El desertor olvidado, parte II: Capitulo XV. FINAL.

Yo te debo tanto,

tanto amor que ahora,

te regalo mi resignación.

Sé que tú me amaste,

yo pude sentirlo…

Quiero descansar en tu perdón.

Voy a hacer de cuenta

que nunca te fuiste,

te has ido de viaje y nada más.

Y con tu recuerdo

cuando esté muy triste

le haré compañía a mi soledad.

Quiero que mi ausencia

sean las grandes alas

con las que tú puedas emprender.

Ese vuelo largo,

de tantas escalas,

y en alguna me puedas perder.

Yo aquí entre la nada

voy a hablar de todo,

buscaré a mi modo continuar,

y hasta que los años

cierren mi memoria

no me dejaré de preguntar…

¿Dónde estará mi primavera?

¿Dónde se me ha escondido el sol

que mi jardín olvidó,

y el alma me marchitó…?


El paisaje era oscuro, pero cálido. Ella estaba a su lado, con él, entre sus brazos. Aquella era la paz que nunca había vuelto a sentir desde entonces, el amor en su máxima expresión. Se sentía tan bien, era tan real. Podía sentir el roce de su piel con la suya como si lo estuviese viviendo en ese momento, incluso sus cabellos alborotados entre su rostro.

Te amo —le dijo él en medio de la oscuridad, aquella noche lluviosa.

También yo, aunque ya te lo dije antes —le respondió ella sonriendo—. ¿Por qué te tomó tanto tiempo decírmelo? —finalizó, riendo. Esa risa, tan juvenil y feliz, que lo alegraba. Un timbre fino y delicado, tan propio de ella.

No podía ser más perfecto. Quería congelar el tiempo en ese instante, pero luego se percató de que la voz de Sakura comenzaba a oírse cada vez más despacio, en la lejanía. Se estaba yendo, alejándose de su mente.

Intentó tocarla, mantenerla con él, aunque fuese por unos segundos más… pero su cuerpo se desvaneció entre sus brazos, y quedó solo en la cama, en medio de la oscuridad. Cerró sus ojos, rogando más tiempo… pero sentía la luz en sus ojos cada vez con más intensidad: Estaba despertando.

—Otra vez… —susurró con la voz ronca, abriendo con pesadez los ojos. Se tocó el colgante que ella le había dado antes del festival, aquel que tenía el símbolo Haruno en él. Increíblemente se había mantenido intacto y limpio todo ese tiempo, a pesar de que jamás se lo había quitado.

Ya era la mañana, y miró a su alrededor. Todo lucía casi como la última vez que ella había estado ahí adentro. Él dormía en la habitación en la que se había acostado con Sakura, la de ella que estaba en la planta alta fue ocupada un tiempo por Itachi cuando creció, y luego de que se mudó nadie volvió a tocarla.

Él se aferraba a lo que le recordaba a ella casi como una rutina, y esa habitación era una de esas cosas. Ya habían unos veinticinco años desde aquella vez. Él ya tenía un poco más de cincuenta, e Itachi unos treinta. Sasuke lucía avejentado, con facciones marcadas y masculinas pero con algunas arrugas bajo los ojos. Su cabello era levemente más largo, y su cuerpo un poco más corpulento, pero además de eso no había cambiado mucho más. Las mujeres seguían buscándolo como cuando era un niño, aunque nunca les prestó atención.

Ya estaba retirado del mundo shinobi, su cuerpo estaba cansado por dentro. Él poseía el poder de un Dios, pero el cuerpo de un humano… y ello lo había desgastado. Había llevado su cuerpo al límite tantas veces en su juventud, que ahora la vida le estaba pasando factura. Una enfermedad similar a la de su hermano lo carcomía por dentro de a poco: Ya no tenía la capacidad de antes para realizar esfuerzos físicos muy grandes, ni usar el sharingan a su antojo. Siempre estaba medicado, y sus pulmones comenzaban a fallarle provocándole pequeños ataques de asma de vez en cuando. Su corazón también era débil.

Estuvo bien hasta unos años atrás, pero cuando estaba por llegar a los cincuenta los síntomas se abrieron paso y lo tumbaron a la cama, obligándolo a reposar a veces por meses.

—Hoy hace calor… —dijo, mirando cómo la luz del sol entraba por la ventana con una fuerza molesta. Luego desvió los ojos a un almanaque que estaba pegado en la pared de adelante, y tenía una fecha particular marcada.

Cerró sus ojos, corriendo la mirada a otro lado. Después de eso comenzó a escuchar un sonido extraño; el picaporte de la puerta de entrada.

—¿Ino? —preguntó al aire. Ella entró por la habitación, confirmando sus sospechas.

Tantos años también le habían pasado factura a ese hermoso rostro que alguna vez había sido objeto de halagos: Seguía siendo terriblemente hermosa para su edad, pero las arrugas a los costados de sus ojos eran visibles. Su cabello estaba un poco más opaco, pero no lo usaba suelto o en una cola; se lo dejaba en un rodete, como hacía su propia madre a su edad.

Su piel, a pesar de las arrugas, seguía siendo blanca y tersa. Aquella sonrisa burlona y simpática no había cambiado en nada, ni tampoco su voz… aunque la ropa que usaba era mucho más formal que antes.

Ella entró a la habitación cómodamente, como si fuera su propia casa. Había ido muchas veces cuando Sakura estaba viva, y luego que murió siguió haciéndolo para cuidar a Itachi de vez en cuando. Sin embargo, jamás habían hablado de lo que ocurrió esa vez. Ahora que Sasuke estaba enfermo, era su deber ir a su casa semanalmente para hacerle un chequeo.

Se sentó a su lado, en la cama, y sacó el estetoscopio para hacerle los exámenes semanales. Le midió la presión, y también la temperatura. Abrió los ojos de la sorpresa cuando se dio cuenta de que estaba perfectamente bien, sin ningún problema. Su pulso se sentía rejuvenecido, su presión estaba mejor que nunca.

—¿Te estás sintiendo bien? —le preguntó, levantándose de la cama. Él la miró, arqueando una ceja.

—¿Se supone que debo?

Ella asintió.

—Hoy estás mejor de lo normal, me sorprende considerando que ni siquiera tomas la medicación —le informó, observando la tableta de pastillas llena.

—Así que lo sabías… —susurró él, corriendo la cara.

—¿Sabías que es mi deber informarlo al hospital, verdad? —él la miró con cierta súplica. Ella sonrió y cerró los ojos— Lo sé desde hace meses, no te preocupes. Si quisiera ya estarías internado…

—Gracias por no hacerlo —le dijo él.

Ella comenzó a guardar sus instrumentos para irse de nuevo.

—¿No vas a preguntar por qué no las tomo? —le preguntó él, sorpresivamente. Aquello la tomó de sorpresa. Se quedó callada un momento, evitando mirarlo.

—No hace falta —le contestó finalmente.

—¿Sabes qué día es hoy? —preguntó él, casi instantáneamente. Ella volvió a ignorarlo, deteniéndose en seco, dándole la espalda. Tragó saliva, y lentamente se dio vuelta a mirarlo con una sonrisa bastante forzada, esas que Sai le había enseñado a hacer.

—Claro, es el festival. Estás bastante bien de salud, ¿vas a ir? —le preguntó, con una amabilidad que a Sasuke le trastocaba la espalda como un cuchillo.

—No me interesa el estúpido festival. Hoy es el aniversario de su muerte —le respondió con sequedad, buscando una reacción en ella que no parecía darse. Ella le corrió la cara y se dispuso a salir—. Espera —le pidió él, desde la cama.

—No quiero hablar de esto —le dijo ella casi al instante, dándole la espalda. Su tono de voz había cambiado repentinamente… se estaba quebrando—. Fui esta mañana a visitarla —finalizó.

—Sé que me culpas por lo que le pasó, que me odias en silencio. No quiero reprocharte nada, Ino. Yo también me odio a veces —le dijo él. Ella lo escuchaba en silencio, hasta que suspiró largamente y se dio vuelta a verlo de nuevo.

—No te odio, Sasuke… es sólo que para mí todos estos años han sido muy difíciles. Tú le diste lo mejor de su vida. Ella se murió en cuerpo, pero sin ti hubiera estado muerta en alma, por dentro. Incluso si vivía cien años… esos cien años no hubieran valido nada sin ti. Eres lo mejor que le pasó, tú eras el que la hacía suspirar —le contestó ella, dejándolo atónito. Luego ella dejó escapar unas carcajadas graciosas—. ¡Nos hacías suspirar a todas! —exclamó, recordando las épocas de academia— Pero la única que tuvo el valor de entregar su vida por ti, fue ella. Lo digo en todo el sentido de la palabra… ¿Y qué clase de amiga sería yo, si no pudiera entender eso? —finalizó, sonriéndole con calma— Espero que vayas al festival, todos irán. Ya sabes que cada habitante lanza un globo de papel al cielo cuando termina, por cada ninja que falleció en esa invasión. ¡A Itachi le gustaría que lanzaras con él el de Sakura! —clamó, dejando la habitación por fin. Él se quedó mirando su espalda irse, totalmente sorprendido por todas sus palabras.

Luego sonrió, sintiéndose mejor que antes. Realmente necesitaba escucharla… ella había sido como una hermana para Sakura, y jamás habían tocado el tema. Todo ese tiempo había creído que ella lo odiaba en silencio, que lo culpaba tanto como él se culpaba a sí mismo. Ino se había casado, había tenido un par de hijos… pero la tristeza y el vacío que había dejado Sakura jamás se habían ido. Y Sasuke creía que ese vacío estaba lleno de reproches hacia él, e incluso quería escucharla odiándolo, castigándolo con palabras por lo que le pasó a Sakura. Él la hubiese escuchado en silencio, sabiéndose merecedor de cada insulto. Pero no lo hizo, Ino simplemente… no lo hizo. Ello, de alguna extraña manera, le dio calor en el pecho.

Algo muy pequeño se liberó en él. Se quedó tumbado en la cama, mirando al techo con su cabeza reposando sobre sus manos, suspirando en la soledad. Finalmente decidió levantarse y cambiarse los pijamas, la verdad es que se sentía bastante bien ese día, Ino tenía razón.

Fue a la cocina a prepararse el desayuno, uno simple como siempre lo hacía. Prendió el fuego con las hornallas, puso la tetera a calentar agua y sacó el café. Se sentó en una silla leyendo el periódico mientras esperaba, pacientemente. Pronto la tetera comenzó a silbar, y se sirvió lentamente.

Tomaba el café con lentitud, pero pronto los pensamientos lo invadieron nuevamente. Siempre le pasaba lo mismo, todos los días la recordaba… pero ese día particular del año siempre era peor, siempre era el triple de tortuoso e intenso.

Soñaba con ella casi todas las noches, y a veces antes de dormir repasaba en su cabeza absolutamente cada detalle de lo que había sucedido esa vez. Naruto y demás ninjas intentaron convencerlo muchas veces de que esa gente tenía un objetivo mucho mayor que simplemente matarlo a él, y tenían razón. Pero, en el fondo, Sasuke siempre pensaba que podría haber hecho algo más para salvarla. Si hubiese llegado a ese samurái unos cinco segundos antes, o si hubiese corrido con ella a la torre, o si se hubiera interpuesto en el medio del trayecto de la espada… Cualquier cosa que la tuviese viva ahora. Pero con los años se dio cuenta de que no importaba cuánto lo pensara y recordara, no iba a cambiar nada. Y eso simplemente lo torturaba.

Una tortura silenciosa, con la que aprendió a vivir con los años. Itachi, su pequeño, le había traído un soplo de alegría cada día, obligándolo muchas veces a olvidarse de todo para ocuparse sólo de él. Sin embargo, las noches eran tan solitarias para él. Pesadillas, tortuosas pesadillas… de las peores, esas que comenzaban tan tiernamente con algún recuerdo de ellos juntos, y luego terminaba con el cuerpo de Sakura desvaneciéndose en el aire, en medio de la oscuridad, haciéndolo caer una y otra vez contra una realidad incambiable. Luego despertaba, yéndose a cumplir su nuevo y extraño deber como ninja de Konoha, aquél que Naruto le había otorgado y que él, por Itachi, había vuelto a aceptar.

Si estaba vivo aún, era por él, y Naruto en el fondo lo sabía… por eso le permitía ir a misiones de alto rango a erradicar lo poco que quedaba de aquella rebeldía que una vez los había invadido: Sabía que Sasuke, aunque lo deseaba con su alma, no iba a dejar que lo mataran. Itachi no iba a quedarse solo, ni a sufrir por su egoísmo de querer acabar con su existencia vacía. Lo amaba demasiado como para hacerle eso. Daría su vida por él.

Itachi, un ser tan pequeño e inocente, era capaz de llenar el corazón de Sasuke. Cada vez que llegaba de una misión era él quien lo recibía con una sonrisa, abrazándolo. Sasuke lo había ayudado a vivir con la ausencia de su madre, al igual que él… ambos se habían ayudado mutuamente a lidiar con el dolor. Toda tarde libre que tenían salían juntos a pescar, cazar, entrenar o hacer cualquier cosa que los entretuviera.

Pero luego Itachi creció, y la amistad pura que había desarrollado con la hija de Naruto fue creciendo cada vez más, intensificándose con los años y evolucionando en un amor sincero y limpio… no tardaron mucho tiempo en enamorarse perdidamente el uno del otro y acabar, como era natural, casándose y formando su propia familia. Ambos se mudaron juntos, y comenzaron a vivir solos y de manera independiente. No tardó mucho tiempo en que Minako se embarazara de una pequeña y hermosa niña llamada Sakura, en honor a su abuela. Era tan parecida a ella que a veces Sasuke se embobaba mirándola sin parpadear por horas, sorprendiéndose de lo parecidas que podían llegar a ser dos personas… por dentro y por fuera.

Poco a poco Itachi fue desprendiéndose de su padre, y en medio de la soledad, Sasuke intensificó su dolor y dejó que escapara y se liberara de una manera más evidente que antes. Ya no tenía a nadie a quien cuidar, ni con quien distraerse, o que lo acompañara las noches que tenía insomnio…

Sasuke se sentía más libre, capaz de morirse en cualquier momento que quisiera… aunque para él fue muy doloroso los primeros años en que vivió sin Itachi, ya estaba acostumbrado a tenerlo, a que llenara su vacía existencia… pero todo tenía su final, y no podía atar a su hijo a su egoísmo. Debía dejarlo ser feliz con su esposa, lejos de allí, sin que se sintiera culpable.

Pero como ya no tenía que vivir por él, como Itachi ya era un hombre que podía valerse por sí mismo y soportar su pérdida, dejó que aquella enfermedad lo consumiera de a poco. No tomaba los medicamentos… ¿para qué retrasar lo inevitable? Era evidente que en cualquier momento iba a morirse, la muerte era algo que ahora lo acechaba a cada momento. Pero él no le tenía miedo, ni siquiera pensaba en ella… solamente convivían juntos a cada instante, en medio de la soledad. Sasuke estaba listo para morirse… porque sabía que una parte de él ya se había muerto una vez, y que el resto simplemente podía hacerlo cuando quisiera.

Él había visto a la muerte cara a cara tantas veces que no podía hacer más que verla como una compañera más en su vida, una traicionera y vil, pero compañera al fin y al cabo.

Sasuke miró a su alrededor las fotos que decoraban la sala, retratos de su nieta y de su hijo, fotos antiguas de la Haruno… dibujos de la pequeña e incluso de Itachi, cuando era un niño. Recuerdos nuevos, y algunos otros viejos. Sonrió por un momento.

—Por esto vale la pena —susurró, dejando la tasa sobre la mesa.

—¡Hey, dobe! —gritó una voz chillonamente reconocible para él entrando intempestivamente a la casa sin tocar.

—Que compartamos una nieta no te da el permiso de…

—Blah, blah, blah. Siempre dices lo mismo, y ya sabes que nunca te escucho —lo interrumpió su viejo y rubio amigo, con una sonrisa luminosa.

Él había cambiado también, pero su esencia seguía siendo la misma de siempre. Su cabello lucía un poco más largo y caído, y su cuerpo era incluso más corpulento que antes… pero su sonrisa no había cambiado ni un poco, seguía siendo la misma porquería molesta de siempre. La muerte de Sakura lo había afectado tanto como a él, pero era imposible quitar de su corazón la alegría natural con la que había nacido. No por nada era el gran Hokage-sama y unificador de naciones… era Naruto, el niño de la profecía, después de todo. No podía negar que en el fondo envidiaba su fortaleza.

—Entonces… acabo de volver del cementerio… —Sasuke levantó la mirada cuando lo oyó decir esas palabras, y pudo observar cómo la sonrisa de Naruto se había desdibujado sutilmente y sus ojos se habían opacado de una manera visible…

Sasuke resopló aire, dándole una taza de café a su amigo y sentándose frente a él.

—Ya veo —masculló, tomando de su infusión. Naruto volvió a sonreír, mirándolo con una sonrisa enorme. ¿Cómo hacía para cambiar su humor de esa manera? ¿Acaso había nacido con ese don, o simplemente fingía? A pesar de todos esos años, a Sasuke seguía dificultándole entenderlo del todo.

—Hoy tengo que hacer muchas cosas por el festival. Tu hijo prometió ayudar con Minako. ¿Vas a ir? —le preguntó, o más bien imploró.

Sasuke volvió a suspirar, dejando la taza sobre la mesa y apoyándose las yemas de los dedos contra la sien.

—Ya sabes que nunca voy… —le respondió finalmente, cerrando los ojos— Es un día que me gusta pasarlo en otro lugar. Tú lo sabes muy bien, todos los años insistes en lo mismo.

—No seas tan terco, Sasuke. Vives aislado, ya casi no sales de aquí desde que Itachi dejó tu casa y te retiraste por esa enfermedad —le señaló Naruto, serio ya—. Además acabo de cruzarme a Ino y me dijo que estabas mejor que nunca. No te hará mal un poco de vida social. No todo se reduce a esto… no me gusta verte tan…

—Basta ya, Naruto —lo interrumpió Sasuke, poniéndose de pie—. Sé que te preocupas de verdad por mí, siempre lo has hecho. Agradezco todo lo que has hecho por mí a lo largo de estos años, tú has sido como un hermano para mí. Pero tienes tu familia entera, viva. Alguien que duerme todas las noches a tu lado. Yo no.

—No estoy diciendo eso, Sasuke. Sakura también era importante para mí, tú lo sabes mejor que nadie —le contestó Naruto, un poco embroncado.

—Amo a mi hijo, Naruto —volvió a pararlo Sasuke—. Él es todo para mí. Pero, después de él no queda mucho en mí. Sabes cuánto te aprecio a ti y a tu familia, y no tengo ninguna objeción en que se siga haciendo el festival en conmemoración de la invasión. Pero yo no tengo nada que festejar allí, ni con quién ir. Iría solo, entre todos ustedes, con sus esposas.

Naruto corrió la mirada un rato, sintiéndose un poco culpable. Sasuke hablaba desde un dolor profundo y sincero, y le hablaba a él como no podía hacerlo con mucha gente más.

—Sasuke, tú…—quiso comenzar Naruto.

—De verdad Naruto, ¿qué pretendes de mí? —lo detuvo Sasuke, con cierta aspereza y fastidio. Pero luego observó los ojos de su amigo, tristes y decaídos, sin muchas palabras que decirle. Suspiró por décima octava vez en la mañana y le sonrió, de la manera más sincera que pudo hacerlo, y le puso una mano sobre el hombro— Gracias por haber venido, Naruto —él levantó la mirada con asombro—. ¿Vamos a la aldea? Seguramente Itachi ya fue al cementerio —le pidió, cambiando bastante el tono áspero de su voz.

Naruto asintió sonriendo, comprendiendo que no había mucho más de qué hablar. Ambos salieron de la casa, y todo el trayecto fue de silencio. ¿Qué más podía hacer, que respetar su dolor? Ese día era duro para todos, en especial para Sasuke… ¿para qué presionarlo más? Naruto había aprendido muchas cosas durante su adultez, y una de ellas había sido que a veces lo mejor simplemente era dejar de insistir. Su esposa también le había enseñado a ser paciente, y a aprender a aceptar y entender los sentimientos de los demás, aunque no los comparta.

Finalmente llegaron al cementerio, aquel grande y majestuoso donde el cuerpo de Sakura yacía. Caminaron hasta llegar, Sasuke había comprado flores de cerezo en el camino para llevárselas. Iba muy seguido a llevarle flores, pero ese día particular del año siempre llevaba más de la cuenta. El vendedor ya lo conocía y tenía preparado el arreglo desde temprano.

A medida que se acercaban allí, donde su lápida estaba al lado de la de sus padres, podía ver la espalda ancha y la silueta alta de un hombre parado y mirándola en silencio. De su mano se colgaba una delgada pequeña, que acompañaba a aquel hombre con el mismo silencio que él. La cabellera larga y roja de Minako fue la primera en mostrar su rostro, virando al escuchar los pasos de aquellos dos viejos yendo uno al lado del otro.

—Hola papá —lo saludó ella, acercándose para darle un beso en la mejilla—, hola suegro —saludó también, mirándolo con los ojos alegres y dándole un beso en un lugar similar al de Naruto.

Sasuke respondió el saludo con la misma amabilidad. Con los años él había creado un lazo un fuerte con ella, con aquella hermosa mujer joven y radiante. Era inevitable verla seguido, visitándolo cada semana con la pequeña Sakura o quedándose a dormir incluso cuando Itachi se iba de misiones, eran parientes después de todo. Pero más allá de eso, ellos tenían una confianza muy grande y Sasuke le había contado muchas cosas que había vivido cuando era joven. Minako se había ganado esa confianza a través de los años, él la quería como si fuese la hija que nunca había tenido. Cuando seguía siendo una niña y Sakura ya había fallecido, ella iba muy seguido a visitar a Itachi y fue una parte de su sostén para sobrellevar la muerte de su madre muchas veces. Jamás lo había abandonado, y al crecer Sasuke encontró en ella un buen oído que lo escuchara cuando necesitaba hablar de Sakura y recordarla. Anécdotas, secretos, historias del pasado… Minako se había convertido en un buen contenedor, en una mujer fuerte que siempre estaba dispuesta a escucharlo a él y a Itachi.

Quizás la facilidad que tenía Sasuke para llevarse bien con ella se debía a que era muy parecida a su padre, o quizás una versión mejorada de él. Una chica intrépida, graciosa, rápida, alegre e increíblemente optimista incluso en las peores situaciones… pero con una inteligencia que seguramente había heredado de su madre, Hinata. A diferencia de su hermano mellizo ella dominaba mucho mejor las técnicas del clan Hyuga que las de su padre, pero era una ninja excelente y merecedora del apellido "Uchiha" de casada. Físicamente hablando era un clon de Kushina, su difunta abuela, aunque tenía los ojos de su madre. El pelo le llegaba debajo de las caderas, era rojo y radiante, y era delgada aunque ahora llevaba cuatro meses de embarazo que aún no se notaban mucho. Muchos de los más ancianos de la aldea solían llamarla, a modo cariñoso, "Kushi-chan".

—Sabía que vendrías, a pesar de la enfermedad —dijo Itachi, dándose vuelta a verlo con una sonrisa torcida y tan particular y parecida a la que tenía el mismo Sasuke.

—Hoy me siento perfecto —le contestó sonriendo su padre, acercándose para estar a su lado, aunque claro, el pequeño Itachi que había conocido aquella vez en el bosque y que apenas le llegaba a la altura de la cintura ahora le llevaba al menos dos cabezas a la suya.

Un muchacho alto, con el porte erguido, un gran shinobi de distinción. Itachi se había convertido en el ninja de elite más fuerte de la aldea después del hokage. Lideraba prácticamente todas las misiones que llevaba a cabo con una precisión e inteligencia envidiables. Era increíblemente lúcido, destacaba en todo lo que hacía. Después de haber despertado el sharingan sus habilidades físicas habían cambiado por completo, aprendía increíblemente rápido todo lo que le enseñaban… pero había tenido increíbles senseis, claro. Naruto, Kakashi… pero sin dudas quien le había enseñado todo lo valioso al momento de luchar, todo lo que tenía que hacer y lo que tenía que descartar sin siquiera pensarlo, había sido su padre. No solamente tuvo entrenamientos físicos sino mentales, largas charlas sobre los valores de la vida, lo verdaderamente importante, y que jamás se dejara llevar por el odio.

Itachi era un Uchiha, después de todo. La enfermedad que se esparcía por la sangre de todos los que pertenecían a ese clan, aquella que los obligaba a perder la cabeza cada vez que sentían perder lo que amaban, estaba dentro suyo como en la de cualquiera… pero de alguna manera él podía manejarla y jamás había dejado que algo parecido al odio lo poseyera. No estaba maldito por la ambición de poder, por el dolor o por la envidia que su padre había padecido alguna vez, en su juventud. Él había salteado todo eso, sin necesidad de vivirlo para aprender a erradicarlo, sin necesidad de odiar para aprender a amar. Por las venas de Itachi corría la misma voluntad de fuego que la de su tío, había crecido como un chico calculador y frío en la vida ninja, pero bondadoso y cálido en su corazón. Sin embargo, era incapaz de fingir y pretender ser algo que no era como lo había hecho su tío Itachi cuando era joven. Él era expresivo, y sus ojos hablaban por él todo el tiempo sin necesidad de decir palabra alguna. Había heredado eso de su madre sin duda alguna… aquella increíble capacidad de hablar con la mirada; una brillante, llena de vida, esperanza y amor.

También sabía ninjutsu médico, su control de chakra era bastante bueno —no llegaba a la perfección de su madre— aunque su fuerte eran las técnicas Uchiha. Era básico, pero le había servido en muchas misiones donde la vida de sus compañeros habían peligrado.

Físicamente, además de su altura, mucho había cambiado. Era muy parecido a Sasuke a su edad, pero su cabello era levemente más largo y sus ojos, aunque negros, eran un poco más grandes a lo usual en un Uchiha. Su sonrisa era idéntica a la de su padre, y la simetría de su rostro junto con la perfección muscular de su cuerpo hacían de él un hombre sumamente atractivo… que lamentablemente para muchas —en especial para la joven hija de Ino— ya estaba casado.

—¡Abuelito! —exclamó la pequeña Sakura de ocho años, desprendiéndose de la mano de su padre para ir abrazarlo a él con una enorme y contagiosa sonrisa.

Sasuke la recibió con los brazos abiertos, agachándose para abrazarla y perdiéndose un momento en el aroma a flores de su sedoso cabello rosado, aquella cabellera corta delicadamente adornada con una bincha roja.

La pequeña Sakura Uchiha, el pequeño clon de Sakura Haruno. La gente no exageraba cuando decía que eran dos gotas de agua, nadie lo hacía: Realmente eran idénticas. Parecía algo sobrenatural, una obra divina del más allá, una especie de reencarnación o un Jutsu prohibido de resurrección extraño.

Su piel era blanca y tersa, sus ojos eran redondos, verdes jade y enormes. Sasuke se perdía en ellos, en su belleza. La miraba, y a veces creía que era a la Haruno a quien veía. Luego estaba su sonrisa… oh, su sonrisa. Una fresca e inocente, que se moldeaba cada vez que lo veía como lo hacía ella, la Sakura de doce años que conoció una vez y que lo seguía enamorada a todos lados. Esa niña parecía idolatrarlo como si fuese su pequeño dios personal, lo amaba y él la amaba a ella.

Su debilidad más grande se manifestaba cuando estaba cerca suyo, dándole todos los gustos, comprándole todo lo que quisiera, haciéndole los regalos más costosos y bonitos. Ella era su respiro, su lugar para descansar. Verla era el remedio más barato a todos sus males, y el más hermoso también. No importaba cuán triste estuviese, cuánto extrañara a Sakura por alguna razón. Verla sonriéndole con esos ojos hermosos hacía que lo olvidara, aunque fuese por un momento. Ella le daba paz, la misma paz que le daba su antigua Sakura cuando le daba cariño. Generaba en él un efecto que ni siquiera Itachi, su querido hijo, conseguía. Era cierto que físicamente era idéntica a su abuela y que ello tenía fuerte incidencia en Sasuke, pero también era cierto que por dentro eran iguales también.

Sasuke la veía a los ojos y podía ver su pequeña alma: Inocente, ingenua, soñadora, bondadosa y con un carácter impredeciblemente explosivo que podía perder la paciencia con facilidad. Todo en ella le recordaba a Sakura Haruno. Sasuke sabía muy bien que cuando creciera se convertiría en una guerrera igual que ella, y que sería capaz de perder la razón por enamorarse de una manera incontenible de alguien cuando conociera a quien la merezca, —porque según él nadie jamás sería merecedor de su pequeña— y que sería esa su más frágil debilidad. Su única debilidad. La misma por la que la Haruno había perdido la vida una vez. Sólo que Sasuke sabía que la pequeña Uchiha sería capaz, gracias a lo que sus ancestros habían luchado por un mundo distinto, a amar sin fronteras ni necesidad de perder la vida por ese amor.

—¡Trajiste muchas flores bonitas para la abuelita! —le dijo ella, mirándolas con ese brillo en los ojos. Sasuke sacó una del ramo y se la dio con ternura.

—Ten, esta es para ti —le dijo, y ella la aceptó con una sonrisa emocionada y alegre. Minako e Itachi observaban con ternura la calidez con la que se trataban y la idolatría inocente que esa pequeña sentía por su majestuoso abuelo.

—Hey, también yo soy tu abuelo —señaló Naruto, acercándose con una sonrisa. Ella le devolvió el gesto, acercándose para darle un beso también.

El gran Hokage sentía un cariño muy especial por ella. Le recordaba a Sakura, al igual que todos, y era su única nieta mujer. Pero su preferido, aunque no lo dijera, era el hijo de Yota… un pequeño dos años más grande que la niña Sakura, rubio, de ojos azules —no había heredado los ojos blancos al igual que Sakura, pero podía usar el byakugan—, y con una personalidad muy parecida a la de él —para desgracia de los pobres aldeanos, que vivían sufriendo sus ridículas travesuras—.

Sasuke observó la lápida de su mujer, adornada de flores y hermosos arreglos coloridos. Mucha gente iba temprano a dejárselas, con todo el cariño y respeto que podían hacerlo.

—Han pasado muchos años… —le susurró Itachi, poniéndose a su lado.

—Pareciera que fue ayer —le contestó su padre. Luego lo miró a los ojos, dibujando una pequeña sonrisa en los labios—. Has crecido bien, hijo. Heredaste todo lo bueno de ella.

—Date un poco de crédito —le respondió el muchacho, sonriéndole con cariño—. Ella… estaría orgullosa de la forma en que me has cuidado… Soy lo que soy porque tú has estado a mi lado todo este tiempo —continuó, provocando una mirada de sorpresa en Sasuke—. También heredé todo lo bueno de ti…

Sasuke se acercó a él tras unos segundos de silencio, y le dio un fuerte abrazo.

—Eres lo mejor que tengo, lo único valioso que podría haber salido de mí —le dijo, sonriendo con cariño y dejando escapar una disimulable lágrima nostálgica tan extraña en un Uchiha como él—. Te amo, Itachi.

Él le respondió el abrazo.

—Gracias, papá… —le susurró, con más lágrimas que Sasuke— También yo…

Minako y Naruto observaban en silencio la situación, hasta que finalmente padre e hijo se separaron.

—Itachi… ¿estás listo? —le preguntó Minako con amabilidad. Él asintió, y luego miró a su padre, secándose las lágrimas.

—Papá, quedamos con Hinata-san en ayudarla con los preparativos para el festival, hay bastante por hacer. Sakura podría venir con nosotros, pero no habrá otros niños con quienes jugar y va a aburrirse. ¿Te molestaría si se queda contigo unas horas? No quiero fastidiarte, sé que estás enfermo y…

—Por supuesto que sí —lo interrumpió con seguridad, antes de que siguiera. Él adoraba pasar tiempo con esa niña… no importaba que fuese el aniversario de la Haruno. Su compañía siempre era bienvenida.

La niña corrió a sus brazos nuevamente, sonriendo de oreja a oreja.

—Pórtate bien, hija —le ordenó la madre, alejándose de la mano con Itachi. Naruto saludó con la mirada a Sasuke por última vez, a lo que él le respondió de la misma manera, y se alejó al lado de su hija.

Ambos quedaron en silencio, observando la tumba de ella, uno al lado del otro. Sasuke se agachó un momento, dejando que el viento le desilazara hacia atrás aquellos negros y rebeldes cabellos, y sutilmente tocó la lápida, acariciándola en el silencio y mirándola como si en ese momento por alguna razón Sakura pudiera meterse en su cabeza y saber todo lo que él quería decirle.

Sonrió satisfecho luego de unos minutos, y miró a su pequeña nieta con complicidad y una sonrisa relajada. Se sentía mucho mejor ahora que ya la había visitado, y tener a esa niña con él aumentaba su bienestar.

—¿Quieres dar un paseo? —le preguntó, haciéndola asentir efusivamente.

Ambos salieron del cementerio con tranquilidad. El mediodía estaba cerca y el sol les alumbraba las cabezas junto con una fresca brisa veraneal. Ella iba de la mano de él revoloteando su vestido rojo y su corto cabello de un lado al otro, tarareando canciones y sonriéndole a todos los que veía.

—Abuelito, ¿por qué no me llevas a un lugar especial? —le preguntó sorpresivamente. Sasuke la miró confundido.

—¿A dónde te gustaría ir? —le preguntó.

Ella lo pensó un momento.

—¡A un lugar que hayas estado con la abuelita Sakura! —exclamó con emoción. Sasuke se quedó un poco perplejo ante su pedido, pero la imagen de un lugar exacto le invadió la cabeza sin que él quisiera.

—Ya sé a dónde… ven —la dirigió, cambiando de rumbo. Ambos caminaban en silencio por las calles de Konoha en una dirección opuesta a la anterior, y Sakura estaba impaciente por llegar.

Finalmente, tras quince minutos de caminata, llegaron a un lugar que la asombró bastante al reconocerlo.

—¡La salida de la aldea! —gritó, observando.

Él la llevó hasta el dichoso y nostálgico banco de piedra que estaba a un lado del camino. Aquel que había sobrevivido a todos esos años al igual que él, con grietas notables, pero en pie todavía.

Él se sentó, un poco cansado y desacostumbrado a tanto movimiento, y ella lo acompañó dejando que sus pies bailaran en el aire, a varios centímetros de altura del piso.

—Este es el lugar en el que tu abuela y yo hablamos por primera vez a solas —le comentó él, mirando a la nada, recordando con imágenes borroneadas por el tiempo pero nítidas aquella tarde soleada—. Fue un día bastante parecido al de hoy… —continuó, subiendo la mirada al cielo despejado.

—El abuelito Naruto una vez me dijo que casi besa a la abuela Sakura en este lugar —comentó esporádicamente ella, provocando una mirada de asombro en él.

—¿Qué ellos casi se be…? —masculló, todavía sorprendido. ¿En qué momento había ocurrido eso?— ¿Cuándo? —le preguntó con increíble curiosidad.

La niña elevó sus ojos al cielo, pensante, con la cara un poco graciosa. Era demasiado tierna.

—Fue cuando eran niños —le respondió—, me dijo que fue cuando los hicieron equipo —continuó.

Sasuke hizo memoria… y recordó que aquella vez había ocurrido ese día también. Naruto lo había atrapado en una trampa infantil, y buscándolo enojado, encontró a Sakura quien extrañamente parecía esperarlo… ahora todo tenía sentido.

—Es que a tu abuelo Naruto le fascinaba tu abuela Sakura —recordó, sonriendo al recordar las estupideces que hacía para llamar su atención.

—¡Si! ¡Incluso tuvo que disfrazarse de ti para acercarse a ella! —se reía la niña— Me lo contó todo.

Sasuke no pudo evitar que unas carcajadas escaparan cuando la oyó decir eso.

—Pero me dijo que ella nunca fue su verdadero amor… —añadió repentinamente, provocando el asombro en Sasuke— Dijo que se dio cuenta con el tiempo de ello… que incluso aunque quisiera, su corazón era tuyo, abuelito.

Sasuke se la quedó mirando. El calor le subió al pecho, esas palabras eran como un baño caliente tras una caminata en el frío.

—Yo aquí, por alguna razón, le conté parte de mi pasado a tu abuela sin siquiera conocerla… —comenzó él repentinamente, mirando con una sonrisa al cielo. Sakura lo miraba curiosa y expectante— Aprendí con los años, a fuerza de prueba y error, que hay cosas inexplicables en este mundo, que sólo se sienten y se hacen porque se las cree correctas. Cuando crezcas serás capaz de entender que estás unida a la gente por lazos invisibles que no serás capaz de romper, incluso si es lo que más deseas en el mundo —explicó, recordando cuando se marchó con Orochimaru de joven—. No todos esos lazos son iguales, algunos son más fuertes que otros… y habrá uno en particular que algún día surgirá en ti, hacia otra persona, y no podrás escapar de él por más que lo intentes. Algún día conocerás a una persona, y te darás cuenta que por alguna extraña razón, la vida lo ha llevado a conocerte, como si esa fuese su única razón de existir… y también la tuya.

Ella lo miraba maravillada, exhorta en sus palabras como si fuesen el cáliz de la sabiduría eterna. Él sabía tanto de todo, y ella tan poco de nada. Su pequeño corazón estaba deseoso de aprender, era como su difunta abuela: Dispuesta a enamorarse, a luchar, a vivir con pasión.

Sasuke le acarició la cabeza con cariño, sacándola de sus pensamientos.

—¿Alguna vez te he dicho cuán parecida eres a ella? No has sacado nada de nadie más.

Ella asintió efusivamente, sonriendo.

—¡Siempre me lo dices! —exclamó con orgullo.

—Lo sé… pero quiero que siempre lo recuerdes. Recuerda de dónde vienes. Si alguna vez te sientes perdida… busca en tus raíces las respuestas. No seas precipitada, jamás te desorientes. Recuerda que en tu corazón siempre habrá manera de volver a casa —le decía él, y ella lo escuchaba atentamente aunque sus palabras eran confusas y extrañas. Era demasiado pequeña para entenderlo del todo, pero aún así cada oración se guardaba con fuerza en su pecho para cuando necesitara acudir a sus consejos.

Él se dio cuenta de que ella lo miraba un poco confundida, y sonrió aún más.

—Sólo necesitas saber que eres hermosa —ella se sorprendió, y él le acarició la frente—. No dejes que esto te acompleje —le aconsejó, recordando a su vieja Sakura—. Esos ojos verdes que tienes algún día serán capaces de detener el corazón de cualquier hombre —continuó—. La sangre que corre por tus venas es la mía, la de tu abuela, la del clan Uzumaki y la del clan Hyuga… nadie sabe de qué serás capaz el día de mañana, y no importa en cuál de todas las grandes posibilidades que corren por tu sangre te especialices o consigas dominar. Lo que importa es cómo lo uses, y que nunca dejes que te consuma —finalizó, mirándola directo a los ojos. Ella sonrió.

—¡El otro día conseguí sanar la pata de mi perrito! —le contó con emoción y brillo en los ojos. Él se llenó de orgullo y ternura.

—Muy bien, hasta en eso eres igual que tu abuela —le respondió riendo—. A tu edad, dominando tan bien el chakra para hacer eso… Algún día serás una ninja médico excelente. No te rindas.

Ella asintió. Ambos se quedaron en silencio un momento. Él no pudo evitar mirar el lugar donde ella le había confesado su amor, y por un momento sintió una extraña brisa acariciarle la nuca. Era tan parecida a la que corría esa noche…

—Este fue el lugar donde todo empezó, y donde yo intenté terminarlo. Tu abuela me confesó su amor en ese lugar cuando intentaba irme de Konoha —le señaló con el dedo, y ella lo siguió.

Sasuke podía verse, podía ver su estúpido rostro lleno de odio y deseos de venganza caminar por ese sendero, y el de ella llorando desconsoladamente por su culpa. No podía creer lo increíblemente idiota que había podido llegar a ser en su juventud… y ello era nada comparado a otras cosas que había hecho los años posteriores a su partida. Pensarlo sólo le revolvía el estómago…

…Pero ya había pasado todo. Los tiempos eran distintos, muy distintos… y aquello sólo lo había hecho apreciar con el valor de diamantes todo lo que tenía ahora.

—¡Sakura, ven a jugar! —la llamaba una niña a lo lejos. Ella la miró, pensante. Quería ir, pero vio a su abuelo… también quería quedarse con él. Sasuke se dio cuenta de ello.

—Ve, no te preocupes, ya hemos paseado y hablado suficiente… —le otorgó, dándole un beso en la cabeza. Ella lo miró indecisa, pero luego le sonrió y corrió en dirección a su pequeña amiga a lo lejos. Sin embargo, se detuvo a mitad de camino.

—¡Te amo mucho y siempre lo haré, abuelito! —declaró con fuerzas y cariño, parada en el exacto mismo lugar donde su Sakura había pronunciado aquellas mortales y eternas palabras:

"¡Te amo tanto que no puedo soportarlo!"

Sasuke se quedó inmovilizado, petrificado con el corazón en ascuas cuando vio, por un mísero segundo, a aquella Sakura en el lugar de su pequeña y hermosa nieta gritando aquellas palabras, que tanto guardaba en su memoria, al mismo tiempo que ella.

La pequeña Sakura se fue corriendo enseguida, pero Sasuke se quedó mirándo su lugar mientras el corazón volvía a latir y la sangre volvía a ser bombeada con normalidad. Suspiró.

—Siempre jugando con mi mente, Sakura —susurró.

—¿Con quién hablas? —le preguntó alguien de repente. Sasuke levantó la mirada, viendo a aquel vejestorio que parecía inmortal: Kakashi. Un hombre con la voz reseca, retirado del mundo ninja. Su cabello era más largo que antes, y sus arrugas mucho más notorias aunque seguía siendo increíblemente apuesto. Todavía usaba aquella ridícula máscara, aunque se había dignado a empezar a vestir ropas de civil en vez de las de jounnin.

—Es raro verte por aquí, Kakashi.

—Lo mismo digo —respondió él, sentándose a su lado.

—Supongo que has ido… —musitó Sasuke refiriéndose al cementerio.

—De hecho no —contestó inmediatamente el sensei, provocando la mirada sorprendida del Uchiha—. Vine directo aquí. Sabía que estarías en algún lugar de estos.

—¿Y por qué…?

—Ella no está ahí —dijo antes que preguntara—. Si quiero visitarla todo lo que tengo que hacer es ir a verte a ti, ya que ella siempre está a tu lado aunque no la veas.

—Kakashi… —susurró con dolor Sasuke.

—Hay cosas inexplicables en este mundo. Yo viví mucho más tiempo que tú, y por alguna razón, he sobrevivido a todos estos años mientras el mundo me arrebató a todas y cada una de las personas que más amaba y más merecían vivir. No puedo explicar por qué tuve que ver morir a mi padre, a mi maestro, a mis dos compañeros y a mi única alumna mujer… pero los vi, y no encuentro razón para ello. Y no hace falta que la busques también, porque por más que encuentras alguna, ninguna será lo suficientemente buena para justificar una muerte.

Sasuke se asombró bastante con sus palabras. Él sonaba serio y decidido, y él se sentía como un niño inexperto que estaba aprendiendo… de nuevo.

—Jamás he superado que se muriera —le confesó con cierto pesar.

—La muerte no es algo que se supere —contestó el viejo casi al instante—. ¿Cómo podemos superar algo de lo que no tenemos conocimiento alguno? La muerte va contra todos los limites del entendimiento humano. No sabemos qué nos espera exactamente, y podemos superar algo de lo que no tenemos ni idea. Así que no te sientas culpable por seguir atado a ello… uno no supera la muerte de nadie, sólo aprende a lidiar con ella. Y en mi opinión… tú lo has hecho perfecto —finalizó, sonriéndole con el cariño de un padre.

Sasuke siempre había sido capaz de escuchar a Kakashi, y sus palabras siempre habían conseguido calar hondo en su ser, incluso en sus peores momentos. Pero a pesar de todo, era porque Kakashi además de una figura paterna había vivido cosas similares cuando era joven. Él realmente sabía lo que era perder un ser amado de manera cruel… Rin. Luego de la guerra muchas cuestiones salieron a la luz, entre tantas el amor perdido de Kakashi. Luego de la muerte de Sakura ellos solían hablar, en especial los aniversarios de su muerte… y sólo fue a él, uno de esos desolados y lluviosos aniversarios en el cementerio, a quien tuvo el valor de confesarle lo que realmente sentía por Rin. Algo que había enterrado en su corazón por años sólo por respeto a su mejor amigo… algo que lo destruía día y noche, por no haber sido capaz o valiente de corresponderla, y por haber dejado que muriera de esa manera.

—¿También la extrañas, verdad? —Kakashi sabía a quién se refería Sasuke.

El viejo suspiró, cerrando su único ojo visible.

—Extraño tantas cosas, y estoy arrepentido de tantas otras. Lo que pasó, pasó, y lo que no pudo ser… no fue. Tengo un pie en este mundo y otro en el de los muertos. ¿Cuánto tiempo me quedará? Probablemente sólo algunos años más, Sasuke… y hasta ese momento espararé paciente para hablar con ella, volver a ver a mi alumna, a mi compañero y mi sensei… y también mi familia —Kakashi lo miró, sonriendo—. Quizás a ti también.

—¿A mí…?

—No por tu enfermedad, Sasuke, aunque tiene incidencia. Lo que realmente te está matando es el deseo de volver a verla —le contestó al instante, dejándolo callado—. Pero presiento que ya lo sabes —terminó, poniéndose de pie. Le tocó el hombro con la mano, en forma de saludo. Le sonrió por última vez y se fue, dejándolo en el silencio.

Sus palabras eran mortales, pero ciertas. Sasuke lo sabía… todos lo sabían.

Puso la mente en blanco, ¿qué sentido tenía ya seguir dando vueltas al asunto? Miró al frente, a los arboles. Sus ojos comenzaron a pesarle cada vez más… jodida vejez. Las piernas se sentían un poco débiles, la presión le había bajado bastante. Quería dormir, relajarse. Así que sin apuro alguno apoyó la espalda contra aquel viejo banco, mirando a la nada. Suspiró, sintió sus músculos relajarse de una manera increíble… y cerró los ojos, dejando que el viento le acariciara el rostro en el trayecto.

Estaba entre el mundo de los sueños y el real, dormitando, cuando una voz cada vez más cercana comenzó a oírse:

"Sasuke-kun, Sasuke-kun", lo llamaba. Él quería despertar, abrir los ojos. Esa voz… cada vez más cerca, cada vez más conocida. Y de nuevo: "Sasuke-kun".

—¡¿Qué?! —gritó, abriendo de golpe los ojos, hiperventilando y sudando. Se sorprendió al ver que no había nada, nadie a su alrededor, y que la noche ya había llegado a Konoha. Cerró los ojos indignado— Otro sueño… me quedé dormido muchas horas —suspiró.

—No es un sueño… Sasuke —le dijo alguien. Sasuke viró la cabeza hacia la derecha con lentitud mientras su cerebro procesaba con confusión el dueño de esa voz tan particular.

—¿Qué…? —susurró, viéndolo de arriba abajo— ¿Papá…? —titubeó.

Fugaku estaba de pie con aquel yukata que solía usar en su juventud, mirándolo a unos metros de distancia con un brillo extraño y pacífico en los ojos. Sasuke se petrificó mientras intentaba deducir si estaba dormido, alucinando o qué… era demasiado nítido. ¿Tan jodido estaba? Ya tenía alucinaciones que se asemejaban a un genjutsu… Mil cosas pasaban por su cabeza, ninguna con una explicación lógica.

Luego vio, en medio de sus pensamientos, cómo Fugaku se comenzaba a acercar a él caminando con lentitud y una paz inexplicable, como si ello fuera perfectamente normal. A medida que lo hacía podía ver con la luz de los postes reflejándolo que su apariencia era idéntica a la vez que había muerto. De hecho ambos tenían similitudes físicas… incluso Sasuke era mayor que él.

—¿Qué demonios es esto? ¿De verdad estás aquí? —preguntó, al ver que la dichosa alucinación era más prolongada de lo normal. El padre se sentó a su lado, sin parar de mirarlo.

—Has cometido muchos errores por mi culpa, hijo —comenzó a decirle de la nada.

Sasuke frunció el ceño. Se puso de pie, algo asustado. Todo eso era demasiado confuso para él.

—Espera, espera. ¿Qué está pasando aquí? ¿Esto es alguna broma? ¿Me obligarás a activar el sharingan para descubrirlo? —comenzó a cuestionarle amenazante. Fugaku sacudió la cabeza con una increíble tranquilidad.

—Tú y yo sabemos que hace años que no puedes activar el sharingan. Es demasiado desgastante para ti, además Sasuke… sería imposible que lo hicieras de todas formas. Estás muriendo, estás un paso adentro y uno afuera. Soy yo, tu padre, un espiritu. Vine a hablar contigo, a buscarte. Estas son tus últimas horas de vivo… —le informaba con una tranquilidad que era inexplicable.

Sasuke comenzaba a inquietarse.

—¿Morirme? ¿Espiritu…? —preguntó, mirándolo casi en chiste. Pero Fugaku lucía serio, más que nunca cuando había vivido. Sasuke entonces lo comprendió, aquello era real. Su corazón se lo decía, su sangre misma. Dibujó media sonrisa en los labios, sentándose de nuevo— Así que muriendo, eh… ¿estoy muriendo…? Vaya… con razón hoy me sentía tan distinto. Sabía que iba a morir, pero no justamente este día… —comentó con una tranquilidad un tanto extraña en la voz. Esta intrigado y se sentía confundido… pero por alguna razón no era algo que lo shockeara. Ni siquiera sentía miedo… era como si…

—En el fondo siempre lo supiste. Desde que te despertaste. Tu cuerpo… se desgastó con los años, y tú también dejaste en parte que se desgastara… pero has vivido bien. Te repusiste por tu hijo, y te mantuviste en perfecto estado hasta que se fue de tu casa y se hizo un hombre con su propia familia. Allí fue cuando, quizás inconscientemente, decidiste que era necesario prepararte para morir… y fuiste muriendo de a poco, dejando que la enfermedad te consumiera, y también tus deseos de dejar el mundo cuanto antes —decía Fugaku sin mirarlo, serio. Sasuke lo observaba con atención, procesando que su porpio padre le estaba hablando. Acababa de darse cuenta de que ello estaba lejos de ser una alucinación… pero por alguna razón sentía paz. Ello estaba bien, era correcto.

—Cuando comencé a enfermarme tenía dos opciones: Retrasar lo inevitable con medicinas como lo hizo mi hermano prematuramente… o dejar que la corriente me llevara y vivir menos, pero mejor —le explicó Sasuke, sonriendo apenas.

Fugaku lo miró, respondiéndole la sonrisa.

—Lo sé. No has hecho nada malo. No tienes que tener culpas ni remordimientos… cumpliste tu misión en este mundo, hijo mío. He estado contigo todo este tiempo. Todos hemos estado aquí… jamás nos fuimos.

Sasuke sintió sus ojos levemente humedecidos, así que los cerró un momento y corrió la cara, pues una ráfaga de terribles recuerdos le cayeron en su mente con el peso de una tonelada… los fantasmas del pasado habían sido superados, pero seguían allí. Nunca se irían.

—Debes haberte indignado mucho cuando me veías actuar de la manera en que actuaba, cómo dejé que todo ese odio se apoderara de mí… —masculló, cerrando los puños.

Fugaku lo abrazó, lo apretujó en sus brazos y Sasuke pudo sentir su calidad espiritual tocarle el corazón. Ello lo relajó.

—Quien debe estar indignado y avergonzado de su padre eres tú, Sasuke. —él hizo el amague de interrumpirlo, pero Fugaku siguió hablando y tuvo que escucharlo—. Mientras vivía fui yo quien dejó que el odio me consumiera, la ambición, el deseo de ser reconocidos. Creí que no había otra opción más que la fuerza, quería reivindicar nuestro lugar en la aldea… y arrastré con mis ideas aberrantes y oscuras a tu madre, a tu hermano, a ti… y a todo el clan, que me siguió sin opinar. Cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo ya era tarde para dar vuelta atrás… sucedió lo inevitable y tu hermano, un hijo que no merezco tener, podía verlo todo con una claridad que era imposible para mí. Él supo contrarrestar ese odio, y hacer prioridades en la vida, incluso aunque condenó su alma hizo lo que debía hacer… y me asesinó a mí y a tu madre, y a todos, por proteger la integridad y el alma de un pueblo entero. No le dejé otra opción, todo fue mi culpa. Debí haberlo escuchado… pero en cambio dejé que tu vida se arruinara por completo, y la de él que era tan prometedora… la de ambos… ¿Cómo pude ser un padre tan mediocre, incapaz de ver la luz que les estaba tapando a ustedes?

—Padre… —gimoteó Sasuke, escuchándolo con asombro.

—Has sido un padre ejemplar. Los errores que cometiste en el pasado te persiguieron un tiempo, pero conseguiste dejarlos atrás gracias al amor de una mujer y la vida de tu hijo. Eso es algo que yo jamás pude hacer. Ni tu existencia ni la de tu hermano consiguieron disuadirme de mi oscuridad, ni tampoco el amor de tu madre que siempre había sido tan profundo y puro —finalizó suspirando—. Eres un buen hombre, Sasuke —continuó tras una pausa—. Has remendado tu vida y compuesto la oscuridad maldita que corre por las venas de los Uchiha. Has hecho de ese pequeño niño un hombre capaz de poseer los valores que nosotros siempre desdeñamos de jóvenes… Por eso siempre estaré orgulloso de ti… siempre lo estuve… ¿Eres capaz de perdonarme? —le preguntó finalmente, mirándolo a los ojos.

Sasuke lo miró un instante, sorprendido aún por lo que oía. Su corazón estaba conmovido, ello era algo que había esperado oír toda su vida. Nunca había guardado rencor hacia su padre por lo que provocó en el pasado… pero era necesario que él le pidiera perdón. De alguna manera, aunque no tuviera que decirle que lo perdonaba… era necesario para cerrar de una vez por todas un ciclo interminable de torturas y odio.

—Sí, papá… si… —le respondió, abrazandolo con una sonrisa.

—Me alegro mucho de que estén en paz —dijo repentinamente una voz, detrás de él. Se dio vuelta, soltando a su padre que lo abrazaba feliz y con lágrimas en los ojos.

—¿Mamá…? —musitó al verla allí, parada frente a él con una enorme sonrisa. Se veía tan joven, radiante, feliz… viva— ¡Mamá! —exclamó feliz, saltando a abrazarla— Te extrañé tanto… tanto…

Ella le devolvió el abrazo, acariciándole la cabeza.

—Yo también mi pequeño, yo también… siempre he estado contigo e Itachi… incluso hablaba con él en sus pequeños e inocentes sueños… —le contó ella, y él recordó la vez que Itachi le dijo en la comunidad Uchiha que ella lo visitaba mientras dormía. Sasuke sintió un calor inexplicable en el pecho. Ellos siempre habían estado con él… siempre…

—Hijo… ¿estás listo…? —le preguntó su padre de repente, haciéndolo voltear de nuevo a él. Sasuke creyó saber a qué se refería.

—Yo… —susurró, algo indeciso. Había algo que faltaba, sentía un vacío extraño.

—Mira, Sasuke… —le señaló su madre en dirección a la salida de Konoha. Había una enorme cantidad de Uchihas, todo el clan que había muerto, de pie en un grupo mirándolo, todos juntos.

Sasuke se sorprendió y a la vez se puso feliz de ver a su tía, primos, amigos… todos estaban allí, y lo habían ido a buscar sólo a él.

—Han venido desde lejos por ti… —le señaló su madre con aquella tonalidad dulce y tan propia de ella.

Todos los Uchihas le sonreían con nostalgia, él casi había olvidado sus rostros y verlos era como regresar en el tiempo… todos lucían tan bien, tan vivos y llenos de luz.

Repentinamente alguien lo tomó desde atrás y le dio un fuerte abrazo. Sasuke volteó enseguida a verlo.

—¿Papá ya te dio su charla reflexiva y filosófica, hermanito? —le preguntó riendo aquel apuesto y joven Uchiha: Itachi. El hombre que había inspirado el nombre de su hijo.

Sasuke dejó escapar algunas lágrimas cuando lo vio y no pudo evitar abrazarlo. Se sentía real, cálido, fuerte…

—Me has hecho mucha falta, hermano —le dijo Sasuke. Itachi le sonrió.

—Me has tenido todo este tiempo contigo a través de tu hijo —le respondió con serenidad su hermano.

Fugaku y Mikoto se acercaron a él y le dieron un fuerte abrazo grupal… hacía tanto que no se veían, que querían estar juntos lo más que pudieran. Los cuatro, como en el pasado, como en los tiempos buenos y alegres de la familia…

Pero Sasuke abrió sus ojos, intrigado dentro suyo. Aquel vacío extraño que sentía antes no se había ido. A pesar de la felicidad de tener a su familia de nuevo ahí, sentía faltaba algo, que no era suficiente.

—Sasuke, voltea a ver allí —le dijo Itachi, y él le hizo caso con lentitud separándose de los tres.

Observó y todos los Uchihas que lo miraban sonriendo, comenzaron a dispersarse. Una franja de ellos se movió a la derecha y otra a la izquierda, dejando en el medio un pequeño camino vacío. Sasuke observó con inmensa curiosidad lo que ocurría, y pudo ver que en el fondo del camino había una silueta que no llegaba a distinguirse con claridad.

Apenas visible, la silueta comenzó a caminar hacia delante. Cada vez se acercaba más y más… caminaba con sutileza por aquella empedrada calle de Konoha, y todos los Uchihas esperaban en silencio a que pasara sin entrometerse en su camino.

Cuando estaba lo suficientemente cerca pudo ver que sobre ella tenía una capa blanca que la cubría, pero que su cuerpo era grácil y delgado. Los vellos del Uchiha comenzaron a erizarse y sintió que su piel se petrificó por completo cuando comenzó a sospechar quien era.

Al llegar a apenas unos centímetros de distancia suyo, la persona se detuvo sin mirarlo. La oscuridad de la capucha le impedía distinguir su rostro, y aquella capa era tan larga que tampoco podía ver el resto de su cuerpo salvo las puntas sus pies descalzos y blancos. Sasuke casi sin pensarlo dos veces, movió sus manos hacia su cabeza para deslizarle aquella tela que la cubría…

—No puede… —titubeó apenas— no puede… ser… —volvió a gimotear, paralizado.

Ahora sí creía que ello podía ser una broma de mal gusto, una muy pesada… porque era demasiado bueno para ser cierto. ¿Cuántas veces la había soñado tan vívidamente ya? Seguramente en unos segundos iba a despertar… pero no ocurría nada. No despertaba.

Lo primero que vio cuando la tela cayó tras el cuello largo y pálido de ella, fueron sus ojos. Sus ojos, que se asomaron a la luz de la luna llena y brillaron mirándolo fijo y firmes como nunca antes los había visto. Aquellas largas pestañas, tan negras y perfectamente formadas… Los mechones de su cabello rosado, cayendo uno al lado del otro de su perfectamente simétrico rostro.

Aquella frente amplia y tersa, esa pequeña nariz y esos labios finos y diminutos que le sonreían de una manera ilógica y absurda.

Él ni siquiera parpadeaba. Sólo la miraba, esperando despertar o que un rayo le cayera encima pues eso sería mucho más lógico y probable a lo que estaba viviendo en esos momentos.

Inesperadamente ella, mirándolo fijo y con esa cautivante sonrisa suya, se quitó la capa y la dejó caer: Llevaba puesto un vestido blanco y largo que relucía como la seda en la noche. Sus brazos delgados y desnudos, sus pequeñas manos a los costados de su cuerpo y esas piernas que se traslucían tras el vestido de seda tan suave y hermoso. Sus pies descalzos, que parecían no tener frío o molestia alguna en ese estado. Su piel era luminosa, como si de una deidad divina se tratara.

—¿Eres tú…? —le susurró él— ¿Has venido con… mi familia? ¿Qué haces… aquí? —volvió a preguntarle. Ella dirigió su mano a su rostro, acariciándoselo con ternura. Su piel era cálida, él podía sentirla. Era lo más real que había sentido en años.

—Tenías que pasar por aquí para dejar la aldea —le respondió ella con aquella sonrisa entrañable. Sasuke pudo recordar sus palabras aquella vez, cuando ella lo estaba esperando y él iba a irse con Orochimaru— Claro que soy yo… ¿por qué te sorprendes tanto…? —le preguntó, y él se estremeció por dentro al escucharla hablar con su timbre de voz, aquel que no había oído en décadas y que sólo había sentido similarmente en el timbre infantil de su pequeña nieta. ¿De verdad también hablaba? ¿No era una muñeca, o algo por el estilo? Era real…

—Yo creí que quizás… estarías en otro lado… con tu propia familia… —le respondió él, tratando de articular cosas coherentes en su cabeza. Joder, en esos momentos no podía pensar con mucha claridad que digamos. Ella rió, un tanto divertida por la situación. Él se sorprendió un poco por aquella actitud. ¿De verdad era tan normal eso para ella? Bueno, considerando que llevaba muerta tantos años…

—Tú eres mi familia. Sólo tú.

Él tragó saliva cuando la oyó. Aquellas palabras se le habían clavado en el estómago, el pecho y cualquier otro lugar donde pudieran meterse.

—Sakura… yo lamento tanto lo que te pasó… perdiste la oportunidad de ver a nuestro hijo crecer… de cuidarlo… debí ser yo en tu lugar, tú lo sabes… —él apenas podía hablar, las palabras se le iban de la voz. Sentía que los ojos se le habían hinchado y que la vista se le humedecía a cada rato. Miles de lágrimas luchaban por salir.

—No estuve físicamente… pero lo vi. Creció, y lo vi amarte y a ti amarlo a él. Mi misión en el mundo fue cumplida… yo creía que mi objetivo de la vida era ser madre y cuidar de él. Pero no lo era. Nunca lo fue. Sólo le di las bases para ser lo que es, tú construiste sus cimientos. Fuiste tú, Sasuke-kun —le dijo, suspirando con felicidad—. Siempre fuiste tú el que debía ser su padre, no yo.

Sasuke no podía creer lo que escuchaba, ella era como un ángel. Lucía tan tranquila, pura y limpia a pesar de la violencia de su muerte y de todo lo que había pasado.

—Hey… —lo llamó, notando su mirada perdida en la inmensidad de un vacío— Te dije que siempre iba a estar contigo, y que siempre los amaría a ti y a Itachi… y así fue, y tú viviste tu vida con devoción hacia mí aunque estaba muerta, y amaste a Itachi y lo miraste a los ojos cada noche que iba a dormir y lo veías con el mismo amor que me veías a mí. ¿Tienes idea de cuánto significa eso, Sasuke? Fue tu amor lo que me dio la paz suficiente para descansar cuando morí…

—Pero Sakura… no tiene sentido… tu muerte, nada tiene sentido… ¿por qué…? ¡Estuve a punto de suicidarme…! —incluso después de tantos años y de escucharlo de ella misma, él no podía convencerse del todo de que lo que había ocurrido, debía ocurrir por alguna razón.

—Pero no lo hiciste —lo interrumpió ella con la misma firmeza de antes—. No busques el sentido a algo que no lo tiene, Sasuke… las cosas sucedieron así porque pasaron así. ¿Por qué existen los ninjas? ¿Cuál es el sentido de todo? ¿Por qué muere tanta gente que no lo merece diariamente? Nada de eso tiene sentido, sin embargo ocurre… y debes aprender a lidiar con ello como tú lo has hecho todo este tiempo —ella deslizó la mano con la que le acariciaba el rostro hacia su pecho, más precisamente su corazón, y la dejó reposando allí donde Sasuke sentía que su corazón estaba a punto de ebullición sólo por ella—. Estás tan lleno de amor… puedo sentirlo… siempre lo he hecho. El amor… es algo tan fuerte, capaz de superar las barreras que separan la muerte de la vida. Tú eres la prueba de ello, ambos lo somos… ¿No te das cuenta de lo que hemos logrado, Sasuke-kun? —le preguntó, mirándolo con súplica y brillo en los ojos. Sasuke no le sacaba los ojos ni por un segundo de encima— Hemos construido algo más fuerte que cualquier Jutsu, arma, bijuu… —ella presionó la mano contra su pecho aún más, y él lo sintió— Nuestras almas siempre han estado entrelazadas, destinadas a algo más grande que la vida… a la eternidad de la muerte, juntos… —finalizó ella. Él la miraba pasmado— Porque tú has sido capaz de mantenerme viva en tu corazón… más allá de mi cuerpo físico…

Él sentía que podía verlo todo con una claridad nueva y refrescante… como si estuviera cerrando un ciclo de incertidumbres que le había carcomido la conciencia por años: Preguntas, miles de preguntas sin respuesta alguna.

—¿Juntos… por siempre…? —le preguntó tras un breve silencio, y ella asintió con una sonrisa.

—Sólo si me aceptas —le respondió. ¿Y todavía se atrevía a cuestionarlo? Él dibujó una enorme sonrisa en el rostro, aquella que hacía años nadie había visto en él… ese tipo de sonrisas que sólo ella sabía ponerle encima. La miró, observó sus labios. Ella lucía joven, a diferencia de él que estaba viejo. Pero la edad, a pesar de todo, no había podido remover jamás de su ser los deseos de tocarla de nuevo, de besarla aunque fuera por un instante… y lo hizo.

Sin pensarlo un segundo más, unió sus labios a los de ella, y sintió cómo su alma bailaba por dentro y se iluminaba. El roce de su piel, tan cálido como una llama y tan suave como una flor. La sentía más viva que nunca, su pureza espiritual lo llenaba. Una sensación extraña pero cálida comenzó a recorrerle el cuerpo entero, partiendo desde sus labios que la tocaban, bajando por su cuello, siguiendo el recorrido por su torso, extremidades… terminando en sus pies, como si ella lo estuviera contagiando de paz, como si le estuviera inyectando una especie de vida distinta; nueva y refrescante. Algo que no se compraba con nada que hubiera sentido antes.

Ella correspondió su beso con dulzura, acercándose incluso más a él, rodeando su cuello con sus delgados y gráciles brazos, con una suavidad exquisita. Él sentía que no quería separarse de ella, sentía que la sangre que se le había helado, que parte del alma que se le había muerto ese día que ella falleció, acababa de revivir en ese instante.

De pronto Sasuke comenzó a sentirse liviano, tanto que creía que podría volar… como si el mundo y él fueran uno solo, como si ninguna cadena física lo atara a él. Se sentía libre, e increíblemente, mejor que nunca antes en su vida.

Se separó de ella, abrumado por todas esas magnificas sensaciones, y ella lo miraba con una sonrisa tan pacífica y tierna que le provocaba seguir besándola hasta que no le dieran más los labios.

—Mira tus manos, Sasuke —le indicó ella, y él hizo caso algo confundido por la petición. Exclamó de la sorpresa al verlas tan suaves y tersas, libres de arrugas… tal y como cuando era joven y fuerte.

—¿Qué es esto…? —preguntó, dándolas vueltas, examinándolas con minuciosidad.

Ella le señaló el asiento donde estaba sentado antes y se había quedado dormido, y él dirigió su mirada allí… su cuerpo estaba ahí, inmóvil, yaciendo inerte como un recipiente viejo que ya no servía para nada. Se asombró bastante.

—Entonces ya morí… y fue increíble… —susurró— No puedo creer que no me haya dado cuenta…

Ella le dio la mano.

—Todo el mundo le teme a la muerte porque no la conoce. Cuando nos vamos, ni siquiera nos damos cuenta… nos liberamos de todas nuestras cargas físicas, somos libres al fin —le explicó ella, observando también su cuerpo.

—Y he vuelto a ser joven —le dijo él, sonriendo.

—Eso es porque así es la forma de tu alma. Al morir adoptamos la forma de nuestro corazón. Siempre has sido como una hoja en blanco, hermanito —le informó su hermano que estaba observando la situación desde hacía rato, acercándose a él—. Me sorprende que no hayas vuelto a ser un niño de seis años, aunque eso hubiera sido un poco raro para Sakura —finalizó en tono de chiste. Todos los presentes dejaron escapar algunas carcajadas.

—En fin, hijo… ¿estás listo para irte? —preguntó su padre.

Sasuke lo miró, pensante.

—Creo que hay algo que tenemos que hacer primero… —le dijo, y Sakura sabía qué se refería.

—Amor, entiéndelo, él nunca viene al festival en este día… —decía Minako a Itachi.

Ambos estaban al borde del lago de Konoha, a punto de lanzar los globos de papel con las llamas encendidas que simbolizaban cada alma perdida aquella trágica e inolvidable noche. Tras reír y disfrutar del festival, todos estaban usando sus yukatas, mirando en silencio la estrellada noche y esperando el momento para arrojarlas por manos de un familiar o amigo de cada uno. Una vez todos estuvieran preparados Naruto daba una señal lanzando el único fuego artificial de la noche, que consistía en una luz verde y uniforme que llegaba a lo alto del cielo y se extinguía de a poco.

—Es que creí que quizás hoy vendría —le dijo Itachi a su mujer, con una sonrisa comprensiva—. ¿No van a venir Yota, Shinachiku y Natsuki? —le preguntó él, para cambiar de tema.

Shinachiku era el hijo menor de Naruto que había sobrevivido en el vientre de Hinata al ataque a Konoha y a tanto estrés. Natsuki era la más pequeña de los cuatro y había nacido cinco años después del último, pero como ambos a pesar de ser jóvenes eran anbus experimentados, vivían fuera de misiones.

—Yota se fue a visitar la aldea de la Arena con toda su familia hace un par de semanas… y sobre los otros dos, bueno… ni siquiera sabemos donde están, pero al menos sabemos que se cuidan el uno al otro —le contestó ella—. A veces creo que todos ellos hacen lo posible por saltarse este aniversario —susurró, desviando la mirada.

Él la abrazó y la atrajo a su cuerpo.

—Miralos… es un momento duro para todos, pero esto los mantiene vivos en nuestra memoria —le dijo, y ella sonrió.

—¿Papá, puedo lanzar el globo también esta vez? —preguntó la pequeña Sakura de repente.

Itachi la tomó en sus brazos y la puso detrás de su cuello.

—Por supuesto que sí, ya tienes la edad para lanzarlo tú sola —le informó, y ella sonrió de la emoción y alegría.

—¡¿De verdad?! —gritó, totalmente feliz.

—Claro que sí, sólo espera y yo te lo pasaré —le respondió él. Minako observaba divertida la situación.

Naruto y Hinata estaban al lado de ellos, sosteniendo un globo también. Hinata iba a lanzar uno que correspondía a una prima suya.

—Naruto-kun, ya es la hora —le dijo la peliazul. Naruto tomó el disparador del pequeño fuego artificial. Lo sostuvo, mirándolo un momento.

—Bueno… parece que hoy tampoco vendrá después de todo —le dijo con un poco de dolor, haciendo alusión a Sasuke. Hinata solamente lo miró, comprendiéndolo.

Naruto elevó el cohete y cuando estaba a punto de encenderlo con un fosforo, el fuego artificial salió disparado solo. El color que tenía no era verde, sino azul brillante… una banda azul mezclada con rosa, entreverándose ambos colores entre sí como si fueran hilos perfectamente colocados. Todos los presentes se asombraron del nuevo color y observaron la belleza del fuego artificial alcanzar un límite en el cielo que nunca antes se había visto… y permaneció largo rato allí, hasta que comenzó a esfumarse de a poco.

—A-asombroso… —susurró Naruto apenas, embobado por aquella hermosa luz que acababa de adornar el cielo. Miró a su alrededor, buscando respuesta a lo que acababa de ocurrir, pero veía que todos estaban tan perplejos y maravillados como él. ¿Acaso alguien había cambiado el fuego artificial antes del festival? ¿Era obra de Hinata? No… ella miraba con la misma expresión que él, incluso más sorprendida.

Itachi no pudo evitar fruncir el ceño, totalmente confundido.

—¡Pásame el globo, papá! —le pidió la niña, volviéndolo a sus pensamientos. Él se lo pasó, ya estaba encendido.

Ella, con una expresión tranquila y natural como si fuera la única de todos los aldeanos que no se había sorprendido por esas luces, dejó que el primer globo se elevera y danzara al compás del viento en medio de la noche.

Se movía en círculos extraños, como si estuviera saludando. Ella elevó sus manitos, devolviendo aquel extraño saludo.

—¡Adiós abuelitos! —gritó al aire, y el corazón de Itachi casi se detiene por un segundo cuando la escuchó.

Pero entonces todo se aclaró en su mente y lo entendió. Miró primero a Minako, que también lo había entendido… luego a Naruto, que luchaba por no llorar pero no quitaba aquella estúpida sonrisa de su rostro… y Hinata, que lo observaba con cariño y nostalgia al mismo tiempo. Volvió a mirar el cielo que ya estaba cubierto de todos los demás globos que habían lanzado… y a pesar de que creyó sentir tristeza por un momento, el alivio y la felicidad se abrieron paso en su pecho y le dieron gran calidez.

Finalmente sus padres iban a ser felices en la eternidad.


Está bien , sé que muchos se quedaron totalmente desconcertados con el final del capítulo anterior. Que nadie la esperaba, que quisieron matarme y que probablemente me insultaron en silencio luego de leerlo.

A ver, ¿cómo puedo explicarlo? Quiero aclarar, primeramente, que no lo escribí con la intención de hacerme "la original". No fue para hacer "un final distinto" al de las demás, para marcar una diferencia o algo por el estilo. Simplemente no sentía hacerlo de otra manera que como terminó. Si yo hubiese sentido que el final tenía que ser distinto CREANME que lo hubiera hecho. Pero no pude, por más que todo me decía que estaba mal de la cabeza para matar a Sakura, simplemente no pude cambiarlo.

¿Saben por qué? Porque, desde el primer capítulo (donde se reencuentran, y tienen relaciones por primera vez) que tengo ideado este final. Yo lo pensaba, lo había planeado todo en mi cabeza si es que hacía continuación. Muchas veces quise cambiarlo, pensarlo de otra manera, pero sin importar cuantas veces lo hiciera sólo me quedaba una cosa forzada a un final feliz para complacer a los lectores. Nada más. Y créanme, no es que no quisiera complacerlos. Los aprecio demasiado como para no complacerlos… pero era algo que si cambiaba, me mentía a mí misma. No iba a ser honesta, porque no era así como debía terminar la historia. No de la manera convencional, donde se besan y abrazan y viven juntos en un mundo perfecto lleno de amor hasta que se mueren de viejitos juntos en la cama.

Todos ustedes hubiesen estado felices con otro típico final, pero en el fondo y aunque los hubiera encantado con ello… la verdad es que yo me hubiese arrepentido toda la vida de hacerlo… porque en mi interior era justamente, aunque me doliera más que ustedes, como debía terminar la historia.

No crean, ni siquiera por un segundo, que para mí fue sencillo. Para mí esto implicó un desafío como escritora y como fan de Sakura que soy. Yo AMO a Sakura, con todo mi corazón. Es el personaje femenino más complejo que conocí en la vida, y realmente la idolatro y por Dios… que Kishi no la mate en el manga original, porque se las va a ver conmigo. Pero… en mi historia es distinto.

Nadesiko-san (autora de "La fragilidad de las apariencias") es fiel testigo de que para mí esto no fue fácil ni por un momento. Me encontré todo el tiempo en una indecisión terrible, algo que me carcomía a cada capítulo que escribía y que sabía que se acercaba a ESE momento: ¿Qué hago? ¿Seré capaz de hacerle eso a Sakura? ¡Van a odiarme! ¡Este fic tiene muchos seguidores, me odiarán si los decepciono! ¡No puedo matar a Sakura!

Tantos pensamientos en mí, luchando en mi cabeza sin NADIE a quien pudiera contárselos, con quien descargarme, alguien que me diera un PUTO CONSEJO. Y así, en medio de la tempestad, apareció Nadesiko-san. Ella no leía mi fic, y le tenía plena confianza (al igual que ella conmigo respecto a su fic) así que le conté todo. Le pedí que me guiara, en medio de la oscuridad. Y ella me ayudó.

Me ayudó a entender que, aunque fuese triste e indudablemente mucha gente iba a querer matarme, era así como en mi cabeza había quedado, y que yo tenía que estar cómoda con el final. Un final que, según ella, sería incluso más perfecto que si vivieran en el típico felices por siempre. Algo palpable, realista, pero sin dejar de ser sublime y hermoso. Me dijo que no hiciera otra cosa que la que ya tenía pensada como hacían tantas otras, solamente para complacer al público con algo banal y superficial que no tenía razón de ser.

Quienes sigan mis historias saben muy bien que salvo algún one shot perdido de poca trascendencia, en ninguno ni Sasuke ni Sakura mueren o terminan separados. Siempre tuve debilidad por ambos, muchas veces estuve a punto de matarlos sin poder hacerlo, cambiándolo todo al final, haciéndolo "felices por siempre". Pero me cansé. Con esta historia no quise hacer lo mismo. Reitero, tengo pensado un final como este incluso desde el primer capítulo, es algo que ya estaba compenetrado dentro de mí, algo que si hubiese sido distinto habría sido FALSO y deshonesto con ustedes y peor, conmigo misma. Y aunque me dolió (oh, y Dios sabe que me dolió) con toda el alma, Sakura tenía que morirse en este escrito. Simplemente así debía ser, no sé cómo explicarlo de otra manera, y no sé cómo hacer para que suene más bonito. Es así, sencillamente es lo que tenía que pasar. No por nada lo catalogué de "ANGST".

Es que quizás muy pocos entiendan de qué iba realmente este fic. No era de Sakura, me atrevo a decir que quizás ni siquiera de Sasuke… iba de su hijo, de Itachi, y de la relación paternal con Sasuke. El mensaje que quería dar era que a pesar de todo el dolor, y de toda la oscuridad y el vacío de no tener a su mujer con él para ayudarlo, Sasuke estaba destinado a ser el padre de Itachi fuese como fuese, y que el lazo que él tenía con Sakura era algo que iba más allá de la muerte. Ni ella ni nada podía separarlos. Es bastante espiritual (casi todo lo que escribo tiene un mensaje espiritual de trasfondo).

Sacando eso de lado… esto para mí significó una evolución como escritora, como fan SasuSaku incluso. Creo que todo este fic significó un paso más para mí en este ámbito. Escribí escenas que jamás había hecho en mi vida, y me costaron bastante, pero las escribí y quedaron bastante decentes. Literalmente nunca había escrito algo parecido a cuando Sakura se muere, porque en ningún fic mío pasó eso jamás. Las reacciones de Sasuke, toda la secuencia, fueron un desafío enorme para mí… pero creo que lo logré, y ahora que escribí este fic siento que soy capaz de escribir lo que sea. Descubrí un lado mío dentro de este ámbito que no me conocía…

Gracias a ustedes, a todos los que me dieron su apoyo y me siguieron por este camino, logré cosas que nunca creí lograr. Alcancé un nivel de popularidad importante que, aunque no crea indispensable, me ha sorprendido, y significa para mí que hay algo que estoy haciendo bien. Gracias, no tengo otra palabra para todos ustedes que me enviaron tantos mensajes todo este tiempo.

Los quiero, nos leeremos en otro fic. Por el momento me tomaré un descanso, pero próximamente escribiré, tengo varios proyectos en mente. No se preocupen, son mil veces más alegres que este (son más de lo que me gusta a mí escribir xD really).

Estamos en contacto… y que Dios los bendiga.