"Sensaciones en el cuerpo"

"Tus labios, mis labios: apocalipsis. Sal y persigueme. Sé que me quieres"

Las estrellas se apreciaban a la perfección en aquella área a las afueras de Londres. La Madriguera siempre lucía tan hogareña y apacible en la quietud del pueblo de Ottery.

Aquella casa logra que Edmund se sienta relajado, no solo por su ubicación, sino porque desde hace meses, ese era el hogar de Hermione. Y si ella estaba ahí, él podía sentirse tranquilo de saber que estaba en un lugar donde nada le faltaba.

Pero en los últimos días sentía que esa tranquilidad no llegaba en su totalidad. Desde que vio a Draco Malfoy en aquel estacionamiento, no había podido sacarse de la cabeza la manera en la que ese hombre había mirado Eddi. Con anhelo, con amor, con sufrimiento. Sabía que el rubio no se merecía su compasión, después de lo que le hizo a Hermione, pero ningún hombre merecía que le arrebataran a su hijo; y la manera en la que había mirado a Eddi le confirmaba que estaba sufriendo.

Y ahí se encontraba, en la habitación de Hermione, viendo como acunaba a Eddi. Tratando de encontrar la mejor manera de exponerle a su novia, que sentía pena por Draco Malfoy.

—Listo —susurró la castaña mientras se alejaba de la cuna y se acercaba a él—, al fin se durmió. Estoy tan agotada, hoy la cafetería estaba llena, no soporto los pies.

Se tumbó en la cama. Admiraba a la castaña. Trabajaba todo el día en la cafetería de los Weasley, hacía todo lo posible por no ser una carga para ellos; en especial porque ahora los acogían a ella y a Eddi.

—Ya podrás descansar —Edmund se recostó en la cama junto a ella. Ambos observaban el techo de la habitación—. Hermione, necesito contarte algo que pasó el día del examen —estaba muy nervioso, creía haber superado sus momentos de inseguridad, pero ahí estaba, sintiéndose temeroso por hablarle de un tema delicado a su chica.

—Dime Edmund —Hermione se giró para poder verlo, él hizo lo mismo, quedando ambos frente a frente.

Tomó una gran cantidad de aire para poder hablar.

—Mientras estábamos esperándote, en el estacionamiento, Draco Malfoy se acercó a nosotros —al instante el semblante tranquilo en el rostro de Hermione desapareció—. ¡No me di cuenta hasta que estuvo justo en la ventana de la camioneta! El caso es, que vio a Eddi.

Esperó la reacción de la castaña, pero ésta lo miraba con cierto aire de desconcierto en su rostro, pero Edmund no vio pizca de enojo, así que se animó a seguir hablando.

—Hermione, yo pienso que él está arrepentido. Lo noté por la forma en la que miraba a Eddi —su novia seguía sin decir nada—. Sólo digo lo que vi, no necesitas hacer nada.

—Y no haré nada, Edmund. Confío en tu juicio, y si tu dices que lo viste arrepentido puede que lo esté. Pero no ha hecho nada por querer acercarse a su hijo.

Ya sería un año en el que Draco no hacía presencia en su vida. La verdad estaba totalmente bien ahora, no necesitaba aferrarse a personas que no le hicieran bien. Éste era su presente, viviendo con los Weasley, amando a Edmund, creciendo junto a Eddi. Miraba al hombre que tenía en frente, su mirada tierna, sus bellas facciones: ¿en qué momento había encontrado a la persona indicada?

—¿Qué pasa? —preguntó divertido al ver como Hermione se perdía en sus pensamientos sin apartar la vista de él.

—Te amo.

Contestó simplemente. Era lo que su corazón le indicaba, había optado por no involucrar demasiados sentimientos después de lo ocurrido con Malfoy, pero Edmund pudo derribar ese muro que planeaba construir para protegerse del mundo; grata fue su sorpresa al encontrar a ese hombre que sin dudarlo decidió protegerla a ella y a Eddi.

—Yo también te amo —la castaña le regaló una sonrisa sincera, desbordante de felicidad. Terminó con la distancia que los separaba para besarlo. Edmund posó su mano en la cintura de la chica para acercarla lo más posible a él. Amaba besarla, le encantó descubrir que los besos eran tan buenos y excitantes, mucho más que estar pegado a un libro para memorizarlo. Siempre ridiculizó a las personas que se besaban a su alrededor, pensando que era una manera muy mundana de perder el tiempo. Pero tener a Hermione besándolo, teniéndola sólo para él, sentía que se convertía en un dios por poseer tan preciada joya.

No supo en qué momento su entrepierna despertó, pero no hubo vergüenza por parte de él. Y agradeció que Hermione no huyera al sentirlo, al contrario, se pegó más a él. Sin dejar de besarlo. Provocando que un leve gemido se escapara de los labios de ella, Edmund al instante abrió los ojos, se sentía tan excitado que temía no poder contenerse.

Vio la expresión de Hermione, se encontraba sonrojada y su respiración estaba igual de alterada que la de él. La deseaba, esa sensación de plenitud solo era brindada por ella, por esa mujer que ahora estaba entre sus brazos. El deseo lo dominó, mandando su timidez muy lejos de esa habitación.

Se animó a posicionarse arriba de ella sin dejar de besarla. En el acto, Hermione abrió las piernas para poder sentirlo más cerca. Edmund comenzó a recorrer sus manos por todo el cuerpo de la castaña, tocó por primera vez sus senos, lo hizo delicadamente, ya que aun le daba pecho a Eddi. Por eso estaban más grandes y duros, y eso lo excito locamente.

Estaba por meter la mano debajo de su blusa, cuando Eddi despertó, comenzando a llorar.

Edmund inmediatamente se puso de pie, dejando que Hermione se acercara a la cuna para calmar al niño. Respiró para tratar de volver a calmarse, y que su dura anatomía volviera a su estado neutro. Miró a Hermione que estaba de espaldas a él, su cuerpo era exquisito, y él era todo un inexperto, no quería tomarle importancia al hecho de que él era virgen y no sabía nada. Nada.

De pronto, Hermione lo volvió a envolver con sus brazos. Se fijó que Eddi se había vuelto a dormir, le regaló una mirada intensa a su novia que lo veía con la pasión marcada en sus ojos.

—¿Dónde tenías escondido a este fogoso hombre?

—Ni yo mismo lo sé —dijo mientras pegaba su frente a la de ella—. ¿Te gustó?

Al parecer la pregunta estaba de sobra, Hermione se había vuelto loca en unos segundos y por su mente se creaban tantas imagenes con ese chico tímido.

—Quiero que lo vuelvas a hacer —le contestó en un susurro, sin apartarse ni un centímetro—, pero no aquí, no en casa de los Weasley.

Edmund había olvidado por completo que estaban en esa casa, que Molly podría haber entrado a la habitación en cualquier momento y eso hubiera sido tan bochornoso, tanto que su erección pasó a ser historia en ese instante.

—En otro lugar será.

•••

Sabía que Draco estaba mal. Jamás imaginó que le pidiera pasar la noche con ella, pero él le había dicho que no quería mirar a su padre, no más de lo estrictamente necesario, y eso significaba que sólo toleraba verlo en la oficina.

¿Cómo sabía que su amigo estaba mal? Simple, él no hubiera optado por buscarla a ella, y para haber decidido en refugiarse a su lado era porque en verdad se encontraba abrumado. No podía negar que tenerlo ahí era un deleite para Astoria, pero ver como Draco la miraba sin mirar, dolía tanto. Pero era tan masoquista, que prefería estar cerca de él aunque eso significara nada.

Aquella noche, Draco se estaba alistando para dormir, se lavaba los dientes en el baño de Astoria, ya estaba vestido con su pijama. Ella lo observaba desde la recámara, deleitada por la imagen del rubio.

—¿Tengo algo en el pijama? —el rubio la descubrió observándolo. Se sintió tan abochornada, pero jamás lo demostraría, siempre fue buena ocultando emociones.

—Necesito entrar a orinar ¿puedes apurarte? —preguntó ocultando toda señal de nerviosismo.

Draco escupió en el lavabo y salió para darle paso a Astoria. Ella pasó a su lado mirándolo fijamente, entró directo al baño y cerró de un portazo. Se odiaba por dejarse llevar así tan fácil por Draco Malfoy, aunque se daba ánimos ella misma pues al menos de amor no moriría.

Se miró al espejo, el rostro que la caracterizaba estaba apagándose. Mitad de la culpa por el cáncer y la otra mitad por el nefasto plan ¿qué estaba pensando en haber dicho que si a un matrimonio falso? Y encima de todo, un matrimonio con Draco, su adoración desde niña. Había que añadirle que ahora su semblante era enfermizo y triste. No había peor ocasión para tener a Draco en su habitación.

Salió del baño, tratando de no mirar al rubio. Pero Draco ya se encontraba en su saco de dormir, lo había puesto en el suelo donde no molestara el paso de Astoria a su cama.

Satisfecha con la distancia en la que se había acostado su amigo, se metió a la cama.

—¿Astoria? —la llamó el rubio una vez que hubo apagado las luces—. ¿Crees que hay oportunidad de que mi padre se pudra en la cárcel?

No era la primera vez que hablaban del plan, pero en esta ocasión, Draco sonaba asustado.

—Sabes que lo lograremos, no te aflijas —fue lo único que pudo contestar, siempre era el plan, ella y él se resumían a un plan.

—Estoy aterrado Astoria —susurró tratando de que nadie más lo escuchara, ya que últimamente se sentía observado—. Conocí a mi hijo —soltó, logrando que Astoria volteara y lo mirara a través de la oscuridad—, es tan perfecto, tiene mis ojos. Y no puedo acercarme a él.

La ventaja de estar a oscuras, era que podía soltar las lágrimas que hace tiempo mantenía oprimidas dentro de él. Pero para su suerte, Astoria lo conocía demasiado.

—Con más razón, ganaremos esto —se alejó de su cama para acercarse a Draco. Se arrodilló a un lado suyo, y posó suavemente su mano en la mejilla, temiendo que el rubio la alejara, pero no fue así. Draco agradeció ese gesto. Un gesto tan olvidado para él—. Hubo un momento en el que no me importaba ganar esto. Al final de todo, yo acabaré muriendo...

—No digas eso.

—Déjame terminar, Draco —pidió a su amigo—, mis pensamientos siempre me llevaban a aceptar mi muerte y ciertamente el plan me traía sin cuidado. Pero ahora me has hecho ver, que si mi vida acaba, la vida que seguirá aquí serán la tuya y la de tu hijo. Y no quiero dejarlos a merced de Lucius, acabaremos con él Draco.

—No puedes pensar en ningún momento que morirás, te necesito Astoria.

Las palabras dichas por el rubio tenían un significado vago. Él la necesitaba ¿solo por el plan? No, ahora entendía que no podía ser solo por eso, en verdad quería que Astoria significara algo más. Necesitaba a alguien como ella en su vida, pensaba que ella pudiera ser la luz que le faltaba a su vida. Pero no estaba listo aún, no se veía con ánimos de amar todavía.

Se movió para abrir su bolsa de dormir y darle paso a Astoria. Ella se acurrucó en su pecho, dejándose embriagar por su aroma. Sintió los brazos de Draco rodearle el cuerpo, si iba a morir, que fuera en un momento como este.

Pero no sin antes, acabar con Lucius Malfoy.

•••

La semana pasó, no había querido ver a Harry en todo ese tiempo. Estaba bastante resentida con él. Pero, para aumentar su mal humor, recordaba que no había cancelado su "cita" con el azabache y hoy tendría que verle la cara en el baile de su graduación.

Era viernes por la noche, Susan estaba totalmente lista para ir a su encuentro, pero no sabía cómo verlo a la cara sin tener la infinita necesidad de darle un puñetazo. Se miraba en el espejo del recibidor tratando de entender qué era lo que le faltaba a ella, que era lo que no tenía para que Harry no la considerara como material de novia.

¿Ser su amiga? ¡Dios santo! ¡No por nada se había arriesgado a ser toda una cualquiera al meterse con él sabiendo que tenía novia! Y ahora, solo era tratada como una amiga.

No, ella no podía ser solo una amiga, le había entregado tanto.

Lucy se quedaría en casa sola esa noche, últimamente su hermana no salía, le había preguntado si quería irse a la Madriguera para que no estuviera sola una noche de sábado, pero había rechazado al instante esa idea, por lo que la dejó quedarse en casa.

Salió a la fría noche y subió a su auto, lo encendió y salió echa una fiera al lugar donde se celebraría el baile. Necesitaba encarar a Potter.

•••

Su idea principal de pasar ese fin de semana a lado de Ginny era alquilar una cabaña alejados de la ciudad. Pero intuía que la pelirroja veía todos los días lo que era estar situada a lo lejos de la ciudad, por lo que no sería nada nuevo estar en un sitio así. Su rutina transcurría a los alrededores de Ottery, un apacible pueblo, por lo que sus planes fueron otros.

Se dio el lujo de reservar el fin de semana en un hotel de puro prestigio justo a un lado del río Támesis, con acceso a la mejor vista del london eye. Y para Ginny, todo esto fue un sueño.

—Peter, creo que has exagerado, es solo un fin de semana y ya has gastado muchísimo dinero —le comentó seriamente al entrar a la lujosa habitación. Adoraba estar ahí, no lo iba a negar, pero tan solo imaginar lo que había cargado Peter a su tarjeta, le daba un infarto.

Pero el rubio se encogió de hombros mientras metía las manos a los bolsillos de su pantalón color caqui —Para esto me mato trabajando días seguidos en el hospital preciosa, no me importa si lo hago invirtiéndolo contigo.

Mientras decía todo aquello, se fue acercando a Ginny, mirándola fijamente a los ojos. Era eso una muestra de seducción bastante tentadora, tan solo mirarlo, apreciar toda la altura que poseía, esos maravillosos ojos, sus hombros anchos, cada minúsculo detalle la volvía loca. Le sonrío coquetamente, levantó la barbilla para poder quedar un poco más cerca de su rostro.

—Bien, pero cuando quedes en quiebra no quiero quejas.

—Nena, si sigues a mi lado, no me importa vivir en quiebra —rodeó su cintura con sus brazos, alzándola levemente del suelo—. Pero tú mereces vivir de la mejor manera, por lo que no me importa estar toda la vida trabajando para que estés cómoda.

—Joven Pevensie, hablas como todo un marido ejemplar —bromeó la pelirroja, rodeando el cuello de Peter con sus manos, acariciando suavemente su cabello.

—¿Marido? ¿Tú marido? —sonrió y Ginny no pudo sentirse más nerviosa. La conversación había llegado a un punto distinto—. Me encantaría ser tu marido Ginny, solo tienes que proponérmelo.

—¿Disculpa? ¿Yo proponértelo a ti? —ambos no dejaban de sonreír, si bien estaban bromeando, pero había algo que los hacía querer tomar en serio todas estas bobas palabras entre miradas de complicidad—, se un hombre y pídemelo Peter.

Ginny se había atrevido a decir aquello, sin dejar de mirarlo a los ojos.

Estaban locos el uno por el otro.

—Ginny —comenzó a hablar sin dejar de soltarla para regresarla al suelo. Ahí, con ella en brazos se animó a decir lo siguiente: —. ¿Te casas conmigo?

•••

Harry se encontraba en la lujosa mansión de los Greengrass, lugar donde se llevaría a cabo el baile de graduación. Vestía un traje negro, bastante elegante para su gusto, el moño le apretaba un poco el cuello y a cada instante se le veía incómodo al tratar de aflojarlo.

Malditas formalidades. Sólo esperaba impaciente la llegada de Susan, necesitaba a esa mujer más de lo que él quisiera admitir. Pero justamente cuando pensó que pudiera empezar de cero con alguien más, después de lo de Ginny, llegó Malfoy a incluirlo en su plan suicida, y la idea de acabar con el hombre que fue causante de la desgracia de su mejor amiga, lo motivó enormemente para aceptar ayudar al rubio. Pero lo malo de todo esto, era que todo se volvía peligroso a su alrededor, estar espiando la información de Lucius era tan arriesgado, que la sola idea de involucrar a Susan en su vida le causaba una gran angustia.

Debía mantenerla alejada, para su desgracia. Pero para él era imposible no querer tenerla cerca, por eso no pudo aguantar invitarla a su baile, ya había sacrificado mucho tiempo sin verla, por lo que sentía que se merecían esa noche para ambos.

Harry la esperaba a lo alto de la escalera, justo en la puerta de entrada. No quería entrar sin ella. Pasaron unos minutos hasta que vio el auto de Susan llegar al ballet parking. De ella bajó una hermosa mujer, luciendo un vestido negro que cubría lo largo de sus piernas. Sintió como el corazón le desbordaba a punto de un colapso. Trató de calmarse. bajó deprisa los escalones para ofrecerle su brazo.

—Que bueno que llegaste —le dio un beso fugaz en la mejilla, no quería arruinar el precioso maquillaje de Susan.

—Pudiste entrar, no tenías que esperarme —le dijo con un tono cargado de un ligero enfado.

—No te estoy reclamando, solo digo que me alegra verte —pero el semblante de Susan seguía serio, pudo darse cuenta que no compartía la misma alegría de él al verla después de no haberse visto en toda la semana—. Vamos a divertirnos, relájate —le ofreció su brazo para que su amiga lo tomara, a lo que Susan hizo no pudiendo evitar su contacto—, y no me odies por ser un idiota.

La mujer lo miró a los ojos con sorpresa, intentando comprender esa última frase ¿se refería al hecho de llamarla amiga? ¿de no tomarla en serio?

Entraron a la gran mansión. Todo era elegancia. Si antes se habían sorprendido por la decoración en la fiesta de aniversario del instituto de los Greengrass, la graduación era todo un evento de reyes nada comparado con el anterior.

—¿Un trago? —le ofreció amablemente a Susan.

—No, gracias —contestó secamente, sin mirarlo. Harry se extrañó por su comportamiento. Pero no iba a desistir tan fácil.

—Entonces bailemos —esta vez no le dio oportunidad de oponerse. La condujo hacía la pista de baile donde una suave balada sonaba en el amplio salón. La tomó por la cintura con ambas manos para poder tenerla más cerca de él. Buscaba su mirada, pero Susan la apartaba, la rehuía de Harry—. Puedes decirme qué es lo que te pasa —le dijo en un susurro, acercándose más al rostro de Susan.

Las palabras de Harry sonaron tan suaves y atrayentes. El azabache podía ser un amor total, y Susan podía caer al instante en ese verde mar que eran sus ojos. Flaqueó al instante, posó sus manos en sus hombros, uniendo su frente con la de él.

—Harry ¿no quieres que sea tu novia? —le preguntó, en el mismo susurro tal cual él le había hablado, creando una atmósfera sumamente romántica entre ambos, íntima—. Mencionaste que soy solo una gran amiga.

Le sorprendió totalmente su pregunta. Para Harry, Susan era la mujer perfecta; una diosa en toda la palabra. Era sensual, era inteligente, amorosa con toda su familia y en especial con él. No quería que fuera solo su amiga, pero la situación con Lucius lo hacían querer mantenerla a raya.

Debe decirle, explicarle que se encuentra en una delicada situación. Que en cuanto todo esto termine ambos podrán amarse, atados a los sentimientos que nacieron desde el momento en el que se vieron.

—Susan yo... —pero no puede continuar. A lo lejos logra distinguir a varios hombres, su actitud es sospechosa. No le parece extraño pues todos van acompañando a Lucius Malfoy. No puede significar nada bueno—. Necesito ir al sanitario.

Susan lo mira afectada e indignada.

—¡Juro que volveré y te contaré que es lo que sucede! —la deja de pie en la pista mientras trata de alcanzar a los hombres, los ve subir las escaleras. Sabe que sus movimientos indican alarma, pues se mueven discretos mientras miran a todos lados para asegurarse que nadie los siga. Esos malditos algo traman y Harry quiere averiguarlo de una vez por todas, pero su sorpresa es grande, cuando ve a Neville Longbottom como uno de los hombres que seguía a Lucius. Neville se ve sonriente mientras comparte palabras con uno de los trajeados.

Harry no logra comprender, si ver a Neville con ellos es una buena señal o una jugada traicionera.