La saga crepúsculo le pertenece a Meyer.

El amor es el Demonio
contando lágrimas bajo la lluvia
al ritmo de una sinfonía
de clavos arañando pizarra.

Por si sirve de algo,
no quiero volver a verte sufrir
más de lo que ya lo has hecho.Cena de cristal,
vino de sangre.
Cariño, ama con fuerza,
Baudelaire escrito en Braille.
Cariño, ama más fuerte.
Cuando te pierdas y estés bajo tierra,
te prometo amor del más fuerte.

Hermosa como una flor,

Yaces en una tumba,

Trágicamente besada por las últimas

Flechas del sol.

Ven, escóndete

Y deja de sollozar,

A no ser que quieras seguir haciéndolo.

Him, love, the hardest way.

La Mujer del Caníbal

Capítulo 10

Por ti, Vanessa

(Perpetuum Mobile)


A centímetros de él, Isabella midió sus pasos, desde hacía una semana ── para Bella ── el pasar por su lado, era el reto que se imponía cada día, si sobrevivía a su presencia sin que el amor de niñita del pasado no la lastimase, habría logrado su objetivo. Sí, porque al fin podría dejar atrás a la chiquita que suspiraba por unos ojos azules mientras ── en la oscuridad de su pobre cuarto ── abrazaba a un viejo peluche que era su único amiguito y el confidente de sus soledades. Sí al pasar por su lado su corazón no latía a mil por minuto, ella ── Isabella Swan ── dejaba ir sus sueños, sus hadas y sus espacios donde era feliz. Si sobrevivía, ella ── la niña triste e indefensa ── podría estar en el mundo donde su corazón, ya hecho piedra, estuviese dispuesto a compartir en el mismo espacio de Edward y permitirse que éste invocara en ella un solo sentimiento: apatía.

Caminó resuelta, viendo la boca de Edward sobre los labios de Jane, respiró profundamente, minimizo cada paso y rozó la camisa mojada del niño cruel que un día se permitió soñar como propio.

Edward se paralizó un segundo, mordió sin sensualidad los labios de su novia, ésta gritó de dolor y lo apartó con fuerza.

── ¡Bruto! ── Jane chilló de furia.

¡Lo sabía! ¡Maldita sea! ¡Lo sabía!

Isabella continuó su camino hacia la biblioteca de castigo, mientras todos veían como, con su actitud desafiante, insolentemente, retaba a su enemigo. Edward entrecerró los ojos, no entendía su nuevo trato y eso no era bueno para él, en su interior un grito:

── ¡Mírame féilea! Voltea y mírame.

Isabella escuchó un rumor, por una milésima de segundo los sonidos y murmullos que pululaban a su alrededor callaron. Esa electroestática de nuevo.

Volteó y se enfrentó con los ojos de acero.

Era el momento del día.

Aguanta, Isabella… aguanta… ya no es tu sueño… tu sueño vive en otro lugar y huele a perfume Hello kitty… ¡Que no te afecte! ¡Eres una piedra! ¡No te puede dañar!

Allí a tres metros, Edward Masen, hermoso e hiperbóreo, alto y maravilloso, con su cabello cobre oscuro pegado a su cuello, con la camisa abierta luciendo su pecho de hombre adolescente que ya adivinaba una musculatura que de adulto sería majestuosa, un poco de vello castaño, y su barbilla tensa que manifestaba algo inquietante y frenético. Sus piernas estaban abiertas y sus puños cerrados, los ojos electrizantes que atravesaban sus costados, que sin ella saberlo, la devoraban.

Él era…

Él era todo cuando niña.

Era el escape del frío cuando su cuerpo y su corazón se congelaban, era el calor en las noches cuando todo Forks parecía traspasado por el hielo, era la comodidad en los momentos en que estaba sola en el universo, era su refugio seguro, era el mundo alterno donde ella se iba ── escapando de su vulnerable realidad ── y caminaba junto a él, hablándole de todo: de como extrañaba a un amigo, de lo feliz que la hacía una sonrisa, del pastel que le haría y de lo bien que se sentía acurrucada junto a él cuando su aplastante cotidianeidad le decía que su tía Kate, borracha, tenía sexo en cuarto de al lado.

Él era… Ya no.

Ahora… ahora era nada. Tiene que ser nada.

Isabella lo enfrentó, su corazón hecho roca, vuelto adulto, perdido ya en los sinsabores de la decepción lo vio. Ya no había vuelta atrás. Y era hora que se supiera.

Una sonrisa salió de ella… una burla para la nenita soñadora, un dolor de mujer anciana que ha dejado todo atrás.

Isabella se reía de ella misma con la nostalgia de quien ha amado una hermosa pompa de jabón que ya ha explotado sin dejar ningún rastro.

Se burló… y extendió esa burla de manera total sobre su cara y con ella a todas sus anchas retó a Edward Masen. Y se fue alejando, mirando hacia él, con un gesto de vacío y penumbra, de ninguneo absoluto.

La furia lo recorrió.

Con sus puños tensados por la sensación de perderse en los ojos de Isabella Swan, Edward Masen fue hasta los casilleros y golpeó varias veces las puertas de éste.

── ¡Es una perra! ── gritó Taylor ── ¿Quién se cree qué es?

── ¡Cállate idiota! ── en un movimiento rápido Eddie se fue hacia el chico moreno que casi se orina en los pantalones al ver como Edward amenazaba con sus puños reemplazar los casilleros con su cara ── ¿Podrías dejar de respirar un solo jodido segundo?

Resoplaba.

Una emoción oscura e incontrolable tomaba lugar.

La fuerza de aquella mirada sobre él y el mundo de Masen estaban entre la furia y la incertidumbre.

¿Cómo se atrevía? ¡Él era el centro del planeta Forks! Todos y todo giraba en torno a él ¡nadie podía mirarlo como si no existiese! ¡Nadie! Ni siquiera tú, mi Féileacán.

Pues, para alguien en aquel lugar, él, simplemente, era uno más. La niña que odiaba y deseaba de indecente manera no lo veía, no lo admiraba. Aquello era algo impensado e inexplicable.

Otro motivo para que Edward Masen se obsesionara más.

Jane Douglas, tensa, observaba a su novio. No lograba entender como Bellapestosa la dejaba siempre como perdedora cuando de Eddie se trataba. Sí, para ella, de alguna extraña manera siempre lo hacía.

Todos asumían la poca inteligencia de Jane, a nadie le importaba, sin embargo ella, sólo ella ── y por supuesto, mamá Amanda ── entendían por qué Eddie siempre parecía estar parado en los bordes del abismo y no estaba dispuesta a permitirlo, no podía seguir perdiendo contra ella, su vida y bienestar futuro estaba en juego.

Todo sería como antes… y no le importaría. Su boleto de salida de Forks bien valía la pena.

Su novio perdido y peleando contra algo y ella intentando lograr que la mirase. Su novio permanentemente enrabiado y furioso y ella, desnudando su cuerpo y permitiéndole que se desahogase. Pero, sobre todo, siendo humillada por la verdad asquerosa: que él la tocara y sentir que con su piel, él vivía la nostalgia de algo que existió pero que no recordaba cuando.

¡Estúpida gorda… yo saldré de este lugar, me iré de aquí, no me quitarás esto! No lo harás.

Jane era un animal, Jane se aferraba al cuello de Edward, Jane entre pucheros y falsas fragilidades iba contra todo, odiaba el pueblo mucho más que su novio, soñaba con borrar de su cabeza el paisaje verde y las maltrechas calles… tenía un plan, paso a paso trazado desde niña y sin embargo éste siempre tenía una falla, una grieta que le impedía ser perfecto. Y el error, caminaba con pantalones roídos, ojos marrones de sombra oscura y tres piercing en la cara.

Ella era un mono agarrando el maní sabiendo que su mano podría ser cercenada y aun así insistía… Edward debía amarla… Porque, si no era así ¿Quién era ella? ¿Cuál era su identidad?

El sonido del timbre que anunciaba la primera clase, todos corrieron hacía los salones mientras que Edward, aún en los pasillos, repasaba la mirada de Bella. Jane lo agarró de la mano y lo arrastró hacia la primera clase, física.

El señor Molina empezó la clase con sus vectores y logaritmos, Edward abrió su cuaderno de notas y trazaba líneas sobre éste de forma rotunda, nadie ponía atención a las palabras del señor Molina, unos veían la calle y la lluvia, otros trataban de ocultar en sus mochilas sus reproductores de música y hacían maromas para poder escucharla ocultando los audífonos tras las gorras de lana, una de las bobas amigas de Jane se pintaba las uñas y otras leían una revista y los más inteligentes un libro, Tyler, Mike, Garret, Eric y Jason, un niño pequeñito y musculoso repasaban las jugadas en sus cabezas, más importante que el seno o el coseno del maestro, era no dejarse sorprender por Edward en las cancha de juego.

Mientras tanto, el capitán del equipo estaba poseído y dibujaba en la hoja en blanco, su mano era llevada de mano frenética por los trazos, unas líneas se alzaban y otras se curvaban, al principio todo parecía sin forma; Jane, detrás, seguía el ritmo de la mano de su novio.

A los quince minutos Edward no entendía bien que era lo que había dibujado en el papel, era como si en los minutos pasados un espíritu hubiese llegado hasta él y de poderosa manera hubiera tomado su mano de forma ferviente, arrebatando su mente, cegado toda conciencia para hacer sobre la hoja en blanco un enigmático dibujo.

── ¡Imbécil! ── tiró el papel al suelo, veinte pares de ojos se posaron sobre él, estiró sus largas piernas y se llevó sus manos a su cabello.

No estaba bien. No era la resaca de su descontrolada noche, era un desasosiego total. Parecía no tener paz en ninguna parte, su cuerpo respondía a una fuerza que él no lograba controlar.

── ¿Se encuentra bien, señor Masen? ── el maestro Molina acostumbrado al temperamento volátil del chico le preguntó con fingida paciencia.

Edward levantó la ceja.

── Jodidamente perfecto, maestro ── lleno de suficiencia miró el tablero ── la respuesta es que la aceleración desconocida es –─ sonrió de manera maliciosa ¿ves mamá? Me aburro –─ menos cuatro, M sobre S al cuadrado, cualquiera lo sabe ── no, nadie lo sabía.

Aun así, todos soltaron la carcajada validando la arrogancia del chico quien volteó hacia sus amigotes e hizo un gesto vulgar con sus manos.

── ¡Basta ya! Y usted, señor Masen, si está por encima de todos aquí y del maestro, al menos deje que los demás estrenen sus cerebros.

El niño malo cerró la boca, miró por lo bajo al señor Molina ── en esa época de su vida, Masen observaba a esos seres inoportunos que trataban de imponerle reglas como unos perdedores, hombres y mujeres que estaban condenados a ese pueblo y envejecer entre las paredes de una escuela arruinada ── y se arrellenó en su asiento.

A los minutos su cerebro estallaba, observaba la silla vacía, una presencia faltaba en aquel lugar, una presencia alada de respiración tranquila y de olor dulce y floral.

Tamborileaba con sus dedos, movía su pierna con nervios, tres días, tres malditos días y su mundo estaba de nuevo de cabeza.

Se levantó animado por una fuerza que lo llamaba, no le importaba nada, no escuchó la voz del señor Molina, ni la de Jane que, tras él, trataba de evitar los pasos que ella sabía a donde lo llevaban.

La puerta resonó al ser chocada contra el hierro de los marcos, todos saltaron y Jane furiosa dio una orden a una de las chicas para que recogieran el papel del piso, que él había tirado.

La imagen era extraña, llena de sombras: una mariposa oscura delicadamente realizada.

.

.

.

Isabella en la biblioteca intentaba perderse entre los libros de ella, la vieja Cope la observaba, la anciana recorría su cuerpo, la miraba como si ella fuese un cuervo inquietante, la bibliotecaria, uno de los esbirros de Amanda, abanderada de la decencia creía que la niña era la encarnación de algo repugnante.

── No toques los libros, Isabella Swan ── la mujer gritó desde lejos.

La chica caminó por los estrechos espacios entre mesas y sillas, agarró uno de los enormes libros sobre dibujo y sin miedo a los ojos de reproche de la anciana caminó con el bajo su brazo.

La viejilla iba a decir algo, pero un gesto duro de cejas rectas y ojos que la miraban directamente la detuvo.

Libros y helado lugar, viejos tomos donados por la biblioteca de Seattle, libros amarillos que nadie leía y sin embargo para Isabella quien amaba leer aquel espacio que parecía derruirse y donde las polillas parecían construir un hogar era para ella muy querido. Libros lleno de dibujos y paisajes, libros con historias de seres felices, grandes bitácoras donde ella podía escapar.

Abrió su favorito: La colección de Sir John Tenniel, Alicia en el país de las maravillas. De niña aquellos dibujos la llevaban por mundos oníricos, donde conejos, gatos de Cheshire y sombrereros extraños la llevaban de la mano hacia un mundo de colores, donde podía huir de su mundo. Durante años amó aquellas ilustraciones, mas ahora los dibujos le parecieron extraños, psicóticos, agresivos y sombríos.

No te gustaría eso bebé… yo quiero para ti algo más lindo.

Como siempre, cada cosa para Isabella se remitía a su hija, se llevó el libro a su pecho y recordó el nacimiento de su nena. Que miedo tenía ese día, dolía tanto y estaba cansada de luchar contra la pequeñez de su cuerpo, quince horas y la señora Weber y la señora MacCarty dándole apoye para que ella siguiese luchando, pero no pudo más, se desmadejó al entender que no podría traer a la nena de manera normal.

La mascarilla, la terrible aguja que penetraba su columna, el rostro de la enfermera y el medico que era tan frío y que en su tono de voz demostraba cuan indiferente era a su dolor, y a la pena aterradora que la pequeña Isabella sentía sabiendo que dejando salir a la niña de su cuerpo, ella la perdería para siempre… cerró los ojos y añoró aquellos días que a pesar de la soledad de aquel embarazo fue feliz con su bebé dentro de ella, meses en que no se sintió sola y perdida.

Unas lágrimas cayeron sobre su rostro, sentada en el suelo entre los pasillos de la biblioteca ocultaba cuán difícil era vivir siendo una mamá de un bebé que ya no le pertenecía.

Tiró el libro a un lado, no quería aquellos dibujos de trazos grises y viejos, quería otros, deseaba unos nuevos… algo lindo y quizás buscar a la señora Weber para que se los mandara al matrimonio MacCarty.

Soñaba con un pequeño contacto, un regalo para su nena.

« ¿Cómo te llamas? Me gustaba Vanesa… es un lindo nombre, mi cielo.»

«Es un hermoso nombre, Bella»

«Ella será su hija, puede llamarla como quiera, señora MacCarty»

Una Isabella observa por lo bajo a la majestuosa rubia que trataba de entablar una conversación tranquila con ella.

«Me gusta Vanesa, quiero llamarla Emma, pero Vanesa está bien»

Cualquier nombre para la nena de ojos azules y cabello oscuro sería perfecto… ella era perfecta.


Editado por XBrontë.

El próximo capítulo tendremos al niño tierno del caníbal haciendo lo mejor que saber hacer, es decir, tratando de molestar a su mariposa.

Gracias a todas las que me dejan comentarios, ponen la historia en alertas y en favoritos. A las lectoras fantasmas gracias, son todas muy amables, saben que no contesto porque mi tiempo es una locura, además vampiros dementes me siguen los pasos.