Disclaimer: Historia original de Suzanne Collins, toda su obra y lo que derive de ella le pertenece, lo sé, y le agradezco su ingenio. Os dejo con el cap, espero que os guste.

Capítulo 11

Hasta siempre

Cuando mi madre trata de explicarme qué hay entre Haymitch y ella la digo, directamente, que no es asunto mío. Me alegro de que mi madre ayudara a Haymitch a recuperarse, y quizá algún día también me alegre de que surgiera de ahí algo más profundo, pero por el momento, no puedo siquiera imaginarlos cogidos de la mano.

Sin embargo, en poco tiempo comprendo que mi madre solo quería hacérmelo saber para poder comportarse con él de forma natural delante de mí. Para que Haymitch pueda acompañarnos a comprar al mercado, para que me acostumbre a verles dirigirse sonrisas furtivas, o sentarse muy juntos para ver la televisión con Peeta y conmigo. Haymitch me deja claro, de inmediato, que no pretende ser un padre para mí, a lo que yo me río, no solo porque ya no soy una niña sino porque ni siquiera ha dejado de llamarme preciosa. En cualquier caso, Haymitch hace que recuerde a mi padre, no porque se parezca en absoluto a él, pero sus rasgos de la Veta son evidente; a veces, cuando les veo a mi madre y a él de espaldas, imagino que mi padre sigue vivo y que ambos caminan juntos, como antaño. Entonces quizá odie a Haymitch Abernathy, porque por desgracia, aunque quisiera, jamás podría sentir por él nada parecido a lo que sentía por mi padre.

Peeta y yo preparamos las maletas con las cosas más personales de ambos, he aceptado que el Nuevo Núcleo se encargara de nuestro vestuario solo para no tener que hacer equipaje. Mi equipo de estilistas me ha visitado todos los días durante quince días para enseñarme el arte del maquillaje; como solo he aceptado un estilo natural, les ha sobrado tiempo y lecciones.

Mi madre ha pedido permiso para viajar con nosotros, y Haymitch ya está plantado en la puerta de su casa esperándonos con su equipaje de mano. Peeta lleva a Uno en brazos aunque ya apenas puede recogerle en ellos. El animal ya está curado de sus heridas, su pelaje espeso cubre parte de sus cicatrices, sin embargo, cualquiera que se fije un poco verá las zonas peladas. Uno le chupa la cara mientras Peeta le dice que estará bien con los Cub y que pronto volverán a verse. Le pone el collar y correa fabricados por él mismo con cuerda, y lo lleva a casa de la familia de Josh.

Haymitch y mi madre me hacen un gesto para que me acerque a ellos, están sentados en el peldaño de la puerta de la casa contigua, yo niego con la cabeza, y entro en mi casa solo por disimular, ya que no tengo nada que buscar en su interior. Desde que Peeta me vio hablando con el vacío siento cierto azoramiento, es como si le hubiera perdido la confianza, quizá porque siento que me mira como se mira a los locos. Como yo miraba al señor Maslow, un hombre que se golpeó fuertemente en la mina y quedó desorientado tras el accidente, tuvo que dejar el trabajo porque olvidaba totalmente dónde estaba y porqué. Con el tiempo no solo caminaba por la Veta sin rumbo, también tenía diferentes amigos imaginarios, con los que incluso discutía. Sin embargo, no siempre era así, a veces nos saludaba a mi madre y a mí como si nada, sabía a dónde se dirigía y porqué había perdido su trabajo. A veces era totalmente coherente, pero yo seguía mirándole con extrañeza, como si fuera una bomba a punto de explotar, como si nos fuera a preguntar cualquier cosa absurda en cualquier punto de la conversación, a pesar de que eso nunca ocurrió.

Ahora, me siento sumamente mal por haber tratado al Sr Maslow de aquella manera ¿qué derecho tenía yo a dirigirme a él como si hubiera quedado discapacitado para siempre? Tuvo que ser horrible para él ver que el mundo real le menospreciaba y no le quedaba más que refugiarse en el mundo de los locos. ¿Me pasará eso a mí?

Mientras espero que vuelva Peeta, me quedo inmóvil en medio del pasillo. Las persianas están bajadas y una extraña quietud llena la estancia. Cierro los ojos. En esto me he convertido, en una chica delirante, que espera con ilusión que la visite su hermana muerta, incluso sabiendo que es una gran mentira.

Las imágenes y las sensaciones acuden a mi mente, un poso de amargura, uno más, se ha asentado en mi alma. Trato de verlo como un obstáculo añadido, otra parte de esta eterna y agotadora yincana que parece ser mi vida, pero la desolación me arranca el corazón. Este poso que se ha depositado en mí desde el momento en que Peeta me dijo que no pasaba nada, que algo tan grave como ver claramente a mi hermana aunque no exista, se me pasaría. En ese momento supe que me trataba como una tarada, que ya no me veía igual, que estaba enferma.

Siento ganas de llorar, las lágrimas se me agolpan todas en algún lugar recóndito de la garganta y pesan como el plomo, se hinchan y forman una dolorosa bola que me impide respirar.

Me he vuelto loca, ya está. No solo estoy loca por ver a mi hermana, estoy loca por querer verla.

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La Gira empezará en el Nuevo Núcleo, llegará hasta el Distrito 13 y se clausurará en el Distrito 12. El doctor Aurelius nos acompañará durante todo el viaje por el apoyo psicológico (y sintético) que podamos necesitar. Junto con él, hemos desarrollado el Planing de nuestra Gira, en primer lugar al llegar al Nuevo Núcleo, en aerodeslizador, un coche nos llevará al hotel sin ningún tipo de recibimiento de masas. Y así iremos distito por distrito, en un vehículo privado.

La Gira se ha organizado como un conjunto de eventos solemnes, sin lujos, sin grandiosidades. Desde que acepté, se publicó en todos los medios posibles, y hay un calendario de acontecimientos, por suerte, no tengo porque estar presente en todos ellos.

Pego la cara al cristal del coche, que es conducido por Gale, y tiene a su compañero de seguridad como copiloto. En otro coche, conducido también por agentes de seguridad, viajan mi madre y Haymitch. Peeta también roza el cristal con la nariz, a mí lado. Lo cierto es que lo que yo recuerdo de la estética del Capitolio no es lo que estoy viendo. El sol de la tarde despunta a nuestro paso por la carretera, bañándolo todo de luces extrañas, bajo ese efecto los transeúntes se me antojan monstruos desavenidos, de un planeta lejano y surrealista.

Gale baja primero del coche, mirando a su alrededor, se toma exageradamente en serio su trabajo. Antes de abrirnos apunta con una luz muy potente a un hombre rechoncho que nos apunta con una cámara.

-Márchese de aquí o lo detendré por violación de la intimidad- grita, y el hombre pide disculpas y se esfuma corriendo- Fotógrafos fisgones buscando una instantánea- comenta él, con una sonrisa tan blanca que parece irreal. ¿Es que ahora Gale tiene dinero, y ganas, de blanquearse los dientes?

Cuando llegamos al hotel somos recibidos brevemente por Plutarch en el Hall, él nos da nuestros calendarios para el día siguiente y una especie de libro de plástico de dos páginas, en una hay una pantalla y en otra un teclado. Debe ser un ordenador muy moderno, ni siquiera pesa.

-Os podéis quedar con ellos- dice Plutarch con satisfacción- son ordenadores portátiles, no son de última gama pero no están mal.

-¿Para nosotros no hay?- se queja Haymitch, mientras mi madre disimula una risita.

-El presupuesto no da para tanto- se encoge de hombros Plutarch, Haymitch le señala con el dedo.

-Quiero un par, mañana- ordena, veo como mi madre hace un gesto con la mano, como si dijera que no hace falta. Aunque Plutarch esboza una sonrisa burlona Haymitch no cambia su gesto y al final Plutarch asiente. Me cohíbe ver que mi madre y Haymitch compartirán habitación, pero trato de concentrarme en el cacharro que tengo entre las manos.

Plutarch nos enseña cómo utilizarlo, al parecer es muy importante que miremos nuestro correo electrónico todos los días antes de salir del hotel en el que nos encontremos en cada Distrito, por supuesto, nosotros con suerte conocemos el correo ordinario, como para saber a qué se refiere con e-mail.

-Quizá tenga que daros alguna instrucción de última hora, o haceros una consulta, o cambiar el itinerario- comenta él.

Necesitamos un par de horas para aprender a manejarlo, yo me limito a aprender lo necesario, no le encuentro gran dificultad, sin embargo, Peeta cose a Plutarch a preguntas. Al parecer le entusiasma el aparato.

Cuando por fin subimos a nuestra habitación nos encontramos con un lugar muy acogedor. La cama es suave, amplia y mullida. Hay un gran ventanal con impresionantes vistas. En una lado del cuarto hay un amplio escritorio donde colocamos nuestros ordenadores y nuestros teléfonos móviles (como Peeta no tenía Plutarch le ha proporcionado uno). El baño no debe ser mucho más grande que el de nuestra casa, es cálido y tiene una bañera donde podríamos sumergirnos los dos cómodamente.

Lleno la bañera mientras busco un pijama en el gran armario empotrado, escojo uno blanco, muy brillante, con un tacto similar a la seda. Me quedo embelesada tocándolo mientras recuerdo con cariño a Cinna. Es entonces cuando Peeta pone su mano sobre la mía y le miro, y me duele verle.

Cuando sus manos me cogen la cintura y me invitan a recostarme sobre él en la cama, el Sr Maslow invade mi mente. Aquel señor desgarbado de unos cuarenta años, sin mujer ni hijos, solo, solo con sus amigos imaginarios. Los labios de Peeta me besan la cara que sostiene entre sus dedos suaves y acogedores. Sus manos descienden por mis hombros, retira la chaquetilla de hilo, que resbala sin dificultad, y los besa.

Llevo un vestido sencillo y unas medias cómodas, ambas prendas proporcionadas por el Nuevo Núcleo. Peeta toca con la yema de los dedos mis medias aterciopeladas, sube por mis muslos y llega a mi cintura. Sus manos bajo mi vestido me provocan un escalofrío, como si el hecho de que suban bajo mi falda fuera especialmente erótico. De todos modos, no puedo dejar mi mente en blanco, sé que estoy rígida, sé que mi rostro no está relajado y sé que él lo sabe. Intenta cautivarme con sus caricias, con su cariño, pero desde que vio que estoy peor de lo que imaginaba, todo se ha quedado ahí. Él no consigue vaciar mi mente, yo no consigo que lo consiga y acabamos abrazados, en una especie de insomnio compartido.

Suspiro cuando abandona sus caricias y me abraza con fuerza, apoyando su mejilla en mi pelo, y después besa mi frente.

-¿Crees que estoy loca?- le pregunto sin cortapisas.

-No- dice él sin dudarlo -¿Por qué tendría que creerlo?- me río aunque no me hace gracia.

-¿Porque veo a mi hermana muerta? ¿Porque la hablo? ¿Porque la siento?- Peeta sonríe con debilidad.

-Tú no crees en ella.

-No.

-Yo creí que eras un muto programado por El Capitolio, sanguinario y bestial- se encoge de hombros- por favor, Katniss, seamos serios…- hace un gesto de negación con la cabeza y suelta, para mi asombro, una carcajada- ¿sabes? A lo mejor sí que estás loca, como un cencerro - noto como mi ceño se frunce.

-No te burles de mí.

-No me burlo, pero… ¿qué esperas, cariño? ¿Qué me tire por el balcón porque sufras alucinaciones?- eso sí que me irrita, me levanto de la cama y empiezo a quitarme la ropa para ir a bañarme, sin ninguna intención de esperarle- Katniss, no quería ofenderte, perdona...

-No intentes hacerme creer que desde que me viste de esa forma no me tratas de manera diferente- él se levanta y trata de mantener el contacto físico conmigo, cogiéndome la mano, los hombros o la cara, pero yo rechazo cada uno de sus intentos.

- Puede que haya tenido cuidado de no estresarte. Cuando sufría las crisis, a veces, eran provocadas por estrés.

-Y yo no lo sabía, porque nunca me lo dijiste, creía que solo se producían en mi presencia, por culpa mía- Peeta pone un gesto extraño.

-No lo había visto desde esa perspectiva, fui un idiota. Perdón.

-Oye dejémoslo aquí, solo te pido que no me trates como si fuera una niña a la que proteger, lo detesto, y ya deberías saberlo- Peeta vuelve a intentar tocarme, yo siento que se me irritan los ojos, pero contengo las lágrimas porque sé que él se altera cuando lloro. Resulta irónico pedirle que no haga conmigo lo que yo estoy haciendo con él en este mismo momento.

-De acuerdo, lo intentaré, lo prometo- me quito toda la ropa y la arrojo dentro de un armario, Peeta me observa- ¿puedo bañarme contigo?

-No- él hace un movimiento inseguro, un ademán de tirarse a la cama y a la vez de ir a deshacer su pequeño equipaje. Siento un remordimiento, y de forma simultánea, que no quiero entrar en el agua sin él. Que si me marcho sola y le dejo con aquel brusco rechazo, la distancia entre nosotros se hará más grande- Vale- me desdigo. Me acerco a él y le cojo la mano, todavía un poco ofendida. Me dedica una sonrisa, amplia, retiro el flequillo rubio tras su oreja.

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Llevamos un rato sumergidos en el agua caliente, Peeta tiene su espalda sobre mí, su cabeza recostada en mi hombro, y su cintura entre mis piernas. Le acaricio el pelo y deposito algún beso sobre él y entonces me atrevo a confesar lo que verdaderamente me preocupa.

-Peeta, hay algo que no te he dicho acerca de lo que ocurre con Prim- el agua hace un blup cuando se gira a mirarme.

-El qué- pregunta, muy serio.

-No me siento capaz de dejar de verla, de medicarme, de contárselo Aurelius y acabar de matar a mi hermana.

Entonces él sí parece preocupado y, extrañamente, eso me alivia.

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Peeta aprovecha los momentos a solas para avasallarme, y ciertamente, me parece una forma de darle una lección por haber subestimado la cuestión. Me amenaza con ser él mismo quien acuda a Aurelius y yo me limito a recordarle que yo le acepté cuando sufría las crisis, que no le pedí someterse a ningún tratamiento, y le comunico que quiero que respete que quizá yo quiera seguir viendo a mi hermana un tiempo, aunque no sea real.

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Una multitudinaria manifestación congregada por asociaciones de ciudadanos, llega como una marea humana hasta el Monumento a los caídos del Nuevo Núcleo, un Monolito inmenso con una cúpula tremenda a su costado, es grande y oscuro, solo diferente al del resto de los Distritos por su enormidad (ya que contiene los nombres de todos los caídos de cada Distrito) y su color gris oscuro, casi negro. Es lúgubre, y parece apestar con un mensaje acusador que culpabiliza no solo al antiguo Capitolio, sino a los ciudadanos del mismo.

Los ciudadanos me miran con gesto afligido, han llegado de todos los Distritos y en sus pancartas reclaman unas nuevas elecciones o tienen una foto mía, de perfil, un primer plano de mi presentación en la carroza en los Primeros Juegos, con las llamas incandescentes en mi cabello, y en ella pone: "Sinsajo presidenta". Por un momento, al leerlo, siento un cosquilleo en el estómago, esas personas además de no tenerme rencor, me quieren de nuevo como líder. Es un fenómeno que quizá nunca llegue a comprender, pues para mí es evidente que fui una marioneta, que tardó mucho en interesarme el bienestar general, que solo arriesgué mi vida por mi hermana, y que todo lo demás vino rodado. Antes podía temer que no lo supieran, pero ya lo confesé en la entrevista que se publicó en todos los periódicos, entonces, ¿por qué insisten?

Me asomo al balcón del Edificio de Justicia que está junto al Monumento, es un balcón grande de piedra, majestuoso, donde acostumbraba a salir Snow a dar sus discursos de Año Nuevo, retransmitidos y de obligado visionado en todo Panem. De alguna manera ocupar su lugar me regocija, y pienso que, si puede verme, espero que esto eleve su sufrimiento en el infierno.

Peeta me toma la mano, tiene la piel fría, algo raro en él. Haymitch está a su lado, y al mío esta mi madre, tras nosotros Paylor y Plutarch. Paylor me ha presentado, nada más, todo lo demás me toca a mí.

Es entonces cuando a veo a Cinna. Es el colmo. ¿A cuántas personas más va a revivir mi mente? Está tan atractivo como en vida, su piel oscura, sus párpados dorados, su mirada sabia y tranquila, su amabilidad y cariño. Sonríe y asiente levemente, levanta un pulgar, y yo contesto a la única pregunta para la que fui algo ambigua en la rueda de prensa. Trato de no ser brusca, pero a pesar de que saludo cordialmente a la multitud, cuando lo digo, un silencio estrepitoso recorre todo lo que alcanza mi vista, y todo lo que alcanza mi vista es un maremágnum colosal de personas.

-No puedo, ni quiero, ser presidenta de Panem- hago una pausa, quizá más perjudicial que otra cosa, y explico mis motivos- Agradezco el apoyo, y os pido que lo dirijáis a la actual líder de Panem. Las elecciones son necesarias, todo sistema democrático las ha tenido- trato de hacer memoria del folio y medio que memoricé en el hotel, escrito de mi puño y letra con esfuerzo- ahora que tenéis acceso a las bibliotecas libremente, podéis informaros. Vosotros elegiréis a vuestro gobernante, y seguro que muchos sabéis que alguien como yo, inestable e inmadura, no puede serlo- Cressida seguramente se esté echando las manos en la cabeza, según ella no era beneficioso para nadie que me descalificara frente al pueblo- La guerra me ha destrozado, como a vosotros. Sabéis por lo que he pasado, por lo que ha pasado Peeta- las miradas se dirigen a él, yo trato de dirigir mis ojos a varios puntos de la marea, como me ha indicado Cressida, pero lo cierto es que no quiero dejar de mirar a Cinna, maravilloso y confiado, apostando por mí- no estoy en condiciones de tener ningún papel principal en esto, nunca quise tenerlo, esa es la verdad- hago otra pausa, veo que hay personas que se frotan los ojos- quizá Paylor pueda hacerlo mejor que hasta ahora, pero me gustaría resumiros los logros alcanzados en unas pocas líneas- Plutarch me acerca unas hojas y me alegro de poder leer literalmente lo que allí pone. Es una relación de objetivos alcanzados y en proceso del gobierno actual, entre los pendientes, se encuentra la devolución de los ahorros a los habitantes del antiguo Capitolio, aunque aplicándoles un gravamen importante, es decir, impuestos. A pesar de que no recibirán integras las cantidades confiscadas, los individuos originales de El Capitolio, que se distinguen perfectamente de inmigrantes y ciudadanos que solo han acudido a la manifestación por sus ropas pomposas aunque destartaladas, y su estética de otro tiempo, suspiran de alivio, e incluso se abrazan. Continuo enlistando mejoras y proyectos y cuando acabo recibo unos tímidos, aunque multitudinarios, aplausos.

Mi discurso no se alarga demasiado, finaliza con una mención emotiva de los caídos, con unas palabras de apoyo a la población y con la frase-broche de mi intervención. Las tres palabras que harán de eslogan de toda la campaña política de Paylor:

-Unión, paz y libertad- me llevo los tres dedos centrales de la mano izquierda a los labios y después los dirijo hacia el tumulto, de alguna manera, hacia Cinna, que me hace un guiño y después, sencillamente, no le vuelvo a verlo más- Hasta siempre.

Silencio. Un silencio tembloroso. Todas las manos que alcanzo a ver alzadas. Peeta me ha soltado la mano para hacer el mismo gesto. Todo el equipo lo realiza, todos unidos. Puedo ver por el rabillo del ojo la expresión firme y llorosa de Peeta, seguramente muy parecida a la mía.

Después de un tiempo, no sé cuánto ¿milésimas de segundo, minutos, años? Bajo mi mano al entender que hasta que yo no lo haga el resto permanecerán erguidos, como estatuas. Cuando me giro, despacio, y dejo de ver a toda esa marea entregada, siento un nudo en la garganta.

Las lágrimas caen en silencio por mis ojos, no convulsiono, no prorrumpo en hipidos ni en un llanto escandaloso, es un llanto lento, extraño, es casi algo bello. Me he despedido de ellos, esa parte inmensa de mi familia, nunca lo había sentido así, como si tuviera cientos, miles de hermanos. Mi madre me besa la sien. Paylor se ha quedado fuera, hilando su propio discurso.

Ya está, apenas media hora y ya no estoy obligada a hacer nada más. Son las doce del mediodía, y realmente no sé cómo gastar lo que queda del tiempo, así que me planteo acudir a algún acto más, como secundaria, sin hablar, sin hacer nada más que estar, dejando que Paylor se haga con su papel y que la población asuma que yo nunca fui nadie, y que ahora lo soy menos.

-Espectacular- musita Peeta, en cuanto la puerta de la habitación se cierra tras él, encierra mi cara entre sus dedos- Yo no sabía dónde poner las manos, pero tú no has temblado ni un instante, los folios que sostenías no se han movido ni un ápice ¿cómo lo has hecho?- me río.

-¿Me lo estás preguntando tú?- Peeta se encoge de hombros.

-Lo digo en serio- suspiro.

-He visto a Cinna, durante todo el tiempo, como antes. Cinna estaba allí- la expresión de mi compañero cambia.

-No

-Sí, Peeta. Así ha sido- Peeta se rasca el pelo, ahora corto, después de que mi estilistas se ocuparan de su look, por suerte han respetado sus rizos naturales y rebeldes. Trato de ignorar su gesto de cavilación, para fijarme tan solo en su aspecto impecable, en su brillante cabello como el sol, sus ojos pacíficos como los cielos, y su tez clara como el alba.

-Puede que sea algo transitorio, sí, debe ser eso. Algo fabricado por tu mente para superar… una etapa- resoplo y me dirijo al baño para retirarme la fina capa de maquillaje, el colorete, y las sombras irisadas de mis párpados. Me seco con la mullida toalla.

-Basta Peeta, no descarto tu teoría, pero no quiero que teorices sobre esto. Haymitch tiene razón, ahora te ha dado por hacer de loquero- Peeta también se lava la cara, se peina hacia atrás el pelo, y me parece especialmente sensual la forma en que una gota de agua diminuta pasa por sus labios entreabiertos de indignación. Una palabra parece asomar entre ellos, pero yo la ahogo, y la empujo de nuevo hacia su garganta.

Le beso. Beso a beso le conduzco hacia la cama, le tumbo, le desvisto. Él insiste, quiere hablar. Recuerdo aquel día, en El Vasallaje, cuando intentaba convencerme de mantener mi vida, de no protegerle a toda costa, y yo le callaba con mis labios.

Y mi ropa también cae a un lado de la cama. No quiero hablar, no quiero pensar. No quiero seguir dándole vueltas a la idea de mi locura. Me siento en paz, estoy cerrando algo que estaba abierto a mi pesar, y experimento un sentimiento nuevo. Mientras antes de mi despedida me sentía desvinculada totalmente del mundo y su dinámica, ahora el mundo, Panem, parece formar parte de mí, y yo de ello, y es curioso que para esto tuviera que decir adiós. Todo lo demás puede esperar, quiero explotar esta alegría.

Peeta se rinde, como no podía ser de otra manera, y se deja amar, como un gatito con la tripa expuesta, esperando cosquillas. Es posible que nunca le haya amado con tanta dedicación, con tanto placer y tanta calma. Con tanto deleite, con tanto equilibrio. Probablemente nunca he estado tan loca como ahora, y sin embargo, no siento nada torturarme mientras hago el amor con Peeta. Todos sus sonidos me llegan más firmes que nunca. Seguramente solo soy yo que, por primera vez, creo realmente en mi capacidad para superar los acontecimientos.

-Te quiero- le digo, en un acceso de súbita sinceridad, en un deseo de trasmitir todo mi amor y, a la vez, frustrada porque es imposible que cualquier expresión verbal condense lo que experimento por Peeta, por mi vida, por mí misma.

Siento el placer más fuerte, concentrado y pacífico de toda mi vida. Es como una explosión de todos mis recuerdos felices, de todas las imágenes bellas, y de todas las sensaciones agradables vividas. Formo parte de algo mayor que los límites de mi cuerpo. Él hunde sus dedos en mi piel, y su suspiro parece una expresión de absoluta rendición.

Cuando nuestras miradas se encuentran, por encima del blanco y blando horizonte de la almohada, sé perfectamente que ambos somos personas nuevas. Y por primera vez el sinsajo de mi corazón puede volar a placer.

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El día en el Nuevo Núcleo pasa con calma, acudo a la entrega de alimentos y enseres, y a dos reuniones internas sobre la campaña electoral. Tras esto salgo a la zona comercial, y me sorprende el civismo de las personas, había pensado que si salía del hotel se abalanzarían sobe mí y Gale no daría abasto en su labor de guarda espaldas, pero no ha sido así. Me reconocen, eso está claro, aunque lleve el pelo suelto, y una vestimenta informal. No solo me reconocen por mi aspecto, me reconocen por la pareja que formo con Peeta.

Los establecimientos del Nuevo Núcleo ofrecen de todo tipo de artículos, lo único que les falta es clientela. Aunque Peeta y yo no estamos economicamente boyantes, la panadería y lo que nos queda del premio en metálico de Los Juegos da lo suficiente como para que podamos permitirnos algunos gastos, así que podemos colaborar con los negocios de la zona. Adquirimos algunas cosas. Peeta, por ejemplo, se deleita en una tienda de mascotas y descubre que hay comida especial para perros, pregunta sobre la alimentación para lobos y el dependiente no sabe qué decir y le da unos palitos de color verde para limpiar la dentadura de Uno. Peeta los compra alegremente, y también una correa y un collar nuevos. Mi madre y Haymitch pasean con nosotros, Haymitch es reacio a adquirir cualquier cosa, pero finalmente cuando mi madre se deleita con el tacto de un pañuelo, él lo compra a escondidas y a ella ya no le queda más remedio que llevárselo puesto.

Mientras camino entre los establecimientos y observo a mi madre, a Haymitch, y a Peeta, froto sin apreciarlo mi colgante de la perla entre los dedos, de repente, sin darme cuenta, acabamos frente a un escaparate de vestidos de boda. Me repelen todos, ostentosos, artificiosos, falsos. Quizá sea yo la que no está al nivel de lo que debe sentirse ante una boda, puede que yo no tenga la suficiente sensibilidad estética o fantasía para apreciar la supuesta majestuosidad de los vestidos.

-No te preocupes, preciosa, el tuyo no se parece en nada a estos- Haymitch musita esa frase cerca de mí, y nadie más le escucha. Le miro con gravedad, me dan ganas de sacarle esos ojos burlones y enigmáticos. Antes de que pueda preguntarle mi madre se dirige a él.

-Mira, una chocolatería, a Katniss le encanta el chocolate, ¿quieres ir, cariño?- asiento, y nos dirigimos allí.

El camarero no da crédito cuando nos sentamos en una mesa en el fondo de la sala. Se pone nervioso y se le cae la libreta, cuando Peeta la recoge del suelo él se azora más.

-Gracias señor Mellark- Peeta asiente, y cuando el camarero nos toma nota de los cuatro chocolates y cuatro crepes y se marcha, comenta lo incomodo que se ha sentido.

-Si fuera de otra manera y me trataran así todos los días, puede que llegara un momento en que me creyera que realmente soy valioso- comenta como quién habla del tiempo, mientras juguetea con un terrón de azúcar, que por supuesto hace que mi mente se vaya a otra parte- ¿No?- de repente mira a Haymitch.

-No sé de qué hablas, yo solo fui el pobre chico que perdió a su familia y se dio a la bebida- cojo aire y me atrevo a hablar.

-Supongo que algo así le pasó a Snow, se creía alguien importante, y su ego se iba inflamando a medida que le vitoreaban, olvidando incluso que era aplaudido solo porque todo individuo tenía clavado un cañón en su espalda- Peeta asiente.

-No podría haberlo dicho mejor.

La velada es fantástica, nunca había tenido ocasión de pasar un rato distendido lejos de mi hogar, salvo en casa de Annie. Es agradable la forma en que siento que esto es lo más parecido que tendré a un núcleo familiar, al menos hasta que tenga mi propia familia. El mero hecho de pensar en mi propia familia me lleva a apretar las manos bajo la mesa.

Todo lo que tomamos está delicioso, y el cambio de entorno parece que me beneficia, mis pensamientos se disipan, mis oscuridades se alejan. La neblina que suele poblar mi mente no parece tener espacio entre la jovialidad de nuestras conversaciones. Observo a Haymitch, parece incluso más joven, algo soñador, esperanzado, siento un súbito cariño hacia él y lo que hemos pasado juntos, y una ráfaga de agradecimiento porque, esencialmente, sigo viva porque él existe. Puede que antes no fuera enteramente consciente de esta verdad radical. Me pregunto si mi madre se verá afectada emocionalmente por esto, es arrogante pensarlo, pero inevitablemente me planteo si ella se ha podido enamorar de Haymitch, en parte, porque es el hombre que mantuvo a su hija con vida.

N/A Siento mucho la tardanza quería incluir más cosas en este cap pero como siga esperando no lo subo nunca, GRACIAS por vuestros comentarios, me encantan. Mención especial a SinsajoI y a Guess ese Guess que siempre que pasa demasiado tiempo de actualización me apremia, jejeje :-P

Besos