Disclaimer: los personajes son propiedad de la increíble Suzanne Collins, y la historia es parte de la maravillosa escritora Cecelia Ahern. Esto solo forma parte de mi alocada cabeza que ha juntado estas maravillosas historias.

"Qué arrogantes somos. Nos da tanto miedo la vejez que intentamos prevenirla. No vemos que es un privilegio envejecer junto a alguien, alguien que no te empuje a cometer asesinatos o que no te humille hasta hundirte en la miseria. Es bonito…"

Música de acompañamiento: Let it be- The Beatles


CAPÍTULO 1

Katniss hundió la nariz en el suéter azul de algodón y un olor familiar la gol peó de inmediato: un abrumador desconsuelo le cerró el estómago y le partió el corazón. Le subió un hormigueo por el cogote y un nudo en la garganta ame nazó con asfixiarla. Le entró el pánico. Aparte del leve murmullo del frigorífico y de los ocasionales gemidos de las tuberías, en la casa reinaba el silencio. Esta ba sola. Tuvo una arcada de bilis y corrió al cuarto de baño, donde cayó de ro dillas ante el retrete.

Peeta se había ido y jamás regresaría. Ésa era la realidad. Nunca volvería a acariciar la suavidad de su pelo, a intercambiar en secreto una broma con él durante una cena con amigos, a lloriquearle al llegar a casa tras una dura jor nada en el trabajo porque necesitaba algo tan simple como un abrazo; nunca volvería a compartir la cama con él, ni la despertarían cada mañana sus ata ques de estornudos, ni reiría con él hasta dolerle la barriga, nunca volverían a discutir sobre a quién le tocaba levantarse para apagar la luz del dormitorio. Lo único que le quedaba eran un puñado de recuerdos y una imagen de su ros tro, que día tras día iba haciéndose más vaga.

Su plan había sido muy sencillo: pasar juntos el resto de sus vidas. Un plan que todo su círculo consideró de lo más factible. Nadie dudaba de que fueran grandes amigos, amantes y almas gemelas destinadas a estar juntas. Pero dio la casualidad de que un día el destino cambió de parecer.

El final había llegado demasiado pronto. Después de quejarse de una mi graña durante varios días, Peeta se avino a seguir el consejo de Katniss y fue a ver a su médico. Lo hizo un miércoles, aprovechando la hora del almuerzo. El médico pensó que el dolor de cabeza se debía al estrés o al cansancio y aven turó que en el peor de los casos quizá necesitase usar gafas. A Peeta no le gus tó nada aquello.

Le molestaba la idea de tener que usar gafas. No debería ha berse preocupado, pues resultó que su problema no residía en los ojos, sino en el tumor que estaba creciendo en su cerebro.

Katniss tiró de la cadena del retrete y, temblando por lo frías que estaban las baldosas del suelo, se puso de pie. Peeta sólo tenía treinta años. Ni mucho me nos había sido el hombre más sano de la Tierra, pero había gozado de suficiente salud para... bueno, para llevar una vida normal. Cuando ya estaba muy enfer mo, bromeaba a propósito de haber vivido con demasiada prudencia. Debería haber tomado drogas, haber bebido y viajado más, tendría que haber saltado de aviones y depilarse las piernas en plena caída…

La lista seguía. Aunque él se rie ra de todo eso, Katniss veía pesar y arrepentimiento en sus ojos. Arrepentimiento por las cosas para las que nunca había sabido tener tiempo, los lugares que nun ca había visitado, y pesar por la pérdida de experiencias futuras. ¿Acaso lamen taba la vida que había llevado con ella? Katniss jamás dudó de que la amara, pero temía que tuviera la impresión de haber desperdiciado un tiempo precioso.

Hacerse mayor se convirtió en algo que Peeta deseaba desesperadamente lograr, dejando así de ser un hecho inevitable y temido. ¡Qué presuntuosos habían sido ambos al no considerar nunca que hacerse mayor constituyese un logro y un desafío! Los dos habían querido evitar envejecer a toda costa.

Katniss vagaba de una habitación a otra mientras sorbía lagrimones salados. Tenía los ojos enrojecidos e irritados y la noche parecía no tener fin. Ningún lugar en la casa le proporcionaba el menor consuelo. Los muebles que con templaba sólo le devolvían inhóspitos silencios. Anheló que el sofá tendiera los brazos hacia ella, pero tampoco éste se dio por aludido.

A Peeta no le hubiese gustado nada esto, pensó. Exhaló un hondo suspi ro, se enjugó las lágrimas y procuró recobrar un poco de sentido común. No, a Peeta no le hubiese gustado en absoluto.

Igual que cada noche durante las últimas semanas, Katniss se sumió en un profundo sueño poco antes del alba. Cada día despertaba incómodamente re pantingada en un lugar distinto; hoy le tocó el turno al sofá. Una vez más, fue la llamada telefónica de un familiar o un amigo preocupado la que la desper tó. Probablemente pensaran que no hacía más que dormir. ¿Por qué no la lla maban mientras vagaba con desgana por la casa como un zombi, registrando las habitaciones en busca de... de qué? ¿Qué esperaba encontrar?

- ¿Diga? -contestó adormilada. Tenía la voz ronca de tanto llorar, pero ya hacía bastante tiempo que no se molestaba en disimular. Su mejor amigo se había ido para siempre y nadie parecía comprender que ninguna cantidad de maquillaje, de aire fresco o de compras iba a llenar el vacío de su corazón.

- Oh, perdona, cariño, ¿te he despertado? -preguntó la voz inquieta de su madre a través de la línea.

Siempre la misma conversación. Cada mañana su madre llamaba para ver si había sobrevivido a la noche en soledad. Siempre temerosa de despertarla no obstante, aliviada al oírla respirar; a salvo al constatar que su hija se había enfrentado a los fantasmas nocturnos.

- No, sólo estaba echando una cabezada, no te preocupes.

Siempre la misma respuesta.

- Tu padre y Beetee han salido y estaba pensando en ti, cielo.

¿Por qué aquella voz tranquilizadora y comprensiva conseguía siempre que se le saltaran las lágrimas? Imaginaba el rostro preocupado de su madre, el ceño fruncido, la frente arrugada por la inquietud. Pero eso no sosegaba a Katniss. En realidad hacía que recordara por qué estaban preocupados y que no deberían estarlo. Todo tendría que ser normal. Peeta debería estar allí junto a ella, poniendo los ojos en blanco e intentando hacerla reír mientras su madre le daba a la sinhueso. Un sinfín de veces Katniss había tenido que pasarle el teléfono a Peeta, incapaz de contener el ataque de risa. Entonces él seguía la charla, ignorando a Katniss mientras ésta daba brincos alrededor de la cama, ha ciendo muecas y bailes estrafalarios para captar su atención, cosa que rara vez conseguía.

Siguió toda la conversación contestando casi con monosílabos, oyendo sin escuchar una sola palabra.

- Hace un día precioso, Katniss. Te sentaría la mar de bien salir a dar un paseo. Respirar un poco de aire fresco.

- Sí... Supongo que sí -otra vez el aire fresco, la presunta solución a sus problemas.

- Igual paso por ahí más tarde y charlamos un rato.

- No, gracias, mamá. Estoy bien.

Silencio.

- Bueno, pues nada... Llámame si cambias de idea. Estoy libre todo el día.

- De acuerdo -otro silencio-. Gracias de todos modos -agregó Katniss.

- De nada. En fin... Cuídate, cariño.

- Lo haré.

Katniss estaba a punto de colgar el auricular pero volvió a oír la voz de su madre.

- Ah, Katniss, por poco me olvido. Ese sobre sigue aquí, ya sabes, ese que te comenté. Está en la mesa de la cocina. Lo digo por si quieres recogerlo. Lle va aquí semanas y puede que sea importante.

- Lo dudo mucho. Lo más probable es que sea otra tarjeta de pésame…

- No, me parece que no lo es, cariño. La carta va dirigida a ti y encima de tu nombre pone... Espera, no cuelgues, que voy a buscarla...

Katniss oyó el golpe seco del auricular, el ruido de los tacones sobre las bal dosas alejándose hacia la mesa, el chirrido de una silla arrastrada por el suelo, pasos cada vez más fuertes y por fin la voz de su madre al coger de nuevo el teléfono.

- ¿Sigues ahí?

- Sí.

- Muy bien, en la parte superior pone «la lista». No sé muy bien qué sig nifica, cariño. Valdría la pena que le echaras...

Katniss dejó caer el teléfono.

Fin del capítulo uno


¡Redoble de tambores! Ratatatatatata Badum, chas, tucupá. Primer capítulo, recién salido del horno. ¿Qué tal, todo bien, que os parece? Bueno aquí tenéis mi nueva locura, no es gran cosa, pero me surgió al ver la maravillosa película este fin de semana (y ver al perfecto Gerad Butler) y no pude parar de escribir (¿me entendéis a que sí?). Espero que os haya gustado, y sino pues nada, pero espero que dejéis vuestra opinión y le deis un poco al follow, se agradecería.

¡Y si os gusta esta versión, leeros el libro en sí! Decir que "Posdata: Te quiero" es de mis libros favoritos y es un gran gran honor pasarlo a Los Juegos del Hambre. Y ya sabéis que cualquier idea SIEMPRE es bien recibida y se agradecerá eternamente. Espero que os guste y continuéis leyendo. ¿Qué días os gustaría que subiera? Bueno, espero que haya gustado este primer capítulo, y los que vienen.

¡Nos leemos la semana que viene!

And may the ods be ever in your favor!

Lucy, as Peeta