*-*-* Lemmonada_Express 2*-*-*

Nombre del Fic.: Born to be wild

Autor/res: Bells Masen Cullen

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Pareja Elegida: Edward y Bella

Número de Palabras: 4.354

Disclaimer: Solo la historia es mía, los personajes y Crepúsculo le pertenecen a Stephenie Meyer

Advertencias y/o notas de autor: Esta historia tiene contenido de tipo sexual gráfico no recomendado para menores de 18 años. Leer bajo vuestra propia responsabilidad.


BORN TO BE WILD

Bella's POV

— No puedo creer que me hayáis convencido de esto, — dijo Alice por centésima vez. Y esta vez creo que realmente iba a echarse a llorar mientras cruzábamos la puerta de embarque y entrábamos en la pasarela hasta el avión.

Rose y yo reímos una vez más.

— ¿No decías que has nacido para ser salvaje? — dijo Rose entre carcajadas y yo no pude evitar reír más fuerte al recordar aquella noche.

~Flashback~

Estábamos en el apartamento de Alice en Seattle, el apartamento que hasta hace poco habíamos compartido las tres. Nos preparábamos para salir de viaje al día siguiente; un viaje a la Riviera Maya con todos los gastos pagados que los padres de Rosalie le habían regalado para que se "desestresara" antes de su boda con Emmett, su novio desde hacía tres años. La intención de su madre era que Rose se llevara con ella a sus primas, Jessica y Lauren, pero al parecer nos quería más a nosotras.

La Sra. Hale se puso hecha una furia y es que ella no nos quería tanto a Alice y a mí, porque al parecer éramos malas influencias para su niña querida. La cosa tiene su gracia, porque creo que en realidad solía sonrojarme por todo antes de conocer a Rose.

Rose era rubia, alta, escultural y la persona más dulce o más perra, según tuviera el día. No aguantaba gilipolleces de nadie y ante todo ella no actuaba de esa forma; ante todo era una persona sincera, que iba de frente, y la mejor amiga que nadie podría pedir. Sin embargo, delante de sus padres, era toda una princesita.

Así que nos preparábamos para coger el avión al día siguiente, lo que incluía grandes dosis de tequila y nuestra película favorita, Easy Rider; nos gustaba tanto que en realidad la luna de miel de Emmett y Rose consistiría en un viaje por el país en moto.

El alcohol empezaba a afectarnos y la lengua se nos aflojaba y cuando Born to be Wild empezó a sonar mientras Wyatt y Billy comenzaban su viaje hacia Nueva Orleans, Alice dijo las palabras que maldecirían este viaje para ella.

— ¡Yo también he nacido para ser salvaje!

— Por favor, Alice, — dijo Rose, riendo y tomando otro chupito, — no podrías ser salvaje ni aunque te lo propusieras. Y era cierto, Alice era una completa obsesa del control.

Al igual que el resto de las veces que alguien le llevaba la contraria, Alice puso su "cara de dura" (que era graciosísima, porque parecía más un gatito rabioso) y se acercó a dónde Rose estaba sentada en la cama dando fuertes pisadas. — Pruébame, — dijo y tomó otro trago de tequila, dejando el vaso en la mesilla con un fuerte golpe.

Rose la imitó antes de contestar y para entonces yo apenas era capaz de contener la risa.

— Está bien. Te reto a… — pensó un momento y luego su boca formó una sonrisa maliciosa que pegaba con el brillo de sus ojos. — Te reto a viajar con solo una bolsa. Una mochila del tamaño justo para no tener que facturarla.

El shock fue evidente en la cara de Alice, pero se recuperó rápidamente. — ¿Crees que no soy capaz? — dijo con los ojos entrecerrados. Sin embargo, su voz tembló ligeramente y fue fácil adivinar que esperaba que Rose se echara atrás.

— No, — dijo Rose con sarcasmo. — Dios me libre de pensar que no eres capaz de viajar una semana sin llevarte todo el armario.

— ¿Sabes qué? Acepto, — dijo Alice y la miré con la boca abierta. Imposible. — Y si mañana subo a ese avión con solo una mochila, tendrás que presentarme oficialmente a tu hermano Jasper. — De nuevo tomó un chupito y lo soltó con un fuerte golpe, para darle más efecto y Rose y yo estallamos finalmente en risas, apenas capaces de aceptar la apuesta.

~Fin Flashback~

Vale, la verdad es que era una apuesta un poco patética, pero en aquel momento, con el alcohol corriendo por nuestras venas, nos pareció de lo más graciosa y hay que reconocer que ver a Alice en esta situación tenía su punto. Su necesidad de controlarlo todo hacía que cada vez que salía de viaje se llevara todo tipo de ropa para todas las situaciones y cualquier temperatura para que nada la pillara desprevenida, así que salir ahora así la estaba poniendo de los nervios.

Nos lanzó una mirada malhumorada sobre su hombro y nos callamos, volviendo a soltar risitas cuando miró de nuevo al frente.

El viaje fue infernal; Alice nos hizo el vacío y delante llevábamos a una familia en la que el padre no dejó de roncar hasta que aterrizamos y el hijo hacía preguntas sin parar del estilo "Mamá, ¿qué pasa si el avión se cae?". El maldito crio me quitó completamente las ganas de tener hijos.

Tras siete horas y media de vuelo, cuando finalmente aterrizamos en el Aeropuerto Internacional de Cancún me sentía mentalmente agotada y no veía la hora de llegar al hotel.

Mi ánimo se levantó cuando llegamos. El hotel era una preciosa construcción típica tropical, con un amplio vestíbulo que permitía ver por un lado una enorme piscina y al fondo el mar de un brillante azul turquesa. La habitación no era menos impresionante con un gran ventanal que daba a un balcón con vistas al Mar Caribe y una hermosa cama con un fino dosel blanco.

Dejé mi maleta sobre el banco que había a los pies de la cama y me acerqué al ventanal, abriéndolo para salir al balcón. Cerré los ojos y aspiré profundamente la brisa marina, dejando que llenara mis pulmones. La última vez que hice un viaje parecido fue cuando terminé la universidad, las chicas y yo nos fuimos a Grecia y fue increíble; de hecho, Rose conoció allí a Emmett.

Un suave golpecito en la puerta me sacó de mis pensamientos y respiré profundamente una vez más antes de ir a abrir.

— ¿Nos vamos a la playa? — preguntó Alice mientras ella y Rose entraban en mi habitación.

— Claro. Dejad que me cambie.

- . - . - . - . –

Veinte minutos después, teníamos una toalla en una mano, un mojito en la otra y buscábamos tres tumbonas en las que echarnos a tomar el sol. Tras encontrarlas y soltar un par de risitas por las miradas que atrajimos al echarnos crema en la espalda entre nosotras, caímos en un cómodo silencio mientras absorbíamos los rayos del sol.

Pasamos la tarde entre baños en la cálida agua, paseos por las blancas arenas y conversaciones sobre nuestros planes para la semana. Buceo, visitas a ruinas maya, ski acuático, conocer la ciudad… Antes de que nos diéramos cuenta empezaba a atardecer y volvimos a nuestras habitaciones para ducharnos y prepararnos para ir a cenar e ir a tomar algo.

El plan cambió ligeramente ya que la tarde tiradas en la playa nos había relajado tanto que después de cenar prácticamente nos caíamos de sueño. Irnos a dormir fue una decisión realmente sabia, porque a la mañana siguiente teníamos el curso de iniciación al buceo que el hotel nos obligaba a tomar antes de poder bucear realmente en el mar.

Lo que no me pareció una decisión tan sabia fue apuntarnos a ese curso de buceo. Demetri, el instructor, era un imbécil engreído que se creía demasiado bueno para estar ahí y, por alguna razón que desconozco, parecía odiarme y la había tomado conmigo. Al final del día, estaba realmente molesta y pensando en pasar de ir a bucear al día siguiente, no sabía si lo soportaría y además temía que intentara ahogarme o algo mientras tenía la oportunidad.

Alice y Rose me convencieron de que fuera. Mejor dicho, prácticamente me arrastraron fuera del hotel y me llevaron al puerto, donde nos esperaba un pequeño barco que llevaría a nuestro grupo de 5 personas.

Y ahí estaba yo, con los brazos cruzados y el ceño fruncido por tener que pasar la tarde con ese idiota cuando una suave voz a mis espaldas nos saludó y nos informó de que sería nuestro profesor de buceo ese día. Mi mandíbula tocó el suelo y casi se me salen los ojos de las órbitas cuando me di la vuelta y vi al espécimen que tenía delante.

De su pelo castaño claro saltaban reflejos rojizos cuando le llegaban los rayos del sol. Tenía unos bonitos ojos verdes y un cuerpo que puso pensamientos en mi mente que podrían hacer que volviera a sonrojarme, no podía esperar a verle con el ajustado traje de buceo. Pero lo que me mató fue su sonrisa; ésta hizo que un calor se extendiera por mi cuerpo y se acomodara en su mayor parte entre mis piernas.

La tarde había dado un giro y parecía ponerse interesante. Solo pensaba en el final de la clase y buscar una excusa para quedarme con él a solas y convencerle de hacer cosas malas, cosas malas que serían realmente buenas.

Desgraciadamente, cuando volvimos al puerto se despidió rápidamente de nosotros y, aunque estuve atenta por el hotel, no volví a verle. Al día siguiente nos fuimos a explorar Cancún y tampoco le vi. Sin embargo, el segundo día fue mi día de suerte.

Nos levantamos temprano y tras bajamos a desayunar. Teníamos programada para ese día una excursión a las ruinas de la antigua ciudad maya de Tulum y adivina quién era el guía… Edward, Edward, desde que había dicho su nombre dos días antes no había podido pensar en otra cosa. Bueno, sí, pero también pensé bastante en su nombre; evocaba para mí una época en la que los hombres eran caballeros y sabían cómo tratar a una mujer en todos los sentidos (en mi fantasías prefería dejar de lado que esa caballerosidad venía de un profundo y arraigado machismo).

— ¿Qué piensas hacer, Bella? — preguntó Rose mientras caminábamos desde el autobús a la antigua ciudad, después de que me hubiera pasado todo el viaje hasta allí metida en mis fantasías y comiéndomele disimuladamente con los ojos.

— ¿Sobre qué?

— Oh, ahora no te hagas la tonta, — dijo Alice. — Te vimos el otro día y te hemos visto hoy follártele con la mirada. — Al parecer no lo había hecho con tanto disimulo como yo creía. — Es tu turno para ser salvaje.

Solté una risita. — Alice, irte de viaje con la ropa justa para pasar la semana no es tan salvaje.

— Vale, tal vez no, pero… mmm… ¡Hey! Conmigo os fumasteis vuestro primer porro.

Sacudí la cabeza.

— ¡Y yo os puse nuestra primera porno! — exclamó Rose. Miré a mí alrededor y me di cuenta de que algunas personas nos miraban.

No pude evitar reír. Mi acción más salvaje era ser amiga de estas dos.

— ¿Creéis que no me atrevo a hacer algo? — pregunté fingiendo estar ofendida.

— Yo solo digo que llevas tanto tiempo sin entrarle a un tío que a lo mejor se te ha olvidado como se hace, — dijo Rose levantando ligeramente una ceja.

Miré a Alice y su expresión era una copia de la de Rose. Las dos se mordían el labio para contener sus sonrisas, sabían que había mordido el anzuelo. Y era cierto.

Resoplé. — Está bien. Solo esperad y veréis.

Esperé pacientemente – en realidad no, pero esperé igualmente – mi oportunidad de hablar con él. Cuando entramos en la ciudad empezó a dar su discurso sobre la historia del lugar. En cualquier otro momento le habría prestado atención, ya que me encantaba la historia – de hecho me había licenciado en historia, tenía un máster y actualmente trabajaba en mi tesis doctoral; sin embargo, los nervios me comían por dentro. La verdad es que nunca había hecho algo así, no sabía absolutamente nada acerca de él además de que se llamaba Edward y trabajaba en el hotel, pero el mecanismo ya se había puesto en marcha y solo tenía un objetivo en mente: iba a tirármelo antes de volver a casa.

- . - . - . - . –

Una vez que contacté con mi seductora interior, vi mi oportunidad clara. Su explicación sobre el lugar había terminado y la gente vagaba a su aire entre los antiguos templos y edificios maya.

Le encontré solo, sentado en una de las rocas del acantilado del Templo del Dios del Viento, jugueteando con su móvil. Respiré hondo, les eché una mirada a Rose y Alice y me acerqué a él.

Sintió como me acercaba y se levantó rápidamente.

— No esperaba verte hoy como nuestro guía histórico, — le dije, tras los saludos pertinentes. — Eres muy polifacético.

Mi seductora interior se rio de mí sin ningún pudor. Seguro que te has metido en sus más oscuras fantasías con eso, decía sarcástica.

— A veces hay que serlo. ¿Lo he hecho bien? — preguntó con un brillo en los ojos.

— Muy bien, — contesté. — Sin embargo, no se deshabitó cuando llegaron los españoles. Los Mayas siguieron viviendo aquí hasta 70 años después de la colonización. La clase de buceo del otro día fue perfecta, sin embargo, — terminé con una sonrisita de suficiencia.

— Ah, me alegro de no equivocarme en todo — dijo con fingida preocupación.

— Deberías alegrarte. Estuvo tan bien que estaba pensando en repetir con otra clase, si es posible.

— Bueno, el grupo está cerrado ya, pero si estás muy interesada podría hacerte un hueco en la clase de dentro de…

— No, — le corté. — Estaba pensando más bien en una clase privada, — dije mirándole directamente a los ojos y mordiéndome el labio inferior. Los nervios habían vuelto, ¿y si me estaba pasando? ¿Y si yo no le gustaba o tenía novia?

La sonrisa que me regaló borró mis nervios y desintegró mis bragas simultáneamente. — En ese caso… mañana tengo la tarde libre.

Le devolví la sonrisa con un movimiento de la cabeza, despidiéndome de él hasta el día siguiente y levantándome para marcharme. Sin embargo, antes de que pudiera llegar muy lejos, me detuvo cogiéndome de la mano y dando un ligero tirón. — Um… Bella, ¿verdad? — preguntó y cuando asentí siguió. — Verás, mi contrato en el hotel no me permite tener… um… clases privadas… con las huéspedes, así que te lo agradecería si fueras discreta.

— Sin problema, — contesté.

- . - . - . - . –

Esa noche decidimos salir a beber para celebrar mi triunfo. Como si realmente necesitáramos una excusa para salir y beber.

— Vale, entonces cogemos las cosas y vamos a la habitación de Alice, — dijo Rose.

— ¿Por qué a mi habitación? — se quejó ella.

— Porque tú tienes todo tipo de cosas para el pelo, — dijo Rose como si la respuesta fuera completamente evidente.

— Siempre puedo llevarlo todo a tu habitación o a la de Bella.

— Alice, — dije lentamente, — ¿hay algún problema? ¿No estarás ocultando algo? — La miré con los ojos entrecerrados. Alice nunca rechazaba la oportunidad de encerrarnos en su habitación y arreglarnos a su gusto.

— ¿Yo? No… ¿qué iba a esconder?

— Entonces ya está. Todas a la habitación de Alice, — concluyó Rose y se dio la vuelta para ir a recoger sus cosas.

Alice y yo la imitamos y en poco tiempo estábamos entrando y saliendo del baño de Alice con planchas y rizadores para el pelo y maquillaje.

— Hey, Bella, ¿sabes qué zapatos te quedarían genial con ese vestido? Los Jimmy Choo que Alice compró en las rebajas, — dijo Rose sin esperar mi respuesta.

— Es cierto, — dije entusiasmada. Me encantaban esos zapatos, eran realmente cómodos. — Te los cojo, Alice, — añadí, sabiendo que nos había escuchado desde el baño.

— ¡No! — exclamó mientras salía corriendo del baño y se ponía frente al armario. — No los he traído.

— Pero si yo misma te vi ponerlos en la maleta, — dije confundida.

— Ehh… sí… pero luego los saqué. No me convencían, — dijo nerviosa.

— ¿Qué no te convencían los Jimmy Choo? — intervino Rose. — Alice, ¿qué sucede?

— Nada… no sucede nada… ¿Debería suceder algo?... Yo creo que no sucede absolutamente nada… nada de nada.

Rose se levantó de la cama y se puso a mi lado, frente a ella. — Alice, apártate, — dijo con calma.

Los hombros de Alice cayeron y se hizo a un lado, agachando la cabeza. Fruncí el ceño, esto era muy raro.

Rose abrió el armario y entonces descubrimos la causa del comportamiento de Alice. Dentro había dos enormes maletas.

Resoplé. — Así que habías nacido para ser salvaje, ¿eh?

- . - . - . - . –

Pasamos la noche riendo y tomándole el pelo a Alice sin compasión por hacer que le enviaran al hotel las dos maletas. Para cuando volví a la habitación estaba tan bebida y agotada que no veía la hora de caer en la cama. Sin embargo, un papel en el suelo frente a la puerta me llamó la atención.

Mañana a las 3:00 en el muelle 5.

Yo me encargo del equipamiento.

-E

Joder. Yo me encargo del equipamiento. Para mí solo había un equipamiento imprescindible y estaba segura de que no se olvidaría de él, todo lo demás era accesorio. La nota tuvo tal efecto en mí que de repente me encontraba sobria y sin poder dormir. Esa noche tendría que tomar cartas en el asunto.

Me quité los zapatos y después busqué la cremallera del vestido en el costado y lo dejé caer al suelo, pasando por encima de él de camino a la cama. Una vez dentro, mis manos se movieron por voluntad propia, una a mi pecho mientras la otra bajaba por mi estómago. Cerré los ojos e imaginé que eran sus manos; visualicé la mirada y la sonrisa que me había lanzado cuando le pedí la clase privada; recordé aquella clase de buceo, cuando volvimos al barco y se bajó el traje hasta la cintura, las gotas de agua caían de su pelo y bajaban por su pecho hasta esconderse debajo del traje de buceo que aún cubría sus caderas.

Estaba tan encendida que incluso escuchaba su voz como si estuviera a mi lado. Oía en mi mente los gemidos que soltaría cuando le tomara dentro de mí y cómo diría mi nombre cuando se corriera.

Para entonces, notaba como mi orgasmo se extendía de mi estómago al resto de mi cuerpo y mis dedos se movían frenéticos en mi clítoris mientras dos entraban y salían de mí. No era completamente suficiente, necesitaba que fuera él el que entrara y saliera de mí. Aun así, tuve uno de los orgasmos más poderosos que yo misma me había provocado.

- . - . - . - . –

Apenas pude dormir después de eso y me sorprendí varias veces despertándome en medio de la noche gritando su nombre y con las manos de nuevo entre las piernas.

De todas formas, después de una buena ducha y un café no me sentía para nada cansada; supongo que la perspectiva de la tarde me seguía quitando el sueño. Ahora bien, sentía una enorme ansiedad que me hacía mirar el reloj a cada minuto… el tiempo pasaba demasiado despacio.

Finalmente llegaron las cuatro y media y me despedí de las chicas entre promesas de contárselo todo más tarde. Cogí un taxi y me dirigí al puerto. Muelle cinco, decía la nota.

Cuando llegué él ya estaba allí, preparando un pequeño barco con solo un bañador puesto. Empecé a salivar al verle y temí que se me pudiera caer la baba. Se movió por la cubierta y puso un pie en el borde del barco, extendiendo la mano para ayudarme a subir.

Cuando nuestras manos se tocaron, el fuego de la noche anterior se reavivó y no pude esperar a alejarnos de este lugar.

— ¿Lista para la clase? — preguntó con esa sonrisa suya.

— Mucho, — fue todo lo que conseguí soltar.

— Estupendo, porque hay un lugar que quiero mostrarte, — dijo, tirando de mi mano hasta la cabina del barco. — Puedes ir poniéndote el traje, no tardaremos en llegar.

Así que realmente vamos a bucear. Creía que había entendido lo que realmente quería, pero al parecer no. Le miré con los ojos muy abiertos y llena de confusión.

— ¿Qué pasa? ¿No te apetece? — preguntó con una sonrisa maliciosa y supe en ese momento que le había quedado muy claro lo que quería. Seguro que el muy bastardo sabía perfectamente la frustración que me estaba provocando.

— ¿El qué? ¿Deslizarnos juntos por el agua completamente mojados? — pregunté con mi propia sonrisa maliciosa. — Por supuesto que me apetece, — terminé agachándome para recoger uno de los trajes de neopreno y un par de aletas. La mirada de su cara no tenía precio cuando me di la vuelta para salir de la cabina.

Me quité el vestido sin dejar de sonreír y empecé a vestirme mientras él conducía el barco hasta cualquiera que fuera nuestro destino. En pocos minutos nos encontramos cayendo por el borde del barco al agua cristalina.

Buceamos durante unos quince minutos entre plantas submarinas y hermosos peces, aunque podría haber sido más; el tiempo ahí abajo parecía detenerse completamente. Llegamos a lo que parecía la entrada de un túnel y lo cruzamos; me alegraba de que me hubiera avisado de esto con antelación ya que, aunque yo no era claustrofóbica, estar bajo un techo de roca era algo incómodo.

La incomodidad mereció la pena ya que cuando salimos a la superficie nos encontrábamos en una hermosa cueva. Una enorme bóveda de roca con algunos agujeros por los que se filtraba la luz del sol de la tarde y creaba un efecto mágico en el agua. Me arrepentía de no haber traído mi cámara de fotos.

Aunque había quien había venido mejor preparado. De pronto escuché el sonido de un obturador a mi izquierda y me giré para ver a Edward sosteniendo una pequeña cámara digital con una cubierta para el agua. Preferí no imaginarme donde la había llevado guardada todo este tiempo.

Con la promesa de que me dejaría la cámara para sacar las fotos y que luego solo tendría que devolverla en recepción, sacamos algunas más y, antes de lo que me habría gustado, me dijo que deberíamos volver para que no nos pillara la noche bajo el mar.

Llegamos al barco justo cuando atardecía; subimos por la escalerilla y nos quitamos las aletas. Él se bajó con destreza la parte de arriba del traje y fue a buscar un par de toallas mientras yo me peleaba con el mío.

De repente unas suaves manos apartaron las mías y bajó la cremallera que empezaba en mi cuello y bajaba por mi pecho y… ¡Dios!... no pude soportarlo más. Lancé mis manos a su nuca y le atraje hacia mí, estrellando mis labios contra los suyos.

Él llevó sus manos a mi cintura y me atrajo más contra él. Caímos al suelo de la cubierta, yo encima de él, sin separar nuestras bocas y sus manos subieron a las tiras que sostenían la parte de arriba de mi bikini en su lugar, tirando de ellas y haciendo que la prenda cayera sobre su pecho.

Lo apartó y nos rodó de manera que él estuviera sobre mí. — Llevo queriendo hacer esto desde el primer día que te vi en la clase de buceo, — dijo antes de bajar su boca a mi pezón derecho, donde su lengua me acarició con movimientos expertos y estudiados especialmente para volverme loca mientras su mano hacía lo propio con el izquierdo.

Mis manos se engancharon a su pelo mientras intentaba terminar de quitarle el traje de buceo empujando con los talones, sin ningún éxito. Cuando la necesidad fue insoportable, le tiré ligeramente del pelo para que se apartara.

Se puso de rodillas y se terminó de quitar el molesto traje, bajando en el proceso su bañador y revelando su gran erección. Me humedecí los labios inconscientemente pensando en que dentro de poco la tendría dentro de mí, lo que aún no sabía era qué labios la probarían primero.

Paré de pensar completamente cuando él sacó mi traje y deshizo los nudos de la parte de debajo de mi bikini. Dejó un húmedo camino de besos por mi abdomen hasta llegar al lugar que más le necesitaba. Un par de movimientos de su lengua en mi entrada y un ligero roce de sus dientes contra mi clítoris fue todo lo que hizo falta para hacerme caer con un fuerte gemido.

Antes de darnos cuenta, le había vuelto a girar y ahora me encontraba yo sobre él, con su polla en mi mano mientras le guiaba hacia mi entrada. Sus manos fueron a mis caderas y me bajó sobre él con fuerza y los dos soltamos un fuerte gemido. Pronto nuestras pelvis empezaron a moverse rápida y descontroladamente mientras los dos nos acercábamos al máximo placer. Su mano fue a mi clítoris, donde empezó a acariciarme con el pulgar y yo le correspondí estirando el brazo detrás de mí y dándole un suave pero firme apretón a sus testículos.

El gemido que soltó y la forma en que dijo mi nombre me llegaron al mismísimo centro y mis paredes se cerraron a su alrededor mientras mi segundo orgasmo me golpeaba con fuerza.

— Oh, sí, nena… No pares… Joder, Bella... — Finalmente se corrió dentro de mí entre fuertes gemidos y maldiciones y terminé colapsando sobre él.

- . - . - . - . –

Llegamos al puerto cuando el cielo ya estaba casi oscuro. Me acompañó hasta la fila de taxis y antes de que pudiera subirme a uno pasó sus manos por mi cintura y me atrajo hacia él. Esta vez me besó lenta y sensualmente, su lengua se introdujo en mi boca y la exploró a conciencia hasta dejarme sin aliento. Hacía mucho tiempo que nadie me besaba así.

Finalmente nos separamos y cada uno se fue por su lado. Esa noche les conté todo a las chicas y cuando me fui a la cama me encontré teniendo ganas de llorar; había sido una de las experiencias más intensas de mi vida y seguramente no se repetiría de nuevo.

Y así fue. No volví a verle el resto de la semana. Cuando devolví su cámara en recepción, introduje por la funda un papelito con mi número de teléfono, pero no supe nada de él.

Sin embargo, el día de la vuelta a casa me encontré sonriendo mientras subía al avión. Algo me decía que volveríamos a encontrarnos.


Espero que os haya gustado. Gracias por leer!

-Bells, :)