Hola a todos... bueno esta es una nueva locura que lleva varios días sin dejarme dormir. Los capítulos no serán muy largos ni tampoco muy densos... no quiero ser otra vez la culpable de depresiones masivas en el fandom xD. Será actualizado los Lunes o martes y bueno solo espero que les guste y que lo disfruten tanto como yo lo hago.

Summary: Hija de la estrafalaria Renée Higginbotham, Isabella Swan se ha pasado la vida de ciudad en ciudad a la espera de que su madre encuentre aquello que ni siquiera sabe que busca. Es en el condado de Los Ángeles donde casualmente aparece lo que ambas necesitan, pero la vida no se vuelve más fácil y para ser felices deben exorcizarse de todos los miedos e inseguridades que les acompañan.

Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, son propiedad intelectual de Stephenie Meyer. La historia es mía y está protegida en Save creative código 1210082477334.


Capítulo 1

Se viaja no para buscar el destino sino para huir de donde se parte

Miguel de Unamuno

Una vez más, los gemidos de su madre la despiertan en medio de la noche. Este debe ser ya el tercer amante que lleva a casa ese mes… debe ser bueno en la cama porque hacía tiempo que no la escuchaba gritar así.

Toma un cojín que descansa en el suelo y lo pone sobre su cabeza. En esta casa no comparten habitación como en la anterior y la técnica del cojín da resultado.

Isabella Swan no lleva la vida típica de una adolescente de quince años: desde siempre ha estado marcada por los amantes de su madre, incluso su concepción y nacimiento, por lo que a corta edad se vio en la necesidad de madurar y hacerse cargo de sí misma y a veces también de su madre para sobrevivir.

Por una cosa de respeto, se niega a pensar en Renée, su madre, como una zorra; tampoco usa la palabra promiscua. Prefiere creer que ella se ha pasado la vida buscando al amor de su vida y que solo ha tardado más que el resto de la gente en encontrarlo.

Ambas, desde siempre, han estado moviéndose de un lugar a otro; su madre siempre encuentra la forma de convertir sus relaciones en algo complejo y destructivo, obligándolas a salir corriendo a veces con lo puesto.

Es así como, después de nacer en un pequeño pueblo llamado Forks, vivió sus primeros cuatro años entre Denali y Juneau en Alaska; Port Angeles y Seattle en Washington; Portland, Albany y Eugene en Oregón, para después recorrer por un año los parques nacionales del mismo estado en un viejo Mercedes azul que aún conservan y asentarse por seis meses en Baker City. Es ahí donde recién comienzan sus recuerdos.

Los siguientes años se pasó de ciudad en ciudad, siendo la nueva en la escuela más veces de las que quisiera o puede recordar, convirtiéndola en una chica solitaria y poco impresionable que intimidaba a todos.

No fue hasta los diez años que conoció a su padre, Charlie Swan, un leñador gay que se convirtió en la obsesión de su madre en secundaria por el hecho de no intentar ligar con ella. Una noche de copas se liaron, dando como resultado un embarazo y que la echaran de casa teniendo que vivir su embarazo en casa de Charlie, algo que la cansó pronto y que dos meses después del nacimiento de Isabella partiera con rumbo desconocido.

Su padre es un tipo retraído y de poco carácter que nunca se atrevió a demandar a Renée por llevarse a su hija, tampoco se atrevió a pelear por su custodia con la condición de que siempre le avisaran hacia donde se mudaban.

Se convirtió en una tradición desde entonces el que las visitara para navidad. Con él siempre venía Billy que es su pareja, y el hijo adoptado de ambos, Jacob. Aunque nunca lo sintió como un padre, ellos eran lo más cercano a familia que conocía y les quería muchísimo.

Siempre que piensa en su vida siente la necesidad de ser más valiente y decirle a su madre que no quiere conocer a ningún otro posible padre sustituto, que quiere irse con su padre y pertenecer a algún lugar, que está cansada de estar moviéndose toda la vida, que quiere una casa y un perro, que la odia por egoísta y mala madre. Sin embargo, ella no es valiente y sigue callando, en parte por llevar la fiesta en paz, en parte porque teme que su madre haga una locura si ella la abandona.

Se quita la almohada de la cabeza y ve que ya amanece en Compton, California… aunque esté de vacaciones, debe levantarse para despertar a su madre. Ella se dedica a la cosmetología y deben visitar a una clienta temprano.

Genial, no durmió nada… pensar nunca se le da bien porque se vuelve convulsivo a veces y eso la hace pasar noches enteras cavilando sobre cosas que jamás se atreverá a hacer.

Se levanta con pereza y sale de su cuarto. Su madre duerme en lo que se supone es una sala; como ellas no tienen muebles y en vista de que Isabella se quejaba de su poca privacidad, su madre instaló un colchón en aquel lugar y le dejó el cuarto a ella.

Pronto nota que no está sola y que un hombre de cabello rubio desde atrás asoma una mano que se posa estratégicamente en uno de sus senos descubiertos. Debería ser chocante para una niña de quince años ver eso, pero después de vivir años compartiendo cuarto con su madre, para ella era de lo más normal.

Se acerca a la ventana y abre las cortinas. Ve que ambos se retuercen y el hombre deja salir una maldición, mientras se tapa el culo que antes tenía al aire. Todo huele a cigarrillos, alcohol, sudor y sexo, por lo que abre hasta atrás la ventana, dejando pasar la aun fresca brisa de verano.

—Mmm… qué hora es, cariño —voltea y ve que su madre ya está despierta, aunque no se mueve de la posición incómoda en que la encontró cuando salió de su cuarto.

—Pasadas las ocho.

—Déjame dormir un poco más, Isabella —se queja y se pega más a su amante.

—Debemos estar a las diez en Beverly Hill, no puedes perder a esa clienta.

—Solo quiere manicure y pedicura, ve tú, ya sabes hacerlo —Isabella ve como el hombre comienza a moverse y a gemir al unísono con su madre.

—Veo que alguien está despierto —ronronea la mujer y siente la risa del tipo que aun le da la espalda a ella —. Carlisle, compórtate —murmura y él comienza a besarle el cuello.

Suficiente —piensa Isabella y camina rápidamente hasta su cuarto, borrando de su cabeza inmediatamente la imagen mental de lo que vendría después de eso. Se estremece y entra al baño a darse una ducha.

Cuando sale del baño, los gemidos y gritos de la pareja inundan el lugar. Toma su reproductor de mp3, pone los audífonos en sus oídos y lo enciende a todo volumen. La música de Foo Fighter le impide seguir escuchando aquel vergonzoso espectáculo y termina de vestirse rápidamente.

Sale del apartamento sin siquiera mirar hacia la improvisada cama de su madre y cierra la puerta.

Vive en el cuarto piso de un viejo edificio que está en un deslavado barrio de inmigrantes latinos. Llevan un mes allí después de vivir seis meses en Arlington, Texas, donde su madre tuvo problemas al meterse con un traficante, obligándolas a salir corriendo con lo puesto.

Saca el automóvil del garaje del edificio notando que la gasolina está por acabarse. Para en una gasolinera gastando los quince dólares que tiene, rogando que con eso le alcance para llegar al otro extremo del condado.

Toma la ruta 105 y luego la 405. En Century City se detiene un momento a comerse unas galletas que encontró en la cajuela del vehículo y luego avanza hasta su destino.

Con quince minutos de adelanto se estaciona fuera de una enorme mansión y baja del vehículo maravillada por lo hermoso del barrio: casas blancas, prados verdes, automóviles de lujo; todo es muy diferente a su barrio en Compton.

Saca del asiento trasero la maleta con los implementos de trabajo y toca el timbre. Le abre una mujer madura vestida impecablemente con un traje clásico de dos piezas color beige y le mira sin expresión.

—Buenos días —su voz sale insegura—, soy la cosmetóloga.

—Adelante —la mujer se hace a un lado—. La señorita baja en un minuto.

La deja parada allí en el recibidor, el cual resulta ser más grande que todo su departamento. En medio hay una ancha escalera y por los lados hay algunas mesas de arrimo, un par de es esculturas y varios cuadros. Todo es elegante y armonioso.

—Creí que serías mayor —se sobresalta y cuando mira otra vez hacia adelante ve bajando por las escaleras a una joven hermosa.

La chica tiene un cabello rubio, piel blanca ligeramente bronceada, ojos color celeste y nariz respingada. Va ligeramente maquillada y aunque lleva un vestido blanco suelto, su busto y sus largas y contorneadas piernas dan pie a pensar que tiene una silueta perfecta.

Se siente repentinamente celosa. Isabella es baja, delgaducha y sin curvas, que si no fuera por su cabellera larga de color castaño desde atrás parecería un chico. Tampoco tiene dinero para vestirse bien, por lo que su poco busto pasa desapercibido con sus anchas camisetas de color oscuro.

Se resigna una vez más, hace mucho tiempo que sabe que la vida no es para nada justa y que las personas más adineradas tienden a tener las familias más perfectas y también a ser las más hermosas.

—Mi madre es la dueña del negocio, pero se encuentra enferma —responde cuando la mujer ya está a su lado.

—Soy Rosalie —se presenta—, puedes tutearme. Confío en que sabes hacer el trabajo.

— Sí, seño… —Rosalie la mira desafiante—. Sí, Rosalie. Siempre acompaño a mi madre y llevo varios años haciéndome cargo de algunas de sus clientas.

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Una hora después, sabe de la vida de Rosalie más que de cualquier otra persona, excluyendo a su madre. La joven acaba de terminar el instituto y se irá a estudiar Diseño de Modas a Paris, su madre murió hace algunos años, su padre es el dueño de una productora de cine y su novio estudia en Inglaterra. La chica habla ininterrumpidamente de su vida, de sus "graves" problemas existenciales y de lo sola que se sentirá en Paris sin Rebecca, su mejor amiga, y sin Rachel, su ama de llaves y segunda madre.

—Listo— susurra interrumpiéndola por primera vez en su monólogo.

—¡Quedaron perfectas! —Chilla observando sus largas uñas pintadas de rosa— Y mis pies están relajadísimos. Eres buena Isabella, te recomendaré con mis amigas.

—Gracias —murmura tímidamente, no acostumbra a recibir elogios.

—Voy por mi cartera— dice la rubia y entra a la casa. Están en el patio, frente a una enorme piscina. El lugar derrocha clase y ella lo mira sabiendo ni siquiera tiene permitido soñar con algo así.

—Aquí está —Rose le entrega el dinero e Isabella inmediatamente nota que es más de lo convenido.

—Hay un error…

—Hiciste un maravilloso trabajo, el resto es para ti por soportarme.

Se despiden en la puerta y Isabella sube al automóvil sin mirar atrás —Nunca podrás tener ni siquiera uno de sus zapatos, Isabella —piensa mientras se aleja de aquel lugar.

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Cuando llega a su casa, pasado el medio día, el nuevo amante de su madre está recién duchado preparando café y tostadas en la cocina. Ella le ignora y camina hasta su cuarto, tirándose a la cama, volviendo a su reproductor de música y cerrando los ojos.

No alcanza a terminar de escuchar una canción cuando su madre la zarandea obligándola a abrir los ojos y quitarse los audífonos.

Renée es una mujer hermosa, a sus 32 años y pese a todos los excesos, tiene una piel blanca y tersa. Usa el cabello corto, crespo de un color castaño claro, tiene los ojos grandes de color miel, la nariz pequeña y los labios gruesos siempre pintados de rojo. Es alta, voluptuosa y de personalidad fuerte, por lo que no culpa a aquellos hombres que han estado a punto de perderlo todo por una noche de su atención.

—Cariño, Carlisle ha hecho desayuno para los tres —Isabella la mira sin expresión —. Se buena, es importante —susurra Renée de forma cómplice.

Isabella solo asiente, había escuchado a su madre decir eso muchas veces como para agregar o preguntar algo más.

Al salir se encuentra a su madre susurrando algo en el oído de su nuevo novio. Carraspea para llamar la atención y ambos le devuelven una sonrisa pícara.

Por primera vez lo observa con detenimiento. Es extremadamente guapo: cabello rubio ceniza que le llega hasta mitad del cuello, ojos color verde, sonrisa perfecta canalla, piel blanca bronceada típica de Los Angeles. Su edad debe estar entre los cuarenta y cuarenta y cinco años. Usa vaqueros y una playera negra de Pink Floyd. Su cuello es rodeado por un collar de cuentas de madera y su bíceps derecho tiene un tatuaje de alambre de púas que lo hacen ver rudo.

—Isabella, él es Carlisle.

—Hola —él se levanta y la saluda con un beso en la mejilla—. Lamento el encuentro algo vergonzoso de la mañana —parece realmente avergonzado e Isabella inmediatamente simpatiza con él, es amable y parece decente.

—No hay problema, ya lo he olvidado —cree que no vale la pena decirle que eso no es nada comparado con todo lo vergonzoso que ha tenido que presenciar viviendo con su madre.

—Carlisle es dueño de un bar en Long Beach —comienza a parlotear su madre—, es un lugar muy rockero, al entrar parece que estuvieras en Hard Rock.

—No es para tanto, Renée —le interrumpe él con voz dulce —, es un lugar pequeño que cuenta con una barra, algunas mesas y un diminuto escenario.

—Sí, pero es tan llamativo. Lástima que no puedas conocerlo, Isa. Car toca la guitarra y canta, es divino.

Roda los ojos sin decir nada. Su madre empieza a acortar los nombres solo cuando está muy eufórica y ella no quiere estropear su momento con algún comentario irónico.

Continúan hablando entre ellos de lo que harán esa noche. Carlisle parece un hombre sabio y educado, intimidante también, pero ante todo cálido y muy diferente a la mayoría de los hombres con los que suele enredarse su madre.

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No es hasta después de almorzar que Carlisle se va. Renée se queda suspirando tras la puerta hasta que parece darse cuenta que Isabella le mira extrañada.

—Isa, creo que es él —grita emocionada y corre a abrazarla con tanta fuerza que ambas caen sobre el colchón.

—¿Cómo lo conociste?

Prefiere preguntar y que ella siga hablando a decirle que no quiere escucharla decir nunca más que ha encontrado al amor de su vida definitivo. Está harta de que en todos lados terminen apuntándolas con el dedo o de tener que huir cada vez que las cosas no salen bien.

—El viernes salí con Sally, la rubia punk de abajo. Ella me dijo sobre el bar de Car y que ese día había música en vivo. Fue un flechazo, Isa… en cuanto entré y oí su voz mi corazón le reconoció y comenzó a latir de una manera tan potente que Sally tuvo que sostenerme para no caer.

—Renée…

—No fue igual a ninguno, Isabella —asiente, sin querer contrariar a su madre. Suficiente tendrá que soportar cuando el castillo en el aire que estaba construyendo con su nueva conquista se viniera venga abajo sobre ella —. Estaba tomando mi primera cerveza cuando reconocí los acordes de Hungry Heart de Springsteen… eso terminó de enamorarme.

—No sabía que te gustaba Bruce —cuestiona Isabella con justificado escepticismo.

—No conozco muchas canciones de él, pero lo encuentro muy sexi y esa canción es bellísima. El casete con el tema es lo único que saqué de mi casa cuando mis padres me echaron.

—Por eso el viernes no llegaste a dormir —enfoca la conversación otra vez hacia Carlisle… no le agrada mucho que su madre se acuerde de aquellos tiempos.

—Nos fuimos a su departamento el viernes y el sábado. Anoche tuvimos que venir a aquí porque ha llegado su hijo que estudia en Dartmouth y a Car le daba un poco de vergüenza. Le dije que estábamos viviendo aquí temporalmente… él prometió ayudarme a encontrar algo cerca de su casa, aunque dudo que podamos costearnos algo allí.

—Long Beach es una ciudad más accesible que Los Angeles, mamá, y cualquier lugar es más seguro que donde vivimos hoy —espera que su madre se convenza a salir de allí. Ya en septiembre cumple los dieciséis y podrá también trabajar para ayudar con los gastos.

—Depende cómo vaya el negocio este mes. Hemos dejado tarjetas por todos los barrios acomodados del condado, solo es cuestión de que llamen.

—La chica que atendí hoy quedó bastante conforme… me recomendará con sus amigas.

—Muy bien… tu podrías hacerte cargo de eso, tienes más talento que yo para hacer las uñas.

Asiente sin muchas ganas. No es el trabajo soñado, pero por el momento no le queda más alternativa que aceptarlo.

Se levanta del colchón y camina hasta su cuarto, mas las sorpresas del día aún no terminan y su madre le interrumpe antes de que logre encerrarse:

—Por cierto, ponte guapa que esta noche nos vamos a cenar con Car y su hijo.

No dice nada, entiende a qué se refiere su madre con eso de que Carlisle es diferente, pues es la segunda vez en toda su vida que su madre la hace parte de un panorama con su pareja, eso sin contar que la salida también incluye a un hijo del hombre en cuestión.

Y como si supiese que pensaba en él, suena su viejo celular y el nombre de Phil aparece en la pantalla.


Mil gracias a Anyreth y Catali por estar conmigo en esta nueva aventura y hacer de esta historia algo coherente. Realmente me siento agradecida de tener unas betas como ustedes!

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