Cuncuenta años de Help!, el quinto disco de estudio de la banda. También su segunda película. Para celebrarlo, nada mejor que una historia inspirada en una de las canciones del disco.

Disclaimer: No, no poseo pokémon.


Autor: Lennon/McCartney. Álbum: Help! Año: 1965


— Eh, Quickclaw, ¿has oído algo? —me preguntó Serpent Killer.

El sonido repentino de su voz en el sulencipo de la noche me sobresaltó, pero durante menos de un segundo. Alcé la cabeza de la hierba del suelo, y, luchando con todas mis fuerzas para mantener los ojos abiertos y no caer dormido allí mismo, hice n gesto negativo. Si había sonado algún ruido extraño, yo desde luego no lo había oído.

Serpent Killer, se encogió de hombros, y se dio la vuelta, observando la vasta extensión de hierba que se extendía a mis espaldas y delante de él. Después de unos segundos, se giró de nuevo, y dijo:

— Habrá sido el viento.

Sí, habrá sido eso, pensé mientras volvía a bajar la cabeza. Casi como si hubiera esperado ese momento, una ráfaga de aire frío me golpeó en la cara, disipando al instante el sueño que sentía.

Definitivamente, odiaba el turno guardia. Toda la noche al raso, sin dormir, aguantando el sueño, la sed y el hambre, soportando el frío y la amenaza de un ataque por sorpresa de los Seviper, para proteger a nuestra manada de sus ataques. Un puesto sin duda honorable, pero que yo odiaba.

Está mal que lo admita, pero me encanta dormir.

Aunque aquella noche, estaba más que dispuesto a sacrificar mis horas de sueño a cambio de algo mucho mejor.

— Te caes de sueño, ¿verdad, chaval? —me preguntó mi compañero, en tono cariñoso, y después dejó escapar una carcajada.

No respondí, estaba demasiado cansado para hacerlo.

— Lo tomaré como un sí —dijo, y sonrió otra vez—. Anda, chaval, duerme un poco. Yo me ocuparé de tu turno.

A pesar de lo cansado que estab, sonreí. Aquello le convenía mucho a mi plan. Solo tenía que conseguir mantenerme despierto unos minutos más. Claro que era más fácil decirlo que hacerlo.

El canto de un Murkrow sonó en la distancia, agudo y chirriante. Sonó dos veces, y después de cerca de un minuto de silencio, sonó otras dos.

Volví la mirada al cielo, presa de los nervios. Esa era mi señal. Tenía que devolver la mía pronto, o ella se marcharía. Pero no podía hacerlo con Serpent Killer estuviera alrededor. Tenía que crear una distracción como fuera para poder repetirla sin emitir sospechas.

Miré una y otra vez a mi alrededor, buscando frenéticamrente algo que me permitiera crear esa distracción. No podía fallar ahora. Llevaba semanas esperando este momento. Tenía que encontrar algo. Cualquier cosa.

Pero a mi alrededor solo había una piedra grande.

La miré durante un segundo. Una piedra. ¿Podría servir? No tenía nada más a mano.

Y tampoco perdía nada.

Cogí la piedra con todas mis fuerzas, y la tiré en dirección a algún lugar a la derecha de mi compañero. El lado contrario al lugar en el que había sonado la señal. Contuve la respiración mientras volaba, y unos segundos después aterrizó sobre la hierba con un ruido sordo, pero más que suficiente para llamar su atención.

Unas vez más, contuve la respiración mientras Serpent Killer se giraba para ver qué había sido el ruido. Y, en cuanto me dio la espalda, repetí el canto del Murkrow, pero sin detenerme entre las dos primeras y las dos últimas.

Serpent Killer se dio la vuelta, y cuando clavó su mirada en mí, creí que el corazón se me iba a salir del pecho. Si sospechaba algo, adiós a todo el plan.

— Están cerca —murmuró mi compañero, repentinamente serio.

Lo miré con una mezcla de estupefacción y nerviosismo, sin atreverme a decir nada. No me podía creer que un truco tan barato hubiera funcionado.

— ¿Lo están? —pregunté, intentando con todas mis fuerzas sonar impaciente por entrar en acción. Me puse en pie de un salto para que mi actuación fuera más convincente, y pregunté con violencia—: ¿Dónde? ¿Dónde están esos malditos Seviper?

Normalmente, Serpent Killer hubiera reído con ganas al verme tan ansioso por entrar en acción. Pero no aquella noche. Cuando había algún Seviper rondando cerca de nuestra manada, se transformaba en un Zangoose completamente distinto, una bestia furiosa volcada en defender nuestra manada de cualquier Seviper que pudiera amenazarlo.

Y de eso me iba a aprovechar para librarme de él.

— Sí —respondió él, y se giró hacia mí. Su enorme cuerpo estaba doblado en una postura de combate, con sus largas y y afiladas garras listas para entrar en acción. Su rostro estaba contraído en ena furiosa y violenta expresión llenade odio—. Los acabo de oír. Están por ahí —murmuró, y señaló la dirección en que había caído la piedra.

— Voy contigo —siseé, y corrí para ponerme a su altura. Pero justo antes de llegar a su lado, Serpent KIller extendió un brazo a modo de barrera.

— No —me dijo en un susurro, y me miró a los ojos con gravedad—. Es peligroso. Podría ser una emboscada. —Apretó los dientes con fuerza, y frunció el ceño con rabia—. Esas malditas serpientes traicioneras podrían estar tendiéndonos una trampa.

— ¿Y entonces, qué hacemos? —pregunté en su oído, fingiéndome preocupado.

Serpent Killer reflexionó durante menos de un segundo, y después respondió:

— Me adelantaré para ver si los encuentro antes de que nos vean. Si todo va bien, te haré una señal para que vengas a ayudarme a despacharlos.

Me lo pensé unos segundos antes de asentir con un gesto rápido. Era un buen plan. Simple y muy efectivo. Sería magnífico, si no fuera porque en realidad no había ningún Seviper en varios cientos de metros a la redonda.

Pero, claro, eso no iba a decírselo.

— Entendido —murmuré, mirándolo a los ojos con expresión ansiosa, y pasé mis garras por el dorso de mi brazo. LO miré a la cara con expresión de odio, y agregué—. Estoy deseando echarle mano a una de esas asquerosas serpientes.

Serpent Killer se rio, y me pasó la mano por el pelaje de la cabeza. Sacudí la cabeza para librarme de su contacto, y lo miré con evidente mal humor.

— No te me pongas así, chaval —dijo, encogiéndose de himbros y ladeando la cabeza. Lanzó un largo suspiro, y añadió—: ¿Sabes? Yo era exactamente igual cuando tenía tu edad. Siempre dispuesto a entrar en acción y rebanarle la garganta a algún Seviper.

Sonreí con ganas. Serpent Killer era uno de los Zangoose guerreros más respetados de la manada. Saber que contaba con su respeto me hacía sentirme importante, aunque no ocupara ningún puesto importante en el clan, y ningún Seviper hubiera caído nunca ensartado por mis garras.

— ME voy, chaval —me dijo, y se puso a cuatro patas—. Espérate aquí a que te llame.

Asentí con fuerza para demostrarle que lo había entendido, y me senté sobre la hierba el suelo. Estaba fría, y húmeda, y no pude contener una mueca de desagrado. El rocío sería muy bonito, pero sentarse encima de él no es precisamente una sensación agradable.

Serpent Killer asintió con fuerza por última vez, y se marchó, corriendo sobre las pountas de sus patas en la dirección en que había creído oír a los Seviper. Sus patas apenas hacían ruido al pisar sobre la hierba, y no pude evitar observarlo, maravillado. ¿Cómo conseguía ser tan silencioso?

Cuando Serpent Killer se perdió en la oscuridad, sonreí, y mi corazón se aceleró. Por fin podría poner en marcha mi plan para aquella noche.

Si es que se puede llamar plan a salir corriendo tan rápido como podía a donde ella me esperaba.

Pero funcionó a la perfección. Y eso era lo importante. Nadie me siguió mientras corría sobre la hierba del prado. Nadie me vio cruzar de un salto el riachuelo que atravesaba el campo. Y nadie entró conmigo en el bosquecillo de pinos en el que ella me esperaba.

Y, cuanto más me acercaba a ella, más aumentaban la impaciencia y mis ganas de volver a verla. Mi corazón latía con más fuerza a cada segundo que pasaba, y mis mejillas y mi pecho se sentían cálidos, llenos del dulce calor que solo el amor puede proporcionar.

Subiendo la mirada hacia el cielo, lancé con alegría el canto del Murkrow, nuestra señal, y la alegría se desbordó en mi pecho y en mi rostro cuando me fue respondido sin dilación, y a apenas unos metros de distancia.

Un fresco soplido de brisa nocturna sopló entre los árboles, desordenando mi pelaje y las hojas de los árboles. Con una sensación cálida en mi pecho, y una sonrisa boba de enamorado en mi rostro, me puse a dos patas y caminé hasta un viejo pino, alto y de tronco grueso, con una ancha y puntiaguda copa de largas agujas verdes, y a cuyos pies se extendía una capa de blanda hierba verde y agujas de pino secas.

Nuestro árbol.

Y bajo él, bajo sus hojas siempre verdes, estaba ella.

Sus escamas negras relucían bajo la luz de la luna, producieno bellos reflejos de azabache. Su cuerpo era largo y delgado, y sus preciosos ojos rojos dos grandes y brillantes rubíes. Su pequeña boca estaba abierta, y su lengua bífida se movía seprenteante, olisqueando el aire, buscando cualquier rastro de olor que le indicara mi llegada.

Y debió de captar algo, porque se dio la vuelta de repente, y sus ojos brillantes apuntaron en mi dirección.

—¡Tailblade! —la llamé, corriendo hacia ella. Sus ojos se abrieron, y cuando me vio, su expresión pasó a reflejar la mayor de las alegrías.

— ¡Quickclaw! —respondió ella, sonriendo de felicidad, reptando hacia mí tan rápido como su cuerpo se lo permitía.

Cuando nos encontramos en mitad del camino, lo primero que hice fue besarla. Cogí su cuerpo serpentino con mis brazos, teniendo cuidado de no clavarle las garras, y la besé con todo mi amor, toda mi pasión por ella. Su fina lengua bífida se encontró con la mía, y las dos danzaron en nuestras bocas, pasando por nuestros labios, mis dientes y sus afilados colmillos. Y mientras nos besábamos, creía que mi corazón iba a explotar de la felixidad que sentía.

— Te amo, Taliblade —dije cuando nos separamos, mirándola acarameladamente.

Ella me respondió con una mirada enamorada, y me besó brevemente.

— Tenía tantas ganass de verte —me respondió, sonriendo, alargando las eses como lo hacía su especie al hablar, como a mí me gustaba.

— Yo también quería estar contigo —susurré en su oído, y la abracé—. Ojalá pudiéramos vernos más a menudo.

— Ssí. Yo también. Pero no podemoss —respondió ella, repentinamente triste.

No me gustaba verla triste. No podía soportar ver sus dos bellos granates perder su brillo y verse cubiertos por el velo de la tristeza. Para consolarla, la abracé con fuerza, y la besé con ternura.

— ¿Por qué tenemos que odiarnos? —pregunté, mirando al cielo, sin dirigirme a nadie en particular—. ¿Por qué tú y yo no podemos estar juntos?

Tailblade lo pensó durante unos segundos, y respondió:

— No lo ssé.

Intercambiamos una breve mirada, y después apartamos la vista del otro. Era cierto. ¿Por qué no podíamos amarnos? ¿Por qué ella y yo no podíamos estar juntos? ¿Por qué teníamos que esconder nuestro amor de nuestras manadas, y teníamos que vernos en secreto, casi como si fuéramos delincuentes, solo porque éramos un Zangoose y una Seviper?

— Tailblade, estoy cansado —dije de repente—. Estoy harto de vivir esta mentira.

Ella me miró durante un instante, y pude ver en sus ojos que ella pensaba lo mismo. Ella también estaba hata de esconder su amor prohibido por mí, de fingir que no me quería, de negar nuestros sentimientos, nuestra relación. Los dos queríamos poder amarnos con libertad, proclamar nuestro amor públicamente, sin miedo a las consecuencias que sufriríamos si nos atrevíamos a admitir nuestro amopr por un miembro de la especie enemiga.

— Yo también —respondió al cabo de unos segundos—. Pero ¿qué máss podemoss hacer?

Bajé la mirada pensativo. Ese era el gran problema. Mientras viviéramos con unestras especies, nuestro amor seguría siendo un delito, una traición contra los nuestros, una abominación horrenda contra la naturaleza.

Nuestro amor no tenía posibilidad alguna de existir. A menos que…

— Tailblade, ¿estarías dispuesta a escaparte conmigo?

Por un momento, ella me miró con eestupefacción, como si hubiera dicho que el cielo era verde en lugar de azul. Pero pronto comprendió lo que quería decir, y su rostro pasó del asombro a la alegría.

— Contigo —me besó brevemente— iré a donde ssea.

Loco de alegría por su respuesta,volví a tomarla en mis brazos, y la besé de nuevo. Cómo la quería. Cómo quería a mi adorada Seviper.

Dentro de poco seríamos libres. Dentro de poco huiríamos de nuestras manadas, de su odio opresivo por la especie contraria, de aquellos que preferirían matarnos a permitir que nuestro amor existiera. Muy pronto, seríamos libres, libres para amarnos, sin mentiras, sin escondernos, sin citas furtivas de madrugada.

Muy pronto, podríamos vivir juntos, para siempre, sin necesidad de esconder nuestro amor.


Espero que esta historia haya sido de vuestro agrado. ¡Hasta el próximo One-Shot!