostro de Yaten.

—Si recuerdas bien, yo nunca negué la acusación.

Una sonrisa indulgente se dibujó en las comisuras de los labios de Yaten, que se incorporó para acercarse a Mina:

—Deja este asunto por mi cuenta. Nadie más que nosotros cuatro sabe la verdad.

—Tú no debes compartir este engaño con nosotras. No te lo pediría. Tampoco hubiera querido que lo supieras.

—Adivino tus razones —replicó, arqueando las cejas.

—¿Estás disgustado conmigo?

—Ya hablaremos cuando estemos a solas.

El brillo masculino de su mirada hizo que un cosquilleo estremeciera todo el cuerpo de Mina.

Se volvió hacia Amy y le habló con autoridad, pero, asimismo, con comedimiento.

—Sécate las lágrimas y quédate aquí hasta que te hayas sosegado. Taiki y Mina te acompañarán. No quiero que Dermott y sus hombres te vean en este estado. Amy —puntualizó, luego de que ella asintiera y se limpiara la nariz con su pañuelo—, no permitiré que le pase nada a ninguna de las dos. Pero les pido una sola promesa: ¡ni se les ocurra arrimarse a la cocina!

La luz de las velas fluctuó en los candelabros de pared al paso de Yaten, que se dio prisa para retornar con sus invitados. Al ingresar por la amplia apertura en el salón, observó, furioso, que Kunzite Dermott había tenido la osadía de permanecer allí; el hombre que había puesto en jaque la vida de Mina, al acusarla ante el rey Haruka, ahora cuchicheaba algo al oído de Rei.

Yaten tenía ganas de matarlo y se le acercó como quien se encamina al campo de batalla. Seiya comprendió que debía interponerse, para evitar un derramamiento de sangre.

—Te lo ruego, hermano. Es el día de tu boda. Cualquiera que sea la venganza que deseas tomarte, puede esperar. Piensa en tu mujer.

Yaten lo miró brevemente, haciendo un gesto de conformidad, antes de continuar su camino hacia donde se encontraba Dermott. El bribón tenía una mano sobre el hombro de su antigua amante.

—Nunca más permitas que te vea apoyar tu mano sobre alguien que viva en este castillo —resonó la voz del señor de Graycliff—. El que respires y estés vivo se los debes a ese pergamino que traes. Pero te juro que, tan pronto tenga en mi poder el sello del rey, difundiré por toda Inglaterra la forma en que tu hermano maltrataba a sus vasallos. En cuanto a ti, tendrás suerte si logras mendigar algún mendrugo al costado del camino.

—¿Se atreve usted a amenazarme? —Dermott lo miró con incredulidad. Intentó en vano librarse de la mano de Yaten.

—Yo no hago amenazas. Es un juramento. Tú eliges. Quédate y he de matarte. O huye y prepárate para mi venganza. Ten la seguridad que ha de llegar. Llegará porque has acusado a mi mujer de estar ligada con el mayor enemigo del rey. Y porque la culpas del asesinato de tu hermano, que debió haber muerto ensartado sobre la punta de mi espada, antes que en su cama.

Dermott lo miró detenidamente y, luego, una sonrisa de advertencia se dibujó en su rostro:

—Ten cuidado con lo que bebes, Kou. Tu mujer sabe de venenos.

—Lástima que no se le haya ocurrido aplicar sus conocimientos contigo.

Los dedos de Yaten se juntaron, prestos, junto a la empuñadura de su espada. Tenía la certeza de que, si continuaba mirando a ese hombre durante un minuto más, acabaría por matarlo y al diablo con la ley. Llamó a Talard y a dos de sus hombres.

—Escolta a ese cerdo a una habitación. Solamente con verlo me siento mal.

Estuvo a punto de retirarse, cuando sir Conrad hizo el ademán de empuñar su espada. La sonrisa de Yaten era violenta y desafiante.

—Ven —dijo, haciendo señas al paladín de Dermott, para que se acercase—. ¿Qué esperas?

Seiya dio un paso y se interpuso en el camino de Conrad, que no parecía del todo convencido sobre la conveniencia de enfrentarse con Yaten.

—Alza tu espada contra mi hermano y tu cabeza rodará por el suelo antes de que tengas tiempo de alzarla.

Conrad retrocedió y siguió a Dermott fuera del salón.

—¡Qué fiesta de casamiento tan interesante! —exclamó cuando los invitados comenzaron a cuchichear—. Créeme, como anfitrión, eres un desastre.

Yaten observó los rostros confundidos de sus agasajados y se pasó la mano por el cabello.

—Si tienes alguna sugerencia para mejorarla, querría conocerla.

—Sugiero que busques a tu esposa y la traigas ante la presencia de todos. Tus aldeanos deben saber que, en la casa de su señor, todo está en perfecto orden.

Ninguno de los dos había observado la presencia de Rei, que se había arrimado a Yaten, recorriendo su brazo con una larga caricia.

—Parece que tu esposa te ha abandonado. Que empiece la música y mostremos a tu gente que su poderoso amo no pasará la noche solo en su cama. No les importará quién sea la que te dé felicidad.

—No me ha abandonado —Yaten la miró con impaciencia—. Pero tú puedes bailar para entretener a los invitados, Rei, mientras regreso.

Ella indicó a los músicos que tocaran su tema preferido y se encontró con un par de ojos azul verdoso, ante los que sonrió con la avidez de una gata ante su comida.

—Cuidado —Seiya le devolvió el gesto—. Las garras de mi mujer son todavía más afiladas que las tuyas.

Yaten salía del salón justo en el momento en que Mina se hacía presente.

—Iba a buscarte. Dermott y sus hombres han sido derivados a otra habitación. Y Amy, ¿cómo se encuentra?

—Está mejor; pero no la esperes. Cuando vine para aquí, Taiki la estaba besando.

—Y tú, ¿cómo estás, fée?

—Lamento haberte mentido.

Ella hubiera querido que su contrición fuera más evidente, pero se sintió atraída por la música. Nunca había escuchado algo así. No era de origen celta ni normando. Tampoco se oían las gaitas, que se empleaban para producir los tonos que emulaban los gemidos de las mujeres en la culminación del gozo. El erotismo de los tonos graves producía un efecto tranquilizador; sin embargo, Mina sintió que la azuzaban, como el batir de los tambores antes de la batalla.

—¿Qué sonido es ese?

—Es Rei; está bailando.

Toda la atmósfera del gran salón había variado. Mina estaba segura de que antes todo parecía más brillante y animado. También el aire parecía más espeso, cargado del aroma del almizcle, mezclado con sudor, mientras Rei giraba en el centro de la habitación y se despojaba progresivamente de sus largos y sedosos tules, al compás de un ritmo que subyugaba a Mina. Observaba en silencio, impresionada, mientras la bella mujer bailaba, con el cabello renegrido cayendo sobre sus hombros. La música ejercía su magia sobre Rei, que se arrodilló. Echó atrás la cabeza y sus manos recorrieron sus cabellos, sus senos, casi expuestos, ahora que se había desprendido de la mayoría de las gasas color esmeralda que la cubrían. Se dejó caer hacia atrás y arqueó la espalda, en un creciente movimiento giratorio, que dejó sin aliento a casi todos los espectadores masculinos que presenciaban la función.

Yaten también fue atraído por la música; los sonidos recorrían su sangre como llamaradas. Pero no era la insinuante danza de Rei lo que le quitaba el aliento. A su esposa, el arrobamiento que se percibía en los ojos de los invitados la había hecho retroceder hasta apoyar su espalda, pequeña y delicada, contra el torso, las caderas y los muslos de él. La pasión lo conmovió al aspirar su perfume y agachó la cabeza, estrechándola con los brazos, para no perder el sabor de su proximidad. La tenía a su lado y miraba embelesado su piel iluminada por el hogar. La deseaba intensamente, como lo había hecho desde que la vio por primera vez. Jadeó ante la idea de poseerla allí mismo, justo en el momento en que Rei, al concluir su danza, dejaba oír un gemido, como una mujer satisfecha después de hacer el amor. Mina se volvió hacia Yaten con furia:

—¿Estás bien, esposo mío? ¿O acaso Rei aún te tiene tan cautivado que yo deba acudir con un balde de agua fría, para arrojártelo por la cabeza?

Yaten la perforó con la mirada, y observó cada vez más excitado los labios temblorosos y la barbilla desafiante de la joven, roja de indignación. Su mujer era pura pasión e inocencia a la vez. Sus ojos enormes relampagueaban y su pecho se agitaba por el deseo que adivinaba en su esposo. Él no pudo seguir evitando la tentación de poseerla.

La atrajo hacía sí y la acarició con pasión hasta ubicarla sobre la parte de su cuerpo que la reclamaba con más intensidad. Él se resistía ante el uso de tanta fuerza, pero la música trastornaba sus sentidos como una caricia íntima y el perfume de su mujer lo embriagaba. Al sentir que ella respondía a su abrazo, supo que se acababa el tiempo que pasarían entre los invitados.

—Tú me enloqueces. Solo tú —susurró y le lamió la comisura de los labios, obligándola a abrirlos ligeramente, para meterle su lengua. Ella gimió y a Yaten se le detuvo el corazón. Tenía la sensación de que estaba a punto de estallar, y la atrajo aun más hacia sí. Ella echó la cabeza hacia atrás, dejando su cuello expuesto para que él la mordisqueara con dulzura, aunque se desvivía por penetrarla y colocarle el sello definitivo de su posesión, con sucesivas e irrefrenables embestidas. Ella también lo deseaba. Él lo percibía en el aroma que destilaba: una pasión salvaje y urticante que clamaba por su liberación; boqueaba y gemía, levantando el rostro de Yaten para que la besara, desatando sensaciones irrefrenables que conmovían todo su cuerpo.

Cuando se detuvo la música, no se separaron y todos los ojos se concentraron sobre la pareja embelesada. Seiya sonreía ante la imagen de su hermano abrazado de manera tan delirante y apasionada a su flamante esposa.

Yaten se dio cuenta de que todos los ojos estaban puestos en ellos, pero ni así tuvo la voluntad de apartarse de su mujer. Sonrió, mientras mordisqueaba su labio inferior, haciendo que volviera a gemir. Cuando los convidados comenzaron a aplaudir, Mina cobró conciencia de la situación y entreabrió lentamente los ojos. Parpadeó como quien despierta de un sueño.

Con las mejillas teñidas del color de las rosas que cubrían el piso, empujó a su marido para apartarlo un poco, pero su pecho se presentaba sólido y resistente contra esas manos temblorosas. Él le dirigió una sonrisa tan seductora que quedó otra vez indefensa en sus brazos.

El gran salón retumbó con el sonido de platos de madera golpeados contra las mesas, al son de grandes hurras de aprobación. Pedían que Yaten la alzara y la llevara como deben hacer los maridos al desposar a sus novias, y querían seguir a la pareja sonrojada hasta el tálamo, para atestiguar que el matrimonio se hubiese consumado, tal como lo exigía la tradición. La idea hacía que Mina palideciera, pero contaba con las fuertes manos de su marido que la sostenían. Él pidió silencio y anunció, con voz profunda y enronquecida, que conduciría a Mina a su cama. Cuando todos respondieron con un rugido de entusiasmo, volvió a sonreír, aclarando que si alguien tuviese la osadía de seguirlos, se las tendría que ver con él a la mañana siguiente. No toleraría que otros hombres se regodearan contemplando a la joya que tenía en sus brazos, aunque fuese la tradición. Tomó a Mina de la mano y salió con ella del gran salón.

Yaten deseaba levantar a Mina en vilo y correr con ella en brazos a su habitación, pero, al mismo tiempo, disfrutaba de cómo su sangre bullía anticipando el placer, mientras subía la escalinata, con la espalda contra el muro iluminado por los candelabros, que le permitían festejar con la vista los encantos de su compañera.

—No puedo esperar más —dijo con voz acuciante. Sus ojos arrojaban fuego mientras alzaba la mano de ella, para lamerle la palma a lengüetazos, e ir avanzando hasta los intersticios de sus dedos.

Su lengua parecía una llamarada fulgurante, que no habría sido más seductora si se la estuviera pasando por una parte más íntima. Mina se lamentó, con un gemido, cuando la retiró detrás de sus labios burlones.

—¿Quieres más? —susurró, tentándola con una sonrisilla sensual que apresuraba el flujo de su sangre y sus pasos. Se llevó el índice de ella a la boca y lo chupó con ardor—. Tengo el propósito de lamer cada delicioso vericueto de tu piel.

Mina cerró los ojos, en pleno arrobamiento, recordando la maestría con que sabía incursionar con esa lengua. Cuando volvió a abrirlos, quedaron atrapados por la magia de ese perfil varonil, cuya voluptuosidad resaltaba bajo la difusa luz de las velas.

—Yo podría hacer lo mismo —dijo ella, y él sintió que su autocontrol ya no resistiría.

La atrapó en sus brazos y la joven tembló bajo la presión de sus músculos y ante la insinuante sensualidad de su sonrisa. Apretada contra la rigidez de su presencia, Mina sintió la presión de su pecho, sus muslos y su firme erección. No la besó, sino que la frotó contra su cuerpo, dándole una idea pecaminosa acerca del lugar donde querría que lo lamiese.

Grandes llamaradas alumbraban la cama desde el hogar. Mina no se sentía intimidada, aunque Yaten parecía un guerrero acuciado por la privación, tras largos meses de ausencia, dispuesto a tomar a su mujer por la fuerza. Empezó a desprenderse el cinto mientras sonreía de una manera que aceleró el pulso de Mina, impresionada por la fuerza física que estaba a punto de desatarse sobre su persona. Yaten la devoró con la mirada y se concentró sobre sus pezones, que se endurecieron como si los hubiera besado. Se acercó, mientras se quitaba el saco y la camisa. Mina se mordió el labio, queriendo hacer otro tanto con los hombros desnudos, el pecho y el vientre de su hombre. Era tal la necesidad que sentía, que casi no se reconocía. Esa era otra parte de su personalidad que Yaten había liberado. Los senos excitados le pesaban al verlo y el estímulo de su aroma la impulsaba a desprenderse de su ropa y arrimarse, desnuda, a tomar contacto con su piel.

Él la hizo girar y dejó la nuca al descubierto, para besarle cada rincón de su carne pulsante. La cubrió de besos y mordiscos en la garganta y amoldó su cuerpo al de ella, para que sintiera la dureza palpitante que lo acuciaba debajo de sus calzas. Mientras le iba desatando los lazos de su vestido nupcial, besaba cada zona de piel que iba develando, hasta que la desnudó por completo. Entonces, la llevó a la cama y se sentó.

La invitó a acomodarse entre sus muslos y ella respondió enseguida, sin ofrecer ningún tipo de resistencia. En realidad, no habría podido hacerlo. Sentada de espaldas contra el pecho de Yaten, este abarcó sus senos con ambas manos, y los acarició con delicadeza, hasta que los pezones, erotizados, quedaron duros y erguidos entre sus dedos. Más abajo, su pronunciada hinchazón la empujaba, ansiando dolorosamente desahogarse en su intimidad.

La hizo girar y Mina sintió cómo le lamía los labios. Ella le atenazó el hombro con las uñas cuando Yaten le apretó un pezón entre sus dedos. Echando atrás la cabeza, se prestó para presentar su cuello ante la mirada enfervorizada de ese ávido amante. Dejó caer su cabellera, como una catarata dorada, que él tomó entre sus manos, tirando aun más atrás, hasta que ambos pezones quedaron expuestos hacia arriba: la boca de Yaten encontró los tensos capullos de rosa y su lengua se deslizó sobre ellos mientras tomaba su redondez con las manos. La atrajo aun más cerca; así la quería, y se lo hizo notar con un profundo gemido, que parecía más un rugido capaz de ponerle los nervios de punta. Su musculatura se tensó como el acero cuando le separó las piernas y deslizó sus dedos dentro de la húmeda caverna que encerraban.

La boca exigente de Yaten cubrió la de ella; su lengua se internó con maestría, mientras sus manos la exploraban por debajo y por dentro. Ella gritó, rogando que cesara con sus provocaciones eróticas y la penetrara. Estaba ardiente y húmeda, lista para recibirlo.

Esa fue la provocación que Yaten esperaba. La levantó sobre sus caderas, se desprendió de las calzas y luego la alzó nuevamente, para ponerla a horcajadas. Tenía tanto fuego en los ojos, su mirada era tan salvaje, que Mina sintió algo de miedo. Intentó apenas mantenerlo a distancia, interponiendo sus manos en el robusto pecho de él, en el momento en que la empaló con un movimiento ascendente de sus caderas y ella dejó escapar un breve y sordo gemido. Yaten hizo un movimiento giratorio con las caderas para que Mina gozara más y ella se aferró a sus hombros, estrechándose fuertemente contra su carne extensa y tiesa. Las manos de Yaten le sostuvieron las nalgas, en un rítmico sube y baja, que le arrancó a él un gemido de satisfacción, mientras quedaba enfundado, de punta a cabo, dentro de la resbalosa tibieza del cuerpo de ella. Le chupó los pezones y Mina se estremeció; entonces, se apartó lo suficiente para decirle cuánto la amaba. Apretando los dientes, echó la cabeza hacia atrás y Mina se puso a besar ese cuello macizo, hasta que, al pasarle la lengua por la nuez, por poco lo hizo estallar. Sin despegarse ni un instante, tendió a Mina debajo de su propio cuerpo. Elevó aún más uno de los muslos de ella, para poder incursionar más profundamente. Su mirada llameante despertó un beso no menos ardiente, rematado con una mordida de su labio.

—Me llenas tan completamente —gimió Mina y en su voz había un temblor que acompañaba el de su cuerpo, que latía en torno al engrosado tallo de Yaten al mismo ritmo que su corazón.

Él sostuvo sus nalgas, mientras entraba y salía cada vez con más fuerza; a veces retiraba apenas su lanza para observar cómo sus primeros jugos amorosos se derramaban sobre el vientre de Mina, y entonces volvía a hundirse en sus profundidades. Cuando se irguió sobre sus rodillas, ella lo contempló embelesada, sabiendo que era tan bello y majestuoso como el más fino semental. Mina se tensaba y se embravecía, sujetando las pieles que tenía debajo, presta para abandonarse del todo; pero él volvía a retirarse, para alzarla hasta su boca insaciable. Ella se aferró a la cabellera retinta y empapó a Yaten con su pasión.

Cuando acabó, quedó tendida jadeando, débil y temblorosa. Él se recostó a su lado y la tomó en brazos.

—Descansa, ma fée, aún no hemos terminado.

Más tarde, Talard les hizo llevar vino al cuarto; pero Yaten no quiso beber de la copa. Mojó sus dedos en la bebida, y dejó que goteara sobre los pezones, el cuello y el vientre de su mujer, y la lamió de arriba abajo. Lo mismo hizo con su boca, cuya dulzura besó y absorbió. Cuando salpicó un poco de vino en su entrepierna, ella rió. Él sonrió y volvió a salpicarla, lo que encendió la pasión en ellos. Yaten se puso de pie junto a la cama y ella le envolvió las caderas con las piernas, encaramada a su amante que la impulsaba desde abajo con los movimientos de su pelvis. Ella lo acompañó con lentos y acariciantes deslizamientos, hasta que la cálida semilla de Yaten la inundó y desbordó.

Se quedaron dormidos, vacíos y exhaustos, pero a la mañana siguiente, cuando ella despertó, Yaten estaba listo para el amor. Ella se negó con la cabeza, cuando él la atrajo hacia sí, pero fue hasta el sofá y lo llamó. Cuando él se acercó, Mina lo detuvo y miró con admiración el pecaminoso espectáculo de concupiscencia que tenía ante los ojos, oscuro y arrebatador.

Se arrodilló, tomó su enorme masculinidad entre las manos y la introdujo en su boca. Lo acarició con lambetazos extensos y prolongados, desde la base de su vaina hasta el extremo que palpitaba de deseo y le mojaba los labios con su néctar. Él masculló algo en voz muy baja y acomodó la cabeza de Mina para que lo contuviera más plenamente. Por fin, la alzó una vez más sobre su regazo y la penetró.

—¡No se te ocurra tocarme! —Mina alzó las manos para impedírselo, cuando Yaten se acercó a su cama. El hecho de que estuviera completamente vestido no tenía mayor significado, dada la rapidez con que era capaz de quitarse la ropa.

Él rió y exhibió una bandeja con comida. Estaba bastante avanzada la tarde y ella aún no se había levantado.

—Eres un bruto —murmuró, probando un huevo hervido—. Estoy dolorida por todas partes.

La satisfacción hizo que apareciera un dejo humeante de gris en la mirada triunfadora de Yaten. Y también dio motivo a Mina para fingir lamentarse:

—Me has convertido en una golfa desvergonzada, Yaten. ¡Ojalá estés contento!

—Ya lo creo —le hizo un guiño e hincó el diente en un trozo de lechón.

Mina se estremeció al observar cómo se limpiaba el jugo de la comisura de la boca con su lengua.

—¡Basta ya!

Yaten la miró de costado, con curiosidad:

—¿Basta qué?

—Basta de lamerte la boca.

Yaten dejó de masticar y le sonrió.

—Tú estás loca por mí. Admítelo.

—Me das asco.

—Mentirosa —rió.

—Me encanta cuando te ríes. Pareces tan… querible.

—¿Querible?

Oui. Como un niño que, de pronto, se ha hecho hombre.

—Y cuando lo haces tú, pareces una ramera sensual. —Ella lo empujó, pero él rió y se le echó encima—. Perdóname, quise decir ángel, pero me acordé de anoche. No es culpa mía.

Ella volvió a golpearlo, hasta que Yaten tomó su mano y la besó.

—Te amo.

—¿Para siempre?

Oui.

—¿Lo prometes, marido mío?

Oui, lo prometo.

—¿Que nunca me abandonarás?

—Nunca —juró—. Jamás.

—Qué bien. Pues, si lo hicieras, te colocaría brasas calientes en tus pantalones… mientras los tuvieras puestos.

Merde. Sí que eres una mujer peligrosa.

Lo apartó, mientras sonreía, y se hizo cargo de la bandeja que estaba a punto de caerse del borde de la cama.

—Olvidaste el vino. Iré a buscarlo.

Non. No quiero que merodees por el castillo mientras yo estoy aquí arriba y Kunzite Dermott anda suelto.

—¿Acaso lo has visto?

—¿Acaso tengo sangre en la camisa?

Ella se encogió de hombros y retornó a su comida. Yaten se incorporó. A ella le encantaba observarlo. Vestía una camisa de lino, de color natural, con amplio volado ajustado a la cintura, y unas calzas negras, metidas en un par de botas de cabritilla.

—No puedes quitarme los ojos de encima —adivinó Yaten, sin necesidad de mirar atrás.

—Preferiría mirar basura cubierta de moscas.

La risa profunda y espontánea de Yaten llenó la habitación y, después, el gran salón, donde se encontró con el viejo James, que perseguía una gallina.

—Buen día, milord. Habrá dormido usted bien, con seguridad —dijo, plantándose delante de su señor y dándole una guiñada de complicidad.

—Muy bien. Merci, James, pero —los ojos de Yaten se entrecerraron con suspicacia— ¿por qué persigues a las aves de corral?

James frunció el entrecejo con aire de enfado.

—No me ha dejado dormir por la noche, con su continuo cacareo. Pienso comérmela en cuanto la alcance.

—¿Comerla?

—Así es, señor.

—¿Y cómo puedes saber que fue precisamente esa gallina la que no te dejaba dormir? —preguntó mientras se esforzaba por no reír.

—Verá, cada gallina tiene un modo particular de cloquear. La verdad es que son todas diferentes, como las voces de las mujeres. Tal vez yo no pueda ver a la que está parloteando; pero puedo reconocerla por la voz. Como anoche, al pasar por la habitación de lord Dermott, cuando la maldita gallina me tenía desvelado. Escuché una voz de mujer allí dentro. A lo mejor, nadie se hubiera percatado de quién se trataba, pero Rei tiene una tonadita foránea inconfundible, y yo…

Los ojos de Yaten se encendieron de indignación.

—¿Rei estaba en la habitación de Dermott?

James asintió y comenzó a dar una larga explicación acerca de las modulaciones y otros detalles que le permitían distinguir su voz de las de otras mujeres del castillo.

—¿Y qué hacía allí? —interrumpió Yaten, con frialdad.

James respondió con una sonrisa experta:

—¿Qué cree usted que estaría haciendo?

—¡Maldita! —exclamó luego de un momento de silencio—. No es capaz de mantener las piernas cerradas frente a ningún hombre.

—Ninguno, salvo el pobre viejo de James —se quejó el otro, pero entonces, al escuchar un sonido inesperado, inclinó la cabeza hacia la derecha—. Ven, pollita, chiqui, chiqui… —repitió, mientras concentraba su atención. De pronto, sacó un hacha, que portaba en la cintura, y la descargó a centímetros del rostro horrorizado de su señor. Enseguida desapareció, en pos de la fugitiva, con la que tenía pensado regocijarse a la hora de la cena.

Yaten lo miraba consternado. Debía hallarle algún otro destino, menos peligroso, antes de que matara a alguien por error, en uno de esos arranques.

Sonrió, más feliz de lo que había estado desde hacía mucho tiempo, y le pidió a Talard que llevara vino a la habitación.

Momentos después, se encontró con su esposa, al pie de las escaleras. Con una gran sonrisa, la tomó por la espalda, debajo de la cintura, y le preguntó:

—¿Y tú qué haces que no estás en la cama? ¿Ya me extrañabas?

Mina rió, sin pensar en otra cosa más que el contacto de las manos de Yaten con sus nalgas.

—Ni siquiera me había dado cuenta de que no estabas —mintió, estimulada por la tentación de provocarlo—. Bajé porque no se me había pasado el hambre.

—¡Asombroso! A mí me sucedía lo mismo.

Mina estaba preparada para ceder ante las artimañas del apetito de Yaten, pero no ya, ni del todo. En cambio, le prometió:

—Si me sueltas, te llevaré a nuestra habitación y te permitiré saborear la dulzura de mi pecho.

Yaten le sonrió con tanta sensualidad que a ella se le aflojaron las rodillas. Dudaba de que fuera capaz de seguir resistiendo.

Él la soltó, pero, en vez de regresar a las habitaciones, Mina dio una risotada y salió corriendo hacia la puerta principal del castillo.

A Yaten se le borró un poco la sonrisa, cuando decidió perseguirla. La alcanzó en el momento en que se esforzaba por abrir los pesados batientes, sobre los que aplicó su fuerza para impedirlo. Estaba detrás de ella, con las manos por encima de su cabeza; ella sentía su aliento entre el cabello y levantó la vista para encararlo.

—¿Adónde vas, mujer? —Yaten adosó sus labios a la sonrisita burlona de Mina.

Antes que pudiera atraparla, logró abrir la puerta de un tirón. La pesada y bien estacionada madera golpeó de llenó contra la nariz del señor de Graycliff, pero su esposa no se detuvo, ni siquiera al oír las imprecaciones de la víctima de su picardía. Rió y cruzó a los saltos entre el cacareo de las gallinas y los chillidos de los chanchos. Sus pies parecían volar, sostenidos por el viento salobre, hacia la reja que guardaba la entrada.

Con el cabello revuelto por el viento y las mejillas sonrosadas por la agitación de la carrera, reculó contra el enrejado, dispuesta a enfrentar a Yaten.

—Ordena queabran, o nunca más me acostaré en tu cama.

Yaten sacudió lentamente la cabeza y se acercó, inquietante, como un león macho que acosa a su hembra.

—Hazlo. Te lo advierto. O me encerrare en mi cuarto, mientras sufres y te quedas con las ganas.

—¿Quedarme yo con las ganas de ti? —Yaten se detuvo y rió, pero sus ojos la devoraban de pies a cabeza—. Derribaría la puerta y me apoderaría de lo que me pertenece. ¡Jamás me quedaría con las ganas!

Divertida con su jactancia varonil, Mina le hizo una seña, para que se apartara.

—Apártate o nunca volveré a sonreírte.

—¡Ah! Eso sería demasiado cruel. —Yaten se volvió, para avisar a Roland que levantara el enrejado, y la miró de nuevo—: Te lo advierto, muchachita; en cuanto te tenga a mi alcance y, créeme, te alcanzaré, te tomaré donde sea; de manera que te conviene regresar a nuestra cama, mientras aún estés a tiempo.

—¿Y admitir que me has derrotado? —exclamó Mina, al tiempo que se levantaba la compuerta de hierro—. ¡Te equivocas! ¡Jamás!

Se agachó y echó a correr, sabiendo que él no tardaría en alcanzarla.

Durante varios minutos permaneció quieto, admirando el espectáculo de su espléndida cabellera, que se agitaba y resplandecía bajo el sol, encantado con la plasticidad de la figura de Mina. Vio que alzaba sus faldas, con sus esbeltas piernas a la vista, cuando saltaba entre las rocas para que él no la apresara. La risa de su amada lo colmaba de alegría. Le concedió una amplia delantera, antes de emprender la persecución, y en su rostro se dibujó una risa triunfal.

Mina bajó con el corazón agitado entre los peñascos y ásperos murallones de piedra, hasta la senda que la llevaría hasta el mar. Si Yaten la alcanzaba estando todavía a la vista del castillo, estaba segura de que la tendería en el suelo y reclamaría el premio por su victoria, a la vista de todos los que quisieran mirar. Sonrió al darse cuenta de que estaba muy cerca del mar: sentía el aroma de las olas y oía su fragor, al romper sobre las rocas, sin detener su carrera.

Estaba reflexionando sobre lo maravilloso que sería concretar su unión sobre la arena, cuando se topó de frente con Yaten. Desconcertada, permaneció con la vista clavada en sus ojos fulminantes, preguntándose cómo había llegado a estar delante de ella.

Él la sujetó, para que no pudiera seguir huyendo, mientras ambos recuperaban el aliento; si bien a él le bastó ese instante para ensayar una sonrisita procaz.

—Este habrá de ser mi mayor triunfo, del que se hablará durante siglos. ¿Ves? Tenemos testigos.

Mina no quería mirar, pero no tuvo más remedio, y descubrió que había allí por lo menos una docena de pescadores, que observaban con atención.

Non, no harías tal cosa —pidió. Respiraba con profundidad y un dejo febril, como el movimiento del mar.

—Te aseguro que sí. Y lo haré.

—Muy bien —declaró, con la certidumbre de que fuera lo que fuese lo que debiera hacer, no iría a perder esa apuesta—. Lo haremos.

Sin apartar los ojos, le sonrió y comenzó a desatarse la ropa.

Yaten se cruzó de brazos, fijando sobre ella una mirada desafiante.

—Esto va a resultar divertido.

Oui —ronroneó Mina—; para ellos, también.

Sonrió, mientras agitaba la mano, saludando a los pescadores, que suspendieron la tarea de plegar sus redes, sin poder creer lo que veían.

La mirada de Yaten los captó, y desapareció su sonrisa, pero no hizo el menor ademán para detenerla cuando Mina dejó caer su primer ruedo de faldas hasta los tobillos.

Sus ojos se encontraron, provocadores, cuando ella se desprendió de sus zapatillas y las pateó al aire, como quien arroja los huesos para que los disfruten los perros. La pequeña hada parecía dispuesta a desprenderse de sus alas y exhibir su tierna belleza femenina ante todo el mundo. A Yaten el pulso le latía con furia, por las ganas que sentía de verla desplegar la magia de su presencia y el rechazo de compartir esa visión con los demás.

Ella cruzó los brazos sobre la cabeza y comenzó a quitarse el vestido. Yaten observaba, con el aliento descontrolado y los ojos entrecerrados. Cuando atinó a ver el tesoro dorado entre sus muslos, lanzó una maldición.

En un solo movimiento, la alzó en sus brazos, diciendo:

—Tú eres mía solamente.

Y la llevó a una pequeña cueva, al pie del acantilado, cerca del mar.

Sus palabras sonaron con tal poderío, con tal autoridad, que Mina no pudo menos que temblar entre sus brazos. Nadie la había marcado como él la noche anterior. Ella sabía que le pertenecía. Y mientras Yaten la sujetaba con fuerza contra su pecho indomable, ella supo que también quería pertenecerle.

Gozaba al sentir cómo la desvestía. Su mirada ardiente y su excesivo, casi salvaje, apasionamiento la extasiaban, mientras la devoraba con los labios. Y cuando la colocó de rodillas sobre la arena, relumbrante y cálida, y se ubicó a sus espaldas, ella comprendió que estaba a punto de apoderarse de mucho más que su cuerpo.

Cuando Mina regresó al gran salón, estaba tan famélica que hubiera devorado una comida de siete platos.

Yaten se instaló a su lado, ante la larga mesa montada sobre caballetes, viéndola tragar tortas de miel, un trozo de cordero y, enseguida, una copa de vino. Su marido se divertía y la admiraba.

—¿Qué sucede? —preguntó Mina; la inocencia de su mirada acariciaba el corazón de Yaten.

—Tienes un apetito voraz, pero eres muy menuda.

—Yo no estaría tan desesperada si me hubieras dejado comer al mediodía, en lugar de hacerme correr por las inmediaciones.

Yaten estuvo a punto de ensayar una protesta, pero se contuvo y rió.

—Además —continuó ella alegremente, mientras tomaba una jugosa pera—, si engordara, a lo mejor me salvaría por un tiempo de su desopilante apetito, milord.

—De nada serviría —proclamó. Su voz grave le quemaba la piel como si la estuviera lamiendo con llamaradas—. Lo mismo, te adoraría.

Mina dejó de masticar y lo observó. ¿Hablaba en serio? ¿De veras la adoraba? ¿O acaso esas expresiones le fluían de la boca con la misma ligereza que los elogios dispensados a Ingred cuando la ponderaba por los magníficos festines que solía preparar en Graycliff? Ella quería que lo repitiera, que le dijera que la amaba y que significaba mucho para él. Pero supo que había dejado pasar la oportunidad, cuando Seiya se hizo presente ante ellos.

—Lamento interrumpir. Supuse que estarían contentos de saber que Dermott y sus hombres se fueron del castillo hace una hora. Lo más probable es que se haya retirado a Cambridge para preparar su venganza.

La sonrisa de Yaten pasmó a Mina. El atractivo varonil de su marido la fascinaba. Sus ojos aparecían como cristales, claros y luminosos, que contrastaban con su piel olivácea y sus cabellos plateados; como cristales rebosantes de vitalidad. Podían atravesar la carne como espadas hirientes y poderosas, pero cuando se asentaban sobre ella eran tiernos y, enseguida, apasionados, turbados por un sinfín de emociones.

Yaten siguió sonriendo, mientras miraba a su esposa. Seiya había abandonado la mesa, pero ella ni siquiera se había dado cuenta.

—Hace cinco minutos que tienes estampada una expresión de embeleso. ¿En qué estás pensando?

Como si estuviera hipnotizada, Mina se quedó observando el movimiento de los músculos de la garganta de Yaten al tragar. Después, dejó que su mirada se desplazara sobre su rostro.

—Estoy a orillas de un bello mar surcado por la luz de la luna —susurró ella—. El poderío de ese tumultuoso mar me reclama y, aunque sienta temor, me veo obligada a acudir a su llamado.

—¿Por qué te asusta, mi hermosa hada?

Ella cerró los ojos, en silencio, y se dejó arrebujar contra el calor del cuerpo de Yaten, que la acariciaba tiernamente entre sus brazos.

—Por lo que más quieras, Mina, ¡yo jamás te haría daño! —hizo el juramento con la boca entre sus cabellos, incapaz de soportar la idea. Mina quería conservar ese momento para siempre. Quería entreverar sus dedos con sus cabellos y no soltarlos nunca más. Se alejó lo indispensable para mirarlo a los ojos.

—Las olas de ese mar no son frías, ni intentan sumergirme en la penumbra de sus profundidades, sino que me acarician con manos divinas, brindándome contención y calor. Ese maravilloso mar jamás ruge aunque, por su increíble potencia, podría arrebatarme la vida, como si yo fuera una insignificancia. Sin embargo, su temible oleaje me susurra las cosas más dulces que mis oídos hayan escuchado nunca.

Yaten sonrió ante su mirada agradecida.

—¿Y qué hay de malo en eso?

—Es fácil enamorarse ante tanta magnificencia y generosidad. Pero habiendo de por medio tal diferencia de poder, una persona tan carente de importancia como yo podría perderse o resultar olvidada.

Ella tuvo la sensación de que Yaten había reaccionado asumiendo cierta rigidez, al escuchar sus palabras, y rogaba que no las hubiese tomado a mal.

—Amor mío, un mar no es más que un lago, sin el viento que lo agite. Ven, salgamos a cabalgar.

Yaten la condujo hasta los establos y le pidió que lo esperara. El amo de los acantilados que le había regalado el mar regresó montado sobre su salvaje yegua blanca como una visión entrevista en sueños por una sirena. Sin detenerse, la alzó por la cintura y la sentó en su regazo. A ella le encantaba sentir la presión de su vigorosa mano al sujetarla. El calor de su aliento sobre la nuca le producía un delirante deseo y, cuando Yaten espoleaba a su yegua, el corazón de Mina enloquecía.

Transitaron sobre las superficies desparejas sin amenguar la marcha, de modo que Mina cerró con fuerza los ojos, por temor que Ayla resbalara y los tres se despeñaran hasta el fondo de los acantilados. Pero pronto llegaron hasta el mar y la yegua resopló, levantando una nube de arena.

—Quiere correr —murmuró Yaten al oído de Mina y le levantó la falda, acomodándole la pierna de manera que estuviera más segura sobre el lomo el animal—. Guíala tú —añadió y le cedió las riendas.

—Tengo miedo.

—¿Y desde cuándo ha sido ese un motivo capaz de detenerte? —rió Yaten, y se dirigió a la yegua—: Ayla, enséñale a Mina qué se siente al volar.

Así diciendo, le aplicó un ruidoso golpe en el anca con la mano, para hacerla disparar.

Mina se aferró a las riendas. El oleaje, a su izquierda, se transformó en un borrón grisáceo, mientras las patas de Ayla trasponían la arena mojada a tal velocidad que ni dejaban huellas. El viento arrancaba lágrimas de los ojos de la joven y su aliento se entrecortaba. En verdad estaba volando, tan libre como Yaten cuando salía a cabalgar sobre Ayla.

—¿Sientes el viento, ma fée?—Él la sostenía desde atrás y su voz parecía provenir de las profundidades del mar—. Es tan poderoso como el océano.

Oui —concordó y entendió por qué él la hacía partícipe de esa sensación. Porque ella no era nadie insignificante, sino que era tan importante para él como lo era él para ella.

Le devolvió las riendas y se recostó sobre su cuerpo, extendiendo las manos libres hacia ambos costados.

—Gracias, Yaten. Gracias por haberme liberado.


Mil disculpas chicas por no actualizar en tanto tiempo pero estuve llena de cosas. En la otra historia Perfecta Para Ti, les expliqué por qué mi demora. Espero que este capítulo haya llenado sus expectativas de algún modo y no se preocupen porque no pienso dejarlas con la historia a la mitad, la terminaré sí o sí.

Bueno, al fin supimos quién mató a Jedite. Y disfrutamos de una buena luna de miel ¿o no? Pero aun falta que se resuelvan muchas cosas en esta historia, Kunzite no se quedará de brazos cruzados tan fácilmente. Ya veremos que sucede en el próximo capítulo

Que tengan una feliz navidad junto a su familia, amen, quieran y sean felices junto a los suyos, ese es el mejor regalo que pueden tener.

Cariños!