Los personajes le pertenecen a Meyer.

Déjame en cadenas.

Arrastra mi vergüenza,

Acaríciame con dolor.

Porque me arrodillo y ruego por tu amparo.

No llores, piedad.

Existe mucho dolor.

No llores, ten piedad.

Piedad.

Lléname con tu rabia.

Desángrame

Piedad.

Aliméntame con tu odio.

Y en el silencio en un eco me estremezco cuando dices:

Piedad.

Mercy: hurt.


LA MUJER DEL CANIBAL

Capítulo 13

Lullabies y nubes de azúcar.

Arrullos y canciones de cuna, mejillas rosadas y olor a talco de bebé, sonidillos de palomas, una piel tersa, besillo en su frente y un vestidito blanco con un lindo unicornio pintado.

Eres tú, hija. Eres tú, mi Vannesa, tú que naciste hoy, hace dieciocho años. Sin embargo, aún estas en mí, siendo arrullada por mí, estas aquí y puedo cerrar los ojos y sentir como tu peso es sostenido por mis brazos.

Dieciocho años y puedo verte desde lejos, ojos azules y cabello negro anudado en trenzas, mi amor. Puedo tenerte, como cuando tenías dos días de nacida y te restregabas hambrienta contra mi pezón y me dolía y te alimentabas y yo era feliz, feliz porque no estaba sola y era feliz porque podía besarte en las mejillas.

Dieciocho años que yo todavía no tenía cuando naciste,

Mi pequeña nena de luna y sol, estás aquí, aquí conmigo para siempre, en mi sangre, en mis pupilas, eres mi ángel, la razón por la que he luchado, la razón por la que cada día durante estos dieciocho años he podido sobrevivir, por la que forjé mi camino de superación.

Sí, mi amor, no me conoces, no sabes quién soy yo. Pues, soy tu mamá y hoy, que estás de cumpleaños, festejo tu nacimiento. No importa que estés lejos, mi cielo. Yo, hoy como siempre, lo celebro, celebro que te tuve, celebro que yo ── niña pobre y asustada ── diera al mundo un precioso ángel.

Hacía calor, siempre hacía calor en aquella ciudad y por eso, para Isabella, vivir allí, en Biloxy, era casi mágico. La reconcilió con la naturaleza, amaba abrir sus ventanas y sentir todo el día el aire tibio y dulce de un pueblo casi sin lluvia, amaba salir a su puerta y no sentir la agobiante humedad de sus días de Forks. Solo por eso, ella era feliz.

En la cocina de su casa ── Su Casa ── Bella sonreía, había dado su sangre y sacrificado su alma para obtenerla y era tiempo de disfrutarla sin culpa. Para obtener un lugar propio ── y hermoso, donde pudiera recibir, algún vez, a su pequeña ── había permitido que su corazón fuese desgarrado, y no se quejó, ella era hija del rigor y estaba acostumbra a ceder para obtener.

Ahora, con treinta y cuatro años de vida y aquella casa bonita — pintada de amarillos y ocres, llena de cosas de madera y antigüedades compradas en cuanta feria se encontró en su deambular por el país ── era su palacio.

Había sacrificado todo para llegar a ese punto donde estaba reconciliada un poco con su pasado y con las tragedias de su vida. Años y años escondida, llorando en silencio a la niña — pajarillo pequeño que había crecido en su vientre y que todavía, en días tristes, escuchaba llorar en los pasillos de un sombrío hospital en un día de lluvia — sintiendo que la amaba hasta el dolor y que aunque era madre a lo lejos y caminó por el infierno, había vuelto a recuperar un poco su corazón infantil para transformarse en esa mujer que se veía ante el espejo, con su cabello oscuro enredado en una alegre coleta, con un poco de harina en su cara, sus vaqueros roídos, su camiseta blanca sin mangas, mostrando sus tatuajes.

A modo de medallas o de cicatrices, hechos durante años, mapas y líneas que eran los símbolos de cada una de sus luchas, sus amores y tristezas. Incluso, aquel tatuaje que mostraba su amor secreto, su enemigo amado ── ese hombre que aún era un recuerdo que quemaba sus entrañas ── y que a pesar de que otros vinieron a ella y la amaron, a pesar de Knox y su amor tierno, era él, el caníbal absoluto, quien le dio el único regalo real que la vida le ofreció.

Tarareando una canción que se oía en la radio, Bella Swan, ese día, estaba de fiesta, su hija cumplía años y, como siempre, preparaba un pastel para celebrar el acontecimiento: su niña vivía, y ella era madre.

Madre, madre lejana, oculta en la oscuridad, quien cada noche y cada día, se sostenía orgullosa por haber sido capaz de sacrificios, por haber sido capaz de darle a Vanessa una vida de pompones, risas escolares, amigos que la amaran. De darle a Rosalie y Emmett como padres y una vida donde no tuvo que cargar con pesares, pueblos terribles y venganzas de amor.

── Huevos, huevos ── se repitió buscando los ingredientes para hacer el pastel ── vainilla y azúcar ── corrió hasta la alacena y saltó de risa ── Knox, eres un sol ── la noche anterior le rogó que le buscara fresas frescas para el pastel, y esa mañana, ahí estaban.

Y como si lo llamara, el timbre del celular se escuchó sobre la mesa de la cocina, con el tono de la canción favorita de su compañero Unchain my heart. Isabella corrió con las manos llena de harina.

── Eres maravilloso, Knox ── le contestó con una sonora risa de campanas.

── Lo sé, dilo más seguido y hasta soy capaz de mostrarte mis súper poderes, muñeca ── ambos soltaron la carcajada ── fui hoy donde la señora Maples y le di mi sonrisa de un millón de dólares y allí estaban fresas frescas, oye, si no te casas conmigo creo que Mabell me dirá que si al instante.

── Es casada, Knox ── ella sabía que su novio todo lo podía, era encantador y seductor, un hombre sanador y lleno de música simple en su corazón.

── Eso no es impedimento para mi Isabella, si fui capaz de tener a la mujer más hermosa del mundo sólo para mí, puedo con cualquier cosa, te lo dije linda, súper poderes.

Por un momento, ambos se quedaron en silencio; el hombre del otro lado de la línea sabía que por la mente de Isabella pasaban pensamientos difíciles y turbulentos, que ella era soledad y tragedia.

Bella, su chica, trabajaba cosas en maderas y la componía canciones desgarradas, era una mujer a la que él no podía tocar, aún no lo hacía, llegar a su alma y acariciar aquella niña pequeña y dolida que se escondía de todos oculta en una desteñida capucha roja.

── ¿Estás bien, mi amor? ── la voz divertida se tornó preocupada y susurrante.

── Estoy bien Knox, no te preocupes por mí.

── Siempre me preocupo preciosa, si quieres te acompaño, bailamos y me cantas al oído, este chico es fácil Bella, vamos linda rompámosle el corazón a las que desean mi cuerpo.

Isabella bajó la cabeza y emitió un sonido de ternura dulce, mordiéndose los labios con fuerza para así castigarse por no querer lo suficiente a aquel hombre enorme, hermoso y abrazable como un enorme oso de peluche.

── Tú sabes que este día es sólo mío.

── Y de Nessa.

── Si.

── Te amo ¿sabías?

── Lo sé.

── Cualquier cosa pequeña y salgo corriendo, volando si quieres.

── ¿Con tus súper poderes? ── ella intentó fuese otra vez el hombre leve de risa fácil y corazón de niño.

── No, sólo voy con mi amor por ti, Isabella, ese es mi súper poder.

El amor de Knox por Isabella Swan, es como aquel que se fija en estrellas lejanas, ve con ojos de nostalgia y cree que sólo obtendrá su reflejo a millones de años luz pero igual ama y se va en pos de esa locura estelar, ama con fuego y con furia, ama con dulzura, con la calidez de una noche de verano o con la placidez de una siesta en medio de un campo de flores, sin medir la distancia.

El amor de Knox por Isabella estaba lleno de eso, lleno de deseos ocultos, de ternura y risa, de música que sólo sabía dedicar, de tulipanes robados de las casas vecinas, de noches de películas viejas en el antiguo teatro Plaza y de helados los domingos en la feria de pasteles y donnas de la ciudad. La amaba aunque ella fuera una estrella y él tuviera que resignarse tan sólo a sentarse y verla, hermosa, lejana y dura.

Ya era casi medio día, olía a pastel recién horneado y Bella solo tendría que esperar a que fuesen las dos de la tarde para sentarse frente al pastel para cantar el feliz cumpleaños a su hija y soplar las dieciocho velas esperando que el deseo pedido por ella se cumpla.

Su pequeño ritual la hacía feliz, ya no era doloroso ni masoquista y al final, a esta altura de su vida, era lo único que tenía.

Sus sueños, por los que había luchado durante tantos años se habían roto, despedazados y hechos polvo cuando, en un punto, volvió a abrir su corazón al monstruo del amor salvaje y adictivo que era Eddie Masen y nuevamente salió desgarrada.

«──Estoy atado a ti, Isabella Swan atado con una maldita cadena, te tengo dentro de mí, en mi maldita piel y quiero desollarme vivo y no sentir esta necesidad que tengo, quiero morderte, besarte y lastimarte hasta que no quede nada de ti y no quede nada de mí ¡nada!»

«──Eres una enfermedad, un cáncer que me carcome por dentro.»

«── ¿Cómo puedo odiarte de esta manera y al mismo tiempo tener este deseo aterrador de estar siempre desnudo acurrucado y bebiendo de ti y dormir entre tus senos?»

«── ¡Es repugnante! ¡Me das miedo! ¡Y no puedo alejarme! ¡Y te odio y me odio más por eso!»

Palabras aterradoras, noche violenta en Londres y su corazón nuevamente de piedra.

Cuando él estaba de gira y ella era su esposa trofeo, una noche en que ella ansiaba devorarlo y él ── hermoso y demoniaco ── la miraba en medio de la multitud, rodeado de mujeres y gente que lo idolatraba como si él fuese un dios, una noche, cuando él estaba insuflado de alcohol, cocaína y vanidad y ella estaba vestida como la digna esposa de una estrella del rock, se atrevió a apostar.

Y lo reto en aquel bar, y bailó sensualmente delante de todos, y él se acercó a ella con su torso desnudo y un cigarrillo colgando en su boca, y la tomó del brazo y la cargó hasta el medio de la pista de baile, y bailaron una canción erótica y lenta, mientras sus ojos azules la atravesaban con furia y deseo. Con ese deseo demente que hacía que ambos se desgarraran en los hoteles, camerinos, habitaciones y en cuanto lugar los sometía el deseo. Desgarrándose y queriendo ser ── ambos ── otras personas y tener otras almas, otras vidas, otros nombres y otras memorias para así no tener que recordar que entre ellos mediaba un odio añejo y un pasado de desgracia.

¡Como deseo que esa noche él sintiese celos! Celos como los que ella sentía cada vez que una de las grupis lo tocaba, cuando las veía a todas casi desnudas en sus camerinos tratando de que el dios del rock hincase sus dientes en ellas.

¡Dios! Y él dijo esas palabras mientras la desnudaba «──Estoy atado a ti, Isabella Swan atado con una maldita cadena…»

Él las dijo como si de su boca saliera una de aquellas canciones oscuras que él cantaba «── Te tengo dentro de mí, en mi maldita piel y quiero desollarme vivo y no sentir esta necesidad…»

Lo dijo y se lo dijo a ella «──Eres una enfermedad, un cáncer que me carcome por dentro.»

Y tonta, tonta Bella creyó por un momento que él la amaría «── ¡Es repugnante! ¡Me das miedo! ¡Y no puedo alejarme! ¡Y te odio y me odio más por eso!»

Y por un momento creyó que era su memoria ── que se negaba a recordar aquella noche niña años atrás donde ambos inexpertos se besaban por primera vez ── pero no, no la amó. Ni aquella noche donde Eddie Masen entre droga, aguardiente ilegal y rabia la llamaba dulcemente por su nombre pero nunca supo que era ella, nunca.

Eso no pasó, no pasó cuando ella lo necesitaba ni cuando ella lo amaba más.

Después ya no hubo nada, y cuando Bella ya estaba resignada, cuando todo el daño estaba hecho, él ── su niño de sueños ── volvió y dijo las palabras que un día añoró, pero ya era tarde, era demasiado tarde.

Ahora, ella estaba casi libre de Edward Masen… eso creía, pero si, los fantasmas vienen, te sofocan y gritan fuerte en el oído.

── Hey, hey hola mis amigos de radio Biloxi, la súper estación de nuestro caliente Mississippi, su amigo Marcus, el pirata del sur… ── el locutor con su voz gruesa e impostada que inundaba las calles de la provinciana ciudad.

La estación de radio ── donde todos los habitantes confluían entre buena música, los chismes y los servicios sociales ── era la favorita de Bella, el sentido de comunidad que irradiaba, la hacía sentirse parte de un mundo que siempre desconoció y que sin embargo, anhelaba.

── Hoy tendremos un especial ¡si señor! Buen rock, el mejor de los últimos años… un mito, una leyenda, una banda.

Los pelillos de su nuca se alertaron.

── Caballeros ¡cómo peleábamos a nuestras mujeres con esos carismáticos músicos!

Los músculos de su estómago se apretaron.

── Nada de blues, ni jazz, es la hora del rock oscuro, romántico y sexy.

Su corazón golpeó fuerte.

── Hoy chicas, para las que suspiraron y aún suspiran, ¡The Carnnival! Y su líder Eddie Caníbal Masen.

Isabella, saltó.

── ¡No, hoy no! ¡Hoy no! ¡Déjame en paz! ── corrió a lo largo de la cocina hasta llegar a su pequeña sala y apagar el radio.

No ese día, precisamente ese día cuando estaba contenta, cuando celebraba y cuando podía cantarle cumpleaños a su hija, no ese día.

Se sentó en la mecedora, juntó sus manos y las llevó hasta su cara, el timbre del celular resonó a lo lejos ¡Knox! Seguramente él, en su trabajo ── como administrador del aserradero ── había escuchado el nombre de Edward Masen y, sabiendo que Bella siempre escuchaba la radio seguramente se preocuparía por ella.

Knox amaba escuchar la estación de radio, porque en ella, al menos dos veces al día una de las canciones compuestas por Isabella se escuchaban y siempre la llamaba divertido y haciendo bromas, le resultaba divertido ver como se ruborizaba cuando le decía: que linda canción muñeca, me encanta, conozco a la autora.

Seguramente en ese momento Knox no sonreía.

No contestó, rogaba porque él no viniese, suplicaba. Por medio minuto el teléfono timbró y, después, ya no volvió a sonar, entendió que su novio no vendría porque sabía que ella no deseaba mostrar su rostro, que trataba de fingir que aquel hombre de su pasado ya no la lastimaba.

Respiró, caminó con paso lento hasta el radio, ella iba de nuevo a él como siempre, ella iba de nuevo a su voz, con rabia, llena de soledad, abriendo su corazón en cada paso. Pero sola, abriendo la herida como si ésta fuese una rosa que se extendía sangrante en primavera, ese día, precisamente cuando dieciocho años antes ella daba a luz su hija.

── Durante tres años, nadie ha sabido sobre el paradero del oscuro Edward Masen, muchos creen que está muerto, que finalmente su desordenada y extravagante vida personal fueron demasiado para él.

── Otros aseguran que fue el divorcio de su segunda esposa ── la canta autora Isabella Swan quien fue la responsable del último éxito de la banda, 'Street Diamonds' ── la que lo llevó a la debacle.

── En fin, lo único cierto que sabemos ── y es por boca de quien fue su manager durante los quince años de la banda, Carlisle Cullen ── es que 'El Caníbal' no se ha vuelto a comunicar con nadie y que quizás jamás lo vuelva a hacer.

── Entrando en el ámbito del mito, incluso, en twitter, aseguraron que está cantando en bares a lo largo del país ¡hey Eddie! si nos escuchas ¡Vuelve hermano, regresa, necesitamos de tu música!

── Sin embargo, vivo o muerto Eddie Caníbal siempre estará aquí, con nosotros, y ¡señores! Ha nacido la leyenda del que muchos llamaron la reencarnación de Jimmy Morris, o como los que lo admiramos hemos llamado, el último gran poeta americano, aquí una de sus más grandes éxitos: Días de tormenta.

Isabella suspiró, amaba la canción, hablaba del mundo en Forks y de la lluvia fría que caía sobre aquella ciudad que ambos odiaban y que sin embargo ninguno podía olvidar.

«Sobre las nubes el cielo negro se levanta,

Bajo la tierra el mundo murmura su canción amarga,

Un amor triste camina por las calles, un hombre solo

Con su revólver cargado de plomo y cianuro, espera…

Espera los días de tormenta…

Los días de tormenta en una ciudad muerta y fantasma»

Escuchó su voz rasgada y hermosa, con la guitarra acústica acompañándolo y el sonido de la lluvia golpeando las ventanas.

──Hoy no Eddie, hoy no, ya no más, ya no más, fuiste demasiado para mi, si al menos hubieses tenido un poco de compasión contigo mismo, quizás… quizás… ── las palabras no llegaron a su boca. Desde hacía tres años, Bella entendía que si Edward hubiese sido menos cruel consigo mismo, tal vez ambos habrían tenido una oportunidad.

Dio una mirada por su casa, no era pequeña, era la casa de sus sueños, construida casi toda por sus propias manos, con flores frescas, muebles de madera, cortinas de colores y cosas antiguas de colección, su casa, la verdadera casa donde ella vivía tranquila, donde ella con su guitarra componía canciones que firmaba bajo otro nombre, donde estaba su taller y donde en las tardes se sentaba a tomar té helado y a esperar que Knox viniese para hacerla reír hasta que la nostalgia se esfumaba y quedaba el llanto casi feliz de alguien que dio su sangre para que el gran amor de su vida tuviese la vida que ella jamás tuvo.

Sacrificios de amor que hace que todo hasta las cicatrices de su cuerpo y corazón valieran la pena.

Apagó la radio, con el sonido de la última estrofa de la canción jugueteando entre su lengua, Isabella cerró los ojos, llevó sus manos a su pecho y ordenó que la herida de un amor con el cual ya no soñaba se guardase para siempre, con el propósito firme de darle a Knox algo bueno de ella, Isabella fue hasta la cocina, tomó el pequeño pastel de cumpleaños, las velas y así celebrar por Nessa y dar gracias a los cielos que Amanda Masen jamás hubiese logrado el propósito de que su hija no naciera.

.

.

.

A varias calles de allí, Edward, casi estrella la maldita radio contra la pared, pero fue imposible, de nada le valdría, pues en el hotel se escuchaba la radio por todas partes.

Su voz y sus canciones retumbando por las calles.

Lo odiaba, odiaba eso y odiaba más saber que ese día quizás su mujer estuviese oyéndolas, seguramente el sonido de su voz rasgada cantando aquella canción desgracia le hiciese recordar cada una de sus palabras.

Por favor, mi amor, apaga la maldita radio ¡Apágala! hoy es día de fiesta para los dos.

Sudaba, sacó de su chaqueta el viejo papel donde estaba el número del teléfono de la casa del viejo policía en Denver, Emmett McCarthy, y rogó que, al menos, éste le permitiera escuchar la voz de Vanessa por un solo momento para desearle un feliz cumpleaños.

Marcó los primeros números y desistió, caminó hasta la ventana y prendió un cigarrillo, siguió la huella de la calle hasta la esquina donde ésta volteaba y tres calles más estaba la casa de Isabella, sabía que ella ese día hacía pastel y que con voz de susurró cantaba feliz cumpleaños, deseaba estar allí, con ella, y acompañarla, hablar todo el día de esa niña ausente y quizás en la noche desnudo a su lado besándola ambos se consolarían ante lo que ya era irremediable.

Quizás tener otros hijos, mariposa, otros niños hermosos como tú y yo.

El cigarrillo le supo amargo y aún los restos del valium lo tenían adormilado, dio dos pasos hacia la cómoda donde el papel con el número telefónico descansaba, antes de llegar allí se miró al espejo.

Estas tan flaco Edward, debes recortarte el cabello y afeitarte, comprar algo de ropa, dejar de fumar y beber, debes hacer algo, algo, si vas a volver a presentarte frente a ella, no puedes estar así, no puedes, al menos que vea que aún eres un ser humano, que has vuelto a ser un ser humano por ella.

Agarró el teléfono, volvió a marcar, su corazón latía rápidamente y al final una voz.

── Hola.

Su mandíbula tembló y era feliz, la voz de Vanessa un poco más adulta estaba allí, gimió de manera interna, era su cumpleaños y sin embargo para él escucharla era su regalo.

── Hola cariño.

Por un momento hubo silencio.

── ¡Tony! ¡Dios mío que bueno escucharte!

── Feliz cumpleaños linda ── tragaba hiel.

── Gracias, que buen regalo Tony, estoy muy feliz de oírte ¿cómo has estado? Te he extrañado mucho.

── Yo también, linda ¿sigues repasando tus lecciones de piano?

── Claro que si Tony, pero ahora que voy a la universidad lo haré menos ¿sabes? Me gane una beca a Stanford ¿no es maravilloso? Una beca completa, y yo que creí que no podría estudiarla y de pronto en la policía los hijos de los oficiales con buenas notas ganamos becas, es un milagro.

Te hubiese dado la luna si quisieras bebé.

── Te lo mereces, estoy feliz por ti.

── Y tengo auto nuevo, un auto hermoso, me lo dio mamá de regalo, es una máquina lujosa, soy una chica con suerte Tony, me lo dijiste un día.

── Eres una buena niña, cariño.

── Te extraño, Tony ¿Cuándo vuelves? Todas mis amigas aún suspiran por ti, dejaste a muchas enamoradas.

── Soy un anciano, Vanessa.

── Naa, eres guapo, un tanto raro, pero eres guapo ── la mano de Edward tomaba con fuerza el teléfono, aquellos meses en que estuvo allí a su lado, con su hija viéndola, escuchándola hablar, siendo su amigo, los mejores días de su vida ── ¿Estas bien, Tony?

── Ahora estoy bien, Nessa.

Ella se carcajeó al otro lado del país, podía verla con sus grandes ojos azules y el cabello negro que caía sobre su espalda.

── Eres el único que me llama así, Tony, me gustaba ¿seguro que estás bien?

── Seguro, no tienes por qué preocuparte.

── ¿Dónde estás?

── Muy lejos, cariño, muy lejos.

Si Edward hubiese visto el rostro de su hija, la habría visto con el ceño fruncido y triste, la voz del profesor tenía aquel dejo que ella percibía y que de alguna manera la hacía enternecer.

── No estés triste, Tony, es mi cumpleaños.

── El mejor día del mundo ¿cómo voy a estar triste si este día nació la chica más linda del mundo?

── ¿Yo?

── Tú, nena ── carraspeó un poco la garganta ── ¿y qué harás hoy, en tu día? ── se sentó en los bordes de la cama, puso el aparato cerca de su oído y por minutos escuchó las cosas de una niña de dieciocho años que vivía entre amigos, padres que la amaban y el futuro de alguien que era el producto del sacrificio de él y Bella.

── Será un lindo día ── dijo finalmente ── estoy celebrándolos contigo.

── ¿Dime, dónde estás? ¿Estás solo? No me gusta que esté solo, maestro, siempre lo estabas, una novia sería bueno, una esposa ¿cómo está tu hija?

Alejó el teléfono a unos centímetros de su rostro, se llevó su mano libre al puente de su nariz y respiro entrecortadamente.

── Mi hija está perfecta, Vanessa, perfecta, es una niña maravillosa.

── Seguro que sí, te tiene a ti de papá, eso es suerte, yo tengo suerte también, papá Emmett es maravilloso ── Edward escuchó música que venía de alguna parte de la casa de los McCarthy, voces de chicos jóvenes que la llamaban y le cantaban feliz cumpleaños.

── Debes irte, tus amigos te esperan nena.

── No, puedo hablar contigo un poco más, eres mi amigo también.

── No pierdas el tiempo hablando con este viejo, pequeña.

── ¡Dios! Tú y tu manía de llamarte viejo.

── Ve, mi amor, sólo te llamaba para decirte feliz cumpleaños.

── Gracias, Tony, sabes que te agradezco muchas cosas, me salvaste aquella noche, eso no lo olvidaré jamás, jamás y siempre, siempre voy a estar para ti cuando me necesites.

── Cuando seas una gran doctora, yo seré tu paciente.

── Claro que si, te estaré esperando y seguiré con el piano.

── Tienes talento, linda.

── Hasta pronto, Tony.

Ven Vanessa deja de hablar por teléfono.

La voz de Lauren, su mejor amiga, se escuchó cerca.

── Adiós, Vanessa.

El click que daba terminada la llamada resonó fuerte y Edward se quedó allí con el eco de la voz de su hija en la memoria. Al minuto, de nuevo el teléfono.

¡Idiota! Pensó, seguramente ella lo llamaría de nuevo, esa era su hija igual a su madre siempre en sintonía con los sentimientos de los demás.

── Vanessa ── contestó.

── No quiero que vuelvas a llamar aquí, Edward Masen ── la voz al otro lado era la del rudo policía de Denver, Emmett ── si vuelves a llamar y a hacer que mi hija esté triste voy y te busco y te mato, como te lo dije hace dos años.

── Ella es mi hija, Emmett.

── ¡No lo es! ── el hombre susurró por lo bajo ── no lo es, es mía y de su madre, Rosalie. No vengas de nuevo a joder mi vida, Eddie caníbal, te conozco, te conocí hace años. Te agradezco el dinero para la universidad y para el auto nuevo, pero eso no te da derecho a nada. Lo acepté por ella, por nada más.

── Ella se merece todo.

── No creas que porque le das de lo que te sobra, te la mereces. Eres el peor ser humano que conocí en mi vida, así que no vuelvas a llamar ¿me oyes? ¡Jamás! Y si algo sientes por Vanessa déjala tranquila, ha vivido bien sin ti durante años, ella no te necesita y no te necesitará nunca.

Emmett colgó al otro lado, Edward cerró los puños ante la verdad rabiosa que vino en boca del hombre que durante años había sido todo para su hija, el ángel, el guardián y sobre todo, el padre.

Vanessa no le pertenecía, jamás le perteneció y él no podía jamás reclamarla como suya.

Ella no me pertenece, nunca tuve la oportunidad, y si hace dieciocho años lo hubiese sabido quizás yo la habría rechazado.

Aquella época donde el orgulloso capitán del equipo espartano de fútbol lleno de rabia, sueños egoístas y furia de guerrero no habría sido capaz de amarla, él era un monstruo producto de otro monstruo. Sí, porque aunque quisiera negarla el odio de Amanda era tal, que por sus venas no corría sangre sino hiel.

La noche cayó sobre la ciudad, dos pastillas de valium para conciliar el sueño ── aunque fuese por cinco horas ── a la medianoche salió del hotel, caminando en las calles iluminadas con viejos faroles románticos y espero en la eternidad del retorno a que Isabella apagase la luz de su cuarto, pero esa noche era diferente, ella estaba en el porche, sentada en la mecedora con su guitarra sobre el regazo y cantaba una hermosa canción de cuna.

La escuchó con el alma en vilo, con todos sus sentidos vibrando por la voz y la cercanía, con el corazón siendo niño por ella, con su piel ardiendo, con su sexo desesperado y hambriento.

¿Quién era?

Edward Masen, y ella era su esposa, treinta cuatro años ambos, toda una vida desperdiciada y estúpida.

¿Por qué no luchar?

Por ella, por sus almas, por volver al principio, no era hora de tener miedo, ¡Demonios! Ahora, él era un viejo guerrero poeta, allí frente a él su reto y quizás su victoria, era el momento, el momento de llevar su fuego y su fuerza hacia lo único que valía la pena.

Dio tres pasos, salió a la luz de las farolas, se dejó ver por ella, Isabella saltó de su mecedora y tiró la guitarra a un lado.

¡Era él!

Su caminar, su presencia, sus ojos azules mirándola, devorándosela, ardiendo.

── ¡No te acerques, Edward! ¡Fuera de mi vida!

── No me voy a ir de tu lado jamás ── caminó hasta la primera grada── estaré detrás de ti, a tu lado, ya no seré tu sombra, ya no me conformo con ser el niñito que te miraba en las noches, estoy aquí contigo féileacán, contigo.

── No me llames así, maldito seas, quiero que te vayas.

── Te amo.

Bella caminó hasta la puerta resuelta y volteó hacia él.

── No me importa, ya es tarde, Eddie, ya es muy tarde ── y se adentró a la casa.

Edward se quedó allí, sabía que esa sería la respuesta, ella lo odiaba, pero a él, ahora, eso no lo detendría. Abrazaría la poesía, la música de nuevo y la amaría. Iba a estar junto a ella hasta el último día de su vida, iba a adorarla. Sería como el hombre que ama a las estrellas y se conforma con su luz en los cielos y es feliz solo porque existen. Sí, porque él amaría hasta su desprecio sí, amaría amarla aunque ella no tuviese piedad ¿por qué debería tenerla, si él jamás la tuvo?


Editado por XBronte.

A las lectoras que comentan y a las fantasmas un millón de gracias, capítulos, siempre tan amables y atentas.