N/A: buenas a todos, y gracias por leer. Quería comentaros que he dividido la historia en dos partes, y aquí comienza la segunda, hay dos saltos en el tiempo importantes en este primer cap de la segunda parte, si no lo hacía así la historia iba a ser hiperlarga y con excesivo detalle, creo que no queda mal, ya me comentaréis. Quería deciros que vuestras sugerencias han sido, en su mayoría, volcadas en el fic, no sé si os habéis dado cuenta, pero me han venido de maravilla; también quería comentar que me alegro mucho de que algunos me hayáis añadido al Facebook o hayáis dejado que yo os añada, habréis descubierto que ando un poco fatal de la cabeza, pero os aseguro que soy buena gente XD Espero que os guste, los próximos capítulos creo que van a ser los que más disfrute escribiendo. Un abrazo.

SEGUNDA PARTE

Nueva vida

Capítulo 1

"Os declaro…"

Uno mira a los operarios trabajar en nuestra casa, ellos se sienten incómodos, supongo que a cualquiera le inquietaría que un joven lobo de veinte kilos pusiera sus ojos fijos y negros en su espalda. Está sentado a los pies de Peeta, que tiene los brazos en jarras y mira también como los trabajadores colocan las nuevas ventanas en sus bisagras.

Yo me encuentro en el pie de la escalera, sentada, mordisqueando una zanahoria y tratando de no perder la calma y echarles de casa.

Desde que me envenenaron en la Gira de la Verdadera Victoria Peeta se ha convertido en un amante de la seguridad, en un paranoico, básicamente. Después de suplicarme poner ventanas y puertas blindadas y conseguir mi aceptación del plan, está tratando de adiestrar a Uno para vigilar la casa (algo que no creo que Uno necesite), lo curioso es que Haymitch se ofrece de sparring gustosamente.

Enterarnos de que agentes de seguridad vestidos de paisano han estado vigilándome desde que me dejaron en mi casa tras la guerra, solo ha servido para reafirmar su obsesión por la protección, Peeta se rige por el lema del "por algo será".

Lo cierto es que han pasado casi cuatro meses desde aquello y todavía sigo una dieta especial para el hígado, continúo en tratamiento y tengo revisiones médicas todos los meses.

Pasé veintitrés días en el hospital, la mitad de ellos en coma inducido. El veneno se introdujo en cada víscera, cada órgano fue fallando, uno por uno. Todo mi cuerpo se mantenía conectado a máquinas, lo único que no podía ser sustituido por ellas era mi cerebro, si mi cerebro moría, no había nada que hacer. Todo eso fue demasiado para Peeta, tuvo que medicarse de nuevo, estaba bastante convencido de que me vería morir, había leído en su libro de historia que en otro tiempo era usual envenenar a los enemigos políticos y que tarde o temprano fallecían al no saber identificar el veneno. Peeta no contó con que aquellos eran otros tiempos, la tecnología de nuestro mundo, al parecer, es muy superior.

Dieron con el veneno al quinto día, depuraron mis órganos, me cambiaron toda la sangre del cuerpo, y poco a poco volví a la vida.

Todos esos días los pasé sumergida en otro mundo, en un mundo que mi mente construyó para, quizá, relajarme, ayudarme a cerrar un capítulo de mi vida.

Estaba en un lugar luminoso y extraño, yo sabía que mi cuerpo estaba muy lejos de mí, y sabía que aquel lugar era especial, porque allí se encontraban muchas personas que ya no estaban conmigo.

Cuando el hombre moreno, de pelo oscuro y cuerpo esbelto se giró, clavó sus rodillas en la tierra y abrió sus brazos, volví a ser niña otra vez. Mi padre me abrazó, sentí su calor, aspiré su olor, besé su rostro y, curiosamente, no pude llorar, porque estaba llena de alegría.

En aquel lugar nadie hablaba mucho, no era necesario, al mirarnos, al tocarnos, al reírnos, sabíamos todo lo que queríamos saber.

Mi hermana estaba sentada en el césped, aquel entorno se parecía a la pradera, salvo porque era infinito. Su cabra Lady estaba tumbada en su regazo, y ella le cosquilleaba con las yemas de los dedos.

-Te pondrás bien Katniss- fue lo único que dijo.

No sé cuánto tiempo estuve con Prim y con mi padre, caminando en el bosque, calentándonos junto al fuego en la caseta, nadando en el río. Allí podía ser cualquier estación, en cualquier momento, pero nunca teníamos demasiado frío, ni demasiado calor.

También vi a Cinna, él estaba sentado a la orilla del mar. Llevaba una ropa de aspecto sedoso y cómodo, y perdía sus oscuros ojos en el horizonte. El sol daba un brillo especial a la pintura dorada de sus párpados.

-Enhorabuena, chica en llamas- me senté junto a él, le tomé la mano, y vimos caer el sol en completa calma. Me besó la frente, y desapareció, pero no sentí lástima, no había cabida para la pena.

Caminaba, descubría lugares nuevos, personas que se habían ido y que allí parecían felices. Incluso, me encontré con mis abuelos. Y por supuesto, me encontré a Rue, bailando entre las flores, en una primavera repentina. Junto a ella trepé por los árboles, saltamos de rama en rama sin temor, y cantamos con los sinsajos.

-Sé feliz- me susurró al oído, y cuando dejé de verla, una cabellera rubia, un perfil perfecto, entró en mi campo de visión.

Bajé del árbol de un salto y me encontré con Finick. Él estaba frente a un árbol muy robusto, clavaba una espita en el tronco y bebía la dulce salvia, acercó uno de sus finos dedos a mis labios y los manchó con aquel líquido dulce, estaba realmente rico.

-No pierdas un segundo, Katniss- me limité a asentir, y él me rodeó con un brazo- ¿Quieres vivir?

-Más que nunca- él sonrió y entonces, fue como si una mano enorme me tirara del cuello de la camisa.

Mi cuerpo volvió a ser pesado, la respiración dejo de ser ligera y pausada. Todo mi ser era un aparato oxidado, me molestaba la luz, estaba entumecida. En mi campo de visión entró el rostro dulce de mi madre, lleno de lágrimas, y sentí sus labios posándose en mi frente.

-Tranquila, cielo- me dijo, cuando me angustié al sentir los conductos de plástico insertados en mi nariz, las vías colocadas en mis muñecas, y otros tubos insertándose en cavidades imposibles- Ahora pasarás unos días aquí recuperándote, al principio será desagradable, pero pronto estarás bien.

Busqué a Peeta con la mirada, y mis ojos se encontraron con Haymitch, que me acarició la frente con su mano grande y basta.

-Hola Katniss- me saludó, tenía un aspecto muy cansado, intenté sonreírle- Peeta está ahí- me señaló a un chico despeinado, que dormía con gesto afligido.

-No le despiertes- dije con mucho esfuerzo.

-No nos lo perdonaría- dijo mi madre- tengo que avisarle de…

-No- insistí- por favor, echadme la culpa a mí- mi madre sonrió brevemente.

-De acuerdo, cariño- me besó el pelo y me dejó a solas con él.

Le miré todo el rato hasta que, de repente, dio un brinco y se despertó, como si alguien le hubiera asustado. Llegó hasta mí dando un traspié y se arrodilló junto a mi cama cogiéndome la cara con las manos muy temblorosas. Tenía los ojos inyectados en sangre, y las pupilas muy dilatadas. Abrió la boca como si fuera a decir algo y después la volvió a cerrar. Finalmente apoyó su frente en mis manos respirando con fuerza, haciendo un ruido profundo en cada bocanada.

-Tranquilo- le susurré, y alargué mi mano para acariciarle la espalda cómo pude, con gran debilidad, dudando incluso que sintiera mi tacto.

-Ni siquiera sé qué decir

-No digas nada- susurré- solo quédate conmigo- entonces me miró, su respiración se acompasó un poco y musitó:

-Siempre.

.

Detuvieron a todos los encargados de cocina y descubrieron restos de veneno en una sola la copa, obviamente la mía. Casualmente las cámaras del 13 no grabaron el ángulo en el que me encontraba, así que no hay ni un solo sospechoso de mi envenenamiento, a no ser que se considere sospechoso a todo el equipo organizador del evento.

Gale está frenético tratando de resolver el caso, se considera responsable directo aunque, en realidad, hay todo un equipo tras de él que no fue capaz de detectar nada extraño.

Lo cierto es que no logro comprender porque me encuentro tan serena, porque este hecho no me ha ensombrecido, sino al contrario, siento que he renacido y siento que el tiempo que tengo es totalmente efímero e incierto, que no debo preocuparme porque no puedo prever lo que va a ocurrir. En mi vida, he temido multitud de momentos, los he esperado con pavor, y no ha ocurrido nada tan terrible como lo que me imaginaba, en otros, he creído que más o menos todo estaba controlado y me he encontrado en una situación imprevisible. ¿Quién iba a imaginar que acabaría la Gira de la Victoria envenenada? ¿Y quién que mi hermana Prim cogiera la única papeleta con su nombre entre miles? No sé qué va a ser de mí, no puedo permitirme tanta angustia.

Sin embargo, Peeta, afronta algo muy distinto, con mi envenenamiento, ha entrado en una nube oscura de sospechas y miedos. Yo que antes a penas me daba cuenta de sus pesares nocturnos, ahora despierto con él cuando lo acosan las pesadillas, abro los ojos instintivamente cuando su peso desaparece de la cama, y le persigo por el pasillo hasta que logro que tome una tila y vuelva a dormir.

Sea donde sea a donde vaya Uno va conmigo, no sé cómo Peeta se comunica con él, el vínculo que han establecido me supera, pero el lobo sabe cuándo tiene que seguirme. Lo hemos hablado decenas de veces, no puede hacer nada por evitar que me ocurran cosas malas.

-Si algún día tenemos hijos- le murmuro un día, en la cama, mientras juego con su flequillo luminoso entre los dedos- ¿qué harás con ellos? ¿Qué harás para que no se escapen de tu control?- Peeta gruñe.

-No pretendo controlarlo todo, solo mantener un mínimo de seguridad. Katniss, tenías razón cuando temías por nuestra protección, es cierto que el mundo es inseguro, hostil, y que todavía no hemos alcanzado la paz.

-Es cierto que no hemos alcanzado la paz, pero creo que no podremos alcanzarla nunca completamente. Peeta, antes del incidente…

-Intento de asesinato- me interrumpe, asiento.

-Antes de que intentaran asesinarme vivía con demasiado miedo, ahora no- Peeta frunce el ceño.

-Entonces ¿te encuentras mejor que antes o solo te gusta llevarme la contraria?- exhalo profundamente, el aire me refresca los pulmones.

-Me encuentro mejor que antes- me toma la mano y la agarra sobre su pecho.

-Me alegro.

-Pero ahora, ¿qué pasa contigo? Sufres, como yo sufría cuando estaba asustada, ¿ya no recuerdas como eras antes de lo que me ocurrió?- me mira brevemente, sus pupilas son un puntito imperceptible en universo azul brillante.

-Sí- me sostiene la mirada unos segundos más, levanta grácilmente una mano y la posa en mi nuca, noto su tacto cálido y me acerco a sus labios, que reciben los míos entre abiertos. Nos besamos profundamente, cuando intento separarme de él, él me vuelve a atraer.

-Esto es serio- intento zafarme.

-Echo de menos tu cuerpo- susurra él, haciendo que baje la guardia y pegando mi cuerpo al suyo.

-No hace mucho que…- murmuro, y él vuelve a interrumpirme con otro beso.

Después de una lucha de besos y caricias, de él jugando a quitarme el pijama y yo a mantener cada prenda en su sitio, acabo bloqueada contra el colchón y reparo en lo fuerte que es, aunque siga siendo tan poco ágil como de costumbre, el ejercicio físico le ha dado un aspecto más vital. Utiliza la gimnasia para espantar sus nuevas obsesiones.

Me mira fijamente y yo niego con la cabeza.

-Hablemos primero- digo con un tono a caballo entre la petición y el imperativo. Él asiente derrotado, y se tumba boca arriba en la cama nuevamente, yo recuesto mi cara en su antebrazo y me reconforta que, aunque Peeta se ejercite, su brazo siga siendo blando y confortable cuando está relajado.

Y hablamos. Me dice que se le pasará la paranoia con el tiempo, pero al día siguiente cuando voy al bosque sin Uno acaba preso en la ansiedad.

.

Los días pasan rápido, casi no me doy cuenta. Trabajo con Peeta en la panadería por las mañanas, y por las tardes paseamos, arreglamos el huerto y el jardín, leemos, vemos películas, y a veces visitamos a Haymitch, y a veces mi madre está con él.

Cuando Haymitch me enseña el vestido que Cinna dejó para mí y me entrega su carta, me limito a llevármelo a mi casa, tumbarlo sobre la cama y leer la carta de Cinna mientras acaricio la tela sedosa entre mis dedos. Peeta me deja sola, y Uno rasca un poco el suelo hasta que le dejo entrar, me mira con una expresión realmente profunda mientras leo la carta y se me humedecen los ojos.

Querida Katniss,

Ante todo lamento no estar contigo. Lo siento verdaderamente, pero así tenía que ser.

Debes saber que durante mi vida he vivido dosificando mi disconformidad con la maquinaría para la que formaba parte, he sido de alguna manera la leña que mantenía el fuego de la represión, hasta que llegaste tú y le diste un nuevo sentido a las llamas. Cuando he podido, he manifestado mi disconformidad, me he rebelado, a mi manera, y con gusto lo pagaré con mi vida, como sé que ocurrirá; puedes estar segura que no habrá una forma más satisfactoria de abandonar este mundo que ha destrozado todo mi ser, y toda mi integridad moral.

Mi apreciada Katniss, ahora estoy contemplando este vestido que tienes junto a ti, pensando que probablemente la última vez que nos veamos sea cuando marches al Vasallaje de los veinticinco, y créeme si te digo que me reconforta pensar que un día serás feliz, y quizá te casarás, y lo llevarás puesto. Debo confesar que aunque nunca tomé parte de tu romance, siempre aposté secretamente por los amantes trágicos, y ciertamente, le pedí a Haymitch que no te entregara este vestido si tu boda no era con Peeta Melark, a pesar de que no concebía otro desenlace para ti. Ni siquiera tengo otra carta preparada para otra posibilidad, espero que mi intuición no falle.

Katniss, sé feliz, vive intensamente, aprovecha el tiempo, ama todo lo que tu corazón roto te permita, y sé tan fuerte como te he conocido, tan valiente y buena. No tengas miedo a tener una familia, porque ahora tienes elección.

No te aflijas por los que ya no estamos contigo, ten presente que te acompañamos en el recuerdo. Celebra lo vivido.

Tu amigo, que te quiere:

Cinna

Me pongo el vestido lentamente, mientras siento una cálida levedad en el pecho, una serenidad que no puede ser jovial, pero que tampoco está irremediablemente triste. Cinna está conmigo cuando me pongo su vestido, y lo puedo sentir a mi lado.

Me miro en el espejo y veo que me falta un poco de peso para rellenarlo, quizá la intuición de Cinna funcionó de maravilla al imaginarme casada con Peeta, pero falló al suponer que no estaría irremediablemente flaca.

La dieta que debo de seguir tras el envenenamiento apenas admite grasa, y no sé cómo voy a conseguir engordar, quizá mi madre pueda hacerle unos arreglos.

En el Distrito 12, especialmente en La Veta, no se estilan los vestidos de boda, eso es algo que solo podíamos ver entre los escasos acaudalados, como por ejemplo la familia del difunto alcalde. El mío es realmente sencillo, ni siquiera tiene una cola infinita e incómoda. Es de un color blanco perlado, tiene unas bonitas alas bordadas en la espalda, y el cuello en pico. Las mangas caen como una fuente de seda hacia el suelo, sin tocarlo, y el encaje de la cintura tiene unas filigranas que parecen plumas, a juego con la misma filigrana del cuello. Es cómodo, es bonito, y sobretodo no lleva unos dolorosos zapatos a juego, sino unas sandalias de escaso tacón, perfectamente acolchadas.

Me lo quito con sumo cuidado y siento un cosquilleo ascendente en el abdomen, se me tibian las mejillas, contemplo mi cara ruborizada en el espejo y aunque realmente no me parezca especialmente importante casarme, soy consciente de que voy a sellar algo que creí imposible, que descarté solo porque la vida lo había descartado, el amor, que parecía algo infantil y sin utilidad, es algo por lo que merece la pena seguir existiendo.

Salgo de la habitación con una sonrisa. Abrazo a Peeta por la espalda, está en la cocina, sirviéndose un vaso de leche tibia de un pequeño cazo.

-¿Todo bien?- me pregunta suavemente, dejando el vaso en la encimera y girándose para rodearme la cintura con los brazos, se apoya en el mueble y me mira con la cabeza ligeramente ladeada, el flequillo claro rozándole las delgadas cejas, y los inmensos ojos atrapándome en su mar en calma.

-Muy bien- me yergo para alcanzar sus labios y le beso suavemente, limitándome a sus labios en primer lugar, y acaparando su boca a continuación, el lugar de intimidad que nos pertenece.

Sus dedos se posan en mi espalda y caminan sobre mi camiseta hasta mi nuca, donde me cosquillean el cabello. Me dejo querer mientras presiono mi oído en su pecho.

-Me gusta escuchar tu corazón- me descubro confesando. Entonces él me coge en brazos.

-¿Te parece buena idea?- asiento, y le abrazo del cuello sonriendo hasta que ambos caemos en nuestra cama y nos repartimos todo el cariño que queremos, sin presiones, sin espectadores, sin reparos, ni disimulos. Valoro cada minuto pasado y presente en que somos libres para amarnos, mientras nuestras bocas, dedos y piel se enlazan en un juego amoroso, de esos a los que cualquiera desea jugar.

.

El día de la boda hace un sol radiante. Peeta está en casa de Haymitch preparándose, y yo en la nuestra. No ha sido nada tedioso, he conseguido engordar unos kilos y mi madre ha podido arreglar el vestido para que se ciñera lo justo a mi silueta para quedar bien, pero sin ahogarme. Me recoge el pelo en un moño trenzado, cómodo, del que se desprenden algunos flequillos que mi madre coloca para que me enmarquen correctamente el rostro.

No he podido negarle a mi ex equipo de estilistas que me maquillen para la boda, les hubiera traumatizado para siempre, así que aquí se encuentran, repartiendo sombra y colorete, mientras yo ruego que se hayan ceñido a mis directrices. Cuando acaban tengo que contener mi emoción, han hecho un trabajo espectacular. El maquillaje no es escandaloso, al contrario, parece recoger sutilmente el color del sol en primavera, y mis ojos, los han enmarcado de tal forma que por primera vez el gris de mis iris me parece algo más que un color depresivo, es intenso y me recuerda a la tormenta, a las intensas tormentas que desencadenan lluvias que alegran el huerto y limpian las calles; mis ojos son como una sombra, como un lugar misterioso y cálido, me gustan.

Peeta y yo ya hemos ido a firmar los papeles al Edificio de Justicia, así que en realidad, ya estamos oficialmente casados, pero ambos sabemos que no lo estaremos de verdad hasta que intercambiemos el pan y lo horneemos juntos, en nuestro hogar, con las personas más queridas y allegadas.

Gale me recoge en un coche oscuro mientras Peeta será recogido por otro agente de seguridad, esta parte no me gusta mucho, pero Peeta habla mucho con Gale sobre nuestra seguridad y no quería que ninguna angustia le recorriera en nuestra boda. Así que entro en el coche, veo a un Gale y una Johanna espectacularmente bellos en los asientos delanteros y me cojo del brazo de mi madre que me flanquea junto a Haymitch, hasta que llegamos a la pradera, donde mi madre se ha encargado de acondicionar el lugar. No sé qué extraño ritual piensa hacer Haymitch, pero pretendía que hiciéramos algo llamado votos, que nuevamente, es algo que solo recitan en sus bodas la gente de dinero; por supuesto, no los hemos hecho. Por lo que sé, esto tenía algún motivo religioso, en otros tiempos, pero en nuestra Era dejó de haber cabida para las divinidades, así que entiendo que esto es algo meramente simbólico.

Haymitch está ataviado con un traje que hace que le vea como una especie de pingüino moreno y desgarbado. Insiste en que espere en el coche hasta que "ocupe su lugar" y entonces podré salir. Esperamos poco más de diez minutos y finalmente salimos del coche, Gale se ofreció hace un mes a acompañarme al altar, y decidí que quién mejor que mi amigo para hacerlo, sobre todo ahora que sí parecía haber superado plenamente lo nuestro.

Besa a Johanna suavemente en los labios, se dirigen una amorosa mirada, que tiene un trasfondo que yo no puedo entender, esa parte que es solo de la pareja, que forma parte de su lenguaje único, y me ofrece su brazo.

Mi madre sufre un acceso de llorera repentino y me dice cuanto me quiere mientras me agarra y me suelta los hombros, y finalmente, me cojo del brazo de Gale y me giro y miro al horizonte de la pradera. El verde brillante está moteado de flores, y los invitados están colocados a ambos lados del camino artificial que trazan los setos improvisados. Me quedo sin aire cuando veo a Peeta al final del trayecto, porque es realmente hermoso. El sol le baña de la cabeza a los pies y le da un brillo especial, parece un ángel, con su traje pálido, y una camisa beige brillante de aspecto vaporoso, sin terminar de abotonar. Gale tira suavemente de mí y avanzo, a medida que me acerco le veo con más detalle, sus manos tocándose sobre su abdomen, su mentón levemente inclinado, su pelo peinado cómodamente trazando rubias y brillantes ondulaciones, su rostro alegre, y finalmente, sus iris inmensos encerrando una mota oscura en el centro. Gale me deja frente a él, ambos estamos frente a Haymitch que carraspea llamando nuestra atención, pero no puedo dejar de mirarle, así que Haymitch empieza a hablar.

-Nos encontramos hoy aquí para celebrar la unión de Katniss Everdeen y Peeta Mellark en matrimonio- comienza Haymitch, habla con su tono habitual así que a pesar de su traje y su perfecto y engominado peinado, en realidad parece estar contando un chiste, Peeta y yo no podemos disimular las sonrisas- Peeta Mellark- exclama Haymitch como si estuviera nombrando a los soldados de un ejército- ¿acepta a la señorita Katniss Everdeen como su esposa, para amarla, respetarla, cuidarla, protegerla, así como hacer todo lo que ella quiera hasta que la muerte os separe?- Peeta ríe.

-Por supuesto- Haymitch gruñe- sí, quiero- rectifica Peeta.

-Katniss Everdeen- reprimo un "presente" - ¿acepta a Peeta Mellark como su esposo, para amarle, respetarle, mimarle de vez en cuando y aguantar sus manías hasta que la muerte les separe?

-Sí, quiero- murmuro, Peeta apoya su frente sobre la mía y su pelo me hace cosquillas.

-Muy bien, pues intercambien sus anillos- le miro con el ceño fruncido, Peeta se encoge de hombros, ninguno de los dos hemos visto jamás a nadie casarse de esta manera, así que nos sorprendemos cuando mi madre se acerca y nos da a cada uno un anillo, y entonces me susurra al oído que son los anillos de casados de mi madre y mi padre, los ojos se me irritan un poco, Peeta parece entenderlo aun sin haberla escuchado.

Nos ponemos el anillo el uno al otro con un sencillo "te quiero", sobre los ojos de Peeta se instala una película acuosa, y siento que si le miro demasiado me contagiará su emoción. Recuerdo esos anillos, en los dedos anulares de mis padres, recuerdo a mi madre girarlo en su dedo obsesivamente tras la muerte de mi padre, pero también recuerdo el día que lo besó y lo guardó en el joyero y volvió al mundo con Prim y conmigo.

-Pues yo os declaro- dice Haymitch- marido y mujer, pueden besarse e ir a hornear el pan.

Nos besamos durante unos segundos, enlazando nuestras manos bajo nuestros rostros, los invitados aplauden y lo celebran, y cuando nos separamos celebramos el banquete juntos. Me quedo muda cuando tras recibir las felicitaciones de conocidos y amigos, veo a Effie distinguirse del colectivo, con cara de acabar de llegar y tener intenciones de salir corriendo. Ella mira insegura a su alrededor, Caesar Flickerman también la divisa y no tarde en dirigirse a ella y dedicarla unas palabras que no alcanzo a oír. Me mira, yo la miro a ella, y deseo que se acerque.

No lleva ninguna peluca, sino lo que parece ser su pelo, eso sí, teñido de color rosa pálido y moldeado en comprimidos bucles sobre su nuca. No va pintada estrambóticamente, como la conocí, pero lleva al menos media docena de tonos diferentes en su rostro. Va ataviada con un vestido ajustado, verde, un bolso de color fucsia a juego con sus zapatos, y un exótico y plumífero colgante. La envié una invitación pero creí que nunca vendría.

-Enhorabuena Katniss- me dice con una voz baja y tímida, aunque su apretón de manos es firme- Peeta- asiente ante Peeta y le estrecha la mano- no voy a quedarme, siento llegar tarde, solo quería desearos lo mejor- no consigo articular palabra hasta que me estrecha brevemente en sus brazos, besa la frente de Peeta y se da la vuelta.

-Effie- susurro entonces, debería odiarla, pero no puedo, aunquelo cierto es que tampoco podría decirle nada especial, por eso, solo consigo dirigirla una palabra: -cuídate.

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Bailamos, comemos, los invitados beben ponche, yo zumo, nos hacemos fotos y todos parecen pasárselo bien. Finick Junior se lleva la atención de todos, ya camina torpemente, me alcanza en más de una ocasión chocando contra mis piernas, le recojo en mis brazos y le beso. Por supuesto la presencia del bebé en mis brazos o en los de Peeta dan mucho juego a los invitados, que nos preguntan por "cuándo nos animaremos" o afirman con rotundidad que "no tardarán mucho". Trato de ignorarlos, aunque aquello me inquieta ¿es realmente el siguiente paso? ¿Cuándo lo tendré que dar? Me parece un paso que me tomara al menos una década, pero cuando miro a Peeta y veo a Finny tocarle la cara con dulzura y a él mordiéndole con simpatía la pequeña mano, algo en mi interior siente que una década es demasiado.

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Cae la tarde y Peeta y yo despedimos a los invitados, hasta que solo quedan Johanna, Annie, mi madre, Haymitch, Gale, Peeta y yo. Los siete marchamos a casa y encendemos la chimenea. Es marzo, así que hace no hace tiempo para ello, pero es necesario.

Es en el momento en que nos intercambiamos las hogazas de pan cuando me sorprenden mis propias lágrimas y las de Peeta. Los recuerdos pasan a una velocidad de vértigo por mi mente. Peeta dándome un mendrugo bajo la lluvia, la primera vez que sentí su tacto cuando ambos fuimos presentados en La Cosecha y nos estrechamos la mano, cuando confesó su amor por mí en la entrevista con Caesar, mis manos cogiéndole del cuello, sus ojos asustados y sus palabras, su negativa a convertirse en una pieza de los juegos. Le recuerdo entre los profesionales, también camuflado en el lodo del río, mortalmente herido en la pierna; recuerdo su fiebre, nuestro primer beso, que estuve a punto de perderle. Me veo corriendo hacia él cuando las reglas cambiaron en la arena, y le veo también confiando en mí y llevándose las bayas venenosas a la boca. Me vuelve a embargar la angustia cuando a mi mente visitan los recuerdos del secuestro de Peeta, y como antes de aquello yo había estado dispuesta a perder la vida porque él viviera. Y me doy cuenta, es evidente, que siempre le he amado.

Todos brindamos con alegría mientras nos hacemos nuestro hueco en la alfombra y pasamos las páginas de nuestro libro de recuerdos, y honramos a nuestros seres queridos y a aquellos que alguna vez pasaron por nuestras vidas y nos dejaron huella. Añadimos otra foto de Finny al libro y nos reímos de la cara que pone cuando le señalamos una foto suya de bebé y le decimos "este eres tú, Finny" y nos observa como si nos hubiéramos vuelto locos.

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Rechazamos la Luna de miel a gastos pagados que nos ofrece Paylor, simplemente porque no queremos ningún trato de favor. Al parecer, hay una isla cerca del distrito 4, una isla pequeña donde el mísmisimo Snow se retiraba de tanto en cuando a descansar, y Paylor consideró que aquella isla podría ser un buen lugar para nosotros. No se me ocurre una idea más retorcida.

En lvez de aquello, decidimos pasar unos días en un lugar retirado en las montañas, y nos llevamos al lobo con nosotros, de manera que disuado a Peeta de contar con agentes del Nuevo Núcleo.

Nunca hubiera imaginado que mi futuro me deparara días de retiro en una casa de campo, sobre una inmensa montaña, con unas vistas maravillosas. Peeta y yo montamos a caballo, descubrimos ríos, cascadas y animales del bosque, sobretodo aves. Los guardas de aquel lugar nos guían a nosotros y a un puñado más de personas, entre parejas y familias. Pasamos una semana divertida, una experiencia totalmente nueva. Por la noche, el viento en los abetos y Uno aullando a la lejanía me llena de una sensación mágica.

Descubrimos algo impensable en la época del hambre, descubrimos que podemos divertirnos, disfrutar del tiempo y viajar.

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Pasan los meses y los años, las estaciones se suceden apaciblemente: el caluroso verano con los picnics con los Cub, los días en el río, los paseos nocturnos, y la playa; el otoño, asando castañas, recogiendo las hojas del huerto, y recolectando frutos silvestres en el bosque; el invierno, las hogueras, los días enteros sin salir de casa, las calles nevadas, Peeta y yo tirándonos bolas de nieve, y los desayunos con chocolate caliente; y la primavera, las flores, las primroses bajo la ventana, el huerto esplendoroso, y los dientes de león dibujando una cama perlada sobre la pradera.

Va pasando el tiempo, y soy bastante feliz. No siempre puedo dormir de un tirón, ni siempre estoy contenta. A veces tengo la sensación de estar en algún lugar del pasado, y me quedo helada. Algunas veces hay ruidos, imágenes incluso palabras, que me trasladan a otro tiempo. Y en ocasiones, cuando veo en las noticias la amenaza nuclear que supone el Distrito 13 me asusto, aun cuando Paylor ganó las elecciones con abrumadora mayoría. Pero hay algo que me asusta más que todo eso, algo que me acongoja, que me quita el sueño, algo que deseo y a la vez aborrezco, algo de lo que no podré escapar y tampoco quiero escapar.

Y entonces llega la noticia, es una tarde de febrero, han pasado cuatro años desde la boda. Gale y Johanna nos visitan, están espléndidos, Johanna tiene la cara más redonda que de costumbre, Gale está elegante e impecable como siempre desde la guerra.

Peeta sirve café y Johanna niega con la cabeza y pide una infusión. Gale la rodea con el brazo y ella se refugia en su pecho y van directos al grano.

-Chicos- dice Gale, jovial, con su voz grave y también con un tono meloso que desconocía en él- queríamos que fueseis los primeros- Johanna le da un codazo- bueno, los segundos, Annie ya lo sabe- coge aire- en fin, quizá no os lo esperáis porque, bueno, no estamos casados pero ¿a quién le importa eso?

Miro a la pareja con horror al mismo tiempo que a Peeta se le ilumina la cara, no necesita que Gale termine la frase.

-¡Enhorabuena!- exclama emocionado, y se dan un abrazo intenso, Johanna le besa la mejilla y yo sigo helada.

-¿Qué ocurre?- inquiero, aunque supongo que ganaría si apostara porque Gale y Johanna van a ser padres.