Los personajes le pertenecen a Meyer.

A todas las que dejaron comentarios son muy amables, no hay palabras para expresar cuan agradecida estoy por el tiempo dedicado a esta historia que no será fácil y que tendrá momentos muy oscuros. A las lectoras fantasmas que me acompañan en las sombras y que sin embargo me hacen saber que están aquí, mil y mil gracias.

A mi editora Ximena Bronte alías Bathory mi agradecimiento, ella es una fuerza, una maestra, quien me empuja hacia lugares que yo desconocía, talento impresionante que prodiga a esta contadora oscura.

El cielo arde en nuestros ojos.

Aún estamos a tiempo.

La sangre en nuestras manos

El vino que ofrecemos como sacrificio.

Vamos, muéstrales tu amor.

Arráncale las alas a una mariposa.

Por tu alma, mi amor.

Wings of butterfly

Him.

LA MUJER DEL CANIBAL

Capítulo 5

"EL VOLAR DE UNA MARIPOSA"

(Moderato Espressivo con Brio)

FÉILEACÁN

De la nada llegó la palabra, la emoción que vino con ella se mezcló con el pudor de recordar el porqué de su significado.

Féi ~ lea ~ cán

En su mente de adolescente trasgresor y malcriado, se le ocurrió que si denominaba a Isabella Swan de manera que nadie supiera que se estaba refiriendo a ella, él tendría la libertad de decirlo cuantas veces quisiera. Entonces, Bellapestosa a veces se convirtió en su boca en Féi o Féilea o Féileacán, todo dependiendo de su estado de ánimo o de la emoción que lo embargaba cuando quería vocalizar a Bella Swan. Féileacán fue su mantra. ¡Que patético era! Mariposa en Irish... ¡si la mitad del pueblo era descendiente de irlandeses!Así y todo, nadie dijo nada. Féileacán era la palabra de Eddie Masen, nadie más la decía, nadie más la pronunciaba.

Años que no la decía, años que no la recordaba. La había borrado por completo de su memoria pero, ahora y sin aviso, se instalaba de nuevo en él. No tenía tregua, tampoco la pedía… pero, pensar, desear, amar a Isabella Swan se estaba convirtiendo en su única, total y absoluta ocupación de un tiempo a esta parte.

Is tú mo féileacán wingedagus álainn agus is breá liom tú leis anchumhachtna gaoithe *

.

.

Calor en todo su cuerpo….

Biloxi.

Y Tony Steven sonreía entre el amor absoluto y la melancolía de la ausencia que en ese momento era cercana.

La amo…

La amo…

Lo decía en cada paso de ella por la calle, una felicidad muy intima se concentraba en él cuando la veía con su caminar leve y tímido.

La amo

Lo decía desde que se levantaba y hasta el momento en que el valium tomaba su cuerpo…

Ella es más…es mi amor, y es más… ¿me escuchará? ¿Me sentirá como la toco en las noches? ¿Sabrá cómo mi piel quiere estar conectada con la de ella? Es mi mujer, aunque no me ame es mía, mi pequeño y dulce algodón de azúcar…

Desde hacía unos días Tony Stevens era feliz como niño con un juguete nuevo ante la posibilidad de ver a Isabella, verla aunque fuese de lejos… como un criminal amoroso seguía su caminar por el pueblo donde ella caminaba con sus overoles, su madera y sus herramientas… se la pasaba contando cada hoja de los árboles que caían perezosamente sobre la calle, contaba cada segundo para ver como ella salía de la hermosa casa que seguramente estaba llena de ella.

La amo…

La amo como un loco… si al menos se lo pudiera decir, si al menos pudiera rozarla un segundo…

Tocarla…

Días sin ella…

Años pisando ciudades sin vida…

Años creyendo que mi mundo estaba en la piel de otra mujer y ella estaba tan cerca a mí… tan cerca…

Cuantos años perdidos… cuantos años de soledad, tanto tiempo sin ella, años que pude tenerla… mi orgullo me hizo elegir el camino de sueño dorado… ¡que estúpido fui!... tengo tantas palabras enredadas en mi lengua, todas las caricias del mundo sólo para ella.

Tony cerraba los ojos y concentraba cada uno de sus sentidos para irse a refugiar en la piel y en la presencia de esa mujer, de ella… de la única que había sido sólo para él…

Fui de ella desde que me salvó de Frankie, fui de ella desde el momento en que escuché su voz… aquel momento en que sus ojos se posaron sobre mi rostro.Idiota de mí que ignoré todas esas señales.

Daría todo para que volviera a mirarme… todo porque aquel tiempo en que con una sola palabra yo hubiese podido deshacer todo el daño que le hice.

La Isabella de treinta y cinco años que él veía caminar era más hermosa de lo que él se imaginaba o podía recordar…

Cada sufrimiento la hizo fuerte, cada batalla la hizo campeona de un mundo que se empecinó en hacerle daño, era hermosa como sólo una mujer que sobrevivió a todo y a él podía ser…los años le habían dado una belleza sonriente, serena y divertida

La amo… no me cansaré de decirlo… si, Tony Steven expandía su alma y daba espacio a todos aquellos sentimientos que durante años había negado

La amo… desde lejos, desde siempre… puedo escucharla… puedo olerla… si ella fuese mía de nuevo… si ella fuese mía como aquella noche, si yo pudiese hacer que volviera a la pureza… si yo pudiese volver a ser puro, también… ¡un maldito imbécil fui! vino a mi sobre una estrella y yo ¡Dios! cerré mis ojos…

Me muero como un sediento…

Estoy en el mar y no puedo beber

Verla de lejos, verla sonreír, hablar con la gente que la saludaba alegremente en la calle, escuchar escondido en el enorme jardín su voz cuando cantaba o cuando tocaba su guitarra, escuchar el sonido de la cierra cuando ella trabajaba en su madera, eso era todo para aquel hombre… todo.

En los días en que él la había encontrado, Tony… Eddie Masen, en la noche, cuando ella apagaba la última luz de su casa, se marchaba hacia el hotel y allí repasaba su vigilancia desesperada, dormía entre aguas turbias, era el dolor de no tenerla, el dolor de no tocarla… y se despertaba en medio de la noche con el sabor de saber que esa mujer, a sólo unos metros de él, era tan lejana como una galaxia remota.

Pero no importaba… no importaba porque ahora estaba en total posesión de sí mismo, ya no era el hombre pervertido por el odio, por la rabia, por la vanidad y por la maldad, estaba en posesión de una pureza dada tan sólo por el hecho enorme de aceptar que todo él pertenecía a alguien, aceptaba que amaba, aceptaba que desde siempre había sido una con aquella mujer pequeña que veía caminar con pasos mariposa, ahora, más fuerte, más viejo, más sabio y más viril, Eddie Masen daba espacio al amor que lo validaba, a la ternura que lo hacía bueno y al deseo que bullía en su sistema, estaba desarmado y dispuesto a amar en silencio por el resto de su vida, era el momento en que el cantautor que habitaba en él estaba dispuesto a dejar que la música hermosa, melancólica y de ausencia vinieran a él, poseído y enloquecido por la pasión, era el momento en que finalmente se sentía un artista.

Calor en Biloxy

Diez de la noche… esperaba.

¡Mi féileacán!

Quiero verla… verla antes de dormir…

No podía creer que durante dos años la tuvo tan cerca, desnuda y sólo para él y se negó el simple acto de verla dormir, mejor dormir entre sus brazos….

¿Por qué jamás dijo nada?

Una palabra de ella, una historia y yo hubiese podido recuperarla, tenerla… ser feliz, un hombre de verdad, alguien que realmente valía la pena.

Repasaba el cuerpo desnudo, repasaba cada curva y geografía de Isabella Swan, se detenía en sus cicatrices, en cada una ¿Por qué no le pregunté? Recordó como la primera vez que las tocó la sensación lo conmovió hasta la medula, pero el maldito caníbal que habitaba en él nunca acepto sentirse conmovido por ellas ¡mil veces imbécil! La de la espalda era verdaderamente aterradora y siniestra, una niña lastimada en la noche. Las de sus brazos, una adolescente en medio del abismo y la del vientre… ¡esa cicatriz me pertenece! Esa era la cicatriz de una niña que dejó allí cada gota de su alma e hizo que por ella fluyera su esperanza y que, paradójicamente, fuese además el recordatorio de todo lo que la vida le había negado.

Recordó como el olor de su cabello era igual de magnífico a como él lo evocaba de niño y que, sin embargo, se negó a disfrutarlo, hasta el punto en que estar cerca de ella le era imposible ¡Estúpido! ¡Estúpido! ¡Estúpido! Recordar ese olor lo instalaba en lo que no fue, en lo que jamás aceptó y en lo que siempre odió por mero miedo a aceptar que Isabella Swan era la luz en aquel pueblo. Ella tuvo el poder de quitarle la venda de falsedad en que había vivido y fue capaz de darle a él, el summun poder: escribir sobre el mundo de los otros. Aquel que nunca supo leer gestos ni miradas, que jamás entendió a los otros, recibió de Isabella, la posibilidad de beber de la savia de la que se alimentan los poetas. Bella fue quien le abrió los secretos de las almas y allí, él, se encontraba perdido y bebiendo en cada gota tratando de llegar al centro de aquello que siempre envidió de todos sus héroes de la música: poder, sensaciones y verdades, algo que sólo con ella ─ tan lejana ─ pudo entender.

A lo lejos escuchó el sonido de la voz de Isabella, años después su voz seguía siendo la misma, leve y suave.

Se estremeció al escucharla, cada sílaba era divertida y contenía juventud y paz interior.

─ No puedes decir eso Knox, eres terrible ─ y soltó una carcajada.

─ Pero es la verdad linda, esa mujer es capaz de vender a su madre tan sólo para ganar, era ridículo ver como las demás se intimidaban frente a ella ─ el hombre tenía un fuerte acento sureño y Tony intentaba ver desde la oscuridad aquel desconocido que hacía que Bella Swan se sostuviera de uno de los árboles para no caer tendida al piso de la risa ─ ¡y era sólo un sapo! Es el único país en el mundo donde algo así se ve, América país de tontos Bella y el sapo se llamaba como su esposo, Henry.

La risa de su mujer ─ porque Tony Steven… Edward Masen reconocía a Isabella Swan como propia, como la única ─ estalló como diez cascabeles, el sonido era precioso y juvenil.

Nunca se rió así conmigo… nunca la hice reír.

Y, en ese momento, un sentimiento de celos aterradores arremetió en cada uno de sus músculos, se sentía impotente frente a la escena que empezó a desarrollarse frente a él.

Su piel quemaba de manera insoportable.

Knox o como se llamara el idiota tomó la mano de Isabella y se la llevó a la boca lentamente, besó cada uno de los dedos de aquella mano…

─ No se cómo mantienes estas manos mi amor, son tan delicadas y trabajas tanto con ellas.

Lo odiaba y se odiaba porque el no tenía derecho a desearla y a sentir celos por ella, pero allí estaban celos enfermos, un ardor que se instalaba en su vientre, en su sexo y en el centro de su pecho, celos rugientes y feroces, celos porque el maldito, al menos, podía sentir el aliento caliente de Isabella Swan sobre su cara… Knox podría tenerla como él hacía cuatro años no podía… si, noches de posesión salvaje en camerinos, cuartos de hotel y mansión enorme y solitaria, noches en que él furioso por el deseo que ella le provocaba intentaba lograr de ella un gesto o una palabra para que él pudiese acceder al misterio profundo del porque Bella Swan le obsesionaba… y ahora con la pasión que implotaba en su alma Edward la deseaba más y en su boca sentía la nostalgia de su sexo suave degustado en su lengua.

¡Voy a volverme loco!

En la oscuridad y la luna como fondo en la calle que olía a flores frescas y en donde una música melancólica se escuchaba desde una casa, Edward fue testigo de cómo su musa, mujer lejana y amante de noches de sueño e imaginación dibujaba en su rostro una sonrisa tímida y respondía al beso dulce con una mirada profunda y misteriosa. Bella se acercó al hombre quien era moreno, musculoso y alto y se puso de puntillas, tomó la pretina de sus vaqueros para sostenerse de no caer pues aunque tenía zapatos altos Knox la aventajaba por casi veinte centímetros de estatura.

Un dolor desgarrador llegó hasta el pecho de Edward Masen, en ese momento supo que ella había cumplido la promesa que el día en que se divorciaron ella profirió, la promesa de no pensar en él, la promesa de dejarlo atrás, la promesa de borrar de su vida el pasado y así volver a recuperar todo aquello que la vida y su amor de niñez por él le habían quitado.

La amo… que vuelva a mi… por favor no gimió dentro de él… por favor, que no lo haga… fue una súplica dicha en silencio… puedo ser mejor… una promesa que, si pudiera, la cumpliría con sangre… por favor, que no lo bese…

Pero todo fue en vano, él era un fantasma del pasado, una sombra sin identidad, un hombre perdido en la memoria de Isabella Swan, todo aquello que ella quería olvidar.

Solo soy olvido y pérdida…

Sólo soy algo que se pierde en el tiempo,

Un nombre en el viento, un mal recuerdo, una vida perdida,

La sombra y el veneno,

La espina y la desgracia.

Y la puerta de la casa de Isabella se abrió para aquel hombre que no era él, para ese hombre que tenía lo que él deseaba, para aquel que la hacía reír, para ese que era todo lo que él no fue capaz: un hombre que jamás la hizo sonreír.

Él era aquel que destruyó el amor en su locura, alguien que fue capaz de destruir la pureza sin saber que era lo único que lo podía salvar.

Era como Hamlet frente a Ofelia…

Y cerró sus puños y retrocedió al ayer en donde una niña con un dolor a cuestas lo retaba a una guerra que quince años después tuvo su más grande baja: su corazón.

.

.

.

1998

─ Señor Masen ─ la maestra Callagham lo llamaba ─ señor Masen.

Pero el no escuchaba, la voz le llegaba como ecos sordos en una caverna.

La miraba… a ella.

Féi ~ lea ~ cán

─ Señor Masen ─ y de nuevo que lo requería.

La miraba… una voz que lo llamaba desde lejos, que lo golpeaba, que buscaba que él despertara de su mundo de hipnosis seductora y de odio profundo… si, por que él la miraba.

Miraba su piel de porcelana.

Observaba como ella ─ frágil y poderosa ─ se había sentado en la primera fila, diciéndole a todos, con esa acción desafiante, que Isabella Swan ya no estaba allí para ser pisoteada.

Miraba su cuello y los pelillos oscuros que allí se arremolinaban como suave pelusilla…

Miraba como ella se movía segura en su asiento, mientras habría un libro y como ¡Bella maldita! Mordía la punta de su lápiz de forma mínima y concentrada haciendo que todo el deseo de Eddie Masen se fuera hacia esa boca cereza que parecía contener una cantidad de jodidas promesas que sólo él podía entender.

~ Féileacán ~

La miraba como un tigre furioso a punto de atacar. Todos, a su alrededor, lo observaban, esperando a ver como el reyezuelo de la escuela pisoteaba a la golfilla de Isabella Swan, estaban todos por el ganador que era él, sólo esperaban el momento en que la asesina de Jasper Hale pagara la rabia, la frustración y el dolor de la muerte del segundo al mando.

Aún recordaban como se escuchó, desde lejos, la historia siniestra de un padre tratando de zafar a su hijo de una enorme cuerda en su habitación, como el pueblo, oscuro y nebuloso, fue cubierto por el silencio siniestro del suicidio de un chico destinado a la grandeza, como todos sembraron en sus corazones la semilla del odio aterrador por la paría del pueblo que seguramente llevó a Jasper a cometer semejante acto terrible ¡perra idiota! Ella se atrevió a mirar hacia el sol y sin embargo ella misma, con su insignificancia, lo apagó.

Nadie sabía porque, pero todos ignorantes y prejuiciosos necesitaban un culpable y esa era Bella Swan ¿Quién más podría ser? Esa niña que traía en su sangre la mala fortuna y la maldad repugnante de una mujer como Renée.

Todo en aire era quieto, la voz de la maestra ondeaba como burbujas debajo del mar, nadie estaba allí, todos estaban atentos a la guerra siniestra que había comenzado cinco minutos antes en los corredores de la escuela.

Sentía como si miles de ojos estuvieran instalados en su cuello, toda su espalda era acuchillada por las miradas de cada uno de los compañeros de clase, no le importaba nada, su piel era dura como una caparazón y ya no sentía nada, no sentía su asco hacia ella, no importaba sus palabras de odio, no le importaba como cada uno de manera metafórica tenía en sus manos la piedra para apedrearla. Ella, en ese momento, era la más fuerte en ese pueblo, desde el mismo momento en que lo pisó, lo supo. Supo que 'Bella Frágil' era la única capaz de entender los pequeños enredijos de horror, secretos, miedos y estupideces de aquel lugar. Ella era como el mito de la caverna de Platón gracias señora Weber por hacer que leyera en aquellos meses de miedo y ternura ese hombre que salió a la luz y que descubrió que todas aquellas sombras de apariencia que los habitantes de la caverna veían ─ que creía que era el mundo real ─ eran mentiras porque, sólo eran sombras siniestras que un fuego de falsedad y ataduras los hacía ver, ese hombre que descubrió que en el riesgo del conocimiento estaba toda la verdad. Si, ella era como aquel, igual, una piedra en el zapato de todo un pueblo, la posibilidad para que vieran como sus mundos eran toda una mentira. Ella, que ─ como aquel hombre ─ estaba dispuesta a ser vapuleada por todos, apedreada sólo por el atrevimiento de volver y demostrarles que entre más odio le tenían más fuerte se hacía ¿Cómo lastimar a alguien que ya no podía sentir? ¿Cómo lastimar a alguien cuyo corazón era una rosa marchita y seca? Nada le importaba, nadie sabía que el odio que le desplegaban era una fuente de energía infinita para sus propósitos me alimento de sus odios, me alimento de sus miedos al final, sabía que nadie podría contra ella, porque con una sola palabra saliera de su boca Isabella Swan podría vomitar la verdad que tanto temían escuchar. Ella era intocable.

De todas aquellas miradas, sólo una tenía la fuerza para que algo en su piel se removiera: los ojos azules, de hielo, con los que soñó dándoles el poder de hacer que su vida de porquería fuese algo que valiese la pena. Podía sentir como él la acuchillaba lentamente; como, sin pestañear, Edward Masen enterraba, hasta el fondo y sin miramientos, toda su rabia contra ella. Desde niña soportó ─ y sin entender el por qué ─ su ira desmedida e intolerante, desde que tenía memoria tuvo que lidiar con aquella mirada que la seguía por todas partes haciendo de ella, y su caminar, algo doloroso y aterrador. Desde niño la odió porque ─ y ahora lo entendía ─ ella le recordaba el único escollo que hizo que su vida de príncipe mimado no fuese perfecta.

Aún así, ella, niña que escapaba de todo, un día vio en los ojos azules de Edward Masen el refugio de todos sus miedos, la respuesta a su soledad, los sueños de una niña rota que sólo deseaba algo hermoso sólo para ella. Sus ojitos buscaron belleza y se encontraron con él, y en ellos se perdió y ellos trajeron el desastre, él me dio una noche y allí me quedé y allí fui feliz cuando el sol salió y el encanto terminó Isabella Swan cayó en un abismo profundo y salió de éste sin ilusiones, sin nada y sobre todo siendo otra.

Ahora…

Podía mirarlo de frente y saber que en aquellos ojos azules e insoportables ya no había nada para ella y que, en realidad, nunca lo hubo.

Volteé y lo enfrenté mirada a mirada.

─ Señor Masen ─ la voz de la maestra fue dura y se alzó en un grito que hizo que todos se removieran en sus asientos.

Edward e Isabella se miraban frente a frente.

La sonrisa torcida del adolescente fue acompañada con un gesto de fastidio y de impaciencia.

─ No escuché su pregunta maestra ─ aún así no apartaba los ojos de la chica que lo miraba por lo bajo y que mantenía el lápiz en la boca como signo de burla y reto.

El ambiente era tenso. Se podía cortar con un cuchillo.

La anciana Callagham ─ una mujer que enseñaba Shakespeare, en un lugar donde todos se enredaban en sus propias mediocridades e ignorancias, que estaba atrapada en aquella cárcel de niños sin aspiraciones y en un pueblo encerrado entre el bosque y el frío Pacifico ─ nunca pudo con aquel niño terrible que era más inteligente que cualquiera, más rápido y era el cúmulo de esperanzas de Forks, respiró cansada y repreguntó.

─ ¿Qué piensa de la relación entre Hamlet y Ofelia?

El chico apartó su mirada de Isabella y con la furia, la enfrentó con una sonrisa arrogante en su rostro.

─ Él es un príncipe, toma lo que quiera, ella simplemente se le ofreció y él tomó lo que ella le daba.

─ ¿Nunca hubo amor, señor Masen?

─ Sólo fue sexo maestra ¿ha tenido usted de eso? Sexo salvaje y brutal ─ lo dijo con toda la intención de hacer burla la clase, todos bufaron con la respuesta.

─ No seas grosero, Edward.

El chico abrió el libro, pan comido para él, Shakespeare ─ viejo idiota ─ hablando de amor y delirios.

─ ¿De qué hablamos aquí señora Callagham? ─ Todos se aprestaron a mirar el espectáculo, siempre lo hacía con los maestros, Eddie sonreía y les restregaba a todo cuan inteligente era ─ Hamlet es un príncipe, nació siendo príncipe, ve a aquella niña que lo desea. No es estúpido, ella se ofrece y él la toma, ahora, el problema no es él maestra, el problema es ella que pretende algo más, cuando él sólo le dio lo que ella buscaba, esa es su naturaleza, no conoce nada más, qué Ofelia lo amase no importa, porque al final él es el dueño de todo.

La mujer entrecierra sus ojos, lo mira asombrada ¿qué clase de ser humano es aquel niño inteligente?

─ ¿Es decir, Eddie, el hecho de que Hamlet la destruya no vale la pena?

Y esa era Isabella, quien jamás habló en clase, quien siempre se tapó con su cabello para así evitar que nadie la molestara, quien jamás fue capaz de hilvanar media palabra.

─ Él no la destruyó, ella sabía lo que hacía ─ Edward volvió a ella, exudaba furia… se deshacía en deseo.

Bella estúpida… se le revolvía el estomago pequeña mariposa… Féileacán… ¿Qué mierdas, Eddie?

─ Porque quizás Ofelia vio algo que ninguno vio, Hamlet era un egoísta que nunca maduró.

─ ¿Qué? ¿Ahora nos darás clase de literatura? ¡No hables de lo que no sabes! Féilea… ¿Qué pasó contigo, mi Féileacán?

─ Ella le dio posibilidad de salvarse, de reivindicarse, de salir del pozo de amargura en que él se había hundido por la muerte de su padre. Hamlet nunca fue un hombre para el amor, él lo creía así, sin embargo ella le dio eso y mucho más ¿qué hizo él? Burlarse, orillarla a la locura y a la muerte, nadie la salvó. Él era el príncipe, tomaba todo lo que él creía le pertenecía, sin embargo ella le hizo saber que a su lado, la pureza lo habría salvado de la miseria y de la muerte. Hamlet, al final, demostró que no era el hombre que Ofelia vio y que sólo era un niño con miedo a todo, al final sólo la muerte de ella le enseña a él cuan fuerte… cuan poderosa era Ofelia.

Todos se quedaron en silencio, por primera vez alguien rebatía a Edward Masen. Las cejas de Isabella se levantaron de manera maliciosa y le hicieron saber a todos que ya no era invisible y que nunca más se quedaría en silencio.

─ Vaya Bella ¿sabes leer? ─ ese era Taylor quien no perdonaba la afrenta de la mañana.

Isabella sonrió.

─ Oh si Tay ─ jugueteó con el piercing ─ leo hasta los chistes que hay sobre ti en el baño de chicas ¿te digo uno?

Taylor cerró su boca y se arrellanó en su asiento.

Se oyó la risita de una de ellas en el salón de clases.

Y

Edward pateó la mesa de enfrente haciendo que el chico que estaba allí sentado saltara. Agarró sus cuadernos con furia y salió de la clase, siendo seguido por Jane.

─ Idiota ─ Jane se agachó hasta toparse con los ojos oscuros de su enemiga ─ jódete.

─ Después de ti Jane ─ le brindó a la rubia de senos grandes un gesto de niña buena ─ ve a consolar a tu novio ─ miró la falda corta ─ algo que debes hacer muy bien.

─ ¡Maestra! ─ la chica rubia chilló con fuerza, mas la señora Callagham había callado durante toda la discusión, Bella Swan un estudiante promedio, alguien invisible en la escuela y a quien todos molestaban tuvo el valor de hacer algo que nadie había sido capaz, golpear la mandíbula del niño arrogante de la escuela.

─ Vete del salón Jane, nunca te han interesado mis clases, ahora no vengas con que te importa que ocurren en ellas, dile a Eddie que necesito su ensayo de Shakespeare en mi oficina, por el tuyo no pido ya que se que no lo hiciste.

Jane aguantó un grito, su naricilla pequeña se levantó con orgullo y le dio una mirada a la maestra de suficiencia, dio dos pasos hacia la puerta y dirigió su mirada hacia Bellapestosa quien la observaba como se observa un mono que hacia movimientos sin gracia y de manera silenciosa la amenazo.

Me las vas a pagar maldita, me las vas a pagar.

El sonido de sus tacones resonó por los pasillos y todos en el salón guardaban silencio, la niña paría del pueblo sabía que ya no había vuelta atrás, se miró sus zapatos y supo que saldría ese día de la escuela con la fama que vino a buscar.

La Némesis de Jane Douglas, la igual de Eddie Masen.

.

.

.

Salió del salón de clases, el maldito salón de la vieja esa que cada año los hacía leer una maldito libro de un viejo muerto hacía miles de años ¿A quién le importa eso? ¿A quién le importa la locura, el amor y el deseo? A mí no, yo tengo lo que quiero, tengo todo, no me importa nada…

Edward mascullaba cada palabra entre dientes, la escuela era una jodida prisión de la cual estaba deseoso por liberarse, para él era aburrida y estúpida, siempre se aburrió en las clases, siempre sintió que todo lo aprendido era pura basura, él sólo quería una cosa y sabiendo sobre el viejo decrepito de Shakespeare no lo obtendría. Sin importar que aún estuviera en los terrenos de la escuela sacó un cigarrillo y se lo llevó a la boca mientras se encaminaba hacia el estacionamiento para encerrarse en su Volvo y fumar en paz y mascar la rabia que lo carcomía por dentro.

¡Féilea! ¡Féilea!

Ella… ella me ofende, ella… ¿Por qué malditas cosa tuvo que regresar? ¿Por qué mierdas no se quedo en donde estaba?

Caminaba con pasos de hierro. Se llevó su mano a su nariz de manera furiosa, tenía el olor de caramelo de Isabella Swan en todo su sistema y sólo quería quitárselo de encima, esperaría a Garrett y le compraría algo de coca para así sacarse el olor de todo su cuerpo.

En medio del estacionamiento y sin que nadie lo viera dio un puño sobre uno de los coches.

Estaba frenético, el cigarrillo de sabor amargo lo distrajo medio segundo de lo ocurrido en la mañana Todo estaba bien… estaba bien y de pronto viene ella y de nuevo jode todo ya se veía de nuevo masturbándose como un jodido pervertido en el baño de la casa de su madre ¡maldita sea mi jodida vida! Volvió a golpear el coche, golpear para así olvidar y deshacerse de las sensaciones perturbadoras que Bellapestosa le provocaba.

¿Cómo algo como tú puede estallar mi mundo? ¿Qué me pasa contigo? Te odio como jamás creí odiar a alguien y sin embargo te siento tan cerca… te siento tan dentro, te siento tan mía… ¡joder! ¿Qué me ocurre? Si al menos no fueras tan bonita, féiliacán…

Se paró y miró hacia arriba…

El vuelo de las mariposas,

Vuelan con sus alas de sueño y de seda,

Delicadas y frágiles retan el viento y la tormenta.

Quiso correr, siempre era así, siempre era así, desde niño componía música, desde pequeño todo aquello que provocaba en él miles de sensaciones eran el motivo para que dentro de sí mismo él diera espacio a las letras, las palabras y los sonidos venían a su cabeza y lo enloquecían. De niño compuso por el padre ─ que no conoció ─ por la casa en ruinas en que vivía, por el bosque verde que odiaba, por el sexo de su chica que tanto le gustaba, por la muerte de Jasper que lo hundió en la incógnita, por todo lo que podía tocar, palabras y palabras, y ahora ¿ella? Estas muy loco Masen y ¿ahora la llamas mariposa? féileacán… estas rematadamente mal… necesitas algo para que se te quite la maldita de la cabeza.

Abrió el volvo y sacó de la guantera algo de su música, se encerró en éste con el cigarrillo que colgaba perezosamente en su boca. La música era fuerte y estruendosa, algo bueno de Iron Maiden y podría embotar sus sentidos un maldito segundo.

De lejos, vio a Jane corriendo por el parqueadero, su pequeña falda se alzaba con el viento, su cabello rubio se balanceaba y sus bonitos senos se movían de manera seductora y sin embargo Eddie sólo quería estar solo y huir lejos de allí. Sin importar que su novia viniera hacia él, Edward prendió el auto con «Running Free» a todo volumen y se aprestó a largarse lejos de aquel lugar, una hora, quizás todo el día para dejar de respirar el aire viciado y caramelo de Isabella Swan.

El brillante auto rumbó con fuerza, sabía que su madre sería llamada por el director de la escuela.

No me importa… sólo debo huir…

¡Te odio, Féileacán! ¡Te odio!

De alguna manera Edward Masen se aprestaba a comenzar su extraña y paradójica carrera que duraría casi veinte años, huir, correr y volver de nuevo al mundo de Bella Swan… si tan sólo hubiese sabido en esa época que para bien o para mal, él siempre estaría recorriendo caminos de manera ciega para que así volver al mismo punto de partida.

Jane se quedó pasmada en mitad del parqueadero, tembló impotente, no gritó, de alguna manera sabía que ella estaba a punto de perder el juego, de perderlo todo, pues había regresado Isabella. Tonto y estúpido Eddie, creía que el secreto de su obsesión por Bella Swan le era propio, pero no era así, ella ─ un año antes ─ fue testigo, sólo que fue más inteligente y, quizás más fría, y revertió lo sucedido a su favor. Ahora, todo lo construido peligraba, toda su casa de barbie hecha sobre la base de ser la mujer de Edward Masen peligraba.

No me quedaré en este pueblo… no lo haré jamás…

Fue así que Jane esperó a la hora del almuerzo, en la gran cafetería de la escuela, todas sus aneuronadas amigas estaban sentadas en la mesa central, esperando ─ como ella ─ ver a Isabella Swan hacer su arribo y, a los cinco minutos, el oscuro personaje entró con sus libros y con su aire de chica peligrosa. La cafetería se quedó en silencio, Bella desconfió, mordió su labio inferior y sonrió la reina del instituto quiere drama llevó su mochila hacia la espalda, levantó su cabeza rapada y caminó por todo el centro del lugar.

Escuchó murmullos.

Caminó con lentitud esperando la primera piedra sobre su espalda, pero no llegó. Como una suicida indiferente, Isabella se dirigió hacia la mesa donde Jane y su ejército de barbies se sentaban como las reinas todas poderosas. Era hora de probar hasta que punto estaba dispuesta a llegar.

─ Tengan cuidado chicas, quizás la gorda coma gente ─ esa fue la voz de Bree que, envalentonada por sus amigas, profirió la primera pedrada.

Isabella se paró a medio camino, respiró con paciencia, esperando nuevos insultos mientras, en su mente, se daba fuerza para lo que iba a hacer.

─ Hey Bella, ten compasión con todos aquí, tenemos que comer, no te acabes con la comida.

La niña empezó a esbozar una sonrisa.

─ Se comió una vaca y aún la está digiriendo ─ la voz chillona de Jane se alzó sobre la demás y emitió una risilla ridícula que fue secundada por sus consortes y que resonó por toda la cafetería.

Isabella volteó, alzó la ceja frente a las amigas de Jane Douglas y les ofreció una mirada que ninguna supo interpretar, alzó sus libros con fuerza y siguió su camino hasta la fila donde se servía la comida. Escuchó tras de su espalda otras perlas que ridiculizaban su diez kilos de sobre peso, dentro de ella no le dolía el hecho de que aquellas se burlaran de su figura, desde hacia varios años cada cosa de ella era la excusa para hacer el chiste del día, después de muchos años de ofensa y de estúpido matoneo, Isabella Swan había desechado cada una de aquellas palabras con la indiferencia de alguien que vomita pero sigue caminando. Después de mucho tiempo, la idiotez se vuelve tedio y aburrición, ellas era sólo mugre debajo de sus uñas; lo que le dolía era que Jane se burlara sabiendo muy bien el motivo de su sobrepeso, burlarse de eso era como si se burlaran del bebé bonito, de hermoso cabello oscuro, que ella había traído al mundo.

Agarró su bandeja y estudió todo el menú del día, tomó de todo, la hamburguesa y la malteada, las papitas fritas y la ensalada, los fideos con salsa de carne y una pequeña manzana para el camino.

Jane medía sus pasos, su misión era hacer que la golfa aquella supiese que volver a pisar la escuela había sido la peor decisión tomada, que poner los ojos sobre Edward Masen era algo de lo que se debía arrepentir toda su vida y, sobre todo, hacer que su novio ─ su tiquete de salida de ese pueblo miserable ─ estuviese siempre pendiente hasta del respirar de ella, no podía quedar sin represalias.

Estúpida se dijo, mientras veía como su enemiga se adelantaba hacia ella con la bandeja. Jane analizó la indumentaria de Isabella; peligrosa, agresiva y diferente. Aún, con el peso ganado, Bella tenía una apariencia de porcelana que siempre había odiado y, ahora, era como si la estúpida muñequita de cristal fuese el centro de todo el instituto, todos la deseaban por extraña, todos le temían por oscura. Explosiva combinación, era así como toda la apariencia que Jane ─ durante dos horas de espejo ─ se esforzaba por lograr, quedaba relegada por Isabella quien ─ sin saberlo ─ hizo de ella todo lo que mujeres como Jane y sus amigas detestaban: mujeres que no se esforzaban y sin embargo podían ser el centro de la mirada de todos. Jane se mordió la lengua, la maldita siempre fue así, sólo que era tan idiota para no darse cuenta, por eso muchos de los chicos la deseaban, entre ellos su novio, pero el aura de diferente y rara hizo que nunca se acercaran a ella, ella era peligrosa y todos los sabían… ahora, Bellapestosa también lo sabía y eso era insoportable para Jane.

Bella caminó lentamente… esperaba, la boca de Jane se abrió como en cámara lenta, su ojos azules se concentraron con todo el odio que en ese momento sentía y vocalizó la ofensa hiriente hacia Isabella.

─ Ten cuidado Bella ─ ella se sentía tan orgullosa─ están cazando ballenas.

Oh Jane… que tonta era, le dio a Bella lo que ella estaba esperando. Isabella volteó con su bandeja llena de comida y con un gesto de burla sin más ni más se la tiró a ella y a todas las princesas escolares, todos en la cafetería vieron como Jane era una mancha de salsa de tomate y malteada.

La cafetería explotó y Jane se levantó furiosa.

─ ¡Estúpida!, era mi blusa nueva ─ trataba de quitarse parte de la comida que chorreaba por su piel y ropa, se abalanzó sobre Isabella pero ésta fue más rápida y la empujó de nuevo a su silla y con la mano levantaba les hizo saber a todos que si alguien daba un paso le reventaba la nariz a Jane o a cualquiera.

─ ¿Era esto lo que querías, Jane? ¡No se metan! ─ se volvió para amenazar a las aneuronadas ─ ¿Era esto? No te vuelvas a meter conmigo, ya no más, no soy la misma niña de hace dos años, la que aguantó tu grosería y tu estupidez ─ los ojos de la rubia estallaban en furia ─ ¿me odias? ¡No me importa! No me importan ni tú ni tus amigas las idiotas. ─ ¡Ustedes! ─ señaló a la comparsa ─ Disfruten de este último año en este lugar, después no serán nada. Cuando tengan treinta años, estarán viendo televisión, soñando con salir de este pueblo y recordando cómo eran sus vidas de idiotas útiles de Jane Douglas que ─ estoy segura ─ a esa altura, ni siquiera se acordara de sus nombres ─ se acercó a la chica rubia que se vio desprotegida por todas sus amigas ─ te lo digo, no te metas conmigo, yo no tengo nada que perder, ya no te temo, ya no me importas ─ respiró profundo ─ Yo no te envidio Jane, todas en la escuela lo hacen, pero yo no. Tú y tu noviecito, no son importantes en mi vida ¡déjame tranquila!

─ ¡Lárgate del pueblo!

Bella sonrió.

─ No sueñes, me iré cuando me tenga que ir ─ de un movimiento rápido se enfrentó al rostro de la chica y ésta saltó creyendo que la golpearía y haciendo que todos los estudiantes del Instituto Forks vieran por primera vez como la intocable Jane era pisoteada por la invisible hasta hace unos días Bella Swan ─ yo también puedo estar aquí, yo también tengo derechos y te vuelves a meter conmigo Jane y rompo tu estúpido cuento de hadas.

─ ¡No puedes!

─ Rétame.

Retrocedió sin quitarle la mirada desafiante, de lejos escuchó a uno de los maestros que decía ¡Isabella Swan a dirección! El sonido de aquella voz era lo que ella buscaba, todos en silencio, ella sin despegar los ojos de Jane y sabiendo muy bien que se había ganado el respeto de toda la escuela: oficialmente decretaba que Bellapestosa moría y nacía Isabella Swan, la que a nada ni a nadie temía.

Aún así, la Bella pequeña y frágil temblaba un poco en su interior y se preguntaba ¿Hasta cuándo podría soportar? ¿Hasta cuándo podría aguantar el haber tomado la bandera de lo diferente? Ella… quien sólo quiso unicornios y peluches, ella que lloraba por un sueño lejano y que guardaba arrullos y canciones de cuna en su interior, optó por cambiar su vida… en una ciudad lejana había una razón y por ella… soportaría… aguantaría. ¡Si hija mía! aunque no te tenga, yo lucho por ti.

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El viejo Director despreciaba a Isabella, la chica insignificante había sido la causante de que Jasper ─ su otra gran estrella deportiva ─ se retirara del equipo de fútbol y eso era inaceptable para él, un entrenador mediocre, de un instituto mediocre, donde lo más cercano al éxito que podía rozar eran los triunfos deportivos que la dupla Edward-Jasper aportaban generosamente al equipo. Esos dos chicos representaba dinero y el único motivo por el cual soportaba estar enterrado en el maldito Forks.

La chica Swan estaba muy diferente, ya no era la mosquita muerta que le robó al chico Whitlock de los entrenamientos… ahora, se veía combativa y desafiante hasta en sus zapatos, más viéndola allí, sentada con su actitud de no me importa él supo que, por mucha actitud que tuviera, Isabella no sobreviviría al final del año. El castigo por su conducta con Jane sería dos días de suspensión en biblioteca.

Una hora de camino hasta su casa, siempre caminaba lento y con pasos mínimos, repasando cada pequeña piedra del camino. Después de tantos años de vivir en Forks, Isabella, con una nueva visión del mundo entendió que aquel pueblo se negaba al cambio, a las mudanzas y a los tránsitos de tiempo. Todo éste era terco ante lo novedoso o ante cualquier cosa que representaba una vuelta de hoja, las piedras eran las piedras de siempre, los caminos siempre estaba a medio hacer y la gente se negaba a soñar en un más allá de Forks. En un momento, paró el caminar y tuvo una epifanía: por mucho que lo intentara ella ya no era de aquel lugar y que tendría que irse, el dolor de la perdida a Isabella le hizo ver que más allá de los bosques había otro mundo y que quizás ella podría recomenzar, volver a ser y atreverse a soñar.

Lo irónico de esta verdad revelada era que ─ sin saberlo ella ─ habían más personas en el pueblo que sentían la misma sensación de prisión y muerte y que prontamente encontrarían la forma de escapar.

Como un eco lejano escuchó el crujir de una camioneta que se acercaba a ella, una o dos veces en su vida había escuchado aquel terrible sonido. Una melancolía dolorosa la sofocó, pues a su memoria vino la expresión aterrada de Jasper, la camioneta del padre su mejor amigo y el rostro sin expresión de Darren Whitlock que hacía que Jaz siempre temblara ante su cercanía. La camioneta la seguía a varios metros, Bella trató de caminar más rápido, pero la camioneta rumbaba detrás, sabía que era inevitable tener que toparse con la cara de alguien que deseaba ver en ella la excusa perfecta para lavarse las manos del crimen que lo manchaba, Darren era en el pueblo, el lado más oscuro.

Bella paró en seco y dio la vuelta y a un solo metro estaba aquel hombre que tenía en su rostro la ignorancia y la vulgaridad de alguien cuya vida era violencia y prejuicio.

La camioneta paró, Isabella convocó las palabras de Jasper «no dejes nunca que él te intimide Bella, no demuestres miedo, él se alimenta de él.»

─ ¡Fuera del pueblo asesina!

«No dejes que veas que tienes miedo Bella… mi madre siempre se lo demostró e hizo de ella un fantasma.»

─ ¿Y por qué he de irme?

─ ¡Largo! ─ Darren gritaba sin salir de su camioneta, él allí con el motor y con el poder al volante intentaba que Isabella Swan se fuera, no verla para así poder borrar de su memoria la muerte de su hijo, muerte que él jamás reconocería como su crimen.

Ella era peligrosa, tenía la verdad. Tenía la confesión de Jasper. Tenía su miedo, su dolor y su vergüenza.

Caminó hacia el auto y enfrentó al hombre cara a cara, ese rostro curtido, un hombre joven que sin embargo y con el rigor de un alma que virulenta y amarga lo habían convertido en un ser humano con un rostro que se asemejaba al tronco de un árbol muerto.

─ Yo lo recuerdo, Darren ─ su voz era segura ─ lo recuerdo todos los días ¿y sabe como lo recuerdo? en mi cabeza tengo el recuerdo de un niño que sonreía cuando estaba lejos de usted.

─ ¡Cállate maldita!

─ ¿Y sabes que más recuerdo? recuerdo que odiaba el fútbol y que no lo escuchó jamás. Recuerdo, también, que odiaba su voz cuando gritaba; que, para él, oír sus pasos era el sonido del miedo y de los golpes, que se internaba en el bosque y se hacía un ovillo para poder escapar de usted y de su maldita furia.

El sonido del motor rumbaba y el hombre hacia un gruñido de oso herido.

─ ¡Era mi hijo!

─ Lo era ¿Por qué jamás lo escuchó? ¡Maldito sea! ─ Los ojos de Isabella se llenaron de lágrimas ─ un día me contó como vio a su madre morir, y como él rogaba por que lo hiciera pronto porque lo único que ella quería era descansar de usted ¡cobarde! y como, cuando Sandra murió, él se sintió aliviado y feliz tan sólo porque se había liberado de usted ¿y me llama a mi asesina?

─ Jasper iba a salir de aquí, iba a ser alguien grande, iba a ser un gran futbolista.

─ ¿Me escuchó? ¡Él lo odiaba! ¡Lo odiaba!

─ Fue tu maldita influencia lo que hizo que él muriera.

─ ¡No! no fui yo, él sólo quería aceptación y que alguien lo escuchara Darren, nadie lo escuchaba, ¡sólo yo! Sólo yo lo escuché.

Darren Whitlock dibujaba el gesto amargo de alguien que bebía ponzoña. Odiaba a la chica tan sólo porque ella sabía que nunca fue lo suficientemente bueno para ser padre, que su ignorancia fue la cuerda que anudo la soga de su hijo y que ella de manera inconciente fue quien le dio la fuerza para aceptar quien era, odiaba a Bella Swan porque su hijo la amaba con el amor de la aceptación, con los lazos de dos seres que se sabían marginados, porque fue la única que lo escuchó.

─ ¡Perra maldita! – intentó salir de la camioneta pero le temblaban las manos, Isabella se apartó dos pasos de él.

─ Puede hacerlo Darren, puede golpearme, pero usted y yo sabemos porque su hijo murió y quien es el real culpable aquí.

─ ¡Tú!

─ No Darren ─ Isabella se limpió las lágrimas ─ fue usted, Jaz pidió comprensión y amor y sólo recibió golpes, se cansó de callar, se cansó de fingir, se cansó de odiarlo y temerle, una sola oportunidad y él habría sido feliz y lo habría hecho sentir orgulloso, fuese como fuese Darren, fuese como fuese.

─ ¡Jamás! No con esa maldita enfermedad ¡Que repugnante!

Jasper, niño de sol,

Jasper, que a los diez años entendió que no era como lo demás,

Jasper, que se vio al espejo un día y supo que algo en su interior no era igual,

Jasper, quien pretendió ser para que su padre lo amara,

Jasper, que amaba los bosques y la luz,

Jasper, quien, con un simple toque, calmaba su soledad y desamor,

Jasper, que intentó ser como su mejor amigo,

Jasper, entendió que no podría escapar de quien era…

Jasper, atrapado entre telarañazas y temor.

─ No era un enfermo, Darren…

Respiró profundo y, sin temor, buscó la mirada del viejo Whitlock.

─ Era homosexual Darren, no era un monstruo ─ y la voz de Isabella fue ronca y profunda─ aunque usted lo hizo sentir como tal.

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.*Eres mi hermosa mariposa alada, y te amo con el poder del viento.

Gracias a todas las chicas por leer, poco a poco veremos como Eddie se convertirá en el caníbal y luego en Tony y como será su camino hacia su Féileacán.