Capítulo 2

El hombre del bosque

Es sorprendente que alguien pueda decir tanto con sus silencios.

Desde que Gale y Johanna nos anunciaran que van a ser padres, Peeta está más callado de lo habitual, de hecho, su primera reacción cuando se marcharon de casa fue no reaccionar. Hizo como si no pasara nada, como si no nos hubiéramos quedado totalmente sorprendidos y descolocados. Cenamos, sacamos a pasear a Uno, y continuamos nuestras respectivas lecturas compartiendo sitio en el sofá, hasta que no pudo reprimir una exhalación más pronunciada de lo habitual.

-¿Ocurre algo?- inquiero, rompiendo la quietud.

-¿En qué sentido?- me encojo de hombros.

-No lo sé, parecía que suspirabas- alza las cejas que se esconden en sus flequillos.

-No lo sé, no me he dado cuenta de ello…- cierro el libro con un resoplido.

-Oye, si quieres que hablemos de algo…- cierra el suyo, me coge el mentón y me besa.

-No, no tengo nada qué decir.

-¿De verdad no le estás dando vueltas a nada?

-Eso es otra cosa

-Entonces, piensas en algo que no tienes necesidad de hablar- resumo.

-Supongo que es algo así… -me apoyo en su hombro.

-¿Te ha sorprendido lo de Gale y Johanna?

-Bastante, mucho en realidad. No es que pensara que no tuvieran futuro como pareja, simplemente no los imaginaba teniendo un bebé.

-Yo tampoco- confieso- me pregunto cuántas cosas no somos capaz de prever. Tampoco noté lo de mi madre y Haymitch- Peeta ríe.

-Bueno yo sabía que Haymitch iba a terapia, y confieso que alguna vez vi que tu madre le visitaba, pero pensaba que pasaba por allí antes de venir a verte.

-Supongo que así empezó todo- de nuevo se hace el silencio, ese silencio que pretende disimular un tema tabú y lo único que hace es señalarlo con un letrero luminoso.

-Peeta, es absurdo que hagamos como si no existiera.

-Yo no hago como si no existiera, Katniss. Ya dejé claro que para mí no hace falta esperar, me siento preparado y no se me ocurre nada mejor que hacer con mi vida, pero no voy a sacar el tema cada vez que algún humano de nuestro entorno se reproduzca- me río espontáneamente ante su extraña descripción.

-Le has quitado toda ternura a la anécdota- Peeta me tapa con su mano abierta toda la cara mientras me río de él.

-Habló la persona más sensible de la Tierra- consigue recostarme contra el brazo del sofá mientras él sigue sentado, me zafó de su mano y me incorporo. Trato de molestarle con el mismo gesto, pero mi mano es pequeña y delgada y no surte efecto.

-¿Has sentido envidia de ellos?- pregunto tímidamente, Peeta mira hacia el dobladillo de su pantalón y después me mira a mí con un gesto inocente, muy suyo.

-Sí

-Lo siento

-No hay nada que sentir

-Lo sé, y a pesar de ello, lo siento- me reafirmo.

-No es nada importante, lo importante es que estás aquí conmigo, lo demás supongo que llegará… algún día, ¿no?- asiento.

-Sí, eso sí lo tengo claro- me abraza con firmeza.

-Pues ya está.

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Pero lo cierto es que no está. El Distrito se llena de críos de diferentes edades, con la mejora de las condiciones económicas y la erradicación del hambre, las familias crecen, hay menos nacimientos por familia, pero por fortuna no mueren prácticamente ninguno. La mayor parte de nuestros vecinos parece preso de una emoción colectiva por la niñez, estamos inmersos en una escalada de prosperidad, y toda esa alegría se vuelca en los niños, la nueva generación, críos que no conocen la guerra, el hambre, ni la mala vida: La Generación de la Esperanza, como ha sido bautizada por los medios.

Por las mañanas vemos a los pequeño copar la nueva guardería (un servicio impensable con El Capitolio) y aunque la escuela sigue tristemente semivacía, los educadores no pueden ocultar el júbilo y la expectación porque si la tendencia sigue dentro de diez años estará a rebosar, probablemente tendrán que abrir más escuelas.

Los medios de comunicación también exaltan a La Generación de la Esperanza, ha llegado un punto enfermizo en los que todos los días se mira el índice de natalidad como quien mira el tiempo, intento comprender este fenómeno, al fin y al cabo el 63% de la población se volatilizó en la guerra, pero mi malestar no se aplaca con la comprensión, ni siquiera con la empatía.

Aunque adoro a Finny y su manera de perseguirme reclamando mi atención con decenas de "tía Katniss" tanto él como la tripa abultada de Johanna me recuerdan que hay un miedo a la vida que no he superado: el miedo a crearla.

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Unto con mantequilla unos panecillos mientras Finny me agarra del pantalón con una mano y observa con el cuello estirado hacia la encimera.

-¿Tía Katniss, es de fresa?- pregunta, con sus ojos redondos rezumando verdor, unos ojos que te atrapan aunque los mires solo un segundo.

-Sí- le acerco una bandeja- ayúdame, sujétala, yo pongo la merienda.

-Vale- contesta con la boca pequeña.

-Tía, ¿qué más hay?

-De qué

-Mermeladas. ¿Hay morada?- me pongo de puntillas y busco una mermelada de mora en el estante más alto del armario.

-Sí

-Me pones ¿por favor?- por supuesto, accedo en cuanto miro sus iris verdes y me eclipsa el brillo de sus ojos y sus mejillas sonrosadas, aun así me recuerdo que no debo caer en todo lo que me pida.

A pesar de mis intentos Finny llega a la mesa con una taza de leche con miel inmensa y multitud panecillos untados de diferentes mermeladas, lleva la bandeja con cara de satisfacción, Peeta la recoge de sus manos y la deja en la mesa y le acerca una silla con varios cojines sobre los que le sienta.

-Merienda de colores- celebra el pequeño y come con voracidad.

-¿No habrás abiertos varios botes por él?- me susurra Annie al oído, en la cocina, donde yo sirvo más panecillos para los demás, Gale también acude ofreciendo su ayuda y le dejo servir cafés.

-No te preocupes, tardan en caducar- Annie hace un ruido indefinido con la boca, y Johanna no tardar en revolotear alrededor de Gale.

-Quién lo iba a pensar- exclama, con los brazos en jarras a ambos lados de su cada vez más inexistente cintura- con lo seca que eres… El niño te adora ¿Le compras con las mermeladas eh?

En ese preciso momento entra Finny con sus andares infantiles y me toma la mano.

-¿Vienes?

-Eres muy pesado, enano- le regaña Johanna y el pequeño le dedica un gesto de diseño propio, en el que confluyen el reproche y la tristeza, el genio de Johanna se tambalea y mira para otro lado; antes de salir de la cocina con mi ración y la mano pequeña y suave de Finny agarrando mis dedos, me parece escuchar a Johanna susurrar: -es igual que su padre.

El pequeño me persigue a todos lados y hace lo que yo hago, si leo, él quiere un libro; si veo la televisión, él la ve conmigo; si acaricio a Uno, él lo acaricia. Si salgo al huerto o al jardín, él me persigue; y si me acerco a Peeta, él se pone en medio de los dos.

No creo haber hecho nada para que me adore, y lo cierto es que aunque yo sí que le adoro, no sé si podría aguantar semejante persecución las veinticuatro horas del día. Si tengo un niño ¿será así?

Desde la Gira de la Verdadera Victoria Annie y yo nos vemos a menudo, ella viene a mi casa o yo voy a la suya, y como Finny se pone dramático en las despedidas, normalmente lo engaño cogiéndole en brazos y haciéndole cosquillas hasta que se duerme, como cuando era un bebé; entonces Annie lo coge en brazos y monta en el coche de Johanna y Gale procurando no despertarle. Al principio, pensaba que aquello haría que el pequeño se enfadara conmigo, pero no ha sido así, se ha limitado a aprender a no quedarse dormido en mis brazos.

-¡Me quieres engañar, eh!- me dice en esta ocasión, cuando ponemos una película de dibujos en el televisor y empiezo a hacerle cosquillas- Hoy no me voy.

Y llega el desastre. No se duerme, no ve la película, son las nueve y no quiere irse a su casa. Aplica todos sus métodos de embaucación y hace que me rinda planteándome la posibilidad de que se quede por una noche a dormir con nosotros. Annie se desespera. Finick no es un niño escandaloso, no grita, ni se retuerce, sencillamente hace que todos nos sintamos verdaderamente culpables.

-Adiós tía- murmura, abrazándome del cuello y hundiendo su cara mojada por las lágrimas en mi pelo- Adiós.

-Sabes que los volverás a ver pronto, no seas trágico- le gruñe Johanna, y él la dirige una mirada feroz; no creo que sepa qué es "trágico" pero viniendo de Johanna seguro que se imagina algo peor de lo que es.

-Nos vemos la semana que viene, ¿vale?- le digo, y le limpio la cara con la mano, y le doy una pañuelo de papel- estás feo con mocos.

-Es que me salen solos- se justifica, y se suena torpemente en el pañuelo- ¿Iremos al bosque?

-Puede ser.

-¿Le podré tirar un palo a Uno?- se ríe, se le ilumina la cara, como si no hubiera derramado una lágrima.

-Sí

-¿Y regar las plantas?

-Vale

-¿Y merienda de colores?

-Bueno, ya veremos

-¿Y…?- Johanna resopla.

-Vamos cariño, la semana que viene volvemos- le insta Annie, y él me da otro beso, le dejo en brazos de Annie, Peeta se acerca en busca de su despedida, él le presiona una mejilla con la mano y en la otra le da un beso.

-Venga, dejaros de cursiladas- murmura Johanna, tras acercarse a mí y frotarme la espalda, y estrechar brevemente a Peeta. Gale me besa en la mejilla y estrecha la mano de Peeta. Annie y yo no nos despedimos más que con un gesto por si Finny aprovecha el acercamiento para volver a entretenerme. Y entonces se cierra la puerta tras ellos y la casa vuelve a quedar en silencio.

Peeta se acerca a mí y me pellizca la cintura, yo le golpeó el abdomen y él se encoje con aire teatral.

-Creo que Finnick está obsesionado contigo.

-No creo, simplemente le gusta lo que me rodea- Peeta empieza a ordenar la cocina.

-Bueno he leído que a los niños les pasa eso, adoran a sus madres, pero también pueden engatusarse con otras "figuras maternas".

-¿Figura materna?- me rio, se encoge de hombros.

-¿Por qué no?

-No lo sé, no soy una persona maternal.

-Basta con ser protectora- le miro de soslayo mientras le ayudo a guardar cosas en el armario.

-Tú también lo eres.

-Los dos somos "maternales"- reprimo una sonrisa y me marcho de la cocina. Escucho el agua del fregadero durante unos minutos, desde el sillón. Uno se acerca a mí y clava sus oscuros ojos en los míos como si intentara decirme algo.

-¿Y dónde has leído eso?

-En un libro- contesta secamente.

-La biblioteca del Distrito no tiene tanta variedad ¿Has ido a la librería?- inquiero con voz asustada. Delly y su familia abrieron una librería hace un año en la zona comercial.

-Sí- dice Peeta, sentándose en el sillón opuesto, Uno cambia de lugar y va a su lado y yo me siento traicionada por el animal.

-¿Ella te ha visto ojeándolo?- inquiero, refiriéndome a Delly. Peeta suspira.

-Sí, de hecho me dijo que tenían un descuento por si lo quería comprar…- le miro con rabia, a pesar de que nunca me ha importado lo que piensen los demás, siento una extraña presión provenir de las cientas de caras invisibles que habitan el distrito. Supongo que esta presión se ve aumentada por los artículos que escriben sobre mí en la prensa rosa.

-¿Y no te dijo nada más?

-Me dio la enhorabuena- me levanto del sillón y al instante me vuelvo a sentar con cierta exasperación- Bueno ya le aclaré que no estábamos esperando un bebé ni mucho menos, que simplemente tenía curiosidad.

-Aprovechó para meter las narices, dilo claramente- Peeta sonríe levemente.

-Es una forma de verlo. Lo siento. Pero ya sabes cómo es la gente. No creo que eso tenga que afectarnos.

-No estoy acostumbrada a que los demás especulen sobre mi vida y no creo que nunca me acostumbre.

-Es desagradable, supongo que cuando empiecen a salir más caras en los medios. No sé, cantantes y cosas así. Se olvidarán de nosotros- le miro brevemente, parece convencido.

-Eso espero.

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Lo cierto es que lo que menos me importa es que los demás hablen de mí. Lo que me inquieta es el contenido, no saber qué dicen exactamente sobre mí. Porque quizá aciertan más en sus elucubraciones que yo misma.

Los meses pasan y Johanna cada vez está más tremenda, y Finny cada vez tiene más curiosidad por saber cómo ha acabado un bebé dentro de Johanna. A medida que supera los ocho meses de embarazo el temor de Johanna es inversamente proporcional a la emoción y entusiasmo de Gale.

La mayor parte del suelo y de las viviendas son del Estado y tienen precios muy económicos, así que Gale no tarde en hacerse con una casa de buenas dimensiones en el corazón del Distrito 4. Peeta y yo les visitamos ahora que Johanna tiene más complicado moverse, ciertamente, son mis reticencias las que hacen que nuestras amistades se desplacen a nuestra casa, no me gusta mucho salir.

La casa de Galy y Johanna es amplia, limpia, pobremente decorada, y extremadamente funcional. Abundan los electrodomésticos para todo tipo de cosas, y es bastante futurista. A Gale le encanta mostrarnos todo, se emociona especialmente al enseñarnos todo lo que funciona mediante sensores o por voz; y la función de holograma del televisor le apasiona, en lugar de mostrar imágenes en la pantalla proyecta el contenido en tres dimensiones en medio del gran salón. La verdad es que toda la tecnología de la casa de Gale y Johanna me deja fría, y sospecho que a Peeta también. Por suerte, la habitación del bebé se ve cómoda, cálida y aunque tiene sus correspondientes modernidades, han respetado lo que todo bebé necesita, supongo, un entorno bonito y un lugar cómodo en el que descansar.

Me temo que esta es nuestra última visita antes de que Johanna se ponga de parto, está a punto de salir de cuentas y eso me da miedo, recuerdo a Annie y creo que no podría soportar presenciar el parto de Johanna, además, tiene un aspecto pésimo y no aguanta ni dos minutos sentada, pero tampoco aguanta de pie. Peeta no puede ayudarla de ninguna manera, y eso parece hacerle debatirse entre el deseo de salir corriendo de la casa, y quedarse aunque solo pueda ofrecer su apoyo moral. Esta vez Annie y Finny se han quedado en su casa, ya que el pequeño se resfría a menudo desde que va a la escuela, cuando hemos pasado por allí antes de ir al centro del Distrito 4 estaba dormido con una toalla en la frente.

El hecho de estar solos con Gale y Johanna no tendría por qué ser un problema, sino fuera porque Johanna ha estallado en gritos y estamos presenciando una acalorada discusión de pareja.

-¡Es como si lo único que le importara fuera el bebé!- chilla ella, desconsolada- ¿Qué pasa conmigo? ¿Solo soy el vehículo para traerte un hijo?- los chillidos de Johanna me atraviesan los oídos, pero aun así intento no limitarme a oírla, intento escucharla, y lo que dice suena desolador. Las lágrimas caen por su rostro desconsoladamente, Gale intenta abrazarla, pero parece más avergonzado por nosotros que preocupado por ella.

-Eso no es cierto, me preocupas, pero soy feliz, no puedo evitar estar contento- argumenta Gale.

-Llevo dando vueltas por el pasillo diez minutos, y tú estás más entretenido en mostrarle a Peeta el funcionamiento de un robot de cocina que hace pan- hace un silencio que Gale deja pasar torpemente, y entonces ella vuelve a gritar: -¡Él es panadero, por el amor de dios! ¿Qué pretendes demostrar con esa mierda?- veo como Gale se ruboriza.

-Bueno precisamente por eso pensé que le parecería curioso, ¿no Meelark, no es curioso? Un robot que hace lo mismo que tú- dice Gale, tratando de hacer un chiste, veo en la cara de Peeta una sonrisa quebrada.

-Eres imbécil- gruñe Johanna, Gale se ruboriza aún más. Ella se marcha a su cuarto.

-Perdonad… Ahora estoy con vosotros.

Peeta y yo nos descubrimos de pie en medio del salón, los gritos de Johanna nos han hecho levantarnos a ambos del sillón. Incómodos, nos sentamos, muy juntos. Peeta me toma la mano y la besa, yo solo le respondo con una mirada nerviosa.

Lo cierto es que si lo pienso, todos estos meses, Gale ha estado muy contento, pero toda su alegría parecía girar alrededor de su casa, y de su futuro hijo (ya saben que es varón, cosa que entusiasma aún más a Gale); aunque no me fijo en su comportamiento con Johanna, si intento encontrar algún gesto cariñoso que no fuera a su barriga, no encuentro muchos. De repente, me siento un poco triste, y sin darme cuenta me acurruco bajo el brazo de Peeta.

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Volvemos a casa de la funesta visita. Johanna se encerró y no quiso salir, y le ahorramos a Gale el compromiso de invitarnos a irnos, diciéndole que lo comprendíamos y que nos íbamos a casa.

Caminamos desde la estación a nuestro hogar, respirando el aroma de las flores de la primavera que ya toca a su fin. Camino con el brazo de Peeta rodeándome la cintura, y el mío sosteniéndose en la suya.

-Creo que Johanna tiene razón- comenta Peeta- Lo de Gale es obsesivo. Creo que contigo se contiene un poco porque sabe que no quieres hablar de familia…- me mira con timidez- Pero conmigo… no para- y yo le miro sorprendida.

-¿Y cuándo habláis tanto? Yo no me he dado cuenta- sonríe.

-Katniss tú casi siempre estás con Finnick, o simplemente ausente. Ni siquiera escuchas cuando hablan de ti- me alarmo.

-¿Qué han dicho de mí?

-Ya sabes, que se te da bien Finny, ese tipo de cosas.

La luz en casa de Haymitch se cuela por el horizonte, y en pocos minutos ya alcanzamos nuestra casa. Peeta comenta algo sobre la suya, que está vacía, y hace tiempo que no sabemos qué hacer con ella, y nos reímos al recordar que uno de los ministerios de Paylor, capitaneado por Cressida, ofreció erigirlo como museo de historia de Panem. Aunque no es mala idea, está demasiado cerca de nuestra casa como para no convertirnos a nosotros mismos en museo.

-Lo cierto es que llevo un tiempo dándole vueltas en cederle la casa a Los Cub- comenta Peeta, parado frente a ella conmigo, mientras mira la fachada con aire soñador.

-Yo también lo he pensado, su casa se está llenando de humedades, y aunque el negocio les va bien no les llega para una casa con espacio suficiente para el taller.

-Podrían dejar la casa vieja como taller y tienda y vivir aquí- añade.

-¿Crees que aceptarán?

-No, claro que no. Me harán una oferta para comprarla.

-Claro…

-Aceptaré cualquier oferta que sea que me parezca justa para ellos- entrecierra los ojos- son de la mejores personas que conozco.

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Josh padre y Josh hijo actúan como predijo Peeta, compran la casa por un precio que pueden pagar cómodamente y acuden al Edificio de Justicia (cuyo nombre es casi simbólico, pues realmente funciona como eje burocrático del distrito) y ponen la casa a nombre de los Cub.

Desde el primer momento demuestran ser unos excelentes vecinos, tanto, que me hacen sentir un poco incómoda. Josh hijo, que cumplió hace poco la mayoría de edad, nos ha traído toda la leña que pudiéramos necesitar para el invierno, y Josh Padre nos ha obsequiado con todos los artilugios de cerámica que ha creído conveniente. Los pequeños de la familia; Tom Cub y Emilio Cub tienen seis y doce años respectivamente, y van a la escuela de La Veta, cuando vuelven suelen pasar para jugar un rato con Uno y luego se marchan a su casa, son tan educados que no parecen niños.

La primera vez que vamos de Picnic los Cub y nosotros todos se quedan impresionados cuando el lobo nos trae siete liebres. Lo cierto es que nunca se habían internado en el bosque y lo único que les da seguridad es ir a acompañado de un lobo, yo no parezco impresionarles demasiado con mi viejo arco, hasta que juego a tiro al blanco, como de costumbre, y los jóvenes Cub quieren aprender; en ese momento me doy cuenta de que no soy una buena influencia para un niño.

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Johanna se pone de parto a finales de Abril, un día en que llueve a cántaros. Peeta y yo tomamos el primer tren hacia el hospital donde precisamente hoy mi madre hace guardia. Cuando llegamos nos encontramos con un Gale más que pálido, con una extraña tonalidad azulada y el aspecto de no haber dormido en una década. Annie, sin embargo, tiene la misma mirada lejana de siempre, Finny va con ella, vestido con un pequeño pantalón vaquero y una camiseta con el dibujo de un conejo sonriente, está sentado en una de las sillas de la sala de espera y bambolea los pies aburrido, cuando me ve me abraza y se apresura a pedirle un libro a Annie y me intenta sentar a su lado para contarme la historia ilustrada del mismo conejo de su camiseta.

Finny no se toma a bien que le rechace, pero intento que entienda que Johanna nos necesita más que él. Gale me acompaña a verla, cuando me acerco a ella la veo apagada, se limita a tomarme la mano y mirarme con expresión enferma. Por algún motivo, Gale se marcha, y Johanna le hace un gesto a Peeta, que se ha quedado en el marco de la puerta, para que se acerque.

Está ataviada con una bata de hospital. Cubierta de cintura para abajo con una sábana blanca. Bajo la sábana sobresalen abultadas sus rodillas, bastante separadas la una de la otra.

-¿Estás bien?- la pregunto.

-No, no sé qué me pasa, pero me siento muy desgraciada- Peeta me dirige una mirada breve de intranquilidad.

-¿Es por Gale?- pregunto, niega con la cabeza.

-Supongo que no, y que sí. No lo sé. Pero vosotros sois los únicos en los que puedo confiar ahora. Para Annie estoy bien, supongo que intuye algo, pero prefiero que lo intuya únicamente, ella lo ha pasado muy mal, y no quiero añadirle dramas.

-¿De qué estás hablando, Johanna?- inquiere Peeta, realmente preocupado.

-No sé de qué hablo, porque no sé muy bien qué me ocurre. No me ocurre esto desde que perdí a toda la gente que me importaba tras Los Juegos.

-¿Estás deprimida?- pregunto yo. Ella aprieta un poco más mi mano.

-Es más que eso, Katniss. Gale todavía no lo sabe pero vosotros tenéis que saberlo- a cada palabra que pronuncia Johanna deseo más y más que nos esté tomando el pelo, y me doy cuenta de que es preferible su sarcasmo que ver la oscuridad que hay detrás de su habitual y agrio sentido del humor. No quiero aceptarlo, pero todo parece indicar que está hundida. Observo como Peeta le acaricia la cara.

-Oye no sé qué te pasa exactamente, pero has estado mucho peor que ahora, los dos lo sabemos, lo pasamos juntos- Johanna le dedica una débil sonrisa.

-Escuchad, sea lo que sea lo que se necesita para parir yo no lo tengo, van a tener que abrirme. Tampoco he generado leche, y lo que es peor, tampoco siento amor por el bebé. Ya lo he dicho- un escalofrío me recorre todo el cuerpo. Me siento espantada, quiero soltar la mano de Johanna y marcharme de allí, toda la situación me provoca una indefinida mezcla de repulsión, pavor, y tristeza.

-Puede que sea normal, ¿lo has hablado con los médicos?- pregunta Peeta. Johanna emite una risa chirriante.

-¿Normal? ¿Cómo va a ser normal que una madre no quiera a su hijo?- secretamente doy la razón a Johanna, mientras siento en la nuca la mirada de Peeta buscando mi apoyo.

-La mente es muy complicada. Habla con Aurelius- ella sonríe con aire abatido.

-Bueno, hablaré con él si eso te hace estar más tranquilo.

Nos quedamos en silencio, un silencio horrible, hasta que mi madre pasa a la habitación, es la primera vez que la veo en dos semanas, ya que ha estado muy ocupada en el hospital y no ha podido visitarme. Tiene buen aspecto, nos da un beso en la mejilla a Peeta y a mí y le informa a Johanna que va a pasar al quirófano. La explica que no tiene de que preocuparse, que solo realizarán un pequeño corte en la parte baja del vientre y sacaran al bebé, ella no sentirá nada. También la dice que algunas mujeres no generan leche y que tampoco es malo, que ella le dará un sustitutivo a la leche materna y el niño estará sano, mi madre no sabe que eso no le importa a Johanna.

Nos despedimos de ella. Peeta la besa la frente, yo me limito a soltar su mano y desearle suerte. Y nos marchamos con Gale.

Cuando Peeta, Annie y Finny se marchan a tomar café, dejándome a solas con Gale, me sorprendo al ver a mi mejor amigo llorar silenciosamente con las manos unidas sobre sus labios. Me acerco a él y rodeo sus hombros con mi brazo, por supuesto no consigo abarcarlo.

-A veces parece como si estuviera condenado a hacer mal las cosas- musita.

-Eso es estúpido ¿condenado por quién?- se encoge de hombros.

-Sonará estúpido, pero igual que hay otra gente que tiene suerte para todo, simplemente yo no- le miro fijamente, sus pupilas dilatadas, sus iris grises y brillantes, sus espesas pestañas negras como el carbón, y su pelo brillante y bien peinado.

-Eso es lo que tú crees. La suerte no es algo que se tiene o no se tiene para todo. Es algo que se tiene a veces, y otras veces no- me mira.

-Y que haces cuando no la tienes.

-O la buscas, o la esperas.

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La intervención de Johanna va bien, dice que no la duele nada, no tiene ninguna molestia. Gale no para de llorar con el pequeño en sus brazos, le llaman Adahy, como se llamaba el padre de Gale, que significa, según Gale, "hombre del bosque" en una lengua muy antigua.

Es un bebé fornido, de piel oscura, la cabeza la tiene poblada de una pelusilla sumamente oscura, tiene la nariz muy pequeña, como Johanna, y la cara muy redonda, también como ella. El mentón es fuerte, como el de Gale, y según mi madre, sus manos y pies son bastante grandes para ser un bebé, así que será un chico fuerte y alto. Johanna lo toma en brazos y parece buscar algo en su rostro, cuando besa al pequeño en la frente siento un cierto alivio, pero hay algo de antinatural tanto en su mirada como en su forma lejana de sostener al bebé.

Cuando Peeta lo acuna lo hace parecer una criatura diminuta sobre su amplio pecho. Observo como Gale mima a Johanna y como ella lo recibe con satisfacción, mientras nosotros prestamos atención a Adahy. Finny se pone de puntillas al lado de cada adulto que toma al rebautizado como Ada en brazos, hasta que por fin Peeta se pone de cuclillas y le deja verlo.

-Parece de goma ¿verdad tío?- musita Finny, impresionado.

-Sí, está "recién hecho"- dice Peeta, y el comentario le hace gracia al niño.

-El tío cree que todo es pan- dice, mirándome, y Peeta también me mira, y entonces cuando les veo a los tres algo se remueve en mi interior y siento que me pican los ojos, así que acabo disimulando yendo por café.

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Pasan dos semanas de idas y venidas al hospital. Por fin todos saben que Johanna sufre una profunda depresión que incluso ha arrasado su apetito. Peeta la llama todos los días y habla con ella, le escucho sus retahílas de apoyo moral cada vez con menos interés. En el hospital también trata de insuflarle ánimo, pero todos sus esfuerzos son inútiles, solo Gale consigue sacarle sonrisas y son muy efímeras.

El doctor Aurelius informa a Gale que Johanna se está enfrentando con problemas de su infancia y con el hecho de que no tiene ninguna familia. Está asustada y sola, y además tiene una enorme carencia de una hormona, cuyo nombre no recuerdo, que normalmente las madres tienen a raudales. El doctor le indica que la va a tratar pero que tardará un tiempo en recuperarse y que todo lo que ella le haga saber será secreto profesional y Gale no podrá ser informado por nadie más que su propia esposa. Todo aquello nos suena mucho a Peeta y a mí, porque hemos pasado por ello. Gale, a pesar de sus múltiples problemas derivados de la guerra, nunca acudió a Aurelius, y recurrir a él parece afectarle mucho, es como si le hiciera sentir más sumido en los problemas.

Mi madre nos comenta a Peeta y a mí que el recién nacido no podrá estar mucho más tiempo en el hospital y que Johanna pasará a la planta de psiquiatría, y que no sabe cómo va a apañarse Gale solo con el bebé. Annie, parece más ausente que nunca, y eso nos reafirma en que el problema es grave.

Vivimos un momento especialmente conmovedor cuando Johanna va a ser trasladada a psiquiatría y se dirige a nosotros para despedirse, como si nunca fuera a salir de allí. Cuando se agacha a besar a Finny él la coge la cara y la mira de tal forma que no parece un niño de cuatro años, y solo dice: no estés triste. Como no podía ser de otra manera las lágrimas corren por el rostro de ella, y Finny la da un beso y ella se incorpora y se va flanqueada por un enfermero y por Gale.

Tras el ingreso, Annie y Finny marchan a su casa, me preocupa el tremendo abatimiento de Annie, pero no se me ocurre nada para ayudarla. Peeta, mi madre, y yo, ayudamos a Gale a instalar al bebé. Gale está triste, pero también está esperanzado, cree firmemente que Johanna se recuperará.

Mi madre vuelve al hospital y nos quedamos los tres solo tomando té en el salón. Ada duerme apaciblemente en un canasto cerca de nosotros. Gale rompe el silencio para hacernos una petición que me pone los pelos de punta.

-Oye ambos sois mis mejores amigos, no solo Katniss, tu Peeta, eres el único hombre que conozco que tiene mi confianza por entero- susurra, y su mirada parece transmitirnos una edad mucho mayor que la que realmente tiene.

-Tú también tienes la mía, totalmente- dice con franqueza Peeta.

-Por eso quiero saber si, en el caso de que no pueda responder a las necesidades de mi hijo y de mi esposa a la vez, si podríais quedaros con Adahy durante un tiempo- Peeta se acaricia la mejilla, yo noto como mis ojos se agrandan- si me decís que no, mi cariño y mi confianza no disminuirán ni un ápice- asegura Gale- y creo que precisamente por nuestra amistad, seréis sinceros conmigo.

-¿De cuánto tiempo estaríamos hablando?- inquiere Peeta.

-Puede que un mes, el doctor cree que en alrededor de un mes podrá valorar la evolución de Johanna.

-Gracias por confiar así en nosotros, Gale- digo- pero si hay una criatura en el mundo que me puede dar pavor, es un bebé- mi amigo ríe con cansancio.

-Lo sé, Katniss, sé que os estoy pidiendo mucho. Pero te he visto con Finny, y te he visto con…- el corazón me tiembla al saber que nombre va a pronunciar- Prim. No hay nadie mejor que tú, nadie. Lo sé.

-Gale, yo no me siento con fuerzas…

-Piénsalo- me interrumpe.

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Llego a casa abatida. Lo primero que hago es tirarme en la cama, y lucho porque no se me salten las lágrimas. Peeta se va al estudio, me extraña que no me haya dicho nada, pero supongo que él también tiene sus necesidades. Me levanto y cruzo el pasillo, me asomo al estudio, y le observo pintar. Es un cuadro de Johanna y Gale que hace tiempo que inició, pero que no ha tenido mucho tiempo para continuar. Me acerco a él sin hacer ruido y le miro durante diez largos minutos.

-¿Quieres pintar?- me pregunta con tono apacible, yo niego con la cabeza, y aunque él no me ve, sabe que estoy diciendo que no- Venga, ven, no lo vas a estropear- me siento en sus rodillas y sostengo el pincel y él sostiene mi mano, y entonces me hace reír.

-Estás pintando tú con mi mano- él también se ríe, cerca de mi oído. Durante un largo minuto pinta con mi mano, y ni siquiera me doy cuenta cuando me suelta y yo continuo un leve trazo sobre el cielo. Cuando me cercioro doy un respingo. Había perdido el sentido del tiempo.

-Cógeme la mano otra vez.

Pasamos así hasta altas horas de la noche, a veces él me toma la mano, otras me atrevo yo sola, y me encanta. Cuando acabamos el cuadro, siento una explosión de júbilo, es como si fuera responsable de algo que ha nacido con toda la paz del mundo. Es un retrato precioso, sé que yo apenas he ayudado, que seguramente lo único que he hecho es retrasar la obra, pero me siento bien. Ninguno de los dos décimos nada. Siento los labios de Peeta en mi cuello, y su pulgar acariciarme cerca del esternón.

Vamos a la habitación, nos desvestimos y nos metemos en la cama. Nos miramos en la opaca oscuridad, uno frente al otro, mientras nuestras respiraciones se elevan en el mundo extraño en el que vivimos. Sonríe. Un diente de león se deshace en el viento en alguna parte de mi mente, y un amarillo resplandeciente me ciega y después se desvanece.

Me voy quedando dormida y, a pesar de los problemas, siento que todo irá bien.