N/A: no creo haber repasado lo suficiente este capítulo, espero no arrepentirme de haberlo subido porque esté lleno de fallos o cosas que debieran pulirse, ya me diréis. Gracias por leer :-)

Capítulo 12

Una amenaza invisible

Con la visita al Distrito 1 vuelven los recuerdos de los tributos y con ellos, mis pesadillas. En sueños vuelvo a matar a Marvel para intentar proteger a Rue, y vuelvo a ver a Glimmer morir cubierta de supurantes pústulas debido a las picaduras de rastrevíspulas. Aunque cada vez chillaba menos en mis pesadillas, esta noche, siento desde los más profundo de mi pecho nacer, crecer y salir de mi garganta, un grito fantasmal y horroroso, antes de que me pueda dar cuenta mi cara húmeda de sudor está pegada contra el pecho de Peeta, y su mano me aprieta contra él. Estoy temblando y tengo mucho frío, pero este frío no viene de fuera, está en mi interior.

A penas vuelvo a quedarme dormida cuando siento los dedos de Peeta presionarme la espalda, tengo una reminiscencia de sus crisis, pero creo que es imposible una recaída después del tratamiento. Me enderezo un poco, y veo que sus ojos se mueven bajo sus párpados; debe ser la primera vez que intuyo que está soñando.

-¿Peeta?

-No te muevas Katniss- susurra- no importa lo que me haga, no te muevas.

-¿Qué dices, qué está pasando?- susurro. Tiembla un poco, al descubrir que puedo preguntarle en sueños me cuesta despertarle.

-Oye no va a matarme, tú no te muevas, nos quieren vivos- de repente se queda muy quieto y sin respirar y entonces le sacudo un poco. Me mira como si fuera la primera vez que me ve en años y me abraza.

-¿Qué pasaba?

-Nada.

-Insisto- me mira fijamente.

-Un sueño absurdo, alguien me retenía apuntándome con una pistola, tu intentabas ayudarme y cuando te moviste te dispararon- se rasca la nuca- hacía tiempo que no soñaba este tipo de cosas…

-¿Y por qué has soñado algo así?- sacude la cabeza- ¿temes algo..?

-Creo que es porque estamos en el Distrito de los profesionales. Supongo que temo que alguien pueda ser una amenaza para nosotros, para ti, no lo sé- me tumbo boca arriba, nos tomamos la mano.

-Yo también lo pienso.

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Nada tiene que ver el recibimiento en el Nuevo Núcleo con el que nos encontramos en los Distritos 1 y 2. No solo porque el partido El Regreso está presente, con sus consignas y su aspecto de cuervos. Mientras en el Núcleo nos recibieron personas venidas de todo Panem, y eclipsaban las miradas grises y neutrales de los autóctonos, en los Distritos profesionales la marea está dividida entre la añoranza de los tiempos en los que luchaban por su patria, los que sencillamente no habían creído nunca en el Sinsajo y un puñado de gente indefinida. No había pancartas en las que se reclamara mi presidencia, si no pancartas en las que se reclamaban unas nuevas elecciones, incluso consignas de apoyo a los partidos emergentes. Mi discurso fue mecánico, y ante la insatisfacción general, no se me ocurrió otra cosa que abrir una ronda de preguntas. Las preguntas más duras vinieron de los disidentes, aquellos que me acusaban de haber acabado con la unidad nacionalista de Panem, aquellos que gustosamente cedieron a sus hijos para luchar por su nación. Ante aquello poco tenía qué decir, el mensaje de Snow todavía lo llevaban en su interior, y ahora que no sabían qué hacer con toda esa ansia de identificarse en una lucha por lo que consideraban suyo, no me salían las palabras, fue ahí cuando tocó el turno de Peeta, hizo el papel que debía, un papel sin ninguna teatralidad.

Enumeró una por una todas las atrocidades del Capitolio, lo documentó con datos cedidos por el gobierno de Panem, y todas esas pruebas de injusticia social fueron coronadas con una sola frase, pesada como una losa, acusadora, como el dedo de la justicia.

-Si dormíais a gusto, con el estómago lleno, gracias a la desgracia ajena, si estabais dispuestos a usar a vuestros hijos como moneda de cambio, ahora, espero que no podáis pegar ojo.

Sin duda la actitud de Peeta distaba mucho de la amabilidad, quizá era un discurso demasiado aleccionador, de cualquier forma, desde luego, no sería el nuevo gobierno el más indicado para personas con ansia de sangre. Por suerte, al observar mejor, pude darme cuenta de que parte del gentío se muestra neutral y expectante, quizás ellos nunca tuvieron claro que aquella patria, supuestamente grande y fuerte, fuera merecedora de sus sacrificios.

Paylor se encargó de mostrarle las salidas a aquella multitud que había dejado de ser la fábrica de agentes de la paz que eran. Podían alistarse en los nuevos ejércitos de seguridad, podían luchar por su país, pero ya no podrían recibir privilegios gracias a la barbarie. ¿Querrían eso en lo más profundo de su interior la mayor parte de los habitantes de aquellos Distritos? Mis dudas se disiparon cuando alguien en el Distrito 1 gritó "¡Por la paz!" hizo el gesto del 13 y marcó la señal que me permitiría diferenciar a los disidentes de los que estaban dispuestos a vivir en una sociedad más civilizada. No fueron todos, ni mucho menos, pero muchas manos con el pulgar y el meñique tocándose se alzaron.

En el Distrito 2 ese momento lo provocó Peeta, cuando tras un discurso similar fue él mismo quién exclamó la consigna "Por la paz" y le siguieron tímidamente un aluvión de manos. Había esperanza.

El Distrito 3 rezumaba simpatía, y no era algo que debiera sorprenderme, pues fue uno de los primero distritos en unirse a la rebelión. Allí, reconocí algunas caras en las primeras filas, que ya había visto en el Núcleo, aunque ya no llevaban sus pancartas de "Sinsajo presidenta", al parecer el mensaje que había retransmitido desde el núcleo había calado y se había propagado rápidamente. En esta ocasión Beete nos acompañó en el evento, haciendo un emotivo homenaje a Wiress, que murió en el vasallaje. Su imagen se retransmitió en grandes pantallas, y se guardó un minuto de silencio en su honor.

En el Distrito 4 nos encontramos con Johanna y Annie en nuestro tiempo libre, fuera de agenda. Fue también una recepción dividida, pues en este distrito los niños eran entrenados para participar en Los Juegos, de hecho, me sorprendió ver que realmente era un distrito llenos de familias numerosas que no sabían qué hacer con tantos hijos; con el Capitolio, recibían una generosa manutención con el entrenamiento, ahora, solo eran bocas que alimentar. El homenaje a Mags y Finick fue tremendo, todos, ya fuera por consideración o por fervor, participaron en él, y se hizo una gran ofrenda de flores en el Monumento a los caídos. Annie no apareció por allí, yo ya lo sabía, había hablado con ella por teléfono, estaba claro que Annie ya hacía suficiente homenaje todos los días a través de Finny.

Pasamos la tarde con Annie, Johanna y el bebé, y me doy cuenta que Finny es el único ser perfecto que he conocido. Nos bañamos en la playa, cenamos juntos y, al final del día, me quedo dormida en el sofá mientras contemplo a Peeta acunar al pequeño, y a Annie mirar a su hijo con los ojos llenos de paz. Alguien me lleva a la cama y, al día siguiente, me despierto envuelta en el olor dulzón de todo lo que envuelve a Finny, y a la brisa cargada de salitre que entra por la ventana. Peeta respira profundamente a mi lado, observo la línea de su garganta, la delineación de sus músculos, su mano suave y fuerte posada en las sábanas, y vuelvo a dormir.

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Los Distrito mostraron su apoyo al gobierno sin cortapisas. Como en todos los distritos anteriores, también aquí homenajeamos a los tributos caídos. El Distrito 7 trajo al recuerdo a su tributo vivo: Johanna, aunque ella no quiso estar allí.

En el Distrito 8 me salté mi propio guión, había desechado la idea de hablar de Bonnie y Twill, pero finalmente lo hice. En ningún momento pensé que dos lágrimas frías y silenciosas se escaparían de mis ojos al contar su historia, pero sin duda lo que había descartado del todo era que estuvieran vivas. Paylor lo sabía, y preparó la sorpresa. La odié, hasta que vi como la chica desvaída de pelo castaño, piel pálida, y una ligera cojera salió de la multitud, y como a su lado se distinguía una mujer mayor, de ojos claros. También odié a Bonnie y Twill porque nunca me escribieron para decirme "ey, Katniss, no hemos muerto". Pero sobretodo las odiaba porque estaba llorando sin poder evitarlo. Se perdieron por la puerta del Edificio de Justicia para subir al balcón, yo no sabía qué hacer, mi congoja y nerviosismo estaba retransmitiéndose por todo Panem, dirigí una feroz mirada a Paylor que simplemente se encogió de hombros. Ellas me sonreían con una paz pasmosa, llegaron hasta a mí y me abrazaron, por un momento pensé que lo estaba imaginando todo, quizá soñándolo, pero no era así, era real. Era real y yo era feliz, dos personas habían vuelto a la vida. No. Dos personas no habían muerto.

Bonnie y Twill sobrevivieron de manera espectacular en el bosque, en gran parte gracias al refugio de mi padre. Bonnie, que había sido maestra en el Distrito 8, en realidad había dejado bien atada su escapada, había quién sabía a dónde había puesto pie, y los rebeldes del 8 dieron con ellas y aunque nunca llegaron al 13, permanecieron refugiadas en su distrito, incomunicadas pero seguras.

-Siento no haberos creído - las dije entre sollozos, y ellas perdonaron, porque nunca me habían guardado ningún rencor.

El apoyo del Distrito 8 a su líder Paylor era indudable. Nadie allí me reclamaba, todo el reconocimiento era para ella porque ella era natural del Distrito 8 y siempre había sido su líder, especialmente durante la rebelión. Allí fue cuando Paylor y yo, a pesar del desasosiego que me había hecho pasar, nos dimos la mano y las alzamos juntas, recibiendo el clamor general.

Después de aquella catarsis los Distritos 9 y 10 fueron más llevaderos, todo lo llevadero que se pueda imaginar teniendo en cuenta que todos los distritos me traen recuerdos de sangre y muerte.

El Distrito 11 volvió a partirme el alma, no solo por la pérdida de Rue, sino por comprobar que, efectivamente, su familia fue asesinada por mi osadía. A penas tuve palabras, apenas tuve entereza, sin embargo, visitar los campos me hizo sentir a Rue.

Aquella tarde solo quise salir con Peeta, no quería ninguna compañía, ni la de mi madre, ni Haymitch, ni mucho menos Gale guardándonos las espaldas. Peeta y yo andamos hasta acabar agotados, las personas que vivían en aquellas chozas de aspecto antiguo, me recibían con los brazos abiertos, querían cebarnos con alimentos hechos por ellos mismos, y no dejaban de cubrirnos de besos y abrazos. Por fin salimos a campo abierto y entre las cosechas, un pájaro nos siguió hasta la puesta de sol. Dada mi última patología, el ver a Prim y a Cinna, pensé que vería a Rue, pero todo lo que llegué a experimentar fue creer que de alguna manera, ese pájaro que trinaba, me seguía, y me miraba, me traía el espíritu lejano de ella.

Si los pájaros pudieran sonreír, diría que al ponerse el sol, cuando los campesinos cantaron su canción de tres notas, ese pájaro me sonrió antes de perderse en el horizonte.

Volví cantando la misma canción que despidió a Rue de la vida.

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Estamos en el 13, un lugar gris. Siguen viviendo bajo tierra, aunque algunas casas prefabricadas salpican la superficie. Hay mercadillos con aspecto de juguete. La población no se deja ver, los pocos transeúntes tienen un gesto adusto. Nos alojamos en una de esas casas prefabricadas. Esto podría ser cualquier cosa, pero nunca podría llamarse hogar.

La hostilidad con la que somos recibidos nos empequeñece, tanto Peeta como yo nos pasamos toda la tarde de preparación del discurso callados y taciturnos.

Peeta está sentado con los brazos reposados a lo largo de los reposa brazos de un enorme sofá con aspecto incómodo, las piernas ligeramente flexionadas, con las rodillas muy distantes una de la otra. Repaso por vigésima vez mi discurso, un discurso que pasa de puntillas sobre el asesinato de Coin (ya hable sobre ello en la entrevista), entra un poco más en detalle sobre mis sospechas sobre ella y se desarrolla en todas las sospechas sobre el que pretende ser el nuevo gobierno. Todo ello abalado con informes del gobierno de Paylor. No sé si esto hará que confíen en mí o que acaben de odiarme. Dejo caer un resoplido, estoy cansada, porque está claro que no me gustan las multitudes, no me gustan los discursos, ni siquiera me gustan las ovaciones. Alcanzo a Peeta, ocupo el espacio entre sus piernas, él repara en mí con unos segundos de desfase, como si estuviera en un mundo muy lejano y de este no le llegara ni mi presencia entre sus piernas. Me hago un ovillo ahí, y sigo leyendo los papeles, leo varios párrafos, miro a un punto fijo y repito el discurso en mi mente.

-Cómo lo llevas- pregunta Peeta, mientras peina mi melena entre sus manos.

-Bastante memorizado- me besa suavemente los labios, y retira con delicadeza los papeles de mis manos y los deja en la mesa de centro- ¿Y tú? ¿Dónde estabas?- se encoge de hombros.

-No lo sé, no me siento seguro aquí. Creo que esta gente está realmente insatisfecha, y creo que algo se nos escapa de todo esto. Hay una intención que va más allá de ganar unas elecciones- se remueve el pelo- he estado leyendo, creo que me gusta la historia- sonrío, hay algo de la faceta lectora y culta de Peeta que me resulta embriagador- y hay lugares que nunca se integran y buscan su propio camino ¿entiendes?

-No lo había pensado.

Peeta me cuenta historias de naciones fragmentadas, de lugares convulsos, incluso se levanta para coger un libro tan ancho que me impresiona ver sobresalir el marca-páginas en lo que debe de ser la hoja setecientos y mucho.

-Esta no será tu lectura ligera, ¿no?- Peeta me mira serio, no está acostumbrado a que bromeé, después ríe.

-Idiota.

Me lee algún capítulo, habla de cosas que jamás se me habrían pasado por la cabeza, de naciones que fueron totalmente destruidas, continentes enteros. Me doy cuenta de que el mundo era inmenso, y ahora, somos una porción insignificante de la tierra.

-¿Y qué hay ahora allí?- pregunto, pensando en aquellos continentes, pensando, quizá, en cambiar radicalmente de vida en un mundo nuevo, donde nadie nos conozca.

-Tierra yerma, contaminación, lugares donde no crece ni una planta- veo imágenes en blanco y negro, retratos de personas de otro tiempo, historias que me son imposibles de concebir. Y volvemos al tema de los territorios que no colaboran, que en un momento dado deciden que son otra nación.

-Así que esa es tu teoría, crees que el Distrito 13 irá más allá- Peeta asiente- mejor para nosotros, ¿no crees?- a penas lo he preguntado cuando me doy cuenta, casi hablamos al unísono.

-Las armas nucleares.

-Siguen activas- murmuro.

-Estoy seguro de que Paylor tiene un plan para desmantelar esas armas, y si es así, les interesará negociar con Nestor Coin. Tenemos que conseguir información sobre ello- me apoyo en su pecho, busco su corazón, y acaricio la perla entre mis dedos.

-No veo la utilidad de ir más allá- musito- ¿Por qué tendríamos que investigar nosotros? No podemos hacer nada contra sus armas, eso ya es una misión de seguridad- Peeta suspira, me estrecha y me besa la frente. Entonces su mirada, azul y cristalina, repara en mi clavícula, recorre la cadena de plata con sus ojos y su mirada termina de perderse por el casi imperceptible surco que se forma entre mis senos. Conozco esa mirada. Me acaricia con los dedos, tiemblo brevemente.

Si hay algo que necesita, es dejar de pensar, y si hay algo que necesito yo, es sentirle. Me levanto lentamente, le tomo la mano y él me sigue.

El dormitorio es realmente sobrio. La cama está vestida con sábanas rígidas y ásperas, el colchón es duro, la almohada es tan fina como un folio.

-Vuelvo a sentirlo, vuelvo a sentir que mientras no estemos seguros, hay que seguir luchando- susurra, mientras le beso el cuello- Tenemos acceso al gobierno, y podríamos tener acceso a Defensa- un tirante se desliza por mi brazo. Siento un escalofrío, coloco el tirante sobre el lugar donde estaba.

-¿Acceso a Defensa? ¿De qué hablas?- pregunto, a la defensiva.

-De Gale.

Desde luego, si hay algo que no pensaba escuchar nunca en una cama junto a Peeta, es el nombre de Gale. Me levanto, y siento como si se hubiera echado una maldición en esta cama, en este dormitorio.

-¿Quieres que interrogue a Gale? ¿Para qué?- me siento en el borde la cama, y me llevo las manos a la nuca. Por suerte, hasta mañana no tenemos el discurso en el Edificio de Justicia, tengo toda la noche y toda la mañana de mañana para relajarme.

-Para nada, perdona- Peeta se sienta tras de mí, sus piernas abiertas me flanquean, comienza a besarme los hombros y el cuello.

-Oye, voy a seguir repasando el discurso- noto su frente apoyada en mi espalda.

-Últimamente hablo demasiado, ¿verdad?- me levanto, y le dirijo una mirada malhumorada.

-Sí- miento.

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Salgo a tomar el aire después de la cena, mientras Peeta lee su extenso libro, de vuelta al sofá, con una concentración febril. Cuál es mi sorpresa cuando veo a Gale sentado en el rellano, fumando un cigarrillo. Al escucharme tras él se levanta abruptamente y tira el cigarrillo al suelo, espachurrándolo con el pie. Casi parece que se cuadra, como si yo fuera un teniente militar y él un soldado raso.

-Descanse soldado Hawertone- le digo, haciendo un gesto leve con la mano cerca de mi frente, él se ríe, su sonrisa es familiar, después de mucho tiempo, se parece a mi amigo Gale.

-Soldado Everdeen- asiente. Ambos nos sentamos en el rellano. En realidad no me gusta que Gale merodee por las inmediaciones al lugar donde me hospedo, pero desde luego me gusta menos descubrir cuatro guardas en diferentes puntos de los alrededores.

-¿Desde cuándo fumas?- pregunto, tras un prolongado silencio.

-Da la sensación que desde siempre- sonríe, con sus dientes extremadamente blancos. Los músculos de su cuello se marcan con cualquier gesto que realice.

-Vaya, pues qué bien lo ocultabas- cojo una piedrecilla y la tiro a lo lejos.

-Sí… cómo tantas cosas- le miro alarmada, y trato de no interpretar sus palabras.

-Gale, ¿va todo bien?- inquiero, él me mira como si le pusiera en un apuro, entonces puntualizo –quiero decir, ¿debería preocuparme que cinco guardas de seguridad custodien los alrededores?- se muerde el labio ligeramente.

-Es un tema muy complejo, verás, hay locos en todas partes, ¿sabes? Te puede hacer daño con la misma pasión un admirador como un enemigo.

-Por favor, Gale, ¿qué te han hecho?

-Son cosas que te enseñan en Defensa. No te sorprendas. Paylor ha sufrido ataques de los dos tipos- pone gesto de sorpresa, supongo que no me tenía que contar eso. Pero aquí, en penumbras, en confianza, parece que somos los dos amigos que charlaban de sus cosas en el bosque, sin cortapisas.

-Me interesa más el tema de los enemigos que el de los admiradores- sonrío. Se encoge de hombros.

-Nadie con nombre y apellidos, supongo- se vuelve a hacer el silencio, veo que toca de forma nerviosa su bolsillo.

-Por mí no te cortes- musito, y finalmente saca su pitillera y enciende un cigarro, aspirando el humo con gran placer.

-Oye, ¿cómo llevas lo de tu madre? Es muy raro, ¿no?- hace una pausa para tomar otra calada- ¿Haymitch? Nunca se me hubiera pasado por la cabeza- Tiro otra piedrecita a la oscuridad. Mirar al fondo de la nada, de este lugar inhóspito y minimalista, me hace sentir en un sueño extraño. Las casas prefabricadas recortan el azul de la noche trazando siluetas irreales.

-Sí, es raro, inesperado. Supongo que debí sospecharlo, pero estaba demasiado anulada para darme cuenta- me parece vislumbrar que Gale se ruboriza.

-Fue una suerte que Peeta se recuperara a tiempo- suelta, mirándome con aflicción, y noto esa punzada en el pecho, ese poso de amargura en Gale.

-Me devolvió la vida- confieso, pero lo siguiente lo guardo para mí misma "por segunda vez"- ¿y tú?- pregunto con temor y una cierta aspereza, durante un tiempo me pregunté cómo superaría Gale todo lo vivido, pero después, cuando mi supuesto mejor amigo me abandonó, aprendí a dejar de preguntarme por él.

-¿Yo? Me he limitado a no pensar. Entreno, trabajo, entreno, me alimento, descanso…

-Y sales con Johanna.

-Y salgo con Johanna- no me mira a los ojos cuando lo dice, en su lugar, carraspea.

Se vuelve a hacer el silencio entre nosotros, hasta que lo rompo con un gruñido, me levanto, estiro los brazos y decido volver al apartamento. A modo de despedida, le doy una palmada a Gale en el hombro, está tan duro que incluso me hago daño.

En el interior de la casa, Peeta sigue en el mismo sillón, parece que sigue leyendo con los ojos entrecerrados, pero cuando me acerco compruebo que está dormido. Retiro el libro de sus manos y le dirijo a la cama, trata de meterse entre las sábanas vestido, así que le quito la ropa y al final se acurruca en el duro colchón, me busca torpemente, y se duerme estrechándome contra él.

-Gracias por salvarme la vida- le digo al oído, se encoge un poco, y sigue durmiendo profundamente.

Aunque intento pensar en cosas reconfortantes antes de dormir, como por ejemplo, estar de nuevo en nuestro hogar, el huerto en un día soleado, o el bosque, tengo sueños angustiosos en algún momento de la madrugada. En mi sueño, Coin y su hermano están juntos y amenazan Panem con ataques de misiles nucleares. El sueño es bastante ridículo, tanto, que en un momento dado me doy cuenta de que estoy soñando y despierto. Los misiles son gigantes, y apuntan a cada distrito desde una especie de rudimentario cañón de dimensiones imposibles. Cuando despierto bebo mucha agua y siento la necesidad de saber si realmente el 13 es una amenaza para la seguridad de Panem.

Cuando vuelvo a cerrar los ojos vuelvo a soñar, pero esta vez es un sueño muy distinto. Estoy en el colegio, todos a mi alrededor son niños de entre cinco y siete años. Veo a Peeta entre ellos, una señora le agarra con fuerza de la mano y le llama inútil, cuando le suelta, veo que le ha dejado una marca muy roja en la muñeca. Me acerco al niño, y le tomo la mano. Peeta me mira con sus ojos grandes y azules, muy brillantes, recuerdo vagamente sus mejillas sonrosadas, sus labios finos y su mirada clara, lo recuerdo poco, porque no tenía tiempo para fijarme en él. Aunque él es un niño, yo sigo teniendo mi edad actual, le tomo la mano y le pregunto si le duele, pero entonces él solo me dice:

-¿Hablo demasiado, verdad?- y no sé por qué, aquella pregunta me parte el alma.

A la mañana siguiente, mientras desayunamos, le digo a Peeta que él nunca habla demasiado, que me gusta escucharle, y que no deje de contarme lo que piensa. Él frunce el ceño extrañado, sonríe, y asiente, y continúa comiendo cereales con leche como si nada.

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He dado mi discurso en el balcón del Edificio de Justicia, como en los anteriores Distritos. He vapuleado todo lo que he podido al partido Nueva Era, y Nestor me ha mirado impertérrito desde la primera línea de personas que se encontraba en el patio. La multitud era escasísima, y sospecho que solo concurría por mera curiosidad, sin embargo, un sector de la misma miraba con cierta admiración a Peeta, que al fin y al cabo salvó el Distrito a costa de su propia integridad.

En cualquier caso es evidente la división de posturas en el 13, como también lo es el oportunismo de Nestor Coin, al menos para mí. De hecho, Coin pide la palabra y nadie se la niega, para dar ejemplo de democracia, una palabra hasta hace poco desconocida en Panem. Paylor soporta estoicamente que suba al palco, y él expone con seriedad y fingida franqueza su plan de gobierno aunque, curiosamente, en lugar de arremeter contra mí por el asesinato de su hermana, trata de hacerme ver como una víctima más de la mala gestión de Paylor. En realidad, paso un rato bastante malo, en especial cuando aquel hombre espigado y frío, tan sorprendentemente parecido a Coin, me rodea con su brazo largo y ligero, para demostrar que no me guarda ningún rencor.

Como no tengo un discurso de contra ataque, todo el alegato de Coin contra el gobierno de Paylor cierra el evento comunicativo, dejando una sensación de extrañeza en el equipo, y rodeando al líder de la oposición de un halo de sinceridad e inteligencia, que dista mucho de la realidad. Lo cierto es que su programa es estúpido, habla de la seguridad, de la unión, y de la integridad del país, incide en exceso en la protección de los habitantes, y habla de los hurtos, los robos con violencia y los "incidentes violentos" que se están produciendo por todo Panem de forma paternalista. Cuando va a abandonar el balcón, cuando casi ha desaparecido, me pregunto por qué si le importa tanto la seguridad de la población, sigue manteniendo activa su fuerza nuclear, ¿por qué es así, no? No lo sé, pero me arriesgo, antes de pensarlo cojo el micrófono y se lo pregunto.

Veo como muchas personas fruncen el ceño.

-Oh vamos, señorita Everdeen, le han informado mal. Nosotros no tenemos ningún tipo de armamento nuclear funcional.

-¿Y eso qué quiere decir?- dice Peeta, acercándose a mi micrófono y rozándome el hombro con su camiseta. Nestor Coin se queda muy quieto, sus ojos parecen chisporrotear chispas heladas.

-Quiero decir que esas armas no son una amenaza porque se encuentran obsoletas, inservibles- comenta, acercándose a su propio micrófono.

-Si es así- prosigo- me gustaría que Paylor confirmara que los misiles nucleares fueron desmantelados- veo que Paylor me dirige una mirada grave y niega con la cabeza- Señora Presidenta- me dirijo hacia ella, cientos de ojos lo hacen también- podría por favor…

-No- interrumpe, de mala gana- no han sido desmantelados, o al menos, no hemos sido informados de ello- veo como Coin urde a velocidad de vértigo un plan b.

-¿Qué pretende decir, Sinsajo? ¿Acaso no fueron esos misiles los que nos mantuvieron a salvo de la tiranía del Capitolio?- levanta las palmas hacia el cielo y barre con la mirada las cabezas que se alzan para mirarnos.

-Oiga- continúo- ¿Son o no "funcionales"? ¿Es comparable el Gobierno del Nuevo Núcleo con el antiguo gobierno?- me obligo a dirigirle una sonrisa burlona.

-Se nota que es joven, si no fuera tan joven, sabría que nunca se está del todo seguro- esta vez podría reírme de verdad, porque si hay algo de lo que podré estar completamente es de eso.

-¿Sabe lo que creo?- suelto, después de sostenerle la mirada en completo silencio- creo que el verdadero peligro está en su partido, en la Dictadura del miedo que pretende imponer. El Nuevo Núcleo no es ninguna amenaza, han creado leyes justas, han eliminado Los Juegos, y cuentan con la décima parte de soldados que el gobierno anterior. Sin embargo, su partido, sigue apuntándoles con sus misiles- me cuesta creer que esta retahíla política este saliendo de mis labios.

-No tienes ni idea de…- ignoro su interrupción.

-Un solo misil ¿cuánta fuerza tiene? No lo sé… ¿podría destruir un distrito entero?- alguien carraspea cerca de mi micrófono, es Gale, con las manos a la espalda y gesto elegante, fuerte y profesional dentro de su uniforme.

-Aproximadamente las dimensiones de los Distritos 11, 8 y 13 juntos- concreta, y añade: -con dos de los 23 misiles de los que están armados podrían destruir medio Panem- Paylor, a la que nunca he visto torcer los labios con brusquedad hasta hoy, parecía amonestar a Gale solo con la mirada.

-Se están equivocando con sus alarmistas conclusiones, y sus tergiversaciones malintencionadas- dice Coin, elevando la voz, compruebo que para mantener un tono grave y severo debe mantener un tono bajo, porque al elevarlo, desafina. Eso le da un aire de patético- si realmente les interesa la seguridad de Panem, lo correcto no es hablarlo de esta forma infundada.

-Muy bien- carraspea Paylor, uniéndose a la ofensiva sin remedio- si lo que quiere es preparar un discurso a medida, hágalo, pero hágalo bien, porque nosotros lo haremos concienzudamente- dirige una mirada tenaz al líder de la oposición, despide al gentío, y nos disolvemos, preparados para la reprimenda.

Sin embargo, la reprimenda no llega, por lo menos, no a Peeta ni a mí. Paylor solo se dirige a Gale, y se lo lleva a otra estancia, mientras Plutarch nos mira negando con la cabeza en silencio, después se acerca y nos susurra: "en realidad ha estado bastante bien".

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Tras el acto, se celebra un buffet libre en el salón principal del Edificio de Justicia, la gente puede comer allí o llevarse la comida en bolsitas de papel.

Voy por los mostradores poniendo diferentes alimentos en mi bandeja: puré de calabaza, estofado, ensalada de rúcula, pavo asado, patatas fritas, etc. Lo cierto es que estoy hambrienta, supongo que por los nervios que me ha causado la improvisación. Peeta se ríe de mí mientras sirve en la suya cantidades modestas y variadas. Nos sentamos en una mesa junto con mi madre y Haymitch y con el equipo de gobierno. Mi madre me frota el hombro y hace un leve asentimiento, lo que quiere decir que le ha gustado mi intervención. En una mesa próxima se encuentran Gale y sus compañeros de Defensa, le localizo sin pretenderlo y veo que parte pan con energía, detecta mi mirada y me guiña un ojo simpáticamente.

-Qué le pasa a Gale, ¿le ha dado un tic?- dice Peeta mientras adereza su ensalada, me mira brevemente con una media sonrisa- es broma.

-Ayer descubrí que vigilaban el apartamento.

-Lo sé, iba a salir contigo pero vi que estabais charlando en el rellano- le observo brevemente, tratando de atisbar si está molesto por ello.

-Parece una protección excesiva- alcanzo el aliño y aderezo también mi ensalada, aunque después de hacerlo me lanzo a la comida caliente dejándola para lo último.

-No creo.

-Hasta ahora no hemos visto ningún accidente, ningún ataque ni nada extraño, me gustaría saber en qué se basan-añado.

-Puede que, de no haber estado lo suficientemente protegidos hubiéramos sufrido algún ataque- me lleno los carrillos de puré.

-Puede ser.

La velada pasa con tranquilidad, Paylor es especialmente agradable con mi madre, al verla hablar con ella parece una persona normal, o debería decir sencillamente una persona. Abandona su rectitud militar y se comporta como un comensal más, ni siquiera parece la presidenta. Haymitch también charla animadamente, y observo que no se sirve ni una gota de vino. Curiosamente, nadie habla de política, al menos no en lo que respecta a controversias, hablan de los Tiempos antiguos, de la democracia, de buenos augurios y de anécdotas.

Aunque Haymitch haya decidido esta noche no probar una gota de alcohol, yo lleno las copas de Peeta y mía, los dos estamos cada vez más joviales, y nos reímos uno del otro, yo de sus mejillas sonrosadas, él de mi "risita de conejo". No consigo acabarme la cena, como era de esperar, así que Peeta cuando acaba con la suya sigue con la mía. Después, tomamos un par de copas más y nos animamos a salir a bailar, han puesto una música muy suave y ambos nos agarramos en medio del salón, y bailamos con nuestros labios rozándose.

La canción es curiosa, parece traerme recuerdos de días felices y, a la vez, me da una cierta tristeza. El efecto del vino es embriagador, hace que el olvide todo lo que me rodea, que me sumerja en los ojos azules de Peeta, y que la melodía, su tacto, y nuestros cuerpos meciéndose sean lo único de lo que depende mi felicidad, mi calma.

Peeta me toma la mano con delicadeza y me hace dar una vuelta completa y caer sobre sus brazos. Oigo que Gale grita desde su mesa: "¡Eh, poner algo más animado que esto no es un funeral!" y la música cambia a algo rítmico, alegre y gracioso, que invita a mover el cuerpo de cualquier manera.

Algunas personas se animan a salir a bailar, entre ellos un puñado escaso de habitantes del 13, Gale baila con dos chicas que no sé de dónde han salido, y Plutarch trata de hacer algún movimiento digno con su copa de vino en la mano mientras Cressida revolotea a su alrededor.

Lo cierto es que la Gira de la Verdadera Victoria ha parecido un funeral hasta este momento, Gale tiene razón. Me ruborizo cuando Peeta empieza a hacer el tonto, pero dado el alcohol de más que nubla mi cabeza, no tardo en unirme a sus tonterías. Entre los ojos que nos miran desde las mesas distingo los ojos azules de mi madre, claros y bonitos, que me miran con satisfacción. Siento un súbito cariño hacia ella y voy a buscarla a la mesa, ella se niega poniéndose muy colorada, pero al final consigo levantarla y arrastra a Haymitch con ella.

Me río descaradamente de Haymitch que no hace más que tratar de escaparse de la pequeña sala de baile mientras Peeta, mi madre, y yo, le obligamos a seguir haciendo el payaso.

Creo que no me he reído tanto en mi vida.

Tras el desenfreno de música estridente, y seguramente bastante mala, vuelven las lentas, y entonces algunos abandonan el salón. Mi madre abraza a Haymitch y ambos se limitan a bambolearse, Haymitch está tan colorado que parece haber bebido aunque vaya sobrio, cuando pasa cerca de mí me susurra: "me las pagarás, preciosa" y yo me limito a guiñarle un ojo, momento en que Peeta me coge del mentón y me dice con la voz tomada, "¿Otra vez?" y entonces le guiño el ojo a él, él intenta hacer el mismo gesto, pero en lugar de hacer un guiño suave cierra el ojo con fuerza, me rio tanto que me duele el estómago.

Dolor de estómago, empieza con la risa pero se extiende por mi abdomen con rapidez y abrasión. Trato de ignorarlo, pero al parecer algo me ha sentado mal.

-Creo que he bebido demasiado- le digo a Peeta, y me agarro el vientre.

-¿Te duele la tripa?- me dice, con gesto de preocupación.

-Voy a ir al baño.

-Voy contigo.

Ambos preguntamos a un hombre de aspecto soso y aburrido, vestido de gris, por el servicio femenino. Nos lo tiene que señalar varias veces porque no soy capaz de enterarme. Peeta y yo nos dirigimos allí, bamboleantes.

-Te espero aquí- dice en la puerta, pero entonces un espasmo me recorre todo el cuerpo y se ve obligado a acompañarme al interior. Empiezo a sudar de una forma desmesurada.

Veo mi imagen en los espejos, los ojos grises, el pelo ligeramente ondulado, muy oscuro, cayéndome por la cara ovalada y aceitunada, algo más llena que meses pasados, y notablemente más rellena que hace un año. Mi cuerpo está cubierto por un vestido Beige que me eligió mi madre, y lo cierto es que me gusta cómo queda, me hace un cuerpo más ondulante de lo que en realidad es. Peeta pone sus manos en mis caderas y me besa el pelo. Trato de concentrarme en nuestra preciosa imagen, su pelo corto bien peinado, tan rubio, sus extensas pestañas, su bonita camisa de color marino, y sus manos pálidas sosteniéndome.

Las gotas de sudor arrastran el colorete nacarado que yo misma me apliqué, me duele tanto el abdomen que empiezan a saltárseme las lágrimas. Dos convulsiones más me obligan a agarrarme al lavabo.

-Katniss, ¿cariño?- salgo corriendo al wáter y vomito toda la comida y algo más, un líquido amarillo de olor muy fuerte- me sorprende que beber un poco de más me haya afectado tanto.

-Nunca bebo alcohol, no es más que eso- le digo, tratando de que se tranquilice, pero parece muy angustiado.

-Vamos al hospital.

-No, sería un escándalo mediático. No me gustaría tener que responder incómodas preguntas sobre una simple borrachera.

Me enjuago la boca, me siento algo mejor, pero tengo un dolor generalizado por todo el cuerpo. Desde luego, no es nada agradable como me siento, pero lo he pasado tan bien que no estoy segura si no compensa. Determino que no, en la siguiente convulsión, que hace que me retuerza de cuclillas en el suelo.

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Mi madre le da instrucciones a Peeta de lo que debo beber y comer, le da unos sobres de un polvo que Peeta debe mezclar con el agua, al parecer no puedo beber nada más que eso, y le dice que no coma otra cosa que no sea compota de manzana, y le da más sobres, que al parecer al mojarse se vuelven en algo similar a la compota.

Todo es asqueroso. Paso la noche dando vueltas, tengo fiebre, y vomito cuatro o cinco veces más. Empieza a arderme la piel, tengo fiebre. En algún momento la fiebre llega a un punto en el que creo que estoy delirando.

-Oye Peeta, sea como sea, no quiero ningún vestido ¿vale?- le digo, soy consciente de que estoy soltando incoherencias, pero a pesar de ello no puedo parar- dile a Haymitch que me lo enseñe ya o que lo tire.

La paciencia de Peeta llega a su límite cuando vomito una pastilla antipirética y me echo a temblar. Le escucho hablar con mi madre, le grito improperios porque no quiero ir al hospital. Todo esto no puede ser causado por el alcohol, pero en mi delirio, creo que no saberlo puede ayudarme. Quiero dormir y que sencillamente pase solo.

Peeta me acerca una palancana, doy dos arcadas secas y noto como me arde un costado. Un dolor agudo me sube por la espalda, veo que Peeta tiembla, especialmente la mano que toca con gravedad sus labios.

-No puede ser- musita.

-¿Qué ocurre?

-Cariño déjame encender la luz.

-¡No!- grito histérica, y al gritar noto que el órgano que irradia el dolor se encoge, y se queda así, encogido, empiezo a gemir. Peeta enciende la luz y por un momento da la impresión de que se va desmayar- ¿Qué me pasa?- grito de nuevo.

-Tranquila, vamos al hospital- dice él, con el gesto desencajado.

-¡Qué miras!- algo me lleva a dirigir mis ojos a mis manos, mi piel está amarilla, le miro de hito en hito. Él no articula palabra, cierra los ojos con fuerza y los vuelve a abrir. Intento decir algo pero solo me sale un balbuceo.

-Katniss- me coge la mano- creo que te han envenenado- una lágrima solitaria cae por su mejilla y como si hubiera estado esperando esa revelación todo el tiempo, pierdo la consciencia.

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N/A: gracias por llegar hasta aquí, si has leído hasta aquí, la verdad es que estoy temiendo este capítulo porque no he tenido tiempo de corregirlo bien, y si cuando leo el cap 5 veces sigue teniendo fallos, no me quiero imaginar ahora...

Nos leemos =)